Capítulo XXII
—Chitoge… Chitoge —balbucía Raku Ichijou, en medio de agitados jadeos, con el poco aliento que le quedaba mientras corría al compás de sus atronadores pasos que rompían el silencio de la noche.
Llevaba ya bastantes cuadras recorridas pero ni así disminuía su paso; el joven se mantuvo corriendo tan rápido como su cuerpo al límite le permitió. La voluntad y la esperanza le daban toda la fuerza que necesitaba para no desfallecer. No había cupo en su mente para el agotamiento físico, la adrenalina de ello se hizo cargo. El dolor de sus músculos no significaba nada. Estaba tan decidido que ni siquiera reparó en todo lo que tuvo que rodear para llegar a donde Chitoge 'por el lado oeste': las manzanas a las cuales les dio casi una vuelta completa, las bardas que brincó con el peligro y pena de ser detenido por allanar lo que parecía ser el patio de un edificio histórico. "Ya falta poco… sólo un poco más" se daba aliento a sí mismo con estas palabras.
Todas las adversidades, todos los suplicios, todos los obstáculos, todo por lo que tuvo que pasar, todos los peligros sorteados, todos los favores recibidos de sus amigos… todo lo que sufrió para al fin poder reencontrarse con ella, se resumía ahora mismo a unos pocos metros más de distancia.
Su celular vibró.
"¡Raku Ichijou, ten mucho cuidado! No te acerques a la señorita hasta estar seguro que nadie peligroso se encuentre cerca de ella. Espera a mi señal" fueron las instrucciones que recibió de Tsugumi, o eso entendió. En realidad, ni le había prestado la atención debida a esa última llamada. Estaba casi cien por ciento poseído por las ansias de ver a Chitoge de nuevo. Tanto así que de seguro terminaría cometiendo alguna insensatez que lo obligaría a escapar a toda velocidad con ella mientras Tsugumi se veía obligada a intervenir. ¿Pero qué importa? En cuanto pudiera llevarse a Chitoge con él, todo lo demás iba estar bien. Aquí y ahora, el fin sí justifica los medios.
Brincó un último obstáculo: un enorme muro que dividía el castillo de Zisa y sus alrededores con el vasto jardín de enfrente, el cual fungía como una especie de parque público y acceso a la entrada del palacio. Oyó unos fuertes gritos. "¡Es la voz de Chitoge!" Su corazón retumbó contra su pecho, y fue quizá gracias a eso que el juicio y sensatez volvieron a él, lo suficiente para que calmase su escandaloso trote. Pegó su espalda al muro y se acercó de puntillas, despacio y con sigilo, al lugar dónde provenía el quilombo.
"Quizás debería llamar primero a Tsugumi." Tomó su celular y tocó la pantalla, pero los gritos, cada vez más agudos y agresivos reclamaron su atención. Se ocultó en uno de los muchos accesos que había a lo largo del mural, diseñados como una especie de túneles que daban paso a los turistas al museo, y, despacio, asomó el rostro en dirección al frente del pórtico, justo arriba de donde yacía el estanque central del jardín.
Sus pupilas se dilataron al reconocer a esos tres personajes.
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—Chitoge, ya fue suficiente. Nos vamos de aquí ahora mismo.
Tiró de su hija con mano firme. Chitoge boqueó. Fue arrastrada unos cuantos pasos, pero una vez que la conmoción se le pasó, puso resistencia.
—¡No, mamá! —forcejeó hasta zafarse—. ¿Qué haces? ¡Para ya!
—¿Te das cuenta de lo que estás por hacer, Chitoge? —le reclamó una autoritaria Hana—. No voy a permitir que sigas más con esto. Te vienes conmigo a América ahora mismo.
Trató de sujetarla otra vez del brazo pero Chitoge no se lo permitió y corrió a buscar refugio a las espaldas de Maximiliano.
—¡Por favor, mamá, ya no sigas! —rogó con la voz a medio quebrarse y los ojos vidriosos. Se veía tan asustada y alterada—. ¡Déjame!
—Me temo, señora —intervino Max—, que eso no va a ser posible. Como ya sabrá, Chitoge se quedará a vivir conmigo. Pero pierda cuidado, le prometo que en cuanto tengamos tiempo, haremos todo lo posible por ir a visitarla al menos una vez al…
—¿Y a ti quién te dijo que podías hablar, gusano? —le gritó Hana al italiano. Si con su hija su semblante era el de alguien intransigente y muy enfadado, hacia él era algo repleto de total y absoluto desprecio y repugno—. Más te vale que me entregues en este mismo instante a mi hija. No pienso permitir que sigas haciéndole más daño ¡Y no me importa si para ello te tengo que aplastar como la vil sabandija que eres!
—¡Mamá, ya basta! —insistió Chitoge—. ¡Déjalo en paz, por favor…!
—Chitoge —Max le hizo un ademán con la mirada; ella entendió el mensaje y guardó silencio. Luego se dirigió hacia Hana—: Es una verdadera lástima que a estas alturas usted tenga esta actitud hacia conmigo, señora. Mi pobre abuelo, no tiene usted idea de lo ilusionado que está con la idea de que va a emparentar con usted y con Adelt. No quisiera tener que imaginar lo triste que se pondría si se llegase a enterar de su renuencia.
—Ya déjate de juegos —respondió la empoderada mujer— y escúchame muy bien, mocoso insolente: Desiste ahora que aún estás a tiempo. Si es que en algo valoras tu insignificante vida, más te vale que en este mismo instante me entregues a Chitoge. Hazlo, y si tienes algo de suerte, quizá tengas la dicha de que me apiade aunque sea un poco de tu patético ser, y no presente demasiadas represalias a futuro por tus insolencias. No es una amenaza, mocoso estúpido, es un consejo que te conviene le hagas caso.
—No sé qué clase de injurias le hayan dicho ni qué precepto tenga usted de mí, señora, pero me temo que usted está malinterpretando las cosas. Yo quiero a su hija, y su hija corresponde a mis sentimientos de igual manera. Mis intenciones hacia ella son legítimas y es por esto mismo que pedí formalmente su mano a Adelt, aún a sabiendas de que ustedes dos en un principio no confiarían en mí. Sin embargo, a pesar de ello, Chitoge aceptó mi propuesta encantada, de tal modo que inclusive Adelt no tuvo más remedio que aceptar y darnos su consentimiento. Es por eso mismo que nosotros vamos a casarnos. En parte puedo entender el porqué de su recelo y su desconfianza, pero tiene que confiar en mí. Le juro, por la Santa Madre de Jesucristo, que velaré hoy, mañana y siempre por la felicidad de su hija. Tenga por seguro que a Chitoge nunca le va a faltar nada mientras esté conmigo. Así que, por favor, concédame su voto de confianza, deme su bendición y la oportunidad de demostrar que…
—¡Ya deja el maldito teatro! —resopló la cada vez más furiosa mujer, quien no parecía dispuesta a dejarse embaucar ante tan pomposa y vacía actuación—. No quiero oír más tu sarta de sandeces. Ni Adelt ni yo jamás permitiremos que Chitoge caiga en las garras de una escoria como tú.
—¡Mamá —gritó desesperada Chitoge, sin soltarse de Max—, él dice la verdad! Papá está de acuerdo con esto. Por favor, déjame. No hagas esto más difícil de lo que ya…
—¡Guarda silenció, Chitoge! —ordenó Hana. Chitoge se encogió de hombros—. ¿Es que acaso no estás consciente de lo que haces? ¿En verdad estás dispuesta a echar a perder tu vida juntándote con una basura como él?
Maximiliano contuvo una risilla—. Con todo respeto, señora, pero me parece de lo más irónico que sea usted quien critique la decisión de su hija. La persona que usted eligió como su marido no es precisamente el mejor de los ejemplos.
—¡Cállate, sinvergüenza! ¡Te dije que no quiero que hables!
—Entonces dígame una cosa: si su esposo y yo nos dedicamos al mismo oficio, ¿qué hay de malo con eso? Si Chitoge quiere estar conmigo, ¿entonces qué más da? Si ella ya está acostumbrada a vivir en este ambiente, ¿cuál es el problema? ¿Quién mejor que yo la va a comprender y aceptar? Como dije antes, no tiene que preocuparse por nada. Yo siempre cuidaré de ella. Nadie, absolutamente nadie le va a tocar un solo pelo mientras yo viva, eso se lo garantizo. Por favor, le ruego que se olvide de los malos entendidos y nos brinde el honor de asistir a nuestra boda. Eso significaría muchísimo para Chitoge, para mí y para mi abuelo.
—Estás jugando con fuego, niño estúpido. Si te diera un poco más el cerebro, sabrías que tu estúpido jueguito no va a soportar por mucho más tiempo. Mientras más te aferres a él, más te hundirás una vez que todo se empiece a desmoronar por su propio peso. Y cuando por fin te hayas dado cuenta de que no existe ningún futuro para ti, será demasiado tarde. Ya no habrá lugar para el arrepentimiento. Vas a caer, maldito gusano, y nada me va a dar más placer que ser yo misma la que te empuje hacia la tumba que tú mismo te has cavado. Te veré arrastrándote en el fango y la miseria que tú mismo has sembrado; y te lamentarás el no haberte echado hacia atrás cuando aún tenías la oportunidad de hacerlo.
—Yo jamás me he arrepentido de ninguna de mis decisiones, ni mucho menos me he llegado a lamentar por ellas —contestó él, conservando la calma—. Y no voy a comenzar ahora. Una vez que decido mi camino, ya no hay vuelta hacia atrás. Esa siempre ha sido y será mi manera de vivir.
—Y yo que quería darte una última oportunidad. —Hana caminó desafiante hacia su hija, quien aún se refugiaba tras la espalda de su captor.
Sus escoltas, los cuales aguardaban por su señal en las orillas de los jardines, se acercaron ordenadamente y a paso seguro hasta rodear el escenario. No obstante, los hombres que Maximiliano había traído consigo a la plaza, y que aguardaban por él en la zona sur del parque, se movilizaron de inmediato en respuesta. Estos, a quienes se les unieron los que la propia Chitoge había llevado consigo, e incluso los propios soldati del regime de su tío, dejaron en claro que la ventaja numérica ya no le pertenecía a Hana. Los alrededores del estanque se vieron arremetidos por decenas de matones y guardaespaldas esperando a la menor provocación para entrar en acción.
Raku escuchaba todo sin entender una sola palabra de lo que hablaban; no obstante, toda la escena se explicaba sola. Se debatía entre si salir de su escondite y encarar a Chitoge y al resto, o esperar como le había recomendado Tsugumi. Algo terrible estaba a punto de suceder y su intervención poco o nada aportaría, de eso estaba seguro. Miró su celular: hace unos momentos había llamado a Tsugumi, pero ella aún no contestaba. Deseaba consultarla antes de tomar una decisión. Se preguntó qué estaría haciendo ella en estos momentos tan tensos y si no le había pasado algo malo. Se suponía que la sicario les abriría a Chitoge y a él una apertura con una distracción, pero ya había pasado mucho tiempo y había demasiada gente alrededor de Chitoge. Estaría en serios aprietos si alguien que no debiera lo descubriese. Todo lo que podía hacer ahora era mantenerse a salvo y confiar en Hana.
—Por lo que veo no tengo otra opción —sentenció la intransigente madre. Conforme fue acercándose a su hija, comenzó a elevar el brazo derecho.
Sus hombres conocían ese ademán a la perfección, por lo que se prepararon para actuar a su señal. Pero justo cuando Hana estuvo a una nada de dar la orden, Chitoge dejó de esconderse detrás de Max y corrió como un bólido a sujetar su mano.
—¡YA BASTA! —le ordenó a todo pulmón, esta vez en el idioma japonés.
Raku abrió sus ojos como platos.
—¡Te dije que lo dejes en paz! —gritó Chitoge—. ¿Quién te dijo que vinieras por mí en primer lugar? Grábatelo en tu cabeza: ¡No voy a venir contigo ni con nadie! ¡Me voy a quedar aquí y eso no va a cambiar nunca! ¿Lo entiendes?
"Chi… ¿Chitoge…?" A Raku le abandonó el aliento. A partir de ese instante, fue como si su mente hubiese quedado en blanco.
—¿Qué te importa si me voy a casar con Max —prosiguió ella—, o si según tú estoy echando a perder mi vida? ¡Es muy mi vida y puedo hacer con ella lo que se me pegue la regalada gana! Grábatelo de una vez: esto es lo que quiero y voy a hacer, y nada ni nadie va a hacer que cambie mi decisión. No me importa lo que tú y Papá piensen de mí o de Max, yo no necesito que nadie venga a 'salvarme' de nada. Si voy a casarme con él es porque eso es lo que quiero, nada me está obligando a hacerlo. Tú, por el contrario, viniste hasta aquí sólo para obligarme a que me vaya contigo. No pierdas tu tiempo, porque no lo voy a hacer. Si te atreves a llevarme por la fuerza o le haces algo malo a Max, ¡entonces yo jamás te perdonaré mientras viva! ¡Te odiaré por siempre! Y aún si lo hicieses, no te va a servir de nada, porque yo me escaparé cuantas veces sea necesario. Nunca será capaz de contenerme. ¿Me oíste? ¡Nunca!
»Dime por qué vienes ahora a querértelas dar de una buena madre después de todos estos años en los que me dejaste sola. Si de verdad te importo tanto, ¿en dónde estuviste cuándo Max vino a Japón? ¿Por qué no te apareciste ni hiciste nada hasta el día de hoy? ¿Eh? ¡Lárgate! ¡Déjame sola! ¡Si no vas a aceptar mi decisión entonces no quiero volver a verte jamás! ¡No vuelvas a pararte aquí! ¡Lo único que sabes hacer es traerme más problemas! ¡Déjanos tranquilos! ¡No te atrevas a armar un escándalo! ¡VETE Y DÉJAME TRANQUILA! ¡VETE! ¡VETE Y NO VUELVAS NUNCA!
Raku estaba patidifuso; con la mandíbula venida abajo, la boca seca y la mirada desencajada. Le temblaban las rodillas y su mano, que apenas y le quedaba fuerza para sostener el teléfono móvil. Daba la impresión de que un momento a otro se desplomaría al piso.
Hana contempló en silencio el rostro de su hija. Detrás de ese seño fruncido, del mohín de cólera dibujado en la curvatura de su boca, y su mirada hostil, yacían unos ojos llenos hasta el tope de lágrimas, que luchaban desesperadamente por que éstas no se escaparan y rodasen por sus aterciopeladas mejillas. El rímel de sus pestañas se aglutinaba manchando sus párpados.
—Ya escuchó a su hija —dijo Maximiliano, quien se acercó a Chitoge—. Por favor, le ruego que ya no siga más con esto. No haga que esto se vuelva más difícil para Chitoge. Si así le parece, más adelante, en un momento más oportuno que este, hablaremos de esto con más calma.
Hana le dedicó lo que quizás haya sido la mirada más despectiva y cargada de odio de toda su vida.
—Du wirst mit deinem Blut bezahlen, für alle Tränen von meiner tochter —sentenció la poderosa mujer.
—Ich bin immer bereit zu zahlen für all —respondió el italiano.
Hana se dio la media vuelta y ordenó con un chasquido de dedos a sus hombres la retirada.
Max la miró alejarse. Aunque todo había quedado al fin en silencio, la tensión de la atmósfera no se disipaba. Pese a su arraigado hábito de mantener el porte y la etiqueta ante cualquier situación, no pudo evitar exhalar un seco y pronunciado suspiro. Deslizó por su frente las yemas de sus dedos. Palpó y contempló atónito el brillo de todo el sudor que se había juntado en su rostro abochornado.
"¿Habré sentido alguna vez tanta presión?" se preguntó en sus adentros, un poco furioso consigo mismo. No halló la respuesta.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Chitoge, pues aunque Max procuraba demostrar serenidad, la palidez de su rostro lo delataba.
—Eso creo —respondió pausadamente—. Aunque tengo que admitir que por unos momentos tu madre logró convencerme de que en verdad trataría de llevarte consigo a la fuerza aquí y ahora. Eso me preocupó. Pero tanto ella como yo sabemos que hacer algo como eso habría sido una completa estupidez.
—Menos mal que ya pasó —musitó cabizbaja.
—No, en eso te equivocas.
—¿Qué?
—Ella no se ha dado por vencida, lo vi en sus ojos. Sólo se retiró de momento, pero volverá. Deberé estar atento a su siguiente movimiento. Tu madre no va a descansar hasta haberme separado de ti.
—¡No, eso jamás! —Chitoge se lanzó al pecho de Maximiliano y lo envolvió en un abrazo. Derramó sobre su traje las lágrimas que hasta ese momento había contenido—. No importa quién venga, ni lo que digan. No voy a abandonarte jamás. Así que, por favor, deja de preocuparte. Yo misma haré que mi madre desista. Te lo prometo.
—Muchas gracias, Chitoge. Gracias por todo tu apoyo.
El leve, casi imperceptible sonido de un pequeño objeto estrellándose en el piso llegó a los oídos de la joven. No le prestó mucha atención, no hasta que una serie de ruidos más toscos en el mismo sitio le siguieron.
—¿Pasa algo? —Preguntó Maximiliano al ver cómo ella alzaba su rostro y se giraba en dirección a una de las arcadas del murallón.
—Creí haber escuchado algo.
—Yo también lo escuché, mi señor —pronunció Karen, quien a paso rápido se acercó de inmediato a aquel rincón.
El lugar estaba vacío. En el otro extremo del túnel había un pequeño barandal al que a nadie le costaría mucho esfuerzo saltarse, que conectaba a un angosto callejón que rodeaba los límites del palacio de Zisa. La callejuela que había en el otro extremo también estaba vacía.
La guardaespaldas estuvo a punto de retirarse cuando miró hacia abajo y se encontró, tirado en el suelo, un celular con el monitor encendido. Agudizó su oído hasta escuchar con claridad lo que decía aquella fémina voz que no paraba de gritar desde la bocina:
"¡Raku Ichijou, respóndeme! ¿Dónde te encuentras? ¡Raku Ichijou! ¡Raku Ichijou…!"
—Tú… —susurró la fría mujer, quien al instante había reconocido esa voz junto al nombre de por quien clamaba.
—Karen, ¿encontraste algo? —preguntó Maximiliano desde la lejanía.
La guardaespaldas titubeó por una fracción de segundo.
—No, mi señor, no es nada. —Aplastó con el talón de su zapato el aparato, hasta hacerlo crujir—. Sólo es un montón de basura que algún perro callejero tumbó al salir corriendo.
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—Elisabetta, ¿Quieres que te lea un cuento antes de dormir?
La jovencilla se acababa de poner su camisola de dormir. El agua calientita del baño le había sentado de maravilla y quería aprovechar esa placentera sensación de relajamiento durmiendo como un tronco. Levantó de la silla a su adorada muñeca, a quien despojó con cuidado de sus prendas para pasar a ponerle una bonita pijama de seda. Cuando hubo terminado de cambiarla, se puso a peinar su dorada y risada melena con un cepillito.
(Preferiría que no lo hicieras.)
La jovencilla rió—. Eres muy graciosa. Anda, que el señor que me lo vendió me dijo que ya no los imprimían desde hace muchos años, y que encontrar una copia es muy difícil hoy en día.
(¿Pero qué me cuentas a mí, si yo estaba presente cuando lo compraste?)
Echó otra risilla. Sacó del buró el susodicho libro, que por la apariencia de su portada se veía que ya estaba algo viejo, y se trepó a la cama. Sentó a Elisabetta entre sus piernas y abrió el cuento en la primera página.
—¿Qué? No puede ser, está en chino. —Hizo un puchero inflando las mejillas.
(Está en japonés, de hecho.)
Decepcionada, se levantó de la cama y se acercó a la ventanilla del camarote. Miró, a través del cristal, la incesante lluvia que arremetía contra las turbulentas olas del mar, en medio de una oscuridad que no le dejaba ver más allá de unos cuantos metros de la borda del crucero. Y se preguntó, en voz alta, cuánto tiempo faltaría aún para llegar a tierra firme.
(¿Ya no lo recuerdas? Mañana en la mañana ya habremos llegado.)
—Menos mal —le dijo un poco triste a su muñeca—. Ya estaba empezando a aburrirme.
Un semblante melancólico poseyó el rostro de la jovencilla. El viaje le había parecido en demasía largo y tedioso; más para alguien como ella, quien detesta tener que pasar el tiempo en soledad, aun si Elisabetta siempre estaba ahí para brindarle compañía.
(¿Sabes? Si lo deseas, yo puedo traducirte ese cuento. El libro fue escrito para los niños pequeños y sé un poco de japonés.)
—¿Lo dices en serio? —Emocionada, alzó a su muñeca y dio vueltas y brinquitos—. ¡Yuuupi! ¡Eres increíble, Elisabetta!
(No tienes remedio…)
Regresó a la cama y tomó de vuelta el libro. Sujetó el brazo de su muñeca y la hizo señalar, uno por uno, con su pequeña manita de porcelana, los caracteres en hiragana que acompañaban a cada una de las ilustraciones.
C'erano una volta, in un luogo lontano due regni…
La tempestad que había afuera del crucero continuaría durante toda la noche, recia y pesada. No era nada grave que no se pudiera sortear en las manos expertas de un equipo de experimentados marineros, pero ciertamente nadie habría querido estar en esos momentos en cubierta; no por gusto propio.
Il principe e la principessa di questi due regni eran grandi amici. I due giurarono di sposarsi una volta cresciuti.
Dicha tromba se explayaba hasta llegar a tierra firme, en dónde se manifestaba en forma de un chubasco pesado y rígido, abundante. De esos en los que en menos de un segundo dejan empapado de cabo a rabo a un hombre; sin mucho viento. La gran, gran mayoría de los habitantes de Palermo se hallaban ya refugiados en sus respectivas casas. Por las calles no había un solo ruido que no fuese el de las pesadas gotas estrellándose sin cesar contra el pavimento.
Ma un giorno, si scatenò una guerra fra i due regni. E i due vennero separati.
Probablemente fue por ello que nadie, absolutamente nadie, se percató de la presencia de una persona, que corría sin descanso en medio del chubasco y sin un rumbo fijo.
Il giorno in cui si dovettero dividere, la principessa disse: "'Zawsze in love'. Tu terrai il 'lucchetto', io la 'chiave'. Teniamoli sempre stretti a noi. Quando ci rincontreremo, recupereremo il contenuto del lucchetto grazie alla chiave, e vivremo per sempre felici e contenti."
"¿Por qué estoy corriendo? ¿Por qué no puedo parar?" Se preguntaba una y otra vez la pobre alma en pena. El peso de su ropa mojada, los enormes charcos y el azote de la lluvia, que parecía que trataba de aplastarlo contra el asfalto, volvían su andar el doble o triple de fatigoso de lo normal. Le quemaba el aire frío que respiraba al jadear con desafuero.
I due chiusero un tesoro nel medaglione, giurarono di rivedersi, e andarono per la loro strada.
Aunque todas estas palabras habían sido dichas a Hana, fue como si él se hubiese visto a sí mismo recibiéndolas directamente. No sólo había sido un espectador oculto, sintió como si Chitoge se lo hubiese gritado todo realmente a él; se dio cuenta que el mensaje de hecho sí iba dirigido a él. La voz de ella y la de sus amigos revoloteaban dentro de su cabeza, a punto de estallar.
O due, una volta separati, avevano forte nostalgia l'uno dell'altro. Non riuscendo a sopportarlo, il principe comincio a correre.
"—¿Quién te dijo que vinieras por mí en primer lugar? Grábatelo en tu cabeza: ¡No voy a venir contigo ni con nadie! ¡Me voy a quedar aquí y eso no va a cambiar nunca! ¿Lo entiendes?"
"—Aún si lograras llegar hasta ella y le cuestionas sobre su decisión hasta saciarte, y descubres que en verdad la señorita quiere esto, ¿qué vas a hacer después? ¿Vas a obligarla a que regrese contigo?"
"—¡Es muy mi vida y puedo hacer con ella lo que se me pegue la regalada gana! Grábatelo de una vez: esto es lo quiero y voy a hacer, y nada ni nadie va a hacer que cambie mi decisión."
Per montagne e pianure, il principe corse dalla principessa.
"—Si ellos dos van a casarse, es por que la misma Chitoge decidió por voluntad propia aceptar su propuesta. De otra manera, conociendo a Adelt, él jamás habría permitido semejante atropello."
"—…yo no necesito que nadie venga a 'salvarme' de nada. Si voy a casarme con él es porque eso es lo que quiero, nada me está obligando a hacerlo. …"
"—Raku-sama, usted sólo quiere creer eso porque no puede soportar la idea de que Kirisaki-san le ha dejado, y le resulta más cómodo creer que es una mentira que resignarse. No quiere aceptar que ella lo abandonó. No quiere aceptar que usted nunca le importó."
"—Si te atreves a llevarme por la fuerza o le haces algo malo a Max, ¡entonces yo jamás te perdonaré mientras viva! ¡Te odiaré por siempre! Y aún si lo hicieses, no te va a servir de nada, porque yo me escaparé cuantas veces sea necesario…"
Ma cosa successe? Un'enorme porta apparve dinnanzi al príncipe. C'era un lucchetto ad adornare la porta. Il principe era molto agitato.
"—…¿qué es lo que hará cuando vaya y la vea feliz, al lado de esa persona, y le diga que nunca debió haber venido? ¿Qué es lo que hará si ella lo vuelve a despreciar y humillar? ¿En verdad vale la pena?"
"—¡Si no vas a aceptar mi decisión entonces no quiero volver a verte jamás! ¡No vuelvas a pararte aquí!"
"—Hay muchas, demasiadas cosas en riesgo para que todo se eche a perder por los actos impulsivos y estúpidos de un niño llorón y berrinchudo que ni siquiera fue capaz de evitar que su novia se largara con otro hombre."
"—¡Lo único que sabes hacer es traerme más problemas! ¡Déjanos tranquilos! ¡No te atrevas a armar un escándalo! ¡VETE Y DÉJAME TRANQUILA! ¡VETE! ¡VETE Y NO VUELVAS NUNCA!"
Ma tutt'ad un tratto, apparve una ragazza con una chiave. "Oh cielo, sembri essere bloccato. Ti aiuterò." Mentre proferiva queste parole, inserì la chiave nel lucchetto…
El suelo resbaloso, los profundos charcos y las corrientes de agua que se arremolinaban cerca de los alcantarillados lo hicieron caer una vez tras otra. Se arrastró, se llenó de fango piernas y brazos; se levantó y siguió corriendo. Cualquiera que lo hubiese visto pensaría que se estaba dando a la fuga de un peligro, que huía desesperadamente.
Y algo de verdad había en ello. Pues hubo alguien que se la pasó tratando de encontrarlo durante toda la madrugada, sin éxito.
—¡Raku Ichijou! —gritaba Tsugumi, sin conseguir respuesta. La falta de visibilidad, el agua torrencial que arrastraba con ella toda huella y rastro que él pudiera dejar, el no tener la menor idea de qué dirección había tomado, y el considerable lapso de tiempo que transcurrió antes de que al fin pudiera acercarse al parque, en donde ya no encontró más pista que su teléfono móvil hecho añicos, le hicieron imposible la tarea de dar con su paradero.
Il principe continua la sua corsa. La distanza che lo separa dalla principessa diminuisce sempre più, tuttavia…
'Soy… un estúpido' se repetía él sin cesar, al principio en sus adentros, luego susurrándolo y, finalmente, gritándolo como un poseso hasta irritar su garganta. El ruido constante y abrumador de la lluvia acallaba sus alaridos, por lo que estos pasaron inadvertidos.
—¡Estúpido! ¡Estúpido…!
Se metió a un estrecho callejón el cual resultó no tener salida. Sólo así se vio obligado a detenerse. Agarró de trompadas al muro, desquitando una minúscula parte de todo su dolor en él. Golpeó y golpeó con demasiadas fuerzas, hasta que la sangre fluyó a borbotones de sus nudillos, entremezclándose con el agua de lluvia.
'¡ERES UN ESTÚPIDO!'
—Pero qué final tan triste —musitó despacio la jovencilla en voz baja, luego de haber visto las últimas páginas—… Es un final de verdad muy triste. Elisabetta, ¿Estás segura que eso dice?
Movió con cuidado la cabeza de su muñeca de tal modo que dio la impresión de que ésta le había asentido.
(No hay duda, lo dice muy claro.)
—Ya veo.
Guardó el libro de cuentos de vuelta en el buró. Se metió entre la frazada de la cama junto con Elisabetta y apagó la lámpara. Se quedó meditando, con la mirada hacia el techo.
—No me gustó ese final. ¿Sabes? Creo que alguien debería cambiárselo.
