¡Hola de nuevo!
Aquí traigo un nuevo capítulo espero les guste.
Naruto no me pertenece. Ni tampoco la historia, esta es una adaptación de la novela con el mismo nombre de la escritora Adele Ashworth.
Capítulo 3
Sakura estaba en la parte de estribor del vapor Bartholomew Redding al aire húmedo del crepúsculo, arrebujada en su capa de viaje verde oscuro como si fuera una acogedora manta, cuando volvió la cara hacia el sol que se ocultaba en ese momento habiéndose por debajo de la línea del horizonte. Había abandonado ya el canal de la mancha, después de dejar atrás las islas Sorlingas, y se dirigían en mar abierto hacia el Sur; y las expectativas, asaltándola a la desbandada, le provocaron un estremecimiento.
Sasuke estaba de pie a su lado, alto y poderoso, vestido de manera informal con un pantalón castaño oscuro y una camia de lino color crudo desabotonada en el cuello, su única protección contra el frio viento marino, lo cual no parecía importarle. En realidad, no hacía frío, y en uno o dos días, tendrían bastante calor. Sakura ya había tenido eso en cuenta a la hora de hacer el equipaje para la aventura, y llevaba con ella solo cinco baúles, en lugar de los habituales ocho o diez. Sasuke había puesto cara de incredulidad, o quizá de enfado, cuando se habían encontrado en el puerto, pero ¿qué esperaba? Ella era una dama, y había algunas cosas sin las que una no podía pasar, así de sencillo. Solo cinco baúles para un viaje de duración indefinida por Europa era algo increíble desde cualquier punto de vista.
Ese mismo día, por la mañana temprano, justo después de poner pie en el barco, Sasuke la había acompañado hasta su camarote sin dirigirle más que unas cuantas palabras. La pieza era cuadrada y pequeña, pero bonita en realidad, con un ojo de buey al fondo lo bastante grande para permitir que entrara abundante luz, cubierto con unas cortinas blancas de gasa que conferían a la estancia un aspecto más que decente. A la derecha de la puerta había una silla de respaldo recto hecha de caoba brillante y tapizada en terciopelo rugoso color burdeos, una mesa de noche pequeña y una lámpara y, junto a esto, una cama de tamaño adecuado, lo bastante larga para que uno pudiera dormir con comodidad y cubierta con una colcha gruesa bordada en rosa. A la izquierda, extendiéndose en paralelo a la pared y atornillado al suelo, se levantaba un biombo de seda oriental que cerraba discretamente una zona de aseo y vestuario. El camarote era perfecto para ella, y enseguida se encontró cómoda, tomándose su tiempo para deshacer el equipaje e instalarse para el viaje, porque Sasuke, después de conducirla a su interior, la dejó sola durante casi tres horas, y solo había regresado hacía un rato con una cena fría de mousse de salmón, queso, pan y fruta, de la que habían dado buena cuenta en el camarote de Sakura. De ahí en adelante ella tendría que satisfacer todas sus necesidades, puesto que no la acompañaba ninguna doncella. Viajar sin una era una indecencia, al menos en esa situación, aunque Sakura rezaba para que nadie preguntara por qué había abandonado Inglaterra sola, soltera y sin acompañante. Se valdría por sí misma hasta que llegaran a Francia, que, de todas maneras, era lo que Sasuke había pedido. Pero en ese momento, instalada cómodamente al fin y entusiasmada por la aventura que se abría ante ella, consiguió que sus pensamientos se desviarán hacia su más atractivo compañero de viaje, a la sazón quieto y en silencio a su lado sobre la cubierta mientras escudriñaba también el mar abierto, sin tocarla del todo, pero allí.
Sakura era claramente consciente de la presencia de Uchiha, y probablemente él tuviera plena conciencia de la circunstancia.
Aunque lo que complacía a Sakura era la creciente seguridad de que él sería un maravilloso protector de su inocencia mientras durase su pequeño viaje. El hombre era corpulento e imponente, probablemente temible e intimidante cuando decidiera serlo, más al mismo tiempo caballeroso y elegante. Tal cosa la había demostrado bien de mañana ese mismo día, cuando ella había llegado al muelle, y él la había saludado cortésmente con la cabeza, indicando a dónde debían llevarse las pertenencias de Sakura, ofreciéndole el brazo y ayudándola a subir a bordo, sujetándole apenas los dedos con la palma de la mano.
Sakura suponía que le había pagado el pasaje, puesto que ella todavía no le había dado el dinero. Pero lo haría. Llevaba ahorrando hasta el último penique de su asignación desde hacía dos años, y tenía mucho, repartido prudentemente entre los baúles, el bolso de viaje y el bolso de brocado. Incluso había escondido parte bajo las suelas y los tacones huecos de un número seleccionado de sus siete pares de zapatos, donde era sabido que su abuelo y luego su madre habían llevado dinero en casos de emergencia. Sakura ignoraba quién había sido el primero en pensar lo de meterse dinero bajo los pies, pero supuso que, si una iba a cruzar el océano o tierras extrañas y exponerse a ser víctima de piratas o gitanos, el escondite serviría a sus propósitos de manera excelente.
Sintió que Sasuke cambiaba de posición, acerándose ligeramente, y se percató con timidez de que en ese momento observaba con detenimiento el perfil de su cara, y el calor que irradiaba era tan punzante como el aire salobre.
—Es hora de que discutamos algunas coas.
Sabía que Uchiha acabaría sugiriendo que tuvieran una conversación seria. Aunque no había necesidad de llamar la atención al respecto.
—¿Discutir? —repitió ella con timidez fingida —. Hemos estado hablando todo el día.
—¿Dónde creen todos que está? —la interrumpió, ignorando su evasiva al ir directamente al grano.
Sakura miró hacia todas partes con nerviosismo. La cubierta se había despejado de gente al anochecer, aunque en algún lugar distante oyó risas, la risa bullanguera de una mujer, seguida del vozarrón de un hombre, unas palabras que no comprendió. Fue entonces cuando se percató de que Sasuke Uchiha era lo único que la unía a su patria. En ese momento eran un equipo, les gustara o no, y tendrían que confiar el uno al otro, aunque no le quedaba más remedio que admitirlo, más ella que él. También tendría que ser un poco más comunicativa.
—¿Sakura?
Irritada, se volvió para ponerse frente a él. Sasuke la estaba observando, divertido, petulante, y a ella le entraron ganas de abofetearlo. Cada vez que pronunciaba su nombre, se le antojaba que la palabra era una caricia suave como la seda, y deseaba realmente que dejara de hacerlo. Pero ¿dejar de hacer qué? ¿De hablarle? Eso era una tontería.
Sakura cruzó los brazos a la altura del pecho; un gesto inútil, porque sabía que su capa de viaje, bien abotonada en torno a su figura, realmente no hacía más que destacárselo.
Varias veces ya a lo largo de ese día, los ojos de Sasuke se habían desviado hacia allí, entreteniéndose en su busto de manera inadecuada.
—Todos creen que estoy visitando a mi tía abuela Tsunade en Newburn —reveló finalmente.
Uchiha levantó una ceja y apoyo la cadera en la barandilla.
—¿No cree que sus mentirás acabarán siendo descubiertas?
—No. La tía Tsunade tiene setenta y siete años, y no le funciona muy bien la cabeza. Jamás recordará si he estado o no allí. Y mis padres se creerán a pies juntillas cuando les cuente, a la vuelta de su viaje a Italia, que me fui allí una temporada para meditar y decidir con quién debería casarme.
—Lo ha planeado todo muy bien —la elogió, tras reflexionar durante un instante.
Sakura sonrió con satisfacción.
—Creo que sí.
Sasuke bajo la voz.
—¿Y lo está?
—¿Sí estoy qué?
—Meditando sobre alguien real para casarse —le aclaró.
Ella lo miró fijamente con una deliberada mirada de confusión.
—¿Se refiere a alguien distinto al Caballero Negro?
—Sabe exactamente a lo que me refiero.
Sakura se rodeó con los brazos para combatir la fría brisa marina.
—Sí se refiere a un inglés convencional, no. —Y con una risita picara añadió—: Pero mis padres se lo creerán, y eso es lo que importa. Están desesperados por casarme, puesto que, a punto de cumplir los veintitrés años, suelo ser un tema frecuente de conversación en las fiestas. He rechazado a cuatro respetables caballeros en el transcurso de igual número de años. Y mucha gente lo encuentra un poco extraño, por no decir divertido.
Sasuke volvió a esperar uno o dos segundos sin dejar de observarla con atención.
—¿Y qué hay de lord Sasori Akasuna o de Rock Lee de Guildford?
Sakura atrapó un rizo rebelde que se agitaba por su mejilla y se lo sujetó detrás de la oreja.
—Sasori es un vago, y el pobre Lee, aunque puede que sea una monada, tiene la personalidad de una tachuela… —Su voz se fue apagando, mientras volvía a mirarle a la cara. Sasuke había pronunciado el nombre de los caballeros casi con desagrado, pero lo que la sorprendió fue que supiera que tanto Sasori como Lee la habían pedido en matrimonio.
—¿Cómo sabía…?
—Yo sé muchas cosas —insinuó él, dejando que su voz disminuyera hasta convertirse en un susurro de indiferencia. Alargó la mano hacia el cuello de la capa y empezó a acariciarlo con el pulgar—. Pero lo que no soy capaz de imaginarme es a ninguno de los dos… besándola a satisfacción, Sakura.
Esta empezó a sofocarse de repente, incómoda por semejante impertinencia. Sobre todo, proviniendo de él.
—Pero, claro, los dos son ricos —continuó Sasuke con naturalidad—. El pequeño Sasori incluso tiene título, y esas dos cosas suelen ser lo que más busca una mujer en el matrimonio.
Sakura se apartó de él con firmeza, y Sasuke dejó caer la mano.
—Sasori es sus buenos quince centímetros más alto que usted. No tiene nada de pequeño.
Él sonrió diabólicamente.
—Pero es enfermizamente delgado. Un hombre que, a no dudar, podría morir de tisis o de fiebres a una edad temprana, dejándola a usted con todo el dinero…
—No me importa nada la fortuna de un marido —le cortó ella, frotándose la frente con la palma de la mano a causa de la irritación y sin saber muy bien a santo de qué sentía la necesidad de defenderse.
—Pues claro —afirmó él sin ningún convencimiento—. Entonces, ¿qué es lo que busca en un marido, Sakura, mi vida? ¿Qué es lo que tiene el legendario Caballero Negro que pueda querer usted?
La estaba provocando, y ella apenas era capaz de mostrarse desagradable con él, dada la forma casi delicada con que Sasuke había abordado el tema. Pero Sakura no estaba dispuesta a que se alargara aquella conversación durante todo el viaje extranjero; sus padres ya le daban bastante la lata al respecto.
Uchiha permaneció en silencio a su lado, esperando una explicación, y puesto que estaban solos en cubierta, Sakura ordenó sus ideas y decidió confiar en él y sacarlo todo a la luz de una vez, a fin de que pudieran pasar a otra cosa.
—Hace cosa de un par de años —empezó ella con un suspiro— llegué a la conclusión de que si vivía la vida que mi madre quería para mí, me convertiría en una vieja gorda y aburrida que acudiría a tés, comería tartas y bombones y pasaría el rato chismorreando ociosamente con otras damas sobre cosas como quién llevaría qué espantoso tono de rojo a según qué baile y qué hija necesitaría casarse a toda prisa antes de un mes para ahorrarle la vergüenza a la familia.
Sakura le lanzó una mirada rápida para ver cómo había reaccionado al oír sus palabras, pero Sasuke siguió callado con expresión neutra, dedicándole ya toda su atención en el silencio del creciente crepúsculo.
—Ya que se empeña en saberlo, Sasuke —continuó con aire pensativo—, No se me da nada bien ni el bordado ni la jardinería, ni la elección del postre adecuado para una comida, ni ninguna de las pequeñas tonterías que se supone que una dama bien educada ha de hacer correctamente o, cuando menos, de manera eficiente. Esa es la razón de que mi madre y yo estemos en permanente desacuerdo desde hace tanto tiempo. Lo que mis padres quieren es que siente la cabeza y tenga hijos con alguien aburrido que espere que yo haga las cosas aburridas que detesto. —Sakura resopló de indignación—. Mi madre adora a Rock Lee.
—Prosiga —la apremió Sasuke con voz ronca.
Sakura alzó los ojos relucientes hacia él, acerándose tanto a Sasuke que el calor de su cuerpo la rozó. Ella susurró con fervor:
—Quiero vivir, Sasuke, viajar y ver el mundo. Me niego a casarme con un inglés anodino que no me valore, que espere que yo hable solo cuando sea apropiado, y que reciba invitados cuando sea necesario e ignore sus devaneos conyugales. No soy un trofeo que haya de ganar nadie para ser colocado convenientemente en un estante.
Su voz se hizo más intensa, al tiempo que subía los puños a la altura del pecho para hacer hincapié en sus palabras.
—Quiero estar enamorada y sentir la pasión como una… como una princesa de cuentos de hagas que conoce a un príncipe guapo y extraordinario y es arrollada por una oleada de poderosas emociones. Quiero envejecer con alguien que me quiera como mujer, como persona, y no como una esposa consciente de sus deberes.
Sakura se irguió, recobró la compostura y añadió con decisión:
—El dinero no puede comprar la vida, Sasuke, y me niego a desperdiciar la mía deseando los caros obsequios que me proporcione mi marido para que ignore sus variados caprichos infantiles. Aunque me convirtiera en una mendiga, no me conformaré con menos de un romance con amistad y un matrimonio lleno de felicidad.
A medida que su voz se fue apagando hasta silenciarse, con la cara brillante de emoción o quizá de vergüenza por la enorme sinceridad de su reconocimiento —él no estuvo seguro por cuál de los dos sentimientos —, a Sasuke se le ocurrió que Sakura iba a ser una auténtica fuente de problemas, vaya que sí. De hecho, ya se había dado cuenta de eso en cuanto se presentó ante él en el puerto aquella mañana temprano, con una sonrisa deslumbrante separándole los labios y su deliciosa figura envuelta en una capa a juego con sus ojos brillantes.
Era una mujer fascinante, la verdad, con una piel reluciente y sedosa, una cabellera abundante y ondulada de color de una puesta de sol estival. Y Sasuke sabía que ella intentaba, si no ocultar su figura, al menor atenuarla con la utilización de una ropa sencilla, aunque fracasaba estrepitosamente en su intento. Sakura Haruno poseía una belleza manifiesta y absoluta, tenía una mente traviesa y un carácter encantador y adorable, ribeteado de inocencia. ¿Y qué diablos pensaba él que estaba haciendo al llevarla consigo a Francia, para reunirse con el mítico Caballero Negro?
En ese momento se percató de que lo había cautivado en su casa de la ciudad al aparecer sin previo aviso, desarmándolo porque volvió a hacer lo que nadie se esperaba y pillándolo desprevenido, como ya había hecho hacía cinco años en el jardín de su padre. Las dos veces Sakura le había hecho actuar de manera irracional con solo unas cuantas palabras dichas con dulzura y una mirada de pura inocencia, aunque sincera, de sus preciosos ojos color esmeralda.
Pero la oportunidad no podía ser más perfecta. Él podría utilizarla, decidió, aunque utilizar no era realmente la palabra que le gustara para describir su comportamiento hacia una mujer, ni siquiera mediando la ignorancia de Sakura.
Ayudarlo sería tal vez una manera mejor de contemplar la cuestión, porque, en el mismo momento de irracionalidad en su casa de la ciudad, se le había ocurrido que, de hacerse necesario, las esmeraldas cuya recuperación se le había encomendado podían esconderse con facilidad en el equipaje de Sakura, cuando volvieran a Inglaterra, sin que ella lo supiera. Bien sabía Dios que transportaba una buena cantidad de pertenencias. Y sin duda alguna, las esmeraldas colgarían de manera soberbia en todo su incalculable esplendor del cuello delicadamente esculpido de Sakura, si es que él optaba por permitírselo.
Sasuke soltó un leve gruñido y se pasó los dedos por el pelo, mientras se obligaba a desviar la mirada hacia el mar abierto, frustrado consigo mismo y con su debilidad —sobre todo con su debilidad— por el sexo femenino.
Sakura se enderezó a su lado y se arregló los rizos agitados por el viento, sujetándoselos en el recogido que llevaba en la parte posterior de la cabeza.
—Estoy segura de que cree que mis ideas son ridículas, señor, pero le aseguro…
—No creo que sean ridículas —le interrumpió en voz baja, limpiándose la cara con la palma de la mano en un estado de ligera inquietud—. Es solo que... —Se interrumpió durante un instante y volvió a intentar—. ¿De verdad cree que el Caballero Negro va a satisfacerle todas esas necesidades de idealismo? ¿Y si usted no le gusta; y si él no le gusta usted? ¿Qué va a hacer cuando lo conozca y descubra que es mezquino o… de una fealdad grotesca? ¿Y si es un atorrante como Sasori o tan aburrido como Lee? —Sasuke volvió a mirarla a los ojos—. Está poniendo en peligro todo su futuro por una fantasía.
Ella negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
—¿Qué es lo que es imposible? —replicó él con brusquedad.
Con los labios fruncidos, Sakura dijo con rotundidad:
—Llevo dos años estudiando a ese hombre y sus aventuras, Sasuke. Sé que es reservado, sofisticado, encantador, inteligente, atractivo y que hace cosas buenas para ayudar a la gente. También corre el rumor de que tiene los ojos azules, lo cual, para que lo sepa, es lo que más me gusta de un hombre. —Sakura bajó las pestañas, como si de repente se diera cuenta de que estaba revelando demasiado.
—Tiene unas ideas bonitas y románticas —murmuró Sasuke con voz espesa tras varios segundos de silencio—. Pero la aventura y el color de los ojos no son razones para arriesgar…
—No he dicho que me casaría con él porque tuviera los ojos azules —le interrumpió ella, volviendo a mirarlo a la cara.
Sasuke sabía que la estaba sacando de quicio, pero se negaba a suavizar su punto de vista solo para contemporizar con su sensibilidad femenina. Era necesario decir esas cosas ya.
—No lo entiende —recalcó él—. Estoy hablando de su reputación, Sakura. Si se descubre que se ha ido al continente conmigo, acabará destruida socialmente, y de por vida. ¿Ha pensado en eso?
Aquellas palabras quedaron flotando en el aire como unos negros y amenazantes nubarrones. Sasuke siguió mirándola fijamente desde la escasa distancia que los separaba, tomando nota de la arruga de reflexión y perplejidad de su ceño; de su pelo brillante; de sus pestañas castañas, largas y sedosas; de sus labios, rosas y suaves, perfectamente delineados y deliciosamente seductores, que mantenía ligeramente separados. Era evidente que aquel día ella había llegado a una conclusión en cuanto a la naturaleza de la relación de ambos en ese viaje, porque no encontraba a Sasuke ni amenazante ni tedioso, sino más bien como un compañero. Casi fraternal. Sin embargo, presentarse como el hermano de Sakura no habría convencido a nadie, y saberlo hizo que Sasuke se regodeara en su fuero interno. Disfrutaría de la hora siguiente, incluso del resto de la noche, una barbaridad. Estaba a punto de aclarar a la perfección, sin el menor atisbo de duda, en qué iba a consistir la relación entre ambos. Y él tenía que hacerlo antes de que Sakura insistiera en que la dejara y se fuera al camarote que él realmente no tenía.
—Entonces deberemos tener sumo cuidado —susurró Sakura con sequedad, interrumpiendo los pensamientos de Sasuke—. Alguien con su reputación…
Su voz se fue apagando bajo el claro nocturno, como si se le hubiera ocurrido gradualmente que no estaba con su hermano, sino con un hombre que muy bien podría querer más que su mera compañía.
—¿Y qué sabe de mi reputación, señorita Sakura? —preguntó él con seriedad, acercándose más en el instante en que Sakura se aferraba a la barandilla que tenía a su lado en busca de apoyo.
Con toda la indiferencia de la que fue capaz, Sakura reconoció lo que era evidente para ella.
—Sé que adora a las mujeres, y que, por lo general, ellas le adoran a su vez. Sé que cambia de querida con la misma naturalidad que se cambia de botas. Sé que cree que ninguna mujer viva es capaz de resistírsele. —Sakura sonrió con picardía—. Sin embargo, yo soy la excepción, y lo seré el resto de nuestro viaje. Sé que usted se dedica a comerciar con mercancías valiosas, sea lo que sea lo que signifique tal cosa, y que eso lo ha convertido en un hombre rico… honradamente rico, lo cual es bueno. Sé que disfruta repartiendo esa riqueza con las mujeres que… recibe. Sé que procede de una familia respetable, y que sus integrantes se lo pasan muy bien con usted y que les gusta hablar mucho de sus aventuras.
Sasuke parpadeó, reprimiendo el impulso de soltar una carcajada al oír las absurdas generalizaciones de Sakura, pero sintiendo al mismo tiempo un entusiasmo conmovedor entreverado en algo parecido al triunfo cuando ella admitió sin ambages todo lo que sabía de él y de sus asuntos personales.
—Según parece me ha estudiado en cierta profundidad —respondió él con una delicadeza encantadora.
Sakura miró al horizonte, como si de repente sintiera un repentino y vivo interés en el océano casi negro y ligeramente agitado.
—No con intención, se lo aseguro, aunque, de vez en cuando, tanto usted como otros caballeros solteros surgen en las conversaciones de sociedad. Como es natural, tales conversaciones no son fáciles de evitar.
—naturalmente —convino él.
—La esposa de su hermano también es mi mejor amiga —enmendó Sakura para procurarse una vía de escape adicional—. Me resultaría imposible no oír al menos algunas cosas.
Una respuesta de lo más ingeniosa, como ambos sabían.
—¡Ah! —fue la única contestación de él.
Transcurrieron unos segundos de violento silencio. Entonces, previendo con agudeza la línea que estaba a punto de traspasar, Sasuke levantó la mano, ahuecó la palma en la mejilla de Sakura e hizo que esta volviera la cara hacia él, mirándola fijamente a los ojos, muy abiertos por la instantánea incomodidad.
—Pero hay una imprecisión que me veo obligado a corregir —dijo él con suavidad.
Sakura no se apartó, sino que agitó las pestañas con fingida inocencia.
—¿Una imprecisión? ¿En qué parte?
—En la parte de la resistencia.
Ella arrugó la frente con delicadeza, como si intentara recordar con exactitud lo que había dicho.
—¿Qué ninguna mujer se le puede resistir? Apenas me puedo creer…
—Usted no puede resistirse a mí, Sakura, mi amor.
Y de pronto la estaba besando, suavizando cualquier atisbo de negativa con los labios, presionando con ternura al principio, sin ningún indicio real de movimiento, solo un toque. No la atrajo hacía él, sino que permaneció allí, envuelto en las sombras del anochecer, con el sonido de las olas al romper contra el barco por debajo de ellos, acariciándole con suavidad la mejilla con la palma de la mano, mientras su cuerpo revivía con entusiasmo nada más que por el calor de la boca que lo besaba.
Sakura se quedó tan anonada que no pudo reaccionar de inmediato. Solo habían estado bromeando entre sí amigablemente, como viejos amigos, sin que mediara provocación alguna para que él hubiera hecho lo inconcebible.
De manera instintiva, tras varios segundos de conmoción por la osadía de Sasuke, Sakura se apartó. Fue entonces cuando él la rodeó por la cintura y al atrajo contra él, abrazándola sin ambages con un brazo de una fuerza incontestable. El primer pensamiento racional de Sakura fue que aquel no era un beso como el que él le había dado en su casa de la ciudad solo hacía unos días, aquel suave roce de sus labios calientes. No, el de ese momento era un beso de dulce deseo contenido e intenso, y el repentino gusto que le dejó fue tan poderoso que la invadieron los recuerdos del primer e íntimo encuentro entre ambos cinco años antes, de lo que él le había hecho entonces, tanto física como emocionalmente. Y con tanta pasión.
Temblando, Sakura subió la mano y empujó débilmente los hombres de Sasuke en un deseo desesperado por soltarse, porque sabía que no tardaría mucho en sucumbir. Y estaba en lo cierto. Ya no fue capaz de pensar con claridad cuando la abrazó firmemente contra él, acariciándole la espalda con una mano y la mejilla con la otra, interpretando la música perfecta de la belleza contra su boca.
Poco a poco Sakura se fue apoyando en él, dejando que las yemas de los dedos subieran por la camisa de Sasuke, disfrutando con el tacto de la piel caliente bajo el lino frío, de la dura e impecable masa de músculos contra las palmas de sus manos. Cerró los ojos con fuerza, expulsando de su mente todo excepto el poderoso abrazo de Sasuke, separando los labios un poco ante la insistencia de este. Le costaba respirar, el corazón le latía con fuerza en el pecho, la sangre le corría violentamente por las venas resonando en sus oídos, mientras se esforzaba en conseguir más de él, mientras se aferraba a su cuello y entrelazaba los dedos en el sedoso pelo de su nuca.
Sasuke explotó con un fuego interior casi incontrolable al sentir que ella se relajaba y se amoldaba a su cuerpo, tan rápida y ansiosa en su respuesta. Lo cierto es que había esperado que se pusiera tensa a causa de la indignación. Pero él debería haberlo sabido. El deseo mutuo era abrumador, indescriptible, y había estado allí desde el mismo instante en que se juntaron por primera vez en la pista de baile, hacía años.
Pero no fue la pasión lo que tanto sorprendió. Fue el darse cuenta de que nunca jamás en su vida se había sentido atraído con tanta fuerza por una mujer; por su suavidad, su sonrisa y sus ojos, por sus curvas delicadas, su olor a jabón, a flores y a mujer. Y aquel beso aparentemente inocente sobre la cubierta del Redding, bajo un cielo de estrellas titilantes y un tenue claro de luna, era el principio de algo que temía reconocer. Había confiado en que un beso pusiera fin a su necesidad, pero no fue así, ni lo será, y se encontró en un apuro.
Pasó la punta de la lengua por los labios separados de Sakura y le masajeó la nuca con los dedos de la mano derecha, mientras abría la izquierda sobre la parte inferior de su espalda, sujetándola con firmeza contra su cuerpo rígido. Ella gimió suavemente entre sus brazos, e impaciente como estaba Sakura por intensificar la magia, por tocarla con más plenitud, más posesivamente, en alguna parte de su fuero interno se le hizo dolorosamente patente que debía detener el encuentro antes de que llegará demasiado lejos. Ese no era él momento ni el lugar para aquello, y Sakura nunca daría por finalizado el beso por sí misma. Sasuke lo sabía.
Con dificultad desmesurada, la respiración agitada mientras intentaba aclarase la mente liberándola del apremio que la dominaba, Sasuke hizo lo que no había hecho en su vida: ser el primero en sofocar la pasión.
—Sakura… —le susurró junto a la boca, arrastrando las manos para colocarle las palmas en las mejillas.
Ella no le oyó, no respondió de inmediato, y, muy a pesar suyo, Sasuke apartó los labios de los de ella.
—Sakura —repitió con voz áspera, levantando y apartando la cara. Antes de dejar caer la frente y apoyarla en la de Sakura, le depositó uno o dos besos allí, ahuecándole las manos en las mejillas con firmeza, sujetándola para impedir que saliera corriendo, respirando hondo para dominar sus nervios inflamados.
No quería decir nada hasta que ella se tranquilizara, hasta que su respiración se acompasara y recuperara el control. Probablemente estaría avergonzada, y Sasuke no estaba seguro de cómo manejar aquello, de cómo explicar sus actos e impedir que ella se sintiera rechazada.
Sakura se puso a temblar de repente. Retiró los brazos del cuello de Sasuke y le empujó el pecho.
—Sakura…
—Deje de pronunciar mi nombre de esa manera —susurró ella.
Sasuke frunció el ceño. ¿De qué manera?
La soltó poco a poco, esperando, y ella se apartó, abrazándose, la cabeza gacha, de manera que la luna se reflejó en su pelo, arrancándole unos reflejos relucientes.
Incluso en la oscuridad, Sasuke pudo sentir la tensión que emanaba del cuerpo de Sakura. No tenía ni idea de si estaba enfadada con él por empezar el beso o consigo misma por mostrar un deseo tan temerario.
Sakura hizo una larga y temblorosa inspiración.
—No vuelva a confundirme de esa manera nunca más —le advirtió en un murmullo colérico.
¿Qué diablo significaba eso? Solo una mujer podía decir cosas que lo dejaran tan perplejo.
—Confundirla?
—Estoy prometida a otro —le explicó como si Sasuke fuera idiota, destilando furia por todos los poros de la piel.
La aclaración empapó a Sasuke de placer. Ya lo entendía, y envuelto en la penumbra se permitió una amplia sonrisa de satisfacción. Que ella manifestara su confesión era algo totalmente distinto que expresara repulsión o miedo a que lo abofeteara.
Él levantó el dedo para acariciarle el mentón.
—No está prometida a nadie —le corrigió en un ronco susurro.
Sakura levantó la cabeza con una sacudida y lo miró de hito en hito con ojos furiosos.
—Buenas noches, Sasuke.
Se recogió las faldas con dignidad y se alejó pasando por su lado.
Sasuke le dio casi veinte minutos para que se serenase y se preparara para acostarse. Entonces, asaltándole una especie de sentimiento de culpa por lo que se avecinaba, llamó con los nudillos a la puerta del camarote dos veces y la abrió sin esperar respuesta.
Pero ella no estaba en la cama ni haciendo nada de lo que las mujeres hacen antes de acostarse. Estaba sentada en el borde de la cama, absorta en sus pensamientos y totalmente vestida, aunque ya tenía la capa desabrochada. Sakura se volvió al oírlo entrar y se lo quedó mirando con aire ausente al principio, y luego con lo que él solo pudo describir como creciente terror.
—¿Cómo ha hecho para…?
—Tengo una llave, ¿recuerda? —respondió Sasuke antes de que ella pudiera terminar.
Cerró la puerta y le echó el pestillo, encerrando a los dos en la intimidad del pequeño y atestado camarote, lleno ya de la presencia de Sakura, de sus pertenencias íntimas, el seductor aroma de lavanda y lilas de las cremas, polvos y perfumes.
Después de solo unas cuantas horas juntos, Sasuke había llegado a la incómoda conclusión de que tenía por delante, la misión más difícil que jamás había aceptado en su vida; y no consistía en robarles las preciadas esmeraldas a los peligros legitimistas francesas, sino en mantener intacta la virginidad de Sakura Haruno.
La oyó levantarse detrás de él mientras se desabrochaba los dos botones superiores de la camisa.
—Yo… yo suponía que usted dormiría en el camarote contiguo, Sasuke —tartamudeó en voz baja y temblorosa.
Se volvió hacia ella, y a punto estuvo de hincarse de rodilla ante la intensa súplica que había en los ojos de Sakura con la esperanza de que él se acabara marchando; por la turgencia de su pecho voluptuoso cuando la capa abierta puso al descubierto el vestido extremadamente entallado que se adhería a su figura; por el largo y abundante pelo, ya libre de pinzas, que le caía en cascada por delante en una lujurioso oleada de suavidad.
Tan inocente y tan intocable.
Suspiró y confesó lo inevitable.
—Dormiré a su izquierda, Sakura.
—Oh. —El alivio que afloró a su rostro fue inconmensurable—. Entonces, ¿por qué está aquí?
Sasuke se puso las manos en las caderas, seguto de cuánto disfrutaría con esa explicación, pero listo para darla. Sin rodeos, con el rostro inexpresivo, insitió:
—No me refería al camarote de nuestra izquierda. Me refería a la izquierda de su cama.
Lo primero que pensó Sakura fue que lo que estaba diciendo Sasuke carecía por completo de sentido. Entonces, la claridad de la imagen la impactó, y por primera vez en su vida, que ella pudiera recordar, estuvo a punto de sacumbir a un ataque de histeria. Sus ojos se abrieron hasta convertirse en unos enormes platos de incredulidad y asombro. No era posible que él estuviera hablando en serio.
—No puede dormir… —Sakura tragó saliva, incapaz siquiera de decirlo. Él observaba su reacción atentamente, mientras permanecía parado delante de la puerta. Ocultándosela a la vista con su cuerpo grande e imponente, esperando para encajar el golpe.
Hablaba en serio. Y, sin embargo, no decía ni una palabra.
El pánico hizo que el pulso de Sakura se desbocara.
—No puede quedarse aquí, Sasuke.
—Tengo que quedarme aquí, Sakura —insistió sin alterarse y con gran parsimonia.
Transcurrieron unos segundos de silencio sepulcral antes de que Sakura consiguiera tener la voz suficiente para susurrar:
—¿Por qué?
Sasuke alargó la mano hacia la lámpara atornillada a la mesita de noche que había a su derecha, y subió la intensidad de la llama. Luego, se apoyó de espaldas contra la puerta, cruzando los brazos a la altura del pecho.
—Por dos razones, en realidad —contestó con aire pensativo—. La primera es que usted se ha puesto bajo mi cuidado, mi protección…
—¿Protección? —le interrumpió asombrada, con la preocupación creciendo en su ánimo por momentos—. ¿Va a protegerme después de abordarme solo unas horas después de haber zarpado?
—No la abordé, Sakura; la besé —reivindicó con cierto enfado—. Hay una enorme diferencia.
Ella lo miró con irritación.
—¿Y quién me va a proteger ahora de usted, señor?
—La segunda razón —prosiguió él, ignorando su pregunta —es que mi reputación también me importa. Tengo un asunto importante que resolver en Francia que me obligará a alternar con la élite. Si quiere ir conmigo, debe estar dispuesta a hacerse pasar por mi esposa. Nadie puede empezar a sospechar siquiera que viajo con mi querida, y esa es la única conclusión que sacará la gente, si saben que la traje conmigo.
—Prodríamos hacernos pasar… por primos —le espetó al borde de la desesperación, completamente consternada por la desvergüenza de Sasuke.
Él negó con la cabeza.
—No resultaría, y usted lo sabe. No nos parecemos nada, y a todo el mundo se le hará evidente la atracción que hay entre nosotros. Mejor obrar en consecuencia que intentar ocultarlo. —Y con una sonrisita de suficiencia añadió—: Es un reto, un papel que hemos de interpretar, y debemos empezar a interpretarlo ahora…
Se quedó boquiabierta al oírle, y le pareció del todo increíble que él hablara sobre ellos como si fueran amantes, que quisiera que se hiciera pasar por tales ante los extranjeros. ¡Era tan práctico, tan descaradamente taimado…! Lo había planeado todo desde el principio, lo había sabido todo el tiempo, y había permitido que se enterase de sus intenciones cuando ella ya no podía hacer nada y, menos que nada, salir corriendo. ¿A dónde iba a ir en un barco en plena noche? Su única opción parecía ser la cubierta.
—¿Por qué ha esperado hasta ahora para contarme que teníamos que compartir una…? —Hizo un rápido gesto con la muñeca—. Una…
Él se inclinó hacia ella.
—¿Una cama?
Sasuke se llevó la mano a la cara y se frotó el mentón con la palma.
—No quería que cambiará de idea y se bajará del barco —admitió prosaicamente.
—Usted… —Sakura balbució al oír la franqueza de la respuesta, ruborizándose muy ligeramente, cruzó los brazos delante de ella en actitud defensiva y se pasó las yemas de los dedos por el encaje de la manga—. Usted…
—Yo la necesito, Sakura —dijo, terminando la frase por ella una vez más. Tras un instante de titubeo, corrigió—: Necesito que se haga pasar por mi esposa.
—Planteó todo esto —le acusó ella con vehemencia.
Sasuke negó lentamente con la cabeza y entrecerró los ojos con malicia, dos seductoras cuchilladas ónix.
—Creo que fue usted quien entró en mi casa hace seis días en busca de ayuda. Yo solo me he aprovechado de la situación.
¡Oh, aquel hombre era un demonio! Pues bien, si quería jugar sucio, por ella perfecto. Podrían interpretar cualquier papel a la perfección. ¡Pobre de él! Tal vez no supiera que ella era una de las mejores.
—¿Y qué hay del Caballo Negro? —preguntó Sakura con suspicacia —. ¿Sigue pensando en presentarnos?
Él se encogió de hombros.
—Eso pretendo, aunque todo se hará según mis condiciones y cuando a mí me convenga, tal y como acordamos antes de salir de Inglaterra.
Se miraron fijamente a los ojos, Sasuke con una expresión decididamente ausente e ilegible, Sakura sopesando el desafió, calculando los resultados posibles de las decisiones ya adoptadas, decisiones tomadas sin pensar en lo que depararía la relación que había entre ellos.
Entonces, por fin, con una sonrisita astuta que le curvó ligeramente los labios, Sakura se volvió con decisión y se quitó la capa, arrojándola sobre el biombo de seda.
—Puede quedarse, Sasuke, pero ni un beso más.
—Los maridos y las esposas se besan —replicó él sin gracia—. Me temo que tal vez tengamos que hacerlo de vez en cuando.
Sakura sabía que él volvería a la carga con eso. Pero no tenía ni idea de con quién se la estaba jugando.
—Los maridos y las esposas rara vez se besan en público. Y puesto que no lo vamos a hacer en privado, no veo ninguna razón para hacerlo en absoluto.
Sakura volvió a plantarle la cara con aire desafiante, en una actitud elegante, los brazos en los costados, plenamente consciente de que Sasuke también tendría que resignarse a aceptar algunas de las condiciones de ella, si es que iban a meterse en aquella tonta representación urdida por él.
—También debe darme su palabra de que no actuará sino como un caballero, si llegamos a encontrarnos en una situación de intimidad —insistió ella con fortaleza.
Sasuke parpadeó, dando la sensación momentánea de que le hubiera sorprendido con tal afirmación, como si no pudiera creerse lo que ella acababa de decir. Sakura le vio esforzarse en rechazar un pronto de arrogancia juguetona, o tal vez solo fueran las ganas de reírse. Pero en ese momento la expresión de Sasuke se ensombreció y adoptó un aire de profunda reflexión.
Volvió a apoyar la espalda en la puerta, observándola, con los ojos recorriéndole cada rasgo de la cara, el cuello y los senos. Y con prudencia y frunciendo el ceño, dijo:
—Por lo que a usted respecta, Sakura, he sido concienzudamente caballeroso desde la noche en que nos conocimos, hace algunos años. —Esperó—. ¿La recuerda como la recuerdo yo?
Sakura se quedó inmóvil de pies a cabeza, y el color le abandonó el rostro. En pocos segundos la atmósfera se tornó pesada y el aire espesó, vibrante con la intensidad del momento, mientras él seguía contemplándola de manera provocativa desde el otro lado del pequeño y repentinamente sofocante camarote. De manera instintiva, ella se agarró los codos con las manos, sintiéndose expuesta sin remisión, pero incapaz de desviar la mirada.
Sasuke esbozó una sonrisa cómplice.
—La noche que inocentemente me pidió que me reuniera con usted en un jardín a la luz de la luna para hablar de sueños, y que yo erróneamente tome por una invitación para besarla, lo que hice hasta que se quedó sin resuello. —Bajó la voz—. Me gusta besarla, Sakura. Mucho. Estuvo bien entonces, y es aún mejor ahora.
Sakura se agarró las mangas con manos temblorosas, respirando hondo para evitar tambalearse ante la intimidad, ante la manera grave y significativa con que aquellas palabras fluyeron de la boca de Sasuke. Le estaba dando una oportunidad, deseoso de que ella hablara de aquella noche. Pero Sakura no podía. No, en ese momento. Probablemente, nunca.
—Entonces no puedo hacer otra cosa que confiar en usted —murmuró Sakura con la boca seca, sosteniéndole todavía la mirada.
Después de un largo y pertinaz silencio, la cara de Sasuke se relajó.
—Bueno, supongo que es un principio. Sakura se dio cuenta de que se había sentido molesto por su reacción, o quizá tan solo confundido porque ella no deseara hablar de lo que había ocurrido entre ellos hacía todos esos años. Pero el tema era demasiado familiar, demasiado humillante, y Sakura tenía que escapar de ello. Con una honda inspiración para recobrar fuerzas y pasándose los dedos por su mata de pelo, ella intentó recuperar el humor.
—Tendrá que dormir en la silla, Sasuke. La cama es pequeña, y yo también prefiero el lado izquierdo.
La luz de la mesilla parpadeó, agitando las sombras en las paredes oscuras.
Sasuke todavía no había apartado su mirada de la cara de Sakura, lo cual la estaba poniendo harto nerviosa. Empezó a moverse, como si se preparara para acercarse a ella, y entonces cambió manifiestamente de idea, mientras sus labios dibujaban una sonrisa desganada. Con absoluta tranquilidad, levantó una mano y reanudó la tarea de desabrocharse la camisa, apartando por fin la mirada cuando dio dos pasos hacía la cama, se arrodilló junto a ella y sacó de debajo de esta lo que parecía ser un baúl. —Voy a dormir en esta cama, Sakura —proclamó con decisión—. Y si prefiero el lado izquierdo, y yo prefiero el lado izquierdo, no tendré más remedio que dormir encima de usted, lo cual, añadiría, será difícil no estando permitido ningún beso en absoluto.
Sakura se ruborizó, furiosa, incapaz de imaginarle encima de ella por ninguna razón. Molesto consigo misma por la reacción que sin duda él advirtió, se dio la vuelta y se ocultó detrás del biombo.
—En ese caso seré yo quien duerma en la silla.
Debía de ser bien pasada la medianoche cuando Sasuke sintió que Sakura se metía cuidadosamente en la cama junto a él. Había supuesto que eso acabaría por pasar; hacia demasiado frío en el camarote.
No se movió por miedo a que Sakura volviera a marcharse de la cama. A él le gustaba dormir desnudo, pero, dada todas las demás cosas que le había impuesto a Sakura, no podía ir tan lejos. Así que, allí tumbado, vestido solo con los pantalones incómodamente ceñidos, no había habido manera de que pudiera realmente dormir.
Y por lo que pudo deducir, tampoco Sakura, que se había pasado casi dos horas intentando ponerse cómoda, antes de que, asumiendo finalmente su derrota, se metiera entre las sábanas.
Sakura se encogió detrás de él, temblando, cubriéndose la barbilla, los dedos y los tobillos con un camisón largo de austero algodón blanco, intentando robarle la manta a Sasuke y, sin duda, robándole su calor. Este casi se estremeció cuando sintió sus pies, unos gélidos bloques de hielo a esas alturas, cuando ella se los metió entre las piernas. Pero, cuando por fin empezaba a deslizarse hacia el sueño, se vio obligado a sonreír ante el gesto de comodidad de Sakura extrañamente confiado y dulce.
Gracias a Lupita Uchiha por sus comentarios. Espero este capítulo sea de tu agrado.
Nos vemos en el siguiente.
