Segunda Parte

Capítulo 0.

—Pero papá —balbuceaba con cierto aire de desilusión la pequeña Chitoge mientras contemplaba, a través de la ventanilla de la limusina, las concurridas y pintorescas calles de la ciudad—, ¡te dije que no quería ir!

—Lo siento, Chitoge —le contestó su padre, quien en ese momento parecía estar más interesado en asegurarse que su corbata estuviera correctamente acomodada que en hablar con ella—, pero ya que venimos hasta acá de improviso, no pude conseguir a alguien de confianza que cuidara de ti. Además, ¡anímate, que es una fiesta! Estoy seguro que te divertirás.

—Eso no es cierto… —hizo un puchero que ella misma podía ver reflejado en el cristal de la ventanilla.

A sus doce años, Chitoge odiaba mucho el tener que asistir a ese tipo de reuniones. A su modo de verlo, ni siquiera se les debería considerar fiestas a eventos así de aburridos, a los cuales era arrastrada muy de vez en cuando por sus padres. La música clásica estaba bien, le agradaba, pero no le parecía lo más acorde para lo que se supone que es una fiesta; la gente, que siempre asiste a esos lugares ya sea de traje o con pomposos y hasta ridículos vestidos, tampoco le parecía de lo más divertida y amena como para pasar un buen rato. "Preferiría haberme quedado en el hotel y ver una película" pensó sin dejar de admirar las resplandecientes edificaciones de aquella bella ciudad, de la que ni siquiera había tenido tiempo de recorrer y conocer como es debido.

—Yo sé que me voy a aburrir un montón. Papá, ¿por qué tenemos que ir?

—Pues verás… —Adelt se puso un poco nervioso, o más bien asustado—, la persona que organiza el evento es un contacto muy importante tanto para tu madre como para mí, y ya que ella se encuentra demasiado ocupada para asistir, me ordenó que fuera en su lugar. Y me dijo que dónde se me ocurriera faltar algo muy malo iba a pasarme…

Un aura negra de mal agüero se materializó alrededor de él. Chitoge miró con mucha pena a su padre "Ya veo. Pobre papá."

—Papá —Chitoge se cruzó de brazos e hizo un puchero aún más exagerado que el anterior—, supongo que a esa fiesta de cumpleaños la mayoría de los que irán son de Italia, ¿no?

—Habrá varios como nosotros que vienen de otros países, pero sí, la gran mayoría seguramente son italianos.

—Entonces, ¿cómo se supone que me voy a divertir si ni siquiera sé hablar italiano? No voy a poder chalar con ninguno de ellos…

—Dime, Chitoge, ¿te gustaría que después contratara un profesor privado para que te enseñe a hablar italiano?

—No, gracias —susurró. "Para entonces ya será muy tarde" se lamentó en sus adentros.

La limusina se trasladó hasta llegar a la colina de Baida —ubicada en los suburbios de la zona oeste de Palermo, en contraposición al puerto, que se encuentra por el lado este—. De ahí, el vehículo siguió su trayecto a través de una autopista con rumbo al suroeste, adentrándose en las afueras de la ciudad. En cuestión de minutos llegaron a la residencia donde se llevaría a cabo aquella gran fiesta.

La mansión era enorme. Tenía a sus espaldas a las montañas y por el frente una preciosa vista panorámica de toda la ciudad de Palermo, todo gracias a la favorecida latitud de la colina en la que estaba erigida. "¿Es una mansión, un palacio, o un castillo?" Se preguntó Chitoge al verla, confundida por esa fachada tan del estilo barroco, las resaltantes torres de las esquinas, que se alzaban casi el doble de alto que el resto del complejo, y los amplios balcones ubicados en la parte más alta de éstos. Tanto ella como su padre fueron bien recibidos por los porteros.

Por dentro, todo el lugar estaba iluminado por candelabros artificiales que le daban una gama muy cálida y elegante a cada una de las habitaciones y a los pasillos. Era en el salón central, el más grande de todo el edificio, donde se estaba llevando a cabo la celebración. Ahí, una gran cantidad de personas se arremolinaban, conversando unas con otras, produciendo un molesto bullicio que, de tan sólo oírlo, la pequeña Chitoge fruncía el entrecejo. Había también una banda sinfónica tocando música instrumental en vivo a un costado del salón. La bella entonación de los violines, el piano, las flautas, los violonchelos y demás instrumentos llenaban el ambiente de una solemnidad y elegancia sin igual.

"Lo sabía, todos están hablando en italiano" pensó la rubia, llena de pesadez. Para hacer aún más fastidiosa la situación, no vio a un solo niño de su edad en todo el recinto, tal y como se lo había temido. Y es que todas las fiestas a las que sus padres la llevaban ataviada con ropa así de formal, eran exactamente iguales: un montón de adultos y viejos aburridos cotilleando entre ellos de cosas aburridas. No pasó mucho tiempo para que su padre terminara enfrascándose en una conversación con varios de éstos al punto de descuidarla, detalle que la enfureció.

—Papá, iré por algo para beber.

—De acuerdo, no te tardes.

Se hizo paso entre toda la muchedumbre. Muchos de ellos, al verla, se ponían a cuchichear en el idioma que tanto le frustraba no poder entender:

"Oye, ya viste a esa niña. Es bellísima."

"¿De dónde es?"

"Me parece que es la hija de Kirisaki."

—Oye, jovencita —una señora de mediana edad se acercó a ella—. ¡Qué mona eres! ¿Dónde están tus padres?

Pero, para desgracia de ambas, Chitoge no entendía el lenguaje italiano en lo absoluto. "Perdón, pero no se hablar en ese idioma" le contestó en inglés y con mucha pena.

—Vaya, no sabes hablar italiano. —Suspiró un poco decepcionada aquella mujer. Chitoge le hizo una leve reverencia a modo de disculpa y se alejó.

"Por eso le dije a papá que no quería venir…" refunfuñó en sus pensamientos.

Finalmente llegó a la barra de aperitivos y se acercó donde el ponche. Mientras se servía un poco, divisó a lo lejos una figura que llamó mucho su atención.

Era una jovencita, de cabello muy rojo que le llegaba hasta los hombros y cuyo fleco casi le tapaba los ojos, de tez muy pálida, rostro largo y facciones muy pequeñas, exquisitas, a excepción de las cuencas de los ojos y sus pestañas, que eran enormes. No parecía ser de nacionalidad italiana como el resto de caras que Chitoge había visto desde que se bajó del avión. Yacía respaldada en la pared adyacente a la puerta del salón, apartada de la muchedumbre, cruzada de brazos, con los ojos cerrados y una expresión un tanto irritada e impaciente, aunque conservando un porte indiferente. En vez de llevar vestido de gala como todas las demás, iba con un traje y corbata negros que la hacían parecer como recién salida de un funeral. Daba la impresión de que ella no quería estar en aquel salón pero permanecía en él por mero compromiso, al igual que ella. Por su apariencia, Chitoge podía decir con toda seguridad que debía tratarse de la persona más joven que había en el salón sin contarse a sí misma. Con la esperanza de que aquella chica, quizás, estuviera pasando por su misma situación de aislamiento, se acercó a saludarla:

—¡Hola! ¿Sabes hablar en inglés? —Le lanzó una sonrisa.

La pelirroja abrió los ojos y le miró sin inmutar su frío gesto.

Lasciami in pace, cagna.

—¿Eh? ¿Qué dijiste…?

Le dio la espalda a la rubia y se retiró fuera del salón.

"Maldición, ella tampoco sabe hablar inglés" pensó Chitoge con desilusión. Unos chuscos ríos de lágrimas brotaron de sus ojos de manera exagerada.

Resignada a su suerte, Chitoge intentó buscar a su padre para al menos estar con él en lo que finalizaba su martirio. Se hizo paso entre todos los presentes, quienes no paraban de parlotear y reírse ante posibles chistes e ironías que se decían los unos a los otros.

Adelt ya no se encontraba en el sitio dónde recordaba haberse separado de él, por lo que Chitoge decidió buscarle, deambulando entre el enorme salón, sorteando a la demás gente. De repente, divisó una mesa donde al menos unos cinco o seis jovencitos, cuyas edades calculó que oscilaban entre los diez y los quince años, estaban sentados celebrando y platicando alegremente. ¡Por fin había encontrado chicos de su edad con los cuales convivir! Se acercó muy ilusionada para saludarles pero, para su desgracia, ninguno de ellos podía entender sus palabras. Todos eran italianos y sus edades demasiado cortas como para exigirles que hablasen con soltura un segundo idioma. A pesar del enorme impedimento que significaba no hablar la misma lengua, Chitoge hizo el esfuerzo por incorporarse al grupo, tratando de comunicarse con gestos. Pero al cabo de unos momentos la situación se tornó demasiado incómoda. Se sentía como si ellos se estuviesen burlando de ella aprovechándose de que no podía entenderles.

"Y esa rubia tan boba ¿de dónde salió?" dijo una de las dos chicas del grupo a sabiendas de que ella no podía entender sus palabras. El resto del grupo se echó a reír y fue ahí donde ya no le fue necesario a Chitoge hablar el mismo idioma para comprender tan hostil ambiente, por lo que se dio la media vuelta y se retiró.

Tal experiencia la había dejado verdaderamente molesta, furiosa. Quería llorar de la rabia pero se aguantó con todas sus fuerzas; no les daría esa satisfacción a esos imbéciles. Caminó cuan lejos pudo hasta llegar al otro extremo del salón, donde había, en la parte central, un extenso balcón que se expandía hacia todo lo largo del exterior del recinto. Éste estaba conectado con el interior a través de una gran cantidad de enormes puerta ventanas de madera y cristal, y asomaba hacia el basto jardín trasero de la residencia. Desde adentro del recinto, Chitoge se percató que había dos personas conversando afuera. Era ni más ni menos que aquella misma chica de cabello rojo que había conocido hace unos momentos, junto a otro joven de su misma edad el cual iba ataviado con un smoking de color blanco. Ver de nuevo a esa antipática e insoportable jovencita no le causó ni la menor de las gracias. "Otra vez esa…" Una vena se le marcó en la cien y apretó los dientes. De repente, vio a dicha joven hacerle una reverencia a su interlocutor para luego disponerse a entrar al salón. Chitoge pensó en escabullirse de ahí pero era demasiado tarde; por lo que no tuvo otro remedio que permanecer ahí parada tratando de fingir indiferencia. Aquella pelirroja pasó justo a un costado suyo. Chitoge pudo sentir como la fría mirada de aquella tipa se clavaba en ella por unos instantes, detalle que la hizo enrabietarse aún más. "Si no estuviéramos en una fiesta formal, ajustaría cuentas con esa insufrible…" pensó.

Cuando Chitoge volvió a poner atención a su alrededor, cayó en cuenta que aquel otro muchacho, desde afuera del balcón, se le había quedado viendo con atención. Sus miradas se cruzaron desde la lejanía, a través de una de las tantas puertaventanas que conectaban el salón con los balcones. De repente, el joven comenzó a caminar de vuelta al recinto.

"¡Oh, no! Viene para acá." Recordando la terrible experiencia con los otros niños, Chitoge pensó que lo mejor sería alejarse y no entablar contacto con aquel otro chico, pues temía que el resultado fuera a ser el mismo. Se dio la media vuelta y empezó a alejarse, pero a los apenas cuatro o cinco pasos, sintió su muñeca siendo sujetada por una mano.

Giró la cabeza para corroborarlo: era aquel mismo jovencito el que la estaba deteniendo.

—Suéltame, por favor —le rogó—. Aunque quisieras no me vas a poder entender…

—Espera, tú solo sabes hablar en inglés, ¿verdad?

Chitoge se sorprendió.

—¿Sabes hablar inglés?

—Sí —contestó el adolescente luego de soltarle—. Desde pequeño he estudiado varias leguas. Actualmente domino el español y el inglés aparte de mi legua natal, y estoy estudiando otros cinco idiomas más: francés, portugués, alemán, eslovaco y sueco. Aunque me llevará un tiempo dominarlos.

Chitoge se quedó impresionada y, a la vez, muy contenta. ¡Tan joven y ese chico ya dominaba tantas lenguas!

—Vaya, ¡debes ser muy inteligente! —exclamó con entusiasmo—. Yo sólo se hablar en inglés y japonés básico.

—¿Japonés? Ese idioma... me dijeron que ese idioma es uno de los más complicados de todo el mundo. Tú sí que debes ser inteligente.

Chitoge rió. El alabo le había gustado bastante viniendo de alguien tan listo como él.

—Y dime —continuó el chaval de castaños cabellos—, ¿se puede saber que haces tan sola en la fiesta?

La rubia se encogió de hombros.

—Nada. Desde que llegué no me la he pasado muy bien que digamos. Perdí de vista a mi padre y me puse a buscarlo. Sólo unos cuantos adultos saben hablar inglés pero todos ellos sólo se la pasan hablando en italiano con los demás. No tengo a nadie con quién pasarla debido a eso. ¡Esta fiesta es tan aburrida!

—Ya veo. Pues yo también comenzaba a sentirme igual; por eso salí al balcón a tomar un poco de aire fresco. Esta fiesta, como dices, es horrible —un semblante de tristeza se delineó en su rostro al momento de decir aquella última línea.

—Vaya que lo es.

—Por cierto, no me he presentado. Mi nombre es Maximiliano Benedetti. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—¿Yo? Mi nombre es Chitoge, Chitoge Kirisaki —contestó a la par que tendía su mano para saludarlo formalmente—. Mucho gusto.

—El placer es mío. —Tomó su mano y la acercó a él tanto como pudo para después inclinarse y besar con suavidad su dorso.

Chitoge, quién solo se había esperado un simple apretón de manos, se quedó extrañadísima y los colores se le subieron al rostro. Maximiliano, al notarlo, esbozó una pequeña sonrisa.

—Por cierto: ¿Tú y Karen ya se conocieron?

—¿Karen?

—Sí. La persona que estaba conmigo hace unos instantes. Por la forma en que se miraron la una a la otra pensé que ya se habían conocido.

—Oh, no —cuchicheó—. Me la topé unos momentos atrás, y quise saludarla, pero como no sé hablar italiano no pude platicar con ella…

—¿De qué hablas? Karen también puede hablar inglés con soltura.

—¿Cómo? —Chitoge, por dentro, estaba a punto de estallar de cólera. "Esa perra… ¡Me tomó el pelo!" pensó furiosa.

—Te pido disculpas por ella si por alguna razón te llegaste a sentir amedrentada por su actitud. A ella no le gusta tener que relacionarse con personas a las que no conoce bien, pero ella es, a pesar de lo que pueda parecer, una buena persona.

—¿Estás seguro? —Chitoge arqueó una ceja.

—Sí. Lo sé porque ella ha estado a mi lado desde hace ya mucho tiempo.

La rubia no entendió muy bien a qué se había referido aquel muchacho con semejante sentencia.

—Por cierto —continuó el jovencito de cabello castaño—, ¿quieres que te ayude a buscar a tu padre?

—No, no es necesario.

—Por favor, déjame ayudarte. En tu condición no puedes preguntarles a los demás si lo han visto.

Chitoge se sintió un poco conmovida. Él debía de ser la primera persona que conocía en todo el lugar, no, en el país entero que se portaba así de amable con ella. Asintió con la cabeza. Ambos caminaron rumbo al centro del salón.

—Por cierto, ¿cómo es tu padre? —le preguntó a la jovencita. Ella pasó a describírselo—. Ya veo. ¿Y a qué se dedica?

Chitoge bajó la mirada y se puso nerviosa. —Preferiría no tener que hablar de eso —respondió.

—Está bien. Si él fue invitado por mi abuelo, puedo hacerme a una idea…

—¿A qué te refieres?

—Nada. Olvídalo.

—¿Y tú? ¿Viniste aquí también por tus padres?

—No. —Suspiró—. Mi madre murió cuando era un bebé. Y mi padre también falleció hace un par de años.

Chitoge sintió pena al escucharle. Ladeó la cabeza y miró hacia el piso. Maximiliano pudo notarlo y se irritó. A él no le gustaba que los demás sintiesen compasión o lástima por él.

—Entonces, ¿con quién viniste hasta acá? —preguntó la rubia con curiosidad.

—Con nadie. Yo vivo aquí.

—¿Qué? ¿En serio? —Chitoge se asombró.

Mientras andaban por los alrededores del recinto algunos de los presentes comenzaron a fijarse en ellos.

"¿De dónde salió esa niña que acompaña al nieto de Don Maurizio?" le preguntó una mujer a su esposo. La pareja les observaban desde su mesa. "Me parece que es la hija de los Kirisaki" le contestó. "Vaya, vaya… ¿Quién lo diría…?"

—Oye —continuó la pequeña Chitoge—, por cierto, Maximi… Maxilimi… Maximirialo… ¡Ay! ¿Cómo era?

Maximiliano rió con discreción, tapando con cuidado su boca con la mano, al ver esa expresión de frustración y vergüenza en la encantadora niña.

—Es un nombre muy ridículo y largo, ¿no es así?

—¡No, para nada! Es sólo que no estoy acostumbrada a pronunciar palabras de ese tipo.

—Si así lo prefieres, puedes llamarme solamente 'Max'. Eso suena más 'inglés', ¿A que sí?

—B-bueno… Entonces… Max, ¿Con quién vives entonces?

—Con mi abuelo. Él es el dueño de esta mansión.

—¿Tu abuelito?

"Ya veo. Entonces es su abuelito el que cumple años" concluyó Chitoge.

—Sí. De hecho, prácticamente todos los invitados son o parientes o conocidos suyos. Tu padre no debe ser la excepción. Por ejemplo —señaló a la barra de aperitivos—, ¿ves a esos que están conversando allá?

Chitoge observó a aquellos tres hombres maduros con copa en mano. Uno de ellos llevaba un habano y el del centro no dejaba de parlotear mientras el tercero parecía estar hastiado de tener que escucharlo pero igual pretendía reírse de sus chistes.

—Ellos son mis tíos —acotó el castaño—. Los hermanos menores de mi difunto padre.

—Se parecen un montón —exclamó extrañada la joven Chitoge.

—Es porque son trillizos.

"ooooohhhh!" exclamó maravillada la joven rubia. Era la primera vez que veía unos trillizos de verdad en persona.

—Chitoge —el jovencito miró con seriedad a su acompañante—. ¿Vienes conmigo afuera?

—¿Qué? ¿Pero por qué?

—Porque ya me fastidié de este salón. No soporto estar rodeado de toda esta gente.

Chitoge guardó silencio; no podía entender actitud tan huraña en su acompañante pues, hasta ese momento, no le había parecido que aquel niño fuese del tipo de gente que detestase estar rodeado de los demás; al menos esa no fue la primera impresión que le había dado con su amabilidad hacia ella, que no era más que una extraña para él.

—Ya buscaremos a tu padre. ¿Vienes o no?

—Pues…

No es como si Chitoge tuviese más ganas que él de permanecer en el salón, pues hasta hace unos momentos ella tampoco veía la hora de que todo ese martirio terminara. Así que, a final de cuentas, accedió asintiendo con la cabeza.

Cuando salieron del recinto, Chitoge notó que por fuera de éste se encontraba aquella desagradable pelirroja de mirada fría, recargada en la pared y cruzada de brazos, con esa misma cara inexpresiva que tanto le había comenzado a crispar. Intentó no prestarle atención, pero cuando ella y su acompañante le llevaban de unos nueve a diez metros de distancia, volteó por mera curiosidad hacia atrás y notó que aquella tipa había comenzado a seguirlos.

—¿Por qué nos persigue? ¿Nos está acosando o qué? —le preguntó a Max, con cierto aire de preocupación y enojo, luego de comprobar que la pelirroja no había dejado de caminar detrás de ellos, sin importar que ya llevaban bastante tiempo recorriendo los corredores de la residencia.

—No te asustes, ese es su trabajo.

—¿Qué?

—Karen ha estado conmigo desde que era pequeño. Tiene la obligación de seguirme a todas partes y no perderme de vista. Incluso si no puede entrar en la misma habitación que yo, me espera por fuera. En casos como estos ella me acompañaría de cerca pero quizá pensó que al venir contigo sería mejor observarme desde lejos para darnos un poco de privacidad.

"¿Privacidad? ¡A eso no se le puede llamar privacidad!" Para Chitoge esto era la cosa más rara y sin sentido alguno que había escuchado. Lo peor de todo era que, aún de espaldas, sentía como aquella extraña muchacha le clavaba sus fríos y punzantes ojos verdes.

Luego de haber bajado por varias escaleras y recorrido un sinnúmero de pasillos que a la pequeña rubia le parecieron laberínticos, por fin llegaron al jardín trasero de la mansión. A Chitoge le brillaron los ojos de la impresión. Era tan enorme, como ninguno que hubiese visto antes —y eso que el de su hogar no era para nada despreciable—. Más enorme que la mansión misma, quizás una hectárea o dos de terreno. Había cuatro laberintos de arbustos en cada esquina y una enorme fuente con la estatua de un querubín de mármol en el centro. El par de jovencitos caminaron por el extenso paraje mientras Karen permaneció parada junto a la entrada del edificio, vigilándoles desde la lejanía. Max se puso a contarle a la rubia detalles sobre quienes eran algunos de los invitados más distinguidos del evento, y Chitoge le relataba su pasada experiencia con el grupo de niños con los que se había topado. Él le platicó que ya les conocía, igual que a sus padres; le reveló sus nombres y le confesó que tampoco se llevaba muy bien con ellos. Le contó algunos secretos vergonzosos para que pudiera utilizarlos en su contra en una ocasión futura. Ambos rieron. Se sentaron en un banco cerca de la fuente central; el sonido del borboteo del agua fluyendo era tan relajante que la misma Chitoge cerró los ojos, agudizó su sentido del oído y se deleitó con la melodía de las gotas estrellándose en el agua. La mayor parte de la iluminación no provenía de las estacas con lámpara incrustadas en el césped sino de la luna y las estrellas del completamente despejado cielo. Cuando Chitoge tomó total consciencia de toda la belleza que le rodeaba, reconoció que aquel jovencito no se había equivocado en su decisión de alejarse del bullicio. El tiempo se les fue conversando toda clase de cosas. Chitoge reía, se asombraba y relataba con entusiasmo sus propias experiencias. Sin darse cuenta, la profecía de su padre de que se divertiría en aquel evento, se había vuelto realidad. Una hora o más fue lo que quizás duraron en aquel hipnótico trance, pero ¿a quién de los dos le importaba el tiempo? A ninguno.

—Tu abuelo debe ser alguien muy importante —dijo la joven Chitoge, ya entrada en suficiente confianza—. Digo, para que tantas personas hayan asistido a su fiesta de cumpleaños y viva en una mansión así de grande y bonita.

—En efecto —acotó el muchacho—, él es un hombre muy influyente y poderoso. Pero ésta no es su fiesta de cumpleaños.

—¿De verdad? Es que como me dijiste que prácticamente todos los invitados eran conocidos suyos… ¿Pero entonces de quién es la fiesta?

—Mía.

A Chitoge se le vino abajo la quijada y sus ojos casi se le botaban del rostro.

—C-¿cómo? ¿Tú eres el que cumple años?

—Sí, hoy cumplo catorce.

—¿Y por qué no me dijiste? ¿Y por qué te saliste si esta era tu fiesta?

—Porque no quería que fueras condescendiente conmigo sólo por algo tan trivial. Y sobre lo segundo: ya te lo dije, no soporto estar rodeado de esas personas. A ellos en realidad yo no les caigo bien. Sólo vinieron porque querían quedar bien con mi abuelo. En el fondo sé que muchos de ellos me detestan.

—¿Por qué? —Preguntó Chitoge, sintiéndose un poco apenada por él—. No lo entiendo.

—Es una historia un poco complicada… Pero, en resumidas cuentas, es porque soy el heredero de mi abuelo y hay mucha gente que no está de acuerdo con esto.

Chitoge, al ver la expresión que acababa de hacer su nuevo amigo, bajó la mirada.

Hubo unos segundos de total silencio entre los dos.

—Chitoge —le dijo Maximiliano poniéndose de pie y caminando unos pasos hacia la fuente.

—¿Sí?

—Cuando sea mayor —la miró directamente a los ojos—, voy a estar a cargo de una gran empresa y seré muy importante. Será una responsabilidad muy enorme y es por eso que tengo que prepararme lo mejor que pueda. Estoy casi completamente convencido de que no voy a poder hacerlo yo solo. Voy a necesitar que alguien me ayude. Oye, sabes, eres una persona muy inteligente. Tú podrías ayudarme a lograrlo.

—¿Yo? —Se señaló a si misma con incredulidad.

—Sí. Si te casas conmigo tú pasarías a ser también la dueña de todo esto y me tendrías que ayudar a dirigirlo. ¿Qué dices? ¿Te quieres casar conmigo?

—¡Qué disparates estás diciendo!

Chitoge ahora sí que se había ofuscado. Sus mejillas se pusieron rojas como el interior de una sandía, y ganas de abofetear a su interlocutor no le faltaron.

—Hablo muy en serio.

—¿Cómo?

—Ya te lo dije, me he estado preparando todo este tiempo para asumir el mando de mi familia y dar la talla. Y una de mis mayores preocupaciones es tener a una buena esposa que esté a mi altura y me ayude. Tú pareces cumplir con los requisitos porque eres inteligente, muy inteligente, como yo.

La atmósfera se enrareció. A la rubia de ojos azules jamás se le había pasado en la cabeza que su primera propuesta de matrimonio en la vida sería a esa edad, y mucho menos de la mano de alguien que acababa de conocer. Aunque, ¿realmente habría por qué tomarse en serio todo esto? Era absurdo por dónde se le intentase ver. No obstante, no había ni un solo indicio en la actitud de aquel jovencito del que se pudiese aferrar para tomar esto como un juego, un chiste o una tontería. Él iba muy en serio y se le veía en la mirada. Chitoge se amedrentó y rápidamente buscó una excusa para zafarse de tan tremendo aprieto.

—Pero es que tú no puedes pedirle eso así nada más a alguien —contestó algo nerviosa, desviando la mirada y trabándose en algunas partes—. Nosotros sólo somos unos niños aún. Y por lo visto deben faltarte aún muchos años para poder heredar todo esto, porque primero debes ser un adulto.

Max estaba sorprendido. Él, que solamente esperaba un rotundo no por respuesta, pensó que el que aquella jovencilla se hubiese tratado de justificar con semejantes argumentos podía ser interpretado como una buena señal; que ella, sin darse cuenta, había cedido uno o dos pasos ante él. Por lo que decidió aprovechar esta oportunidad de oro:

—Entonces… una vez que me haya convertido en adulto, ¿puedo volver a preguntarte si quieres ser mi esposa?

Chitoge tragó saliva. Su rostro se puso aún más rojo y ya no fue capaz de seguir mirando de frente al joven cumpleañero.

—Bueno, si en ese entonces no has conseguido un mejor partido que yo… y si por alguna razón yo tampoco me he casado, supongo que nada te puede impedir que vuelvas a preguntármelo. Pero eso no garantiza para nada que mi respuesta vaya a cambiar —contestó Chitoge, creyendo que seguir el juego era la mejor manera de terminarlo y sepultarlo de una buena vez.

—Por mí está bien. Cuando llegue ese momento haré lo que tenga que hacer para que me aceptes.

Continuaron conversando por unos instantes más junto a aquella fuente. En todo momento fueron vigilados desde la lejanía por aquella jovencita pelirroja de semblante estoico, cuyo gesto delataba su frustración de no poder escuchar ni un ápice de su conversación.

Pero ella ya no era la única que les observaba, pues en el balcón del salón principal estaban dos hombres, quienes hace unos minutos habían salido a tomar un poco de aire fresco. Conversaban a la par que los veían atentos.

—Parece ser que ya se llevan bien —le comentó Adelt al anciano que le acompañaba, con esa forma de hablar tan relajada que tanto le caracterizaba de otros de su mismo oficio.

—Je, no sería mala idea tomarles una foto, ¿no lo crees? Por cierto, ¿No crees que tu hija se parece mucho a Hana?

—Sí. Es igual de hermosa que ella.

—Es una pena que tu esposa no haya podido asistir.

—Ya sabes como es ella. Siempre ocupada.

Cuando Max y Chitoge al fin entraron en consciencia de todo el tiempo que había transcurrido, se apresuraron a volver al salón a reanudar su búsqueda del padre de la rubia. Cuando lo encontraron, se llevaron la grata sorpresa de que éste se encontraba charlando alegremente junto al abuelo de Maximiliano, cual viejos camaradas, sentados junto a una mesa y con una botella de vino que ya llevaba más de la mitad consumida.

Adelt, al apreciar lo tan amigos que se habían vuelto los dos jovenzuelos, les ofreció tomarles una foto como recuerdo de aquella noche, a lo que ellos accedieron con mucho gusto. Adelt preparó la cámara mientras el anciano se posicionaba para acompañar a los niños. Cuando su padre dio la señal, Chitoge sonrió; en cambio, Maximiliano permaneció con su mismo semblante melancólico. Cada familia guardó una copia de la fotografía como recuerdo.


Notas finales: Como podrán percatarse, este capítulo especial no es otra cosa sino una versión más extensa y detallada del Flashback que se vio en el capítulo 5; aunque también se le podría considerar una especie de precuela de toda la historia en sí. Este esbozo originalmente iba a ser el capítulo '0' del fic, es decir la introducción o prólogo de la misma. Pero tras analizarlo me di cuenta que iniciar la narración de la historia con esto, aparte de que no sería lo suficientemente interesante, revelaría antes de tiempo algunos detalles que tendría más impacto si no se supiesen desde un principio. Así que consideré mejor opción usarlo como un recuerdo explicativo en un momento más pertinente. Pero entonces me di cuenta que era demasiado largo para contenerlo en un capítulo, por lo que al final sólo puse una pequeña parte del mismo en un flashback. Pero igual no quería desperdiciar mi trabajo y, con un poco de edición y agregando unas cositas, lo convertí de nuevo en un capítulo completo y decidí compartirlo como un extra.