Aquí el capítulo 8, fíjense de las fechas y así nos acercaremos más al final (:... en fin, esta es una recompensa por haber tardado tanto en actualizar, ojalá les guste mucho (:
Disclaimer: Hetalia ni Titanic no me pertenecen.
Mientras más pasan las horas…
Mientras más me pongo a pensar…
Más temor siento.
Tengo miedo de casarme…
Estando enamorado de alguien más.
Saturday, 13rd 1912. Chapter 8: An ocean of memories.
—¡Antonio! —la joven rubia proveniente de Bélgica avanzaba hacia el español, agarrando la parte delantera de su vestido para evitar tropezar con él.
—¿Emma? —el aludido se giró rápidamente al identificar la voz de la jovencita de ojos esmeralda. La miró acercarse sonriente, se preguntaba qué es lo que pudiera querer, usualmente no se acercaba a charlar con él en un lugar que no sea una de las cenas de planeación.
—Buenos días Antonio. —contestó la muchacha jadeando un poco por tanto esfuerzo que recién hizo al correr de esa manera.
Un momento estuvo respirando apoyándose en sus rodillas para después levantarse bien erguida y mirar seria al español, quien no despegaba sus ojos de la chica. —Mi hermano te busca.
—¿Eh? —alcanzó a exclamar al escuchar aquella noticia. Arqueó levemente una ceja mostrándose dudoso ante la petición de la joven belga quien sería su futura esposa al terminar este viaje.
A partir de esa confirmación, el español comenzó a formularse varias preguntas, todas iban en torno al propósito de aquel neerlandés frívolo y malicioso. ¿Para qué lo quería? Esa era la pregunta más sobresaliente y para colmo de Antonio, no podía formularse tan siquiera una posible respuesta a su cuestión.
—Gracias Emma. —contestó algo serio haciendo choque con la mirada esmeralda de la chica, miradas de dos personas que recién acababan de entablar una conversación.
Y pasarían el resto de sus vidas juntos.
—Buenos días Antonio. —saludó el neerlandés levantándose de la mesa, rodeándola y caminando en dirección al español.
—Buenos días Wil… —no supo ni cómo pasó, pero su saludo fue cortado tan rápidamente debido a un puñetazo que el rubio recién le había propiciado, haciendo que por la fuerza retrocediera dando un paso en falso y terminando en el suelo de un sentón.
—¡¿Pe… Pero qué haces? —exclamó el español en el suelo, limpiándose la sangre inexistente de su labio con el antebrazo, mirando con el ceño fruncido hacia arriba en dirección al neerlandés quien le miraba por lo alto de manera desafiante.
—Mira bien, la noche de la cena con la señorita dijiste que te irías a tu habitación. —se agachó. —Tú y yo sabemos que no es así. —el español arqueó las cejas, no encontraba sentido a todo lo que el neerlandés decía. Debía aceptar que el rubio estaba enojado, parecía enojado, hoy más que lo normal.
—No te entiendo Wilhelm, no comprendo para nada de qué me hablas.
—No me mires así, y no hagas el que no sabes, no intentes hacerte pasar de listo y escapar de mi her… de tu prometida. —clarísimo, el neerlandés estaba preocupado por su hermana, pero aún así no sabía muy bien el porqué de su preocupación. —Esto no es un juego. —se agachó y jaló del cuello de la camisa al castaño aturdido. —Deja de ver a ese italiano de la tercera clase, Emma sospechó de tu mentira la noche de ayer. —dijo decidido, penetrándole con la mirada de sus intensos verdes chocando con los también verdes del español.
Se arregló la camisa apenas el rubio le soltó dándole un empujón y alejándose posteriormente en dirección a la puerta de la habitación. No pudo evitar sentir alivio al ver cómo este se alejaba poco a poco hasta que finalmente desapareció detrás de la puerta dándole un leve azote.
Se palmeó suavemente la frente, bajando lentamente su mano por su rostro y apenas recorrió su rostro con la palma miró al suelo pensando y meditando todo lo que acababa de pasar.
—¿Qué deje de ver a Lovi, eh? —se dijo a sí mismo seguro de que nadie le escucharía. Al pronunciar ese nombre, su corazón comenzó a latir, tanto que juraba poder escucharlo claramente, como si éste quisiera decirle algo.
Suspiró largamente, mostrando una mueca de dolor, después de pensar en lo anteriormente dicho por el neerlandés.
—Imposible…
—Oye, ese es un muy buen trabajo, muy bonito. —canturreó un español asomándose por la espalda de un italiano, que se encontraba sentado al borde del barco y dibujando la escena del mar en el horizonte aprovechando la puesta de sol.
Claro, como estaba tan concentrado en su dibujo no se había percatado de que alguien se acercaba o quizás, le estaban observando desde hace mucho. Se sobresaltó cuando esa voz lo sacó de concentración, girándose violentamente para encontrarse a esos ojos verdes que, para desgracia del italiano, recordaba y conocía muy bien.
—¡N-No me asustes así, idiota! —le exclamó después de haber dejado escapar un leve grito de sorpresa, reincorporándose inmediatamente sujetando su cuaderno de dibujo y recuperando el lápiz que casi caía al mar.
Antonio rió divertido, realmente no le molestaba que el menor le insulte ya que ponía una cara de molestia bastante adorable para gusto del español, quien se limitaba a mirarle sonriente.
Eran esos momentos en que se ponía a pensar porqué de entre tanta gente había divisado al italiano, porqué había girado su rostro hacia ese lugar en el que se encontraba Lovino y más aún, nunca supo porqué le traería tantos problemas, porqué tenía que aparecer en su vida si ya estaba comprometido.
Entonces recordó la conversación que recién tuvo con el neerlandés, evidentemente le valían sus amenazas y aunque de esa forma ponía en peligro la vida del italiano; pero había algo que no le permitía alejarse de él, dejar de verlo, aunque haya sido por tan sólo dos días que apenas le haya dirigido la palabra, quizás un día más, pero aún así…
Había algo que no podía comprender…
—Dibujas muy bien. —le dijo de nuevo en un tono más cálido, mirando perdidamente el trozo de papel con trazos de carboncillo, dándole forma a lo que parecían ser olas.
—¿Qué? No, esto está horrible. —contestó el italiano. Jamás había tenido talento para el dibujo, el arte en general, más nunca se rendía en seguir dibujando y sentía que ese paisaje que tenía frente a él, un océano de memorias, debía ser plasmado para siempre, a pesar de que con su técnica poco avanzada para el dibujo no llegue a formarlo como tal…
Pero Antonio veía el paisaje más hermoso de todos.
—Pero qué dices… —se sentó a su lado y sintió un impulso de abrazarle, pero se resistió y limitó a colocar su mano en el hombro del otro mientras veía el mar tan lejano pero a la vez tan cercano. —No había visto mayor obra de arte… —contestó, causándole un sonrojo al italiano.
Y otra vez esa sensación, ¿por qué esas simplezas por parte del español le hacían reaccionar así? —No me vaya a estar volviendo marica… —pensó mientras intentaba despejar su mente y formular una respuesta coherente y nada sospechosa. Al momento que abrió la boca para hablar, el español se le adelantó.
—Yo también dibujo, es un pasatiempo que tengo algo olvidado, pero me agrada. —decía con su típica sonrisa. —Creo que he encontrado un rival. —le dijo mientras miraba esos ojos verdes, culpables de que Antonio quedara inmerso en el italiano, perdido en sus facciones, en su todo, aún sin saber nada de él, sentía que lo conocía de toda la vida.
Y podrían tener una vida para conocerse…
—¿Sabes? —comenzó a hablar el español, captando la mirada y atención del italiano quien aún estaba parcialmente sonrojado. —Hay algo que me gustaría retratar...
—Feliciano… —llamó aquel hombre grande y fornido pero que mostraba un gran nerviosismo al pronunciar aquel nombre.
—¿Ve? —contestó el italiano, girándose para mirar al alemán. —¿Qué sucede? —miraba con su típico rostro de que nada le importaba y que todo era feliz.
Sintió un golpeteo en su interior cuando el castaño del extraño rulo le contestó. Pasó una mano por su cabello hacia atrás como para peinárselo a pesar de que ya estaba suficientemente peinado.
El alemán estaba decidido, tenía que hacerlo o más bien decirlo ahora o nunca, quizás no haya oportunidad en un futuro…
¿Acaso existirá un futuro?
—Feliciano. —inició inhalando aire y posteriormente exhalándolo. —Creo… que comienzo a sentir algo.
El italiano sorpresivamente abrió los ojos, tenía la mirada atónita, como si hubiera visto algo inverosímil, pero cambió enseguida al captar esas palabras esbozando una gran gran sonrisa de oreja a oreja y mostrando un leve e inocente sonrojo en las mejillas sorprendentemente, igual al del alemán.
—Ve ¿tú también?
En la cubierta del barco caminaba un grupo de personas notoriamente de la primera clase, entre ellas iba el joven español Antonio, acompañado de su prometida Emma y una persona más que no vale la pena mencionarse. Era el día en que el arquitecto y supervisor del barco les daba un completo recorrido y guía del trasatlántico. Habían recorrido las maquinarias, los motores, la cabina del capitán por fuera puesto que no era muy prudente entrar e interrumpirle. También pasaron por los pasillos de la tercera y segunda clase, nada en especial comparados con la sección de la primera clase, a donde pertenecían Antonio y Emma, pero… la tercera clase tenía algo en especial: Ahí se encontraba Lovino.
—Señor Honda, usted ha creado una obra maestra de la ingeniería, la primera vez que vi este barco pensé que era algo espectacular y fuera de lo común. —exclamó el español mientras recorrían todo el largo de la cubierta, dirigiéndole la palabra al encargado de hacer al Titanic posible, el japonés Kiku Honda.
—Ah, muchas gracias, pero esto no solo fue obra mía, sino de muchas manos que pusieron de su parte para lograrlo. —contestó sereno el japonés aceptando el cumplido del español.
Sonriente ante la respuesta del japonés, ahora sí aprovechó a comentar algo que no le parecía desde el principio del recorrido, al haberles comentado algunas características del barco.
—Me he estado preguntando algo… —captó la atención tanto del japonés como el de la belga. —¿Para cuántas personas tiene capacidad los botes salvavidas?
El japonés abrió los ojos y miró posteriormente al suelo de manera seria. Esperó un rato para contestarle. —Para mil doscientas setenta y ocho personas. —contestó.
El español se dio un leve impulso hacia atrás sorprendido por la respuesta del arquitecto. —¿Tan sólo para esas? En el barco habemos más de dos mil doscientas personas… ¿y si llegara a suceder algo?
—Antonio… —interrumpió por lo bajo la belga, tirando suavemente de su manga notoriamente preocupada por el castaño.
—Eso no va a suceder. —contestó rápidamente el japonés haciendo que le devolvieran ambas miradas. —Este barco es inhundible. —la voz del japonés sonaba decidida y seria, suficiente para hacer creer a los más escépticos, más aún así el español seguía algo dudoso.
El trayecto continuó después de ese pequeño percance. La pareja escuchaba las explicaciones del japonés; mientras el español miraba hacia el mar como hacia adelante y hacia abajo, en la cubierta de la tercera clase.
¿Con qué motivo siempre miraba hacia ahí? Arqueó levemente las cejas, preocupado y pensando acerca de lo sucedido esta mañana con Wilhelm, sus palabras le habían dejado pensando.
Y fue entonces que se percató de algo, o más bien, de alguien en la cubierta inferior. Corrió pocos pasos hacia el barandal y se asomó para fijarse que efectivamente era de quien pensaba que se trataba.
El japonés y la belga se detuvieron al darse cuenta de que el español no les seguía. —Antonio ¿pasa al…?
—¡Necesito irme, continúen el recorrido! —dijo antes de echarse a correr, dejando a una Emma preocupada y un japonés confundido.
Y listo el capítulo de esta semana, espero les agrade c: ya saben, si se les ocurre algo que quisieran que considere para el fic, tengan la libertad de decírmelo, no muerdo(?) (: igual si quieren alguna escena que no haya considerado de la película pueden decirme.
Tengo pensado una manera de agregar otros personajes, pero se haría relleno ¿les gustaría?
Chao (:
¿Review?
