III
Revelación
El ambiente generado por la calidez de la época a pesar del frío se podía percibir desde lo alto, las luces y el movimiento dibujaban un bello constraste con los colores nocturnos que a penas pintaban el cielo haciendo más clara la visión de sus astros conforme avanzaba la noche.
Hikari contemplaba el cuadro mientras volaba. Quizás no fuera el término adecuado para lo que ocurría, no era precisamente una experta a pesar de haberlo hecho en repetidas ocasiones a lo largo de su vida de manera involuntaria. A penas había realizado un par de viajes astrales bajo la supervisión de Takeru unos días atrás, orillada por él mismo a llevarlos a cabo pues a su parecer más valía estar preparados para lo que pudiera presentarse y con la práctica lograr el control adecuado.
Al principio se mostró temerosa debido al recuerdo de los viajes anteriores, pero al reparar nuevamente en aquella mirada supo que no tenía razones para temer, él estaría con ella y eso era suficiente para intentar lo que fuera. En pocos minutos logró tomar el control durante aquella primera sesión, tener absoluta conciencia de lo que ocurría era clave para continuar con el proceso, una vez hecho eso comenzó a dejarse fluir. Lo practicaron repetidas veces aquel primer día, al punto de no desear que terminase, pero con la promesa de continuar al día siguiente.
Así lo hicieron, pronto Takeru pudo notar la naturalidad con la que se desenvolvía una vez asimilado el ejercicio, en definitiva ella había nacido para todo eso. A pesar de los enormes avances que lograron Takeru no escatimó en repetir una y otra vez las advertencias y las responsabilidades que los viajes de este tipo deben conllevar, la sola idea de que su Hikari dejara de ser ella no lo dejaba descansar. Ella lo escuchó con atención y aunque entendía perfecto el riesgo, secretamente deseaba seguir volando, como una creciente adicción.
Las prácticas cesaron debido a que Takeru se encontraría ausente algunos días, por lo que la hizo jurar que no realizaría ningún tipo de viaje astral sin su supervisión con insistencia tal, que ella no tuvo más alternativa que aceptarlo a su pesar. Sin embargo, con el paso de los días su deseo por realizar los viajes disminuyó y aumentó su anhelo por volverlo a ver. En especial luego de un sueño que se repitió un par de noches atrás de forma consecutiva, una especie de accidente, no ubicaba el lugar pero se veía alarmante con sirenas de ambulancias y patrullas, un camión volcado, un auto destrozado y un cuerpo inerte a mitad de la autopista. Ambas ocasiones despertó sudando, con la respiración acelerada, sin entender de que se trataba esta vez. O sería qué ¿algo le habría pasado a él?
Intentó deshacerse de tal augurio con una pequeña acción que le enseñó Takeru para esos casos que consistía en tocar con la mano su frente de modo que al deslizarse "arrancara" el pensamiento al tiempo que repetía siguiente. No pareció convencida al principio pero pasado un rato se sintió un poco mejor, el simple hecho de imaginar que aquello pudiera ser una premonición al respecto de Takeru la sofocada, el joven rubio sí que se había convertido en su adicción.
Esta vez no supo cómo, pero sucedió. En un momento cayó dormida presa del sueño acumulado por los desvelos pasados y al otro ya estaba volando sobre la ciudad. Seguramente así se habían dado las ocasiones pasadas, solo que ahora tenía completa conciencia de lo que hacía y sin titubear aprovechó la oportunidad para practicar nuevamente y disfrutarlo en serio, porque la sensación de libertad que experimentaba en ese estado era algo que no lograba describir. La vista nocturna de la ciudad le hipnotizó, al punto de no saber que tan lejos había llegado.
De momento se alarmó, una de la reglas que Takeru le repitió hasta el cansancio era precisamente que no debía alejarse demasiado de su cuerpo porque si se perdía corría el riesgo de que el "cascarón vacío" fuera habitado por algún otro ser, mientras más tiempo pasara y debido a las características que le atribuían sus dones el que intentará habitarla probablemente sería un ente oscuro. Antes de entrar en pánico como hubiera hecho en otro tiempo, procuró tranquilizarse, así podría pensar con mayor claridad y quizás encontrar alguna referencia para ubicarse.
Cerro los ojos y siguiendo su instinto inició una práctica que pretendía hacer un hábito con la intención de limpiar su propia energía y la de su alrededor, Takeru la llamó coherencia[2]. En teoría tendría que estar dentro de su cuerpo ya que requería de su frecuencias cerebral y cardíaca para que tuviera el efecto deseado, solo que esta vez esperaba que su cuerpo se volviera una especie de antena que le mostrara su ubicación al activar dichas frecuencias, al fin y al cabo ella representaba ahora la esencia vital, sin mencionar a la conciencia. El plan no sonaba tan descabellado.
Comenzó a percibir un palpitar que poco a poco se hizo más intenso, abrió los ojos con intención de seguir en su dirección, pero antes de que pudiera ubicar nada, sintió como si una fuerza la succionara hacía abajo.
Despertó. Parpadeó repetidas veces, los ojos le pesaban, parecía que hubiera dormido más de la cuenta. Sentía su cuerpo entumido, con dolor intenso en zonas especificas, como si no lo hubiera movido en mucho tiempo. ¿Sería todo causado por alejarse demasiado? Intentó articular alguna palabra, fue entonces que percibió la máscara de oxígeno sobre su boca y nariz. Aspiró hondo y sintió recorrerle un ardor seguido de un fuerte dolor de cabeza.
Hasta entonces no fue consciente de lo que ocurría a su alrededor, ni siquiera había notado que no se encontraba en su habitación, si no...
— ¡Está despierto, notifiquen a Kido-san de inmediato! — ordenaba una ¿enfermera? al acercarse a ella para tocar una especie de timbre sobre su cabecera — ¡el paciente de la habitación 206, despertó!
Eso era un cuarto de hospital, no el suyo. ¿Qué rayos hacía allí, como era que había llegado? Intentó serenarse, era claro por el aparato a su lado que su pulso iba en aumento y eso no podía significar nada bueno, no para ella y la verdad su constante y molesto "bip-bip" no ayudaba en lo absoluto. Como buscando quehacer se quitó la máscara. Absorta en su creciente angustia no notó a la enfermera salir a toda prisa, lo que atrajo su atención fue la presencia de la mujer que entró en seguida.
— Estás despierto... — dijo en un tono a penas audible abriendo los ojos como platos. — ¡Haz vuelto!
La mujer se acercó a ella con una familiaridad y un anhelo que le enterneció profundamente, pero ¿por qué la miraba así? Lentamente acarició su rostro y lo tomó entre sus manos para acercarlo más al de ella, contemplándola, sin poder creérselo. Hikari entonces pudo notar la cara demacrada de aquella mujer, que parecía contemporánea de su madre. Aunque aun conservaba la belleza de antaño, era claro que su estado anímico venía en picada desde hace tiempo. Algo en ella se le hacía familiar, pero no atinaba el qué. Clavo sus ojos en los azules de ella intentando encontrar respuestas y vió como se criatalizaban mientras acariciaba su cabello y sus mejillas.
— Mi TK — dijo al fin liberando sus lágrimas.
Hikari tardo en reparar en lo que había dicho, ¿TK?
— Yo n... — El doctor irrumpió en la habitación, le pidió a la mujer que se apartará y comenzó a examinarla. Mientras procedía con la rutina habitual, supuso ella, observó detenidamente las enormes gafas del médico. Cabe mencionar que si le hicieran un examen acerca del aspecto que tenía lo reprobaría seguro, a excepción del detalle de las gafas que más que eso parecían un par de espejos. Entonces lo vió. — Takeru — soltó en una exhalación.
El reflejo en las gafas del médico no podía ser otro. Cabello rubio, facciones finas, tez blanca y esos ojos azul celeste, inconfundibles. Su mirada era un poco diferente, no le recordaba a él, era más nostálgica, más... ¡de ella!
A penas el médico se hubo retirado haciendo mención de un milagro, comenzó a hiperventilarse tocando cada parte de ese cuerpo que no era el suyo, pellizcándolo para corroborar que nada era producto de un sueño. El aparato del pulso volvió a enloquecer.
La mujer se adelantó hacía ella, ¡no, él! Para intentar tranquilizarlo.
— Cariño, calma — decía — tranquilo hijo, todo va a estar bien.
La miro confundido. Su voz lograba calmarlo, pues fue el cuerpo y no la conciencia el que reaccionó ante su sonido. Abrió la boca para decir algo cuando se desconectó, como si de un juego se tratase el tiempo se le acabó.
Oía una voz nombrarla, superponiendose a los gritos desesperados de aquella mujer. La voz continuó cada vez más cercana, no lograba reconocerla.
Como si hubiera sido lanzada del extremo opuesto entró en su cuerpo de manera tan abrupta que el impacto pareció haber presionado sus pulmones, por lo que tragó una bocanada de aire que hizo que el pecho le doliera, abriendo los ojos de golpe. Le sobrevino un ataque de tos, pero lo controló pronto con la premura de asegurarse de haber llegado al destino correcto. Saltó al espejo y vió su reflejo, el suyo, el adecuado. Se quedó un rato contemplandose, mientras su pulso recuperaba el ritmo habitual. Un poco más estable observó con calma y a detalle su habitación. No estaba sola.
— ¡Hikari!
El grito de su hermano le causó un sobresalto. Revisó nuevamente, esta vez no percibió nada. Se recompuso un poco, caminó a la puerta y abrió.
— ¿Qué haces? Llevo horas gritándote. — él siempre exageraba en todo — es casi medio día y tú... estás sudando, ¿te encuentras bien? — preguntó al reparar en el aspecto de su hermana, quien intentó ignorarlo al parecer despreocupada, sin éxito. — Kari — añadió obligándola a mirarle a los ojos — en serio, si algo te pasa, sabes que puedes confiar en mi, ¿cierto? — inquirió el moreno.
Le sonrío con dulzura, completamente agotada. Ya era momento de sincerarse con su hermano.
Se alejó lo suficiente para contemplar el cuadro fraternal de los Yagami procurando no hacerse presente. Esbozo una sonrisa. Ahora todo tenía sentido: su hermano seguía vivo.
[2] Braden, Gregg, La matriz divina
