Oveja negra

O de cómo James encontró a su hermano


Se llamaba Sirius. Y a James le gustaba.

Tenía ese pelo escandalosamente largo que hacía que todo el mundo le mirara con curiosidad, por no hablar de esos ojos grises tan penetrantes y ese descaro nato con el que se movía.

Era como un perro rabioso a punto de saltar al cuello de cualquiera que se atreviera a intentar ponerle una correa.

Le había apartado de un empujón y le había lanzado una desdeñosa mirada por encima del hombro al entrar en la estación, pero más tarde, cuando un chico mayor le había tirado todos los libros al suelo y James le había ayudado a recogerlos, en su mirada gris había aparecido un destello de sincero agradecimiento.

James le había tendido la mano con solemne y pomposa educación, pero ese niño que tan enfadado parecía con el mundo entero le había mirado con el ceño fruncido.

—Me llamo James Potter —había declarado, bajando la mano solo cuando había sido evidente que el otro chico no iba a estrechársela como hacían los amigos de su padre entre ellos. El niño se había echado el pelo hacia atrás y lo había mirado con una ceja enarcada.

—Yo soy Sirius. —Y después, tras una breve vacilación, había continuado—. Sirius Black.

James había sonreído, satisfecho. Había hinchado el pecho con toda esa teatralidad que tanto le gustaba sacar a la luz y, cogiéndolo del brazo, había tirado de él hacia el tren.

—Vamos, Sirius. Busquemos un compartimento.

Sirius se había dejado arrastrar con los ojos abiertos por la sorpresa. ¿Esa iba a ser su reacción al saber que estaba ante el hijo mayor de los Black? ¿No habría miradas de desprecio o de cínica aprobación, ni cuidadosos estudios, ni burlas? ¿Nada?

En el pasillo del tren, claro, la cosa no fue tan sencilla. Los jóvenes alumnos seguían con miradas curiosas a Sirius, conocedores sin duda de todo lo que se había hablado de él y de su más que declarado y ferviente deseo de no acabar en Slytherin como su familia deseaba. Era la oveja negra de los Black y, por una razón u otra, Sirius siempre se llevaba toda la atención… generalmente, no en el buen sentido.

Pero James era ajeno a todo eso. Él no sabía nada de familias de ancestral historia con apretados protocolos ni del peso del honor de un apellido. No sabía nada de lo que ser Sirius Black implicaba y, en realidad, tampoco le habría importado de haberlo sabido.

Porque para cuando encontraron un compartimento y un todavía cauteloso Black le había ayudado a subir su maleta de mano a la rejilla superior, James ya se había dado cuenta de que Sirius, a pesar de todo, no mordía.

Y con eso a él le era más que suficiente.


N/A. Quien haya leído otros de mis fics sobre los Merodeadores sabrá que he reutilizado la escena de cómo Sirius y James se conocieron en la estación, con un par de añadidos. Sí, es mi canon, qué pasa xD