Advertencias: Los personajes no son míos, son de Kishimoto.
Un final sin principio.
Capítulo Siete: Trinchera emocional.
by Shiga san
Solo tenía una cosa en mente, correr. Con todas sus ganas, alejando a Deidara de la batalla lo más rápido posible.
Su mano aferrada con fuerza a la muñeca del rubio, tirando de él con fuerza, obligándole a correr a su ritmo. Aunque no hacía falta, por que , aferrando su vientre con la otra mano, mantenía su velocidad sin quejarse.
Entendía las prisas, él era el primero que quería alejarse de ahí.
Itachi cruzó el brazo derecho por delante de su cara, para usarlo como escudo contra la vegetación que les golpeaba con saña en su carrera.
Un pequeño terraplén que subió de dos zancadas, aunque Deidara cayó de rodillas, rompiendo su agarre unos segundos. Las rodillas del rubio se rasparon pero a esas alturas, ya era inútil preocuparse por algo tan insignificante como eso. Deshizo el camino y le tomó de nuevo por la misma muñeca, enrojecida por el agarre. De un tirón le alzó sobre sus piernas y siguió corriendo, con él detrás.
Tal y como había predicho, el frontal del templo yacía derrumbado, cubierto de vegetación que se había adueñado de los escombros en los que se había convertido antaño el precioso templo de madera.
Las vigas conformadas por grandes troncos que se cruzaban para hacer el portón estaban tiradas, unas sobre otras, formando una gran "A" mayúscula sobre los tablones que antes eran las escaleras.
Alrededor de ellas un montón de raíces, retorciéndose alrededor formando una masa de naturaleza salvaje. Al amparo de la noche cerrada, en plena madrugada, parecía una enorme criatura a punto de levantarse de su descanso para comerlos.
Llevó a Deidara hasta la misma entrada y buscó con las manos, palpando un hueco por el que entrar dentro. Aunque fuera uno pequeño, ya se encargaría él de hacerlo mas grande.
No hizo falta, por que las vigas que formaban la letra, habían caído dejando un triangulo perfecto por el que metió el brazo sin problemas. Se coló dentro y levantó la madera de arriba con su espalda, alargando la mano al rubio para que pasara con él.
Deidara metió una pierna y luego la otra. Deslizó con sumo cuidado su vientre, escurriéndose al suelo sobre la espalda y acuclillándose para amortiguar de algún modo el golpe contra el suelo.
Itachi buscó por el suelo una piedra, con la que golpeó el tronco hasta hacerlo caer, cegando el paso para impedir que nadie mas entrara... aunque no tardarían mucho tiempo en abrir un acceso si realmente quisieran entrar, al menos les darían unos preciados minutos de ventaja.
Aferró de nuevo su muñeca, y caminó hacia delante, tanteando a ciegas por lo que serían las paredes de la entrada con la mano libre.
Tenían que ir a oscuras, no podía arriesgarse a encender un fuego, por pequeño que fuera, y que hubiera algún hueco por el que se viera desde fuera.
Aunque Itachi era consciente de que no tardarían mucho en dar con ellos. Un rastreador un poco hábil notaría sus chakras brillando, resonando al estar juntos.
Solo era cuestión de tiempo, tiempo que no tenían.
También era consciente de que sus amigos lucharían hasta la muerte por ellos, y eso le mantenía mas calmado de lo que estaría en otra situación.
Dejaron atrás la entrada y llegaron a lo que sería el cuarto de las ofrendas. La puerta, doblada hacia delante por causa de la humedad crujió a su toque. Era el único sonido que podían notar, aparte de sus respiraciones agitadas, aún tratando de normalizarse por la carrera.
Una inmensa sala se dibujó ante ellos, cuando la puerta cedió al empuje del hombro del moreno. Sus ojos, acostumbrándose a la oscuridad fueron trazando las formas de la sala. En frente, una enorme estatua de piedra, la deidad del bosque, con los ojos opacos, sin mirada. Todos los detalles bellamente esculpidos, perfecta. Como si el tiempo no hubiera pasado por ahí. Las raíces, que lo invadían todo, parecían evitar al dios del bosque.
A sus pies, una mesa de piedra, donde se dejaban las ofrendas, comida, bebida, que el monje que vivía ahí disponía como si un puesto de mercadillo se tratara.
Se acercó hasta la mesa y apoyó a Deidara ahí, para que descansara aunque fuera un poco. Recorrió la estancia, descubriendo a un lado, al abrigo de la oscuridad mas absoluta, unas escaleras que subían, a la parte mas alta del templo.
Arriba una gran campana de bronce, adornada con flores que la luna alumbraba perfectamente, servía para llamar a los que se perdían en el bosque, o para alertar en la aldea de algún peligro cercano. El gran tronco que el monje lanzaba contra la campana para hacerla sonar, seguía colgado de una gran argolla metálica, que a su vez, se sujetaba en un tronco que cruzaba el techo del campanario, por encima de la misma campana. La pared tras ella, se había derrumbado parcialmente, dejando que el viento meciera el tronco en su agarre y golpeara lentamente la campana, haciéndola sonar a intervalos espaciados, mas bajito.
Eso podría ser una ventaja.
Estudió el bosque que podía ver desde ahí.
Reconoció el dragón del jutsu de Kisame desde ahí, y casi podía ver su sonrisa al lanzarlo.
Bajó con cuidado de no caerse. A mitad de las escalera otra pequeña puerta, que daba a la parte trasera del templo, al otro lado de la montaña.
El cuarto, mas pequeño, repleto de cajas de madera y vasijas, permanecía en perfecto estado. La otra puerta podía abrirse sin problemas, mostrándole el bosque, tranquilo y sin peligro del otro lado.
Atrancó la puerta para impedir que entraran por ahí, dejando una trampa con hilos y sellos explosivos por si alguien la encontraba y se le ocurría cruzarla, pero dejando la punta del hilo visible, para poder desactivarla en el caso de que necesitaran usarla.
Volvió sobre sus pasos y estudió la sala de la estatua. A un lado había una cubeta de bronce, llena de agua que caía goteando filtrada por la tierra del techo. Encontró velas y varios soportes.
Antes de encender nada, se aseguró con diligencia que no hubiese ningún hueco que diese al exterior.
Tomó la cubeta de agua y un par de grandes telas, que pendían a los lados de la estatua como adorno, colocándolas sobre uno de sus hombros.
Volvió a la mesa, y palpó por encima. Sobre la piedra había una tela resistente, que tomó y sacudió con fuerza para librarla del polvo y la porquería que pudiese tener. La puso de nuevo, por el otro lado.
Se paró frente al rubio, que estudiaba el entorno en silencio, prestando atención a los sonidos de la batalla que le llegaban, lejanos y confusos, pero oía perfectamente. Al igual que el sonido de la campana sobre sus cabezas.
Sintió los dedos de Itachi sobre sus hombros y todo se precipitó como una roca redonda cuesta abajo.
Se aferró a su cuello con fuerza, buscando sus labios con los suyos propios. Internó la lengua en la cálida boca del moreno, que le acogió con el mismo sentimiento. Sus manos viajaron bajo la camiseta cubierta de sudor y la alzó, para acariciar con las manos abiertas el redondo vientre. La piel tensa que acogía a su pequeño pareció temblar a su toque.
No necesitaban palabras, ni un lo siento por no decírtelo, ni un perdóname... solo necesitaban ese toque, nada mas.
La situación no era la mas adecuada para eso. Sus amigos luchaban a pocos kilómetros de ellos, y no era lo único que tenían en contra.
No importaba nada, solo ellos dos, y su milagro.
Itachi intentó apartase, no sirvió. Los labios demandantes de Deidara le exigían mas contacto. El rubio besó su cuello, aferrando su espalda con las dos manos, apretándole contra su cuerpo todo lo que su abultado vientre le dejaba.
Le había echado tanto de menos, tanto... no podía medirse en palabras lo que necesitaba ese contacto, en ese momento, en ese lugar... ahora.
Itachi también estaba en el límite de lo razonable.
No era el mejor momento para eso. Seguramente cientos de ninjas les estaban dando caza en ese instante, convertidos en criminales, mas peligrosos que como simples akatsukis.
Sus amigos, compañeros, familia, jugándose la vida , siendo su escudo... y Deidara, que seguro estaba de parto... estaban en un lugar inmundo, sin recursos, a oscuras, cansados, con la sangre hirviéndoles en las venas, recorriendo sus cuerpos como lava lacerante, haciendo latir sus músculos por la desesperada carrera... cansados, hambrientos, enfermos...
Juntos.
Por fin, juntos.
Después de meses de incertidumbre, de soledad, de sufrimiento... juntos, los dos...
Itachi comprendió, Deidara comprendió.
Necesitaban su encuentro. Su "ya estoy en casa".
Itachi le sintió remover su ropa, y simplemente le ayudó en su empresa. No supo en que momento Deidara había acabado sobre la mesa de piedra, ni como le guió a su interior, solo que él respondió con un suave empuje, que hizo que su alma abandonara su cuerpo y volviera a entrar de un solo golpe.
Un gemido, bajito, dulce, susurrado junto a su oreja. Unas manos haciendo presión en sus costillas, pidiéndole mas, mucho mas.
Sí, cuantas veces había soñado con eso. Ellos dos haciendo el amor con su pequeño ahí, a salvo en su vientre. Dios, como lo necesitaba. Como lo necesitaban los dos.
Se meció contra el rubio, delicadamente, temiendo hacerle daño, a él o al pequeño. Las piernas del rubio en sus caderas, codiciosas, acercándole con firmeza una y otra vez a su interior le dejaron claro que lo estaba haciendo muy bien.
Sus manos se posaron de nuevo en el vientre, redondo, abultado, caliente. Las caderas de Deidara se alzaron en el momento de la culminación, derramando su esencia en la mano de Itachi.
El moreno salió de su cuerpo, para acabar también en la misma mano. Cayó derrotado sobre el rubio, después de limpiarse y posó su mejilla en el ombligo.
Deidara se había quedado callado y eso le alertó. No necesitó preguntar, por que notó en su mejilla la tripa ponerse tensa. Un sonido de agua siendo derramada le indicó que el orgasmo había acelerado el parto, ya hora si, el pequeño nacería ahí, y en ese momento.
oooooo-
Contrario a como había predicho, no solo eran mas numerosos, si no mucho mas agresivos, organizados y peligrosos.
Y ahora, un nuevo problema se unía a los anteriores.
Los pequeños grupos que combatían sin descanso estaban definidos, y se notaba que cada uno de ellos tenía un área determinada que nadie mas debía cruzar. Y los ninjas atacantes lo estaban empezando a notar.
Los últimos días los combates se había resuelto con rapidez y todos los aktsukis se movían tras resolverlos, sin embargo llevaban horas en la misma zona de bosque... y ahora aparecía un Hyuga.
Eso era malo.
Por mucho que corrieran, no necesitaría ni medio segundo para localizar a Deidara... pero todos ellos lo habían notado, y irían a por él en bloque, antes de que toda su estrategia se fastidiara.
Sin embargo Kakuzu se dio cuenta de algo... estaba seguro que ese muchacho Hyuga había localizado al rubio , y sin embargo, señaló una dirección errónea.
Internamente comprendió que los ninja de Konoha ponían su granito de arena de ese modo.
Kisame cayó de bruces, jadeante. Ese último ataque le había dado de lleno, y él estaba mirando a otro lado. No podía ser posible, pero le había parecido ver a alguien que no debería estar ahí.
Un pequeño grupo de ninjas se desplazó a un lado, rodeando a un nuevo Akatsuki. Uno de ellos, un poco mas osado, se adelantó para asestar un golpe directo, pero una mano enguantada le agarró el cráneo y le lanzó contra el suelo.
– Vas a despertarlo, y me ha costado un montón que se durmiera. – Un desafiante y severo ojo asomaba por el único hueco de una máscara naranja. Su mano derecha posada en el pecho, sujetando algo bajo la gabardina. – ¡HOLAAAAAAAAA!... Gomen, gomen... nos hemos retrasado un poco... pero esta maquinita de hacer caca no quería dormirse... Tobi lo siente...
– ¿Has traído al bebé aquí?. – Kisame se adelantó, apoyando parte de su peso en la espada.
Zetsu se adelantó también, quedando a un lado. Cerca pero sin interferir.
– Es que le pedí que me esperase en casa, pero no echan nada en la tele y me ha suplicado salir para ver el paisaje. – Repuso Tobi casual. – Además, no creo que sea asunto tuyo, Kisame. – Miró a Zetsu y fue hasta él dando saltitos.
Abrió la gabardina y descubrió al pequeño, dormido en su pecho, sujeto a su cuerpo por un cangurito de tela.
– Hola plantita hermosa .. – Zetsu dibujó una sonrisa al calificativo. Tobi le habló al bebé dormido. – Quédate con papá un momento, mientras mami se ocupa de los hombres malos, ¿Nee?. – Desabrochó el cangurito con una mano y posó al pequeño en el pecho seguro del chico planta, abrochando de nuevo el porta-bebés. El niño ni se inmutó por el cambio. – Y Deidara senpai...¿Está bien?.
– Esperamos que si... Itachi está con él. – Las hojas mas grandes se cerraron en torno al bebé con delicadeza. Tobi sonrió bajo la máscara al verlo.
Sasori apareció tras él y entonces todo empezó. Una serie de detonaciones formaron una trinchera natural entre ellos y sus atacantes, poniéndoles a salvo... al menos de momento.
Sasori siguió la dirección en la que miraba Kakuzu y se vio tentado a seguirla , sabiendo que Deidara y el Uchiha estarían por allí... pero también se dio cuenta de que si lo hacía, los ninjas que estaban al acecho, sabrían por donde debían buscar... y no lo permitiría.
Necesitaban reagruparse y definir su estrategia de inmediato.
A lo lejos, en mitad de la noche, el sonido leve de una campana se escuchaba perfectamente por encima del siseo de las hojas, y sus propias respiraciones.
Oooooo-
Los dos notaron las explosiones cercanas. El templo a su alrededor y prácticamente la montaña entera en la que estaba asentado vibraron.
Itachi miró alrededor, esperando que no cayera sobre ellos, mientras Deidara trataba de respirar a través de los dientes apretados, evitando quejarse o levantar la voz por encima del susurro de las hojas.
El sonido de pequeñas rocas rodando pared abajo hasta casi sus pies, se mezcló con sus respiraciones, contenidas a la espera. El tronco golpeó de nuevo la gran campana, resonando por todas partes, haciendo que las rocas que aún no se habían soltado, lo hicieran en ese momento.
Afortunadamente la construcción, o lo que quedaba de ella, aguantó el golpe, sufriendo unos pocos daños no muy graves para la estabilidad del sitio.
Deidara trató de ahogar un grito con las dos manos, que quedó amortiguado por una nueva campanada. Su cuerpo tembló entero por el dolor, Itachi lo sintió en sus dedos, posados en el hombro del rubio.
Había llegado el momento, ya no tenían mas tiempo.
Se alejó lo justo para encender un par de las velas que había encontrado al pie de la mesa, usando el pie de piedra como pantalla para amortiguar en lo posible el destello de la llama, y colocó el recipiente con agua a un lado, a sus pies. Los trozos de tela quedaron en una esquina de la superficie que sostenía a Deidara.
Una nueva campanada estremeció a la pareja.
Una fría capa de sudor pegaba las prendas a su piel, y el dolor, terrible, atenazaba cada una de sus células cruelmente.
Deidara era consciente, de todo. De las prisas, de la situación, del lugar... de que sus gritos se oirían sin remedio, por muy profundo en la tierra que estuvieran escondidos. Tironeó de su propia camiseta, intentando arrancarle un pedazo, para hacer una mordaza que amortiguara sus gritos, que sabía que daría de un momento a otro.
Ahora mismo, contenía las ganas de hacerlo a duras penas. Aunque también sabía que si Itachi no estuviera ahí con él, lo estaría haciendo a pleno pulmón.
Sentía su presencia en la oscuridad, así como el calor de su piel, aún pegado a él después del encuentro.
Deidara llevó sus manos a las caderas, deslizando el pantalón por ellas, levantando el culo y terminando de sacarlos sacudiendo los pies, que posó en el borde justo de la superficie de piedra.
Aprovechó un desgarrón en la manga de Itachi para tirar de la tela metiendo los dedos en él, arrancando un trozo lo bastante grande como para anudarlo en el centro y atarlo a su boca después.
Ahora se escuchaba su respiración, acelerada por la nariz, y los gritos mudos que sonaban a gemidos lastimeros alargados hasta el infinito.
La batalla parecía haber terminado, y el silencio no hacía mas que ponerles mas nerviosos. Entendían los silencios en las batallas mejor que nadie, pues ambos, los dos, eran soldados y ese momento calmo, solo podía significar dos cosas, o que uno de los dos bandos había sido diezmado o que se estaba preparando que un nuevo ataque, mas terrible y organizado.
Aunque lo pensaron, ninguno de los dos podía concentrarse en nada mas lejano que el altar de piedra convertido en improvisado paritorio.
Itachi se inclinó para besar sus labios, y la mano de Deidara se aferró con tanta fuerza a su muñeca que le hizo gemir dolorido. Guió su mano entre sus propias piernas, pidiéndole que se ocupara del pequeño ya. Le sintió asentir entendiendo.
Otra campanada reverberó por las piedras, coincidiendo casi milimétrica mente con el grito de absoluto dolor oculto tras el trozo de tela.
Todo su cuerpo, tembló por el esfuerzo. Alargó el empujón hasta que no pudo mas, hasta que sintió la sangre latiendo tras sus ojos, hasta que sintió que su piel ardía por todas partes.
Cuando acabó el estruendo de metal, sonó de nuevo el sonido acuoso, mezclado con un extraño gemido y un crujido constante. Los dedos de Deidara aferrados al borde de piedra causaban el crujido, al arañar con ellos la rugosa y fría piedra.
Un nuevo golpe del tronco y otra vez el rubio inclinado con todas sus fuerzas en el borde de la mesa. Los dedos de Itachi temblando sobre sus muslos, sin saber que hacer o como ayudar. Se sintió completamente inútil e impotente.
Y de nuevo Deidara guiando sus manos entre sus piernas. Hizo fuerza apretando contra él, haciendo a Itachi sentir al pequeño, casi fuera.
Su sharingan despertó en ese momento. Esperaba que le ayudase a ver un poco mejor lo que ocurría, ya que el tenue, casi inapreciable fulgor de las velas no servía de mucho.
Vio claramente la red de chakra que recorría a Deidara en su interior, explotar con cada latido, y el del pequeño bebé, fuerte, brillando mas intensamente que el del rubio.
También vio que casi tenía medio cuerpo fuera. No pudo pedirle que esperase, por que Deidara no le escuchaba. Estaba concentrado en alumbrar al pequeño, nada mas.
Le vio a través de la técnica hacer un esfuerzo sobrehumano, alzándose de nuevo sobre el borde. Casi pudo escuchar sus gritos en la cabeza, ahogados por la mordaza. Y las manos de Itachi fueron inconscientemente a dar la bienvenida al recién nacido.
Todo lo que siguió lo hizo rápidamente. Envolvió al niño en una de las cortinas y tiró del cordón para sacar la bolsa del cuerpo del rubio. Lo cortó atándolo con un trozo de la misma tela de su camiseta que había amordazado a Deidara y sacudió al pequeño hasta comprobar que reaccionaba.
Las piernas de Deidara quedaron colgando, inertes, en el borde, con los dedos de los pies apuntando al suelo. Itachi le cubrió con la otra cortina y posó al niño en sus costillas.
Un estruendo le hizo girar la cabeza a la zona de la sala por la que habían entrado ellos. Se tumbó a su lado, después de volcar el agua del recipiente entre sus piernas y ponerle de nuevo el pantalón con cuidado. Las vendas en sus pies se mojaron, dentro de las sandalias.
Itachi le ladeó sobre un costado y coló su mano dentro de los pantalones, usando lo poco que había aprendido del uso del chakra para curación. Su propia naturaleza era destructiva, a si que, primero tenía que cambiar radicalmente la naturaleza normal de su energía, y apagó el destelló verdoso con la misma tela que cubría al rubio.
Deidara se carcajeó entre dientes, haciendo temblar su cuerpo con el gesto. Apartó con cuidado la tela para ver al pequeño, que le miraba, ojos abiertos hasta el límite, en silencio. Como si comprendiera que no debía hacer ruido. Apartó un poco mas, para ver el sexo del pequeño.
Sonrió al comprobar que era un niño. El calor en su vientre se extendió hasta desaparecer en su interior, y se sintió muy cansado. Sabía que no podía echarse a dormir simplemente, pero aún así, se permitió el lujo de cerrar los ojos un momento.
El pequeño alargó la manita por encima de la tela que le cubría, tocando la barbilla de Deidara, que bajó su cabeza para besar los deditos.
Suspiró sonoramente.
Itachi sintió ese gesto como una señal y se levantó, bajando del altar, y quitando la tela que cubría a Deidara para tirarla al suelo. Le ayudó a sentarse con cuidado. Había evitado que se desangrara, pero el dolor seguía ahí, y la sensación de vació y angustia también.
Sentado, intentó meter la manita del niño por dentro, pero el pequeño se empeñaba en sacarla una y otra vez.
El amanecer hacía rato que había llegado e iluminaba intermitentemente la sala en la que estaban. Las velas se habían consumido totalmente y un rayo travieso del sol, daba en el rostro de piedra del dios del bosque, que había sigo testigo mudo del alumbramiento.
Itachi le ayudó a bajar y le sostuvo contra él, esperando que las temblorosas piernas del rubio se acostumbraran a estar de nuevo en pie. Le guió a la puerta trasera, teniendo en cuenta que la batalla seguía por el otro lado.
Cuando abrió la puerta que daba al bosque, la presencia de Hidan le llegó como un alivio. Kakuzu tras él, serio, como siempre, con la ropa hecha jirones y una gran cantidad de heridas en su cuerpo.
Solo hizo falta una mirada, un segundo para que el mas mayor entendiera todo.
Ordenó a Hidan coger al niño y él mismo tomó a Deidara en brazos.
Empezó a andar deprisa, pero tuvo que detenerse cuando se dio cuenta de que Itachi no les seguía.
Deidara le vio despojarse de la capa que tanto tiempo le había vestido, de las armas que le quedaban, hasta de la goma que sujetaba sus cabellos en una coleta.
Se giró, un segundo, para mirarle, a él y a su pequeño, en los brazos de Hidan... y tras susurrar un " te quiero, no lo olvides" a Deidara, se internó de nuevo en el templo...
… Mientras los dos inmortales les alejaban de allí a toda velocidad, para poner a la nueva mamá y su pequeño a salvo de todo.
Deidara despertó tiempo después, no supo cuanto, dolido, confuso, cansado.
En una cálida cama en una habitación desconocida. Vio a Hidan en la misma habitación, aseado, y con ropa nueva, acunando al pequeño al que alimentaba con un biberón.
El otro inmortal también estaba en el cuarto.
Miró a Kakuzu con odio, por alejarle de Itachi, por permitir que se entregara a cambio de sus vidas.
Por que Deidara intuía que eso es lo que había pasado, pero ni lo preguntó ni lo quiso saber.
Una semana después, cuando Sasori entró para hacerle un visita, la cama estaba vacía, y la cunita también.
Deidara se había largado, sin decirle nada a nadie, y se había llevado a su hijo con él.
Sin saber que Itachi estaba bien, ya que los ninjas de las dos aldeas se tragaron que tanto Deidara como el bebé habían muerto.
Las marionetas que Sasori había preparado para ello eran perfectas, y las explosiones de chakra durante el parto, que cesaron cuando el pequeño finalmente nació, hicieron mas creíble la historia de la muerte de los dos.
Los que dudaron de su palabra, quedaron satisfechos con los cuerpos, que afortunadamente consiguió Konoha, ya que Iwa no tenía ningún interés en los cadáveres.
Apenas tardaron unas horas en dar con él y hacerle entender que no podía ir por ahí haciendo el tonto, ahora que la vida del nuevo integrante de la organización dependía de él...
Enfurruñado y avergonzado, Deidara esperó los nueve días que tardó Itachi en regresar a sus brazos, a la casa en la que había vivido gran parte de su embarazo...
Tuvo que cortarse el pelo, y cambiarle el color, pero era un precio muy pequeño por su felicidad...
Al fin y al cabo, estaban muertos, y nadie debía descubrirles de ninguna de las maneras...
***FIN***
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Sinceramente, no es el final que había pensado, pero se queda así.
Doy por terminada esta historia... a lo mejor un día me da por darle un par de caps mas, pero ahora mismo no tengo, ni tiempo, ni ganas ni ánimo para seguirlo.
Adiós.
Shiga san.
