¡Hola a todo el mundo!

Uff, al fin terminé este capítulo, procure que fuera más cómico, la etapa sentimental del embarazo está reservada para el siguiente episodio (ya saben, momentos tiernos de los dos esposos esperando a sus hijos) aquí veremos a Hipo enfrentándose a los problemas de una esposa embarazada. Personalmente no lo he vivido, pero creo que puede ser algo como esto.

Gracias a hinayo-sempai, tayloves, analuchera y Espartano por comentar ¡Me animan muuucho! xD

Disfruten.

Disclaimer: nada es mío salvo la historia.


Capitulo 3.

El embarazo tiene efectos secundarios.

Segundo mes de embarazo.

Estaba cansado. Realmente cansado. Toda la tarde se la paso haciendo tantos pedidos que las manos le dolían y más los brazos. Bostezó mientras entraba a su alcoba pensando ilusamente que podría dormir al menos siete horas.

Astrid estaba en la cama, con su seductora mirada.

"¿Tienes mucho sueño, Hipo?" le preguntó.

¡Demasiado! Pensó el chico, pero eso solamente la molestaría y si Astrid tenía un carácter a veces muy imponente, sumado a las hormonas de verdad que daba miedo.

"No mucho amor" una gran mentira "¿Por qué?"

Solamente preguntaba.

Ella se le acercó y le fue quitando el chaleco con movimientos lentos. Él siempre adoró esa manera tan posesiva de ella para comenzar a intimidar, pero de verdad que en esos momentos estaba cansado. Ella pronto le quitó toda su camisa y le besó con urgencia en los labios.

Una especie de llama se encendió en su interior y le fue correspondiendo a todas sus caricias. Pero Astrid necesitaba más. Colocó sus manos en el cuello y jaló de él con fuerza, profundizando el beso aún más. Fueron recostándose en la cama mientras de deshacían de la demás ropa. En determinado momento Astrid comenzó a juguetear, estaba tan ansiosa que a Hipo no le quedó más que rendirse a los encantos de su esposa.

La excitación se respiraba en el aire y no tardaron mucho en llegar a sus respectivos orgasmos. Si Hipo al llegar estaba cansado, ciertamente ahora estaba exhausto. Se dejó caer en la cama y se cubrió el desnudo cuerpo con una manta, listo para dormir, cuando su acalorada esposa le besó en la mejilla.

"No me digas que ya te cansaste" su voz sonaba muy seductora "¿No te parece mejor una segunda ronda?"

Cualquier esposo y más joven desearía eso de su esposa. Hipo no. Él quería dormir y aunque agradecía al embarazo ese apetito sexual que Astrid había tenido toda la semana, en definitiva ese no era el día óptimo.

Está de más decir que, tras la negativa, Hipo pudo al fin dormir… en la sala.

Tercer mes de embarazo.

Astrid no se sentía nada bien esa mañana. Le dolía la cabeza y apenas se puso en pie una extraña sensación de vértigo la hizo marearse más de lo que nunca antes se mareó. Ni en su primer vuelo montada encima de Chimuelo sintió una sensación tan espantosa.

Era muy temprano y bajó las escaleras de la casa con pasos lentos, minuciosos. Todo alrededor le daba vueltas y más vueltas, llegaba un punto en que no podía caminar con los ojos abiertos. A pesar de tenerlos cerrados, la inestabilidad del suelo no se iba. Y la sensación de estar cayéndose era insoportable.

No supo cómo llegó a la cocina. Debía preparar el desayuno para Hipo y Estoico. Alzó una mano hacia donde estaba la avena, sin atrapar ni una sola bolsa del cereal. Se tambaleó hacia atrás, golpeándose duramente con la mesa del comedor y después, aferrándose a la madera, trató nuevamente de caminar sin conseguirlo.

"¿Estás bien Astrid?"

"No…"

Hipo de repente estaba a su lado, agarrándole la mano. Pero ella se sentía muy mal. Sintió que su marido le tocaba la frente y las mejillas varias veces, sin dejar de sostenerla. Hacía demasiado calor ¡El lugar era un horno! La casa daba vueltas y ella volaba sobre el mar…

"Estás ardiendo en fiebre. Mejor vuelve a la cama"

"Voy a vomitar"

Y lo hizo. Así de simple y sencillo. El estómago se le vacío y el piso quedó completamente manchado. El vértigo comenzó a menguar, no así el calor. Vagamente fue consciente de su marido ayudándola a subir los escalones. Después, se sintió recostada en la cama y cayendo hacia otro vacío. De nuevo.

Hipo pidió a su padre que llamara a los sanadores. Una de las curanderas fue a revisar a Astrid. Le dijo al joven que la fiebre y las náuseas son normales en las primeras etapas del embarazo. No se debía preocupar mucho, todo pasaría sin necesidad de medicina. Hipo no fue a la fragua, quería cuidar de su esposa.

Conforme las horas pasaron, el calor disminuyó y Astrid pudo abrir los ojos sin mareos. No estaba del todo bien, pero tampoco estaba tan mal. No obstante, tenía hambre. Mucha hambre.

Hipo bajó a la cocina y regresó con un poco de pescado que él mismo cocinó. Se le daba bien, al menos siempre le quedaban comestibles. Entró a la recámara con el plato y un vaso de jugo.

"Lista la cena"

Astrid sonrió y de inmediato le quitó el plato de comida, al ver el pescado asado y sentir el olor sintió el más intenso asco que nunca antes, ni en esa mañana, había sentido. ¿Cómo podían comer ese viscoso animal? Salió de la cama y vomitó en el suelo.

"¡Saca esa cosa de aquí!" dijo entonces "Es asqueroso"

Otro síntoma perfectamente normal. En los siguientes meses, el único pescado de la casa fue el que comían los dragones.

Cuarto mes de embarazo.

Hipo entró a la casa y fue recibido por un aroma tremendamente familiar. Caminando hacia el comedor, encontró un enorme tazón lleno rábanos cocidos. Astrid terminaba de servir una especie de caldo y le recibió con una cálida sonrisa.

"Hola amor" saludó "¿Cómo te fue en el trabajo? ¿Mucho o poco?"

"Lo normal" fue su respuesta, mientras se sentaba en la silla con movimientos minuciosamente calculados "Hiciste rábanos…"

"Sí" respondió orgullosa "¿Cuántos quieres?"

Gimió por lo bajo. Astrid le colocó enfrente una sopa humeante que tenía trozos de rábano flotando en ella "¿Sopa de rábano?" preguntó.

"Adivinaste"

Astrid sentía que necesitaba comer rábanos. La ansiedad era inmensa y si en el momento que se le antojaba el apetito no era saciado, sí que había problemas. Hipo sabía por su padre y otros señores que los antojos en las mujeres embarazadas muchas veces eran extraños; pero ¿rábanos? No era que no le gustaran, podía comerlos, pero no las tres comidas al día. Le estaba cansando.

Hipo comió en silencio su sopa y vio asombrado cómo su esposa engullía el tazón entero y se comía tres rábanos crudos, a mordidas. En determinado momento, Astrid miró a su esposo quieto sin ganas de comer.

"¿No te gustaron?"

"¿Eh? No digo ¡Sí! pero…. No se me antojan"

Ella frunció el ceño.

"Pues no los comas si quieres"

Replicó y siguió comiendo. Hipo iba a levantarse, pero pudo comprobar desde su lugar que no había ni una hogaza de pan en la alacena. ¿Qué comería ahora?

"Astrid ¿No hay nada de pan?"

Ella no respondió.

"¿Astrid?"

"¿Me hablas a mí, Hipo Horrendo Haddock III?"

Oh no. Cuando ella lo llamaba con su nombre completo solamente significaba una cosa: estaba enojada. Y mucho.

"Sí, te hablo a ti ¿No hay pan?"

"No"

"Iré a la panadería"

"Ya está cerrada"

"Bueno ¿Qué como entonces?"

"Tienes un tazón lleno de rábanos"

"Pero no quiero comer rábanos"

"¡Pues vete a la cama con hambre!"

"No podré dormir si no ceno algo"

"Hay rábanos"

"No quiero rábanos"

"Pues no comas nada. Si no quieres rábanos…"

"¡No los quiero!"

Usualmente, Hipo no gritaba. Corrección, Hipo nunca gritaba a no ser que de verdad estuviera desesperado. Los ojos de Astrid miraron a su esposo primero con sorpresa, después humedecidos. El brillo de las lágrimas fue muy visible, a pesar de estar a cuatro metros de distancia. Ella se llevó las manos a los ojos, tapándolos.

No quería que la viera llorar, pero era un sentimiento que no pudo controlar. Luchó sin poder retener ni las lágrimas ni el sollozo que estaba atorado en su garganta. Hecha un ovillo, abrazándose a sí misma, Astrid sintió que el mundo a su alrededor temblaba.

Hipo dio uno pasos para estar al lado de su sentimental esposa y le pasó un brazo por la espalda. Ella reaccionó y violentamente se alejó de él. Genial. Dio otro paso cerca de su esposa y ella lo detuvo.

"¡No te me acerques!" gritó "No quiero verte"

"Astrid ¿Por qué?"

"¿Y todavía preguntas? ¡Me pasé toda la tarde haciendo esta cena, y tu simplemente la rechazas! ¿No te gusta cómo cocino? ¡Pues no de hubieras casado conmigo!"

"Me gusta como cocinas" aunque, siendo francos, había unas cosas que a veces sabían extrañas "Pero no me gustan mucho los rábanos"

"¿Y? ¡Yo quiero comer rábanos!"

"¡Por eso te digo que mejor comeré pan!"

Ella sollozó otra vez. Las hormonas definitivamente no eran aliadas de un esposo desesperado.

"Y además me gritas…" agregó "¿No me quieres?"

"¿Qué? ¿De dónde sacas esas ideas?"

Ella había bajado la guardia lo suficiente para dejar que Hipo la abrazara, de manera cautelosa claro está (porque, Dioses, esa mujer tenía un excelente brazo) y le susurró al oído:

"Claro que te quiero. Pero se me antojó comer un poco de pan"

"¿Eso es todo?"

"Sí. Solo una hogaza de pan. Y puedo traerte otra a ti, seguro tienes más hambre"

"Algo, sí…"

"Bien, compraré algo de pan ¿Te traigo alguna otra cosa?"

Sus ojos se iluminaron.

"¡Huevos!"

¿Más huevos? ¡La alacena estaba llena de huevos! Viéndola tan ilusionada y además considerando su nivel de sensibilidad, Hipo no dijo nada. Salió de la casa y regresó en menos de diez minutos con una docena de huevos y pan. La sala y el comedor estaban desiertos, los trastes sucios aventados en el fregadero, la mesa completamente limpia y el fuego de la chimenea apagado.

Recostada en el sillón, Astrid estaba profundamente dormida. Tanto drama para nada… pero bueno. Dejó el pan y guardó los huevos en la despensa, cargando después a su esposa para dejarla en la cama.

Quinto mes de embarazado.

Era de mañana, no muy tarde pero definitivamente tenía que apurarse. Hipo estaba en su alcoba vistiéndose, al voltear comprobó algo que, esperaba, no hubiese pasado. Astrid seguía dormida.

Era tierna verla dormir, y más con si abdomen ligeramente hinchado. Pero se cumplían ya dos semanas en que Astrid, por más que hicieras, no se levantaba temprano. Podía durar hasta el medio día y pareciera que no descansó nada en toda la noche. A Hipo no le molestaba que su tierna mujer descansara, al contrario, sabía que era bueno y más durante el embarazo. Pero se veía afectado.

No había desayuno, al menos no uno muy bueno. La comida se veía reducida a lo primero que ella encontraba en desván para hacer de manera rápida. La ropa no estaba bien lavada o a veces ni alcanzaba a llevarla a la lavandería. Y la casa comenzaba a convertirse, de nuevo, en un hogar completamente masculino y sucio.

E Hipo tenía que lavar su ropa, hacerse el desayuno y limpiar la sala casi todas las noches que llegaba del trabajo. Cosa que le estaba empezando a cansar.

Se inclinó al lado de su esposa, moviéndola suavemente de los hombros "Astrid, ya es de día ¡Debes levantarte amor!"

Ninguna respuesta.

Bajo las escaleras con resignación. Estoico estaba en la cocina husmeando en la alacena.

"¿Y Astrid?" preguntó.

"Dormida. Y no hay manera de levantarla"

No era el primer embarazo que Estoico llevaba. Recordaba muy bien cuando su querida esposa pasó por esas mismas etapas, pero no era lo mismo. Rápidamente el hombre se había acostumbrado a vivir en un cálido hogar gracias a su nuera, para encontrarlo descuidado debido a su fatiga crónica. Parecía que todos esos años en que él hizo la función de amo de casa, se habían borrado de su mente.

Hipo abrió una de las alacenas y sacó de ahí más trozos de pan, le dio uno a su padre y se comió otro rápidamente. De la cesta de pescados sacó un par que lanzó por la ventana hacia el establo de los dragones, ellos los engulleron de inmediato. ¡Dioses, los establos! ¿Cuándo fue la última vez que los limpió?

Otra tarea más cuando regresara del trabajo.

"Nos vemos en la noche" dijo Estoico, saliendo de la casa en dirección al comedor.

Esa noche cuando regresaron lo único que encontraron fue una cesta de rábanos asados y una Astrid dormida en la silla del comedor.

Sexto mes de embarazado.

"¿Hipo?"

En un momento estaba volando sobre Chimuelo encima de Asgard, viendo a los dioses comiendo en sus banquetes diarios… al otro recostado en la cama, con la habitación completamente oscura y una desesperada Astrid a su lado.

"¡Hipo!"

"¿Mande?" le contestó entre bostezos, estirando los brazos y tratando vagamente de sentarse.

"Quiero una berenjena" gimió "¡Necesito una berenjena!"

"Astrid, es de noche ¿dónde conseguiré una berenjena?"

"No lo sé y no me importa ¡Necesito una berenjena! ¡Tu hijo necesita una berenjena!"

Hipo miró el vientre de su esposa. Esos chantajes si que funcionaban. Se paró y tropezó antes de poder bajar a la cocina. Hipo tenía en la alacena reservas por si su querida esposa se le ocurrían antojos nocturnos (cosa que era cada vez más frecuente) pero no había berenjenas.

Salió de la casa hacia las tierras de cultivo. No estaban tan lejos y mañana le explicaría a los agricultores. Todos en el pueblo se mostraban complacientes con las parejas que esperaban hijos, porque sabían que las mujeres en esos meses podían requerir atenciones muy especiales.

No hay nada peor que pasar un rato largo buscando las mejores berenjenas y después lavarlas hasta estar seguro de que han quedado limpias, y llegar a la alcoba encontrando a Astrid completamente dormida. ¡Eso sí que no! La removió con ligera brusquedad.

"¿Mmm?"

"Astrid, tus berenjenas"

"Ah… déjalas ahí, después las como"

¿Después? Se tumbó en la cama ¡No volvería a conseguir más verduras en la noche!


En el próximo capítulo los demás personas (Estoico, Brutilda, Brutacio, Patán, Patapez...) estarán involucrados. Este capítulo se centra completamente en Astrid e Hipo. Ojalá les haya gustado ¡Y me dejen muchos comentarios!

Otra cosa ¿No les gustó "A september night"? es que ahí no he tenido ni tantos comentarios ni hits... pero bueno, eso es punto y aparte ¿no?

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