Supongo que esta actualización les va a sorprender mucho... no tengo realmente nada que decir ni nada que pueda dispensarme, excepto el hecho de hacerles saber que estoy llorando por dentro en este momento :'( :'( :'( ¡No era mi intencioooon! lo sientoooo

Bueno, como se que lo que quieren leer es el capítulo, aquí se los dejo... y después de todo este tiempo ojalá valga la pena.

Disclaimer.-Nada me pertenece.


Capitulo 8

El Regalo Oportuno

"¡Blegild!" gritó Astrid, entrando en la habitación del niño "¡Te dije que recogieras el establo!"

Cualquier pensaría que era una tarea muy grande para un niño de cinco años, casi seis, pero considerando que "recoger el establo" significaba amontonar la paja en la esquina correspondiente, entonces se podría tachar al niño de irresponsable.

Blegild estaba tirado en la cama de su cuarto, viendo el techo, completamente desganado.

"Está bien" fue su apática respuesta.

Si hubiera replicado, Astrid se hubiera relajado. Pero su hijo le daba la misma respuesta día con día y eso la estaba preocupando.

"Está bien, entendido, como digas, lo que sea, de acuerdo…." Siempre decía lo mismo. Se paraba, lo hacía y se recostaba de nuevo. Ya no jugaba con su enorme colección de espadas de madera ni tampoco exploraba los alrededores. Ya no dibujaba en el suelo de la sala ni pretendía que había piratas alrededor como excusa para alcanzar pasteles dulces en la alacena.

Blegild se paró y caminó bajando las escaleras de la casa y entrando al establo, comenzó a trabajar. Torméntula, que estaba dormida, despertó al entrar el pequeño, pero no se movió y solo miró los movimientos del pequeño mientras recogía la paja.

Astrid se asomó. Su hijo mecánicamente acomodaba la paja. No sonreía, no decía nada, Solo acomodaba la paja y ya. Le hubiera encantado que Chimuelo estuviera en casa para que intentara animarlo, ese dragón cuidaba demasiado del niño. Pero precisamente esa tarde Hipo lo necesitaba para recorrer la isla en varias tareas específicas. Ni qué hacer.

Hace tres semanas que Estoico se había ido de viaje. Y cada uno de esos días su pequeño Blegild parecía entristecerse cada vez más. Astrid suponía que extrañaba a su abuelo. La presencia de Estoico se resentía mucho en la casa, ella misma extrañaba su estruendosa risa cuando comían en la cena y sus gritos matutinos cuando se le hacía tarde. Estoico solía jugar mucho con Blegild, casi tanto como Hipo.

Porque ese era otro detalle. Hipo ahora que era jefe pasaba menos tiempo en casa. Se iba muy temprano y regresaba en la noche solo para cenar y dormir. Estas primeras semanas como Jefe le estaban costando mucho en formar horarios más rígidos. Hipo quería pasar más tiempo con su familia, y eso haría, tan pronto la temporada de cosecha terminara en un par de días. Pero por mientras…

Blegild terminó de recoger el establo y después subió a su cuarto, tumbándose en la cama para ver el techo otra vez. Estaba triste. Muy triste. Extrañaba mucho a su abuelito y estaba preocupado por él. Alguna vez su abuelito Estoico le platicó de su abuelita Valhallarama (que estaba en el Valhalla) y como ella había tenido que irse para siempre. Él no quería que su abuelito se fuera para siempre, lo quería mucho ¿Iría a regresar? ¿Volvería a verlo? Quería ver a su abuelito. Y a su papá. Porque papá ya no jugaba con él cuando regresaba del trabajo, ahora estaba demasiado cansado y se acostaba rápidamente. Extrañaba salir a pasear con su padre y volar con Chimuelo. Extrañaba tantas cosas. Todo parecía no tener sentido.

Astrid suspiró, viendo la expresión ecuánime de su hijo mayor. Gilna comenzó a llorar, era su hora de comer. Astrid le dio de comer a Gilna y comenzó a preparar la cena. No estaba segura de qué hacer.

Su corazón de madre y de esposa estaba también algo lastimado. Hipo estaba distante con todos, ella incluida. No podía culparlo, tenía muchas obligaciones que cumplir. Ella a veces lo ayudaba un día o dos a la semana cuando los niños iban a casa de sus abuelos ¡Y vaya que era mucho el trabajo! Esperaba que dentro de un tiempo se acostumbraran y pudieran pasar más tiempo en familia.

Pero Blegild… él sí que la estaba preocupando. Su hijo estaba cada vez más triste y más aislado. No era normal en un niño de cinco años. Ya no quería salir a jugar, ni tampoco ir a los establos de los dragones pequeños ni recorrer el jardín alrededor de la casa. ¿Cómo animar a su hijo? Blegild se parecía mucho más a Hipo, y aunque Astrid amaba a su marido, no lo terminaba de entender. Ella amaba a su hijo más que a nada, pero no importara cuánto se esforzara, el niño no mejoraba.

Sus abuelos también se percataron de eso. Blegild llegaba a la casa con expresión triste, se sentaba frente a una ventana y veía el horizonte, el tiempo pasar. Así duraba hasta la hora de la cena, comía sin rechistar y se iba a acostar. Ya no había juegos, ni sermones. Extrañaban hasta sus travesuras.

Hipo era consciente de eso. En las noches, cuando llegaba a casa, Blegild siempre lo recibía con un abrazo y parecía no querer soltarlo, antes de que debiera tomar asiento en la mesa y cenar. No hablaba ya casi nada, y se iba a dormir sin despedirse. Varias veces intentó hablar con él, pero Blegild siempre se quedaba dormido antes de que pudieran hablar seriamente. Necesitaba apartar más tiempo para su hijo, convivir con él.

Habló con Bocón y otros hombres de la Tribu. Tenía que tener un día libre a la semana cuando mínimo. Era hora ya de establecer un buen horario porque si no su familia terminaría resintiéndolo mucho.

No le habló de eso a nadie, ni a Astrid. Quería que fuera una sorpresa. Y vaya que lo fue.

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Esa mañana Astrid se despertó sola en la cama. A pesar de que Hipo estaba más ocupado, usualmente la despertaba para darle un beso de despedida. Se estiró sentándose sobre el colchón y bostezó fuerte, quizá se le había hecho tarde. Miró por la ventana cómo entraba la luz del sol, era un día muy agradable.

Bajó las escaleras con sorpresa de que oliera a comida. Una comida deliciosa. En la cocina estaba su marido, preparando el desayuno. Astrid estaba tan sorprendida que jadeo, llevándose una mano a la boca y la otra apretando fuertemente su falda. Hipo la miró y le dedicó una enorme sonrisa.

"¡Buenos días!" la saludó "¿Dormiste bien amor?"

Se acercó a ella besándole suavemente los labios y regresando a terminar de cocinar. Astrid reaccionó cuando Hipo colocó la comida en diferentes platos.

"Eh… sí" respondió "¿Qué haces aquí?"

"Esta es mi casa ¿no?" respondió con una amplia sonrisa.

"Claro, lo sé" Astrid tomó asiento en la mesa viendo el desayuno frente a ella "Pero… ¿no debías vigilar la cosecha"

"Ah, eso…" Hipo se sentó enfrente de ella "Hoy me tomaré el día libre, ya me hacía falta. Además quiero estar tiempo contigo y con los niños ¿No tenían planes, verdad?"

"No, claro que no"

Astrid estaba muy contenta ¡Tiempo con Hipo! Esto era exactamente lo que Blegild necesitaba. Hipo subió las escaleras hacia la habitación de su hijo y abrió la puerta, encontrando al niño recostado y profundamente dormido. Cuidadosamente se sentó a su lado en la cama y lo despertó.

"¡Buenos días!" saludó "¿Cómo dormiste hijo?"

Blegild estaba más dormido que despierto cuando vio a su padre despertándolo a su lado, el niño reaccionó gritando "¡Papá!" y se abalanzó sobre él, abrazándolo con mucha fuerza. Hipo rio al ver a su hijo tan contento, y le devolvió el abrazo.

"¡Hey, parece que nunca me has visto!" lo cargó sobre sus rodillas y le apretó suavemente la nariz "¿Has dormido bien?"

"Si papá" el niño estaba muy emocionado de poder estar con su papá ¡Cuánto lo había extrañado! "¿Te irás?" preguntó, repentinamente asustado.

"Hoy no, hoy estaré todo el día con ustedes"

Esa respuesta animó el pequeño corazón de Blegild, quien inmediatamente se vistió como su padre le dijo y bajó saltando hacia la cocina. Astrid estaba ahí, con Gilna en brazos, tremendamente aliviada y muy contenta de ver a su hijo feliz después de tantos días de verlo apático.

La familia desayunó tranquilamente esa mañana, platicando y poniéndose al corriente de todo. Terminado el desayuno Hipo llevó a toda la familia al Gran salón, en donde podrían platicar los adultos y los niños reunirse para jugar. Blegild pasó un buen rato jugando con sus amigos de la misma edad. Después de eso, Hipo los llevó a la costa, en donde pudieron contemplar el mar (que Blegild siempre había adorado) y jugar con la arena (resultó ser uno de los juegos favoritos de Gilna)

Ya en la tarde, Hipo decidió llevar a Blegild de paseo con Chimuelo. Astrid también fue con Torméntula (la pequeña Gilna estaba sujeta a su madre por una especie de asiento-corra diseñado por Hipo) en las nubes, la familia dio vueltas, brincos, reía y se divertía. Hipo también le dio regalos a sus hijos, a Blegild le dio un pequeño martillo para jugar, y a la pequeña Gilna una muñequita vestida de valquiria. Hasta Astrid recibió un regalo, un bonito collar de fibras vegetales que sostenía un grabado (en donde se podía leer perfectamente el nombre de "Astrid Haddock).

Había sido un día realmente divertido, pero como todo lo que resulta encantador, llegó a su fin. Ya cuando estaban cenando, repentinamente la inquietud regresó al pequeño Blegild.

"Papá ¿Mañana estarás con nosotros?" preguntó.

"No hijo, mañana tengo que trabajar. Pero estaré en la noche y jugaré con ustedes"

Esa no era la respuesta que esperaba Blegild.

Terminada la cena, el niño se levantó, se despidió, y se fue a su cuarto. Hipo estaba extrañado. Había pensado que un día lleno de diversiones terminaría por devolverle al niño su espíritu aventurero. Pero esa melancolía había vuelto al niño apenas llegó la noche, y el ahora Jefe de Berk, estaba preocupado por su hijo y sin tener la menor idea de qué hacer.

Esa noche, cuando Gilna ya estaba dormida, habló del asunto con Astrid.

"Yo tampoco estoy segura de qué le pasa a Blegild" le dijo ella "He intentado por todos los medios distraerlo, pero nada parece ser suficiente"

"Un niño de su edad no debería estar triste" reconocía Hipo "Yo estaba así, pero mi madre había fallecido. Era distinto"

"¿No tendrá que ver con la partida de su padre, Hipo?"

"Pero mi papá no está muerto, se fue de viaje"

"Sí, y sabemos que volverá. Pero Blegild es pequeño, él no entiende esa diferencia aún ¿verdad?"

"¡Él es un niño muy inteligente!"

"Yo no digo que no lo sea, es un niño listo y sensible, un verdadero hijo tuyo" Astrid guardó silencio, buscando bien las palabras "Pero Blegild extraña a su abuelo y a ti, extraña las cosas como eran antes. Este es el primer cambio real que ha enfrentando"

"¡Pero es un niño! no es para que se lo tome así"

"Somos vikingos ¿acaso no somos por naturaleza seres tercos hacia el cambio?"

Esa respuesta no le terminó de convencer a Hipo, pero no había más que discutir. Astrid tenía razón, su hijo se había conmocionado por el repentino cambio en la dinámica familiar y eso después le derivó a una tristeza inusual para su edad. Pero, como bien lo había dicho su esposa (sería el Ragnarook el día que Astrid se qeuivocara) Blegild era un niño muy sensible para su edad.

Ni Hipo ni Astrid llegaron a una conclusión sobre qué hacer, así que esa noche se fueron a dormir con el acuerdo de pensar en eso y hablarlo al día siguiente. Pero así se fueron los días y Blegild estaba tan serio y apático como antes. El abuelo del niño al fin llegó a un veredicto.

"Ese niño necesita un pasatiempo, un real pasatiempo, una actividad que lo apasione"

Pero tenía cinco años ¿Cómo encontrar algo que despertara la pasión de Blegild?

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Seis semanas después de que Estoico se fuera, llegó la primera carta mandada por el antiguo Jefe de la aldea. Más bien era un paquete lleno de cartas y de regalos. En la carta familiar describía lo bien que había llegado al continente, que su viaje había sido bendecido con un buen clima y una rápida llegada a su destino. Aún no llegaba al continente, estaba en una gran isla que era su última parada antes de llegar al famoso continente que tanto desea ver. Pero en esa isla la gente había sido hospitalaria con él y estaba agradecido por eso.

Estoico le mandó a Hipo una carta dándole más consejos sobre el liderazgo de la isla, así como algunas recomendaciones como hombre de familia. La carta estaba dentro de un libro sobre herrería muy interesante. A Astrid le mandó una carta pidiéndole que por favor cuidara de su hijo y nietos, así como un bonito espejo con marco plateado y detalles que simulaban las olas del mar. A Gilna le mandó una tela preciosa y fresca, ideal para verano, con la cual Astrid podría hacerle un hermoso vestido. Y al final, estaba el regalo de Blegild.

"¡Hola campeón! No te has olvidado aún de tu abuelo ¿verdad? Espero que aún guardes en tu memoria algún recuerdo sobre mí. Y si me extrañas, quiero calmarte diciéndote que pronto estaré de regreso. Por ahora estoy viendo muchos lugares muy interesantes que sé que te gustaran ¡Disfruta este regalo!"

Eran dos regalos en realidad. Por un lado, un precioso dibujo en donde se apreciaban las costas de Britannia. Y también un hermoso cuaderno con hojas listas para ser usadas.

Blegild miró el dibujo hecho con gises de colores, y después la libreta de hojas blancas. Se le ocurrió que todas esas hojas debían ser llenadas de dibujos y letras.

Astrid se puso feliz cuando vio que su hijo, la misma tarde en que habían llegado las cartas de Estoico, salía de la casa por su propia voluntad y se ponía a dibujar las flores, árboles, plantas y hasta las rocas que había alrededor, todo en su nueva libreta. Sus trazos eran muy torpes al principio, pero imitó las líneas del dibujo que le mandó el abuelo y fue perfeccionando su técnica. Al mismo tiempo, al lado de los dibujos, ponía pequeños pensamientos "Bonita flor rosa" o "Las nubes al oeste de Berk".

Se convirtió en una imagen muy común por Berk, ver cómo el pequeño Blegild caminaba de un lado al otro con su libreta en manos y un trozo de carbón listo para dibujar cosas nuevas. A Blegild le gustaba más dibujar las cosas que estaban cerca del bosque, pero como no lo dejaban jugar mucho por ahí, se limitaba a dibujar las plantas y pájaros que estaban cerca de él.

Con gran orgullo y después de varias semanas practicando, Blegild era un gran dibujante. Hipo en una ocasión vio de reojo los dibujos que hacía su hijo y se sorprendió de lo buenos que eran considerando la edad del niño. Usualmente Blegild no dejaba que nadie viera lo que estaba escrito o dibujado en su cuaderno, salvo raras excepciones en que le pedía a su padre o a su madre alguna opinión.

Astrid estaba contenta de que su hijo al fin estuviera haciendo algo. Era reconfortante ver cómo el niño, al terminar sus deberes, agarraba su libreta con los ojitos llenos de emoción y salía en búsqueda de su nueva aventura. Pero al mismo tiempo estaba conmocionada, pues ella nunca encontró diversión alguna en el dibujo o en la escritura. Eso era otra herencia de Hipo, sin duda.

"Bueno, al menos ya sé qué comprarle como regalo de cumpleaños" pensó la resignada madre al ver que su hijo ya había usado la mitad de las hojas en su cuaderno.


¡Blegild salió todo un intelectual! muy parecido a su padre.

Sé que ya fue el año pasado pero ¿les gustó HTTYD 2? ¡A mi me encanto! claro que ahora mi otra historia "september night" no tiene mucho sentido por cómo me imaginé a Valhallarama, pero... espero continuar con esa historia también.

¡Un saludo!