La mayoría de personajes, lugares y demás pertenecen al maravilloso mundo de J.

...

YA NO ESTABA SEGURO DE NADA, TERCERA ENTREGA.

Rose caminó lentamente, cansada, por los corredores vacíos, oyendo únicamente el sonido sordo de sus pasos extendiéndose como un eco por las sombras nocturnas y el tiritar de las antorchas. Ser prefecta, a pesar de las tareas adicionales y de las responsabilidades que implicaba, tenía ciertas ventajas también. Como por ejemplo, el poder escabullirse por las noches, más tarde del toque de queda, para una relajante sesión en el baño especial de la quinta planta, y la verdad era que, después de aquella semana tediosa y exhausta, Rose se merecía hundirse durante horas en las cálidas burbujas de colores que salían por los numerosos grifos dorados de la bañera gigante, perdiéndose ella, y los pensamientos agobiantes que se arremolinaban en su cabeza, entre la mezcla dulce y suave de las fragancias y los distintos jabones. Sin embargo, la chica se paró en seco al doblar la esquina del último pasillo, observando contrariada la figura esbelta y elegante que se apoyaba desenfadada justo al lado de la puerta secreta del baño. "¿Qué demonios estás haciendo aquí, Malfoy?"

El chico levantó la cabeza del suelo, y la miró fijamente, otra vez con aquellas sonrisas ladeadas que combinaban perfectamente con sus facciones atractivas, condenadamente atractivas, y Rose no pudo evitar que algo dentro de ella se agitara. "Esto es un baño ¿no?" Le contestó como si fuese lo más normal del mundo estar allí, a horas tan tardías, apoyado sin más en la puerta de un servicio. "¿Qué crees que estoy haciendo?"

Rose soltó un suspiro exasperado. "Sí, es un baño. El baño de prefectos más concretamente" Le dijo mientras llegaba hasta él, parándose enfrente del área de la pared de piedra gris dónde se materializaría la puerta una vez dijera la contraseña correcta. " Y la última vez que miré, tu no eras uno de ellos" Añadió señalándose la insignia que ella llevaba colgada de la parte delantera de su túnica.

"Yo no" Dijo el chico cambiando el peso de pie para girar sobre la pared y mirar a Rose de frente. Mientras le daba un ligero toque juguetón en aquella 'P' dorada que la chica se había señalado, añadió. "Pero tú sí que lo eres" Adornando el comentario con un guiño coqueto de ojos.

Rose no se dejó embaucar por el gesto, no visiblemente, al menos, aunque sus entrañas volvieron a dar un brinco una vez más; por lo sensual de su mirada, y por las segundas intenciones ocultas que acaba de insinuar. Rose se estaría mintiendo a sí misma si no admitía que la imagen de ellos dos, desnudos, dentro de la espuma embriagante de aquella bañera, no se había pasado por su mente en el mismo instante en el que le había visto esperándola ahí. "¿Cómo sabias que iba a venir, por cierto?" Preguntó de repente.

"Vienes a bañarte aquí los jueves" Contestó él, aun sonriéndola con esos ojos que decían tantas cosas, y ninguna buena, con un brillo especial escondido entre el gris plomizo de siempre.

Rose sonrió por fin, pero no a él, sino a la idea que acaba de elaborarse en su mente, rápida, mordaz. "Vaya Malfoy, ¿me estás acosando? Un poco desesperado ¿no crees?" La mueca socarrona del chico tembló un instante, pero se recuperó en seguida, más marcada aun. Scorpius Malfoy, muy al contrario que Rose, era un experto en controlar sus emociones internas, en sujetarlas para que jamás traspasasen la fachada altanera y arrogante que llevaba siempre colgada delante de él, al menos casi todo el tiempo. "Mira" Continuó la chica seria de nuevo, visto que él no parecía dispuesto a contestar a aquel ataque directo. "He tenido una semana muy difícil y me gustaría poder disfrutar de un baño relajante, así que si no te importa..." Hizo un gesto hacía la profundidad oscura del corredor, como insinuando por dónde se podía ir largando, y luego tocó con la varita en una de las piedras de la pared musitando la contraseña por lo bajo. Las losas grises se fueron haciendo a un lado mientras una puerta de madera tallada iba creciendo entre ellas.

Scorpius, sin embargo, ni siquiera hizo el amago de marcharse en la dirección que Rose le había indicado y cuando la chica accionó el picaporte de la puerta, la abrazó con fuerza por detrás y la empujó dentro. "Venga Weasley... sabes perfectamente que yo sé como relajarte mucho mejor que esa bañera" Le susurró lento y pegajoso en la oreja, hundiendo la cara entre sus rizos, aspirando su esencia descaradamente, mientras sus manos comenzaban a bajar en una caricia desde su tripa hacia sus caderas.

Lo sabía, claro que lo sabía, pero no podía rendirse a él tan rápidamente así que Rose intentó zafarse. "¡Quita anda!" Dijo apretando los labios para esconder una sonrisa que amenazaba por delatarla, aunque Scorpius no pudiese verla, escondido como estaba entre el frondoso cabello de la chica, intentando en vano llegar hasta su cuello. "No tengo ganas de tus tonterías" Añadió deshaciéndose al fin de la cárcel de sus brazos y andando un par de pasos más para alejarse de él.

Scorpius no la siguió. Le encantaba aquella manía que tenía Rose de ser escurridiza con él. Ese rifirrafe continuo, ese vaivén de idas y venidas, esa batalla de sarcasmos y pullas constantes que teñía todas sus conversaciones. Le encantaba porque se había acostumbrado demasiado a que las chicas se le tiraran encima, fáciles, sencillas de atraer hacia sus garras. Rose no era como ellas. Rose no se abandonaba simplemente, no se rendía; y si perdía, perdía luchando. Aunque fuese más una pose que otra cosa. "Mentirosa" Le espetó burlón desde el rincón donde se había quedado observándola mientras ella daba vueltas alrededor de la inmensa bañera, abriendo unos y otros grifos de los que salía agua de distintos colores, o espuma blanquecina y mullida, o a veces, solo un dulce olor a flores. Dijeran lo que dijeran sus labios, la chica no podría engañarle. Tampoco él podía engañarla a ella. Llevaban ya unos meses en los que aquel encuentro fortuito pero tremendamente apasionado en el armario escobero se había repetido numerosas veces. En otros armarios, en los vestuarios del campo de Quidditch, incluso, ocultos en alguno de los matorrales del los vastos terrenos del colegio. Y habían compartido ya tantas caricias, tantos besos, tanto placer; que habían aprendido a leerse el cuerpo el uno al otro, a entenderse sin necesidad de hablar. A entender ese temblor en las manos cuando Scorpius le rozaba con su boca sobre la fina piel de su cuello, a entender cómo se agitaban los latidos de su corazón al sentirle cerca, muy cerca, tan cerca que lo único que se podía respirar era ese aroma masculino y embriagante que emanaba de él; y sobre todo, a entender sus gemidos, esos que en los mejores días, llevaban su nombre grabado a fuego. Y es que, Scorpius no podía evitar pensar que no podría existir un sonido más erótico que su nombre escapando de los labios de Rose Weasley.

"No vas a marcharte ¿verdad?" Le preguntó la chica ligeramente contrariada una vez decidió que ya no quería abrir más grifos. Aunque su cuerpo la traicionara delatando lo mucho que le deseaba, lo mucho que ansiaba su contacto, su olor, su presencia junto a ella, muy pegado a la piel, aquella noche, de verdad, necesitaba simplemente un baño tranquilo. Sin embargo, Scorpius se limitó a negar con la cabeza aun sonriendo mordazmente y siguió mirándola fijamente con todo el descaro que podía. "Bueno, haz lo que quieras" Dijo Rose dándole la espalda y empezando a quitarse el uniforme del colegio poco a poco. "Pero no me molestes" Lo primero que cayó al suelo fue la túnica y seguido, el jersey y la corbata de colores escarlata y dorado. Después los zapatos y los calcetines altos. Lentamente, la chica fue desabrochándose los botones de la camisa, muy despacio, casi demasiado. Cuando ya no pudo demorar el momento más, dejo que la prenda de ropa resbalara por sus hombros descubriendo su piel desnuda, limpia salvo por las interrupciones de sus numerosas pecas, hasta caer del todo y amontonarse con el resto de su ropa. No tenía puesto el sujetador. A veces evitaba llevarlo porque era más cómodo, y desde luego, en aquel momento, cuantas menos prendas tuviera que quitarse más fácil le resultaría terminar con aquella exhibición antes de arrepentirse y salir huyendo cobarde. Por último, deslizó el broche de su falta y la arrastró hasta los pies junto con su ropa interior. Estaba totalmente desnuda, de espaldas, pero de alguna forma frente a él, bajo la luz templada y tenue de la luna y de una gran lámpara de velas que colgaba justo encima de la bañera, con el leve calor de las pequeñas llamas tocando su cuerpo. En algún momento, con alguna de las piezas de ropa que antes vestía, habían caído también la timidez y el pudor, y es que, cuando estaba con él, más expuesta que nunca, extrañamente, ya no sentía que tuviera que avergonzarse por nada.

Scorpius la miraba callado mientras la chica se desnudaba perezosamente, sus ojos siguiendo el movimiento de sus manos, recorriendo el lienzo de sombras y brillos que era ahora su piel, su respiración jadeando en su garganta. La había visto desnuda un sin fin de veces ya, pero nunca así, nunca tan claramente, tan sinceramente. Siempre se acababan arrancando la ropa en mitad de la batalla de besos mojados y roces desesperados, siempre al principio de sus fogonazos rápidos por las esquinas ocultas del castillo. Sin embargo, esta vez, el espectáculo que era para él verla así, llegaba deliberadamente premeditado y Scorpius sintió como toda su razón se volvía muda en su cabeza por un instante. Justo en el mismo instante en el que el bulto de su entrepierna empezaba a despertarse. "Weasley, está es la peor forma que tenías de intentar espantarme" Rose se giró un segundo, solo un poco y se limitó a mirarle de reojo encogiendo los hombros, mientras subía los brazos para hacerse un moño improvisado en la parte alta de la cabeza. Scorpius emitió un gemido involuntario, sigiloso, casi mudo. Adoraba cuando Rose se recogía así el pelo. Quizás porque solía hacerlo siempre en clase, cuando estaba concentrada en algo, cuando era resolutiva, inteligente, rápida; y es que, a Scorpius Malfoy le encantaban las mujeres inteligentes.

Con un par de pasos, la chica se acercó al borde de la bañera, la cual se cavaba en el suelo como un pozo, ahora lleno de burbujeantes pompas rosáceas y doradas. Primero se sentó, metiendo los pies descalzos, sintiendo el agua cálida entre los dedos, y luego, con un impulso se lanzó dentro y se sumergió hasta los hombros, sintiendo como casi flotaba en aquella nube espumosa, en aquel intenso aroma que empezó a dejarla adormilada, tranquila. Considerablemente menos tensa, Rose nadó un poco hasta el otro lado de la bañera y se sentó en la escalinata que quedaba bajo el agua, colocándose cómodamente mientras la densa espuma escondía la figura sumergida de su cuerpo desnudo. Scorpius seguía paralizado, mirándola desde un rincón. La luz de la luna entraba suave a través de las vidrieras decoradas y dejaba dibujos de colores entre la tenue oscuridad de aquella noche, haciendo brillar, a su vez, reflejos arcoíris sobre la superficie de ese mar azul oscuro que Rose tenía en la mirada. Una mirada que también le observaba a él mientras sus manos remoloneaban juguetonas entre la espuma. El chico tuvo que concentrarse unos minutos más antes de poder reaccionar. De alguna forma, Rose había conseguido inmovilizar todos sus músculos, incluso el corazón; y eso era algo que a Scorpius no le había pasado nunca antes. Al cabo de unos instantes más, sus piernas decidieron, por fin, hacer caso a las órdenes que les gritaba su cabeza y se acercó también al borde de la bañera. "¿Me dejas meterme a mí también?" Preguntó el chico. Su boca estaba pegajosa por la respiración pesada y el apabullante esfuerzo que hacía su cuerpo por no abalanzarse sobre ella, devorándola entera con ímpetu animal. Sin embargo, consiguió una vez más plantar aquella sonrisa a medias tan suya. Rose negó con la cabeza, seria, muy seria, quizás demasiado forzado. Aunque sabía que todo sería en vano ya que aquella pregunta no era más que una mera formalidad, un preámbulo. Cuando Scorpius Malfoy quería algo, no esperaba una respuesta, simplemente iba y lo cogía. "Venga Weasley... Nunca antes había tenido acceso a este baño, es una oportunidad única en la vida" Su túnica del uniforme y su jersey ya estaban formando otra montaña sobre el suelo de mármol y ahora se aflojaba lentamente el nudo de la corbata. Rose sabía que Scorpius esperaría a meterse en el agua cuando tuviera permiso, en el fondo de toda aquella altanería y arrogancia, el chico era de verdad un caballero; pero también sabía que no se cansaría hasta que ella accediera, no pararía de intentarlo hasta que consiguiera lo que deseaba. Le gustaba cazar, y disfrutar de sus presas cuando estas acababan por rendirse a sus pies.

"He dicho que no" Contestó la chica tajante. Aunque su voz parpadeó un poco, a punto de derrumbarse.

Scorpius impulsó una inocencia claramente fingida a través de su sarcástica mirada y siguió insistiendo casi en tono infantil. " La bañera es inmensa, Weasley. Juro que no te molestaré" Rose no se dignó a contestar, levantando una ceja sospechosa. Había aprendido que de aquel chico, siempre había que creerse todo a medias. Scorpius había seguido desnudándose un poco más aunque sus dedos estaban ahora flotando sobre el cuarto botón de su camisa, creando exactamente la clase de expectación que quería. La luna le iluminaba también a él, deslizando su luz por el trozo de piel pálida que se avistaba a través de la escueta apertura que había dejado en su camisa; y el chico se dio cuenta enseguida de como los ojos de Rose se habían desviado involuntarios hacia esa muestra escasa de desnudez. Tensó su sonrisa un poco más y añadió. "Por favor..." Sin embargo, esas dos últimas palabras le salieron arrastradas, reticentes, casi como si le hubiesen arañado la garganta al ascender; y eso solo podía significar que no había ni una pizca de mentira o teatralidad en ellas, sino que, de verdad, se le había escapado una súplica. Maldita sea, Rose Weasley le había hecho implorar. Ya tenía algo más que añadir a la creciente lista de cosas insólitas e involuntarias que Rose sacaba de él sin su permiso.

"No me supliques, Malfoy. No te pega nada" Contestó la chica al cabo de un rato en el que se había demorado disfrutando del regusto de poder que le dejaba aquel ruego. "De todas formas, vas a hacer lo que te dé la gana igualmente ¿no?" Aunque no era un estricto sí, Scorpius supo que esa era la forma que tenía Rose de darle permiso para meterse con ella en aquella bañera, la única forma, ya que ella jamás admitiría en voz alta que, en el fondo, solo deseaba volver a estar entre sus brazos. Su mente nunca le permitiría exponerse así, aunque ese deseo fuera lo que estaban gritando su corazón y su cuerpo.

Scorpius volvió a la tarea de desvestirse, y de la misma forma que Rose, quizás un poco más rápido, fue quitándose las prendas de ropa que le quedaban; solo que él estaba de frente, mirándola fijamente a la profundidad de sus ojos, intensamente. Rose pudo ver al fin su torso desnudo cuando desapareció su camisa, volando hasta donde estaba el resto de su vestimenta. Era delgado, los músculos marcados en su piel tersa, pero de manera natural, dibujando un paisaje sutil de valles y páramos, de ríos de cauces secos que surcaban a lo largo de su cuerpo. Rose se perdió en aquel paisaje, dejándose caer por las mesetas de piel pálida, sedosa al tacto. Antes de que se diera cuenta, absorta como estaba entre aquel territorio, el chico había terminado de quietarse el resto del uniforme y ahora estaba ahí, de pie, totalmente desnudo, su miembro erecto apuntando hacia ella sin pudor. Cuando Rose levantó la mirada y volvió a aquedarse atrapada en sus ojos, vio en ellos algo más que su característica sonrisa orgullosa. Un brillo extraño en el que se escondía cierta duda, cierto temor. Scorpius sabía muy bien controlar sus emociones a través de la armadura que formaban las facciones de su cara, los movimientos de su cuerpo, pero Rose, en aquellos momentos en los que se habían encontrado, colisionando el uno en el otro, cuando se había dejado enredar en la irracionalidad compartida de la pasión, había sabido encontrar dónde estaba el punto de fuga de su alma, allí por dónde a veces, se le escapaban libres los sentimientos internos: sus ojos. Ese gris plomizo a veces chispeaba con un sinfín de matices más, desconocidos, escurridizos, pero que contaban sus más ocultos secretos. Y ahora, ese hielo marengo de su mirada le estaba preguntando a la chica ligeramente aterrado '¿qué te parece?'. Rose se permitió sonreír por primera vez, imitando su gesto y tirando ligeramente de la comisura de su boca hacia un lado, jugando. No podía evitarlo, no podía dejarle ahí sin más, expectante, rogando silencioso por su aprobación, luchando por mantener la compostura.

Scorpius estuvo satisfecho con aquella leve sonrisa de la chica. Él sabía perfectamente el poder que ejercía sobre ella, la facilidad que tenía para acabar ablandando aquellas posturas de terco rechazo fingido, lo mucho que ella le deseaba , lo poco que podía resistirse a él cuando estaban cerca. Sin embargo, Scorpius Malfoy, a pesar de toda la arrogancia, de todo el obstinado orgullo que le adornaban por fuera, no era más que un chico, como todos los demás, y a veces necesitaba aquella clase de aprobación, aunque no fuese en voz alta, aunque solo fuese una sonrisa. Necesitaba saber de alguna forma que todo aquello que pensaba era verdad, que Rose deseaba tocarle, besarle, estar junto a él de la misma forma que él no podía dejar de pensar en tocarla, en besarla, en estar junto a ella. Con un movimiento rápido, el chico estaba dentro del agua y daba brazadas a lo largo de la bañera, entre la espuma, sumergiéndose y volviendo a salir. Rose observaba atenta el espectáculo, jadeando levemente, inconscientemente, cada vez que volvía a asomar la cabeza fuera del agua y se echaba para atrás el pelo mojado, tensándose las formas de sus brazos. "La verdad es que sí que están bien estos baños..." Comentó Scorpius mientras nadaba hacía la orilla de la bañera dónde se encontraba apoyada Rose, colocándose muy cerca de ella, con los brazos detrás de la nuca, relajado, desenfadado.

"Pensaba que no ibas a molestarle" Le dijo Rose incómoda mientras su cuerpo se tensaba ligeramente en una mezcla de miedo y añoranza al sentirle tan cerca de ella, demasiado cerca, casi con sus pieles mojadas tocándose bajo el agua.

Pero Scorpius no contestó deprisa, sino que se tomo su tiempo, solo mirándola de reojo con la respiración reposada, ligeramente mareado también por la mezcla de aromas y texturas que les rodeaban. "Tal y como me estás mirando, no parece que te esté molestando realmente" Dijo al fin, regodeándose en la forma que tenía Rose de morderse levemente el labio inferior al observarle, al resbalar los ojos por sus facciones, por las líneas de su cuello, su nuez marcada, sus hombros, por la sombra que se intuía debajo de la densa espuma y que correspondía al resto de su cuerpo.

"No te estoy mirando de ninguna manera, Malfoy" Contestó ella refunfuñando. Aunque era mentira, si que le miraba de esa manera, de esa manera desesperada, ansiosa, con esa manía de sujetarse el labio inferior con los dientes para evitar ese temblor que le recorría la boca cuando se imaginaba inconscientemente como se sentía el sabor de su piel al besarle por sus facciones, por las líneas de su cuello, su nuez marcada, sus hombros,...

El chico se giró al fin despacio para mirarla a los ojos. "Sí. Sí que lo haces. Me estás devorando con los ojos, Weasley" La contrarió, pero dulcemente, suavemente. Rose no pudo sostenerle la mirada por más tiempo, sintiéndose cazada, así que desvió el semblante hacia el frente y huyó de él contrariada, hacía la orilla opuesta. Contrariada porque él supiera leerla de esa forma, tan claramente, tan fácilmente, como si sus pensamientos salieran de su cabeza según eran pensados y se quedaran flotando sobre ella visibles para todo el mundo, legibles. Scorpius abandonó su postura desahogada y nadó hacia ella, empujando pequeñas olas de agua sobre la chica con cada brazada, que anunciaban su acercamiento. Ya frente a ella, puso los brazos a ambos lados de su cuerpo, sus dedos aferrándose al borde de la bañera y sus ojos aferrándose también al azul oscuro de los de ella, profundos, muy profundos, casi rozando el final de aquel pozo, casi llegando a tocar su alma. "Y me encanta cuando lo haces..." murmuró en un susurro leve que tembló sutilmente por la sensualidad de la que iba cargado.

Lentamente, fue inclinándose hacia ella, hacia sus labios, tan lento que sus respiraciones se mezclaban y ya no se sabía a quién pertenecía cada soplo de aire. Sin embargo, Rose desvió el rostro tan solo un instante antes de rozarse. "No me hagas esto..." Susurró la chica en una especie de lamento vaporoso.

"¿El qué?" Le contestó él en el mismo tono de voz bajo, casi inaudible, pero suficiente para aquel minúsculo trozo de espacio que ocupaban ahora los dos juntos, cercanos, muy cercanos.

Rose siguió con la mirada agachada, resistiendo las ansias de su cuerpo que le suplicaban a gritos perderse en sus ojos grises, perderse también en sus labios, en sus brazos, en sus caricias. "Sabes que no puedo resistirme a ti..." Pronunció en un suspiro que sonaba a reproche. Un reproche hacia sí misma. "Sabes que no puedo controlarme..." Los latidos de su corazón cada vez más agitados, adornando el sonido extremadamente erótico de aquellas palabras.

Sin embargo, entre medias de tanta sensualidad, Scorpius pudo encontrar una especie de acento que delataba una incomprensible tristeza; pero decidió ignorarla y le susurró de vuelta "No lo hagas entonces..."

La chica levantó la mirada al fin, y se miraron, fijamente, a esos ojos que casi se habían aprendido de memoria, tan solo un segundo, porque en cuestión de un parpadeo, se estaban besando, sus cuerpos fundidos una vez más el uno en el otro, sin poder diferenciar cuando acaba la piel de él y empezaba la de ella. Ni siquiera les dio tiempo a empezar aquel beso suavemente. Empujados por el hambre que había ido creciendo en ellos con aquel espectáculo preliminar de desnudez e ironías. Se devoraban , voraces, la lengua de Scorpius en su boca, lamiendo con ansia y deseo, las piernas de Rose alrededor de su cintura, aferrándose a él, intentando llegar al límite de su cercanía e ir más allá. Era tan fácil sujetarla gracias al empuje del agua que Scorpius podía hacerlo solo con una mano firme debajo de sus nalgas, mientras con la otra acariciaba su espalda mojada, desesperadamente, arañándola, dibujando con la punta de sus dedos el trazado de su espina dorsal, aferrándose a su cuello, encendiendo calientes escalofríos que hacían aquel mismo recorrido y viajaban por el resto de su cuerpo.

Sin esperar más tiempo, Scorpius agarró su miembro, más duro que la piedra de las paredes de su alrededor, y se coló dentro de la chica, quién abrió aun más las piernas para dejarle pasar. No había tiempo para nada más. No había ni tiempo ni control para cualquier cosa anterior, necesitaba estar en su interior, en su interior caliente, húmedo, acogedor. Necesitaba llegar más profundo de lo que jamás había llegado, porque en aquel instante, ahí, ahora, necesitaba sentir que era totalmente suya. Rose, soltó un gemido vibrante, nada contenido. Ya no hacía falta contenerse, no en esos momentos, no cuando le sentía en su interior, entre sus piernas. No hacía falta seguir fingiendo, seguir actuando en esa pantomima teatral de rechazos e ironías, porque así, ahora, cuando estaba tan cerca de ella, más cerca de lo que pueden estar dos seres humanos, Rose sabía que él era totalmente suyo.

Poco a poco, el chico fue apretándola más contra la pared de la bañera, la espuma y las burbujas difuminándose ignoradas a su alrededor mientras las embestidas aumentaban también de ritmo y fuerza. "Scorpius..." Suspiró Rose, echando la cabeza hacia atrás por el placer, sabiendo que se acercaba aquella ola ardiente, conocida pero igualmente maravillosa, que la atravesaría todo el cuerpo desde su sexo. Scorpius abrió los párpados atento. Adoraba verla en aquel estado de embriaguez, borracha de gozo, gimiendo su nombre entre los labios. Por alguna razón, con Rose las cosas eran tan distintas a con las demás chicas, porque con ella, disfrutaba solo de saber que ella estaba disfrutando; y no como chute moral, no porque saber que tenía ese poder sobre una mujer le subía el ego descomunalmente, sino simplemente, porque sentía un insólito deleite en ver a Rose así, los músculos y la respiración crispados, jadeantes, la boca entreabierta, la mirada abandonada en él y el alma abandonada, a su vez, en el placer.

Con un par de embestidas, más, la chica acabó llegando al culmen de su éxtasis, agarrándose casi con las uñas a los hombros del chico, a la parte de atrás de su cuello, para no sentirse desfallecer contra él. Scorpius se deleitó unos segundos más en aquella imagen, pero enseguida notó anunciado su propio clímax y ya no pudo ver nada más, con los ojos y los sentidos borrosos. Escondió la cabeza en el pecho desnudo de la chica, besando, mordiendo sus clavículas, sus hombros mojados, mareándose con el intenso olor de los jabones que se le había pegado a la piel; y mientras se derramaba por fin, mientras llegaba su orgasmo, musitó. "Rose..." Entre dientes, con un gruñido arrancado de las profundidades de su interior.

Scorpius se dejó caer sobre Rose, aun sujetándola, pero con todo el peso de su cuerpo en ella, intentando apaciguar los palpitantes latidos de su corazón. Como siempre hacía. En ese momento tan intenso, tan íntimo, que se queda a caballo entre la locura de la pasión y la racionalidad que esperaba para abatirse sobre ellos de nuevo. Sin embargo, esa vez, había algo que no estaba del todo en su sitio. No la sentía relajada, sosegada, sino que su piel estaba tensa, dura, debajo de él; y sin ni siquiera mirarle a los ojos, Rose le apartó con la poca fuerza que le quedaba dentro y salió de su abrazo, para salir también, con demasiada rapidez, de la bañera. Scorpius, sorprendido y considerablemente contrariado porque la chica hubiese roto tan deprisa aquel instante, la observó mientras ella se tapaba pudorosa con una de las toallas que colgaban secas y mullidas de las perchas de la pared. La siguió a regañadientes, cogiendo él también otra toalla y anudándosela a la cintura. Habría pasado por alto aquel inusitado comportamiento sino hubiese oído de repente, en medio de los ecos silenciosos que retumbaban entre el mármol y la piedra de su alrededor, el sonido de un sollozo repentino.

"¿Se puede saber que te ocurre, Weasley?" Le preguntó mientras la buscaba entre las sombras arrinconadas y se agachaba junto a ella. El chico gruñó en una mueca ante la brusquedad de su propia pregunta. Hubiese deseado ser más suave, más cariñoso con ella, pero, a veces, las cosas le salían así, duras, sin saber cómo hacerlo mejor. "¿Qué pasa?" Volvió a incurrir, tomándola por las mejillas para obligarla a que dejara de esquivar sus ojos.

"Estoy cansada..." Dijo la chica, mientras negaba levemente con la cabeza, unas gruesas lágrimas, pesadas, muy pesadas, resbalando indomables por su rostro.

"¿Estás cansada de mi?" Preguntó el chico, sonando asustado, más asustado de lo que deseaba confesar tan abiertamente.

Rose volvió a apartar la cara. No se atrevía a sostenerle aquel gris tan frío, tan hiriente a veces. "Estoy cansada de esto..." Susurró con aquella extraña tristeza de nuevo patente en su voz. "De ti, de mi. De... tu y yo" No se atrevía a pronunciar la palabra nosotros en voz alta. Scorpius no dijo nada, encerrado en ese mutismo grave, severo, cortante. "¿Es qué no lo entiendes?" Le preguntó entonces ella, pero sabiendo que él no saldría ya de aquel silencio. No, no la entendía. "No puedo resistirme a ti. No puedo controlarme cuando estás cerca" Volvió a repetir, de la misma forma y con el mismo deje de melancolía con el que lo había dicho antes en la bañera. "Y tú... Tú seguirás viniendo a mí, a coger lo que desees, hasta que acabes por hartarte, por hartarte de mi; y yo me quedaré como una estúpida... esperándote" Hacía tiempo que Rose llevaba pensando en aquello. En algún momento de esos meses de atrás, su estúpido plan de atiborrarse hasta empacharse de Scorpius Malfoy, había quedado olvidado en un rincón de su cabeza, desvaneciéndose poco a poco. Porque estaba ya bastante claro que ella no iba a empacharse de aquello. Jamás. Sin embargo, últimamente, al observarle en la lejanía, hablando con otras chicas, altanero, pero increíblemente seductor, como siempre, Rose se había dado cuenta de que existía una posibilidad que no había contemplado antes. La posibilidad de que aquel plan volviera a rebotarle en la cara, la posibilidad de que fuera Scorpius el que se empachara de ella.

Scorpius suspiró hondo, y después de unos segundos, se incorporó, cortando el contacto de sus manos en las mejillas de la chica, bruscamente, dispuesto a coger sus coas y largarse de allí. Porque así era como actuaba él cada vez que las cosas empezaban a ponerse... complicadas. Simplemente, huía. Sin más. Sin ni siquiera echar un último vistazo hacia atrás. Nunca le había resultado especialmente difícil olvidarse de aquello que se iba dejando por el camino, daba igual que fueran cosas o personas. Él simplemente, había aprendido a no echar de menos nada. Sin embargo, Scorpius solo se había incorporado, pero no se había movido, ni había recogido sus cosas para largarse de aquel baño. Por alguna razón, sus piernas, desnudas bajo la toalla, no tenían ninguna intención de moverse. ¿Pero por qué? Aquella escapatoria fugaz por la salida de emergencia de los problemas no era nueva en él, era cotidiana, casi una tradición. Pero, es que, esa vez, no quería realmente huir de las cosas complicadas, porque esa vez, la cosa complicada era Rose Weasley, y ya no estaba seguro de que pudiera olvidarse de ella. Ni su cuerpo ni su corazón podrían ahora desprenderse tan fácilmente del recuerdo de aquella chica. No podrían olvidar su olor, sus ojos, ese azul oscuro que le ahogaba el alma; ni del dibujo de su desnudez, ni de su voz, ni del sonido dulce de su risa. Tampoco podría olvidarse de lo bien que se sentía tocarla, dejar que le tocase, sintiéndola, mirándola, simplemente estando junto a ella... No, no podía, y si algún día llegaba a poder, tampoco quería hacerlo. Esta vez, no iba a huir, no iba a renunciar a Rose Weasley, no iba a dejarla atrás. Esta vez, tendría que volver sobre sus pasos y simplemente, arreglar las cosas complicadas.

Con la misma resolución y determinación con la que se había incorporado, se volvió a agachar, volviendo a colocarse de nuevo con la mirada a la altura de la chica, volviéndola a tomar firmemente por las mejillas. Rose había seguido llorando callada, su rostro totalmente empapado de agua y sal amarga; pero a él no le importo mojarse los dedos al acariciarla suavemente con los pulgares. "Mira Weasley" Empezó a decir. "No voy a salir contigo" Quizás, esa había sido la peor forma de comenzar, visto que Rose había soltado otro sollozo incontrolado y estaba intentando zafarse de él, pero Scorpius no la dejó, sujetándole la cara con fuerza. Necesitaba que ella oyera todo lo que, de repente, se iba a atrever a decirle. "Yo...yo no soy de esos ¿vale? No puedo ir por ahí cogiéndote de la mano, o esperarte después de clase, o... o llevarte al maldito salón de té ese al que va todo el mundo. Simplemente, no pudo hacer esas cosas" Ella tampoco quería esas cosas. Ni el romanticismo azucarado y adolescente, ni las odiosas muestras de cariño en público, ni nada de eso. Solo quería... Ni si quiera ella misma sabía lo que quería. El chico continuó. "Pero que no hagamos nada de eso no significa que no haya afecto, que no halla ... algo más" No se atrevía a pronunciar la palabra amor en voz alta. "Me gustas, Rose Weasley. Me gustas más de lo que me gusta tener que admitirte" Rose soltó una pequeña carcajada cómplice. Sabía perfectamente cuánto le dolía en el orgullo tener que confesarle aquellas cosas. Pero lo estaba haciendo igualmente. Lo estaba haciendo sin dudar, sin que su pose o su voz temblasen ni un ápice, al menos no externamente. "No voy a hartarme de ti, Weasley. No hasta que tú me lo pidas" Terminó de decir Scorpius.

Rose siguió embobada mirándole unos segundos más, unos segundos que parecieron infinitos, con la mirada pegada al gris marengo de sus ojos, un gris vibrante, embriagador, lleno de matices cambiantes, nuevos. Necesitaba ese tiempo para asimilar cada palabra que había pronunciado, para tragarla poco a poco, saboreándolas, entendiéndolas. Entendiendo a su vez las reacciones de su corazón, porque este había saltado agitado a cada sílaba, a cada sonido que había salido entre los labios del chico. Porque eso era exactamente lo que Rose necesitaba oír, nada más que eso, nada menos que aquella apabullante declaración insólita. Tras aquellos instantes, la chica finalmente se inclinó sobre él, presionando impetuosa contra su boca. Quería decirle en aquel beso intenso todo lo que se arremolinaba en su alma, quería que Scorpius comprendiera la trascendencia de ese momento. Y lo hizo. Lo hizo, porque con la misma fuerza con la que ella le besaba, el chico la besó de vuelta, los párpados apretados en una oscuridad que en realidad era clara, luminosa, porque los demás sentidos le contaban todo lo que tenía que saber. Lentamente, con menos furia, menos rabia contenida que otras veces, pero sí con más pasión, mucha más pasión, la fue empujando de la cintura hasta colocarse sobre ella, encima de la fría superficie pétrea del suelo. Rose gimió levemente por el contraste entre la sensación helada de su piel desnuda contra el mármol y el intenso calor que emanaba del interior de sus cuerpos, de ese espacio casi inexistente que había entre sus dos cuerpos pegados.

Sin recordar exactamente como, las toallas habían desaparecido y él estaba de nuevo entre sus piernas, sus genitales erectos, totalmente despiertos, chocando indecorosos contra la pelvis de la chica. Pero no entró en ella, aun no. Ahora sí había tiempo para todo lo anterior. De hecho, no solo había tiempo, sino que era necesario todo lo anterior. Le era necesario a Scorpius sellar de alguna forma todo lo que había dicho, demostrando, por una vez en su vida, toda la sinceridad con la que había hablado. Una sinceridad que le había nacido casi involuntaria, pero por ser inconsciente, era aun más verdadera. Por fin cortó aquel beso eterno, sacando la lengua de la boca húmeda y cálida de la chica; y la miró de nuevo en la profundidad de las aguas de sus ojos, viendo los posos de las lágrimas aun atascados entre sus pestañas, pero con un brillo que ya no hablaba de tristeza. Hablaba de deseo, de fuego, de desesperación. Hablaba también de aquello que no se habían atrevido a decir en voz alta pero que se había quedado flotando casi implícito en el aire, hablaba de amor. Con una enorme sonrisa en el rostro, una que no sabía que tenía allí dibujándose, Scorpius desvió la trayectoria de sus labios y la besó en la comisura de la boca, en la mandíbula, en el cuello, lamiéndola. Luego arrastró la nariz, acariciándola con ella, con sus pómulos marcados, por el pecho desnudo, por sus clavículas, aspirándola con un gruñido de placer. Sin miedo ni vergüenza alguna, sin timidez. Ya no le importaba que ella supiera cuanto necesitaba ese aroma para respirar. Siguió bajando aun más, besando sobre el esternón de la chica, entre su pechos pequeños, firmes; besándolos también a ellos, agarrando los pezones con los dientes, tiernamente al principio, casi con saña después. Succionándolos, chupándolos, endureciéndolos por completo. Rose emitió otro gemido de gozo con aquellos besos, arqueándose, mientras sus dedos se asían del pelo de su nuca en una caricia desesperada, tirando de él para que volviera a sus labios. Pero Scorpius se resistió, ignorando aquella llamada. Tenía otros planes. Con otro sendero de besos mojados, obscenos, que sorbían su piel y su esencia, siguió bajando por su tripa plana, por su ombligo, por el sendero que marcaban los huesos de su cadera, escondidos debajo de la carne, y más abajo aun. Con apenas un leve roce, tierno, dulce, increíblemente sensual, el chico dibujó el camino de la parte interior de sus muslos, agarrándose a las piernas de la chica con ansia; y al final, llegó a su meta, recorriendo de una sola pasada con su lengua el exterior de su sexo, hundiendo la nariz y el alma entre su vello púbico, de un color cobrizo más oscuro que el de su melena.

"Scor..pius..." Suspiró de nuevo Rose, cerrando fuertemente los ojos, abandonándose a aquel placer calmado que se avecinaba. Instintivamente, la chica abrió un poco más las piernas y Scorpius pudo ver su interior, cálido, húmedo; y, también instintivamente, se zambulló en él, lamiendo, chupando aquel botón hinchado que le atraía sin remedio. Nunca le había hecho eso a ninguna otra chica. Nunca se lo habían pedido, y el tampoco había sentido la necesidad de complacer a nadie de aquel modo. Pero con Rose era distinto. A Rose quería darle absolutamente todo, quería entregarle todo lo que podía llegar a tener; sabiendo que ella también se estaba entregando a él de la misma forma, haciéndola totalmente suya, marcando cada centímetro de piel y sexo con su saliva, cada sonido de su boca con su nombre. Rose sintió como todos sus músculos se contraían en un grito que ya no llegaba a oír. Añoraba de alguna forma el peso de Scorpius sobre ella, pero, a la vez, era incapaz de desear nada más que aquellos besos indecentes en su parte más íntima. Nunca había sentido nada como eso. Temblando, con los ojos bien cerrados y los instintos despiertos, buscó a tientas las manos del chico, sus brazos, su s hombros. Algo a lo que agarrarse en aquel naufragio maravilloso. Él respondió entrelazando sus dedos con los de ella sobre su tripa, sujetándole los gestos inconscientes y apretando sus caderas contra el suelo, que no dejaban de seguir involuntarias los movimientos que hacía él con su lengua. "Sí... sí...síii..." La oía susurrar mientras los jadeos se hacían cada vez más intensos y el abrazo de sus manos unidas cada vez más sólido. De repente, la pelvis de la chica se convulsionó con un temblor que le recorría cada poro de la piel y Rose abrió la mirada hacía el techo en penumbra del baño, acompañando su orgasmo con un gemido mudo que le salía directamente desde las entrañas. Cuando la explosión llegó a su fin, difuminándose poco a poco, las piernas que aun le tiritaban se quedaron flojas sobre el suelo. Estaba exhausta, de una manera nada cansada, solo llena, satisfecha. Scorpius también se derrumbó ligeramente sobre ella, descansado sobre el tacto de su vello un poco más, pero enseguida recuperó las fuerzas y el deseo, subiendo de nuevo hacía sus labios.

Rose le miró, claramente avergonzada por haberse dejado llevar de aquella forma, un rubor precioso surcándole las mejillas sembradas de pecas. Scorpius la miró sonriente, ampliamente sonriente, deleitándose en la felicidad extrema de saber que podía hacerla disfrutar de esa manera. "Eres preciosa" Se oyó decir a sí mismo. No sabía porque, pero le dio igual. Ahora hablaban y hacían sus instintos, sin preguntar, sin pedir permiso. Rose rio dulcemente, todavía azorada por lo que Scorpius le había hecho, el sonrojo de su cara intensificándose por aquella declaración. "Me encanta tu pelo" Le dijo mientras deshacía el moño improvisado que Rose se había hecho para darse el baño. Ella se incorporó levemente para ayudarlo, riéndose al notar como Scorpius hundía sus dedos en él. "Siempre tan condenadamente desordenado" Continuó. "Y me encantan tus pecas" Añadió, desviando las atenciones a superficie desnuda de su pecho, rozando con la yema de sus dedos el dibujo de aquellas marcas en la piel. "Es imposible que alguien pueda tener tantas malditas pecas" Gruñó, intentando besarla en cada una de ellas. Rose volvió a reír, la barbilla del chico le hacía cosquillas al surcar su cuerpo. "Y tus pechos..." Suspiró. "Tan perfectos, tan... Maldita sea, es que eres condenadamente perfecta" Sentenció, dando un pequeño mordisco a uno de sus pezones, aun erectos, por el frío o por el deseo. Rose dio un pequeño respingo por el dolor de sus dientes, pero siguió riéndose, natural, honesta, con la vergüenza ya olvidada en un rincón oculto de su cabeza.

Con ímpetu, la chica le hizo rodar sobre su espalda y se colocó a horcajadas sobre él, sintiendo como su sexo palpitaba levemente contra el miembro duro del chico, ansiándole dentro de sí. Despacio, erguida sobre él, Rose fue acariciando con sus pequeñas manos el paisaje hermoso de su torso desnudo, cada valle, cada depresión de sus músculos, cada cauce. Scorpius la observó mirarle. La chica se mordía el labio, exhalando pesadamente, el deseo profundamente marcado en aquella respiración. Aunque no lo dijera en palabras, el chico sabía cuánto se sentía atraída por las formas de su cuerpo. Cuando ya no pudo contenerse más, pegajoso por aquella mirada lasciva sobre su vientre desnudo, Scorpius se incorporó, agarrándola fuertemente por las nalgas, para zambullirse en sus labios de nuevo. Pero Rose no le dejó, sino que se echó ligeramente hacía atrás juguetona. Aun no había acabado de saborearle con las manos. "Shhhh... Despacio..." Le susurró la chica al oído, chupando el lóbulo de su oreja después. Mordiendo su cuello, sus hombros firmes.

"Rose..." Gruñó Scorpius, apretando de nuevo sus nalgas. De verdad, aquella chica sabía cómo volverle totalmente loco. Rose no aceleró el ritmo, siguió devorándole poco a poco, tocándole la espalda, el cuello, surcando su cuero cabelludo con dulzura, mientras sus caderas comenzaron a moverse ligeramente, frotándose deliberadamente contra el bulto de su entrepierna. "Rose... Por favor..." Suplicó Scorpius, casi arañándole los muslos. Ya no sabía cómo contenerse, intentando que su cerebro no se perdiera en la sensación húmeda de la intimidad de la chica contra su erección. Rose le torturó unos instantes más, frotándose cada vez más furiosa, más rítmica; hasta que, cuando tampoco ella podía contenerse, acabó cogiendo el miembro del chico con la mano y metiéndoselo dentro, dejándose caer sobre él. Scorpius gimió ronco, cogiéndola de las caderas y atrayéndola contra su cuerpo, sintiendo cada centímetro que avanzaba dentro de ella, toda la profundidad que alcanzaba. La chica siguió moviéndose y moviéndose sobre él. Ya no podía concentrarse en nada más. El placer se volvía cada vez más intenso, más hondo, más emocional y ella solo podía sujetarse a sus hombros, abrazándose a él, pegando sus torsos sudorosos el uno contra el otro.

Con los instintos descontrolados, Scorpius volvió a hacerlos girar y se colocó de nuevo sobre ella, abriéndole más las piernas y impulsándose con los dedos de los pies sobre la piedra fría del suelo para entrar más adentro. "Más..." Pidió la chica en un murmullo casi inaudible antes de que él la callara con un beso, intenso, largo; sus lenguas flotando la una sobre la otra, jadeantes. Con toda la fuerza que le quedaba dentro, aceleró las embestidas, sus manos aferrándose a sus pechos, a sus caderas, a cada trozo de piel y hueso que podía alcanzar, desenfrenado. "¡Scorpius...!" Gimió Rose medio gritando, anticipándose a la nueva ola de placer que amenazaba con tragarla otra vez, intentando contenerla con los dedos de los pies crispados. Con un gruñido, salvaje, penetrante, Scorpius se dejó abrazar por el nuevo orgasmo de la chica y la siguió inmediatamente, vertiéndose en ella, cálido, sudoroso, exhausto. Cuando acabó, se dejó caer, apoyando la cabeza sobre su pecho mullido, pero sin soltar sus caderas. Tenía miedo que la chica rompiera de nuevo aquella intimidad. Pero Rose no se movió, no quebrantó la paz de aquel momento, de aquel punto de debilidad en el espacio en el que sus almas se abrazaban vulnerables, sintiéndose de verdad la una a la otra. No, solo se quedó ahí tumbada, dejándose envolver, mientras le acariciaba el pelo tiernamente.

Si hubieran podido, se habría quedado con el tiempo congelado en ese instante, entre un segundo y el siguiente. Pero aquello era imposible. La noche terminaba de caer implacable, oscura, sobre ellos y debían volver, volver en sí mismos, a sus dormitorios, a sus realidades. Con la única certeza de que ambos estarían esperando a que llegara otro punto de inflexión en sus vidas, otro momento en el que volvieran a encontrarse, a colisionar de aquella forma, en el que volvieran a amarse a base de caricias húmedas y besos desesperados. Y es que, pasara lo que pasara, jugaran como jugaran a aquel teatro de desprecio fingido y sarcasmos hirientes, Scorpius y Rose sabían perfectamente que acabarían por volver a encontrarse el uno al otro. Porque ya no había dudas. Ni dudas, ni mentiras, ni miedos. Ya no había nada más que ellos. Ellos y todas aquellas palabras calladas, que no habían pronunciado en voz alta, pero que les rodeaban igualmente, flotando, que les envolvían sin remedio, más brillantes, más luminosas en cada nueva mirada, en cada roce, en cada suspiro que tenía dueño, nombre y apellido.

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Espero que os haya gustado, no os olvidéis de ese review,

vuestros comentarios y opiniones me animan a seguir escribiendo.

Gracias a todos por leer y un saludo muy fuerte.