La historia no me pertenece al igual que los personajes, yo solo estoy haciendo la adaptación.

Como he dicho en el capítulo anterior quería hacer una actualización de los fics, así que hoy os haré dos actualizaciones en un día. Espero que disfrutéis de los capítulos.

CAPÍTULO 3

Davina se pone loca de contenta.

-Pero, ¿qué hacía en Donovan's?

Su curiosidad rezuma por el teléfono. Estoy al fondo del almacén e intento que mi voz suene despreocupada.

-Pasaba por aquí.

-Me parece demasiada casualidad, Care. ¿No crees que haya ido a verte?

El corazón me da un brinco al planteármelo, pero la alegría dura poco. La triste y decepcionante realidad es que había venido por trabajo.

-Ha venido a visitar el departamento de agricultura de la universidad. Financia una investigación –murmuro.

-Sí, sí. Ha concedido al departamento una subvención de dos millones y medio de dólares.

Uau.

-¿Cómo lo sabes?

-Care, soy periodista y he escrito un artículo sobres este tipo. Mi obligación es saberlo.

-Vale, Carla Bernstein, no te sulfures. Bueno, ¿quieres esas fotos?

-Pues claro. El problema es quien va hacerlas y donde.

-Podríamos preguntarle a él donde. Ha dicho que se quedaría por la zona.

-¿Puedes contactar con él?

-Tengo su móvil.

Davina pega un grito.

-¿El soltero más rico, más escurridizo y más enigmático de todo el estado de Washington te ha dado su número de móvil?

-Bueno… sí.

-¡Care! Le gustas. No tengo la menor duda –afirma categóricamente.

-Davina, solo pretende ser amable.

Pero incluso mientras lo digo sé que no es verdad. Klaus Mikaelson no es amable. Es educado, quizá. Y una vocecita me susurra: Tal vez Davina tiene razón. Se me eriza el vello solo de pensar que quizá, solo quizá, podría gustarle. Después de todo, es cierto que me ha dicho que se alegraba de que Davina no le hubiera hecho la entrevista. Me abrazo a mi misma con silenciosa alegría y giro a derecha e izquierda considerando la posibilidad de que por un instante pueda gustarle. Davina me devuelve al presente.

-No sé cómo podremos hacer la sesión. Tim, nuestro fotógrafo habitual, no puede. Ha ido a Idaho Falls a pasar el fin se semana con su familia. Se mosqueará cuando sepa que ha perdido la ocasión de fotografiar a uno de los empresarios más importantes del país.

-Mmm… ¿y Tyler?

-¡Buena idea! Pídeselo tú. Haría cualquier cosa por ti. Luego llamas a Mikaelson y le preguntas donde quieres que vayamos.

Davina es insufriblemente desdeñosa con Tyler.

-Creo que deberías llamarlo tú.

-¿A quién? ¿A Tyler? –me pregunta en tono de burla.

-No, a Mikaelson.

-Care, eres tú la que tiene trato con él.

-¿Trato? –exclamó subiendo el tono varias octavas-. Apenas conozco a ese tipo.

-Al menos has hablado con él –dice implacable-. Y me parece que quiere conocerte mejor. Care, llámalo y punto.

Y me cuelga. A veces es muy autoritaria. Frunzo el ceño y le saco la lengua al teléfono.

Estoy dejándole un mensaje a Tyler cuando Matt entra en el almacén a buscar papel de lija.

-Care, tenemos trabajo ahí fuera- me dice sin acritud.

-Sí, perdona –murmuro, y me doy la vuelta para salir.

-¿De qué conoces a Klaus Mikaelson?

Matt intenta mostrarse indiferente, pero no lo consigue.

-Tuve que entrevistarlo para la revista de la facultad. Davina no se encontraba bien.

Me encojo de hombros intentando no darle importancia, pero no lo hago mucho mejor que él.

-Klaus Mikaelson en Donovan's. Imagínate –resopla Matt sorprendido. Mueve la cabeza, como si quisiera aclararse las ideas-. Bueno, ¿te apetece que salgamos a tomar algo esta noche?

Cada vez que vuelve a casa me propone salir, y siempre le digo que no. Es un ritual. Nunca me ha parecido buena idea salir con el hermano del jefe, y además Matt es mono como podría serlo el vecino de al lado, pero, por más imaginación que le eches no puede ser un héroe literario. ¿Lo es Mikaelson?, me pregunta mi subconsciente alzando su imaginaria ceja. La hago callar.

-¿No tenéis cena familiar por el cumpleaños de tu hermano?

-Mañana.

-Quizá otro día, Matt. Esta noche tengo que estudiar. Tengo exámenes finales la semana que viene.

-Care, un día de estos me dirás que si –me dice sonriendo.

Y vuelvo a la tienda.

-Pero yo hago paisajes, Care, no retratos –refunfuña Tyler.

-Tyler, por favor –le suplico.

Con el móvil en la mano, recorro el salón de la casa contemplando la luz del atardecer al otro lado de la ventana.

-Dame el teléfono.

Davina me lo quita retirándose bruscamente el pelo castaño del hombro.

-Escúchame, Tyler Lockwood, si quieres que nuestra revista cubra la inauguración de tu exposición, nos harás la sesión mañana, ¿entiendo?

Davina puede ser increíblemente dura.

-Bien. Care volverá a llamarte para decirte donde y a qué hora. Nos vemos mañana.

Y cuelga el móvil.

-Solucionado. Ahora lo único que nos queda es decidir donde y cuando. Llámalo.

Me tiende el teléfono. Siento un nudo en el estómago.

-¡Llama a Mikaelson ahora mismo!

La miro ceñuda y saco la tarjeta de Mikaelson del bolsillo trasero de mis pantalones. Respiro larga y profundamente, y marco el número con dedos temblorosos.

Contesta el segundo tono con voz tranquila y fría.

-Mikaelson.

-¿Se… señor Mikaelson? Soy Caroline Forbes.

No conozco mi propia voz. Estoy muy nerviosa. Mikaelson se queda un segundo en silencio. Estoy temblando.

-Señorita Forbes, un placer tener noticias suyas.

Le ha cambiado la voz. Creo que se ha sorprendido, y suena muy… cálido. Incluso seductor. Se me corta la respiración y me ruborizo. De pronto me doy cuenta de que Davina Salvatore está observándome boquiabierta, así que salgo disparada hacia la cocina para evitar su inoportuna mirada escrutadora.

-Bueno… nos gustaría hacer la sesión fotográfica para el artículo.

Respira, Care, respira. Mis pulmones absorben una rápida bocanada de aire.

-Mañana, si no tiene problema. ¿Dónde le iría bien?

Casi puedo oír su sonrisa de esfinge al otro lado del teléfono.

-Me alojo en el hotel Heathman de Portland. ¿Le parece bien a las nueve y media de la mañana?

-Muy bien, nos vemos allí.

Estoy pletórica y sin aliento. Parezco una cría, no una mujer adulta que puede votar y beber alcohol en el estado de Washington.

-Lo estoy deseando, señorita Forbes.

Veo el destello malévolo en sus ojos azules. ¿Cómo consigue que tan solo cinco palabras encierren una promesa tan tentadora? Cuelgo. Davina está en la cocina, observándome con una mirada de total y absoluta consternación.

-Caroline Elisabeth Forbes. ¡Te gusta! Nunca te había visto ni te había oído tan… tan… alterada por nadie. Te has puesto roja.

-Davina, ya sabes que me pongo roja por anda. Lo hago por deporte. No seas ridícula –le contesto enfadada.

Davina parpadea sorprendida. Es muy raro que yo me enrabie, y si lo hago, se me pasa enseguida.

-Me intimida… eso es todo.

-En el Heathman, nada menos –murmura Davina-. Voy a llamar al gerente para negociar con él un lugar para la sesión.

-Yo voy a hacer la cena. Luego tengo que estudiar.

Abro un armario para empezar a preparar la cena, sin poder disimular que estoy mosqueada con ella.

Esa noche estoy intranquila, no paro de moverme y de dar vueltas en la cama. Sueño con ojos azules, monos de trabajo, piernas largas, dedos largos y lugares muy oscuros e inexplorados. Me despierto dos veces con el corazón latiéndome a toda velocidad. Si no pego ojo, mañana voy a tener una pinta estupenda, me regaño a mi misma. Doy un golpe sobre la almohada e intento calmarme.

El Heathman está en el centro de Portland. Terminaron el impresionante edificio de piedra marrón justo a tiempo para el crack de finales de los años veinte. Tyler, Luka y yo vamos en mi escarabajo, y Davina en su CLK porque en mi coche no cabemos todo. Luka es mi amigo y ayudante de Tyler, y ha venido a echarle una mano con la iluminación. Davina ha conseguido que nos dejen utilizar una habitación del Heathman a cambio de mencionar el hotel en el artículo. Cuando explica en la recepción que hemos venido a fotografiar al empresario Klaus Mikaelson, nos suben de inmediato a una suite. Pero a una normal, porque al parecer el señor Mikaelson está alojado en la suite más grande del edificio. Un responsable de marketing demasiado entusiasta nos muestra la suite. Es jovencísimo y por alguna razón está muy nervioso. Sospecho que la belleza de Davina y su aire autoritario lo desarman, porque hace con él lo que quiere. Las habitaciones son elegantes, sobrias y con muebles de calidad.

Son las nueve. Tenemos media hora para prepararlo todo. Davina va de un lado a otro.

-Tyler, creo que lo colocaremos delante de esta pared. ¿Estás de acuerdo? –no espera a que le responda-. Luka, retira las sillas. Care, ¿puedes pedir que nos traigan unos refrescos? Y dile a Mikaelson que estamos aquí.

Si, ama. Es tan dominante… pongo los ojos en blanco, pero hago lo que me pide.

Media hora después Klaus Mikaelson entra en nuestra suite.

¡Madre mía! Lleva una camisa blanca con el cuello abierto y unos pantalones grises de franela que le caen de forma muy seductora sobre las caderas. Todavía lleva el pelo mojado. Al mirarlo se me seca la boca… está alucinantemente bueno. Entra en la suite acompañado de un hombre de treinta y pico años, con el pelo rapado, un elegante traje negro y corbata, que se queda en silencio en una esquina. Sus ojos castaños nos miran impasibles.

-Señorita Forbes, volvemos a vernos.

Mikaelson me tiende la mano, que estrecho mientras parpadeo rápidamente. ¡Dios mío!... está realmente…cuando le toco la mano, siento esa agradable corriente que me recorre el cuerpo entero, me enciende y hace que me ruborice. Estoy convencida de que todo el mundo puede oír mi respiración irregular.

-Señor Mikaelson, le presento a Davina Salvatore –susurro señalando a Davina, que se acerca y lo mira directamente a los ojos.

-La tenaz señorita Salvatore. ¿Qué tal está? –sonríe ligeramente y parece realmente divertido-. Espero que se encuentre mejor. Caroline me dijo que la semana pasada estuvo enferma.

-Estoy bien, gracias, señor Mikaelson.

Le estrecha la mano con fuerza sin pestañear. Me recuerdo a mí misma que Davina ha ido a las mejores escuelas privadas de Washington. Su familia tiene dinero, así que ha crecido segura de sí misma y de su lugar en el mundo. No se anda con tonterías. A mí me impresiona.

-Gracias por haber encontrado un momento para la sesión –le dice con una sonrisa educada y profesional.

-Es un placer –le contesta Mikaelson lanzándome una mirada.

Vuelvo a ruborizarme. Maldita sea.

-Este es Tyler Lockwood, nuestro fotógrafo –le digo.

Y sonrió a Tyler, que me devuelve una sonrisa cariñosa y luego mira a Mikaelson con frialdad.

-Señor Mikaelson –lo saluda con un movimiento de cabeza.

-Señor Lockwood.

La expresión de Mikaelson también cambia mientras observa a Tyler.

-¿Dónde quiere que me coloque? –le pregunta Mikaelson en tono ligeramente amenazador.

Pero Davina no está dispuesta a dejar que Tyler lleve la voz cantante.

-Señor Mikaelson, ¿puede sentarse aquí, por favor? Tenga cuidado con los cables. Y luego haremos también unas cuantas de pie.

Le indica una silla colocada contra una pared.

Luka enciende las luces, que por un momento ciegan a Mikaelson, y susurra una disculpa. Luego él y yo nos quedamos atrás observamos a Tyler mientras toma las fotografías. Hace varias con la cámara en la mano, pidiéndole a Mikaelson que se gire a un lado, al otro, que mueva un brazo y que vuelva a bajarlo. Luego coloca la cámara en el trípode y sigue haciendo fotos de Mikaelson sentado, posando pacientemente y con naturalidad, durante veinte minutos. Mi deseo se ha hecho realidad; admiro a Mikaelson desde una distancia no tan larga. En dos ocasiones nuestros ojos se encuentran y tengo que apartar la mirada de la suya, tan inextricable.

-Ya tenemos bastantes sentado –interrumpe Davina-. ¿Puede ponerse de pie, señor Mikaelson?

Se levanta y Luka corre a retirar la silla. El obturador de la Nikon de Tyler empieza a chasquear de nuevo.

-Creo que ya tenemos suficientes –anuncia Tyler cinco minutos después.

-Muy bien –dice Davina-. Gracias de nuevo, señor Mikaelson.

Le estrecha la mano, y también Tyler.

-Me encantará leer su artículo, señorita Salvatore –murmura Mikaelson, y se vuelve hacia mí, que estoy junto a la puerta-. ¿Viene conmigo, señorita Forbes? –me pregunta.

-Claro –le contesto totalmente desconcertada.

Miro nerviosa a Davina, que se encoge de hombros. Veo que Tyler, que está detrás de ella, pone mala cara.

-Que tengan un buen día –dice Mikaelson abriendo la puerta y apartándose a un lado para que yo salga primero.

Pero… ¿de qué va todo esto? ¿Qué quiere? Me detengo en el pasillo y me muevo nerviosa mientras Mikaelson sale de la habitación seguido por el tipo trajeado.

-Enseguida le aviso, Jordan–murmura al trajeado.

Jordan se aleja por el pasillo y Mikaelson dirige su ardiente mirada azul hacia mí. Mierda… ¿he hecho algo mal?

-Me preguntaba si le apetecería tomar un café conmigo.

El corazón se me sube de golpe a la boca. ¿Una cita? ¿Klaus Mikaelson está pidiéndome una cita? Está preguntándote si quieres un café. Quizá piensa que todavía no te has despertado, me suelta mi subconsciente en tono burlón. Carraspeo e intento controlar los nervios.

-Tengo que llevar a todos a casa –murmuro en tono de disculpa retorciendo las manos y los dedos.

-¡Jordan! –grita.

Pego un bote. Jordan, se había quedado esperando al fondo del pasillo, se vuele y regresa con nosotros.

-¿Van a la universidad? –me pregunta Mikaelson en voz baja.

Asiento, porque estoy demasiado aturdida para contestar.

-Jordan puede llevarlos. Es mi chófer. Tenemos un 4x4 grande, así que puede llevar también el equipo.

-¿Señor Mikaelson? –pregunta Jordan cuando llega hasta nosotros con rostro inexpresivo.

-¿Puede llevar a su casa al fotógrafo, su ayudante y la señorita Salvatore, por favor?

-Por supuesto, señor –le contesta Avery.

-Arreglado. ¿Puede ahora venir conmigo a tomar un café?

Mikaelson sonríe dándolo por hecho.

Frunzo el ceño.

-Verá… señor Mikaelson… esto… la verdad… Mire, no es necesario que Jordan los lleve –lanzo una rápida mirada a Jordan, que sigue estoicamente impasivo-. Puedo intercambiar el coche con Davina, si me espera un momento.

Mikaelson me dedica una sonrisa con hoyuelos, deslumbrante y natural. Madre mía… abre la puerta de la suite y la sostiene para que pase. Entro deprisa y encuentro a Davina en plena discusión con Tyler.

-Care, creo que no hay duda de que le gustas –me dice sin el menor preámbulo.

Tyler me mira ceñudo.

-Pero no me fío de él –añade Davina.

Levanto la mano con la esperanza de que se calle, y milagrosamente lo hace.

-Davina, ¿puedes llevarte a Wanda y dejarme tu coche?

-¿Por qué?

-Klaus Mikaelson me ha pedido que vaya a tomar un café con él.

Se queda boquiabierta, sin saber que decir. Disfruto del momento. Me coge del brazo y me arrastra hasta el dormitorio, al fondo de la sala de estar de la suite.

-Care, es un tipo raro –me advierte-. Es muy guapo, de acuerdo, pero creo que es peligroso. Especialmente para alguien como tú.

-¿Qué quieres decir con eso de alguien como yo? –le pregunto ofendida.

-Una inocente como tú, Care. Ya sabes lo que quiero decir –me contesta un poco enfadada.

Me ruborizo.

-Davina, solo es un café. Empiezo los exámenes esta semana y tengo que estudiar, así que no me alargaré mucho.

Arruga los labios, como si estuviera considerando mi petición. Al final se saca las llaves del bolsillo y me las da. Le doy las mías.

-Nos vemos luego. No tardes, o pediré que vayan a rescatarte.

-Gracias.

La abrazo.

Salgo de la suite y encuentro a Klaus Mikaelson esperándome en la pared. Parece un modelo posando para una sofisticada revista de moda.

-Ya está. Vamos a tomar un café –murmuro enrojeciendo de nuevo.

Sonríe.

-Usted primero, señorita Forbes.

Se incorpora y hace un gesto para que pase delante. Avanzo por el pasillo con las piernas temblando, el estómago lleno de mariposas y el corazón latiéndome violentamente. Voy a tomar un café con Klaus Mikaelson… y odio el café.

Caminamos juntos por el amplio pasillo del ascensor. ¿Qué puedo decirle? De pronto el temor me paraliza la mente. ¿De qué vamos a hablar? ¿Qué tengo yo en común con él? Su voz cálida me sobresalta y me aparta de mis pensamientos.

-¿Cuánto hace que conoce a Davina Salvatore?

Bueno, una pregunta fácil para empezar.

-Desde el primer año de facultad. Somos buenas amigas.

-Ya –me contesta evasivo.

¿Qué está pasando?

Pulsa el botón para llamar al ascensor y casi de inmediato suena el pitido. Las puertas se abren y muestran a una joven pareja abrazándose apasionadamente. Se separan de golpe, sorprendidos e incómodos, y miran con aire de culpabilidad en cualquier dirección menos la nuestra. Mikaelson y o entramos de en el ascensor.

Intento que no cambie mi expresión, así que miro al suelo al sentir que las mejillas me arden. Cuando levanto la mirada hacia Mikaelson, parece que ha esbozado una sonrisa, pero es muy difícil asegurarlo. La joven pareja no dice nada. Descendemos a la planta baja en un incómodo silencio. Ni siquiera suena uno de esos terribles hilos musicales para distraernos.

Las puertas se abren y, para mi gran sorpresa, Mikaelson me coge de la mano y me la sujeta con sus dedos largos y fríos. Siento la corriente recorriendo mi cuerpo, y mis ya latidos se aceleran. Mientras tira de mí para salir del ascensor, oímos a nuestras espaldas la isita tonta de la pareja. Mikaelson sonríe.

-¿Qué pasa con los ascensores? –masculla.

Cruzamos el amplio y animado vestíbulo del hotel en dirección a la entrada, pero Mikaelson evita la puerta giratoria. Me pregunto si es porque tendría que soltarme la mano.

Es un bonito domingo de mayo. Brilla el sol y apenas hay tráfico. Mikaelson gira a la izquierda y avanza hacia la esquina, donde nos detenemos a esperar que cambie el semáforo. Estoy en la calle y Klaus Mikaelson me lleva de la mano. Nunca he paseado de la mano de nadie. La cabeza me da vueltas, y un cosquilleo me recorre todo el cuerpo, intento reprimir la ridícula sonrisa que amenaza con dividir mi cara en dos. Intenta calmarte, Caroline, me implora mi subconsciente. El hombrecillo verde del semáforo se ilumina y seguimos nuestro camino.

Andamos cuatro manzanas hasta llegar al Portland Coffee House, donde Mikaelson me suelta para sujetarme la puerta.

-¿Por qué no elige una mesa mientras voy a pedir? ¿Qué quiere tomar? –me pregunta, tan educado como siempre.

-Tomaré… eh… un té negro.

Alza las cejas.

-¿No quiere un café?

-No me gusta demasiado el café.

Sonríe.

-Muy bien, un té negro. ¿Dulce?

Me quedo un segundo perpleja, pensando que se refiere a mí, pero por suerte mi subconsciente frunciendo los labios. No, tonta… que si lo quieres con azúcar.

-No, gracias.

Me miro los dedos nudosos.

-¿Quiere comer algo?

-No, gracias.

Niego con la cabeza y Mikaelson se dirige a la barra.

Levanto un poco la vista y lo miro furtivamente mineras espera en la cola a que le sirvan. Podría pasarme el día mirándolo… es alto, ancho de hombros y delgado… y como le caen los pantalones… madre mía. Un par de veces se pasa los largos y bonitos dedos por el pelo, que ya está seco, aunque sigue alborotado. Ay, como me gustaría hacerlo a mí. La idea se me pasa de pronto por la cabeza y me arde la cara. Me muerdo el labio y vuelvo a mirarme las manos. No me gusta el rumbo que están tomando mis caprichosos pensamientos.

-Un dólar por sus pensamientos.

Mikaelson ha vuelto y me mira fijamente.

Me pongo colorada. Solo estaba pensando en pasarte los dedos por el pelo preguntándome si sería suave. Niego con la cabeza. Mikaelson lleva una bandeja en las manos, que deja en la pequeña mesa redonda chapada en abedul. Me tiende una taza, un platillo, una tetera pequeña y otro plato con una bolsita de té con la etiqueta TWININGS ENGLISH BREAKFAST, mi favorito. Él se ha pedido un café con un bonito dibujo de una hoja impreso en la espuma de leche. ¿Cómo lo hacen? Me pregunto distraída. También se ha pedido una magdalena de arándanos. Coloca la bandeja a un lado, se sienta frente a mí y cruza sus largas piernas. Parece cómodo, muy a gusto con su cuerpo. Lo envidio. Y aquí estoy yo, desgarbada y torpe, casi incapaz de ir d sin caerme de morros.

-¿Qué está pensando? –insiste.

-Que es mi té favorito.

Hablo en voz baja y entrecortada. Sencillamente, no me puedo creer que esté con Klaus Mikaelson en una cafetería de Portland. Frunce el ceño. Sabe que estoy escondiéndole algo. Introduzco la bolsita de té en la tetera y casi inmediatamente la retiro con la cucharilla. Mikaelson ladea la cabeza y me mira con curiosidad mientras dejo la bolsita de té en el plato.

-Me gusta el té negro muy flojo -murmuro modo de explicación.

-Ya veo. ¿Es su novio?

Pero ¿qué dice?

-¿Quién?

-El fotógrafo. Tyler Lockwood.

Me río nerviosa, aunque con curiosidad. ¿Por qué le ha dado esa impresión?

-No. Tyler es un buen amigo mío. Eso es todo. ¿Por qué ha pensado que era mi novio?

-Por cómo se sonríen.

Me sostiene la mirada. Es desconcertante. Quiero mirar a otra parte, pero estoy atrapada, embelesada.

-Es como de la familia –susurro.

Mikaelson asiente, al parecer satisfecho con mi respuesta, y dirige la mirada a su magdalena de arándanos. Sus largos dedos retiran el papel con destreza, y yo lo contemplo fascinada.

-¿Quieres un poco? –me pregunta.

Y recupera esa sonrisa divertida que esconde un secreto.

-No, gracias.

Frunzo el ceño y vuelvo a contemplarme las manos.

-Y el chico al que me presentó ayer, en la tienda… ¿No es su novio?

-No. Matt es solo un amigo. Se lo dije ayer.

¿Qué tonterías son estas?

-¿Por qué me lo pregunta? –le digo.

-Parece nerviosa cuando está con hombres

Maldita sea, es algo personal. Solo me pongo nerviosa cuando estoy con usted, Mikaelson.

-Usted me resulta intimidante.

Me pongo colorada, pero mentalmente me doy palmaditas en la espalda por mi sinceridad y vuelvo a contemplarme las manos. Lo oigo respirar profundamente.

-De modo que le resulto intimidante –me contesta asintiendo-. Es usted muy sincera. No baje la cabeza, por favor. Me gusta verle la cara.

Lo miro y me dedica una sonrisa alentadora, aunque irónica.

-Eso me da alguna pista de lo que puede estar pensando –me dice-. Es usted un misterio señorita Forbes.

¿Un misterio? ¿Yo?

-No tengo nada de misteriosa.

-Creo que es usted muy contenida –murmura.

¿De verdad? Uau… ¿Cómo lo consigo? Es increíble. ¿Yo, contenida? Imposible.

-Menos cuando se ruboriza, claro, cosa que hace muy a menudo. Me gustaría saber por qué se ha ruborizado.

Se mete un trozo de magdalena en la boca y empieza a masticarlo despacio, sin apartar so ojos de mí. Y, como no podía ser de otra manera, me ruborizo. ¡Mierda!

-¿Siempre hace comentarios tan personales?

-No me había dado cuenta de que fuera personal. ¿La he ofendido? –me pregunta en tono sorprendido.

-No –le contesto sinceramente.

-Bien.

-Pero es usted un poco arrogante.

Alza una ceja y, si no me equivoco, también él se ruboriza ligeramente.

-Suelo hacer las cosas a mi manera, Caroline –murmura-. En todo.

-No lo dudo. ¿Por qué no me ha pedido que lo tutee?

Me sorprende mi osadía. ¿Por qué la conversación se pone tan seria? Las cosas no están yendo como pensaba. No puedo creerme que esté mostrándome tan hostil hacia él. Como si él intentara advertirme de algo.

-Solo me tutea mi familia y unos pocos amigos íntimos. Lo prefiero así.

Todavía no me ha dicho: "Llámame Klaus". Es sin duda un obseso del control, no hay otra explicación, y parte de mi está pensando que quizá habría sido mejor que lo entrevistara Davina. Dos obsesos del control juntos. Además, ella es morena, como todas las mujeres de su empresa. Y es guapa, me recuerda mi subconsciente. No me gusta imaginar a Klaus y a Davina juntos. Doy un sorbo a mi té, y Mikaelson se pone otro trozo de magdalena en la boca.

-¿Es usted hija única? –me pregunta.

Vaya… ahora cambia de conversación.

-Sí.

-Hábleme de sus padres.

¿Por qué quiere saber cosas de mis padres? Es muy aburrido.

-Mi madre vive en Georgia con su nuevo marido, Markos. Mi padrastro vive en Montesano.

-¿Y su padre?

-Mi padre murió cuando yo era una niña.

-Lo siento –musita.

Por un segundo la expresión de su cara se altera.

-No me acuerdo de él.

-¿Y su madre volvió a casarse?

Resoplo.

-Ni que lo jure.

Frunce el ceño.

-No cuenta demasiado de su vida, ¿verdad? –me dice en tono seco frotándose la barbilla, como pensativo.

-Usted tampoco.

-Usted ya me ha entrevistado, y recuerdo algunas preguntas bastante personales –me dice sonriendo.

¡Vaya! Está recordándome la pregunta de si era gay. Vuelvo a morirme de vergüenza. Sé que en los próximos años voy a necesitar terapia intensiva para no sentirme tan mal cada vez que recuerde ese momento. Suelto lo primero que se me ocurre sobre mi madre, cualquier cosa para apartar ese recuerdo.

-Mi madre es genial. Es una romántica empedernida. Ya se ha casado cuatro veces.

Klaus alza las cejas sorprendido.

-La echo de menos –sigo diciéndole-. Ahora está con Markos. Espero que la controle un poco y recoja los trozos cuando sus descabellados planes no vayan como ella esperaba.

Sonrío con cariño. Hace mucho que no veo a mi madre. Klaus me observa atentamente, dando sorbos a su café de vez en cuando. La verdad es que no debería mirarle la boca. Me perturba.

-¿Se lleva bien con su padrastro?

-Claro. Crecí con él. Para mi es mi padre.

-¿Y cómo es?

-¿Bill? Es… taciturno.

-¿Eso es todo? –me pregunta Mikaelson sorprendido.

Me encojo de hombros. ¿Qué espera este hombre? ¿La historia de mi vida?

-Taciturno como su hijastra –me suelta Mikaelson.

Me contengo para no soltar un bufido.

-Le gusta el fútbol, sobre todo el europeo, y los bolos, y pescar, y hacer muebles. Es carpintero. Estuvo en el ejército.

Suspiro.

-¿Vivió con él?

-Sí. Mi madre conoció a su marido número tres cuando yo tenía quince años. Yo me quedé con Bill.

Frunce el ceño, como si no lo entendiera.

-¿No quería vivir con su madre? –me pregunta.

Francamente, a él que le importa.

-El marido número tres vivía en Texas. Yo tenía mi vida en Montesano. Y… bueno, mi madre acababa de casarse.

Me callo. Mi madre nunca habla de su marido número tres. ¿Qué pretende Mikaelson? No es asunto suyo. Yo también puedo jugar a su juego.

-Cuénteme cosas sobre sus padres –le pido.

Se encoge de hombros.

-Mi padre es abogado, y mi madre, pediatra. Viven en Seattle.

Vaya… Ha crecido en una familia acomodada. Pienso en una exitosa pareja que adopta a tres niños, y uno de ellos llega a ser un hombre guapo que se mete en el mundo de los negocios y lo conquista sin ayuda de nadie. ¿Qué le llevó por ese camino? Sus padres deben de estar orgullosos.

-¿A que se dedican sus hermanos?

-Kol es constructor, y mi hermana pequeña está en País estudiando cocina con un famoso chef francés.

Sus ojos se nublan enojados. No quiere hablar de su familia ni de él.

-Me han dicho que París es preciosa –murmuro.

¿Por qué no quiere hablar de su familia? ¿Por qué es adoptado?

-Es bonita. ¿Ha estado? –me pregunta olvidando su enojo.

-Nunca he salido de Estados Unidos.

Volvemos a las trivialidades. ¿Qué esconde?

-¿Le gustaría ir?

-¿A Paris? –exclamo.

Me he quedo desconcertada. ¿A quién no le gustaría ir a Paris?

-Por supuesto –le contesto-. Pero a donde de verdad me gustaría ir es a Inglaterra.

Ladea un poco la cabeza y se pasa el índice por el labio inferior… ¡Madre mía!

-¿Por?

Parpadeo. Concéntrate, Forbes.

-Porque allí nacieron Shakespeare, Austen, las hermanas Brönte, Thomas Hardy… Me gustaría ver los lugares que le inspiraron para escribir libros tan maravillosos.

Al mencionar a estos grandes literatos recuerdo que debería estar estudiando. Miro el reloj.

-Voy a marcharme. Tengo que estudiar.

-¿Para los exámenes?

-Sí. Empiezan el martes.

-¿Dónde está el coche de la señorita Salvatore?

-En el parking del hotel.

-La acompaño.

-Gracias por el té, señor Mikaelson.

Esboza su extraña sonrisa de guardar un gran secreto.

-No hay de que, Caroline. Ha sido un placer. Vamos –me dice tendiéndome una mano.

La cojo, perpleja, y salgo con él de la cafetería.

Caminamos hasta el hotel, y me gustaría decir que en amigable silencio. Al menos, él parece tan tranquilo como siempre. En cuanto a mí, me desespero intentando analizar cómo ha ido nuestro café matutino. Me siento como si me hubieran entrevistado para un trabajo, pero no estoy segura de por qué.

-¿Siempre lleva vaqueros? –me pregunta sin venir a cuento.

-Casi siempre.

Asiente. Hemos llegado al cruce, al otro lado de la calle del hotel. Todo me da vueltas. Que pregunta tan rara… Y soy consciente de que nos queda muy poco tiempo juntos. Esto es todo. Esto ha sido todo, y lo he fastidiado, lo sé. Quizá sale con alguien.

-¿Tiene novia? –le suelto.

¡Maldita sea! ¿Lo he dicho en voz alta?

Sus labios se arrugan formando una sonrisa con hoyuelos y me mira fijamente.

-No, Caroline. Yo no tengo novias –me contesta en voz baja.

¿Qué quiere decir? No es gay. Ay, quizá si lo es. Seguramente me mintió en la entrevista. Por un momento creo que va a darme alguna explicación, alguna pista sobre su enigmática frase, pero no lo hace. Tengo que marcharme. Tengo que poner mis ideas en orden. Tengo que alejarme de él. Doy un paso adelante, tropiezo y salgo precipitada hacia la carretera.

-¡Mierda, Caroline! –grita Mikaelson.

Tira de mi mano con tanta fuerza que acabo cayendo encima de él justo cuando pasa a toda velocidad un ciclista contra dirección, y no me atropella de milagro.

Todo sucede muy deprisa. De pronto estoy cayéndome, y en cuestión de segundos estoy entre sus brazos y me aprieta fuerte contra su pecho. Respiro su aroma limpio y saludable. Huele a ropa recién lavada y a gel caro. Es embriagador. Inhalo profundamente.

-¿Está bien? –me susurra.

Con un brazo me mantiene sujeta, pegada a él, y con los dedos de la otra mano me recorre suavemente la cara para asegurarse de que no me he hecho daño. Su pulgar me roza el labio inferior y contiene la respiración. Me mira fijamente a los ojos, y por un momento, o quizá durante una eternidad, le sostengo la mirada inquieta y ardiente, pero al final centro la atención en su bonita boca. Y por primera vez en veintiún años quiero que me besen. Quiero sentir su boca en la mía.

¡Espero que os haya gustado!

La verdad es que no sé cuándo podré volver a actualizar. Ahora mismo tengo que hacer demasiadas cosas y no tengo tiempo, por eso he querido subir dos capítulos seguidos, pero prometo que en cuanto tenga un hueco me pondré con los fics. ¡Hasta el siguiente capítulo!