¡Hola de nuevo! ¿Ven? ¡Ya les traje un capítulo nuevo en corto tiempo! y además bieeen laaaaaaargooo XD son como unas ocho hojas de Word, así que es el chapter más largo hasta el momento de ésta historia.
Muchas Gracias a: AliceCullen, hinayo-sempai y Espartano por todos sus comentarios :)
Espero que disfruten mucho este capítulo. La idea de un niño perdido me había estado tentando desde hace tiempo. Considerando que en aquellos años había mas inseguridad y riesgos, creo que el que un niño se perdiera causaba más horror que ahora. O quizá, con lo mal que andamos (en mi país) sigue igual... no sé. Haber qué opinan :)
Disclaimer: Nada es mío, solo la historia.
Capitulo 6.
Blegild Haddock I.
No se le puede pedir a un curioso niño de cinco años mantenerse completamente quieto por más de diez minutos. Y menos si ese niño es el hijo de Hipo, mejor conocido como el Jinete de Dragones, y Astrid, la más fuerte e intrépida guerrera de la Tribu.
"No" dijo Astrid severa "Deja eso ahí. Son para la cena"
"Pedo mamá… ¡Quiedo pan!" replicó el niño, que estaba parado sobre una silla alcanzando un trozo de pan dulce relleno con almendras. Astrid se había pasado parte de la mañana horneando esos dulces para la cena.
"No Bleg" reprendió "Hasta que lleguen papá y el abuelo"
"Pedo mamá…"
"¡Sin peros!" ultimátum.
El niño se cruzo de brazos. El pequeño seguía pareciéndose mucho a su padre. El cabello era de un castaño muy claro, casi rubio, y tenía los ojos más verdes que Astrid hubiera visto antes, iguales a los de Hipo; tenía también unas pecas salpicándole la nariz y facciones parecidas. Pero sacó unas cuantas cosas de ella, como el cuerpo fuerte y atlético, la manera tan directa de decir las cosas y la poca paciencia.
Fue cuando un llanto agudo proveniente de la sala llamó la atención de los dos. Astrid se limpió las manos llenas de harina y casi corrió a la silla especial de madera que Hipo le construyó a Blegild cuando era bebé (como propósito de tenerlo cerca y llevarlo más fácilmente por el pueblo) y que ahora era usado por la linda Gilna, de cuatro meses.
"¿Qué pasa mi vida?" Astrid habló cariñosamente a su bebé mientras la cargaba, arrullándola "¿Te molestó algo?"
Blegild miró a su madre y a su hermana menor. El niño recordaba bien cómo mamá de repente engordó tanto y tuvo extraños dolores. Después, ella y papá desaparecieron por dos días. Mamá regresó delgada y cargando con una cansada sonrisa a un bebé rosado y lloroso, al que llamaron Gilna. Le dijeron que era su hermana menor y la debía proteger y cuidar, pero sobre todo, querer mucho.
El niño a final de cuentas tenía la traviesa mente de su edad. Sintió afecto por su hermana, después de todo nadie puede negar que la sangre es poderosa cuando de familiares se trata, y muchísima curiosidad. Pero Gilna muchas veces le parecía fastidiosa, sobre todo cuando lloraba.
Astrid, ya más acostumbrada a su papel de madre, calmó a su hija en un segundo y regresó a preparar la cena. Lamentablemente, Hipo el día anterior no le llevó toda la despensa que le pidió. Y eso se tradujo en la falta de un ingrediente primordial: levadura.
¿Cómo demonios se le acabo tan rápido la levadura? Una clara señal de que estaban comiendo demasiado pan. Pero Astrid de verdad la necesitaba. Suspiró, faltaría poco para que anocheciera y ella no quería retrasar la cocina. Miró a sus dos hijos. Blegild estaba inclinado en el tapete jugando con un montó de piezas talladas y fundidas que Hipo le había regalado. Gilna balbuceaba para ella misma, entretenida con los muñequitos flotantes, también invento de Hipo.
En muchos sentidos, los niños eran consentidos. Además de las atenciones de su madre y porciones extra (de vez en cuando) de dulces, los pasteles y obsequios del abuelo Estoico, el cariño y atención que le daban sus tíos Patán y Brutilda, así como sus abuelos maternos; tenían un padre consentidor.
Hipo se la pasaba diseñando muchos regalos y juguetes para sus hijos, que después él mismo les hacía. Eran además de divertidos muy útiles para entretener a los pequeños y ayudarles a desarrollar inteligencia, fuerza y algunos destreza. Tuvieron éxito y ahora también los fabricaba para otras familias, aunque lo mejor siempre iba a su propia casa.
Sí, Astrid amaba muchísimo a su esposo a pesar de los años, y a sus hijitos más. Pero necesitaba levadura y el solo pensar en ir a la panadería a esas horas, con sus hijos, la hicieron suspirar. Gilna era tranquila, pequeña, fácil. Blegild… otra historia.
"No soltarás mi mano" le dijo "Estarás cerca de mí, no jugarás, no hablarás, te mantendrás quieto. No tardaré ni cinco minutos ¿De acuerdo?"
"¡De acuedo!" repuso el niño.
Bajo esa larga advertencia, Astrid cargó a su niña y agarró con fuerza la mano de Blegild. Bajaron la colina rumbo hacia la panadería, que estaba cruzando el centro del pueblo. Era un establecimiento algo grande, con una ventana ancha y larga como mostrador donde las personas se formaban para pedir lo que necesitaban. Para asombro de Astrid, la panadería estaba llenísima de personas.
Apretó más el agarre de su hijo y se adentró al barullo de gente "No te muevas Bleg" le dijo "Quédate cerca de mamá" el niño asintió,
Pero había muchas personas, y se sentía apretado. Blegild tenía la costumbre heredada de su padre de pensar por su cuenta. El niño tenía mucho apego a su papá, y buena parte de las tardes se la pasaba preguntándose a sí mismo dónde iría. Él se despedía en las mañanas, regresando por la noche ¿Qué hacía toda la tarde?
Sabía que mamá limpiaba y cocinaba, el abuelo supervisaba todo alrededor, tío Patán iba al Ruedo, tía Brutilda se quedaba en casa con el primo Tontín, sus abuelitos también. Pero siempre que le preguntaba a su padre qué hacía, éste respondía con una sonrisa: "Un poco de todo, hijo"
Hipo no sabía cómo explicarle a su hijo que, además de su trabajo en la Fragua, atendía otros labores que Estoico le mandaba. Era el encarado de entrenar a los jóvenes con sus dragones, también de los establos, a veces de revisar las naves, el ganado y la recolección de verduras. Cada vez sus responsabilidades aumentaban más y comenzaba a pensar que, quizá, pronto debería suplantar a Estoico en su puesto.
Blegild alzó la mirada, inquieto por tantas personas y los gritos, cuando lo vio ¡Su papá! Estaba caminando al lado de Chimuelo, muy rápido debía decir, hacia la parte más baja del pueblo. La emoción de ver a su padre seguido de muchos jóvenes, guiando un montón de dragones, es inmensa a esa tierna edad.
"¡Papi!" dijo. Claro que Astrid no lo escuchó.
La mujer solamente pudo sentir cuando su hijo se zafó de su agarre. El pánico pasó por su mente, Astrid bajó la mirada, no había rastro de su hijo "¿Blegild?" lo llamó "¡Bleg!" la gente la apretaba y ella debió levantar una de sus manos para pedirle que se apartaran. Más personas caminaban por la calle.
"Bleg ¿Dónde estás? ¡Blegild!" Astrid empezaba a desesperarse más.
El niño corrió hacia donde vio a su padre caminar. Dio la vuelta a la calle, y entre tantas personas su corta estatura pasó desapercibida para muchos. La fila de chicos y dragones iba entrando en un edifico algo alto, con muchas ventanas. Era el establo principal y un verdadero laberinto para quienes no lo conocían: como el niño.
¡Al fin sabía qué hacia su papá, y dónde pasaba las tardes! Seguro debería ser grandioso. Papá era alguien importante, pensaba siempre Blegild. Su padre hacía cosas maravillosas con madera y con metal, podía cocinar una sopa más rica que la de mamá (aunque, según le dijo el abuelo Estoico, eso jamás debía decirlo a nadie) y montaba todo tipo de dragones. A esa edad, claro, los niños ven a sus padres como héroes, y Blegild no fue la excepción. La emoción de ver a su padre sumada a su mordaz curiosidad lo impulsó a seguir corriendo hacia el establo.
Nadie lo vio y el pequeñín entró valientemente hacia la zona desconocida, esperando encontrarse con su padre.
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"¡Bleg!" gritaba Astrid "¿No han visto un niño pequeño? ¡Blegild! ¡Por favor, sal de dónde sea que estés!"
Astrid estaba cada vez más preocupada. Su corazón maternal latiendo desenfrenado en su pecho, aumentado el ritmo de su desesperación. Las manos sudadas, tensas, lágrimas formándose en sus azules ojos mientras buscaba más y más entre las personas, sin encontrar nada ¡Su hijo! No podía haberse esfumado, desaparecido en el aire. Por los dioses ¿Qué le pasó a su pequeño?
Gilna, sintiendo la tensión de su madre, inmediatamente comenzó a llorar. Astrid ignoró a su bebé y la meció sin interés mientras daba la vuelta a la calle mil veces más, sin éxito. El llanto de su hija, las personas viéndola como loca sin hacer nada, la desesperación de su hijo perdido… no pudo más.
Gritó.
"¡BLEGILD!"
Afortunadamente Brutilda iba pasando por allí, también en dirección a la panadería. No demoró en darse cuenta de que su amiga estaba realmente mal. Corrió hacia ella.
"Astrid ¿Qué ocurre?" rara vez se le veía a la fuerte Astrid Haddock al borde de un colapso emocional "¿Ha pasado algo malo?"
"¡Blegild!" gimió "¡No lo encuentro!"
Brutilda sostuvo a Gilna, liberando los brazos de Astrid, y ésta pudo al fin derrumbarse. Rodillas en el suelo, manos cubriendo sus hinchados ojos, sollozaba y lloraba mientras pensaba en su hijo perdido ¿Dónde podía estar su pequeño? ¿Con quién? ¿Se habría caído? ¿Se lo habrían llevado? ¿A dónde se lo pudieron haber llevado? ¿Con qué intenciones? ¿Cómo lo trataban? ¿Estaría herido, dormido? ¿Estaría… muerto?
"Astrid, cálmate, no sirves de nada llorando de esa forma" Brutilda podía imaginar la desesperación de su amiga, pero debía ser directa si querían encontrar a su sobrino "Párate, vamos a dejar a Gilna con tu madre, y después lo buscaremos. No puede estar muy lejos" le sonrió.
Así lo hicieron. El padre de Astrid inmediatamente se ofreció a ayudarlas. Buscaron otra vez en la calle de la panadería y en las calles cercanas. Fueron preguntando a las personas si habían visto al niño. Pronto, se supo la noticia de que Blegild, el inquieto hijo de Hipo, estaba perdido. Algunos vecinos comenzaron a buscar también, otros prometieron estar atentos por si veían algo. La noticia llegó a oídos de Estoico, quien se enfureció y preocupó enormemente.
"¡Nadie descansara hasta que el niño aparezca!" declaró.
Astrid sentía que no podría resistir esto mucho más. Habían pasado ya tres horas desde que su hijo desapareció. Tres perfectas horas en que un bote pudo llegar al pueblo más cercano ¡Qué tortura! Su mente pasaba imágenes sobre las cosas que pudieran pasar. Por más optimista que intentaba ser, fracasaba ¡Su hijo estaba perdido!
Lo peor era saber que era su culpa. Desde que salieron de casa a la panadería ella no se sentía cómoda, a gusto, sabía que algo malo pasaría. Ella pudo cuidar mejor de su hijo, sostenerlo con más fuerza, ser más rápida para no soltarlo, o dejarlo con su madre ¡Conocía a Blegild! Al inquiero de Blegild. Y simplemente sabía que algo así pasaría ¿Por qué no actuó como era debido?
De verdad que trataba de no llorar, pero cada vez le costaba más. Buscó bajo cada roca, cada caja, en todos los árboles, en todos los rincones, las calles, los lugares donde el niño jugaba. Y nada. Estaba oscureciendo, llegaba la noche. Había llegado el momento de decirle a Hipo. Éste se encontraba en los establos, trabajando, y nadie había ido a decirle la espantosa noticia. Le correspondía a ella como su esposa, y total culpable, ponerle al tanto de la situación.
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Blegild ni siquiera se sintió perdido, al menos al principió. Entró al establo, cuyo ancho pasillo conducía a una serie de habitaciones y a una explanada enorme donde diversos dragones eran atendidos. Los pasillos que conectaban el lugar con las diferentes terrazas estaban diseñados fríamente por Hipo y Estoico. Pocas personas conocían realmente el lugar para no perderse, y la razón de éste decisión fue impedir el escape de dragones jóvenes, así como la infiltración de enemigos.
No mucha gente trabajaba en el Establo mayor. Hipo era su encargado directo y a veces entrenaba ahí a los reclutas más jóvenes, como en ésa ocasión. No pidió ninguna ayuda y otros pocos entrenadores y entrenadoras estaban también ahí, limpiando el lugar o alimentando más dragones.
El niño fue caminando entre los pasillos realmente emocionado ¡Había tantas pinturas ahí, de tantos lugares hermosos y personas diferentes! Herramientas diversas que muchas veces vio en manos de sus padres. Demasiadas puertas, Blegild fue abriendo unas y asomándose en otras. Casi todos esos cuartos estaban solos, sin nada, salvo una mesa o un par de sillas.
¿Qué lugar era ese? Parecía un castillo. De esos sobre los cuales el abuelo Estoico siempre le hablaba ¿Habría un Dios viviendo allí? Blegild fue entrando en más habitaciones, buscando a su papá. Al abrir una puerta, sin embargo, descubrió que ésta no era una recámara, era un pasillo. E inmediatamente entró en él.
El pasillo eran muy ancho y caminó cuidadoso, como todavía había suficiente luz Blegild no sentía de verdad miedo. Sonrió ¡Era una aventura! Al fi tendría su primera gran aventura. Sacó el cuchillo de madera con el que siempre jugaba y lo sostuvo en alto ¡Podía haber piratas! ¡O monstruos! ¡O ladrones! Y ellos deberían enfrentarse al gran Blegild Haddock I.
El pasillo terminó en otro más, y el niño no supo si ir a la derecha o a la izquierda. Había también una puerta y unas escaleras hacia arriba. Subió. Más pasillos, más puertas y una enorme terraza con montones de paja. Tenía demasiadas ventanas, lo cual sorprendió al niño, que de inmediato corrió para asomarse por ellas.
Blegild no era consciente de que estaba en el tercer piso del Establo y una caída significaba, mínimo, un hueso roto. Tan amplias ventanas eran un blanco muy sencillo por donde podían entrar los enemigos. Levantó aún más su cuchillo de madera y se asomó, viendo a las personas que caminaban de un lado al otro, desesperadas.
¿Desesperadas? ¡Oh, no, de verdad había enemigos! El niño metió el cuchillo en su cinturón y bajó corriendo las escaleras ¡Había piratas! ¡Había ladrones! Debía encontrar pronto a mamá y papá. Claro, la gente afuera estaba inquieta porque lo buscaban desesperadamente. Blegild siguió corriendo entre los pasillos, ahora más preocupado, porque no encontraba por dónde salir. Se había perdido.
Afortunadamente-o no-iba pasando por ahí una de las entrenadoras. De inmediato notó la presencia del niño y lo miró extrañada ¿Qué hacía un niño en el Establo?
"Pequeño ¿Estás perdido?" le preguntó tranquila.
"¡Etamos bajo ataque!" repuso Blegild "¡Pidatas! ¡Ladones!"
La entrenadora rió para sí misma. Estos niños y sus juegos.
"No cariño, no hay nada" le agarró la mano "Seguro viste a otros niños disfrazados. Vamos pequeño ¿Dónde está tu madre?"
¡Mamá! ¿Dónde estaba mamá? Recordaba haberla dejado en ese lugar con tantas personas. Y papá había entrado a ese enorme castillo ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaban él? Blegild se calmó a sí mismo. Era un vikingo (o eso decía el abuelo) los vikingos son fuertes, sin rudos, no tienen miedo.
"No sé" repuso el niño a la entrenadora "Me debo id"
"Pero…"
El niño se soltó del agarre y se fue corriendo hacia el otro pasillo. La entrenadora intentó seguirlo, pero Blegild abrió una de las puertas y la mujer ya no lo encontró. Genial ¡Un niño perdido en el establo! ¿Y cómo se las arregló para llegar? Pasó una mano por sus cabellos trenzados, no había más remedio, debería decírselo a Hipo.
Blegild volvió a agarrar su cuchillo de madera y pasó de pasillo en pasillo muy atento. Seguro esa mujer también era ladrona. Debía encontrar una manera de salir del castillo sin que lo vieran y regresar con mamá. Esta aventura estaba siendo más grande y divertida de lo que hubiese creído.
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La entrenadora corrió hacia la explanada principal, donde Hipo daba una clase más a los jóvenes sobre cómo entrenar a sus dragones. Chimuelo estaba recostado en la paja ayudando cuando lo llamaban. Hipo vio a su compañera correr hacia él.
"¡Hipo!" lo llamó "Hay problemas"
"¿Problemas?" repuso "¿De qué tipo?"
"Vi un niño en los pasillos Este" explicaba la chica "No tengo la más remota idea de qué hace aquí"
"¿Un niño?" ¡Por todos los dioses! El establo era un lugar tan peligroso aún para jóvenes ¿Qué hacía un niño ahí? "¿Y porqué no lo agarraste?" replicó molesto.
"Se me escapó. Es muy rápido"
"Llama a los demás entrenadores, que cierren las puertas y lo busquen. Debemos asegurarnos de que esté a salvo" miró a los jóvenes "Ustedes también ayudarán, revisen todas las habitaciones del pasillo principal ¿entendido?"
"Sí" le respondieron.
"Chimuelo" el dragón se paró "Vamos, veamos las terrazas"
Volaron y las revisaron sin encontrar nada más que grupo de dragones dormidos. Las terrazas tres y cinco estaban vacías, después debería checar porqué. Bajaron a la explanada, todavía ansioso ¿Qué padre le dejaría a su hijo entrar al gran establo?
Fue cuando vio a un grupo pequeño de personas caminando hacia él. Reconoció a Astrid, Brutilda y otros señores.
"Hipo…" Astrid estaba con los ojos llenos de lágrimas y algo hinchados, mejillas chapeadas, había estado llorando mucho. Inmediatamente estuvo a su lado y muy preocupado.
"¿Qué pasó?" le preguntó.
"Blegild…" Astrid sollozó, pero reponiéndose y erguida, contestó "Se ha perdido"
¿Qué?
Palideció. Un coraje extraño se adueñó de él ¿Cómo se pudo perder su hijo?
"Pero…"
"Hipo, lo hemos estado buscando por todo el pueblo y no encontramos nada" explicó Brutilda "Quizá deberíamos iniciar una búsqueda por el bosque"
La preocupación no demoró nada en nublar sus sentidos. Hipo comenzó a pensar cómo pudo perderse su hijo. Astrid estaban tan callada y encogida que adivinó se sentía culpable. Pero no había tiempo de consolarla, al menos no aún ¡Debían encontrar a Blegild!
"¿Dónde está Gilna?" preguntó, con ira contenida "¿Se perdió también?"
"No, ella está en casa de mis padres" repuso Astrid, viendo a su enfurecido y preocupado esposo.
"¡Señor!" llegaron los jóvenes estudiantes "No encontramos nada en las habitaciones"
"¿Encontrar?" muy bien, estaban pasando muchas cosas y al mismo tiempo. Debía calmarse un poco.
¡Tiempo fuera! No había ningún niño en las habitaciones. Pero, según la entrenadora, un pequeño estaba perdido en el establo. Y nadie encontraba a su hijo ¿Coincidencia?
"¡Glena!" gritó. La entrenadora volteó hacia él.
"¿Sí?"
"¿Cómo era el niño que viste?"
"Pues… de cabello castaño… claro. Delgado, algo alto, tenía una espada de madera y los ojos color verde"
"Blegild está aquí en el establo. Sepárense y búsquenlo. Glena que cierren todas las puertas, no debe salir ¡Vamos! ¿Qué esperan?"
Se movieron rápidamente. Hipo sonaban tan autoritario que les recordó a Estoico. Firme, Hipo sabía que no podía perder los estribos. Todos ahí estaban desesperados y confundidos, él debía ser quien los guiara. Subió otra vez a Chimuelo.
"Amigo, Blegild está perdido ¿Crees poder encontrarlo aquí?"
"¿Perdido?" pensó el Furia Nocturna "Amigo, ha estado recorriendo los pasillos por horas. Ahora lo escucho en el segundo piso"
Chimuelo casi corrió hacia unos escalones e Hipo fue detrás de él. Al dragón no le tomaron ni cinco minutos encontrarlo. Se había acostumbrado ya tanto a sus juegos de escondites y conocía tan bien su aroma que supo dónde estaba Blegild todo este tiempo. Si Chimuelo pudiera hablar, no hubiera pasado tanto drama.
Hipo encontró a su hijo sentado y recargado en una de las paredes. El niño estaba asustado, ya era de noche y la oscuridad era su más grande debilidad.
"¡Blegild!" el niño inmediatamente corrió hacia su padre.
"¡Papá!" lo abrazó "¡Papá!"
Hipo estrechó a su hijo entre brazos, sintiéndose completamente aliviado. Todos los pensamientos y preocupaciones que pasaron por su mente en esos minutos horripilantes se esfumaron. Su hijo estaba bien. Ya no había nada porqué alarmarse.
"¿Qué haces aquí? ¡Hemos estado tan preocupados por ti!"
"Te buscaba" contestó el niño "¡Tuve mi gran aventuda! ¡Derroté a los pidatas!"
¿Piratas? Hipo rodó los ojos. Su hijo estaba tan obsesionado con esas historias de Estoico…se inclinó frente a su hijo, acariciando su cabecita cubierta de cabello suave y fino.
"Hijo. Por más aventuras que tengas, no puedes irte sin decirle a tu mamá" hablaba con una voz imponente, autoritaria, y apremiante "Le has dado un enorme susto, ha llorado casi toda la tarde"
Inmediatamente el corazoncito de Blegild latió horrorizado. Pocas cosas afectaban realmente a los niños, entre ellas, lo que ocurría a sus padres.
"¿Mamá está triste?" preguntó.
"Preocupada" le corrigió amablemente "Vamos, ella está abajo. Quiero que la abraces, te disculpes y jamás lo vuelvas a hacer ¿Entendido?"
"Sí… ¿papá?"
"¿Mm?"
"¿Hice algo muy malo?"
Los brillantes y angustiados ojos de Blegild removieron sentimientos en él. Hipo sonrió.
"No muy malo hijo, pero no era lo correcto. Debes pedir permiso"
Los dos bajaron con Chimuelo al lado. Solamente de ver al niño, sano, sin heridas, y con la cabeza gacha, rompió a Astrid por completo. Corrió hacia él y lo envolvió en un abrazo tan fuerte que Blegild tosió. Besó sus mejillas, bendijo y agradeció a los dioses, mientras los presentes aplaudían.
"¡No vuelvas a hacerme eso!" reprendió Astrid, enojada, pero más feliz que otra cosa.
Poco después pasaron por Gilna para irse finalmente a casa. Había sido, sobre todo para Astrid, un día muy pesado.
Pues bien, Blegild ya está haciendo de las suyas xD Me acuerdo que una vez fuimos al mercado mi mamá, mi abuelita, mi hermano y yo. Entonces mi hermano tenía como cuatro años y de repente desapareció. Mi madre estaba histérica buscándolo y gritando por todas partes, apenas iba a llamar a la policía cuando lo encontramos escondido bajo una mesa ¡Creía que jugábamos a las escondidas! Qué inocencia...
Pues bien, retomando el fic ¿Qué les pareció? ¿Se divirtieron con las venturas de Blegild?
¡Espero que me dejen muchos y muy buenos comentarios! :D
