Este relato estaba intencionado al principio como solo un One-Shot,

pero se ha acabado convirtiendo en una serie de ellos, que aunque tienen cierta continuidad, no es una historia larga de capítulos como tal. Solo es la escusa para narrar una serie de encuentros (de carácter erótico en su mayoría) entre los dos personajes.

...

La mayoría de personajes, lugares y demás pertenecen al maravilloso mundo de J.

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YA NO ESTABA SEGURO DE NADA, SEGUNDA ENTREGA.

Scorpius se estiró dentro de su cama, los ojos cerrados, los párpados pegajosos por las legañas de la noche anterior. Era por la mañana, o al menos eso parecía dada la claridad vaporosa que podía sentir a su alrededor, aunque no estuviera mirando, casi la notaba pegada a su piel, acariciándole. Un instante después, otra cosa comenzó a acariciarle también. No podía verlo, con los ojos aun bien cerrados, somnolientos, pero intuía que eran unas manos, manos pequeñas de dedos temblorosos, las que subían cálidas por su vientre desnudo, por su pecho, vuelta a bajar, por sus muslos también desnudos. No recordaba haberse metido en la cama sin ropa, sin embargo, no le dio la menor importancia ya que aquellas manos suaves, ávidas, se acercaban ahora peligrosamente a su miembro. Su miembro, que, sin que se hubiese dado cuenta, estaba duro y firme, crecido hasta apoyarse en la parte baja de su estómago.

Un gemido tenue se asomó a sus labios entreabiertos cuando aquellos dedos seguros y aventureros se deslizaron, osados pero a la vez, delicadamente, por toda la largura de su erección. Por la punta sensible y rosada, por el tronco rígido, presionando ligeramente en el punto donde este se une a los testículos. "Más..." pidió el chico en un susurro que andaba a medio camino de un suspiro, casi suplicando. Quien fuese aquella mujer, porque estaba seguro de que la piel sedosa de esos dedos pequeños debían pertenecer a una mujer, se acomodó un poco más en la cama, hundiendo levemente el colchón y obedeció sin más dilación al ruego. Scorpius notó ahora como le agarraba el miembro entero, con ambas manos, acariciándolo de arriba a abajo, de abajo a arriba, sin descanso, sin prisa, pero cada vez con más ritmo. Otro gemido ronco de gozo y de afirmación se le escapó por la garganta. El chico estuvo a punto de abrir los ojos para ver quién era aquella persona que le tocaba de esa manera. Pero se contuvo. Por alguna razón, se dio cuenta de que ya sabía perfectamente quien era, aun sin mirarla. Quizás por su tacto, o quizás por aquel olor tan intenso, tan embriagante, que emanaba de ella y le subía hasta la nariz, hasta el cerebro. Por lo que fuera, lo sabía.

Un espasmo le recorrió quemándole la espina dorsal. Un espasmo que le pilló por sorpresa, sin anunciarse. Algo más le estaba ahora palpando dulcemente el miembro, algo que no eran aquellas manos delicadas, algo mucho más cálido, mucho más húmedo. Con un soplo de aliento y respiración, la chica le besaba tiernamente en la punta hinchada de su virilidad, continuando resbalando los labios hacia abajo. Luego fue su lengua la que desanduvo el camino en sentido contrario, mojándolo todo, lamiéndolo, entreteniéndose de nuevo en la parte sensible de la coronación. Y después de una pausa inquieta, cargada de anhelo, deseo y expectativas por parte de ambos, la chica se introdujo por fin aquel músculo latente en su boca, todo lo que pudo, hasta rozar con el principio de su garganta. Scorpius se arqueó, sujetando un gruñido salvaje que amenazaba por salir desde dentro de sus entrañas. Nunca había sentido algo tan placentero como eso. Los labios suaves, tiernos, de aquella chica, deslizándose por la piel erógena de su miembro; la cavidad húmeda, caliente de su boca abrazándole; su lengua esponjosa esparciendo su saliva por toda la longitud... No aguantó más y decidió abrir los ojos por fin.

Ahí estaba ella. La persona que había intuido tras aquella fragancia a flores y bosque. La única persona que en realidad deseaba que estuviese allí, con él, desnudos, en aquella cama; aunque eso fuese algo que jamás iba a confesar en voz alta, ni siquiera a sí mismo. Poco a poco, con el semblante enmarcado por los frondosos rizos salvajes, rojos, tan rojos como el fuego de su interior, Rose levantó la cabeza de su entrepierna y le miró directamente a los ojos. Scorpius, entre jadeos y gemidos, le devolvió la mirada, perdiéndose totalmente en esos ojos, hundiéndose, ahogándose en esas aguas bravas, agitadas por la tormenta del deseo. Sensualmente, Rose sonrió, suspirándole aquella sonrisa sobre el glande; y aun con los ojos clavados en él, seguros, juguetones, le besó en ese mismo punto, tomando entre sus labios mojados toda la punta de su erección, succionando. Scorpius volvió a gruñir por el intenso placer, incapaz de imaginarse algo más erótico que aquel beso obsceno en su parte más íntima. A tientas, buscó entre las sábanas la mano de la chica y se agarró a ella con firmeza, canalizando un poco la furia, la energía que comenzaba a nacer en su interior. Rose volvió a introducirse todo el miembro en la boca de una sentada, acariciando con la mano que le quedaba libre allí donde su pequeña cavidad no llegaba. Scorpius se preguntó de repente como demonios había podido la chica cruzar a la sala común de Slytherin para llegar a su dormitorio. Tampoco entendía porque las otras tres camas silenciosas que les rodeaban estaban vacías, porque no estaban sus compañeros en la habitación y sí estaba ella. Sin embargo, Rose aceleró el ritmo de sus caricias lamiendo con furia, con rabia golosa, con desesperación, deslizándose fácilmente por su miembro, resbalando con ímpetu, arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo,... Y el chico se olvidó por completo de aquellas dudas, se olvidó absolutamente de todo. Fuertemente, apretó los puños y los párpados, a punto de abandonarse en el éxtasis de aquel placer insólito, a punto de derramarse en su boca...

De repente, algo blando pero contundente le golpeó en la cara: una almohada; haciendo desaparecer todo el placer y las caricias de sopetón. Scorpius supo, muy a su pesar, que cuando abriera los ojos de nuevo Rose no estaría allí. Porque nunca había estado allí.

"¡¿Qué estabas soñando, tío?!" Le gritó Blaise Zabini desde su cama al otro lado de la habitación. Una sonora carcajada recorrió la estancia, atronadoramente, socarronamente. Albus se acercó entonces a Scorpius para recoger la almohada que le había tirado y el chico le miró ligeramente contrariado. Tenía que ser el capullo de Albus Potter el que le despertase justo en el mejor momento. "Debía ser algo maravilloso" Siguió diciendo Zabini entre carcajadas. "A juzgar por los soniditos esos que hacías..." Con toda la atención del dormitorio, el chico se dedicó a hacer una perfecta imitación de los gemidos que minutos antes había estado emitiendo Scorpius mientras dormía. La carcajada general se incrementó aun más. Scorpius les miró con la ceja levantada y le dedicó a Zabini un gesto obsceno con el dedo, sin un atisbo de timidez o vergüenza por la escena que acaba de protagonizar. Qué se podía esperar si encierras a cuatro chicos de dieciséis años, adolescentes y hormonados, en un mismo dormitorio. Aquello era plato de cada día.

Albus, sujetándose el costado, dolorido del flato continuado de la risa, preguntó entrecortadamente "¿No nos vas a decir con quién soñabas, Scorp?"

El aludido se dispuso a negar efusivamente cuando Arthur Fintflecher le interrumpió mientras salía del baño, peinándose el cabello hacia atrás con esmero. "A mí me ha parecido oír un Rose..." Los muchachos volvieron a estallar en otra carcajada, más de uno había oído también aquel nombre. Scorpius al contrario, no se rio, ni un poco, y se puso de pie de repente, andando a zancadas hacia el baño, sin ni siquiera esconder la enorme erección que asomaba, como una tienda de campaña, dentro de los calzoncillos sueltos que usaba para dormir. No iba a hablar de Rose Weasley en voz alta. No. Nunca. Jamás.

Aun le quedaban unos largos quince minutos hasta que tuviera que subir al Gran Comedor a desayunar, así que se quitó la poca ropa que le quedaba puesta, cogió una toalla seca y se metió en la ducha, dispuesto a bajar aquel calentón mañanero con agua bien fría. Sin embargo, el agua no salió del grifo congelada, como el chico había esperado, sino cálida, templada, agradable, resbalando por los recorridos de sus músculos, por las líneas marcadas de su espalda, por su miembro duro como la piedra de las paredes que le rodeaban, aun más si cabe. No pudo controlar sus instintos y bajo una mano hasta su virilidad, tomándolo con firmeza, acariciándose a sí mismo, masturbándose; mientras, con la otra mano se apoyaba en el muro debajo del chorro de agua, conteniendo aquel tembleque de piernas que siempre trae involuntario el placer. Las imágenes borrosas del sueño flotaban como nebulosas en su mente, difuminándose confusas, perdiéndose. Pero los recuerdos de aquella otra noche de sexo apasionado e impetuoso con Rose Weasley, en aquel armario escobero, aun permanecían claras en su cabeza. Grabadas en la misma sucesión y secuencia en las que habían ocurrido, repitiéndose una y otra vez, casi como si estuviesen sucediendo de nuevo, ahora, en ese instante, en aquella ducha. Scorpius no podía evitar pensar en Rose Weasley mientras su mano subía y bajaba rápida por su erección, frotando con furia, con ansia y deseo. Aunque su razón hubiese deseado pensar en cualquier otra mujer, su inconsciente volvía y volvía a Rose.

Pensaba en sus labios jugosos, suaves, aquellos que se había imaginado lamiéndole entero, aquellos que había sentido besándole. Pensaba en su cuerpo desnudo, en los dibujos de pecas en su piel blanca y tersa, en sus pechos, pequeños, firmes, tan apetecibles, y a la vez, tan prohibidos. Pensaba en su cavidad interna, en lo apretada que fue sentirla a su alrededor, en lo cálida, en lo mojada que estaba. Pensaba en su cara preciosa, de esa belleza sencilla, nada obvia, que te golpea después de un rato; en sus ojos, en color azul profundo de sus ojos, brillantes de miedo, de expectación, de placer; en su sonrisa empapada de saliva, en su pelo vibrante, desordenado, salvaje. Pensaba en lo increíblemente hermosa que le había parecido en ese momento, toda ella. Más hermosa que ninguna otra persona que hubiese visto, más hermosa que ninguna otra cosa. Pero sobretodo, pensaba en sus gemidos, en el sonido tibio, dulce, penetrante de sus gemidos. Se los imaginaba gritando su nombre 'Scorpius,... Scorpius,...', en medio de los jadeos de placer y las exhalaciones. Con aquella música exuberante y lujuriosa tamborileando en sus oídos, por dentro, más y más rápida, al compás del movimiento persistente de su mano, Scorpius se corrió. Solo, en aquella ducha, con el brazo exhausto por la furia de la masturbación. A pesar del agua caliente que aun seguía cayendo por su cuerpo desnudo, el chico sintió repentina una ráfaga de aire frío, tan solo un segundo. Pero lo suficiente para que le diera tiempo a ansiar necesitado que aquel otro cuerpo desnudo, cálido, que se había estado imaginando, también estuviera de verdad allí con él, en aquella ducha, en aquel instante.

En ese mismo momento, pero cinco pisos por encima de su cabeza, en otro dormitorio, en uno que olía más dulce y menos a colonia masculina, Rose Weasley se desperezaba con los párpados aun cerrados entre las mantas de su cama adoselada. Había estado soñando algo precioso, pensó con un leve ronroneo y una amplia sonrisa que le había crecido en el semblante estando aun dormida. Sin embargo, de repente, se incorporó sobre el colchón, los ojos por fin abiertos, muy abiertos, como dos redondos platos. Aunque no recordaba perfectamente que había pasado en el sueño, acaba de darse cuenta de que si había algo que no podía borrarse de su cabeza, la imagen del cuerpo desnudo con el que había estado compartiendo aquel sueño: Scorpius Malfoy. Rose intentó sacudir de su mente aquellos pensamientos, pero algunas escenas de aquella aventura nocturna e imaginaria que había tenido, iban y venían de ella, rememorándole las sensaciones que su cuerpo había creído sentir, recordándole en forma de flashes alguna de las cosas que habían acontecido. Rose se observó las piernas, ahora cubiertas por la tela gruesa y calentita de su pijama de invierno. En el sueño, definitivamente, no llevaba ese pijama; de hecho, no llevaba ningún pijama, y la única superficie que había tenido sobre ella había sido la de los labios de Scorpius besándola por cada rincón, por cada poro de la piel. Rose suspiró, un leve gemido que tenía nombre propio y dueño, escapando mudo entre sus labios entreabiertos al dejarse llevar por las borrosas imágenes oníricas, al rescatar, en otro flash, dónde había posado sus labios el chico una vez había acabado de acariciar con ellos la parte interior de sus muslos.

Rose se tapó la boca, otra vez alarmada, nada más oírse a sí misma y se tiró de la cama para empezar a vestirse, difuminando por completo el resto de escenas de aquel sueño. Con suerte, al cabo de unos minutos, se le olvidaría por completo, igual que le pasaba siempre todas las mañanas, sin embargo, nunca podría olvidar del todo aquella otra noche, real, que sí había pasado con Scorpius dentro de un armario escobero. Su dormitorio estaba vacío, las estúpidas de sus amigas la había vuelto a abandonar allí, y ella, había vuelto a quedarse dormida. Rápidamente, comenzó a vestirse con el uniforme de todos los días, aunque seguía evitando su propia mirada en el espejo, demasiado avergonzada como para devolverse el contacto visual a sí misma. Avergonzada, no por lo que había pasado en el sueño, no por haber cometido aquellos actos deliberadamente obscenos; sino por quién los había cometido con ella. No podía parar de pensar en Scorpius Malfoy. Conscientemente cuando estaba despierta, e inconscientemente, cuando se quedaba dormida por las noches, a todas horas. Su mente alocada volvía una y otra vez a aquel encontronazo fogoso y pasional en el armario escobero. No podía evitar haber guardado, como grabadas a fuego, cada emoción, cada sensación sentida en su cuerpo; cuando el chico la había besado, cuando la había tocado de aquella forma, cuando se había introducido en ella. Y es que, Scorpius Malfoy, por mucho que le doliera admitirlo, era tan condenadamente atractivo, y sus manos se habían sentido tan condenadamente bien sobre su cuerpo, y sus labios tan condenadamente jugosos, dulces, cuando la besaba, y el bulto duro de su entrepierna tan... No. No podía pensar más en aquello. Simplemente, no podía dejar que su cabeza, y los anhelos que le nacían de aquel lugar en su entrepierna, se fugaran constantemente de su mano, de la mano de la persona más insufrible, detestable, engreída y egocéntrica de toda la maldita escuela, por mucho que sus deseos irracionales ansiaran tenerle ahí, en esa cama, en ese mismo instante, con ella. Pero ¿cómo iba ha hacerlo? Era tan condenadamente difícil dejar de pensar en él.

Cuando Rose bajó por fin de la torre de Gryffindor, quedaban solo unos minutos para que acabase el desayuno así que la chica debía correr si quería comer algo antes de que empezaran las clases. Justo a la entrada del Gran Comedor, algo chocó contra ella en medio de su carrera, casi haciéndola caer al suelo. Casi, porque unas manos firmes la habían interrumpido a mitad de su caída libre, sujetándola por la cintura. "Eso que llevas en la cara se llaman ojos, Weasley" Le espetó Scorpius socarrón reteniéndola fuertemente aunque la chica ya se hubiese estabilizado. "La próxima vez, úsalos para ver por dónde vas ¿quieres?" El grupito de fastidiosos amigotes de Slytherin que siempre le acompañaban, se rieron divertidos por el ingenioso comentario del chico, pero Scorpius aun no la había soltado, sus manos pegadas a su cintura como si sintieran una extraña fuerza magnética y no pudieran separarse de ella. Rose le miró con odio, a punto de estallar con alguna de sus réplicas mordaces, sin embargo, esta se le quedó atascada en la garganta, dándole un aspecto ligeramente bobalicón. ¿Por qué demonios no le contestaba? ¿Por qué no se soltaba de él y le discutía irónica como hacía siempre? Porque te está tocando y te encanta, dijo una voz burlona en su cabeza, porque te está mirando con sus penetrantes ojos grises, seductores, y eso también te encanta. Después de unos segundos que se hicieron infinitos, se separaron al fin, turbados los dos. Ella, por aquel poder silenciador, implacable, que el chico tenía sobre ella. Él, por aquel magnetismo mágico que parecía emanar de la chica y controlar sus movimientos.

Rose se quedó como paralizada unos segundos más, quieta, anclada sobre las baldosas del suelo, después de que el chico la rodease y se fuera siguiendo a sus amigos sin mirar hacia atrás, ni una sola vez. La chica gruñó enfadada con su falta de compostura y reanudó la marcha. Aunque no llegó muy lejos. "No, no, no" Le dijo en una regañina risueña su prima Domnique, mientras la tomaba del brazo y la empujaba en dirección contraria. "Ya no te da tiempo a desayunar, señorita"

"¿Se te han vuelto a pegar las sábanas, Rosie?" Preguntó su amiga Alice cogiéndola del brazo que le quedaba libre, tal y como había hecho Dominique.

"Me pregunto qué tendrás ahí metido" Añadió Dominique con un guiño coqueto. "Porque últimamente se te quedan pegadas todos los días" Terminó de decir, coronándolo con una amplia carcajada vivaracha a la que se le unió Alice.

Rose no rio como ellas, ni contestó, contrariada por las punzadas de dolor y hambre que sentía ahora en el estómago por haberse saltado el desayuno, pensando en que tendría que convivir con ellas el resto de la mañana. De repente, al pensar en comida se le ocurrió algo. "Oye chicas, ¿puedo preguntaros algo?" Les dijo a sus dos amigas. Las muchachas la miraron expectantes. "Hipotéticamente hablando..." Comenzó a exponer Rose. "Si hubieras probado, así, repentinamente, un... un trozo de chocolate, nuevo, que no habías probado antes, y...os hubiera gustado, mucho, mucho más que cualquier otra cosa, pero sabéis que es malo para vosotras y que no deberías volver a... comerlo ¿Cómo harías para poder dejar de pensar en cuanto queréis volver a coméroslo?" Rose no sabía porque lo había preguntado así, pero así era como había salido, y la verdad, el chocolate no era un mal eufemismo para Scorpius Malfoy, siempre que fuese chocolate negro, muy negro, muy amargo.

"¿Por qué iba a ser malo el chocolate?" Preguntó indignada Alice, todo el mundo sabía cuánto le encantaban a la chica los dulces.

Rose bufó contrariada. "Es una preguntad hipotética..." Repitió condescendiente. "¡Contestad!"

"Ni idea Rosie" Dijo entonces Dominique. "No creo que haya nada ¿no?"

"¿No hay ninguna poción o algo así?" Volvió a preguntar Rose, sin esconder un deje desesperado en su voz.

Alice la miró sorprendida "¿A nosotras nos lo preguntas?" Exclamó cantarina "Tú eres la reina de las pociones y los hechizos, amiga" Rose volvió a soltar otro bufido. No, no había ninguna poción, ni ningún hechizo, ni nada. Ya lo había mirado todo en la biblioteca, y lo único que había conseguido encontrar era el hechizo obliviate, extremadamente peligroso de ejecutar, complicado si se quería borrar solo una parte de la mente, y más, si se hacía contra uno mismo. En el fondo, había guardado la esperanza de que sus amigas conocieran un remedio, para su creciente obsesión con Malfoy, que ella aun ignoraba. Pero había sido una esperanza minúscula e irreal.

"¿Sabes?" Susurró pensativa Dominique "Creo que la única forma de que deje de gustarte algo así es el empacho"

Rose miró a su prima dudosa. "¿El empacho?"

"Sí." Afirmó tajante su prima. "A mí me pasó con la tarta de calabaza. La adoraba. Sin embargo, he comido tanta, que ahora mismo, juro que si la abuela Molly la sirve de postre en otra reunión familiar, simplemente, vomitaré"

Rose no dijo nada más en todo el camino hasta el aula de Trasformaciones, mientras sus dos amigas seguían hablando y hablando sobre la tarta de calabaza de la matriarca Weasley. No sabía si el tema de alimentos se podía aplicar directamente a aquel chico, pero a lo mejor no era tan mala idea. Se empacharía de Scorpius Malfoy. Pasaría tantos momentos pasionales con él, haciendo exactamente lo mismo que aquella otra noche en el armario escobero, que acabaría por hartase y dejar de desearle. Tal y como le había pasado a Domnique con aquella tarta. Sus entrañas bailaron de júbilo, celebrando junto a sus deseos internos las muchas ganas que tenían de empezar con aquel plan, de poder volver a estar entre sus brazos, entre su embriagante olor, y Rose volvió a sentirse condenadamente culpable y asqueada porque la perspectiva de aquel plan se le antojara inconscientemente tan placentera y deseable. Definitivamente, tenía que empezar cuanto antes a quitarse a el maldito de Scorpius Malfoy de la cabeza.

Unas horas más tarde, Rose esperaba paciente aunque nerviosa, el aire agitándose en su pecho, cuando oyó el eco de unos pasos por el suelo de mármol del pasillo y se asomó por la puerta del aula vacía en la que estaba escondida. No era Scorpius. Era cualquier otra persona la que se acercaba andando. Rose taconeó sobre la piedra molesta. Cuanto más tenía que esperar, más corría el riesgo de arrepentirse de aquello y salir huyendo de aquel plan suicida. Pero no quería. Tenía que hacerse así. Sin embargo, Scorpius no apareció inmediatamente, sino que, la chica, aun tuvo que oír a un par de personas más antes de que fuera el chico el que caminaba por el pasillo, arrastrándose cansado después del entrenamiento de Quidditch, pero con aquella forma tan elegante de caminar, tan jodidamente atractiva. En el momento justo, Rose volvió a asomarse por la puerta y le agarró del brazo lo más fuerte que pudo, tirando de él hacia el interior de las sombras confidentes de aquel aula vacía.

Scorpius sintió el impulso al que le arrastraban y aunque solo pudo ver por un instante el fulgor de la cabellera roja intensa de la chica antes de que sus ojos se sumieran en la espesa oscuridad de aquel aula, supo por el embriagante olor a primavera que emanaba quién era la que le había empujado a aquel rincón. Rose no perdió más tiempo y se abalanzó sobre sus labios presionando con ímpetu. Hambrienta, abriéndose para él. Sin embargo, aunque el chico la había tomado por la cintura firmemente, casi como si aquel encuentro no hubiese sido una sorpresa, algo no estaba saliendo exactamente como Rose había planeado. Scorpius apartó la cara enseguida, dejándola sola en aquel beso dado a medias. La puerta del aula había quedado ligeramente abierta detrás de ellos por lo que una rendija de luz se colaba desde las antorchas del corredor, iluminando aquella mueca sarcástica que el chico dominaba tan bien, la ceja levantada y una media sonrisa ladeada asomando juguetona. "¿Qué estás haciendo, Weasley?"

Rose bufó, intentando esconder la vergüenza que le subía ahora atronadora, ruborizándole las mejillas y las orejas. "¿Qué crees que estoy haciendo Malfoy? ¡Besarte!" Contestó airada como si besar fuera una palabra cruel o un insulto.

Scorpius soltó una pequeña carcajada cortante y tiñendo de una inmensa soberbia sus palabras, preguntó "¿Y quién te ha dado permiso para besarme?" Puso un énfasis deliberado en la palabra permiso que exasperó aun más a Rose. El muy arrogante hablaba como si fuera de la realeza y hubiese que pedir audiencia para estar ante su presencia.

"Creo que lo que pasó la otra noche me ha dado permiso para besarte, idiota." Espetó la chica con una rabia y una furia en la mirada tan suya, tan común en ellos, pero que contrastaba enormemente con el significado estricto de un beso.

"Ah no, no, no." Dijo divertido Scorpius. "No te confundas Weasley." Continuó mientras la soltaba por fin de la cintura y se apartaba un poco de ella. No sabía muy bien porqué hacia aquello, en el fondo deseaba tanto como ella que volvieran a besarse, que volvieran a amarse de aquella forma y pudiera hundirse en ella de nuevo. Sin embargo, algo dentro de él, de su carácter altanero e irónico, le obligaba a hacerla rabiar cada vez que tenía la más mínima oportunidad. Aunque en esa ocasión, se estuviera haciendo rabiar a sí mismo también. "Qué haya pasado una vez no significa que pueda volver a ocurrir, bonita." El chico no entendía que demonios estaba saliendo por su boca. Claro que podía volver a ocurrir. Debía volver a ocurrir, muchas veces, muchísimas, tantas como se había estado imaginando aquellos días de atrás; y eso era decir bastante.

Rose no podía sostener más la vergüenza y la rabia que sentía en ese momento, con los insultos atropellándose en su boca sin llegar a salir ninguno, así que, con aquella impotencia y una última mirada de repleta de odio, se giró para intentar salir del aula. "Adiós" Espetó secamente.

"¡Eh! Espera, espera, Weasley..." Susurró él, una mano sobre la madera ajada de la puerto, impidiendo que la chica pudiera abrirla y salir. Poco a poco, le fue dando la vuelta y acercándose de nuevo a ella. "Está bien, te daré lo que tú quieres" Siguió susurrando ahora mucho más cerca de su boca. Rose se habría rebotado contra su maldito tono condescendiente si Scorpius no hubiera aprovechando ese mismo instante para acariciarle una mejilla tiernamente, muy tiernamente, demasiado, haciendo que las pequeñas piernas de la muchacha temblaran hasta casi tambalearse al suelo. "Pero está vez, vamos hacerlo bien" Terminó con un beso, suave, contundente profundo. Cargado de mucho más que los simples deseos que nacían de su entrepierna, muchos sentimientos más que en ese momento aun no entendía.

Y lo hicieron, bien, muy bien. Saboreando lentamente cada trozo de piel, cada beso, cada nuevo roce, antes de llegar a devorarlo del todo. Despacio, muy despacio, porque, a pesar de todas las ganas contenidas, querían más, mucho más, querían todo lo que el otro pudiese darles, quería ir averiguándolo poco a poco. Y es que, ahí, en medio de las sombras oscuras de aquel aula vacía, los dos, solos, en medio de la pasión del instante, habían descubierto que ya no importaba quién era quién. Ya no importaba que él fuera un arrogante, insufrible y engreído; ni ella una sabelotodo, aburrida y estirada. No importaba que no pudiesen jamás hablar de aquello en voz alta, que nunca se fueran a atrever a confesarse de aquella magia necesitada que les empujaba el uno en el otro. No importaba, porque, por tan solo unos momentos, esos en los que todo su mundo se convertía en esa batalla de caricias, contacto húmedo y cálido, ya no había nada más a su alrededor, nada más que el placer, insólito, desesperado, libre, totalmente libre; el placer que emanaba de ellos dos juntos, de interior que formaban cuando se unían en uno solo.

Lo hicieron, esa vez, quizá alguna otra en aquella noche, y también, lo hicieron las numerosas veces que vinieron después. Lo hicieron porque no podían evitarse, porque verse en la distancia les llenaba el alma y el deseo de esa añoranza impaciente, esa añoranza que les instaba a una tregua en su odio mutuo y les permitía disfrutarse escondidos, ignorando a la razón, que les reñía por aquello, ignorando los prejuicios y las antipatías construidas durante tantos años y que de repente, cuando estaban muy cerca el uno del otro, cuando sus labios se tocaban y sus pieles se sentían, ya no tenían ningún sentido. Lo hicieron hasta que ya no se sintieron culpables nunca más. Scorpius, porque la culpabilidad simplemente no entraba en su mente, y sí, Rose Weasley era la antítesis de él mismo, era todo lo que no deseaba en una persona, y aun así, la deseaba más que a cualquier otra cosa; y sencillamente, iba a tenerla, sin más. Rose, porque cada vez que la vergüenza y el remordimiento volvían a ella al darse cuanta de nuevo de quién era el dueño, el que ponía nombre propio a sus gemidos, meramente se limitaba a recordarse a sí misma su plan, porque ella solo estaba siguiendo un plan, el plan de hincharse hasta aborrecer. Y al fin y al cabo, eso es lo que estaba haciendo, lo que haría durante los meses siguientes, empacharse de Scorpius Malfoy.

...

Espero que os haya gustado, vendrán más, lo prometo,

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Un saludo a todos.