Luna llena

O de cómo James descubrió al lobo


James sonrió a Lily y la saludó con la mano desde el otro lado del pasillo. Ella estaba otra vez con ese llorica de Snape, y no le dedicó más que una mirada desdeñosa de sus bonitos ojos verdes. James frunció levemente el ceño. Seguro que Quejicus ya le había contado lo de la broma que Sirius y él le habían gastado el día anterior, y claro, Lily se habría puesto de su parte…

Demonios, pensó, pasándose la mano por el pelo. Eso no estaba funcionando. Ya era su cuarto año en Hogwarts y el segundo desde que había decidido que Lily tenía una sonrisa preciosa, pero ella no parecía interesada ni en ser su amiga.

¿Y se puede saber qué tengo yo de malo?, se preguntó James con fastidio, sacándole la lengua a Snape cuando esa serpiente de pelo grasiento se atrevió a mirarlo fijamente. Por desgracia, Lily le pilló en su infantil gesto, y con un suspiro de exasperación cogió a Snape por el codo y se marchó con él.

Chasqueando la lengua, James se recolocó la mochila en el hombro y dio media vuelta para regresar a su habitación, no pudiendo evitar que una sonrisa traviesa bailara en sus labios al darse cuenta de que, bien pensado, Lily lo había mirado dos veces. No una sola cuando la había saludado, no. Dos veces. ¿Podría eso significar eso?

Para cuando llegó al cuarto que compartía con sus amigos, James había olvidado ya el desplante de Lily, y casi levitaba por la imagen de sus grandes ojos verdes volviéndose hacia él en dos ocasiones.

Estaba a punto de abrir de golpe la puerta y gritar a pleno pulmón que Lily le quería cuando el sonido de unos susurros inquietos al otro lado lo detuvo.

James no era un chico maleducado, claro que no. Merlín sabía lo bien que sus padres lo habían educado. Pero la curiosidad era uno de sus puntos débiles, y antes siquiera de darse cuenta ya había abierto con sumo cuidado la puerta un par de centímetros para poder espiar en silencio lo que estaba sucediendo en su habitación.

Allí, sobre la cama de la izquierda, dos de sus tres mejores amigos cuchicheaban por lo bajo. Sirius estaba de espaldas a él, pero James pudo ver la cara de Remus y apreciar su expresión angustiada.

—Tenemos que contárselo, Remus —estaba diciendo Sirius en ese momento con su tono más serio. El pequeño Lupin, sin embargo, emitió un quejido de dolor y sacudió la cabeza.

—No quiero perderlos, Sirius. E incluso aunque no dejen de ser mis amigos, nunca más me mirarán igual.

—Deja de decir estupideces, Remus Lupin, o te prometo que te dormiré y te dejaré desnudo en el suelo en la entrada de las mazmorras —gruñó Sirius, y James tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una carcajada—. ¿Cómo ibas a perderlos? Además, ¿te miro yo diferente ahora que lo sé?

Remus cogió aire con fuerza y negó lentamente con la cabeza.

—No —murmuró muy bajito.

—¿Cómo? No te he oído bien.

—No —repitió Remus más alto, tratando de parecer seguro. Sirius asintió satisfecho.

—Muy bien. Pues ahora mismo vas a buscar a James y se lo vas a decir.

—¿Qué es lo que me va a decir? —preguntó el aludido, entrando por completo en la habitación. Al verlo, Remus abrió los ojos desmesuradamente encogiéndose sobre sí mismo, y Sirius se giró para mirarlo.

—Mira, justo hablábamos de ti. Yo me voy, ¿eh? Que tengo hambre. Luego vuelvo.

Sirius se levantó de la cama y le dio una palmada en el hombro a Remus. Era algo poco habitual, porque pese a la costumbre de Sirius de invadir el espacio personal de todo el mundo, con Remus siempre había sido distinto. A él nunca lo tocaba. Y eso fue suficiente para que James entendiera que estaba pasando algo importante.

Cuando Sirius se fue, James se adelantó y ocupó el espacio que acababa de dejar libre en la cama. Remus se miraba el cuello de la camisa y retorcía los bajos de la misma con sus finos dedos llenos de cicatrices.

—¿Qué pasa, Remus? —preguntó James. Lupin volvió a inspirar profundamente y alzó la vista, encontrándose con los grandes ojos castaños de su amigo. James no parecía apremiante ni preocupado ni molesto. Solo estaba ahí, con esa inocencia y esa curiosidad inherente a él, esperando. Remus hizo una mueca de dolor. A veces desearía que James fuera un poco más como Sirius, impertinente y perceptivo, para que él mismo se diera cuenta de lo que sucedía como Black había hecho y para evitar así esa conversación.

Remus sorbió por la nariz, casi temblando. Una parte de él conocía lo suficiente al chico que tenía delante como para saber que no lo iba a abandonar. Otra, agonizaba ante la posibilidad de perderlo para siempre.

—James —empezó con un murmullo apagado, decidiendo que lo mejor sería hacerlo rápido y sin pensar—. James, soy un licántropo.

Hubo un silencio espantoso tras esa declaración. Cuando Remus se atrevió a mirar de nuevo a su amigo, descubrió que este lo observaba con la boca abierta y expresión perpleja.

—¿Qué… qué has dicho? —balbució James. Remus sintió que le picaban los ojos.

—Que soy un licántropo —repitió en voz baja, sorbiendo otra vez por la nariz y bajando a toda prisa la vista. Si James iba a marcharse, no quería verlo.

Pero James no se movió. Solo permaneció ahí, mirando a Remus sin saber qué decir.

¿Un licántropo? ¿Su Remus?

No podía ser.

¿Podía?

Claro que no. ¡Estaban hablando de Remus, por el amor de Merlín! ¡Remus, que nunca decía palabrotas y que siempre evitaba cualquier tipo de confrontación física o verbal! ¡Remus, que ni siquiera se había atrevido nunca a besar a una chica por muchas citas que James y Peter le hubieran conseguido! ¿Cómo iba a ser él un feroz lobo las noches de luna llena?

Pero eso explicaría las cicatrices, y también sus estancias periódicas en la enfermería una vez al mes.

¡Pero no era posible!

¿Lo era?

—No puede ser —tartamudeó James, aún atónito—. Eres mi amigo. Si tú… si fueras un licántropo… yo… yo me habría dado cuenta.

—¿Qué te vas a dar cuenta tú, cuatro ojos, si nunca te das cuenta de nada? —James se giró rápidamente y descubrió a Sirius de brazos cruzados, apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa trémula.

—Pero yo… ¡Yo lo habría sabido!

Sirius no respondió. Aunque intentaba mantener un gesto despreocupado, su tensión era más que evidente. Detrás de James, Remus soltó aire de golpe en algo que sonó como un sollozo.

—Lo siento mucho, James —susurró. El aludido se volvió hacia él, cada vez más perdido.

—¡Claro que lo sientes! ¡Como para no sentirlo! ¡Esto es jodidamente indignante!

—Estás enfadado, ¿verdad? —aventuró Remus, casi sin atreverse a mirarlo. James asintió con fervor.

—¡Por supuesto que sí!

Remus cerró los ojos, sintiendo un fuerte dolor extendiéndose por su pecho.

—Entenderé que no quieras volver a saber nada de mí —dijo, esforzándose al máximo por no romper a llorar. Ya estaba. Lo había perdido.

James, sin embargo, dejó de fulminar con la mirada a sus amigos para esbozar una expresión confusa.

—Eh, bueno, tranquilo, que tampoco estoy tan cabreado. ¡Pero tenías que habérmelo dicho! ¡Uno de mis mejores amigos es un hombre lobo y yo no sabía nada!

Remus pestañeó.

—¿Estás enfadado solo porque no te lo conté?

—¿Y por qué más iba a estar enfadado? —De repente, James pareció darse cuenta de algo, y abrió mucho los ojos—. Oye, tío… ¿podemos verlo? ¡Tiene que ser una pasada! O no, espera, ¿duele?

Abrumado por el repentino giro de los acontecimientos y por la gloriosa posibilidad de que James estuviera hablando en serio y de que no fuera a dejarlo tirado, Remus ignoró las risas de Sirius y trató de concentrarse.

—Eh… No creo que podáis verlo. Es muy peligroso. Y… sí, bueno, imagino que sí. Duele —confesó, enrojeciendo. ¿Por qué James hablaba de su licantropía como si no fuera una condición espantosa?

James hizo una mueca.

—Joder, qué mierda. ¿Y no es un rollo? ¿Recuerdas que eres tú cuando te transformas? ¿Hay algo que podamos hacer para que sea más guay?

—¿Más guay? —Remus no entendía nada, pero James asintió con firmeza.

—¡Tenemos que encontrar la manera de salir contigo, tío! Seguro que se nos ocurre algo para que no nos ataques. ¡Y así podremos verlo! ¡Y estaremos contigo para que no te hagas daño ni te cargues nada! Será como una gran aventura. ¡Imagínatelo! ¡Peter, Sirius, tú, tu pequeño problema peludo y yo!

—¿Mi pequeño… problema peludo?

—Estás perdiendo habilidades oratorias a una velocidad alarmante, Remus —canturreó Sirius con diversión desde la puerta. Lupin, sin embargo, estaba demasiado confuso como para sentirse ni remotamente ofendido. Y James, por su parte, era una bomba de relojería a punto de explotar.

—¡Tío, mi amigo es un licántropo!

—¡Shhh! ¡Baja la voz, James! —instó Remus con desesperación, pero él no le escuchaba. Sirius se había subido a la cama con ellos, y atendía con feroz entusiasmo al plan que James había empezado a elaborar.

—Los licántropos atacan a los seres humanos, ¿no? ¿Pero y si no fuésemos seres humanos? ¡A lo mejor podemos transformarnos en otra cosa!

—Tú podrías transformarte en una piedra, por ejemplo. O tal vez en una ameba. Te pega bastante —bromeó Sirius, aunque la idea había prendido en sus ojos esa chispa que siempre anunciaba una travesura sin precedentes. Remus movía su mirada de uno a otro sin poder creerse lo que estaba escuchando, y justo en ese momento, Peter apareció en la puerta.

—¡Peter! —lo llamó James con exagerados aspavientos—. ¡Corre, entra y cierra la puerta! Mueve ahora mismo tu culo aquí. Es hora de pensar, y tenemos mucho que contarte.

Intrigado, Pettigrew obedeció y se apresuró a sentarse junto a sus amigos.

Guiados por la exaltación perenne que centelleaba en la mirada de James, los cuatro Merodeadores empezaron aquella noche sin saberlo siquiera la que sería la mayor aventura de sus vidas.

La aventura que los convertiría en leyenda.