Capítulo XIX

Se encontraban ahí ellos dos, bailando en medio de aquel espacioso y exuberante salón de banquetes.

El aposento entero gozaba de una ambientación majestuosa, todo gracias a la cálida luz brindada por las lámparas de pared, y a los bellísimos ornamentos de corte victoriano que galardonaban el recinto a lo largo y ancho, como esa enorme lámpara de araña de cristal de Baccarat que se erigía en la parte más alta del techo. La pista de baile, por alguna extraña razón, se hallaba vacía, con excepción de la joven pareja, a quienes no parecía importarles este detalle en lo más mínimo. Ellos simplemente se dedicaban a lo suyo: moverse al ritmo del romántico vals sin dejar de mirarse a los ojos; como si el resto del mundo se hubiese vuelto efímero y ajeno a su realidad, un estorboso punto y aparte a su propio universo.

Dicha pieza musical, que se distinguía de otras tantas por la excelsa interpretación de los violines, el piano y los variados instrumentos de madera, era ejecutada de manera tan magistral y, a la vez, tan exquisita, tan única en su tipo, que dejaría a todo aquel que la escuchase la impresión de que basta con cerrar los ojos y dejarse llevar por la melodía para que su conciencia sea transportada a un lugar de ensueño. O al menos así lo creía ella, la jovencita de melena rubia, quien no paraba de aferrarse con firmeza de los hombros de su amado. Con cada paso dado sobre la pista, la joven pareja transmitía la sensación de que sus cuerpos se habían sincronizado perfectamente el uno al otro.

—Oh, Raku —balbuceaba una embelesada Chitoge, con su rostro angelical reposando ahora en el pecho de su amado—. Prométeme que nunca más nos volveremos a separar. Tú y yo… de ahora en adelante… siempre vamos a estar juntos, ¿verdad?

Quizás se había debido a lo bajo de su voz que su compañero no le dio una respuesta; no obstante, ella no reparó en tal detalle. Los dos continuaron bailando y al cabo de unos segundos, Chitoge agregó:

—Raku, yo… Yo te amo. Sí, Raku: Te amo. Te amo y no quiero tener que volver a separarme de ti otra vez. Quiero estar contigo hoy y siempre, durante el resto de mis días. Si te volviera a perder de nuevo, ¡me moriría! Así que, por favor, ¿me lo prometes, Raku? ¿Me prometes que tú y yo nunca nos volveremos a separar? Prométemelo.

—Sí, te lo prometo —sentenció su acompañante con suma frialdad y un dejo único de autoritarismo—. Vas a estar conmigo hoy, mañana y siempre.

Chitoge, al darse cuenta que aquella voz no coincidía ni guardaba similitud alguna con la de Raku, levantó asustada la mirada. Y al ver que aquella persona con la que había estado bailando todo este tiempo era, en realidad, Max, no atinó a hacer más cosa que pegar un fortísimo chillido.

—Por toda la eternidad…

—¡No! ¡Suéltame! —gritaba, una y otra vez, mientras tiraba manotadas al aire.

Hasta haberse dado cuenta de que, en realidad, yacía recostada y con la cabeza sepultada bajo una pila de almohadas de pluma de ganso. El resto de su cuerpo lo tenía completamente enrollado con la sábana y el edredón —de seguro quedó así luego de haberse estado revolcando en la cama toda la noche—. Encrespada y molesta consigo misma, estrujó con fuerza las sábanas y apretó los dientes. Tan agobiada había quedado a causa de sus pesadillas que la pobre se sentía con aún menos energías que cuando se fue a dormir. Por si fuera poco, le dolía un poco la cabeza.

Quizás ésta había sido la primera vez que tenía un sueño tan lúcido desde que se había instalado en Italia, o simplemente fue el primero lo bastante espeluznante como para no olvidarlo luego de despertar. No estaba del todo segura, pero prefirió ya no seguir dándole más vueltas al asunto y seguir con su día.

Se talló los ojos, estiró sus brazos y gateó por debajo del cobertor hasta llegar a la orilla de la cama, la cual aún le seguía pareciendo demasiado grande, ridícula y exageradamente grande para una sola persona. Metió despacio sus dos pies en unas suaves pantuflas de lana que le esperaban encima de la alfombra. Luego volteó a mirar hacia el pequeño buró artesanal de al lado. Abrió el cajón de en medio y sacó de éste una pequeña caja de madera barnizada. Ahí tenía guardados sus dos preciados tesoros: esa peculiar llave de color dorado, con el ojo similar a la mitad de la hoja de un trébol y una pequeña perforación en forma de media luna en el paletón; y su viejo listón rojo para el cabello. Los acarició y observó durante un considerable tiempo. En cierta forma, el hacer esto cada mañana la reconfortaba y le brindaba algo de fuerzas. Con cuidado los guardó de vuelta en su estuche y se dirigió a recorrer las cortinas del enorme ventanal de su habitación. Abrió los cristales, se asomó y apreció cómo aquella mañana en particular era una muy nublada y gris. No le extrañaba tanto, pues no había parado de lloviznar desde anoche. El aire, húmedo y frío, abofeteó de lleno su cara; y su larga y despeinada melena se meció al ritmo del viento. Miró hacia abajo: desde lo alto de aquella torre podía divisarse todo el vasto jardín trasero de la mansión, e incluso mucho más allá. Puso especial atención en la escultura de mármol en forma de querubín de la fuente del centro y se preguntó cuándo es que alguien se dignaría por fin a repararla. Pues le parecía algo triste que a ésta le faltara un brazo y nadie hiciese nada al respecto, como si su deplorable estado sólo le importase a ella. Suspiró, sacudió con fuerza la cabeza para disipar todos estos pensamientos ociosos y se apresuró a arreglarse.

Toda la servidumbre y uno que otro mafioso la reverenciaba y saludaba con respeto en cuanto la veían pasar. Ella se limitaba a devolverles el saludo con un 'buenos días' tan apagado que a duras penas y se escuchaba.

Le faltaba ya muy poco para llegar al comedor cuando de pronto se topó con aquella desagradable y odiosa mujer; esa que siempre fungía como la asistente personal de Max y le seguía a todas partes como si fuera su sombra. Karen, la temida asesina a quien por su extrema severidad y esa fría y casi inexpresiva mirada, Chitoge —y no nada más ella— consideraba una persona un poco escalofriante. Verla ahí de pie, casi pegada al muro y sin sacudir ni un milímetro las facciones de su rostro, daba la desagradable impresión de que ella había estado aguardando ahí desde muy temprano cual estatua de mármol.

"No importa qué hora del día sea, siempre va vestida como si acabara de salir de un funerario" pensó Chitoge, arqueando un poco la ceja.

—Buenos días, mi señora —le saludó Karen—. Espero haya pasado una excelente noche.

—Buenos días. —A Chitoge no le causaba ninguna gracia que aquella antipática mujer se dirigiese a ella de esa manera tan pomposa, lambiscona y ridícula; mas todas sus súplicas para que dejara de hacerlo fueron inútiles—. Estoy bien, gracias. En fin. Supongo que si estás aquí es porque Max ya debe estar esperándome en la mesa. Pues bien, hazme el favor de ir a decirle que…

—No, señora. Se equivoca. Mi señor no va a asistir el día de hoy.

—¿Qué has dicho?

—Tal y como lo oye. Anoche surgió un fuerte inconveniente que mi Señor tuvo la necesidad de atender en breve, por lo que desde la madrugada tuvo que salir de la ciudad.

—¿Cómo? —Chitoge se exaltó—. ¿Qué rayos pasó? Dime.

—Me temo que no puedo darle más detalles, señora. Todo lo que puedo decirle por el momento es que muy probablemente mi señor no va poder regresar hasta el día siguiente.

"¿Qué habrá pasado? —se preguntó Chitoge. Max le había advertido en reiteradas ocasiones sobre lo peligroso que podría ser si ellos dos se separaban durante demasiado tiempo. Y ahora él, a escasos tres días de la boda, estaba haciendo precisamente lo que le había dicho que no debían hacer. No tenía ningún sentido—. Pero si esto es cierto, ¿qué está haciendo ella aquí?"

—Es debido a ello —prosiguió Karen— que mi señor me pidió que cuidara personalmente de usted en su ausencia. Por lo que voy a escoltarle a partir de este instante y hasta el regreso de mi señor.

—¿CO-CÓMO…?

La expresión de Chitoge se transfiguró hasta quedar convertida en una suerte de garabato (mal) dibujado por un niño de cinco años. Aquella silenciosa mujer debía ser, sin lugar a dudas, la última persona de esta ciudad con la que desearía pasar tiempo a solas.

Y es que cada que Chitoge la miraba con atención, le daba la sensación de que a ella ya la conocía de tiempo atrás; sin embargo, nunca lograba acordarse de dónde o cuándo, por más que hacía el esfuerzo. Había momentos en los que incluso creía poder percibir algo oculto en lo más profundo de aquellos punzantes ojos verdes, como si detrás de todo ese servilismo se encubriese un arraigado sentimiento de rechazo y desprecio hacia su persona. O tal vez todo esto no era más que el fruto de su imaginación, influenciada por la poca emotividad que aquella tipa denotaba ante cualquier situación. Después de todo, no había una sola persona a la que Karen le sonriera o con quien por lo menos ablandara su expresión ni un poco. Quizás la única excepción a esta regla era Max, quien por lo visto, era el único en el mundo capaz de llevarse bien con ella.

—También le informo que su itinerario para el día de hoy seguirá siendo el mismo pese a esta contrariedad, por lo que le suplico que se vaya preparando con el debido tiempo. Yo seré personalmente quien la lleve a su compromiso de esta tarde en Monreale.

'Itinerario', 'Compromiso'. Cuánto le asqueaban estas dos palabras a Chitoge, por todo lo que habían pasado a significar desde el día que Max le dejó en claro cómo iba a ser su vida de ahora en adelante.

—Está bien —dijo Chitoge, taciturna. Se despidió de la pelirroja y se apresuró al comedor. Karen, recargándose en la pared y cruzándose de brazos, la miró alejarse.

Chitoge tenía esperanzas de que al menos la hora del desayuno le daría esos momentos de tranquilidad que tanto necesitaba para reunir fuerzas, poner su mente en orden y prepararse para lo que venía.

Pese a que prácticamente la totalidad de la gente poderosa e influyente de Palermo sabía a la perfección cuál era el mundo en que se desenvolvían Maximiliano y toda su familia, éstos aún así tenían la protocolaria necesidad de simular, de mantener con ayuda de la prensa y otros medios en los cuales poseían una gran influencia, una imagen pública intachable. Su abuelo, por ejemplo, era ante los ojos del mundo un reconocido empresario. Dueño de múltiples negocios locales, fundador de una compañía constructora de renombre y accionista en algunas transnacionales; uno de los hombres más ricos y honorables de Italia. Por otro lado, Maximiliano a su corta edad ya se había convertido también en toda una celebridad. Reconocido como el joven nieto de Maurizio Benedetti: el futuro heredero de la mayor parte de su fortuna, en ausencia de su difunto padre. Chitoge, siendo su prometida, había tenido que ser presentada dentro de las altas esferas de la provincia. Ella era reconocida por ser la hija de una de las empresarias más exitosas e influyentes del mundo entero, siendo la conexión empresarial de sus familiares la razón por la que estos dos supuestamente se habían conocido y enamorado. Chitoge, por tanto y desde que se había mudado, no había parado de asistir junto a él a toda clase de eventos sociales tales como cenas, bailes, cócteles y eventos de caridad, con el fin de relacionarse debidamente con todas las amistades y contactos de la familia. Esto era necesario para que nadie se atreviese a poner en tela de juicio la veracidad de su compromiso, le explicó en una ocasión su futuro esposo.

"Qué raro —se puso a meditar en lo que sorbía lentamente de aquel exquisito y aromático té cuyo sabor no podía reconocer—. Recuerdo que hace tan sólo unos años mi vida no era muy distinta a como es ahora. Y, sin embargo… —miró hacia los costados, poniendo especial atención en el hecho de que ella era la única presente pese al enorme tamaño de la mesa. El silencio que envolvía el comedor era tal que incluso el ruido de los cubiertos de plata al rozar con la vajilla de porcelana le resultaba molesto—. Todo se siente tan diferente. No puedo acostumbrarme. No sé por qué... pero no puedo."

Pero el evento social al que Chitoge tendría que asistir el día de hoy era muy especial. Tanto que si ella pudiese elegir al menos uno de entre todos ellos para borrarlo de la existencia, o al menos se le concediese la opción de no acudir, sin duda elegiría a éste. Se le revolvía el estomago de tan solo pensar en lo que allá iba a celebrarse, al punto de que primero trató de negarlo, de verlo como a una simple fiesta igual a las otras. Pero fue imposible; todo lo que ganaba era deprimirse aún más.

Porque aquella dichosa celebración era, esencialmente, el peor recordatorio que podría existir de la decisión que había tomado. Porque le echaba en cara, de una forma insolente y hasta maquiavélica, las consecuencias de su resolución. Porque le reconfirmaba que todo lo hecho, hecho estaba, y ya no habría marcha atrás. Y lo más horrible de todo era que, una vez allá, estaría obligada a fingir que no podría sentirse más feliz y agradecida; aún cuando la realidad sería lo opuesto.

Por primera vez en mucho tiempo, no pudo terminar su plato.

Se levantó de la silla con ímpetu, casi golpeando la mesa, y se dirigió a tomar un baño. Si esto iba a ser ineludible, lo más sensato sería afrontarlo de una buena vez, se dijo a sí misma con cierta convicción malsana.

Durante todos estos días, se la había pasado pensando que todas aquellas fiestas, cenas y bailes de caridad tal vez hubiesen sido mucho más agradables y fáciles de llevar si tan sólo aquel manipulador bastardo no hubiese tenido que estar a su lado; si hubiese tenido la opción de ir por su propia cuenta para así ahorrarse la pena de tener que pretender que lo ama en frente de desconocidos. Pero ahora mismo, mientras sus doncellas la vestían y arreglaban su cabello, se dio cuenta de que no era cierto; todo hubiese sido, de hecho, mucho peor sin él. Después de todo, era Max quien siempre sacaba la casta cada vez que ella se quedaba sin ganas de hablar y bajaba la mirada a mitad de las agobiantes conversaciones —mismas que, hasta la fecha, continuaba entendiendo a medias por culpa del lenguaje.

Las altas castas tienen la arraigada costumbre de ser mordaces y muy competitivas entre sí. De siempre intentar humillar y dejar por los suelos a todos aquellos que se dejen, con tal de sentirse superiores. Descargar toda su envidia, alimentando aún más su soberbia. Max al parecer estaba más acostumbrado a lidiar con este tipo de presión. Sin importar la situación, él siempre sabía qué decir y cómo dirigir las conversaciones.

Pero incluso si Max no se hubiese tenido que ausentar, Chitoge de todos modos habría tenido que lidiar por sí misma la para nada esperada fiesta del día de hoy. Por primera vez se las tendría que arreglar ella sola.

Todas las que se suponían que eran 'sus nuevas amigas' iban a estar presentes, y eso por si sólo ya significaba un gran desafío.

Con esto en mente, Chitoge abordó el vehículo. Por regla general Karen siempre es el chofer del transporte en el que viaja Max, por lo que ellas sólo coincidían adentro de un vehículo cuando él también está presente. Ésta iría a ser por tanto la primera ocasión que se quedarían las dos a solas durante tanto tiempo, sin él como su mediador. Nuevamente la tensión de tener que lidiar con la que podría ser la mismísima encarnación de la antipatía se apoderó de Chitoge, y el nerviosismo hizo acto de presencia. El silencio se tornó incómodo. De vez en cuando se miraban la una a la otra por breves intervalos a través del reflejo del espejo retrovisor.

En cuanto salieron del terreno de la mansión, el resto de escoltas no se hicieron esperar y se agruparon a su alrededor, creando el ya típico 'desfile' de coches que sorprendía, y a la vez no, al resto de vehículos y peatones. El ser vigilada tan escandalosamente, siempre que tenía que salir, sin importar a dónde, le incomodaba a Chitoge en demasía. A menudo se preguntaba si este martirio cesaría algún día, pues comenzaba ya a temer por su salud mental.

En menos de treinta minutos llegaron. El resto de coches ya se habían estacionado a una cuadra o dos del salón de recepciones. Karen abrió la puerta del pasajero. Chitoge, al salir, leyó lo que decía el cartel que colgaba en la fachada, y su garganta se secó al hacerlo. Era la primera vez que deseaba con todas las fibras de su cuerpo el no tener que estar presente en una festividad. Pero su ausencia era absolutamente imposible. Después de todo, ella era ni más ni menos que la homenajeada.

En breve daría comienzo su despedida de soltera.

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—Oye, Aniki —dijo en voz alta Aiba Migisuke, luego de haber tocado la puerta—, soy yo. ¿Puedo entrar?

Como ya era costumbre desde aquella noche, Raku no le contestó.

Migisuke abrió la puerta al fin y al cabo. Miró y se acercó donde el chico, quien aún se hallaba sentado en el suelo, en el mismo rincón de la habitación, viendo en dirección al muro y abrazando sus rodillas.

—Mira, te traje esto —colocó en el suelo una bandeja que llevaba un plato y un vaso. Al hacerlo, vio que la comida de las otras charolas que le había llevado en la mañana y en la tarde apenas y las había tocado—. Tsugumi-san lo preparó. Está sabroso.

Permaneció a su lado por unos instantes más, por si Raku al fin se decidía a darle una respuesta. Pero al convencerse de que éste iba a seguir ignorándole, emitió un suspiro y se retiró un poco decepcionado.

—¿Cómo se encuentra Romeo? —le preguntó Oblivion en cuanto entró de vuelta a la sala. Para no perder la costumbre, el raro sujeto seguía con su feo hábito de no despegar los ojos del monitor cuando se dirigía a otras personas—. ¿Aún sigue en su modo 'Emo-perdedor'?

A Migisuke no le hizo ninguna gracia ese comentario. Después de todo, Oblivion había sido el responsable de toda la pelea, y Raku tenía muy buenas razones para estar tan indignado; o al menos así lo creía. Y no sólo él: Tsugumi y Paula también estaban bastante molestas con el hacker, que no paraban de mirarle con descrédito.

—Oigan, ¡ya bájenle! —exclamó Oblivion, quien no necesitaba mirar sus rostros para darse cuenta, a través del aterrador silencio, que todavía estaba siendo mal juzgado por lo ocurrido—. Ustedes saben muy bien que tenía que hacerlo, ¿cierto? Ok, ok, si tanto quieren hacer un boicot, porque piensan que soy un tirano, un pedazo de mierda, un insensible o lo que sea que ustedes piensen de mí, háganlo de una buena vez. ¿Qué les detiene? ¡Háganlo! ¿Qué pasa, no se atreven? Vamos, muchachos, con confianza, sublévense… ¿Nada? Ya veo, entonces no se atreven a hacerlo… ¿Quieren saber por qué? Porque en el fondo saben que yo tengo la jodida razón. Y no, no voy a pedirle una disculpa a ese necio luego de lo que hizo anoche. No tengo por qué hacerlo, el único imbécil aquí es él. Además, a mí no me importa si por hacer mi trabajo tengo que terminar como el malo de la historia de su estúpido cuentito de hadas. O si no, díganme: ¿creen que si de verdad me importara que sujetos como él me vean como 'el villano', tendría yo este oficio en primer lugar? ¿Lo creen? ¡Bah…!

—Creo que saldré un rato —dijo Migisuke, con repudio. Luego se dio la media vuelta y caminó rumbo a la salida.

—Yo también. —Paula se apresuró a tragarse lo que le quedaba de su cannolo y siguió al oficial a la puerta, no sin antes agarrar una bolsa colmada de estos singulares postres sicilianos. Tsugumi estuvo a punto de ir detrás de ellos, ya que no quería quedarse a solas con aquel sujeto. Pero…

—No, Seishirou, tú te quedas —le ordenó Oblivion—. Recuerda que al menos uno de ustedes debe quedarse en el departamento y vigilar que el idiota ése no intente escapar.

Tsugumi apretó los puños y gruñó por lo bajo. Tener que seguir las órdenes de ese infeliz pese a todo lo que le hizo a Raku, sólo por ser una pieza indispensable en el plan de rescate de la señorita Chitoge, le resultaba hastioso, humillante. Luego de lo acontecido aquella noche, hasta el respirar el mismo aire que él le provocaba náuseas.

—De acuerdo —le contestó tajante y de muy mala gana. Dando enormes zancadas, Tsugumi caminó hasta la puerta de la habitación donde tenían encerrado a Raku Ichijou y abrió el cerrojo con la copia de la llave que le habían asignado.

—Raku Ichijou… soy yo.

Verlo en ese estado tan depresivo le encogía el alma. En parte se sentía responsable, pues a final de cuentas ella había terminado acatando las órdenes de ese bastardo en lugar de ponerse de su lado, aún y cuando hace apenas un par de días se había comprometido a ayudarlo a buscar a la señorita Chitoge por su propia cuenta. Esa misma promesa que ahora ya no iba a poder cumplir le pasaba alta factura a su consciencia.

—Raku Ichijou —insistió—, por favor respóndeme.

—No te preocupes por mí, Tsugumi… estoy bien —dijo, aunque cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta de que era mentira—. Entiendo que no tenían opción. No es con ustedes con quien estoy molesto.

—Deberías por lo menos comer algo —dijo tras mirar su plato—. ¡Casi no has comido nada desde ayer!

—No tengo hambre.

—Si no te alimentas correctamente vas a sentirte débil. Tienes que tranquilizarte o…

—No voy a tranquilizarme, Tsugumi —aseguró con la voz a medio quebrar y estrujando con ansias la tela de su pantalón—. No voy a hacerlo hasta volver a ver a de nuevo Chitoge.

—Raku… Ichijou…

Tsugumi titubeó. Ella en el fondo se encontraba igual o peor de devastada que él. Se sentía una completa inútil que no había parado de cometer error tras error, echándolo todo a perder una y otra y otra vez. Lo primero fue el haber perdido toda la confianza que Chitoge alguna vez le tuvo, a causa de su propia falta de autocontrol. Después, cuando se le encomendó una importante y sencilla tarea: mantener alejado de la señorita a un simple y miserable hombre; orden que aún cuando el propio Claude se la había confiado creyendo en ella, terminó echando todo a perder gracias a un momento de duda y debilidad, todo por anteponer el aprecio de su señora por encima de su deber de mantenerla a salvo. Más adelante cometió la soberana, la imperdonable estupidez de abandonar por completo su puesto como vigilante, dándole así la oportunidad que el Sottocapo de los Benedetti necesitaba para asestar su golpe; todo por haber subestimado de nuevo la gravedad de la situación. Y ahora, una vez más, estaba ahí, siendo incapaz de cumplir con la promesa que le había hecho a Raku Ichijou, faltando nuevamente a su palabra, defraudando al hombre que más había confiado en ella. Se veía a sí misma como un enorme cúmulo de fracasos andante que no paraba de decepcionar, una tras otra, a todas y cada una de las personas que alguna vez confiaron en ella y la necesitaron. Decepcionó y le falló a la señorita Chitoge, decepcionó y le falló al señor Claude, se decepcionó y se falló a ella misma, y ahora también le había fallado a Raku Ichijou. ¿Hasta cuándo le seguirían saliendo mal las cosas? ¿Hasta cuándo la gente a su alrededor tendría que seguir sufriendo las secuelas de sus malas decisiones y sus desaciertos? Ver en tal condición a la persona que quizás era la que peor la ha pasado desde que todo comenzó, y que en su momento fue la que más firme se mantuvo pese a ello, completamente derrumbado y desesperanzado, sólo agravaban más sus sentimientos de culpa. Pero ahora más que nunca tenía que mantenerse firme si es que quería cumplir el juramento que se hizo a sí misma antes de partir a Sicilia.

"Date cuenta… date cuenta que, dependiendo de cómo se den las cosas, estos podrían ser los últimos días que podrás pasar al lado de ese hombre…"

"Paula… tú… ¿Qué es lo que se supone que tengo que hacer? Después de todo lo que ha pasado, ¿acaso aún tengo siquiera el derecho a sentir esto?"

Despacio se acercó y se sentó junto a él, adoptando la misma postura. Raku continuaba inerte, ensimismado. Tsugumi dejó pasar un buen de tiempo antes de decidirse a hablar:

—Raku Ichijou —susurró tan quedo que éste apenas pudo escucharla—, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Dime —le contestó, también en voz baja, justo cuando ella ya había dado por hecho que no le iba a responder.

—Tú… ¿amas a la señorita?

Esto sí que tomó por sorpresa al joven, tanto que dio un respingo, alzó la cabeza y volteó a mirarla.

—¿Pero qué me estás preguntando?

—Te pregunté si amas a la señorita Chitoge. Sé que ya te había hecho esta pregunta antes, sé que es ridículo que lo pregunte, pero quiero escucharlo de ti. Por favor, responde.

—P-pe-ro es que no entiendo por qué me estás preguntando eso tan de repente…

—No me preguntes eso. Sólo contéstame y ya. ¿Amas a la señorita Chitoge?

Raku casi por reflejo estuvo a punto de negarlo, pero justo antes de hacerlo se acordó de un importantísimo detalle:

"Es cierto, Tsugumi todo este tiempo ha creído que Chitoge y yo estábamos en una relación…"

Aquello le hizo sentir un poco de remordimiento, por el mero hecho de haberla estado engañando al igual que todos los demás. "Me pregunto si este será un buen momento para decirle la verdad —pensó—. Después de todo, en estos momentos ya no hay necesidad de seguir pretendiendo que… No, no es verdad. Hasta no saber cómo va a terminar todo, lo mejor será que deje las cosas tal y como están…"

—Así es. La amo.

Ni él mismo comprendió cómo fue que pudo decirlo así sin más, sin titubear, de esa manera tan natural. Como si no se hubiese tratado de una premeditada mentira.

—Ya veo. —Aunque ella tenía más que asumida que esa iba a ser la respuesta, tan sólo oírla de la voz de él fue suficiente para que su corazón se estrujara y sus ojos se llenasen de paño. Pero pese al dolor infligido, aquellas palabras eran lo que necesitaba para poder dar el siguiente paso—: Raku Ichijou, hay algo… hay algo que tienes que saber.

Raku se giró extrañado. Y entonces se dio cuenta que Tsugumi no sólo había comenzado a temblar mientras se aferraba con fuerza a sus rodillas, sino que además su rostro entero había enrojecido y parecía que le costaba respirar.

—Raku Ichijou —dijo entre dientes sin poder despegar la mirada del piso—, debes de saber que yo… ¡quiero que sepas que yo…! Que yo… que yo te…

Tsugumi sintió no uno, sino cientos de miles de nudos cerrando su garganta. La expresión de su cara tratando de vencerlos hizo boquear a Raku.

—T-tsugumi… ¿Qué es lo que…?

—¡YO TE ODIABA! —logró gritar al fin, apretando los ojos y haciendo una mueca semejante a la de quien acaba de escupir lo que la había estado asfixiando.

—¿Cómo?

—Yo te odiaba —repitió, bajando poco a poco la voz hasta el casi mudo volumen del inicio—. Al principio, cuando te conocí, yo te odiaba, Raku Ichijou. No sólo te detestaba, sino que te aborrecía con todas mis fuerzas, con todo mi ser. Estaba completamente convencida de que tus intenciones con la señorita no podían ser buenas; de que sólo la estabas engañando, de que sólo buscabas aprovecharte de ella, usarla para tus mezquinos propósitos. Porque así me lo dijeron, y así lo creí. De tan sólo imaginar que pudiera existir alguien así, dispuesto a jugar y aprovecharse de los sentimientos puros de la señorita... eso me hacía hervir la sangre como no tienes idea. Me daban unas fuertes ganas de aplastarte con mis propias manos, como a un insecto, a ti y a quien quiera que se atreviese a hacerle daño a la señorita. Por eso te odiaba, Raku Ichijou, porque en verdad creía que tú eras esa clase de hombre. Además, no podía imaginarme a alguien tan débil y patético como tú siendo capaz de proteger a la señorita, o siquiera ser digno de respirar el mismo aire que ella. Para mí tú eras la mayor de las escorias, una sabandija a la que debía de aplastar. Te odiaba tanto que… que si en ese entonces me hubieses dado una sola razón, te habría asesinado con mis propias manos. En ese tiempo nada me habría hecho más feliz que matarte. Porque te odiaba, Raku Ichijou. Yo… en verdad te odiaba.

—Ya veo —musitó Raku, un poco apesadumbrado por la rudeza, la poca delicadeza de ella al decirle esa clase de cosas. Aunque parte de lo que le había dicho ya lo sabía desde tiempo atrás, trató de aparentar que algo de la declaración de Tsugumi le había sorprendido.

—¡Pero…!

—¿Eh?

—Pero tú… a pesar de todo lo que te hice… —Al compás de estas palabras, Tsugumi comenzó a estremecerse—. A pesar de todo lo que te dije, de lo mal que te traté. Aunque yo misma te veía como a mi enemigo y siempre buscaba la manera de apartarte de la señorita. A pesar de que no lo merecía, tú siempre estuviste a mi lado, confiando en mí como si lo mereciera…

Era cómo si a Tsugumi el ir pronunciando cada oración se le dificultase el doble que la anterior. Raku advirtió esto y pensó por un momento en pedirle que se tomara las cosas con calma, pero no tuvo el valor de interrumpirla.

—Siempre fuiste amable conmigo y me ayudaste, a pesar de no merecerme tus atenciones. Creíste en mí y nunca me guardaste ningún rencor aún cuando yo no confiaba en ti, Raku Ichijou. Me aceptaste como a uno más de tus amigos pese a que yo por dentro seguía viéndote como mi enemigo. Me diste palabras de aliento, me mostraste la alegría de convivir con las personas a las que les importas y me enseñaste a confiar más en mí misma. Me protegiste a tu manera; incluso cuando te grité repetidas veces que no necesitaba tu ayuda, tú siempre me brindabas tu apoyo. Poco a poco me fuiste demostrando que yo estaba en un error, que tú no eras como me habían dicho que eras. Y me di cuenta que era imposible que alguien como tú le pudiese hacer daño a la señorita. De que tus sentimientos por ella son sinceros.

Raku pegó un respingo—. Bueno, yo…

—Es por eso que ahora estoy tranquila. Porque sé que puedo confiarte a la señorita. Porque ahora sé que mientras la señorita Chitoge esté contigo, ella será feliz y nunca le va a faltar nada. Me alegra... me alegra desde lo profundo de mi corazón que la señorita Chitoge haya tenido la dicha de conocer a alguien como tú, Raku Ichijou.

—Tsugumi, espera… yo... —Raku tuvo un extraño presentimiento, como si algo no anduviese bien—. Creo que deberías saber que en realidad Chitoge y yo…

—¡Y es por eso que no debes preocuparte por nada! —exclamó ella, interrumpiéndolo—. Porque pase lo que pase, te prometo que me voy a asegurar de que puedas traer a la señorita de regreso. ¡Te lo prometo! No debes tener dudas, ya que no existe manera alguna en la que la señorita sea capaz de abandonarte. Estoy segura que en estos momentos la señorita Chitoge debe estar igual de ansiosa que tú por verte de nuevo. No voy a darme por vencida, voy a luchar hasta que ustedes vuelvan a estar juntos. No me importa cuál sea el precio que deba pagar, si es necesario dar mi vida, la daré. Es lo menos que puedo hacer para compensarlos por todo lo que les hice pasar alguna vez.

—Tsugumi, ¡espera un momento! —Raku, alarmado, se acercó a ella—. ¿Qué estás tratando de decirme con todo esto?

—Sólo te pido un favor a cambio: que cuides mucho a la señorita. Yo sé que ella también debe amarte mucho, tanto como tú a ella, así que no tengas miedo. Nunca dudes de sus sentimientos por ti. Todo va a estar bien, Raku Ichijou, te lo aseguro. Y lo sé mejor que nadie porque… porque yo… —Hizo una breve pausa en la que sus labios se torcieron y su ceño se frunció, pero inmediatamente sustituyó aquella mueca de dolor por una cálida y transparente sonrisa, misma que tomó por sorpresa a Raku, el cual no se habría imaginado que alguien como ella era capaz de tener semejante mirada cargada de dulzura—, porque incluso alguien tan inútil para estas cosas como yo pudo apreciar el porqué ella se enamoró de ti.

Y acto seguido, sujetó con ambas manos el rostro del hombre a quien durante tanto tiempo había amado en secreto, y, sin darle siquiera tiempo de anticiparse a lo que iba a hacer, pasó a unir sus labios a los suyos, suavemente y de manera prolongada. Raku se quedó estático; incluso sus pensamientos parecían haberse congelado durante los instantes en que duró el beso. Cuando finalizó, Tsugumi se giró de inmediato en sentido opuesto. Ya no habló más; solamente se puso de pie y caminó a paso seguro hacia la salida, como si pretendiese que nada —fuera de lo común— acabara de ocurrir. Raku permaneció petrificado en su rincón, con la mente en cero y con una desencajada mueca de incredulidad.

—¡Más te vale que te olvides en este mismo instante de lo que acaba de pasar — Tsugumi se giró hacia él para ordenarle con la cara completamente bañada en rojo—, porque si se lo cuentas a alguien te voy a volar los sesos! ¡ME OISTE!

La estrepitosa voz de la sicario bastó para que Raku Ichijou al fin pudiera salir de su estado de trance—: ¿Qué? Espera un segundo… ¿QUEEÉ? ¡Espera un momento, Tsugumi! ¿Qué demonios se supone que significa esto? ¿Acaso…?

—¡Cállate! —Azotó la puerta con tanta fuerza que la habitación entera se estremeció.

Y Raku se quedó ahí, solo, confundido y con un sinfín de cosas en qué pensar, que ya ni supo por cual de todas empezar primero. Tocó sus labios con las yemas de los dedos, escéptico, preguntándose si lo que acababa de ocurrir no había sido un simple sueño.

—Ah… Tsunderes —exclamó Oblivion, con una sonrisilla perversa, mientras miraba atentamente al monitor. Luego le dio sorbito a la pajilla de su vaso con soda dietética y metió la mano en una enorme cubeta con palomitas de maíz que yacía en el piso, al lado de él—. Son tan… como decirlo… bipolares.

Se echó de golpe todo lo que le cupo en el puño a la boca y lo masticó ruidosamente. En ese momento se llegó a sentir un poco culpable por no haberle dicho ni a Tsugumi ni a nadie más que había instalado cámaras y micrófonos ocultos en todo el departamento como medida de seguridad desde antes de que ellos llegaran. Casi se atragantó cuando la sicario de ojos rojos caminó cerca del monitor. Por mero reflejo intentó tapar la pantalla con su cuerpo, pero Tsugumi ni siquiera había prestado atención a lo que hacía; solamente se pasó de largo hasta irse a encerrar en la habitación de las chicas. "Eso estuvo cerca —soltó un suspiro—. Un poco más y sería hombre muerto."

"Bueno, basta ya de juegos."

Lo mostrado en pantalla cambió y Oblivion se puso a teclear con velocidad demencial. "En un par de horas más habré terminado de recolectar toda la información que necesitaba —pensó—, el lugar en el que la señorita va a estar en el momento ya lo tengo confirmado y, detalles más detalles menos, ya tengo elaborado el boceto de nuestra estrategia a seguir. Es hora de reunirlos..."

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Aquella ciudad le parecía sumamente aburrida. La vida nocturna no era la gran cosa, y las mujeres tampoco. Además, eso de tener que pasar desapercibido, sin poder hacer nada, no era en lo absoluto su estilo. Ya faltaba poco para el evento que se suponía habían venido a sabotear y aún no recibían instrucciones. De esto y otras cosas más hablaban dos hombres de apariencia un tanto intimidante, sentados en la barra de un pequeño bar cercano al puerto. Justo se había decidido el más rudo de ellos a preguntarle a su compañero cuánto tiempo más iban a tener que estar así cuando de pronto el dispositivo móvil de uno de ellos vibró. Cuando el sujeto leyó el remitente, abrió mucho los ojos de emoción y le preguntó a su camarada si a él no le acababa de llegar el mismo mensaje. El otro sujeto sacó su celular y corroboró que a él también le había llegado el aviso, pero no se había dado cuenta por culpa del alto volumen de la música.

'No se les olvide venir para antes de las nueve de la mañana. Si pueden, lleven algo de bebida y una buena dotación de Cannoli.'

—Vaya, ya era hora —clamó uno de ellos, con una sonrisa, y pasó a beberse de un solo trago todo el contenido de su vaso.

—La fiesta ya está por comenzar, ¿eh?

—Sí, y nosotros vamos a ser los invitados especiales.

¿Dinero? ¿Poder? ¿Fama? ¿Salvar a su señora? no, lo único que motivaba a esos dos matones de 'La Colmena' era el tener la oportunidad de divertirse haciendo lo que mejor sabían hacer. Tener una razón para pelear y medirse con otros en medio del estruendo de los disparos y el olor a pólvora mezclada con sangre, por la mera y banal gloria de tener un rival a quien aplastar, era la mayor —y fidedigna— de sus motivaciones. Después de todo, ¿qué otra clase de gente aceptaría sin chistar participar en una misión suicida?