SERENA
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"So it's over. I didn't realize.
It's so much colder, but it was no surprise.
Did you ever get to know me?
Cause it is never been so plain to see". TDCC.
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No soy ninguna tonta aunque mi actitud lo parezca. Reconozco muy a mi pesar que he dejado de interesarme en él. Mientras pienso esto con una extraña mezcla de melancolía y enojo por el amor fallido me dispongo a cambiar nuestra fotografía del portarretrato que con ilusión compré en un bazar hace ya tantos años. No digo nada y entre lágrimas arranco del marco esa falsa imagen de felicidad y en su lugar pongo una en donde me encuentro al lado de los niños del Orfanato City of Angels. ¡Ah, mis niños! Esa foto nos la tomó Mina durante una función de beneficencia que con tanto esmero me ayudó a preparar. Nos disfrazamos de personajes de circo y bajo la dirección algo loca y estricta de Rei les dimos a esos angelitos momentos de felicidad genuina, tal vez por eso fue que escogí ponerla para verla todas las mañanas al despertar e inspirarme en lugar de deprimirme como con la anterior. Es entonces cuando me cuestiono si acaso es tan fácil cambiar de vida como de fotografía en un portarretrato. Remuevo la cabeza e intento alejar de mí esos pensamientos. Él no se merece eso, el futuro no quiere por Reina a alguien temerosa, Rini no desearía…
Suspiro profundamente dejándome caer en la cama y cierro los ojos para abrirlos casi inmediatamente después. Me resulta incómodo recordar con tanta frecuencia su figura cuando me encuentro a solas. ¿Qué habrá sido de él? ¿O debería decir de ella? Giro mi cabeza hacia el reloj del buró, una confirmación más de que esto no va a ningún lado. ¡Por todos los Dioses, por qué soy tan cobarde!
Son casi las seis menos veinte de la tarde y se suponía que debería estar lista para encontrarme con Darién, pero él ni siquiera ha llamado, seguramente lo olvidó, como olvidó nuestro aniversario hace unos meses y como olvidó el cómo… ¿amarme?
Por inercia me levanto, intentado sacudir con ello el fantasma del pasado que me aqueja con tanta fuerza. La radio no ayuda mucho, tal vez debería dejar de escuchar Radio Recuerdo. Después de tanto tiempo su canción sigue estando presente en la preferencia de los radioescuchas que con añoranza continúan demandando Search for your love en la hora de complacencias de la cinco de la tarde. Esa voz… mi cuerpo irremediablemente se deja envolver por la calidez de las notas obligándome a tararear el coro.
Al fin el teléfono suena.
—Perdóname, ¿quieres?
—Hola —contesto sin prestar atención a sus disculpas.
—Paso por ti en media hora, tal vez cuarenta y cinco minutos.
—Ok.
Un silencio después de mi fría confirmación me hace saber que está molesto, me pregunto ahora qué demonios hice. Caigo en cuenta, el fondo musical me ha delatado, pero, delatado ¿en qué? Suspiro por enésima ocasión en el día, no quiero pelear. —¡Basta, Serena! —. Estás armando todo un drama en tu cabeza, él ni siquiera ha dicho nada, entonces hablo.
—¿Todo bien?
—Eh, sí… es sólo que no creí que te siguiera gustando esa canción.
Suspiro nuevamente, ¿cuántos iban? Ya perdí la cuenta.
—Sonó en la radio por casualidad —respondo intentando salir al paso.
—Ya veo.
Ahora él suspira.
—Te veo al rato —corto.
—Serena…
Entorno la mirada casi sin darme cuenta, cuando dice mi nombre es señal de que va a regañarme o que me dará una cátedra sobre lo que es políticamente correcto y lo que no.
—Te amo —susurra en la bocina y siento un martillazo doloroso en la cabeza.
¿Hacía cuánto que no me lo decía? al menos no de esa forma, no como algo que no sonase a frase memorizada.
Las manos comienzan a sudarme, ¡qué sucede conmigo! Es mi novio, debería poder contestarle, pero mis entrañas retienen el yo también.
—Nos vemos más tarde —finaliza para luego colgarme.
¡Lo sabe! Grito internamente y me reprendo ante la torpeza con que he llevado la situación, aunque ni yo misma sepa bien cuál es. Después de todo, ni siquiera he sido capaz de poner las cartas boca arriba plenamente. Fue por el año en el que estuvo de intercambio en América que mis amigas me hicieron consciente el sentir con respecto a… Callo su nombre porque no me atrevo a mencionarlo.
La primera en notarme, por decirlo de algún modo, había sido Mina. ¡Cómo no hacerlo si ella más que una amiga era una hermana para mí!
—Lo extrañas, ¿cierto?
Recuerdo haberme atragantado con el pedazo de pizza que estaba masticando. Aunque no había dicho el nombre prohibido sabía perfecto por dónde iban las palabras de mi amiga.
—No entiendo —contesté con la boca llena de pepperoni.
—Olvídalo… —murmuró mientras tomaba otro pedazo de la pizza clásica que tanto nos gustaba a ambas.
Nunca dije nada, pero intuí que en sus palabras también iba impresa una necesidad de escupir algo que le incumbía a ella misma. A pesar de todo el estrépito que envolvía a Minako, era recelosa de sus pensamientos y sentimientos. Jamás entendí de quién gustaba realmente, o si todo había sido un juego adolescente para ella.
No indagué más.
Luego vino Rei, sorprendiéndome al máximo cuando inmediatamente después de enterarse que Darién se iría una vez más se apareció en casa con una botella de tinto escondida en su bolso. El alcohol estuvo a punto de traicionarme después de media botella de un Merlot dulzón y barato. Opté por poner mi cd autografiado de Three Lights al tiempo que mi mirada se perdía en la copa entre mis manos como si contuviese las respuestas a mis desgracias. Mi chica de fuego se limitó a abrazarme en silencio, cómplice de ese momento agridulce en el que me sinceraba sin hacerlo realmente.
Ami y Lita también lo sabían, pero nunca decían nada frente a mí, aunque estaba bien enterada de las tertulias que se armaban en mi honor o en honor a la falsa relación que llevaba. Incluso, en alguna ocasión recibí de improviso a una Haruka echando humo de la cabeza seguida de una ceñuda Michiru cuando pensaron que había intentado establecer una comunicación intergaláctica —¡qué clase de título es ese!—. Casi me ahogo de la risa cuando me hablaron de aquellos términos tan complicados que no entendía mientras me acusaban de querer usar mi poder para contactar a esa estrella, como le nombraban ellas. Grande fue la sorpresa al descubrir que había sido Ami en complicidad con Lita las que estaban desarrollando un complejo aparato que serviría como emisario en caso de que me decidiese a mandar algunas notas de audio. Ni yo misma estaba segura de que eso pudiese funcionar, y aunque lo hiciese, jamás me habría animado a usarlo. ¿Mencioné que soy una cobarde?
El timbre suena.
Son las seis en punto, no tardó la media hora que dio como mínimo. Bajo las escaleras con zancadas pausadas. Es raro, pero mis padres aún no lo dejan pasar al recibidor, después de tanto tiempo siguen sin aprobar la relación. Si supieran, pienso.
Llevo el cabello recogido como siempre aunque sé que no le gusta y me ha pedido cambiar el look por algo más adhoc. Visto calzas grises y un enorme sweater tejido que me regaló mamá el año pasado, de mis vestidos veraniegos para salir con él no recuerdo ninguno. Me recibe en el umbral de la puerta, como es normal en él se ve apuesto. Darién es el típico hombre que derrite corazones con su porte, los años le han caído mejor. Con todo y eso su perfección me abruma. He querido desabrocharle dos botones de la camisa, revolverle el cabello intacto, y verle algo de rubor en sus mejillas después de besarnos, pero ¡vamos!, es Darién. Lo saludo con una sonrisa y él me responde echando sus manos sobre mi cintura, me siento extraña, él nunca actúa así.
—Hola.
Siento como entierra su nariz en mi cabello mientras me estruja ansioso contra su cuerpo e irremediablemente me separo incómoda.
—¿Estás bien? —pregunto ante lo sorpresivo de su proceder para conmigo.
—Claro, es sólo que… te extrañé.
Una vez más una mueca de incredulidad cubre mi rostro y él lo nota.
—No me veas así, siento que últimamente no te he demostrado lo suficiente cuánto te quiero.
—Ya veo —digo sin pensar mucho en la frialdad de mis palabras.
—Serena…
De nuevo mi nombre, estoy segura que ahora sí viene la reprimenda.
Lo jalo del brazo para salir de casa, no deseo comenzar una pelea con mis padres cerca, él me sigue sin chistar. Descubro que no está su auto aparcado en la entrada, en cambio frente a mis ojos aparece la Yamaha azul eléctrico que pensé no conservaba. Antes de que pueda articular palabra me ofrece el casco extra que cuelga del manillar y con una sonrisa que hace mucho no veía me invita a subir detrás suyo. Lo hago sin más mientras me acomodo con un poco de dificultad la protección debido a mi peinado, él arranca obligándome a tomarlo con fuerza de la cintura. Me aferro rápido a su masculina espalda y un estupor recorre mis mejillas. Hacía tiempo que había dejado de notar bajo mis palmas los músculos de quien era el hombre de mi vida. Desconozco hacia dónde nos dirigimos aunque puedo presagiar que es un sitio alejado porque el paisaje cambia después de cierto kilometraje de urbanización a sendos prados. Sigo muy cerca a él y mis manos entrelazadas en el recio torso me invitan a re pegarme con más fuerza, no sé bien porqué, pero lo hago. Pienso —aunque no quiera— que tal vez aquello era lo que necesitábamos, una sacudida a la rutina, un Darién espontáneo y un buen contacto físico.
El camino comienza a hacerse angosto cuando dobla con habilidad sobre una desviación de la autopista. Alcanzo a ver sus ojos azules sonriéndome por la abertura del casco que también porta como diciéndome que es una sorpresa y yo genuinamente me siento emocionada. Después de un terregal que acaba por arruinar mis valerinas nuevas por fin descendemos. No veo más que una casa de campo y mi pulso se agita. ¡¿Qué hacemos ahí?! Y ¡¿Por qué?!
—Hacía tiempo que quería que conocieras este sitio —dice como leyendo mi mente ansiosa de respuestas.
—¿En dónde estamos?
—Es un viejo lugar, solía venir aquí antes de conocerte.
Frunzo el ceño, acaso iba a mostrarme el nidito que seguramente usaba para ocultar sus aventuras universitarias.
—Entiendo —respondo mientras acomodo mi revuelto cabello.
—No pareces emocionada.
—Eh, no, nada de eso.
—Ven.
Darién toma mi mano, la siento cálida y también desconocida. Siempre era yo la que se colgaba de su guante, siempre.
La casa es amplia, el recibidor está pegado a un enorme comedor de cedro, lo sé porque manejé un taller de carpintería sustentable unos meses atrás. Camino por la estancia haciendo crujir la duela bajo mis pies señal de que el lugar es viejo. De pronto mi cuerpo se siente titiritar, hace frío y mi vestimenta es insuficiente a pesar de mi sweater. Él lo nota y se acerca detrás mío, puedo sentir sus manos sobre mis hombros y el aroma de un perfume que al igual que esta extraña actitud tenía mucho sin usar, pensándolo mejor, es que nunca la usó, ni la colonia, ni la actitud.
Comienzo a ponerme alerta, ¿de qué va aquello?
Me zafo de sus manos al percibir que comienzan a masajearme peligrosamente y carraspeo mientras pregunto una tontería de la decoración.
—¿Estás nerviosa?
Se me eriza la piel, ahora veo más claro, ¡cómo pude ser tan tonta!, es evidente lo que nos tiene ahí.
—No —respondo molesta ante el descubrimiento de sus intenciones.
Me siento tan torpe por haber pensado que Darién haría esfuerzos legítimos, por creer que tal vez nunca llegaría a amarlo como pensaba, pero que todavía podíamos salvar algo, fundar Tokio de Cristal, seguir el curso normal.
—Serena…
Juro que si mi nombre salía nuevamente de sus labios, yo…
Lo veo tomar distancia caminando al extremo contrario de mí. Menea la cabeza e irremediablemente su puño asalta la pared. Doy un salto de la impresión y corro a ayudarlo, se ha herido.
—¡¿Por qué hiciste eso?! —reprendo mientras tomo su mano magullada entre las mías.
—No lo sé —susurra con la mirada gacha—. Tal vez es que estoy harto de todo esto.
Las imágenes de mi adolescencia me nublan la mirada y recuerdo con amargura la tarde en que rompió conmigo.
Darién se suelta de mi agarre y unas ligeras gotas se asoman indiscretas por sus azulinos ojos.
—Creo que será mejor regresar —le digo detrás suyo con las manos sobre mi pecho.
De pronto una fuerza me comprime y me descubro dentro de sus brazos. Me abraza con vigor mientras su rostro desciende buscando el mío deseoso. No digo nada y sus labios pescan los míos. Su aliento se siente amargo. No quiero estar ahí, el llanto comienza a brotar, ese que le fastidia tanto. Cuando mis lágrimas se funden en sus mejillas él intenta adentrar su lengua y aquello me hace detestarlo.
—¡Basta! —lo empujo fuera de mí con la poca fuerza que tengo.
—¡Ya ni siquiera eres capaz de besarme! —me reclama con fuego en la mirada.
—No, no… —de nuevo acobardada—. No así —termino por decir.
—Entonces ¿cómo, Serena?
Reparo en que se lleva las manos al cabello revolviéndolo como yo deseé hacerlo tantas veces.
—No lo sé, esto ya no…
—No, Serena, tú no puedes dejarme —me interrumpe.
El corazón me golpetea, lo último que quiero es lastimarlo. Sé que es el momento que probablemente ya no tenga más adelante, que es la oportunidad de dar el tiro de gracia y alejarme de ese hombre que ya no me inspira amor, pero no puedo.
Me maldigo hacia mis adentros, y doy un paso hacia él.
—¿En qué momento nos perdimos?
Él me ve con esperanza, al menos estoy dispuesta a dialogar, a repensar la situación.
—No lo sé, creo que yo te perdí a ti.
—O tal vez yo nunca te tuve —respondo con un pensamiento en voz alta.
—Serena, ¡no!
Por primera vez en casi ocho años de relación me siento sincera.
—Darién, tú siempre me viste como una chiquilla tonta, y sé que lo soy, pero no al nivel que todos creen, o que tú crees. A veces pienso que te obligué a estar conmigo, que esa es la razón por la que no congeniemos, por la que prefieres estar lejos de mí.
—No, yo…
—Déjame continuar. Cuando estuve al tanto de nuestra historia pasada el mundo, mi mundo se redujo a ti, enfoqué todas mis energías en tu bienestar, te amé, de verdad lo hice, pero luego…
—Luego llegó él —interrumpe.
Ni siquiera iba a mencionarlo, esto nada tenía que ver con eso y me duele que lo piense así.
—¿O debo decir ella?
—¡De qué demonios hablas! —grito sabiendo que todo terminará mal.
—No finjas Serena, no soy un idiota como para no darme cuenta que toda esta cantaleta tiene nombre y apellido.
—Ya veo… llévame a casa.
—¡No!, ya empezaste, ahora termina.
Me siento cansada, mi apatía por todo llega al extremo de no querer pelear. Estoy molesta, defraudada, pero sobre todo repleta y una discusión más no me será tolerable.
—No, mi intención iba por otra parte, pero ya lo arruinaste.
—¿Acaso entiendes cómo me siento?
—Tal vez no, ya no sé si te conozco —respondo abrazándome, seguía helando ahí adentro.
Se acerca una vez más, pero ahora soy yo quien da un paso al costado. Él se quita el saco verde militar, ¡cómo odio esa prenda!
—Ten —dice extendiendo el blazer hacia mí.
Me siento tentada a rechazarlo, pero sería absurdo y no quiero seguir discutiendo.
—Gracias —susurro—. ¿Nos vamos ya?
No dice nada, se limita a dar la vuelta vía a la entrada y sé que esa es su forma de darme la razón. Pienso con incomodidad que tendré que regresar pegada a su espalda, que nuevamente mis brazos van a rodearlo y me arrepiento enormemente de haber rechazado las lecciones de manejo de Rei.
El camino transcurre tácito. Al llegar a mi casa las farolas del alumbrado público me hacen pensar que pasó más tiempo del que creía. Me bajo todavía en silencio y le entrego el casco, lo toma sin siquiera voltear a verme para perderse con celeridad al final de la calle. ¿Acaso terminamos?
Subo corriendo a mi habitación. Mis padres y Sammy observan la televisión en la sala y yo paso de largo para que no noten que mis ojos están a punto de estallar. Me tiro ahora sobre el diván junto a la cama y me alegro de que Luna no esté en casa, no es que no la ame, pero su presencia es un constante y opresor recuerdo de que tengo un deber que cumplir y hoy no quiero saber nada de eso. Busco mi celular dentro de la cartera, tengo que tranquilizarme, tal vez llamar a las chicas para salir por ahí y beber algo, aunque no tenga intenciones de contarles. Mi idea de desahogo es evadir en una noche de juerga entre amigas. Abro la conversación grupal que tenemos que por esos días se llama: "Minako y sus subditas", es una broma entre nosotras el molestar cambiando la foto de perfil a la más vergonzosa de cada una exceptuando a Ami, ella no tiene ninguna, y re nombrar al grupo con algo gracioso. Ver eso acompañado de una imagen de Lita observando a Andrew con cara de idiota me reconforta.
Después de todo seguimos siendo nosotras.
Escribo una elaborada invitación para vernos en el Black Sheep, y río ante la ironía del bar que he escogido. Estoy a punto de enviarlo cuando considero que demasiadas palabras las harán pensar que algo pasó, así es que borro lo anterior para dejar una sencilla línea: Emoji cervezas, 9:30 pm, Black Sheep.
Cierro la conversación y bloqueo el celular, tal vez deba ponerme algo más arreglado para salir. Me encuentro en la afanosa tarea de buscar algo decente que no lleve estampado infantil cuando el teléfono repiquetea con el timbre de nuevo mensaje. Seguro es Mina rogando que cambiemos la hora a las 10:30 pm.
No es ella, no es ninguna de las chicas.
NEW MESSAGE FROM DARIÉN CHIBA
No deseo abrirlo, sin embargo, me siento segura en lo impersonal de un mensaje de texto. Me puedo tomar el tiempo de pensar la respuesta o incluso resolver si quiero escribirle algo. Al menos no llamó como siempre lo hace.
Eres mi familia…
¿Puedes venir a casa? No hablemos, sólo necesito tenerte cerca, en silencio.
Saber que todavía no te pierdo.
Usa tu llave, estaré esperándote.
¡Maldición! Sabe perfecto cuales palabras emplear conmigo. Me enoja el que intente chantajearme. ¡¿Por qué nunca actúo así de necesitado de mi persona en ocho años?!
Suspiro, ¡sí, otra vez!
El vestido volado que recién había elegido parece gritarme: ¡que se vaya al demonio!, alístate de prisa y sácame a pasear un rato. Bajo a la conversación anterior. Lita ya ha contestado con un corazón seguido de copitas de vino tinto, ella siempre tan refinada.
Escribo con la duda en los dedos.
"Lo siento chicas, mamá Ikuko se ha puesto loca. Nos vemos mañana, vayan ustedes".
Ya está, lo he hecho. Un aplauso para Serena Tsukino y su incapacidad para tomar decisiones. Tomo nuevamente la cartera, y salgo apresurada, si me doy prisa es probable que mis padres no noten mi ausencia. No quiero ir, no tengo intención de llegar a su puerta, pero lo hago, y no sé por qué.
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"And I've worn out all the reasons to keep on knocking at your door.
Could be the changing of the seasons, but I don't love you anymore". TDCC.
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