Capítulo XXIV

Dos rudos sujetos, de quienes el más joven daba la impresión de ser apenas un recién iniciado en el mundo del Cosa Nostra, deambulaban por los extensos pasillos del quinto piso. Conversaban de cosas triviales y una que otra relacionada al gran evento que habría el día de mañana. Cuando pasaron cerca de la entrada al salón de banquetes, uno de ellos —el de menor edad—, fuertemente atraído por lo que lo que sus ojos alcanzaron a entrever por el rabillo de la puerta a medio cerrar, decidió darle una pequeña asomada al recinto. Su compañero, sin más remedio, lo acompañó.

—Pero mira nada más —exclamó el novato al ver todas esas mesas elegantemente ataviadas con manteles blancos, decoradas con servilletas dobladas y centros de mesa de bellísimos arreglos florales, listas para el gran banquete de mañana; el centro del salón despejado, ideal para servir como pista de baile a los invitados; listones dorados y blancos que engalanaban a lo largo y ancho los muros; y el estrado al otro extremo de la sala, que de seguro habría de ser ocupado por músicos, con los instrumentos y todo lo necesario para deleitar con bellas melodías colocados de antemano—. Me pregunto cuánta gente va a venir. Es una lástima que nosotros no hayamos sido invitados, ¿no lo crees? —agregó burlescamente y echándose a reír, con un dejo que oscilaba entre lo irónico y lo apesadumbrado.

—No sabía que te gustaban ese tipo de fiestas tan insípidas —le respondió su maduro compañero, con un gesto medio arisco—. No te desanimes, muchacho, escuché que los otros están organizando una fiesta en el sótano para que nosotros podamos celebrar a nuestro estilo. ¿Qué te parece?

—¿En serio?

—Sí —asintió meneando la cabeza—…, o bueno, eso fue lo que me han dicho. ¡Ya verás que buena fiesta, muchacho! No como esas aburridas reuniones de etiqueta de los aristócratas, llena de protocolos absurdos y modales falsos y cansinos. Una verdadera fiesta se hace a base de mujeres, alcohol y buena música.

—Pero… ¿crees que el señor estará de acuerdo con que hagamos algo como eso al mismo tiempo que la recepción de su boda?

—De eso ya no sé nada. Pero supongo que mientras no molestemos a sus invitados, ¿por qué no? De todos modos, él va a estar demasiado ocupado como para darse cuenta, ¿no lo crees?

Y de repente, todas las luces del salón se apagaron, dejando el ambiente tan sumido en las tinieblas que aquellos dos sujetos apenas y podían ver a un metro o menos más allá de sus narices.

—¿Qué demonios pasó? —El de apariencia menos tosca, por mero reflejo, sacó una pistola de su saco.

—Tranquilo, Tony, de seguro sólo fue un apagón.

—Pero…

—En unos segundos los generadores de emergencia se activarán. Mira:

Dicho y hecho, las luces de los candelabros artificiales se encendieron de nuevo, y la enorme sala volvió a lucir radiante, como el fabuloso lugar de ensueño, listo para albergar a una infinidad de distinguidos invitados de honor, que era.

—¿Lo ves, Tony? ¿Qué te dije?

Se apresuraron a regresar a su ronda, no fuera que algún superior los encontrase ocioseando y se los reprendiese. Pero al cabo de unos momentos, las luces del pasillo se apagaron de nuevo.

—¿Qué? ¿Otra vez?

—¿Qué estará pasando?

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Era una tranquila noche —un poco fría eso sí—, al igual que todas las noches anteriores a ésta. Al viejo y curtido sicario no le cabía duda que el puesto de vigía era el más aburrido de todos los puestos. No obstante, no podía quejarse; pues la tranquilidad y la falta de esfuerzo que conlleva susodicha tarea recompensaban con creces el hastío. Por otro lado, en aquel balcón —ubicado en lo más alto de una de las cuatro torres de la mansión—, la vista de la ciudad, e incluso la del bello mar, era maravillosa. Le resultaba imposible no desviar la vista de vez en cuando para curiosear con sus binoculares en las rimbombantes luces de la vida nocturna de la ciudad, aún cuando sus ojos deberían estarse dedicando de lleno a inspeccionar los alrededores de la residencia. Volteó a mirar a su compañero, quien se hallaba en el balcón de la torre del otro extremo de la mansión. Éste no lucía ni más atento ni menos aburrido que él. El mafioso cabeceó y echó un pronunciado bostezo. Su consuelo era que cada vez faltaba menos para que por fin se diera el relevo de puesto.

Regresó su vista a las cercanías de la propiedad y, entonces, se percató de la inusitada presencia de un vehículo, el cual se dirigía rápidamente a campo traviesa a la residencia. A juzgar por la endemoniada velocidad a la que iba, al energúmeno coche no le llevaría ni medio minuto llegar.

Tomó su radio. Y se estrelló con la sorpresa de que la señal de su aparato estaba muerta. Se volteó hacia su compañero y, a base de señas, le preguntó si su radio funcionaba y si él también veía al vehículo invasor. Éste le respondió que no y que sí respectivamente.

—¡Mierda! Frank, tenemos que avisar a los demás —gritó a todo pulmón. Su compañero, a más de ciento veinte metros de distancia, asintió.

Pero justo cuando se disponía a entrar a la torre, vio cómo su camarada se desplomaba desde su balcón. No tuvo ni tiempo de sentir confusión o pánico, pues un segundo después, una bala perforó su pecho haciéndolo caer inconsciente.

—Los vigías han sido neutralizados con éxito —informó uno de los francotiradores, que yacía oculto entre los arbustos de una colina a cientos de metros de la propiedad.

Oblivion, quien se hallaba sentado en el suelo frente a un enorme monitor, a mitad de una oscura habitación lejos de todo el quilombo, con una humeante taza de café con leche a su costado y unos auriculares con micrófono integrado en su cabeza, esbozó una perniciosa sonrisa y contestó con un seco: 'Perfecto'.

Después, sin dejar de observar muy atento la imagen en vivo de la cámara frontal de la furgoneta, acercó su dedo índice al teclado de su ordenador. En el momento que el vehículo entró a la zona preestablecida, presionó la tecla Enter.

Y en el acto, las luces de las incontables ventanas de la mansión Benedetti, que a cada segundo se divisaba más y más cercana, junto a todas las lámparas que alumbraban el camino y sus alrededores, se apagaron. El conductor de la furgoneta aceleró aún más; las llantas del vehículo rechinaron, humearon y dejaron sus marcas estampadas sobre el pavimento.

—Dicen que el crimen no paga. Supongo entonces que llegó la hora de cortarles el servicio de electricidad —murmuró el extravagante hacker, con un dejillo irónico y burlesco.

Había unos cuantos hombres de honor custodiando la entrada a la mansión. No tuvieron tiempo suficiente para hacer un comentario referente al repentino apagón, pues un extraño objeto del tamaño de una pelota de beisbol cayó del cielo, a unos pocos metros del pórtico. Dicho artilugio, apenas tocó tierra, estalló, liberando una ráfaga de luz cegadora. Los sicarios se llevaron las manos al rostro y sacudieron la cabeza.

—¿Qué demonios fue eso? —gritó furioso uno de ellos.

Intuyeron que esto sólo podía significar una cosa: emboscada, y rápidamente blandieron sus armas en lo que uno de ellos se dispuso a alertar a los demás por radio. Pero al tomarlo, se percató de que éste se había chamuscado desde adentro. Se sentía caliente al tacto, olía mucho a quemado, e inclusive humeaba. ¡Qué calamidad tan más extraña! El hombre escupió una maldición y arrojó al suelo el ahora estropeado aparato.

—¡Miren eso! —gritó el de en frente.

No muy lejos, en medio del oscuro sendero, se alcanzaba a divisar un coche que, aproximándose a gran velocidad y con el motor bramando a toda potencia, amenazaba con arrollarlos. De inmediato los sicarios le dispararon al vehículo invasor, sin ningún resultado; las balas, pese a su grueso calibre, rebotaban cual simples piedrecillas en el negro chasís, tampoco le hacían nada al cristal polarizado de enfrente. La furgoneta usó de rampa a uno de los vehículos que había estacionados en hilera a las afueras de la entrada, saliendo volando metros por arriba del suelo ante los estupefactos ojos de los mafiosos. Estos apenas y tuvieron tiempo de arrojarse al piso para evitar que la furgoneta les cayera encima. Se oyó un metálico y estrepitoso golpe seco. Los mafiosos levantaron la cabeza y vieron, con horror, como aquella furgoneta negra no sólo se había impactado de lleno contra la puerta de la mansión, sino que además se incrustó en ésta, cual corcho en una botella; con al menos la mitad adentro del recibidor de la residencia. Ahora la gruesa puerta de acero, más que puerta, había quedado reducida a un enorme boquete tapado herméticamente por el cuerpo del vehículo.

—¡Pero qué demonios!

Intentaron alertar cuanto antes de la invasión, pero fue inútil. No sólo todos sus radios se habían quemado, sino que además probaron con sus celulares y descubrieron que estos también. Las carcasas de plástico incluso se habían derretido.

—Uff, un choque tan violento como ese —decía para sí mismo, con voz medio altanera y mordaz, Oblivion—, capaz de derribar a una puerta de acero de ese espesor, sin duda alguna habría hecho sonar cualquier alarma. Es una pena que la pequeña bomba de pulso electromagnético que el buen Zack arrojó hace unos segundos, haya echado a perder todos los aparatos eléctricos que había cerca. El haberles desconectado la energía eléctrica ayudó a que no se dieran cuenta de que sus aparatos se echaron a perder antes, y también a distraerlos lo suficiente para que no alertaran a nadie a tiempo; además de darle un poco más de tiempo a nuestro vehículo antes de ser descubierto. Y sí, estoy diciendo cosas obvias en voz alta a propósito para que los lectores se enteren de lo que está pasando. De nada. —Le dio un sorbo a su taza.

En el interior de la mansión, en la primera planta, los soldati, tras haber oído el impacto, corrieron de inmediato hacia la entrada.

—Ahora bien —agregó el hacker—, un estruendo como ese debería haberse oído a lo largo y ancho de todo el edificio…, claro, si no fuera por el pequeñísimo e insignificante detallito de que los muros, los cristales y los pisos de toda la mansión son a prueba de balas, explosiones y, por supuesto, del ruido. Con un poco de suerte, todos lo que se encontraban en la primera planta en ese momento deberían haberlo oído, mientras que el resto… no.

Al llegar al recibidor, los mafiosos se toparon con la impresionante imagen de una furgoneta negra que atravesando la entrada, con la parte de enfrente un poco más adentro que la alfombra y ligeramente levantada de atrás, como si se hubiese ensartado a la puerta cayendo desde arriba. Empuñaron toda clase de pistolas y subfusiles y rodearon el vehículo.

—Y claro, ante un ruido como ese, ¿qué es lo que haría una persona promedio? ¿Subir a los otros pisos a avisar a los demás? ¿O correr como locos y arremolinarse a ver qué fue lo que pasó?

Tres de ellos se acercaron a la cabina. Los vidrios polarizados no les permitieron ver qué había adentro. No se escuchaba un solo ruido; ¿acaso estaba vacío? El más temerario decidió tratar de abrir la portezuela pero un segundo antes ésta se abrió de golpe. Sendas balas derribaron en un instante a los hombres armados. En el acto saltaron del vehículo, uno tras otro, poco más de una decena de sujetos vestidos de negro y con el rostro cubierto por máscaras de gas.

El grupo iba armado con largos fusiles de asalto. Sin dejar de correr hacia el frente, arremetieron contra los mafiosos, quienes intentaron dispararles. Todos los italianos presentes cayeron a excepción de quienes le habían dado mayor prioridad a resguardarse que a atacar a los intrusos.

—Para cuando se den cuenta que lo que debieron haber hecho era alertar a sus compañeros primero, se toparán con la desagradable sorpresa de que sus teléfonos móviles carecen de señal. Claro, eso si sus celulares no se encontraban dentro del radio de efecto de la bomba de PEM cuando ésta se activó.

—¡Maldita sea! —gritó de frustración uno de los soldato luego de haber tirado al suelo su teléfono móvil—. Tenemos que alertar cuanto antes a los otros.

Ordenó a uno de sus hombres que de inmediato subiera a las demás plantas. Pero justo en ese momento, empezó a sentirse mareado y con una sensación de adormilamiento a la que no fue capaz de resistirse. Los mafiosos que quedaban de pie cayeron, uno a uno, al piso.

—Entonces —se jactó Oblivion con una perversa sonrisa en los labios—, si todos los que oyeron al coche estrellarse corrieron desaforados a la entrada, ¿qué pasaría si luego respiran el gas somnífero que se liberó en el momento que el coche se estrelló? Eso los imposibilitaría de dar aviso a los que aún no se han dado cuenta de nada. De seguro los que estaban afuera ya deben estar roncando como troncos al igual que ellos. Y las luces de la mayoría de los salones de la primera planta se han echado a perder. No obstante, como la luz eléctrica regresó hace unos momentos en el resto de la mansión, nadie más debería sospechar aún.

Los invasores sortearon los pasillos girándose en cada cruce. Primero a la derecha, luego la izquierda, izquierda otra vez, derecha, al frente…; se sabían de memoria todo el trayecto. Los lentes de visión nocturna les permitían vislumbrar sin problemas cada puerta, cada mueble, cada esquina. Llegaron a unas escaleras que conducían hacia abajo, al sótano. Derribaron una que otra puerta, hasta toparse con una puerta metálica en la cual fue necesario emplear un pequeño explosivo plástico para echarla abajo. Detrás de aquella puerta se hallaba el generador de emergencia de la mansión, el cual ahora estaba activo, bramando sin parar sus motores, alimentando de energía eléctrica a la mansión ahora que se había cortado el suministro de energía.

Los invasores dispararon en ciertas zonas y el generador dejó de operar. Ahora toda la mansión permanecería en las tinieblas por mucho más tiempo.

—Muy bien —exclamó Migisuke, quien al frente se encargaba de dirigir el grupo—. ¡En marcha!

—Excelente, muchachos, sigan así —dijo Oblivion mientras le daba sorbitos a su taza. El hacker se dedicaba a vigilar el progreso de la misión a través de las cámaras instaladas en los visores nocturnos de sus hombres—. Con esto, el sótano y la primera planta ya están asegurados. Ahora vamos por la segunda planta.

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La primera vez que se fue la corriente eléctrica, a ninguno de ellos se les ocurrió darle importancia. No así, el segundo y definitivo apagón sí los llevó a tener un mal presentimiento.

—¿Qué habrá pasado? —se preguntó Due, sentado en su diván, algo extrañado pero sin dejar la serenidad de lado—. ¿Acaso se les olvidó ponerle diesel al generador? ¿o se descompuso?

—¡Qué fastidio! —gruñó Sei con el ceño fruncido y estirando los brazos.

Tre, en medio de la penumbra de la sala, dejó entrever una bellaca sonrisilla. Cinque y Due sacaron sus móviles para usarlos como lámparas. En eso, la perspicaz mujer se percató de que su Smartphone carecía de señal.

—¡No puede ser! ¿No me digan que…?

Se levantó con ansias del sillón y corrió hacia la ventana. Plegó la enorme cortina de seda y abrió los cristales. Se asomó hacia abajo y divisó a un puñado de hombres quienes yacían en el suelo alrededor de la entrada, y a la parte trasera de un robusto vehículo asomándose desde el portón.

—¡Han invadido la mansión! —exclamó con rabia.

—¿Qué has dicho? —gritó Sei, con una mezcla de escepticismo y fastidio.

—¡Lo sabía! —dijo Tre, incorporándose con entusiasmo de su asiento.

Due también se puso de pie y caminó despacio hacia la salida.

—¿A dónde vas? —le cuestionó Cinque.

—A despertar a Quattro. Sea lo que sea, lo mejor será que ella nos eche una mano. Tú encárgate de averiguar lo que está pasando.

—¿No deberíamos avisarle primero al hijo de Marzio?

—No, ¿para qué? —Negó moviendo la cabeza; una sonrisa de labios cerrados se asomó en su largo y estilizado rostro—. Él no tardará en darse cuenta por si mismo, si es que no lo ha hecho ya. Lo importante ahora es ubicar a los intrusos y planear un contragolpe.

—¡Qué asco! —dijo Sei. Luego dio un pisotón de rabia y se incorporó del mullido sofá—. No cuenten conmigo para nada. Iré a refugiarme.

Los cuatro salieron del salón de invitados y tomaron caminos distintos. Moverse entre los pasillos oscuros y con el latente peligro de un intruso acechando no dejaba una buena sensación; no obstante, ellos ya estaban habituados a situaciones igual de extremas e incluso peores. Mientras que los tres varones caminaron a paso medio, la sensual mujer del grupo se apuró y, deslizándose entre las sombras, ágil y silenciosa cual felino en plena caza, recorrió de fu a fa el cuarto piso alertando a todos y ordenándoles que se mantuvieran con la guardia en alto.

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Con la oscuridad como su aliada, el grupo de invasores se abría paso con bastante eficiencia a través de los corredores de la segunda planta. Se escabullían con precisión milimétrica en cada rincón que recorrían, en cada sala a la que entraban, en cada puerta que abrían de una certera patada, por cada intersección de la cual algún enemigo podría asomarse sin previo aviso; mismo al que si se daba el caso, se despachaban en el acto sin siquiera darle tiempo de revelar su ubicación a sus compinches. El silenciador de sus armas de fuego junto al material especial de las suelas de su calzado y los propios muros del recinto, les proveyeron del sigilo protector requerido para no delatar su ubicación. A este paso, ni el minuto estipulado en el plan les iba a tomar llegar a la tercera planta. Ni siquiera los sicarios que se daban cuenta de su presencia e intenciones podían hacerles nada, pues la negrura del ambiente no les permitía acertar ninguno de sus disparos. En cambio, los invasores no tenían el mismo problema gracias a su equipo de visión nocturna, y los asesinaban en el acto. El grupo avanzó sin contratiempos hasta que por fin llegaron a las escaleras que los habrían de conducir al siguiente piso.

"Muy pronto, señorita —se repetía, para darse ánimos, Seishirou Tsugumi—. Muy pronto la liberaremos…"

Llegaron a la tercera planta. Tal y como estaba contemplado en los planes, el ejercito de los Benedetti aún no se habían logrado organizar frente a todo ese caos. Ahora sólo debían avanzar al siguiente nivel siguiendo los pasos memorizados: primero hacia el frente, después a la derecha, luego entrar a un pequeño salón y salir por la puerta al otro extremo; girar a la izquierda dos veces, entrar al salón de la derecha, salir por la otra puerta y seguir por todo el pasillo que rodearía todo un salón antes de conectarse con otro corredor; no dejar de anticiparse a los sitios de donde podría venir alguien; seguir corriendo en fila, confundirse con las sombras…

Sin embargo, cuando el equipo se giró en el último doblez del extenso y angosto corredor, se toparon con una extrañeza que dejó bastante confuso a más de uno…

Se suponía que ahí tenía que haber un cruce perpendicular con otro pasillo, que era el que los habría de llevar hacia las siguientes escaleras. En su lugar no había más que un callejón sin salida ridículamente decorado con un viejo cuadro y una mesita con un florero encima. Para nada coincidía esto con el plano memorizado por todos ellos. El propio Oblivion, al verlo desde su monitor, pegó un sobresalto y casi escupió su café.

—¿Nos habremos equivocado a girar en algún lugar? —susurró Migisuke. El resto del equipo se miró entre ellos sin saber qué responder.

"No, nada eso —corrigió la voz del hacker desde los comunicadores que llevaban todos en sus oídos—. Ahora mismo estoy revisando los planos y veo que en ningún momento lo hicieron mal."

Tsugumi se acercó al muro. Reunió fuerzas y le pegó un potente puñetazo. La pared tembló un poco, mas de ahí no pasó. Por desgracia, no se trataba de un falso muro ni nada por el estilo; la pared era tan sólida y resistente como el resto de la casa.

—¿Qué significa esto? —masculló Paula—. Oye, pervertido, ¿No se suponía que aquí tenía que haber una salida?

"Tranquilos, muchachos, que no panda el cúnico. Planearé una ruta alterna. Retrocedan un poco y sigan mis instrucciones."

Se devolvieron tres corredores y entraron a una habitación, misma que los condujo a otro pasillo. Luego avanzaron por la izquierda, derecha, al centro… y el pasillo siguiente les condujo en dirección opuesta a lo esperado.

—¿Qué estupideces estás haciendo? —reclamó una Tsugumi que casi tuvo que morderse los labios para no gritar.

La operación se repitió: Oblivion trazó una nueva ruta pero nuevamente los pasillos, las puertas y las intercesiones no coincidían con los planos. Cada que terminaban atrapados en un callejón sin salida, Tsugumi y los otros gangsters intentaban tirar abajo las paredes, sin ningún éxito. Ya habían gastado todo el tiempo que se iba a invertir en escabullirse hasta la quinta planta, y cada vez llegaban más hombres armados a incordiarlos. En un acto de desesperación, intentaron tirar abajo uno de los muros que cortaban el avance con un explosivo plástico, pero no sirvió de nada. Tal y como les había advertido el hacker, el material con el que estaba hecha aquella fortaleza disfrazada de mansión, era virtualmente indestructible a menos que lo embistieras con los misiles de un avión de combate o el cañón de un tanque de guerra.

—¡No puede ser! —gritó Oblivion dándole un azote al piso—. ¿Acaso... acaso los planos que conseguí son falsos? Pero si todas las ubicaciones de las primeras dos plantas y el sótano eran correctas, ¿por qué entonces sólo las de la tercera planta no coinciden? ¡Nos descubrieron…! ¡No! Imposible. Hasta ahora todo iba viento en popa, si en verdad nos hubiesen tendido una trampa, nos habrían emboscado desde que llegamos. Entonces… no me digan que… ¿No me digan que ese malnacido mandó a reconstruir el interior la mansión? ¿Pero cuándo y por qué lo hizo?

Mientras tanto, en algún lugar de la mansión, pisos más arriba, yacía, sentado en un escritorio en medio de una enorme biblioteca atiborrada de toda clase de libros, el joven Sottocapo de la familia, Maximiliano Benedetti. Había una lámpara de luz LED de batería recargable a su costado, alumbrándole mientras miraba con detenimiento la pantalla de su Smartphone. Su fiel guardaespaldas permanecía de pie frente a él. Lo observaba como si aguardase pacientemente sus órdenes.

—Los estaba esperando —sentenció el capo italiano, en tono grave y seco, sin que sus ojos dejaran de mirar el ícono intermitente de la pantalla de su celular indicando la ausencia de señal—. Venite a me, brutti bastardi…

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Se encontraba deambulando, absorto y distraído, por las sucias calles de la ciudad, un joven extranjero. Se preguntaba cuánto tiempo había transcurrido desde que se había metido el sol, dando paso a las a veces frías y otras veces cálidas luces de las lámparas de los postes de las esquinas, los focos de los edificios y uno que otro anuncio espectacular, pues le inquietaba que el número de peatones hubiese disminuido tanto, hasta el punto de prácticamente quedarse solo en medio de las angostas aceras. Ahora la calma reinaba a su alrededor; aún si de vez en cuando ésta era interrumpida por el fugaz paso de uno que otro coche, no había ruido destacable más allá de los residuos de bullicio de alguna zona circundante, como el tránsito de vehículos o la música de algún club nocturno o bar a calles de distancia. No hacía frío, pero el viento al soplar se sentía tan helado que se sentía desdichado por no llevar un suéter, bufanda, unos guantes, un gorro o lo que fuera. Se moría de hambre y sus entrañas no paraban de recordárselo a base de gruñidos desde hacía horas.

Ya con la cabeza más fría, Raku Ichijou fue capaz de comprender lo estúpido e impulsivo que él había sido la noche anterior. ¿Por qué salió corriendo así sin más, sin importarle que Tsugumi muy seguramente le buscaría como loca, temiéndose lo peor? ¿Por qué no volvió al departamento? ¿Y qué tenía planeado hacer ahora? Se encontraba atrapado en medio de una ciudad desconocida, en un continente ajeno, sin un techo dónde pasar la noche y sin un solo centavo, sin ningún recurso que le permitiese regresar a su hogar por su propia cuenta. Se veía a sí mismo como un náufrago indefenso en medio del océano, que, a merced de su destino, se aferraba de los restos de un barco hundido.

Si tan sólo hubiera entrado en razón en la mañana o en la tarde, y vuelto con ellos… ¿Por qué no lo hizo? Pensándolo mejor, él sabía muy bien el porqué:

Ya no tenía más caso seguir con esta farsa, no ahora que ya sabía que todo lo que planeaban hacer era una total pérdida de tiempo, una quimera destinada al fracaso; no después de su terrible desobediencia y sus berrinches. No tendría cara para pedir disculpas, mucho menos para seguir siendo participe de tan ridícula empresa.

"No cabe duda… debo ser el hombre más idiota del mundo —pensaba, desdichado y desconsolado—. ¡Cuantas personas no me lo advirtieron, y yo que me negué a oírlas! Pero, a pesar de todo, ellas me dieron su apoyo y me brindaron su ayuda. Todos los malos ratos que les hice pasar, sus esfuerzos, sus sacrificios, sus esperanzas… todo para nada. Les prometí que sin importar lo que pasara, la traería de vuelta. ¡Pero qué ingenuo fui! Y menudo momento vine a descubrir que ellos tenían razón, que debí haber dejado las cosas como estaban. Al final, fui yo quien todo este tiempo se estuvo aferrando a esa creencia porque me negaba a aceptar que Chitoge se había olvidado de nosotros."

Dobló una esquina. Y entonces, al mirar hacia el frente, se topó con algo que llamó fuertemente su atención.

En medio de todos esos viejos y polvorientos edificios se alzaba un enorme patio enrejado con una bella y exótica edificación erigiéndose a sus espaldas. Atraído por la singular arquitectura de aquella obra, se acercó. Miró a través de los barandales el patíbulo decorado con palmeras y, al fondo del patio, el gran arco triple de la entrada del edificio. No tardó en suponer, gracias a las decoraciones que había en los muros, los campanarios, la puerta y la cúpula, que debía tratarse de una iglesia del cristianismo. Su tamaño era colosal comparado a las que él había conocido en su país natal; le costó un poco creer que aún existían ese tipo de edificaciones antiguas aún en nuestros tiempos.

Pensó en que las iglesias y los templos en el fondo son muy similares, pues ambos son lugares sagrados a los que las personas asisten a curar su espíritu, a pedir de corazón que sus más fervientes anhelos se cumplan, y encontrar la paz. Siendo así, se dio una idea del porqué de su atracción al bello sitio y su vehemente deseo de contemplarlo. Quizás en el fondo deseaba orar y encontrar una respuesta, o por lo menos vislumbrar mejor y aceptar las cosas…, una pena que ya estuviese cerrado.

—Chitoge… Tsugumi… —susurró, con un dejo recargado de dolor y de impotencia.

—Así que tú también has venido hasta acá —se escuchó la voz de una mujer a su costado—, ¿eh, muchacho?

Raku reconoció al instante aquella voz, y sus ojos se abrieron por completo y su quijada se vino abajo. Se giró a su derecha; confirmó que a unos dos o tres metros de él se hallaba ni más ni menos que Hana Kirisaki, contemplando aquella misma iglesia con un gesto taciturno y un poco hosco.

—Ha… ¡H-hana-san…!