El perro y el lobo

O de cómo James no sabía nada


La casita tenía dos pisos, el tejado de pizarra y el porche a solo diez metros de la arena. Era, sin lugar a dudas, el sitio perfecto para desconectar de todo.

La idea de irse todos juntos de vacaciones, sorprendentemente, había partido de Peter, que siempre estaba protestando por lo poco que se habían visto en los últimos dos años.

—Nos vemos varias veces a la semana, Peter —le había recordado Sirius con una mueca, pero para Pettigrew eso no era suficiente. Acostumbrado como había estado en Hogwarts a pasar cada segundo del día con sus amigos, Peter no acababa de hacerse a la idea de que ahora eran adultos independientes, pasara el tiempo que pasara.

Convencer a Sirius y a Remus había sido sencillo. Ambos adoraban el mar y, aunque Sirius siempre estuviera gruñendo a Peter por insistir tanto en hacer cosas juntos, todos sabían que en el fondo le agradecía que se esforzara por conseguir que siguieran siendo un grupo.

Despegar a James de Lily, por otra parte, había sido imposible. La pareja llevaba poco más de un año casada, y James parecía haberse convertido en un mejillón adherido a la espalda de la bruja. Por eso mismo, Peter supo desde el principio que para sacar a James de su casa varios días tendría que pedirle a Lily que viniera ella también.

A ninguno le importaba, claro. Todos adoraban a esa mujer brillante y temperamental que, aunque siempre les reprochaba su inmadurez y ponía los ojos en blanco ante sus tonterías, era incapaz de no acabar dejándose llevar por el espíritu libre y eternamente joven de los Merodeadores.

Llevaban ya cinco días en la casita junto al mar, y en seguida había quedado claro que los únicos con nociones básicas de cocina eran Remus y Lily.

Esa mañana, sin embargo, Remus no había bajado de la habitación que compartía con Sirius, así que Lily había atrapado a James y a Peter como pinches involuntarios.

—Pero si yo no sé cocinar —protestó James por sexta vez—. Y encima con cacharros muggles… ¿Qué se supone que es esto?

—Es un frigofísico —respondió Peter, sacudiéndose las manos llenas de harina en los pantalones y poniéndolo todo perdido. Al contrario que su amigo, él estaba disfrutando enormemente de la experiencia en la cocina.

—Frigorífico, Peter —corrigió Lily con dulzura. Después se volvió hacia James blandiendo un cucharón de forma amenazante—. Te lo advierto, James: o te pones manos a la obra ahora mismo, o no comes.

—¡Pero Sirius y Remus no están ayudando! —replicó él, cruzándose de brazos como un niño pequeño con una rabieta.

—Remus ha hecho la cena tres días seguidos y siempre me ayuda con la comida. Respecto a Sirius, es un caso perdido, así que seguramente le deje en la entrada unos cuantos periódicos en el suelo y un platito con comida para perros, y que se apañe como pueda.

Peter soltó una carcajada, y también James sonrió. Lo mejor de todo era la certeza de que su mujer hablaba totalmente en serio.

—Bueno, ¿y qué quieres que haga?

—Mete esto en el microondas, anda.

James bajó la vista hacia el bloque de mantequilla que Lily le había dado, y frunció el ceño.

—¿El microondas no era lo que daba vueltas para lavar los platos?

—No, James, lo que da vueltas es la lavadora, y lo de los platos es… —Lily se interrumpió y suspiró con resignación—. Déjalo, es igual. Sube a llamar a Sirius y Remus, y que vengan a hacer algo, aunque sea poner la mesa. Seguro que hasta Black y tú sois capaces de hacer eso.

—A sus órdenes —respondió James, enderezándose de golpe con el saludo militar y yéndose hacia las escaleras.

Subió al piso de arriba con las manos en los bolsillos y silbando. La casita tenía solo tres habitaciones, y lógicamente, él compartía una con Lily. Remus y Sirius habían afirmado que a ellos no les importaba dormir juntos, y eso había dejado a Peter con una habitación entera solo para él. Para Pettigrew, que siempre había tenido que dormir rodeado de sus hermanos mayores o de los otros Merodeadores, el privilegio de no tener que compartir cuarto le pareció casi un premio divino.

James se detuvo frente a la puerta de la segunda habitación y alzó una mano para golpear, pero se congeló al escuchar un sonido extraño.

Un sonido húmedo. Rítmico. Reiterado.

Un sonido acompañado de gemidos bajos.

Por muchos años que pasasen, James y su debilidad por las puertas cerradas y los secretos que escondían seguirían siendo algo sin solución. Así que, sin detenerse un solo instante a pensar en las consecuencias que se derivarían de su impulsividad, James abrió de un solo golpe y se quedó paralizado en el umbral.

—¡James! —gritó Remus, separándose de Sirius y cobijando rápidamente su cuerpo desnudo bajo las sábanas de la cama. Un segundo antes había estado sentado en el borde, pegado a Sirius, cuyos dedos se habían encontrado subiendo y bajando a lo largo de la erección de Remus.

Incapaz de articular una sola palabra, James permaneció estático, abriendo y cerrando la boca sin que de ella saliera sonido alguno. Miles de pensamientos se agolpaban en su cabeza, pero su expresión de estupefacción y sus brazos colgando lánguidos a ambos lados de su cuerpo parecían decir a gritos que su actividad neuronal era nula en esos momentos.

—Es de buena educación llamar antes de entrar, ¿sabes? —le espetó Sirius, alzando la barbilla y poniéndose en pie. Cuando su desnudez quedó totalmente al descubierto, James sintió que enrojecía hasta las pestañas, pero Sirius, inmune a su propia carencia de vestuario (e incluso casi disfrutando del espectáculo exhibicionista que sabía que estaba ofreciendo), se inclinó con toda la calma del mundo para recuperar sus calzoncillos del suelo.

Remus seguía tapado en la cama, posiblemente más rojo incluso que el propio James. Estaba muy despeinado y se aferraba a las sábanas como si fuesen un escudo indestructible.

James carraspeó y encontró su voz justo cuando empezaba a pensar que la había perdido para siempre.

—Lily dice que bajéis a ayudar —logró anunciar con un hilo de voz estrangulada. Después, muy lentamente, se giró y se alejó arrastrando los pies.

Pudo escuchar una última conversación entre Sirius y Remus antes de bajar las escaleras.

—¡Te dije que cerraras la puerta con magia! —gritó Remus.

—Créeme, Lunático. Si supieras cómo se siente tu mano dentro de mis pantalones, tú también entenderías por qué la puerta pasó a un segundo plano.

James se estremeció y echó a correr, llegando al piso de abajo. Cuando entró en la cocina y se encontró con las miradas sorprendidas de Lily y Peter, explotó.

—¡SIRIUS Y REMUS SON ALGO!

Lily pestañeó y se volvió hacia él, apoyando la mano libre en su cadera y sosteniendo con la otra el mismo cucharón de antes.

—¿Disculpa?

—¡Sirius y Remus! —repitió James, mirándolos a uno y otro en busca de una reacción—. ¡Los he visto! ¡Estaban… estaban…! —Merlín, ni siquiera se sentía capaz de decirlo—. ¡Son algo! —Y, al ver, que no conseguía la respuesta esperada en ninguno de los dos, precisó—. ¡Quiero decir que están juntos!

—Ah, así que por eso Remus se ha quedado arriba toda la mañana —dijo Lily, poniendo los ojos en blanco como de costumbre—. Mira tú qué listo…

—Seguramente ha sido Sirius quien lo ha arrastrado al lado oscuro —rio por lo bajo Peter, volviéndose junto a la mujer hacia los fogones y dando la espalda a James. Él, atónito, pestañeó varias veces seguidas.

—¿YA LO SABÍAIS? —volvió a gritar, fuera de sí. Lily se dio la vuelta de nuevo y le dirigió una mirada de censura.

—Claro que lo sabíamos, James. Merlín, no es como si esos dos fueran lo más discreto del mundo… Aunque, pensándolo mejor, Remus sí es discreto. Pero por supuesto, el afán exhibicionista de Sirius vale por dos…

La mandíbula de James se descolgó hacia debajo de puro desconcierto. En ese momento, Sirius y Remus entraron en la cocina, de nuevo vestidos y adecentados: Sirius, con las manos en los bolsillos de los vaqueros y una sonrisa canalla; Remus, rojo como el blasón de Gyffindor y con los ojos clavados en el suelo.

—Deberíais cerrar la puerta cuando hagáis guarrerías —les recomendó Peter con una risilla. Remus bufó por lo bajo.

—Díselo a Sirius…

James se sentía tan fuera de lugar que apenas era capaz de hablar. Esa situación era sencillamente surrealista, y lo peor de todo era saber que era el único que no comprendía nada.

—¿Por qué no me lo contasteis? —les preguntó, sinceramente dolido. Sirius se encogió de hombros.

—No se dio ninguna conversación en la que "hey, Cornamenta, me estoy tirando a Remus" no pareciera totalmente inapropiado.

—¿Y desde cuándo te importa a ti que algo sea inapropiado, Sirius? —inquirió Lily, volviéndose otra vez hacia la comida—. Porque desde luego, no da la impresión de que te importe cuando te dedicas a pervertir a Remus a plena luz del día, con la puerta abierta y robándome en el proceso a mi compañero de cocina.

—Lo siento, Lily —se disculpó Remus con una sonrisa triste. Lily le restó importancia con un gesto y le guiñó un ojo discretamente.

—Si nos vamos a poner exquisitos, la puerta no estaba exactamente abierta. Pero todos sabemos que James y una cerradura son como un niño pequeño y un caramelo —señaló Sirius.

—¡Oye!

Remus cogió aire y se plantó frente a James, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mirarlo a los ojos.

—James, nosotros… estamos saliendo juntos. No te lo hemos estado ocultando —se apresuró a aclarar ante el ceño fruncido de James—. Simplemente no lo dijimos porque pensamos que era evidente.

—Bueno, pues resulta obvio que no era así —gruñó James. Peter soltó una risotada.

—¡Venga ya, Cornamenta! Si hasta yo me di cuenta, y eso que no soy el tipo más perceptivo del Reino Unido…

—Pero todos conocemos la incapacidad de James para enterarse de nada —intervino Lily con una sonrisa condescendiente, poniéndose de puntillas para depositar un beso rápido en la mejilla de su marido. Él relajó brevemente su expresión ante el gesto de la bruja, pero resopló.

—No me puedo creer que mis amigos estén enrollados y no me lo cuenten.

—Si quieres, yo puedo darte detalles —ofreció Sirius, alzando las cejas sugerentemente y provocando que, por milésima vez, Lily volteara los ojos. James, por su parte, hizo una mueca de asco y sacudió la cabeza.

—¿Te molesta? —tanteó Remus con preocupación. James negó.

—¿Y por qué iba a molestarme? Quiero decir, si lo piensas bien… igual hasta hacéis buena pareja. No estoy seguro. Esto no se me da bien. No os parecéis en nada, la verdad, pero con eso de que los polos opuestos se atraen y toda esa mierda… —James se rascó la nuca con nerviosismo y se encogió de hombros. De pronto, abrió los ojos con sorpresa y se volvió hacia Sirius—. ¡Ohhhh! ¡Eso explica que nunca tocaras a Remus!

—¿Qué? —preguntó Lupin, arrugando la nariz. James asintió fervientemente.

—Sí, tío. Sirius siempre está manoseándonos a todos e invadiendo nuestro espacio personal, pero contigo ha sido distinto desde que te conoció. A ti nunca te tocaba, ni siquiera cuando éramos unos críos.

—Me estaba reservando para cuando empezáramos a salir —explicó Sirius, medio en broma medio en serio. Ante la nueva mueca de James, Black saltó sobre su mejor amigo y se colgó de su cuello—. ¡Vamos, Jimmy, no te preocupes! ¡Remus y tú podéis compartir mi custodia!

—¡Que no me llames Jimmy!

—¿Por qué, Jimmy? ¿No te gusta que te llame Jimmy, Jimmy? ¿Te molesta, Jimmy?

Mientras James trataba de zafarse de un repentinamente cariñoso Sirius, Remus se fue moviendo hacia Lily, que contemplaba a los dos chicos con los brazos cruzados y los labios fruncidos en un gesto que podría haber sido de disgusto y resignación, pero que alguien que supiera mirar bien —y Remus sabía— habría identificado como una manifestación de diversión y ternura disimuladas.

—No van a madurar nunca, ¿verdad? —dijo ella, sin apartar la mirada de James y Sirius. Su tono de voz trató de convertir sus palabras en reproche, pero sus ojos verdes brillaban regodeándose. Remus sonrió, viendo a Sirius perseguir a James al grito de "¡Dame un besito, Jimmy!".

—Espero que no —declaró, metiéndose las manos en los bolsillos y siguiendo con la mirada a esos dos chicos que, aunque estaban cerca de cumplir los veinte, seguían comportándose como si tuviesen trece.

Detrás de ellos, Peter disfrutaba del espectáculo en silencio. Remus y Lily aprovecharon el momento para intentar escabullirse hasta los fogones para terminar la comida, pero James los vio y se apartó de Sirius para dirigirse hacia ellos.

—¡Esperad! ¡Aún tengo muchas preguntas! ¿Cuánto tiempo lleváis juntos, Remus? ¿Qué es lo que te gusta de él? ¿Por qué le aguantas? ¿Y desde cuándo lo sabes tú, Lily? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Y cómo es que…?

—Merlín bendito —murmuró Remus, alzando la vista y centrando toda la atención en la olla que escupía vapor frente a él.

No tenía prisa por responderle.

Después de todo, por mucho que le contara, Remus sabía que la curiosidad de James siempre sería insaciable.


N/A. Hoooola. Hoy no iba a actualizar, pero tenía medio capítulo escrito y pensé: why not? Así que aquí está la quinta viñeta que ya no es viñeta porque es puñeteramente larga. Sí, he metido Wolfstar, ¿qué pasa? xD Todos sabíamos que era inevitable.

Finalmente publicaré siete capítulos, así que aún quedan otros dos.

Un abrazo gigantesco a Trinity y a LadyChocolateLover, que me dejan unos reviews enormes y fabulosos. Sois geniales. Gracias de corazón :3

¡Espero que te haya gustado, Lady! Recuerda que este fic sigue siendo tuyo :)

¡Un abrazo!