NO MEREZCO PERDÓN DE DIOS.

Ni de Alá, ni de Odín ni de Quetzalcóatl ;_; es una tiranía 5 meses de espera, hasta yo me desesperaría, LO SIENTO MUCHO… pero este capítulo en especial me dio muchos problemas, no me gustaba cómo me quedaba y no quería darles a leer algo aburrido, me entró miedo si les soy sincera…

Pero ya estoy aquí de vuelta y procuraré utilizar la escritura como método de escape del estrés de la universidad, sí, esta niña acaba de entrar a la Uni y ya está estresada.

En fin, espero puedan perdonarme y ojalá les guste este capítulo, trataré de subir un capítulo por semana, ya tengo adelantado el siguiente, comenzará ya lo "importante" del asunto, si me entienden *guiño guiño*

Disclaimer: Hetalia de Hidekaz Himaruya no me pertenece, Titanic de James Cameron tampoco.


Friday, 12nd 1912. Chapter 7: Unable to stay, unwilling to leave.

El italiano se encontraba en el reloj del vestíbulo de la primera clase, no sabía porqué se encontraba esperando al español.

—Necesita algo de diversión, si eso es lo que hace todos los días… pobre de él. —se excusó haciendo un chasquido y poniendo rostro de indiferencia.

Pasaban los minutos, y empezaba a desesperarse. Suspiró.

—Quizás no vaya a venir. —estaba dispuesto a irse cuando escuchó unos pasos presurosos acercarse. Se detuvo en seco y se dio media vuelta. Grande fue su sorpresa cuando vio al español corriendo hacia él, con la respiración notablemente agitada.

Ya frente a él, se dio un respiro y se levantó sonriendo con las mejillas ligeramente sonrojadas por haber corrido tanto.

El italiano mostró su cara de fastidio, de igual forma sonrojado por verlo así.

—¿Eres idiota? Corrías como si te estuviera persiguiendo un monstruo marino o algo así. —se cruzó de brazos, y el español se estiró.

—Quién sabe, estamos en medio del océano atlántico, cualquier cosa puede ocurrir. —el español le guiñó el ojo ante el asombro-vergüenza del italiano. —¿Qué te pasa…?

Después de una charla sin sentido, el italiano aprovechó al español que se había callado para explicarle lo que la nota quería decir.

—Mira… para ser sincero, esa cena estuvo muy rica, pero, diablos, qué aburrido. Si eso haces todos los días, qué pena por ti. —bufó el italiano y comenzó a caminar.

El español se quedó ahí dudoso, mirando la espalda del italiano. Este al darse cuenta que el español no le seguía, se dio la vuelta encontrándose con el español atontado.

—Oye… ¿qué esperas? —se acercó y lo tomó por la muñeca. —Yo te llevaré a una verdadera fiesta —dijo con una sonrisa maliciosa.

—¿Una fiesta? —el español alcanzó a preguntar, y el italiano por su parte se dedicó a seguir sonriendo y a mirar de reojo el pasillo que tenía detrás.

—Una verdadera fiesta, como nos divertimos los de la tercera clase.

El español estaba entre un montón de gente, vestían ropas holgadas, algunos overoles, pantalones gruesos, las mujeres vestidos, delantales, pañoletas, sombreros, boinas. Había personas bailando en parejas, en grupos, otros bebían, otros apostaban, reían, platicaban, sin preocupaciones.

La tercera clase.

Lovino se veía muy feliz y entusiasmado con esa fiesta, el español lo sabía, esa sonrisa que tenía en el rostro no expresaba otro sentimiento más que el de la felicidad y el regocijo.

—Aquí estamos Antonio. Esto sí es diversión. —el italiano buscó con la mirada a sus hermanos, quienes dio por seguro estarían ahí.

Los otros italianos se encontraban en una mesa, uno con una cerveza y el otro solamente observando. El hermano de en medio vio a Lovino y le hizo un ademán para que se acercara.

—¡Fratellooooo! —gritó Feliciano, levantando su vaso de cerveza indicándole el lugar. El italiano jaló de la muñeca al español para llevarlo al lugar de sus hermanos.

—Eh, Lovino… ¿quién es él? —preguntó Cassiano, viendo al castaño más alto con rostro de indiferencia, como si le estudiara con la mirada.

—Ah… él es Antonio —lo jaló haciendo que dé un paso adelante, y con un gesto le indicó que se presentara. —Ah… sí, m-mi nombre es Antonio, es un gusto… ¿gusto? —los italianos lo miraban confundidos, uno alzando una ceja mostrando desaprobación y el otro curioso.

—Antonio… Antonio… —Feliciano repetía su nombre sin dejar de mirarle. —¡Yaaay! ¡Bienvenido! Nunca te habíamos visto por aquí, espero que te diviertas, ve… —exclamó el italiano, ante la mirada confusa de Antonio y un suspiro por parte de Lovino.

Fue entonces que se otros en esa misma mesa, dieron un golpe a la madera para captar la atención del español.

—Jeje, no te habíamos visto por aquí muchacho. —exclamó un tipo con barba, de piel oscura y con un cigarrillo entre los dientes. —¿Cuál es tu nombre?

—Antonio… A-Antonio Fernández. —prosiguió a presentarse. El grandulón se le quedó mirando.

—¿Y… por qué no te hemos visto por aquí? —el español tragó saliva, y fue entonces que iba a decir "Porque soy de la primera clase" pero entonces Lovino interrumpió.

—Porque es un completo idiota que se quedaba en su camarote y se la pensaba pasar de antisocial todo el viaje —dijo con una sonrisa maliciosa, realmente disfrutaba degradar a la gente, pero, esta vez era por protección al español.

El grandulón miró dudoso y al final asintió, dándole la razón al italiano.

—Te creeré Vargas. —miró al español. —Bienvenido por estos lares, Fernández —dio la bienvenida y se sentó para regresar a lo que hacía con el resto de los acompañantes.

La fiesta pasó sin más, era como una especie de show nocturno, había música, tocada por la gente de ahí, bailes en la pista, en parejas, grupos o solitario, más bien era como una fiesta pagana, una fiesta en la que los ricos no quisieran estar.

Pero Antonio parecía mostrar lo contrario.

A pesar de no estar bailando, estaba muy feliz sentado en una caja de madera. Veía al italiano bailar con sus hermanos alegremente, lo veía sonreír, y eso hacía que una sonrisa apareciera en su rostro.

Se levantó de ahí y decidió acercarse a bailar con alguien, aunque en ese alguien se podría intercambiar por "Lovino" realmente él quería bailar con ese chico italiano.

Caminaba muy distraído cuando se topó de nuevo con el grandulón pero esta vez chocando con él haciendo que éste por poco tropezara al suelo.

—¿Te crees muy rudo eh, chico? —exclamó el de acento cubano en contra del aturdido español, quien sólo buscaba escapar del lío que al parecer acaba de entrar.

—Realmente no. —contestó lo más sereno posible, ocultando su nerviosismo. —Con permiso.

—¿Así que piensas huir? No te pases de listo. —rió el moreno fortachón mirando el rostro del castaño de quién a sus espaldas se acercaba un italiano preguntándose la situación.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó apenas se acercó al otro dejando atrás a sus dos hermanos menores, más ninguno de los dos le escuchó.

—No le llamaría huir. —dicho esto ladeó al cubano y comenzó a alejarse siendo seguido por un italiano que no terminaba de comprender la situación.

El español caminaba muy rápido esquivando posibles buscapleitos, mientras que el italiano intentaba seguirle el ritmo hasta que al final logró alcanzarle.

—¡Óyeme, no te alejes! —exclamó en el momento que tomó aire después de correr tan rápido, habiéndole jalado la manga al español para que este se detuviera.

Antonio se giró, mirando el ceño fruncido del menor, a la vez que pensaba que se veía muy lindo, obviamente esto no se lo comentó. Aunque fuera un pensamiento fuera de lugar o quizás absurdo, le resultaba interesante ver un ceño fruncido entre tantas caras felices, despreocupadas y divertidas que se encontraban a su alrededor, bailando, bebiendo entre amigos o simplemente conversando.

Sin preocupaciones… sin juicios… aquí todos son iguales.

Le sorprendía ver cómo todos hablaban entre sí como si se conocieran de hace muchos años y podía apostar que muchos recién se veían las caras esa noche. Por un momento sintió envidia, envidia de esa capacidad de disfrutar como si no hubiera un mañana, de ver a todos con los mismos ojos y evitarse preguntas como ¿Dueños de qué compañía serán? ¿Me beneficiará su amistad? ¿Podré usarlo en mi beneficio?, olvidarse de los prejuicios y las barreras de las clases sociales, vivir sin preocupaciones.

—¿Oye? —escuchó un llamado que lo sacó de su debate interno, sacudiendo ligeramente su cabeza a la vez que dirigía su mano a su nuca para rascarse. Abrió bien los ojos para ver al remitente de ese llamado.

—¿Estás bien? —preguntó el italiano quien se mostraba ligeramente preocupado. —Pareces ido y… algo triste. —opinó esto último con voz baja, se oía claramente preocupado, pero no le daría el lujo al idiota de la primera clase oírle así.

El español le sonrió, causándole un ligero estremecimiento. El castaño posó su mano en el hombro del más bajo y le miró alegre. —¿Pero qué dices, Lovi? No es momento de estar tristes, ésta es una fiesta ¿no? ¡A divertirnos! —dijo sorpresivamente animado tirando del brazo a un italiano atónito y confundido.

Numerosas escenas se formaron ese día o más bien, noche. Gente bailaba y bebía, gente a las que se les sumaron un español y un italiano quienes bailaban como si acabaran de sacarse la lotería.

Antonio no se perdería esa oportunidad, no lo permitiría. Su corazón latía con fuerza ignorando el que estuvieran tan agitados por el intenso baile sino él lo tomaba como el simple hecho de estar con esa persona que le hacía sentir mariposas en el estómago ¿Qué era eso? ¿Qué es eso que sentía?

Sentía como si esa noche fuera a ser la última.

—Lovi, vayamos a más fiestas como ésta.


Bien, llegamos al final, no me siento bien con éste capítulo pero trataré que el siguiente esté mejor, incluso tengo pensado poner spin/offs si es que se llaman así sobre momentos de otros personajes que aparecen en la historia, como lo son el Bad Touch Trio... o los hermanos Vargas, incluso algo de la relación Ludwig y Feliciano que aún no sé si se llegará a concretar, eso lo dejaremos a futuro~

En fin... si tienen alguna idea que les gustaría que tome en cuenta, hágamenla saber por aquí en review o en mensaje privado, contestaré todos sus mensajes.

Ahora sí ¿review? Se vale insultarme (?)