YATEN


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"You say you wander your own land, but when I think about it

I don't see how you can". K.

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La mañana no ha sido precisamente una de las mejores desde que en un arrebato decidí hablar con Maker y convencerla de hacerle segunda a Seiya en el regreso a la Tierra, después de todo, no había nada que me amarrase a ese lugar en el que creí haber sido feliz.

Los días han transcurridos tranquilos, me he absorto en una ilusión prefabricada para tener motivos suficientes al despertar. A diferencia de mis hermanos no hay corazones rondándome la cabeza, ni pierdo el sueño por doncellas de largos cabellos. Para mí, la música se ha convertido en mi consuelo, mi compañera, mi todo. Comienza a desesperarme el no vernos en un estudio de grabación, secretamente he estado trabajando algunas composiciones que creo, podrían ir perfectas para nuestro reencuentro. El que Seiya se halle tan disperso y Taiki tan condescendiente con él me está siendo molesto.

¡Era demasiado pedir una tarde tranquila! Nunca entendí porque Seiya se esmeraba tanto en convertir nuestra existencia en un circo mediático.

Las puertas se abren de par en par y unos ojos amatistas me observan consternados. ¡Vamos, niña!, ¡cierra la boca, obvio soy yo! Retomo el camino a la cocina sin deseos de enfrascarme en una plática de bienvenida, tal vez otro día lo hubiese hecho, pero no hoy. Seiya me observa con cara de pocos amigos cuando a duras penas elevo la cabeza a modo de saludo impersonal y distante. Debo reconocer que me ha parecido gracioso verla ahí petrificada, como si yo fuese qué. De verdad pensé que, de volverlas a ver, no sé, tal vez serían más maduras. Pero ahora es que me doy cuenta que siguen siendo las mismas chiquillas superficiales que nos perseguían como si fuésemos pedazos de carne.

Físicamente esa chica se me antoja, por decirlo de algún modo, más mujer; aunque su actitud siga gritando ¡puberta!, lo cual me parece una lástima, si a alguien le veía futuro era precisamente a ella.

Estoy de pie al lado de la encimera con el galón de jugo de arándanos esperando a que lo sirva y me marche. Hino entra a la cocina seguida de Seiya quien vuelve a dedicarme una mirada regañona. No entiendo muy bien el porqué de mis siguientes acciones, quizás es que estoy cediendo un poco al comportamiento chocante de antaño.

—¿Quieres? —pregunto al tiempo que busco en la estantería un vaso extra.

Rei me ve con los ojos saltones y las mejillas rojas, pero no responde, y en verdad me digo que es algo lenta para la edad que tiene.

—Eres muda, ¿o qué?

—¡Yaten! —me reprende el beato Seiya.

—Pe-perdón, no tomo jugo, gracias —contesta retomando el control sobre sí—. Pero si pones una cafetera me harás muy feliz, Seiya —dice refiriéndose hacia mi hermano.

Entorno la mirada hastiado, a la par, prosigo en la tarea de servirme el líquido despreciado. Siempre he sido de la idea que las personas que se sienten pretenciosas por la clase de bebida que toman definitivamente no son de mi agrado. ¿Café? ¡Son casi las dos de la tarde!, ¿quién se piensa? Contengo una risilla mordaz cuando la escucho mencionar que lo toma sin azúcar. ¡Vaya mujer, tan predecible! Es hasta este punto reparo en el truncado regreso a mi habitación y atribuyo aquello a que tal vez me sea divertido el incomodarlos con mi repentina presencia.

Tomo mi vaso bien lleno más una manzana y me tiro sobre uno de los bancos de la barra. Seiya la invita a sentarse en el desayunador mientras lo veo colocarse un delantal, ahora resulta que va a cocinarle. Si no supiera que babea por la Tsukino juraría que quiere hacer méritos con Reiko. La plática va sobre su encuentro con Serena, y lo maravilloso que ha sido el saberse correspondido. Mi rostro permanece impávido, pero en cada sonrojo de mi hermano y en la forma en que se frota las manos al hablar de lo linda que luce la rubia cuando sonríe luego de besarlo, una genuina alegría por él brota en mí.

Me ha resultado extraño el que la guerrera de Marte comparta emocionada la felicidad de Seiya y hasta la festeje, de verdad tenía la idea que serían las guardianas las primeras en oponerse a que una estrella fugaz como él intentase entrometerse. Si mal no recuerdo eran amigas del noviecito de Serena. Pronto puedo esclarecer que al menos a Rei, ese hombre no le simpatiza en lo absoluto.

—Serena nunca habló del tema, pero bien sabía que su relación no iba a ninguna parte —comenta mientras sorbe un poco del americano que le han preparado.

—¿Por qué nunca lo supe, Rei? Créeme, de haber sabido que Bombón lo pasaba tan mal con ese tipo no me hubiese ido.

—Entiendo eso, pero creo que el que te fueras hasta cierto punto fue benéfico para ella.

¿Benéfico? Pienso con el entrecejo fruncido, ahora qué tontería tenía por decir.

—Explícate —suplica Seiya atendiendo a lo que también me he cuestionado.

—Verás, Serena estaba confundida, creo que hasta que te vio perdido fue cuando valoró tu presencia. Suena cruel, lo sé, pero entiende que para ella no había otra concepción de amor más que la que Darién quería mostrarle. Y llegas tú, bueno… —carraspea— con esa forma tan tuya de ser, era evidente que Serena sentiría algo más.

Al terminar sus palabras percibo que agacha la mirada avergonzada, un mechón de cabello resbala por su mejilla y el contraste azabache por primera vez me hace consciente de que la blancura de su piel es extraña. Parece porcelana. Una sonrisa sesgada cubre parcialmente mi rostro, ¿acaso estoy haciéndole un cumplido?

Un ligero aroma a quemado me saca de aquella inconveniente reflexión. Seiya ha dejado demasiado tiempo los panes en el tostador. Me levanto de inmediato a resolver su desastre mientras Hino carcajea por lo alto con la torpeza de mi hermano. Su risa me parece melodiosa, seguramente tiene un buen color vocal. —¡Basta, Yaten!— me reprendo. Ahora resulta que le estás encontrando cualidades.

Seiya se disculpa por su error echándole la culpa rápidamente a la plática acaparadora de su atención, y parece que al fin me notan cuando a regañadientes pongo una nueva tanda de pan y empujo al distraído Chef Kou para hacerme cargo de la cocina. Tomo una cuchara de la cajonera y pruebo la sopa miso que ha preparado, está insípida a mi parecer y con desagrado veo que ha usado caldo dashi en polvo.

—Una sopa instantánea tendría más sabor que esto —resuelvo mientras vacío el contenido de la olla en la tarja.

—Pe-pero ¡qué haces! —rebate Seiya molesto intentando detenerme.

Hino nos observa con esas violetas que tiene bien abiertas.

—¡Cállate!, ¿acaso la quieres envenenar? Yo voy a cocinar.

De nuevo su risa amplia que sin quererlo me hace sonreír a mí también, como si el que ella encontrase gracioso mi comentario me halagase. La veo ponerse de pie y andar hacia mí tomando en el camino unas cuantas cebollas. Seiya y yo nos extrañamos.

—¿Qué? no me vean así, muero de hambre, voy a ayudar.

Y de pronto, ahí estábamos los tres conviviendo en armonía como si fuésemos amigos de siempre. Rei bromeaba junto a mi hermano y yo de forma más discreta me unía con alguna aportación sardónica para con ellos. La sopa estuvo lista en un santiamén abriendo mi apetito igualmente. Tal vez pudiese acompañarlos más que con el vaso de jugo que he abandonado. Nos hacemos a la mesa principal llevando con nosotros lo necesario. La plática cambia de dirección y ahora es Rei quien pregunta cómo nos fue durante los cinco años que estuvimos en Kinmoku. Seiya relata a detalle lo complicado que nos representó el reconstruir todo y como nuestra Princesa fue un pilar fundamental en todo lo que suponía revivir al planeta de las flores.

Y entonces, como si fuese experta en arruinar momentos, Rei cae de mi gracia con sus destinados cuestionamientos acerca de Kakyuu.

—¿Las princesas en Kinmoku gobiernan solas? —pregunta con voz chillona.

Seiya me observa como si esperase mi permiso para hablar y aquello me enerva. Bebo el último sorbo del cuenco con sopa y sin decir más me levanto de la mesa.

—Yaten, ¡espera!, falta el postre.

—Yo no recuerdo haber preparado ningún postre —respondo sabiendo que es su estúpida forma de retenerme.

—Hay mil litros de helado en la nevera. ¡Anda!, trae un poco —insiste.

Llevarle la contraria a Seiya es tedioso, al hombre le encanta hacerse el insufrible y aunque no tengo deseos de continuar con el camino por el que Rei ha decidido conducir la plática, sé que, si no actúo como si nada, tendré a mi fastidioso hermano tocando a mi puerta por la noche para saber cómo me encuentro, y he sido muy tajante conmigo mismo: Kakyuu y todo lo que tenga que ver con su persona es un tema finiquitado.

—Traeré un poco.

Me dirijo a la cocina entre el fastidio que me ha generado ese par y la desazón que, aunque me cueste aceptar, todavía siento al escuchar siquiera su nombre.

Mi Hana*… era el apelativo secreto que solía emplear para con ella.

La primera noche que pasé a su lado me había hecho mandar a hablar pretextando asuntos de estado, en sus palabras: de índole privado.

Me quedo estático frente al congelador, no he siquiera abierto el compartimiento de la nevera para buscar el postre. Mis ojos se cierran y casi puedo jurar que el aroma a incienso de las habitaciones reales se hace presente en el aire envuelto en remembranza.

La enorme puerta fabricada en ciprés grana de las montañas de fuego me recibió imponente, con sus exquisitos tallados siglos atrás por nuestros ancestros, y dos enormes picaportes de hierro forjado. El dulce timbre de la Princesa ordenando que entrase, recuerdo, me hizo flaquear las piernas. Siempre me ponía nerviosa estando en su presencia, siempre. Ingresé a paso lento, acostumbrando mi mirada a la poca luz de la alcoba copada de adornos y aromas almizclados. Kakyuu se encontraba subida en la inmensa cama con dosel de seda. Mis esmeraldas repararon rápidamente en las suaves prendas de dormir que arropaban su majestuoso cuerpo y el pudor recubrió mis mejillas de carmín. Anduve dos pasos más hasta postrarme ante ella con la reverencia obligatoria que el amor y respeto por mi soberana me obligaban a manifestar.

—Levántate —ordenó con voz blanda.

—Me ha mandado a llamar, Princesa —musité intentando que mis palabras no sonasen impresionables.

Kakyuu anduvo hasta mí sin calzarse siquiera las chinelas al pie de la cama. Mi mirada perpetuamente clavada en el piso me hizo notar aquello, y tragué saliva ante la hilera de pensamientos inapropiados que surcaron feroces mi mente.

—¿Podrías cantar para mí?

Abrí de par en par los ojos perdiéndome al instante en su mirada bermellón fija en la mía. Mi garganta comenzó a secarse e irremediablemente tosí un poco. Jamás había cantado siendo Healer, aunque bien sabía que mi voz era incluso más armoniosa que la de Yaten. Nerviosa, entoné una primera estrofa quedamente, me hallaba avergonzada desde la coronilla hasta la punta de los pies, mientras con los brazos refundidos detrás de mí hacía sonar mi tesitura soprano. Sus cálidas manos se posaron afectuosas sobre mis estremecidos hombros y con una sonrisa me ordenó enmudecer.

—Haz que él venga a cantarme.

Mi corazón dio un vuelco estrepitoso. ¿Acaso quería estar con Yaten Kou? Obedecí presta a su indicación presentando ante ella la imagen masculina que pensé jamás volvería a tener. Healer quedó en las sombras y mi subconsciente permutó hasta hacer que el Kou se adueñase completamente. Volví a cantarle, ahora con el ímpetu que el engrosamiento de mis cuerdas vocales me permitió conseguir. Kakyuu ladeó la cabeza embelesada con mis notas graves y pude notar con estupor su mirada de fuego clavada en la comisura de mis labios entre abiertos. Mi cantó cesó y el universo entero desapareció.

—Mi estrella —susurró llevando su tórrida palma a mi rostro comprando en esa caricia por completo mi alma.

Lo demás me cuesta, por no decir que me duele recordarlo. Fueron una serie de eventos desafortunados en los que a sabiendas o no, quemó mi corazón hasta el grado de incinerarlo para siempre. Me convertí en su soporte, en su amante y en el hombre que, aunque la amase incondicional y apasionadamente, jamás podría ser merecedor de lo que representaba ella: la Princesa Kakyuu de Kinmoku.

Aquel título pesaba sobre mi voluntad constantemente como un recordatorio incuestionable que yo no tenía cabida, tal vez fue por eso que el mote cariñoso salió de mí espontáneo y vivaz. Mi Hana, como comencé a llamarla desde la noche en que refundidos entre sus mantas sentí su cuerpo estremecerse dentro de mis brazos protectores como una delicada flor.

Hana… —susurré entre el río cobrizo que era su cabello.

—¿Qué significa eso, Yaten? —preguntó risueña y adormilada.

Antes de contestarle admiré cada milímetro de su tersa piel y entre besos le dije que esa sería mi forma de llamarla, porque ella era la flor más bella de la galaxia, aquella que jamás se marchitaría.

—¿Yaten?

Abro los ojos de golpe esperando que no tenga mucho tiempo contemplándome en mi estúpido ensimismamiento.

—¿Ahora te gusta espiar, Hino? —expulso punzante esperando que no note que mi mirada tiene un viso melancólico.

La chica avanza hacia mí con el rostro compungido. Un rápido análisis me dice que en mi ausencia Seiya ha tenido el tiempo suficiente para contarle las desgracias del menor de los Kou, y por su semblante puedo jurar que no se lo esperaba.

—¿Frambuesa o chocolate?

La blanca sacerdotisa pestañea en un par de ocasiones como intentado sopesar mis cambios tan dramáticos de diálogo.

—Fra-frambuesa, por favor —tartamudea, al tiempo que se recarga sobre la pared.

—Excelente elección, odio el chocolate.

De nuevo sonríe y aquello apaga un poco el demonio que tontamente he desatado en mi interior al memorar a quien ya no debo. Giro mi cara en dirección a ella imprimiendo en mi acción la clara ordenanza de que necesito que colabore en la tarea de servir el helado. Entiende sin palabras, después de todo tal vez no sea tan lenta como pensaba. En silencio lleno las tres copas que me ha pasado de la alacena, sintiendo en mí, por alguna extraña, razón la necesidad de recordar cómo era mi relación con ella hace cinco años, si es que alguna vez ésta existió.

—Sabes, pronto volveremos a grabar —digo mientras saco de la gaveta tres cucharillas.

—Me lo ha dicho Seiya, me alegra.

—Lo sé, si mal no recuerdo eras mi fan —zanjo sin siquiera voltear a verla.

—¡Oh, sí!, era joven e inexperta —responde con media risita incisiva.

Me agrada, legítimamente me agrada ese aire sarcástico implícito en sus cortos comentarios, así es que decido prolongar aquel juego de palabras en el que no sé porqué me he enrolado.

—Bastante inexperta diría yo, cualquier otra fan habría aprovechado la oportunidad de estar tan cerca de mí.

La descoloco, Rei me ve aturdida no pudiendo evitar el abochornarse.

—Ya veo, no quieres recordar la tarde en que casi me besas.

—¡Eso no es cierto! —se defiende con la voz encendida ocasionando que me divierta con su creciente incomodidad.

Entierro la cuchara en la cremosidad del postre improvisado llevando un poco a mi boca, Hino parece seguir cada movimiento de mi mano respingando al ver en donde va a parar.

—No mientas, Reiko —digo pasando a su lado sin sacarme la cuchara—. Te advierto que en esta casa la tina no es tan grande, tal vez no quepamos muy bien los dos.

No responde, y en automático sé que he ganado la batalla. Seiya grita nuestros nombres con impaciencia obligándome a salir rápidamente de la cocina, estoy por cruzar el umbral cuando la escucho refutar.

—¿Quién sabe? Habrá que probar, quizás es más grande de lo que imaginas.

Sonrío sin que me vea, después de todo parece que Reiko Hino se parece más a mí de lo que mi odioso ser me permite aceptar.

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"Sólo me repito que a veces es fácil olvidar de dónde vienes y quién eres. Yo sé lo que hice bien, yo sé lo que hice mal.

Tráeme un espejo a ver si puedo reconocer a ese viejo que me está mirando. Antes era como yo, pronto seré como él.

Qué fácil era antes, llegar volando hasta el planeta Marte, atravesando el cielo en una nave, dibujada". PP.

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Hana* (flor en japonés).

¡CONEJITOS!

Anduve muy ausente, y no por falta de ganas sino por falta de tiempo.

Ok, comencemos...

Este capítulo siento es clave, si llegaste a este punto y estás indignadx lo voy a entender y sabré sobrellevar tu abandono, aunque... ¡NO TE VAYAS!, DANOS UNA OPORTUNIDAD.

¡Pues qué les digo, sucumbí al Reiten!, y aunque esto sea tan sólo un guiño a lo que tal vez venga más adelante es bueno que sepan que no, aquí no habrá MxY, no señor. Me siento feliz de hacer mi primer entrega de estos hermosos bebés, así que no puedo más que nombrar a mi Sensei, obvio saben que me refiero a mi querídisima Sol Levine, aquí quise homenajearla con algo que ella siempre menciona mucho en sus fics: La risa de Rei, algo bello, bello, bello.

Tengo sentimientos extraños con este capítulo. Por una parte quedó más corto que los demás, pero tiene un porqué y deseo explicarlo. No quise enfrascarme en la relación Yaten/ Healer/ Kakyuu, los pequeños destellos que él saca de su pasado son ese famoso flash back que todos hemos tenido cuando intentamos olvidar a una persona, ¿a poco no? Como que a veces es irremediable pensar, recordar, etc. Y dos, tampoco voy a poner un novelón cuando apenas y ha vuelto a ver a Rei, prometo que más adelante sus intervenciones serán más profundas, aquí espero que se haya entendido que ambos están jugando, y ya saben lo que dicen, quién juega con fuego, se quema. ¡PUES QUE ESTO ARDA!

Agradezco profundamente su apoyo, no saben lo feliz que me hacen, siempre contesto todos los reviews, ahora malamente no lo he hecho! Pronto me pondré a mano, lo juro. Pero bueno, ustedes saben quiénes son y que representan en mi kokoro fanfickero.

Les deseo un excelente inicio de semana, y pues nada, espero sus reacciones ansiosa. ¡Dioses, me va a dar un infarto!

Denme un poco de amor. :)

WRITE LIKE A MAGICAL GIRL!