II
Mirada celeste
¿Podía ser posible? Una calidez extraordinaria se apoderó de ella. Por primera vez en mucho tiempo experimentaba una sensación de absoluta paz. Abrió los ojos y ante ella solo había luz, tan radiante que en principio le fue difícil acostumbrarse a su brillo. Cuando lo hubo hecho notó como si su cuerpo estuviese flotando, alrededor suyo un par de extremidades le abrazaban desde la espalda por la cintura. Entonces percibió la fuente de calor apoyada ligeramente sobre su espalda y a los extremos un par de ¿alas? ¿Acaso esa era la sensación de estar... muerto? Las alas se extendieron para comenzar a envolverlos. La chica permaneció sumida en la sensación al tiempo que la oscuridad se abría paso. Cerró los ojos. Si la muerte venía en su encuentro estaba dispuesta a entregarse a ella. Así, todo terminaría.
Despertó. Parpadeo un par de veces, tumbada sobre el suelo reconoció el callejón y recordó lo sucedido. Entonces todo había sido un sueño. Permaneció un rato en esa posición, se sentía descansada, cómo si hubiera dormido por horas. Sin pensarlo se estiró por completo para desperezarse acompañándose de un sonoro suspiró. Pero, ¿cuánto habría dormido?
— Por fin, ¡despertaste!
Hikari ahogo un grito de sobresalto, pero quién... ¿qué hacía ahí, cómo no lo había notado, cuanto tiempo llevaba observándola?
— Disculpa si te asusté — se disculpó inmediatamente el joven en respuesta a la reacción de la chica — me tenías preocupado, que bueno que regresaste. — y añadió con su mejor sonrisa — ¡Bienvenida de vuelta!
Hikari perdió el aliento y sintió un cosquilleo. Lo observó en silencio. Era un joven rubio, muy delgado sin parecer débil, aunque estaba en cuclillas podía notar que era de estatura alta, sus rasgos varoniles eran extremadamente afables y suaves, su sonrisa era perfecta y sus ojos de un azul claro que le llenaba de paz, podría perderse en ellos una eternidad. Los miró sonreír y sintió arder su propio rostro.
— Pero que descortés soy — dijo de pronto el chico, sacándola de su ensoñación — Soy Takaishi, Takeru Takaishi — y extendió su mano hacia ella incorporándose. La joven titubeó un instante, después tomó su mano para incorporarse también.
— Y... Yagami... Hikari. — Logró articular por fin.
— ¡Es un placer! — Dijo él sonriendo plenamente — Hikari.
Aquello parecía salido de un sueño. Escucharlo nombrarla la llenó, ¿de qué? No estaba segura, pero algo dentro de ella se sentía rebosar. Dejó escapar un suspiro. Sus pensamientos se vieron opacados de pronto por las dudas que de manera escandalosa se agolparon en su cabeza de nuevo. Luego de que se desmayara ¿cuánto tiempo habría pasado? ¿qué hacía él ahí, en qué momento llegó? ¿La habría escuchado? ¿qué había visto?
Esta última la volvió al estado que usualmente adoptaba, sombrío y a la defensiva, el calor que la inundaba se fue drenando poco a poco. Finalmente se atrevió a preguntar.
— ¿Hace cuánto estás aquí?
— Oh, pues, vi como un par de tipos salían corriendo de aquí y pensé, por la mala fama que se le ha creado a estas calles, que no podía ser nada bueno. — Contestó con naturalidad — Alcancé a sostenerte antes de que te desplomaras y esperé a qué despertaras. — Concluyó sonriendo de nuevo.
El rostro de la chica adquirió un tono carmesí.
— N... no debiste, que tal si volvían y tú... no debiste. — dijo la castaña en un susurro con la cabeza gacha, se sentía muy avergonzada por aquella situación.
— ¡Pero claro que debía, no podía dejarte sola! — Reprochó él tomando su mano — y ahora, si me lo permite, la escoltaré a su destino — dijo con parsimonia mientras cruzaba la mano de ella por su brazo. La acción sorprendió a Hikari, ¿acaso era real? Dudó. — No aceptaré un "no" por respuesta — añadió el rubio al notarlo, inclinándose hacia ella.
— Gr... Gracias — contestó al fin, más avergonzada que antes, luego emprendieron la marcha.
Hikari permanecía en su cama dando tumbos sin poder conciliar el sueño, ese había sido el cumpleaños más extraño que podía recordar, además del más placentero a pesar de todo. Desde que Takeru la dejó en su casa sana y salva, comenzó a sentir un cosquilleo en su interior, una sensación completamente nueva que no lograba explicarse. Era como una especie de dicha, aunque no estaba segura, no paraba de sonreír al repasar su día con él.
Ni siquiera las quejas de su madre lograron hacer mella en ella, pues al parecer su ausencia se prolongó más de lo esperado, no había notado el centenar de llamadas recibidas en su móvil hasta que hubo entrado en su casa, incluso se había olvidado de la desagradable razón por la cual coincidieron ella y el rubio. No deseaba entablar una discusión, luego de recibir las quejas y un par de miradas inquisidoras por parte de su hermano, se disculpó sin inmutarse y pidió que iniciaran la celebración que tenían planeada. Así lo hicieron, acompañados de una atmosfera inusualmente familiar disfrutaron de una velada agradable los tres como hacía años no ocurría, incluso se notó interesada por las actividades de su madre y su hermano. Al terminar agradeció aquel momento y los tomó por sorpresa al estrecharlos en un abrazo, sin más, abandonó la sala y se encerró en su habitación.
Sola por fin se entregó por completo al mar de sensaciones que pedían a gritos salir de lo más profundo de su ser, su pensamiento estaba ocupado detallando la imagen del chico rubio, sus acciones, sus palabras, la última frase que le lanzó al partir: — "Si necesitas algo, aquí estaré Hikari, solo házmelo saber." — simplemente no podía sacárselo de la cabeza. De pronto cayó en la cuenta de que en ningún momento le había proporcionado algún número telefónico, ni siquiera una dirección de correo electrónico, entonces ¿cómo se comunicarían?, ¿cómo sabría él de su necesidad? La angustia la tomo un instante por sorpresa y se abrazó a sí misma, golpeando su hombro izquierdo como una reacción. Sintió de nuevo rodearla una calidez que nacía desde su columna y se relajó, ningún pensamiento negativo disiparía la nueva actitud que se iba apoderando de ella. Poco a poco se fue sintiendo invadida por el sueño, algo le decía que este sería una especie de nuevo comienzo y le repetía una y otra vez: "todo va a estar bien."
A penas tres días después de su cumpleaños, se preguntaba si volvería a ver a Takeru al recordar su oferta. Comenzaba a arrepentirse otra vez de no haber intercambiado números telefónicos, porque de otro modo sonaba imposible, por lo menos las frecuencias cerebrales no parecían eficaces pues estaba segura que durante ese tiempo su pensamiento no albergaba otra cosa que no fuera él.
— Si necesitas algo... — musitó distraída, sería eso entonces, que en realidad no necesitaba de él. Suspiró y siguió su camino sumida en sus pensamientos, iba de vuelta a su casa luego de recoger un encargo para su madre. Se paralizó por un momento al sentir recorrer el escalofrío por su espalda, esta vez fue inconfundible. Olvidó girar en la calle anterior para evitar el cementerio ubicado sobre la gran avenida, que a ella le resultaba interminable. Inspiró profundo, ¿Cómo era posible que se hubiera permitido esa imprudencia? Incluso se hizo consiente de que durante estos últimos días no había realizado su rutina habitual antes de salir de casa.
Mientras la sensación de malestar crecía con los escalofríos se echó a andar, apretó el paquete en sus manos junto a sus pasos con la cabeza agachada antes de que las voces se hicieran presentes. Comenzó a correr con los ojos cerrados, decretando por lo bajo y adornando con malas palabras los conjuros, a punto de doblar la esquina los abrió para estamparse con el bulto que asomaba del lugar al que se dirigía.
Lanzó una maldición. Pero para su sorpresa no se hallaba tumbada en el suelo si no que había sido contenida por quien la recibió de lleno.
— ¿Hikari? — exclamó el chico frente a ella. — Estás agitada, ¿te encuentras bien? — Preguntó al notar su respiración y comprobar su temperatura al rozar su mejilla con el dorso de la mano. — Acaso, ¡te han seguido! — concluyó alarmado.
— ¡No, para nada! — se apuró a decir ella, comprendiendo, mientras el rubor provocado por la mezcla del contacto, la agitación y la vergüenza se hacía notorio en su cara. — Estaba de prisa y me distraje — ¿qué podría decir? La verdad no, sin duda.
— ¿Estás segura? — inquirió el chico, como si supiera que algo le ocultaba.
— Po... por supuesto — balbuceó ella al sentirse descubierta — Lo siento... — dijo finalmente en un susurro.
— No te preocupes, no ha sido nada — la tranquilizó él y añadió con su mejor sonrisa — ¡Vamos, te acompaño!
El joven le quitó el paquete que cargaba en brazos y la instó a seguir su camino. De verdad que parecía salido de un cuento de hadas, tenía ese encanto que lograba dejarla embobada, sin poderle negar nada. Y ¿por qué lo haría? Si había sido ella quien deseaba con tanto fervor verle como para despedirlo en un instante.
— Gracias, — soltó sin pensarlo — otra vez.
— No tienes nada que agradecer, para mí es un placer hacerte compañía.
¿Podía existir alguien tan perfecto o se trataba de una creación de su imaginación? Comprobarlo era sencillo, con solo tocarle... reprimió la idea, aunque no negaba sus deseos de tocarlo nuevamente, ya había sentido su calor desde el primer día. Reprimió otro pensamiento que le ruborizó hasta la raíz del cabello. Pero, ¡qué pasaba con ella!
— Llegamos, ¿no es cierto? — dijo el rubio, sacándola de sus pensamientos. Ni siquiera fue consiente del rumbo que tomaron.
— Te lo agradezco mucho, en verdad — se dirigió a Takeru con una reverencia — Quiero decir, tanto esta como la vez anterior, fuiste muy considerado a pesar de ser una desconocida para ti — No pudo evitar decirle lo que sentía, no estaba segura de que la ocasión pudiera volverse a presentar así que decidió ser sincera. — No tengo como pagar tus atenciones, en especial de aquel primer encuentro... — cayó de pronto.
No supo en que momento las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos, creyó haber borrado aquel mal recuerdo, los rostros, las palabras, el miedo, el contacto. Sintió asco. El recuerdo era tan vívido que creyó que volvería a experimentar esa pesadilla. Comenzó a sollozar.
Se sintió rodeada por sus brazos, aspirado su aroma al inhalar una bocanada de aire para luego dejar fluir el torrente de lágrimas que le quedaban por sacar en una sonora exhalación. Al parecer, tardarían en cesar. No le quedó la menor duda, era absolutamente real. Hundió su rostro en su pecho al tiempo que sus brazos le rodeaban también, implorando en silencio que no se apartase de ella jamás. Lentamente fue recuperándose.
— Hey, aquí estaré — susurró él a su oído — siempre que me necesites, llegaré a ti.
Permaneció un largo rato abrazada a él y a pesar suyo al fin se apartó. Buscó sus ojos celestes y dijo sonriendo:
— Mi nombre es Hikari Yagami, ha sido un placer el conocerte.
— Takeru Takaishi y reitero: ¡el placer es todo mío! — como intuyendo la siguiente frase añadió — Basta, no es nada, un gracias es suficiente. — Sonrió al tiempo que le colocaba un mechón de cabello detrás de la oreja para acariciar su mejilla. — ¿Sabes?, soy nuevo por aquí y no me caería mal hacer nuevas amistades. Como bien dices realmente no nos conocemos y para comenzar de cero, me sentiría honrado de que alguien como tú pudiera mostrarme la ciudad... digo, si tú quieres, ¿saldrías conmigo el día de mañana?
Hikari parpadeó repetidas veces sin creerse lo que había escuchado con toda claridad. La alegría se hizo latente en su interior y sin pensárselo respondió.
— ¡Claro, seguro que sí!
— Maravilloso, pasaré por ti aquí mismo, en la tarde, está bien a esta misma hora... — dijo revisando su reloj.
— ¡Excelente!
— Perfecto, te veré entonces. Por ahora te dejaré para que descanses. — Se acercó a ella para besar su mejilla. — ¡Hasta mañana!
— Hasta mañana — musitó ella al verlo partir, mientras su mano se dirigía de manera inconsciente hacia su mejilla.
Aquel día al salir de la escuela volvió como un bólido a arreglarse para su primera ¿cita?, no estaba segura si llamarla así, aunque solo era un encuentro de amigos o un par de desconocidos buscando conocerse, el caso es que saldría con un chico y no uno cualquiera, Takeru verdaderamente tenía algo especial, aún no sabía qué pero su sola presencia le aceleraba el corazón.
No tuvo tiempo de avisarle a su madre que saldría y tampoco quería dar explicaciones, con lo paranoica que era su madre seguramente intentaría interrogarlo para asegurarse de que no fuera un psicópata. Simplemente escribió una nota en la que avisaba que llegaría tarde, que no se preocupara. Sin más, salió a su encuentro.
Puntual, al pie de su edificio, estaba él. Con su más radiante sonrisa se acercó saludando a lo cual él respondió igualmente. Partieron. Hikari había pensado en todos los sitios que pudieran interesarle, pero no sabía por dónde empezar, así que optó por preguntarle que le gustaría visitar. Aún era temprano para la Rueda Ferris, aunque se veía igual de imponente por el día, los museos cerrarían temprano por lo cual sugirió dejarlos para otro día. Entre el entusiasmo y la indecisión comenzó su tour.
Las atracciones sonaban estupendas, todo en la ciudad pintaba interesante, pero lo único que Takeru estaba dispuesto a contemplar era a la bella castaña que tenía frente a él. Desde que la vio por primera vez y hasta ese momento se sorprendió de la cantidad de luz que irradiaba a su paso cada vez con más intensidad conforme los días transcurrían, estaba intrigado por saber más acerca de ella y ese increíble "don" que ella intentaba ocultar. ¿Por qué? Era la pregunta constante. Había notado también los momentos en que todo ese brillo se ensombrecía, la tensión y la ansiedad que en ella causaban.
Tenía tanto por descifrar por un lado, pero por otro la belleza que reflejaba tanto por dentro como por fuera lo atraía sobremanera, sabía que toda la pinta que le conoció durante aquel primer contacto no era más que un caparazón que contenía a su perla. Era hermosa en toda la extensión de la palabra y hoy estaba presenciando la prueba de ello, tan auténtica y natural. Jamás había experimentado esas sensaciones antes de... bueno, ni siquiera estaba seguro de que ahora pudiera experimentarlo o sentirlo siquiera, pero al estar cerca de ella todo su ser, fuera lo que fuere, se sentía vibrar. No importaba cuanto tiempo le quedaba en ese lugar, el que fuera permanecería a su lado, encontrando las respuestas que ella necesitase.
Luego de pasar una velada llena de risas, conversaciones amenas y, sorprendentemente, nulos "episodios" él la devolvió a su casa con la promesa de encontrarla en los días consecutivos para continuar donde se habían quedado, tenían tanto en común y tan poco tiempo para compartirlo que decidieron hacer oficiales los encuentros por las tardes. Sellaron el pacto con un apretón de manos amistoso, seguido del habitual beso de despedida de Takeru.
Hikari no cabía en ella de felicidad, porque eso era, ¡felicidad pura! Estaba segura que en algún momento de su infancia tuvo que haber experimentado esa sensación ya que, para su sorpresa, no le resultaba ajena.
Su madre la esperaba dentro con cierta preocupación, no era tan tarde pero había oscurecido hacia no mucho y no era de su agrado que su hija no se encontrara en casa para entonces, razones tenía de sobra para sentirse preocupada. Al verla entrar, a punto de comenzar con su discurso maternal, se detuvo a contemplarla un instante y se sorprendió de lo radiante que estaba, aquella imagen la llevó diez años atrás cuando su pequeña Hikari brillaba en todo su esplendor, tan bendecida y llena de vida. Se quedó atónita, incapaz de articular una palabra.
— ¡Perdón mamá! — se apresuró a decir Hikari al ver la hora, con todo había perdido la noción del tiempo — De verdad perdóname por no haberte avisado antes, pero salió de improviso — se disculpó — Y es que todo ha sido tan... ¡increíble! — añadió con una sonrisa que a Yuuko le pareció de ensueño, pero que la invadió de la dicha que irradiaba su hija, quien luego la sorprendería con un tierno abrazo y un beso de despedida que le permitió observar a detalle el rostro de su madre — Te ves cansada, lamento en verdad haberte mantenido despierta, pero ya estoy aquí y tú debes irte a dormir. — Dijo con tranquilidad — ¡Yo me siento mejor que nunca! — exclamó con renovado entusiasmo al leer la duda en sus ojos — Pero ya habrá tiempo, por favor descansa mami, ¡hasta mañana! — decía mientras la encaminaba a su habitación para después dirigirse a la suya.
Por primera vez en mucho tiempo Yuuko dormiría en completa paz.
Transcurrieron un par de semanas a partir de sus salidas con Takeu, desde entonces Hikari esperaba al día siguiente con entusiasmo, no solo por el hecho de que lo vería otra vez si no porque gracias a esa nueva energía todo a su alrededor también parecía renovarse. Puso más empeño en sus actividades cotidianas e incluso se acercó a un par de compañeros en el colegio, a quienes tomó por sorpresa, para intentar ponerse al día con los deberes escolares. La calidez que desde entonces la envolvía no la había abandonado, se sentía protegida, acompañada, cosa que al parecer también era percibido por aquellos que la rodeaban.
Siendo honesta su pensamiento no lo ocupaba nada que no tuviera que ver con él. Takeru. Todo en ella se removió a partir del día en que se conocieron. Pasado este tiempo sentía que lo conocía de toda la vida, se preguntaba por qué no habría sido así. Al parecer su hermano vivía en la ciudad y era esa la razón de que él ahora se hallara ahí también. ¿Qué lo habría mantenido alejado de su hermano? Aún no llegaban a ese capítulo.
De hecho ahora que lo pensaba, en la mayoría de sus citas él casi no hablaba, sin embargo a ella ¡no le paraba la boca! Se sintió avergonzada, en todos estos días ella le había contado casi toda su vida y él no había hecho más que escucharla. Buena amiga resultaba. Guardó silencio. Su pensamiento regresó a la palabra "casi".
Sin duda la confianza entre los dos iiba en aumento, a pesar de ello no podía estar segura de que tan sólida era como para contarle TODA su vida. ¿Sería necesario? ¿Cuál sería su reacción? Y si ¿decidiera no volverla a ver jamás por considerarla desequilibrada? Las opciones no le gustaban en lo absoluto, lo mejor sería mantener su secreto como tal. Además los "episodios" eran cada vez menos frecuentes y no parecían presentar un problema para nada cercano a lo que en algún tiempo fueron.
Decidió dejarlo así, al fin y al cabo podía guardárselo como algo íntimo, completamente personal. Lo que ignoraba era que el destino estaba a punto de prepararle una nueva prueba para afrontar sus mayores temores.
Para su próximo encuentro Hikari había invitado a su amigo a una comida que ella misma le prepararía en su casa, lo planeó con cautela y con tiempo de antelación debido a las constantes negativas que le daba, en especial porque alegaba sentirse incómodo de importunar su ambiente familiar.
Takeru se había vuelto una persona por demás especial para ella y eso le ganaba el mérito de ser introducido a su pequeño núcleo familiar, además está vez no aceptaría un NO por respuesta, así que utilizando sus propias palabras le reiteró que lo necesitaba en su casa y únicamente se lo estaba haciendo saber. No tenía alternativa. Por la tarde llegó a la puerta del departamento de Hikari y llamó.
Hikari abrió y lo sorprendió lanzándose sobre él, entusiasmada. Lo invitó a pasar cerrando la puerta tras de sí. Su casa le resultó acogedora y le recordó mucho al ambiente que generaba su madre en su propia casa, se sintió invadir por la nostalgia. Despejó sus pensamientos a la expectativa de sus anfitriones. Para no hacerse larga la espera decidió ayudar un poco en la cocina asistiendo a su amiga.
Al cabo de una hora todo parecía estar listo para comer, aún faltaban por llegar la madre y el hermano de Hikari, pero todavía había tiempo. Pasados unos minutos Yuuko se comunicó para informarle que había tenido complicaciones en el trabajo para salir, debido a un par de permisos que pidió para realizar otros compromisos, por lo que le sería imposible llegar. Casi en seguida recibió un mensaje de texto de Tai disculpándose al anunciar que había olvidado que tendría entrenamiento con el equipo de football justo a esa hora. Eso parecía una conspiración en su contra.
Finalmente la comida estuvo lista, aunque molesta por la situación Hikari se sentía dichosa de poder ofrecerle un banquete hecho con sus propias manos a su querido Takeru.
Mientras se disponía a servir comenzó a sentir los viejos escalofríos. Intentó ignorarlos, pero solo logro percibirlos con mayor intensidad. Se sentó para calmarse. A pesar de su miedo creciente procuró mantenerse impasible así que cerró los ojos. ¿Por qué ahora? Abrió los ojos al sentirse fuera de peligro y lo que vio la dejó helada. Hikari tenía una visión aérea de su departamento y ante ella se encontraba ella misma sentada en la silla que ocupó segundos antes frente a la mesa, de pronto las puertas del departamento comenzaron a crujir y pudo percibir toda esa energía intentando penetrar al interior.
Cada vez que aquello se presentaba se volvía víctima de la desesperación, es decir, que no era la primera vez que le sucedía y aunque era algo que siempre había experimentado en soledad, era la primera vez que el miedo se apoderaba de ella porque jamás "nada" había intentado introducirse a su casa.
A lo lejos pudo escuchar una voz que al parecer provenía de su cuerpo pero que no era la suya, se acercó a él para oír mejor. Se trataba de un decreto para prohibir el paso a quienes buscaban habitarlo. Luego de escuchar nombrarla repetidas veces, Hikari sintió como si algo la succionara. Abrió los ojos tumbada sobre el suelo y lo primero que vio fue el rostro de Takeru pálido como el papel. Entonces cayó en cuenta de que él la había regresado.
No sabía cómo empezar, para lo que ella tenía no había explicación posible. A petición de Takeru salieron pronto de su casa. Sentados sobre una banca en el parque cercano hundidos en el silencio, él se inclinó hacia ella para llamar su atención, tomando sus manos entre las suyas.
— Entiendo lo difícil que esto puede resultar, también yo he guardado secretos por miedo a lo que los demás puedan pensar, pero necesito saber qué fue lo que acaba de ocurrir para ayudarte a encontrar alguna solución. — Y añadió — por favor, te suplico que confíes en mí.
Su última suplica le partió el corazón, pero jamás lo entendería, era su maldición y nadie más tendría porque cargar con ella de nuevo, su hermano y su madre ya habían padecido lo suficiente gracias a ella.
— No puedo emitir ningún juicio si no escucho de primera mano la experiencia de alguien que ha tenido que vivir con esto desde siempre. — replicó él como si hubiera podido leer su pensamiento.
Dudó por un instante y comenzó su relato. Cada detalle, cada palabra fueron escuchados sin interrupción. Desde la recepción de los ángeles, pasando por la muerte de su padre, la angustia de su madre, las "crisis", los estudios, los exorcismos, los desprendimientos y su afán por negarlo todo. Al finalizar, ambos callaron largamente. Hikari no entendía por qué, pero el haber compartido todo eso fue como si le quitaran un gran peso de encima, especialmente el poder compartirlo con él sin que intentara huir lejos de ella.
Hikari permaneció con la cabeza gacha, volviendo a su actitud habitual retraída. Sintió de pronto recargarse un peso contra su frente al tiempo que sus manos eran nuevamente tomadas entre las de él. Sin despegar sus frentes Takeru juntó su nariz con la de ella, jugueteando un poco para encontrarse con sus hermosos ojos castaños. Los notó sonreír mientras no perdían detalle de los suyos.
— Temo que lo que para lo que tienes no hay cura, — dijo al fin — dones como el tuyo son dados únicamente a personas extraordinarias, cuya capacidad tiene el poder de controlarlos y utilizarlos a su favor de manera responsable. Desarrollar esa capacidad requiere el apoyo de un guía que esté dispuesto a mostrarte los pasos que debes dar. Pero mientras aparece, nosotros podemos buscar aprender más acerca... de ti. — terminó dándole un pequeño beso en la nariz.
Asintió con una ligera sonrisa y se refugió en su pecho, aliviada por sus palabras.
Había encontrado su propósito. A partir de entonces Takeru se dedicó a revisar libros, revistas, documentales, blogs y toda clase de fuentes teológicas lo más fiables que pudieran acercarles a lo que buscaban. El internet estaba lleno de basura bajo la etiqueta "sobrenatural" por lo que representaba una gran pérdida de tiempo siquiera echar un vistazo. Acudió a los textos básicos, la Biblia y otros escritos sagrados resultaron de gran ayuda. Las enseñanzas y filosofía de sus predicadores eran muy interesantes y se prestaban a muchas interpretaciones, aunque en su familia nunca se profesó ningún tipo de fe llegó a la conclusión de que aquellos textos eran indispensables de leer tan solo para tener un bagaje cultural más amplio.
También decidió investigar sobre los temas referentes al culto a la muerte en diversas culturas. En el budismo, que es la religión que impera en diferentes regiones del continente asiático, la muerte se reconoce como parte de la vida y en conjunto forman un todo, esta conjunción de opuestos es lo que mantiene el equilibrio del universo. El miedo a la muerte surgió de las culturas occidentales en la que incluso su representación es sanguinaria. En México existe una fiesta dedicada a la muerte llena de color en la que el mundo de los vivos y los muertos se unifica para recibir durante un día a quienes ya han partido, la tradición mezcla raíces del México prehispánico con elementos de la religión cristiana católica llevada de Europa. Mientras más leía más le intrigaba aquello.
Incluso encontró escritos de psicoanálisis en los que por medio del análisis de los arquetipos representados en los cuentos de hadas se describían los ciclos naturales del ser a lo largo de un periodo o toda una vida: Vida/Muerte/Vida [1]. Resurrección, la palabra hizo eco en su cabeza.
Todo aquello le resultó absolutamente fascinante, lejos de sonar a porquerías fantásticas o sobrenaturales y divinidades inmortales, en conjunto la información representaba una guía para equilibrar todos los elementos del ser permitiéndole vivir humanamente en plenitud. Vaya que eso ayudaría a mejorar en gran medida la calidad de vida de tantas personas al ser entendido y asimilado debidamente. Pero en fin, luego de su pequeño divague se enfilo camino a encontrar nuevamente a Hikari con algunas respuestas a sus dilemas.
Con las locas conclusiones que Takeru había sacado de su investigación no sabía si sentirse aliviada o preocupada, sin embargo el entusiasmo con el que le exponía sus teorías era suficiente para ella, como no confiar en alguien que con tan solo unas semanas de haber conocido, había invertido tanto tiempo y esfuerzo en buscar remediar el daño de tantos años que un supuesto "don" había causado. Aún no lograba convencerse de poseer un don, pero confiaba plenamente en su juicio como para permitirle el beneficio de la duda. En ocasiones no podía creer su suerte y pensaba que todo debía ser producto de un sueño del que no estaba dispuesta a despertar.
Echaron manos a la obra. Lo primero era enfrentarse al hecho de que su naturaleza distaba mucho ser normal, aceptarse única en más de una forma era vital para ejercer control sobre el poder que dormía dentro de ella. La relación con "seres del otro mundo" se debía a la cantidad de luz que poseía en su interior, incluso Takeru se había fascinado con su brillo lo que le hacía dudar entre si había sido atraído hacia ella o llamado por ella. Los sucesos extraordinarios que se presentaban durante los meses de octubre y noviembre en los cuales, debido a las tradiciones, se creaban flujos de energía entre más de una dimensión y los desprendimientos involuntarios no eran más que una clara señal de la falta de control sobre sí misma. Más que una misión la condición de Hikari la señalaba como la portadora de un destino extraordinario, con una capacidad de sanación que podía beneficiar al mundo entero. Su padre no se equivocaba al iniciarla en un mundo de seres fantásticos y criaturas mágicas, pues era al cual ella pertenecía en su más profunda esencia.
En cuestión de semanas y con el rigor adecuado Hikari comenzó a saborear los frutos de su esfuerzo. Si a partir de su cumpleaños había iniciado su metamorfosis ahora luego de casi un mes y medio de implementar los cambios necesarios que quien se había vuelto su ángel guardián se dio a la tarea de estructurar solo para ella, el capullo que la contenía estaba a punto de permitirle ver el comienzo hacia una nueva vida. Desde entonces su cuerpo, su mente y su espíritu se habían estabilizado, sin su guía y apoyo quizás seguiría con su vieja rutina, atrapada en sí misma, apagada y sombría. Definitivamente tenía mucho que agradecerle a su ahora mejor amigo, su Takeru, porque ahora que lo pensaba, durante ese tiempo había experimentado la plenitud de una vida relativamente normal, enfocada únicamente en lo que las chicas de su edad deberían estar.
Aquello que en su interior se había gestado desde el instante mismo en que cruzo la primera palabra con él y que a ella le resultaba desconocido, ahora con forma definida empezaba a adquirir nombre. Ese sentimiento que hacia no mucho pensaba haber estado negada a experimentar, se le había clavado en lo más profundo del corazón, Hikari estaba completamente segura esta vez: estaba perdidamente enamorada de Takeru, su mejor amigo, su ángel de mirada celeste.
Comenzaba diciembre y con él la víspera navideña. Esta sería la primer navidad que se permitiría disfrutar desde que su padre había partido. Nada podría llenar el vació que dejó su padre con su ausencia, sin embargo su ser se sentía rebozar con el nuevo sentimiento que había descubierto, mientras su Takeru permaneciera a su lado, nada podía faltarle.
Decidió que, ya que la época representaba la unión de la familia entre otros valores, está vez le dedicaría más tiempo a su madre y su hermano, quienes disfrutaban con los preparativos para dar inicio a las fiestas. Casualmente se encontró a su hermano justamente buscando los adornos de navidad en las gavetas superiores del armario y le ofreció su ayuda que fue absolutamente bienvenida.
Mientras bromeaban de cualquier cosa y su hermano le hacía saber lo feliz que le hacía verla irradiando su luz característica que creía perdida, buscando el lugar más adecuado para colocar los adornos, Hikari notó sobre el nicho de la entrada una fotografía que estaba segura de no reconocer, la curiosidad le hizo acercarse a contemplarla, acción que llamó la atención de su hermano.
— ¿Qué pasa Kari? — preguntó sin dejar lo que estaba haciendo.
— Nada, es solo que no reconozco esta fotografía. No es de... — se interrumpió al caer en la cuenta de quien se trataba.
Se hallaba tan inmersa en sus asuntos que se había olvidado que apenas un mes antes de su cumpleaños su hermano recibió la noticia de que su mejor amigo había muerto en un accidente. Agradecía no saber los detalles pues gracias a su recién aceptado don ella solía soñar episodios de la muerte de ciertas personas, ya fuera como un tipo de premonición con los más cercanos como lo fue el caso de su padre o como una reseña de lo que había ocurrido en el caso de personas cercanas a ella o su familia pero que no permanecían en contacto constante.
Ese caso particular concernía únicamente a Tai, su amigo casi no tenía contacto con su madre, mucho menos con ella (entonces era ella quien se limitaba a convivir consigo misma y su núcleo familiar), pero las raras veces que llegaron a coincidir se había portado como un verdadero caballero, por eso su madre le tenía afecto a pesar de no convivir en absoluto con él.
— ¡Ah, esa! Había querido colocarla desde el mes pasado, pero con lo despistado que soy la olvidaba. — dice Tai acercándose al nicho. Luego toma la foto y suspira para añadir — Fue la última vez que estuvimos juntos antes de que él y su hermano murieran cuando regresaban de pasar un tiempo con su madre. — Hikari lo miro asombrada, su hermano... Tai frunció el ceño con una mezcla de rabia y dolor.
— Lo siento, hermano. — Solo pudo atinar a decir la castaña — no sabía, yo... perdón por no haber estado contigo — lo abrazó en un impulso por remediar su ausencia.
— No hay nada que tenga que perdonarte, hermanita — la consoló — estas cosas pasan todo el tiempo y hay que aprender a lidiar con ellas — se consoló esta vez, apretándola contra su pecho.
Permanecieron así un momento y lentamente se separaron.
— ¿Cómo dices que se llamaban? — preguntó ella secando sus lágrimas.
— Ishida, Matt y TK, ¿no los recuerdas? — se extrañó Tai, ella negó con la cabeza, aunque ahora que lo mencionaba...
El timbre de la entrada la sacó de sus pensamientos, revisó la hora, era para ella. Arregló su rostro y abrazó de nuevo a su hermano en señal de despedida.
—Por qué la prisa, de nuevo ese amigovio misterioso tuyo? — le reprochó él en tono burlón.
— No sería misterioso si hubieras asistido a la velada que organicé — le reprochó por vigésima vez.
— ¡Oh, vamos! — respondió ligeramente apenado — Ya me he disculpado un centenar de veces, en verdad ¿jamás me lo perdonarás?
— No está vez — respondió con fingido rencor — Hoy saldré con unos amigos del colegio — concluyó sonriente.
— ¡Me encanta esa sonrisa! — exclamó Tai entusiasmado al tiempo que se acercaba para abrazarla otra vez. — Ve, con cuidado y por favor no llegues tarde. — le gritó al verla partir asumiendo el rol de hermano.
— También te amo — le regresó su hermana.
Quedó satisfecho, se estiró para desperezarse un poco y continuar con lo que había comenzado. Giro su vista al nicho y tomó la fotografía con su mano izquierda mientras se abrazaba con el brazo derecho, cerró los ojos como si anhelara sentir su contacto de nuevo.
— No imaginas la falta que me haces — como en un intento por recibir una respuesta se palmeo el hombro tres veces — Yamato… — concluyó en un susurro y de pronto un calor que nacía de su espalda lo envolvió por completo.
— ¿Estás listo? — Le sorprendió su hermano mayor al llegar a su lado — Es hora de partir.
— ¿Qué? ¡No! — exclamo el rubio menor — Necesito más tiempo.
— Pues no lo tenemos — dijo el primero secamente.
— Debe haber una forma de...
— Espera, espera — le interrumpió el mayor — Te estás tomando esto demasiado personal — reprochó al fin.
— ¡No! Solo es algo que necesito hacer — le aclaró el menor
— Sabes que jamás podremos volver, ¿verdad? — inquirió con frialdad el primero en busca de una reacción.
— ¿De qué hablas? — dudó su hermano.
— De que nada que logres con ella cambiará lo que nos pasó, la luz que emite es lo que te atrajo hasta ella, como a todos los que vagan sin rumbo. Ellos tienen perdón, porque no saben que se han perdido, pero tú... — inspiró profundo — has ido muy lejos, tarde o temprano tendremos que partir, cuando el momento llegué debes estar preparado.
— Te equivocas — soltó de pronto el más joven — yo no la busqué, ella me llamó y en lo que mí concierne, debo permanecer a su lado hasta que ya no me necesite más.
— ¡Pero nosotros no somos...!
— ¡Ya lo sé! — Le interrumpió con brusquedad su hermano menor. — Soy completamente consiente de qué no somos y aunque desconozco por completo lo que sí somos ¿Por qué sin estar perdidos seguimos aquí? No debimos ya haber recibido alguna clase de señal. Tú mismo buscaste la forma de despedirte de alguien especial, ¿no es cierto? — Suspiró. — Lo llaman "asuntos pendientes" y es por eso que los de nuestra clase no se van. Cómo tú. Como yo. — Hizo una pausa — Yo no tenía ninguno hasta que la oí llamarme y sí, por si lo dudabas, jamás podría dejarla. — Se giró hacia su hermano para mirarlo de frente — Pero no te preocupes por mí hermano, parte tú si ya estás preparado, yo haré lo propio cuando mi momento llegue. Yo te seguiré, lo juro, solo que esta vez seré yo quien decida eso.
[1] Pincola Estés, Clarissa, Mujeres que corren con los lobos
