La mayoría de personajes, lugares y demás pertenecen al maravilloso mundo de J. K. Rowling

...

Ya no estaba seguro de nada

Rose sintió una punzada de dolor en la parte baja de su espalda. No recordaba cuanto tiempo llevaba en aquella posición, agachada de cintura para abajo, intentado llegar con el trapo sucio que tenía en la mano a la parte más profunda del último estante. Seguramente habría pasado ya la media noche, aunque habían parecido horas desde que hubiese empezado a cumplir su castigo. La chica soltó un bufido mientras miraba de reojo a la figura esbelta y delgada que estaba junto a ella, limpiando los trofeos de la parte de arriba de la estantería. Ella no tenía que estar ahí, ella no se merecía aquel injusto castigo. A Rose Weasley no la habían castigado jamás en su vida, pensaba mientras se preguntaba alarmada que repercusión tendría aquella mancha en su previamente inmaculado expediente. Volvió a soltar un suspiro exasperado. Todo era culpa del desgraciado de Scorpius Malfoy.

"Cómo vuelvas a soltar otro quejido lastimero de los tuyos, Weasley, te meteré el trapo en la boca para que te calles" Le oyó decir al chico, desde las escaleras en las que se había subido, con aquel tono tan socarrón, tan suyo. Ella era quién le metería aquel trapo en su asquerosa bocaza insufrible si volvía a mirarla con aquella media sonrisa ladeada, pensó contrariada. Las imágenes de la última clase de pociones volvían una y otra vez a su mente a medida que las telarañas de aquella viaja aula de trofeos se le pegaban a la túnica del uniforme. ¿Cuándo demonios se había dejado arrastrar a esta situación? ¿Cuándo exactamente había conseguido, el estúpido de Malfoy, que acabaran los dos castigados?

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"¿Te ayudo con eso, Weasley, o te las apañas con esas dos cosas inútiles que te cuelgan de los brazos y que tú llamas manos?" Malfoy volvía a chincharla por enésima vez en aquella clase. Ya se había reído de ella por los pelos que traía llenos de hojitas después de dos duras horas en herbología y de la manera que tenía de levantar el brazo instintivamente cuando el profesor planteaba una pregunta a los alumnos; y ahora se reía de su cara de esfuerzo al intentar cortar unas raíces particularmente escurridizas para añadirlas a su poción.

Rose respiró hondo mientras rezaba para sí misma: 'no le contestes, no le contestes, no le contestes...' Sin embargo, las endemoniadas raíces volvieron a escurrirse entre sus dedos y volaron por encima de su mesa. Otra sonora carcajada casi maquiavélica le perforó el tímpano mientras se arrastraba por el suelo para recogerlas y Rose no pudo aguantarse más "¡¿Te vas a callar de una maldita vez, Malfoy?!"

"No puedo" Contestó él entrecortadamente, intentando en vano contener la risa "Tu increíble ineptitud me desconcentra muchísimo, Weasley"

"Ya, ya, tranquilo. Todos sabemos que no puedes quitarme los ojos de encima" Contestó Rose, rápida, audaz. Ella también sabía jugar a ese juego, de hecho, esa era de las pocas cosas, sino la única cosa, que le gustaba a Scorpius de ella, que sabía seguirle el royo a sus sarcasmos.

"¡Oh no!" Suspiró Scorpius, poniéndose una mano sobre el corazón con un gesto en la cara fingido y teatral "Creo que has malinterpretado mis desprecios Weasley, yo nunca tendría tan mal gusto como para mirarte ...a ti" Puso especial énfasis en la última palabra acompañándolo de una mueca de asqueo en su sarcástica mirada.

"¡Silencio todo el mundo!" Gritó el profesor Slughorn desde su mesa al principio del aula, pero Rose y Scorpius hicieron caso omiso y siguieron entretenidos en su eterna pelea.

Rose se giró airada para encarar al chico, dispuesta a acabar con toda aquella tontería de una vez y poder volver a concentrarse en su poción. "Pues si tanta grima te doy, Malfoy, deja de fijarte en cada cosa que hago y métete en tus asuntos" La amenaza hubiese dado perfecto resultado si Rose no hubiese elegido ese desafortunado momento para meter sin querer el brazo dentro del burbujeante caldero.

El chico estalló en otra carcajada a un más ruidosa que la anterior. "¡Mira que... eres... estúpida... Weasley!" Gritaba mientras se reía forzosamente a mandíbula batiente. "¡Has acabado empapada... de... tu propia poción!" Sin embargo, enmudeció de sopetón cuando Rose, colérica, con la furia subiéndole incandescente por el cuello y las orejas, le agarró de la corbata verde y plateada del uniforme y tiró de él hasta que su cara estaba demasiado cerca de el líquido color violáceo que rugía dentro de su caldero.

"¡Otra risita más, asqueroso pedante engreído, y lo que va a acabar empapado de poción va a ser tu cara!"Le gritaba la chica rabiosa al oído sin atenuar la fuerza que ejercía sobre su cuello. "¿Lo has entendido o te hago una demostración-"

"¡¿QUÉ ESTÁ PASADON AHÍ?! Bramó, interrumpiéndola, el profesor de pociones. "¡Weasley! ¡Malfoy! ¡Castigados esta misma noche con Filtch! ¡Y diez puntos menos a Gryffindor y Slytherin respectivamente!" Slughorn profirió un quejido mal disimulado con aquello último, odiaba tener que quitarle puntos a su propia casa. Los chicos intentaron en vano protestar ante la perspectiva de pasar una noche de castigo con el desagradable conserje de la escuela, Scorpius, echándole toda la culpa a ella, como siempre. Pero solo consiguieron la amenaza de doblar el tiempo de castigo, así que se mantuvieron callados el resto de la clase.

...

Así que, por otra de sus continuas peleas, Rose había acabado encerrada con él, limpiando los trofeos de antiguos premios anuales y las placas de viejas estrellas de Quidditch del colegio.

Deliberadamente, la chica volvió a soltar otro bufido, asegurándose de que sonaba suficientemente alto para llegar a las orejas del chico. Este, tras oírla de nuevo y con la crispación acentuándole las severas líneas de sus facciones, bajó de la escalera de un salto y tiró de ella para ponerla de pie. "Te lo he advertido, condenada pesada" Le dijo en un susurro amenazador mientras blandía le trapo grisáceo, con el que había estado quitando polvo a los estantes superiores, a modo de arma. Rose intentó zafarse inútilmente, sabedora de que Scorpius era bastante capaz de hacerla tragar aquel girón de tela mohoso, pero el chico la agarró aun más fuerte del brazo y la mantuvo quieta, a escasos centímetros el uno del otro.

"Vaya, vaya..." Dijo Flitch al entrar de nuevo por la puerta. "No se os puede dejar solos ¿eh?" Rose y Scorpius se miraron de reojo y se separaron rápidamente, conscientes repentinamente de la inusitada cercanía que existía entre ellos. "Si por mi fuera, os habría dejado toda la noche encadenados en las mazmorras. Es una pena que ya no se me permita impartir esos castigos..." Seguía murmurando el conserje mientras acariciaba la cabeza de la señora Norris, una gata gris paliducho que era igual de desagradable que él mismo. "¡Vamos, largo de aquí! Se ha acabado el castigo".

Los dos jóvenes no lo dudaron en absoluto y corrieron a salir de la habitación para volver a sus respectivos dormitorios; los de ella, en lo alto de una de las torres del castillo, los de él, en el sótano, junto a las mazmorras. Caminaron en silencio por el corredor, acompañados únicamente del sonido sordo del eco de sus pasos al retumbar contra la fría piedra gris de las paredes y el tiritar de las antorchas. Rose miraba al frente, perdiéndose en algún punto del infinito, con la cabeza bien alta para mantener aquella postura de airada dignidad. Él, sin embargo, le echaba ligeros vistazos de tanto a tanto, recorriéndola de arriba abajo, divertido de verla tan contrariada. Le encantaba hacerla rabiar. No sabía por qué, pero encontraba un placer inexplicable en conseguir que sus orejas se pusieran coloradas de ira y sus frondosos rizos pelirrojos se desordenaran con los movimientos espasmódicos que hacía su cuerpo cuando se enfadaba.

Cuando estaban a punto de separarse al llegar a las escaleras, Scorpius habló por primera vez. "¿No vas a darme las buenas noches, Weasley?" Dijo con otra de sus medias sonrisas.

"¿A ti? ¿Al que ha conseguido que me castigaran toda la noche limpiando polvo octogenario?" Contestó ella "Ni en tus mejores sueños, Malfoy" El chico río suavemente mientras se apoyaba desenfadado sobre la barandilla de las escaleras. Rose no pudo evitar pensar en lo atractivo que estaba Malfoy en aquella postura, en lo bien que le quedaba aquella mueca socarrona entre sus facciones marcadas. Al instante se arrepintió de ese pensamiento y se reprobó a sí misma, enervándose aun más.

"Eh, espera. Creo que la que ha conseguido que me castigaran a mi has sido tú, Weasley" Dijo él. Ella le miró, cruzando fuertemente los brazos sobre su pecho indignada. "Eres demasiado violenta." Era ligeramente irónico que aquello lo dijese quien le había partido la nariz, de un puñetazo, a la última persona que había osado meterse con su familia; sin embargo, había que reconocer, que Rose Weasley, sí que tenía aquellos prontos irracionales e impetuosos, traídos normalmente por la ira contra él.

"¡Yo no soy violenta, Malfoy!" Gritó ella sin mucha razón dado que se había abalanzado sobre él con el brazo en alto, preparada para propinarle una buena bofetada y borrarle aquella condenada sonrisa de la cara.

Scorpius se irguió y la sujetó por la muñeca, sus rápidos reflejos de buscador experto siempre atentos. "¿Ah no?" Dijo en un susurro satírico con la ceja levantada y sin borrar ni un ápice la sonrisa.

Otra vez, estaban cerca, muy cerca. Más cerca de lo que jamás habían estado el uno del otro, con sus respiraciones mezclándose agitadas en el pequeño espacio que había quedado entre ellos. Se miraban a los ojos, a la inmensa profundidad de sus ojos. Él, ahogándose en aquel océano de aguas azul oscuras que bramaban como en una tormenta y se arremolinaban alrededor de su pupila. Ella, recorriendo el páramo gris plomizo que dibujaba agrestes montañas y sinuosos valles dentro de su iris. De repente, ya no pudieron sostenerse a sí mismos por más tiempo.

Se besaban. Se besaban apasionadamente, vorazmente, con un hambre que nunca antes habían sentido. Y sorprendentemente, besarse no les resultaba extraño, porque parecía como si siguieran peleándose como tantas otras veces; solo que ahora lo hacían a base de roces y caricias desesperadas. Scorpius luchaba por abalanzarse más sobre ella, por profundizar aun más el beso, clavando su lengua en el interior cálido y húmedo de su boca, robándole deliberadamente el sabor dulce de su saliva. Rose luchaba por tocar más superficie de su piel sedosa, hundiendo sus dedos ansiosos entre el suave pelo de su nunca, bajando las manos por su pecho, colando unos dedos aventureros por la abertura de su camisa para describir ávidos círculos con las yemas.

Rose no pudo evitar que un gemido, casi inaudible, se escapara entre sus labios entreabiertos cuando Scorpius la apretó más contra él, sus manos deslizándose desde la parte de arriba de su espalda hasta su cintura, ejerciendo una ligera presión en ese punto. El chico notó un tenue escalofrío, recorriéndole la espina dorsal, al sentir como ella suspiraba su aliento cálido dentro de su boca, al notar cómo le respiraba en la superficie de los labios, mojados de saliva y pasión. Quizás, con demasiada fuerza de la debida, empujó a la chica contra la pared más cercana, estrellando su espalda contra la sensación fría de la piedra, dejando caer todo el peso de su propio cuerpo contra ella para contener un ligero tembleque de piernas que le habría delatado. En su inmensa arrogancia, no cabía la posibilidad de que ella descubriera el poder que tenía sobre él.

Siguieron devorándose el uno al otro ávidamente, desesperadamente. Scorpius tenía ahora ambas manos sujetando las caderas de la chica, más abajo de aquel límite invisible que marcaba lo que era socialmente correcto. Y Rose se aupaba sobre sus hombros, sostenida por la punta de los dedos de los pies, peleando por sortear la diferencia de altura entre ambos y ganar más territorio en aquella batalla de lenguas que se fraguaba en el interior húmedo de sus bocas. En uno de los ínfimos instantes en los que se separaban ligeramente para intentar en vano tomar aire de nuevo, Scorpius avistó la puerta de un armario escobero que tenían al lado y separó una mano reticente para alcanzar el picaporte. "Mierda, está cerrada" murmuró contrariado sin llegar a alejarse del todo de la chica, mientras una mano tiraba con urgente violencia de la condenada manivela de hierro forjado.

Rose, con la determinación impetuosa que la caracterizaba, se giró de repente hacía la puerta, pero manteniendo deliberadamente el contacto entre sus cuerpo, ahora con sus nalgas pegadas a las huesudas caderas del chico. Tenía miedo de que si se rompía aquella cercanía, aquella fricción entre ellos, la magia necesitada y ansiosa del momento desapareciera y cayera sobre ellos la aplastante manta del bochorno. Sacó rápidamente su varita del bolsillo interior de su túnica y musitó con firmeza "Alohomora" La puerta obedeció resignada y se abrió con un chasquido. El chico la siguió dentro de la oscuridad, con una sonrisa involuntaria dibujándose en su rostro. Le encantaba verla así, con decisión, con la mente ágil, rápida en sus movimientos de varita. A Scorpius Malfoy le gustaban las mujeres inteligentes, y para que negarlo, Rose Weasley era una chica inteligente.

Una vez dentro, rodeados de las sombras calladas y cómplices de aquel armario escobero, Rose volvió a girar sobre sus talones para encararle y cogiéndolo con vigor del cuello de la túnica, tiró del chico con los labios entreabiertos y el hambre reflejándose entre las infinitas pecas de su cara. Scorpius no se hizo de rogar, no era capaz, sus instintos casi animales emanando de cada poro de su piel, y volvió a besarla con furia. Sin saber cómo, habían chocado contra algún mueble de madera desvencijada. El chico se agachó ligeramente y agarrándola por los muslos, clavándole los dedos en la tierna piel, la aupó sobre aquella superficie. Ella no se resistió y abrió las piernas para dejarle paso. Por primera vez, sus partes más íntimas estaban tocándose y Rose pudo sentir el bulto que crecía duro dentro de sus pantalones. Se asustó. Sentía como si estuviera a punto de cruzar una frontera de la que ya no podría volver a atrás, sin embargo, cuando oyó el leve gemido de placer que se le volvió a escapar por su propia garganta entre la respiración, decidió que ya no quería volver a atrás y desplazó su cadera para notar aun más aquel bulto.

Volvieron a cortar el beso una vez más, solo el tiempo necesario para tomar una gran bocanada de aire y para intuirse el brillo de sus pupilas entre las tinieblas oscuras. Por alguna extraña razón, no sintieron ninguna vergüenza al mirarse y decidieron, en ese mismo instante, sin necesidad de decirlo en voz alta, que aquello era tan natural entre ellos como el mismo sol que les iluminaba cada día. Dejaron de pensar. Dejaron de oír sus pensamientos y simplemente se abandonaron el uno en el otro, rindiéndose ante aquel despliegue de caricias, besos apasionados y roces ansiosos. Scorpius volvió, una vez más, a inclinarse hacia ella pero desvió la trayectoria en el último segundo, regodeándose en el quejido de añoranza que Rose había musitado, para posar sus labios delicadamente en la curva de su cuello. Primero continuo con aquella inusitada delicadeza y le dio un tierno beso casi infantil, pero sin demorarse , incrementó la tensión del momento mordiéndola, recorriendo toda la línea de su clavícula con la calidez empapada de su lengua.

Rose gemía suavemente, sin remedio, sin control; olvidándose del mundo que existía al otro lado de la puerta, únicamente consciente de aquella caricia sensual, de las firmes manos del chico subiendo osadas por sus muslos, de la fricción intensa entre sus partes íntimas. Con los dedos temblando ligeramente, no de miedo, sino de placer, bajo los brazos de la nuca del chico, acariciando toda la superficie de su torso delgado, quitándole la túnica negra del uniforme, aflojándole la corbata, desabrochando poco a poco cada botón de su camisa. Scorpius no pudo aguantar tanta pesada lentitud y soltándola repentinamente la ayudó a arrancarse su propia ropa. En un segundo, estaba completamente desnudo de cintura para arriba y se deleitaba mirando como los ojos azul oscuro de la chica se paseaban pegajosos por las marcadas líneas de sus músculos. Rose no lo dudo y extendió las manos para acariciar su piel pálida y sedosa, dibujando con la yema de sus dedos los trayectos que emanaban de sus abdominales, de los huesos de su cadera por encima del borde del pantalón. Cuando sus manos ya no eran suficiente, se inclinó para trazar un reguero de besos, tenues, pero extremadamente calientes, desde la parta baja de su mandíbula, por su esternón.

Habría seguido desplazando su boca hacía abajo si el chico no le hubiese levantado la cara para volver a besarla en los labios, metiendo su lengua de nuevo, intentando llegar más profundo de lo que ya había llegado antes. Ahora era su turno de desnudarla a ella. Poco a poco, pero sin pausa alguna, fue quitándole despacio la túnica, el jersey de ribetes rojos y dorados, la camisa blanca,... y echó un paso a atrás intencionado para poder mirarla. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la falta de luz y ahora podía más que intuir las formas desnudas de la chica. El tenue color rosado de sus pezones asomando por la tela casi trasparente de su sujetador, el mapa de pecas que, como estrellas, llenaban el cielo blanquecino de su piel, sus rizos, de un rojo incandescente, cayendo salvajes y despeinados por sus hombros. Scorpius pensó, supo, que nunca jamás había visto algo tan bello.

El silencio se hizo espeso a su alrededor y la chica sintió la urgente necesidad de taparse el torso desnudo con los brazos, avergonzada por primera vez. Nunca antes la habían mirado de esa forma. Scorpius volvió a dar un paso al frente, acercándose por fin a ella, después de haber estado unos segundos, que a ella le parecían infinitos, observándola de aquella manera, indiscretamente. Sin embargo, no volvió a abrazarla con la misma fuerza, con la misma ansia que antes, sino que posó delicadamente las manos sobre su cintura, bajando suavemente el broche de su falda para dejarla solamente en ropa interior. Rose estaba a punto de sacudirle enérgicamente para que dejarla de mirarla con aquella media sonrisa plantada en la cara, a punto de gritarle que la abrazara de una vez, o se largara de allí; pero que dejara de una maldita vez de clavar sus ojos grises en ella, haciéndola sentir tan extraña, tan condenadamente insegura.

Pero Scorpius no lo hizo, ni la cogió entre sus brazos con vigor, ni se marchó de allí. Solamente se acercó un poco más a ella, volviendo a colocarse entre sus piernas, trazando una firme caricia con sus manos, desde sus muslos, pasando por su tripa y por encima de sus pechos, hasta su cuello. Mientras, hundía la cara en la espesura de su cabello rojizo, aspirando fuertemente su esencia. Olía a flores, a las tardes de primavera entre la hierba y la calidez del sol a orillas del lago. "Eres absolutamente preciosa, Rose Weasley" le susurró en la oreja, entre los rizos. Rose se derritió sobre él en aquel mismo instante, soltando un gemido ahogado aun más vibrante que los anteriores. Después de eso, ya no quedó nada más de aquella paz cargada de tensión y expectativa, sino que todo fue furia y rabia. Rabia de acariciarse sin descanso, clavándose las uñas en la superficie desnuda de la piel, rabia de besarse, de chuparse, de empaparse hasta las entrañas de la saliva del otro, rabia de amarse. Amarse con todo el anhelo contenido en los seis años en los que se habían fingido odiar.

Sus entrepiernas estaban aun más cerca la una de la otra. Él se hincaba en ella con garra animal, presionando una erección que nunca antes había estado tan dura. Ella movía incesante la cadera contra él, sintiendo un placer que no se parecía en nada a algo que hubiese sentido antes o que pudiese explicar con palabras. Con una violencia casi cruel, Scorpius introdujo una mano entre la tela de su sujetador y le retorció sin cuidado el pezón, endureciéndolo, contemplando extasiado el jadeo incontrolado que conseguía en ella. Rose, armándose de un valor que no sabía que tenía, deslizó una mano por sus abdominales hasta llegar a la cinturilla de su pantalón. Le tiritaba todo el brazo de nervios y miedo, dificultando la ardua tarea de desabrocharle el botón y bajarle la cremallera. No quería que él tuviera que ayudarla, quería parecer firme y decidida, segura, que sus intranquilos tembleques en los dedos no delatasen la infantil inocencia inexperta que la inundaba. Al mismo tiempo, el arrastró la palma de su mano por la tripa plana de la chica hasta presionar su sexo por encima de la tela fina de las bragas. A Rose le recorrió un espasmo con aquel roce inesperado. El último ímpetu que necesitaba para por fin aventurarse dentro de sus calzoncillos, acariciando toda la largura de su miembro erecto.

Scorpius espetó un gruñido de placer, cerrando los ojos jadeante. Si seguía así, Rose iba a conseguir que perdiera por completo el poco control que le quedaba dentro. No le importaba. La deseaba, la deseaba más de lo que jamás había deseado ningún otro placer físico, olvidando totalmente que alguna vez tuvo una voluntad de resistencia que ahora le sonaba tan lejana. Con una mano todavía presionando itinerante sobre su clítoris a través de la ropa interior, utilizó la otra para agarrarle el muslo a Rose, el pulgar describiendo círculos cariñosos en la piel delicada y tierna de la parte interior, el resto de los dedos casi arañándola afirmativamente. La chica interpretó aquel gesto y siguió acariciando su miembro de arriba a abajo por dentro de sus calzoncillos, arrancándole otro gruñido susurrado entre los besos.

Rose jadeaba, exhalaba aire agitadamente entre gemidos incontrolados. Sentía oleadas de deleite cada vez que Scorpius frotaba sus partes íntimas de nuevo. La delgada tela de sus bragas se tornaba demasiado gruesa, demasiado opaca, de repente, y cómo si él le hubiese leído los pensamientos, se metió dentro de ellas, encontrando fácilmente aquel botón mágico que ahora estaba más abultado e hinchado de lo que ella era consciente. Otro espasmo la recorrió el cuerpo. El chico la sintió totalmente mojada de gozo, y aquella sensación cálidamente húmeda en los dedos le descontroló repentinamente y absolutamente. Con una velocidad apabullante terminó de bajarse los pantalones y los calzoncillos de un tirón y le arrancó las bragas, parándose en seco un última vez para mirarla de nuevo en las profundidades acuosas del océano azul oscuro de sus ojos, esperando en su mirada una negación que le previniera de hacer lo que estaba a punto de hacer. No hubo negación tal, Rose solo le devolvía la mirada con los labios entreabiertos, brillantes de saliva, y un ligero rubor rosáceo e increíblemente sensual en sus mejillas. Menos mal, pensó él, porque no estaba seguro de que fuera capaz de parar ahora.

Súbitamente, se abalanzó sobre ella y le abrió las piernas un poco más, casi con cierta rudeza salvaje, y se introdujo dentro de ella, metiendo toda la longitud de su miembro de un golpe. Rose notó una punzada de dolor por la brusquedad e intentó controlar una pequeña lágrima que amenazaba por derramarse por su mejilla, apretando los ojos cerrados y escondiendo la cara en los hombros del chico, agarrándose a él con ansia para apaliar la agonía. Sin embargo, no le dio tiempo a pedirle a Scorpius que parase, porque aquel dolor empezó enseguida a atenuarse hasta desaparecer. En su lugar, solo había placer, placer puro al sentir como el chico la penetraba una y otra vez, sus cuerpos chocándose y separándose acompasadamente. La besaba, a ratos, dejando sus labios flotando entre los de ella, entre su cálido aliento, incapaz de doblegar demasiados movimientos a la vez. También la miraba, también a ratos, observando hechizado sus gemidos como dibujados en el poco aire que quedaba entre ellos. Pero luego no lo soportaba más y volvía a hundirse entre sus rizos, entre su fragancia, gruñendo de placer cerca de su oído, mientras la penetraba un poco más profundo.

Unos pasos comenzaron a oírse por el pasillo, acercándose a ellos. Debía ser aquel condenado conserje inoportuno. Callado, Scorpius se quedó muy quieto, todavía dentro de ella. Rose tiró de él con las manos entre el pelo de su nunca, emitiendo un jadeo agudo para que continuara, pero el chico le tapó la boca, intentando mitigar aquel sonido, que era a la vez de dicha y de añoranza. "Sssshh..." le susurró "Viene alguien". Los pasos llegaron hasta donde estaban escondidos. Por alguna razón inexplicable, a Scorpius le inundó una fascinante temeridad y comenzó a penetrarla de nuevo entre aquel silencio espeso, entre la agonizante expectativa de la figura que seguramente se encontraba al otro lado de la puerta, divirtiéndose al comprobar lo difícil que le resultaba a Rose contener sus imparables gemidos al sentirle tan dentro de ella.

Por fin, el eco de los pasos se perdió al doblar la esquina del corredor y les dejó solos de nuevo. Scorpius incrementó entonces la velocidad de sus movimientos con violencia, consciente de que estaba a punto de terminar ya. Rose sintió inesperadamente como todo su cuerpo se contraía, una ola gigante de calor y placer se extendía como una corriente eléctrica, desde su sexo, por el interior de todo su cuerpo, hasta llegar a cada poro de la piel. Se agarró aun más a los hombros del chico, temiendo desmayarse, y apretó la boca contra la curva del su cuello, acallando un último gemido que surgía vibrante desde muy adentro. Scorpius notó como Rose se estremecía en aquel orgasmo, notando, a su vez, como los músculos internos de la chica se encogían alrededor de su miembro, apretándolo aun más en su calidez interna. Introduciéndose una última vez, profundamente, se abandonó también en su propio clímax, vertiéndose dentro de ella, jadeando intensamente entre el perfume de su melena.

No sabían cuanto tiempo se habían quedado así, acompasando sus respiraciones poco a poco, como si las agitadas aguas de un rio hubiesen bajado la tortuosa montaña y llegasen al fin a la plenitud de un lago en calma. Aun abrazados, con sus cabezas apoyadas en sus respectivos hombros, las bocas aun rozando suavemente la piel sudorosa de sus cuellos. Aun dentro de ella, completamente desnudos, temerosos de romper aquel contacto, de romper aquella extraña magia que les rodeaba y que había borrado de un soplido el miedo o la vergüenza. Porque lo que sí sabían era que, una vez se separasen, una vez volviesen a mirarse a los ojos, tendrían que volver a la realidad de un mundo que ya no se parecía nada al que era, y sin embargo, debía seguir siendo igual que siempre.

Finalmente, Scorpius le dio un último beso, ligero, tenue, apenas rozando su mejilla y se fueron alejando. Al principio, reticentemente, pegajosos, sintiendo una especie de energía centrípeta que les instaba a volver a colisionar; después, repentinamente. La magia se había roto. Se miraron un instante, sonriendo con la mirada porque no se atrevían a hacerlo con la boca, pero desviaron los ojos enseguida, empujados por un temor desconocido, y se escondieron el uno del otro entre las sombras oscuras de aquel armario escobero que ahora no solo les rodeaban, sino que se colaban entre ellos. Se fueron vistiendo despacio, en la incomodidad de aquel silencio aplastante, denso, que intensificaba los callados ruidos del castillo dormido, que acentuaba el abrumador sonido sordo de sus propias respiraciones como si las estuviera condensando y las materializase vaporosas sobre el aire. Rose notó un ráfaga de aire helado en la piel, consciente de nuevo de su propia desnudez y consciente también de aquella fría noche de invierno, así que se apresuró a terminar de ponerse las últimas prendas de ropa. Scorpius ya había acabado de vestirse, antes que ella, pero no había sabido si marcharse o quedarse, si abrazarla por última vez o no; así que se había quedado quieto, demasiado quieto, dándole la espalda mientras ella se colocaba la túnica del uniforme y se acomodaba el pelo color rojo incandescente detrás de sus hombros.

El chico se resolvió, al fin, a largarse de allí cuanto antes. No soportaba aquella neblina densa que había crecido entre ellos y en la que no sabía cómo comportarse. ¿Qué debía hacer? ¿Soltar otro de sus comentarios sarcásticos para volver a chincharla, como si nada de eso hubiese pasado, o afirmar que eso sí había pasado y encarar de una vez lo que se suponía que sentían realmente el uno por el otro? No estaba seguro de que sintiesen nada más que el odio, que el desprecio que les había caracterizado hasta entonces; y sin embargo, tampoco estaba seguro de que ella fuese a olvidarse de aquello o de que él pudiese olvidarse de ella. Olvidarse de la cartografía de pecas que surcaban sus mejillas y su pecho desnudo; de la calidez, de la suavidad de sentirse dentro de ella; olvidarse de lo increíblemente embriagador que olía su pelo o lo increíblemente maravillosos que se oían sus gemidos sobre el cuello. Ya no estaba seguro de nada.

Scorpius colocó una mano atientas sobre el picaporte de la puerta y lo accionó para poder salir. Aun en el marco de la puerta, se giró ligeramente y susurró por encima del hombro. "Será mejor que no le cuentes esto a nadie, Weasley". Pero aquello había sido una mentira a medias. A medias, porque era verdad que sería mejor que no corriera por ahí el rumor de aquel encontronazo de fuego y pasión que había ocurrido entre ellos. A medias, también, porque la última palabra no había sido más que una falacia, porque en su fuero interno, Scorpius había deseado, con todo el anhelo de su corazón, llamarla por su verdadero nombre: Rose.

...

Es el primer relato erótico que escribo así que espero que os haya gustado

Vuestros reviews e impresiones siempre son bienvenidos

Un saludo a todos

PD: Esta pequeña historia no está incluida en mi otro relato sobre esta pareja ("El gris se tiñe de azul")