A 100 años del primer y último viaje del Titanic.

Bueno, de antemano una disculpa por la tardanza… planeaba dejar botado este fic, pero no sería justo para las personas que lo siguen, así que ¡Lo siento! No es mi intención el tardarme tanto, pero si no hay inspiración realmente no se puede nada… y aparte estoy en contra de subir cualquier porquería, no sería justo para ustedes que lo leen.

¿Saben? Es difícil adaptar una historia muy romántica cuando uno de los protagonistas es tsundere (¿?) pero aquí hago mi mayor esfuerzo para traerles algo de calidad, discúlpenme. Muchas gracias.

En este capítulo muchas cosas sucederán. Las epic scenes se verán en breve, ¡disfruten!

Y de nuevo, lamento el retraso, espero que aún sigan con ansias de saber cómo termina.

Notas en itálica es flashback y/o pensamientos.

Disclaimer: Hetalia no me pertenece. La historia de la película Titanic tampoco.


Saturday, 13rd 1912. Chapter 10: Rose.

Lovino se había quedado pensativo desde aquél día en que estuvo conversando con el español. No podía creer que simples palabras quedaran adheridas a su mente, que estuvieran revoloteando como palomas alteradas chocando en cada parte de su cerebro, tanto que no lo dejaban concentrarse.

—Ese Antonio… —dijo mientras caminaba de un lado a otro en la cubierta de los de la tercera clase. Habían muchos más pasajeros caminando, observando el mar, otros durmiendo en un rinconcito que podían encontrar, nada mejor que respirar una brisa marina del océano ártico, aunque esté algo helado. —Es un pervertido.

A pesar de todo, algo palpitaba con fuerza en su interior, ¿era acaso por la "peculiar" confesión que el español le había hecho? Qué va, ¡solamente era su deseo de artista! No sabía porqué le preocupaba tanto. Chasqueó los dientes. —Quisiera ver el rostro de ese idiota cuando le abofeteen al pedir tal atrevimiento. —rió falsamente, mientras recordaba aquella conversación.

Quisiera retratar un cuerpo, ¡anatomía humana! Así como Dios lo trajo al mundo. —el español comentó con cierto temblor en la voz, pero a pesar de todo se mostraba bastante decidido. En cambio el italiano se mostraba un tanto arisco con ese tema, con más sinceridad, debía admitir que se sentía un poco avergonzado de tan solo imaginarlo.

Eres un pervertido, Antonio. —respondió el italiano aún algo sonrojado, más éste se limitó a mirar el mar y abrazar sus rodillas. El español le miró algo confundido. —¿Qué Lovi? ¡La anatomía humana es lo más hermoso que hay! —dijo el español, bastante orgulloso de su filosofía y punto de vista, mientras que el italiano seguía sin mirarle.

Vaya ideas tuyas. —respondió, mientras se levantaba y sacudía sus pantalones, dedicándole una mirada de despedida. —Ojalá tengas suerte consiguiendo a una chica que quiera desnudarse frente a ti. —dicho esto se dio la vuelta y caminó alejándose del español, buscando ocultar su sonrojo.

El español le miró atónito, observando el camino que el italiano recorriera al momento de alejarse de él. Ladeó la cabeza y relajó el rostro, mostrando uno de completa serenidad. —Jeje. —rió y se levantó, mirando aún el camino que recorriera el italiano, esta vez, ya se había alejado bastante hasta desaparecer.

Agachó la cabeza, sonriente y con los ojos cerrados.

¿Quién dijo que tenía que ser una mujer?


Lovino sabía que Antonio apenas llegase a Nueva York, éste se casaría con una tal Emma. En uno de sus tantos canturreos acerca de su vida, el español llegó a contarle acerca de su futura boda y, también, su completo desacuerdo sobre la misma.

—Ese español sí será idiota. —se dijo, mientras se encontraba apoyado en los barandales del barco, mirando el océano que el mismo estaba dejando atrás.

Suspiró, estaba tranquilo de cierta forma en ese momento de la tarde. —Hay muchas otras opciones para Antonio… ¿por qué casarse por obligación? —de pronto, comenzó a demostrar un atisbo de preocupación por el otro, a pesar de que no le caía bien, la situación en la que se encontraba era algo que a cualquiera no le gustaría vivir… ¿por qué alguien tan alegre como Antonio tendría que vivir infeliz el resto de su vida?

Se reprendió por estar pensando esas cosas. Sacudió su cabeza fuertemente para "despejar" esos pensamientos y, a la vez, desaparecer ese sonrojo que aparecía en su rostro. —¡Bah! ¿A mí qué me debe importar? Después de todo… —esas palabras no sonaban para nada sinceras, nuevamente el italiano se reprendió.

Encontró una pequeña chispa en el fondo del mar.

Unos minutos en silencio bastaron para que el italiano reaccionara. —Por más que deteste a ese bastardo ricachón, ¡no puedo permitir que cometa estupideces! —se dijo muy decidido, alejándose de un empujón del barandal y a punto de dirigirse a sabrá-Dios-dónde pero si encontraba el español, era mucho mejor.

Hablando del rey de Roma… o más bien, de Madrid.

—¡Lovi! —una voz muy conocida captó la atención del italiano, quien enseguida volteó en búsqueda de aquel sonido.

—¡Bastardo! ¿Qué rayos haces aquí? ¿No se suponía que estabas de paseíto con tu novia? —en ese momento se estaba contradiciendo, quería evitar aquella boda, pero aún así insistía en recordarle al otro lo que debía hacer.

El otro se acercó mucho más hasta detenerse a escasos centímetros del italiano y se agachó para recuperar el aliento.

Lovino se fijó que había estado corriendo velozmente por quien sabe cuánto tiempo, al verlo todo despeinado, desarreglado y notoriamente cansado no pudo pensar otra cosa.

Bueno, ya que estaba aquí era hora de expresarle lo que pensaba acerca de su "relación".

—Idiota, tengo que habla-

—¡Lovino, no quiero casarme! —el italiano fue interrumpido rápidamente, mientras el español había recuperado el aliento y de golpe se levantó para tomar de los hombros al otro.

La cara de confusión de Lovino era bastante notoria, si acaso eso sentía… entonces ¿por qué lo hacía?

—Entonces… ¿acaso no es obvio? ¡No te cases y ya! —contestó secamente. —De eso quería hablar contigo, no es que me caigas bien, pero tampoco se me hace justo que vivas infeliz el resto de tu vida tan solo por una obligación de familia. —los ojos verdes del italiano se cruzaron con los del español, una mirada mostrando determinación y la otra confusión.

El español rompió el silencio. —Pero no es eso nada más Lovi… pretendía casarme porque realmente me daba igual… pensaba que con el tiempo quizás llegaría a amarle, después de todo en toda mi vida nunca me había enamorado. —el italiano, para sorpresa, escuchaba con atención las palabras del otro y no sabía porqué sentía una extraña incomodidad.

—Pensaba que… aparte de cumplir ese capricho familiar, podría hallar en Emma a alguien a quien ame, pero ahora hay alguien quien ya ocupa mi corazón. —los ojos del español se mostraron muy determinados, ese gesto de decisión asustaba al italiano.

De pronto, esa incomodidad se empezó a hacer más apacible.

—¿Qué quieres decir idio…

—Lovi, te amo desde la primera vez que te vi. —ambos rostros mostraban lo que verdaderamente sentían. Lovino estaba bastante sorprendido, incómodo, asustado quizás; mientras que Antonio estaba más que determinado y para temor de Lovino, bastante sincero.

El italiano se quedó sin palabras.

—¡Sé que esto es algo precipitado pero… acepta bajar en Nueva York conmigo! —el español se mostraba bastante desesperado, en verdad no quería casarse con Emma; era buena chica pero, si no había amor sabía que nunca en la vida iba a funcionar.

—¡Q-Qué cosas dices Antonio! —lo apartó de un golpe, más sin embargo no se alejó de ahí y simplemente le veía impresionado. —No puedes cancelar tu boda así como así.

—¿No hace rato me habías dicho que no me casara? —el italiano calló cuando el otro le respondió, se estaba contradiciendo y odiaba el hacerlo.

Agachó la cabeza más que nada para ocultar ese sonrojo que comenzaba a aparecer en sus mejillas, no importándole el dejar a un español un tanto aturdido, pensativo y sobre todo triste.

No se fijó en el momento en que el español desapareció. Alzó su cabeza y éste ya se encontraba muy alejado de ahí. Aprovechó a girarse y volverse a apoyar en el barandal aún mucho más pensativo que antes.

Las olas del mar y la brisa lo ayudarían a darse cuenta de todo lo notorio. Quizás el haber subido a ese barco no fue solo casualidad. Nunca creyó que en su miserable vida llegaría a toparse con alguien como Antonio y, aunque le cueste admitirlo, que se preocupara mucho por él. Detestaba verse tan débil, tan vulnerable como lo estaba siendo en ese momento, pero el sentimiento inquietante que tenía en su interior se iba incrementando cada vez más y más.

—Che palle! —exclamó agachándose más hasta ponerse de cuclillas sujetándose de las barras de metal. Ahora sólo podía ver mar y más mar en toda su inmensidad.


Esa tarde, los hermanos italianos por primera vez en el viaje estaban juntos en su habitación correspondiente, aunque uno de ellos (Cassiano) estaba dormido.

Feliciano se encontraba muy alegre respecto a algunas cosas que el mayor de los tres desconocía, mientras que él seguía pensando en lo que había ocurrido horas más atrás.

El silencio en la habitación era insoportable, por lo que Lovino aprovechó a usar ese tiempo para preguntarle acerca del tema. —Oye bastardo, te ves muy alegre ¿te ganaste un premio o qué? —finalmente optó por preguntarle acerca de la "felicidad" de su hermano.

—¿Eh? —respondió apenas escuchó el llamado del otro. —Ah, es algo así como un premio fratello, conocí a alguien especial.

La cara de duda del italiano expresaba todo lo que sentía en ese momento. Se recargó más en su cama y volvió a preguntar. —¿Alguien especial?

Feliciano asintió enérgicamente y enseguida le miró a los ojos, cruzando sus ambarinos con los verdes del mayor. —Así es, ¿sabes? Nunca pensé encontrar a alguien especial en este barco… él dijo que la primera vez que me vio se enamoró de mí ¿puedes creerlo?

Lovino sintió una punzada en su interior, pero una punzada dolorosa, solamente una punzada… de algo que no quería aceptar aún.

Sin tan siquiera volver a preguntarle, Feliciano volvió a hablarle acerca de aquella "relación" —Sí, aunque al principio me dio un poco de trabajo aceptarlo, después de todo él es de la clase alta y yo soy de la más baja, ¡pero me dijo que eso no importaba! Mientras nos amemos… creo que es todo lo que bastaba. —el menor perdió su mirada en algún punto de la habitación y después se mostró un tanto preocupado. —Fratello… él me ofreció que nos vayamos juntos apenas lleguemos a Nueva York y… —la cara de angustia del italiano era un tanto notoria, pero el mayor seguía perdido en sus pensamientos.

Llegó a una conclusión.

—¿Hermanito? —Feliciano notó que el mayor no le respondía ni nada, pero se preocupó aún más al verlo levantarse rápidamente. —Hermanito… ¿qué pasa?

—Tengo algo que hacer. —le respondió completamente determinado. Después del relato de su hermano, quiso creer que había elegido lo correcto y que, lo que estaba a punto de hacer era lo mejor para él y para…

—¡¿A dónde vas? —el menor se levantó de su cama, mirando en dirección a la puerta del camarote, por donde estaba saliendo el italiano.

—¡A terminar unos asuntos, no me sigas que si me entero te va a ir mal! —y con ésta amenaza terminó por desaparecer entre los pasillos de la tercera clase.


Después de correr agitadamente por casi todo el barco, llegó hasta la proa del mismo. Se detuvo paulatinamente al ver que en la punta del barco, se encontraba ni más ni menos que Antonio, recargado en los barandales, apreciando el mar o al menos eso quería pensar.

El italiano se sonrojó levemente al verlo ahí y de pronto un poco de temor comenzó a apoderarse de él… pero qué rayos.

Soy Lovino Vargas y no soy ningún cobarde. —se auto-animó mentalmente y comenzó a acercarse al español quien al parecer aún no había notado su presencia.

Caminó lo suficiente para que al hablarle lograra oírle.

—Hey… Antonio. —llamó brevemente y para su sorpresa el español le escuchó rápidamente. Éste se giró y miró al italiano quien estaba nada más ahí, de pie.

El italiano tragó hondo y lo miró, bastante sonrojado, pero muy decidido. —Ya lo he decidido. —le dijo, manteniendo sus fuerzas en mirarle a los ojos sin morir de la vergüenza; y todo fue peor cuando el español sonrió al escuchar aquellas palabras.

Se estremeció al verlo sonreír, no era la primera vez que lo veía hacerlo pero esta vez era por un motivo totalmente diferente. Él comenzó a acercarse a pasos cortos que involuntariamente comenzaron a acelerarse.

Quería decir algo, pero el español se apresuró a callarle con un suave sonidito y manteniendo su sonrisa se atrevió a tomar una de las manos del italiano quien, avergonzadamente, la aceptó.

Estuvieron lo bastante cercanos para poder contemplar mejor las facciones de cada uno. Hubo un silencio muy breve que casi no se notaba, todo gracias al sonido de las olas chocando con el barco, el viento soplando y el latido de sus corazones.

—Cierra los ojos Lovi. —soltó el español, mirándole detenidamente.

—¿Qué? ¿Para…

—Sólo ciérralos. —se apresuró a volver a decir el español, antes de que el italiano protestara.

Lovino cerró los ojos aún preguntándose el motivo de aquella petición. Con el ceño fruncido y el rostro sonrojado, mantuvo sus párpados unidos esperando a lo que sea que el español fuera a hacer.

Para su sorpresa, el más alto lo fue guiando hacia adelante aún sujetando su mano y ahora de su cintura. —A ver, sube con cuidado a los barandales.

—¿Qué planeas hacer Antonio? —respondió un poco más agresivo el italiano, pero sin embargo éste no abrió los ojos a pesar de estarle reclamando.

—Tú solo hazlo Lovi, pronto lo verás, confía. —el italiano se sonrojó mucho más que antes y obedeció al castaño, levantando uno de sus pies primero y buscando el barandal para luego apoyarse y subir el otro pie.

Antonio hizo lo mismo que el otro, subiéndose también al barandal y sujetando al italiano para evitar que éste se cayera. —Sujétate fuerte. —pidió. —Y ahora…

—¿Ahora? —el italiano se encontraba tan nervioso que no podía con él.

—Ahora di que confías en mí. —el italiano se extrañó demasiado, ¿qué pretendía hacer Antonio? Hasta ahora no tenía nada de sentido al menos para Lovino.

—Donde me sueltes verás que…

—Ay Lovi, no te soltaré, por eso quiero que confíes en mí. —el español rió divertido de la desconfianza inocente del otro, sentía que su corazón se aceleraba cada vez más, al estar con él y que él lo haya aceptado, era algo irreemplazable.

Para suerte del español, el italiano se sentía igual. —Confío en ti, bastardo, pero no me sueltes. —estaba más nervioso por si se llegaba a caer que por lo que sea que quería hacer el italiano.

De nuevo el español volvió a reír y dirigió sus manos a las del menor, sintiendo un choque eléctrico al tocarlas así por primera vez, pudiendo sentir cómo era la piel del italiano en esa parte de su cuerpo que, inconscientemente había comenzado a desear tocar.

—Confía en mí. —de pronto, sujetó suavemente las manos del menor y comenzó a elevarlas, abriendo sus brazos de forma perpendicular a sus costados. —Mantente así. —le indicó y lo soltó para dirigir cuidadosamente sus manos hacia la cintura del otro para mantenerlo firme.

—Abre los ojos. —el italiano finalmente los abrió, ya se estaba comenzando a desesperar de no ver absolutamente nada. Ahora sólo veía el mar al atardecer, el cielo anaranjado al fondo y el mar del mismo color, tal cual siempre lo había visto y había deseado admirar, pero ahora con Antonio a su lado, era algo que le costaba admitir que le causaba mayor felicidad.

—¿No sientes que estás volando Lovi? —le dijo con voz suave, asomando su rostro por encima del hombro del más bajo, pero aún así no podía ver bien el rostro que el otro pudiera tener en ese momento.

Cualquiera pensaría que Lovino diría que era una tontería cursi y pediría por bajarse, pero sin embargo en ese momento no fue así.

—Sorprendentemente… quizás sí siento que vuelo, Antonio. —admitió con el rostro aún más (sí es que no se podía) sonrojado. Aquellas palabras fueron una punzada en el corazón del español, pero no una punzada de dolor, sabía que se había enamorado y solamente lo estaba recordando.

De verdad que sí amaba a Lovino.

Así se mantuvieron un buen rato, lo que aguantara su equilibrio, hasta que el español levantó sus manos y las dirigió nuevamente a las manos contrarias, atreviéndose a entrelazarlas y, para su sorpresa, el otro no mostró oposición.

Aprovechó esa cercanía y comenzó a cantarle una canción. —Come Josephine in my flying machine*

Ante esa canción, el italiano agachó muy levemente la cabeza, sentía que su corazón se aceleraba cada vez más, pero no le disgustaba sentirse de esa manera sino totalmente todo lo contrario.

Podría acostumbrarse a eso.

Sintió la cercanía del español aún más e instintivamente volteó su rostro, encontrándose de reojo al mayor quien se había callado y solamente lo miraba. Poco a poco comenzaron a descender sus brazos para colocarlos, a vergüenza de Lovino, en su cintura.

Un momento que inconscientemente ambos habían deseado por bastante tiempo.

El italiano se sintió perder en la mirada verde del español, sus ojos lucían tan parecidos a los suyos y aunque eran del mismo color tenían una esencia totalmente diferente, una esencia que sin saberlo, lo había llegado a enamorar por completo.

De pronto lo que comenzaron a sentir golpeando sus rostros no fue brisa marina, sino sus respiraciones de lo cerca que se encontraban. Ambos poco a poco comenzaron a acortar distancia para culminar finalmente en un beso que ambos habían querido darse, quizás uno más que el otro, pero ambos lo habían deseado.

En ese momento no les importó si alguien los veía, si alguien los juzgaba; las clases sociales habían pasado a último plano y la situación también, todo había pasado a último plano, lo más importante ahí era un amor que comenzaba a nacer y tenían como testigo al ocaso sobre el mar en toda su inmensidad quien aquel 13 de abril de 1912, estuviera contemplando lo que ocurría a bordo de ese enorme barco.

Un amor que nació el 13 de abril de 1912 a bordo del RMS Titanic y que esperaban ambos jóvenes que durara para toda la vida.


Bien, hasta aquí el capítulo, lo hice más largo que el resto para intentar recompensar el tiempo de espera, la verdad lo siento mucho y aún siento que me quedó bastante simple... la verdad deseo que les guste T_T

Ya saben, para comentarios, tomatazos, propuestas de matrimonio(?) o sugerencias están los reviews, de verdad les agradeceré que me envíen uno c: aunque sea cortito, igual si tienen alguna duda o si ven que cometí algún error ortográfico tengan toda la confianza de decirme para que lo corrija inmediatamente, no muerdo c:

Hoy estamos a 11 de abril de 2012, a 100 años de que el Titanic zarpara de Southampton con destino a Nueva York.