Hiiii, aquí les dejo el cuarto capítulo, discúlpenme la tardanza increíble, no tengo perdón ni de Dios, ni de Buda, ni de Odín ni de nadie T_T pero, aquí lo tengo, y es que tuve muchas dificultades, no me acordaba de la peli y hoy que la vi como que me dieron flashazos, discúlpenme xD…

Pues, CULPEN LA TARDANZA AL SERVIDOR QUE NO ME PERMITE ACTUALIZAR ;_; y ya(?).

Bien, el disclaimer que tengo que estar poniendo.

Disclaimer: Hetalia no me pertenece, sino a Hidekaz Himaruya sea bendito en la gloria. Y Titanic, la película, le pertenece a James Cameron, creo(¿)… y la tragedia, pues, ojalá sólo se haya quedado en película.


Wednesday 10th 1912. Chapter 4: Leaving Port.

- ¡Jajaja!... – reía un alemán quien se encontraba en su camarote. – ¿Puedes creer eso?... Antonio estaba velando por los de la tercera clase… ¿no te parece una tontería? – decía altaneramente.

- Hermano… - le respondió un chico, de unos dos años menor que él, aunque parecía mayor, era rubio, alto, más alto que el primero, de ojos azules y mirada penetrante.

- No crees que estás… ¿exagerando?... son personas, no seas cruel. – decía tomándolo de un hombro, y volteándolo hacia él.

- ¿Qué?... No me digas que tú también eres un velador por los derechos de los pobres… jajaja, Gott, West… has cambiado mucho… - se lamentó un alemán albino quien miraba decepcionado a su hermano.

- Lo que digas… - salió del camarote.

Los hermanos italianos se encontraban a estribor, sentados en las bancas que el barco les proveía, miraban lo que el paisaje les permitía, el mar.

- Waah… el mar es muy lindo. – dijo Feliciano, mientras agitaba sus brazos hacia el viento.

- Estúpido, te caerás… - dijo Lovino, quien se encontraba atándose sus zapatos, por quinta vez.

- Fratello, no le digas así a Feli… - dijo Cassiano quien se encontraba haciendo lo mismo que Feliciano.

- ¡Otro, idiota… te caerás tú también! – Se levantó Lovino jalando a sus dos hermanos, y en el acto cayendo al suelo los tres juntos. Risa conjunta, en verdad, eran tres hermanos muy unidos.

- Vaya Cassi, gracias por conseguirnos estos boletos, eres lo mejor… grazie. – dijo el italiano de en medio, quien se giró para darle un abrazo a su hermano.

- Qué cursis son… - dijo el italiano mientras seguía con lo suyo, atarse sus zapatos. Vino una gran ráfaga de viento, y voló la boinita que llevaba puesta, sin darle el tiempo de sujetársela.

- ¡Ah, mi estúpida boina!... –se quejó el italiano, entonces Feliciano reaccionó y se levantó.

- ¡Yo voy por ella fratello! – corrió tras ella, como si fuera un niño pequeño con los brazos al cielo alcanzando al objeto volador, sí identificado.

- ¡Ah, no vayas tan rápido que no puedo alcanzarte! – en eso no vio su camino de frente y chocó violentamente con alguien, cayendo este, al suelo.

- A-auch… - se sobaba la cabeza con un gesto de dolor. Abrió los ojos y se levantó rápidamente, para ver con qué o quién había chocado. – ¡Ah… l-lo siento… no fue mi intención, estaba siguiendo una boina voladora y de pronto no ví! – el chico con el que había chocado parecía intacto al golpe, como si una pluma, una ligera pluma hubiera impactado con él.

- ¿Boina… te refieres… a ésta? – le mostró la boina de su hermano, él ya la había atrapado, a impresión del italiano.

- ¡Wo-whoa! Grazie, grazie, molto grazie!... – Exclamó alegre al ver el objeto, para alegría del otro también, quien no podía explicarse tal euforia por un simple gorro.

- ¡Aaaah! Perdí esa estúpida boina… - se quejó el italiano, haciendo pucheros, un tanto, mucho muy, infantiles.

- Ah, descuida, ya habrán más en América… te comprarás una mejor. – decía el más pequeño de los italianos, dando por hecho de que Feliciano no la traería de regreso.

O eso creía.

- ¡Fratelli, tengo la boina! – decía gritando y corriendo, a lo que los otros hermanos se levantaron casi de golpe, pero también vieron que con él venía un chico, un gran chico, rubio y fortachón.

- ¡Waaah, es Pie Grande! – decía el italiano mayor sujetando el brazo de Cassiano, quien sólo lo miró con cara de "eres un completo idiota".

- ¿¡Pie grande?... ¿Dónde?... – el italiano de en medio se escondió detrás del chico rubio, quien sólo suspiró.

- Oh, veo que llegas con mi hermano… - dijo Cassiano acercándose a él, y tendiéndole una mano. – Mi nombre es Cassiano Vargas, el torpe de atrás es Lovino, mi hermano mayor, y supongo que has de conocer a Feliciano, es mi segundo hermano mayor. – dijo mientras el rubio aceptaba el apretón de manos.

- Un gusto, mi nombre es Ludwig Weillschmidt, y sí, hace un momento lo conocí, estaba buscando la boina que volaba por los aires, fue casi azar que la atrapara – dijo a toda atención del italiano menor. Los otros dos habían salido de sus respectivos escondites encontrándose con el chico más alto que se hizo llamar Ludwig.

- Eh, Feliciano, ya me tengo que retirar… - dijo ahora mirando al de ojos miel, quien a su desgracia parecía no agradarle la idea. - ¿Eh?... ¿Ya tan pronto?... – decía mientras parecía sollozar… y sus hermanos se preguntaban "¿Por qué?"…

- Sí, lo siento… nos vemos… luego. – se despidió y se dio media vuelta, alejándose.

- ¡Nos vemos después Lud! Ciao ciao!... – decía agitándole la mano al aire, en señal de despedida.

Los tres italianos hicieron lo mismo y se retiraron de ahí.

Pasamos ahora, a la escena donde se encontraban los tres amigos, el español, el alemán y el francés, junto con la prometida del primero, su hermano y sus padres, al igual que de la familia de la prometida. Se encontraban en el comedor, discutiendo cosas de política, economía, noticias, y el tema menos importante. El compromiso.

- ¿No les parece una estupidez?... Es que de verdad… debieron haber invertido en tal fábrica, por eso es que los Kirkland están quedando en la quiebra… pobres ingenuos. – comentaba el francés quien reía mientras tomaba delicadamente la copa de vino que estaba servido en la mesa y le daba un trago.

- Ah, es usted muy divertido señor Bonnefoy, me alegra que mi hijo tenga un amigo tan divertido como usted. – halagó una señora de ojos verdes, de tez morena clara y cabello rizado, recogido en un moño, quien en ese momento miraba de reojo a su hijo, que parecía importarle muy poco esa cena.

- Bien, señorita Emma… háblenos de usted – la mujer se dirigió a la chica de cabello dorado, quien durante toda la cena se había estado manteniendo sonriente.

- ¿De mí?... Pues, soy una chica muy alegre, que ama los negocios, hacer deportes, practicar polo, ir a fiestas, la moda, la pintura y la música, amo la gastronomía belga y el chocolate, también adoro leer sobre jardinería, filosofía y religión. – mientras más hablaba la chica, más fascinada se encontraba, y Antonio, más pensamientos tenía en su mente otras cosas, como, el joven castaño de la tercera clase.

- ¿Pero… quién será?... ¿Por qué viaja a América?... ¿quién es y por qué es que pienso tanto en él?... – Decía en sus pensamiento, mientras tenía sus manos entrelazadas y miraba hacia su derecha, que daba hacia afuera del barco, mirando hacia el mar.

- ¿Él…? – entonces un chasquido de dedos por parte del alemán hizo que despertara de su trance. – Oye, Antonio, llevamos un buen tiempo intentando despertarte y, simplemente no respondías… ¿pasa algo? – el español no contestó y sacudió su cabeza para despejarse la mente, no se encontraba en sus cinco sentidos en ese momento, un momento crucial.

Que marcaría su destino.

- Oye, Cassiano, ¿sabes a dónde fue Lovino?... hace rato salió pero no nos dijo a dónde iba… - preguntó el italiano quien se encontraba cambiándose la ropa hacia su ropa de dormir.

- Tú lo has dicho, no nos dijo a dónde iba… - respondió Cassiano quien se encontraba recostado en su cama recargándose en sus brazos cruzados. – Aunque recuerdo que mencionó que quería salir a tomar aire, y que regresaría en unas cuantas horas quizás… - Feliciano se volteó para ver a su hermano, ya con su pijama puesta.

- ¿Entonces a ti te lo dijo?... ¿Por qué no me comentó nada?... – lloriqueaba mientras su hermano ni se inmutaba. – Quizás si te lo decía irías tras él, ahora que lo pienso, no vayas tras él que me matará ¿de acuerdo? – pidió con una miradita suplicante al italiano que al parecer iba a salir disparado del camarote en busca del otro, aún en pijama, pero, éste lo convenció.

- De acuerdo fratello… - se sentó en la cama y se encorvó para recargarse en sus manos. - ¿Qué le pasaba? ¿Estaba extraño? – se dirigió al menor de los italianos, quien silbaba una canción típica italiana.

- Ah, esa canción, me recuerda a cuando vivíamos en Italia… - decía nostálgico Feliciano, a lo que el otro dejó de silbar. – Entonces, mejor silbo otra cosa. – dijo, callándose completamente y entonando otra canción.

- ¡Antonio! – exclamó una mujer, quien parecía a perder los estribos. – Oye, Antonio… ¿no crees que deberías parecer más entusiasmado por esto? Ella ya habló de sí misma, y es una chica muy dulce y agradable, ahora, agrádale tú también a ella, por lo que más quieres… ¿de acuerdo? ¿Quieres echar a perder todo esto?... – susurraba la madre del español, quien se encontraba desconcertado con la situación, a pesar de ser ya un adulto, no se sentía preparado.

- Claro, madre… lo siento… - le susurró y luego dirigió su mirada a la mesa, donde todos se encontraban platicando con todos de temas que no eran el interés del español.

- Bien, llegó la hora del brindis. – dijo el hermano de la prometida del español, se llamaba Wilhelm. – Brindemos por la futura boda entre el señor Antonio Fernández y mi hermana, la señorita Emma Van den Broek – levantó su copa, indicándole a los demás que lo hicieran también.

- ¡Salud! -. Se escuchó un choque entre varias copas de vidrio.

- ¡No puedo, no puedo más, no…! – el español corría entre los pasillos, chocando con toda la gente que se le cruzara en el camino. – ¡Definitivamente no! – corría y corría hasta llegar a la parte exterior, llegando a la popa del barco.

Corrió llegando hasta la punta más lejana de la popa, mientras, se acercaba lentamente hacia la barandilla, asomándose al agua del océano.

- A esto me iba a enfrentar cuando dejamos el puerto, por algo le temía tanto, algo tan simple como eso, ¿cómo es que me afecta tanto? – dijo para sí mismo, mientras miraba hacia abajo perdiéndose en la oscuridad del Atlántico, en esa fría noche.

-Ya… no puedo más… - el español estaba a punto de soltarse, sin marcha atrás.

- ¡Oye! ¡Tú, eso es peligroso!... – escuchó una voz, y volteó enseguida para ver de quien se trataba, y al darse cuenta, sintió mil punzadas en el corazón, y sus manos se congelaban en las barandillas en ese momento, evitándole que se cayera.

- Podrías caerte y… ¡y me obligarías a mí a tirarme para rescatarte!... – dijo, aquel chico, cuya mirada pensó que sólo volvería a ver en sus pensamientos, y en sus sueños más profundos, nunca creyó poder escuchar su voz, ni siquiera imaginársela.

Pero ahora, lo tenía ahí, frente a él, quien estaba en una decisión, debatiéndose entre la vida y la muerte.


Aquí está!... Uff… decidí dejar el momento del rescate en el siguiente capítulo, porque ya me deja muchas palabras en este mismo capítulo, pero, haré el siguiente más rápidamente… por cierto.

¡DISCÚLPENME LA TARDANZA! Mi cerebro se bloqueó y no me dejaba pensar, merezco que me lancen tomates echados a perder de hace 6 años, por favor, juuum, ahora como recompensa traeré el siguiente capítulo más rápidamente, se los prometo!...

Ahora, me despido, ojalá les haya gustado el capítulo… y la introducción de Lud… gracias a Hinata Jaegerjaques… 3…

Farvel!...

¿Review?