SERENA
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"Hoy ya me voy amor, y desearé que tengas un buen viaje,
y no lloraré porque sé bien que yo intenté quererte.
Y le dije no, a ser feliz porque sólo pensaba en ti. Que yo aprendería amarte como tú lo hacías, y debo decir adiós" KG.
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Mis dedos viajan ansiosos hasta el número de mi Romeo; llena de ternura, he guardado el contacto con su bello nombre seguido de un corazón. Él, mi amada estrella, el dueño absoluto de esta vida que ahora siento ligera como una pluma volando en una calurosa tarde de verano. Desde que lo vi hace dos semanas exactas, mi mente no ha dejado de rebobinar constantemente lo que fue pertenecerle. Seiya —sin saberlo— me dio el valor que pensé jamás tendría para enfrentar al cruel destino con el que pensaba, chocaría irremediablemente, convirtiendo mi existencia en una ensombrecida realidad cargada de responsabilidades pesarosas y corazones rotos.
Rini me dolía, eso no podía ocultarlo, pero sabía que la vida al lado del hombre que amaba me recompensaría, y que el día en que el destino hiciese las pases conmigo, y me concediese la maravillosa bendición de ser madre, el recuerdo de mi hija pasada estaría siempre presente, velando, con la bondad que confiaba vivía dentro de ella, al fruto del amor verdadero.
Con esos pensamientos bien instalados en mi mente, fue que decidí hablar con Darién, enfundada de los pies a la cabeza en esa nueva confianza que poseía gracias al cálido toque de los labios de Seiya, y escudada en el mágico sonido de sus pasionales declaraciones de amor en Yokohama.
Aquella mañana había sido difícil. Desde la noche anterior, el insomnio se había convertido en mi fiel compañero, y cuando al fin había conseguido conciliar el sueño, trémulas visiones aparecieron en mi mente convirtiendo mi insignificante descanso en un vaivén de pesadillas en las que Darién y Seiya eran los protagonistas. Me veía a mí misma, en el centro de una vorágine llena de los ojos adustos de mi real prometido y las manos de Seiya, intentando acercarse a mí hasta pescarme y salvarme de aquella tempestad que se cernía sobre mi cabeza atolondrada por los miles de susurros que sin pedirlo me señalaban a quién debía escoger.
Las sábanas mojadas y mi ropa empapada habían sido el primer indicio de que durante la noche había padecido, tal vez, un poco de fiebre acompañando mis terrores nocturnos. Agotada de estar acostada, y ansiosa por lo que se me venía, el haber saltado de la cama a las siete en punto realmente no habría representado el mayor problema como lo pensase mi asombrada madre al apreciarme atónita intentando hacerme una tostada como las que ella preparaba.
—¡Serena!, ¿te encuentras bien? ¡¿Qué haces?! —pronunció con la quijada desencajada, producto de la enorme sorpresa que parecía ocasionarle que su perezosa primogénita estuviese ya vestida y en la animosa tarea de prepararse por sí sola el desayuno.
—Estoy bien —murmuré —. Sólo intento envenenar a Sammy con esta obra culinaria que hice en un principio —respondí con una sonrisa en los labios al tiempo que alzaba "orgullosa" la terrible tostada chamuscada.
Mi madre se sonrió, mientras se internaba en su conocida cocina quitándome de a poco, y quizás para no herir mis sentimientos, ni subyugar mis renovadas ganas de ser útil los ingredientes y utensilios que en definitiva no sabía utilizar.
Su mirada se escabullía de tanto en tanto en mis movimientos ciertamente más gráciles que los torpes que siempre me acompañaban, y en el rubor color rosa que cubría mis mejillas ligeramente bronceadas por las tardes de trabajo en las hortalizas del orfanato City of Angels. Ikuko Tsukino, sabía o acaso intuía que su hija estaba diferente, pero no lo decía, su contemplación silenciosa parecía decirme en un agradable mutismo: "¡Vamos, Serena! ¡Enfréntate a lo que sea por el amor que sientes, yo estaré aquí siempre que lo necesites!". Y eso me reconfortaba.
Y así, con un ligero cambio en mi rutina, y con el deseo interno de mejorar mi persona y mi vida en sí, por primera vez en mis escasos 22 años salí de casa sintiéndome dueña de mi destino. Saludé y sonreí a cuanto extraño se cruzó por mi camino, tratando de que las fuerzas y la buena vibra no abandonasen de pronto mi espíritu al sentirme cada vez más cerca de la Universidad de Tokio.
Sabía que Darién estaría próximo a tomar el almuerzo y que aquel sitio era lo suficientemente impersonal como para ser testigo de lo que tenía que decirle.
Bajé del autobús número 18 sintiendo a cada paso el flaqueo irremediable de quien sabe va a enfrentarse a una prueba difícil de sobrellevar. El ánimo candoroso que otrora me acompañase, parecía haber seguido sin mí la ruta del trasporte público.
Mis manos comenzaron a exudar copiosamente, y mi latido acelerado me hizo comparar casi sin querer, las reacciones fisiológicas que experimenté en el encuentro con Seiya.
Pero aquello era abismalmente diferente, aunque Ami, hubiese dado seguramente un diagnóstico casi idéntico, la adrenalina que corría por mi cuerpo era una extraña mescolanza de años perdidos y tristezas ocultas en lo profundo de mi corazón. Había amado a Darién, de verdad lo había hecho. Cuántas veces no había llegado incluso a ofrecer mi vida por el hombre que estaba por terminar. Sin embargo, el sentimiento aun cuando sea profundo y reencarnado tiene fecha de caducidad si éste no se procura, y se alimenta del cariño sincero y la caricia deseada. Entendía que, a pesar de los esfuerzos recientes de Darién por rescatarme, mi corazón se encontraba para ese entonces a años luz de la muchacha secundariana eternamente sonrojada por su novio trofeo. Mi vida había sufrido un vuelco desde que sin buscarlo, un joven de largos cabellos azabaches y profunda mirada azul zafiro había conquistado los sendos prados de mi corazón adolescente. Él, con su infinita ternura y su irresistible galantería disfrazada de amistad sincera, había conseguido lo que Darién jamás, enseñarme que el amor verdadero existe y que los besos arrebatados pueden ser el elixir perfecto para mantenerlo a uno lleno de vitalidad.
Tal vez aquel día, mis pensamientos me habían ensimismado tanto que cuando tropecé tontamente con una escueta figura femenina casi me fue imposible reconocer a la víctima de mi despistado andar.
Sus bellos ojos verdes que en el pasado habían sido el principal proveedor de mis despiadados celos, lucían apagados. El cabello castaño y perfectamente acomodado en un precioso flequillo sobre su perlada frente y que he de reconocer llegué a envidiar con fuerza e inclusive en una desafortunada ocasión hacía cuatro años atrás había intentado reproducir ayudada por la mano de Minako, ahora se veía desprovisto de brillo y falto de arreglo.
—¡Sa-Saori! —tartamudeé mientras intentaba sacudir un poco del polvo que su chaqueta de chenille color melocotón había atrapado entre sus finas hebras al caer estrepitosamente por mi culpa.
La mirada de la joven se perdió dudosa en mis intentos por disculparme y por un momento temí que no fuese ella, porque a decir de sus desorbitadas turquesas, Saori no daba señales de siquiera saber quién era yo.
—Serena Tsukino —dijo casi en un susurro como si mi nombre fuese el sonido más extraño que jamás hubiese salido de sus labios.
—¡Me recuerdas, eh! —contesté sonriendo.
Su mirada de por sí apagada pareció vidriar por un imperceptible segundo, y yo me juzgué tonta al recordar cuánto había amado aquella mujer al que estaba yo por cortar. Era de esperarse que ella supusiera que mi presencia cerca del sitio de trabajo de su amor imposible era una visita obligada de prometida enamorada, en parte también, gracias a los tabloides que especulaban contantemente con el presumible e indiscutible próximo matrimonio del afamado Doctor Chiba con su noviecilla de años, la señorita Serena Tsukino. Era entonces un contexto normal el que yo me dirigiese a encontrarme con mi amado a fin de degustar en complicidad melosa algo de comida para el medio día.
Pensé también, que de saber más acerca de su vida, o intuir acaso que ella seguía enamorada de Darién, quizás pudiese haberme sincerado y decirle abiertamente que lo que me tenía ahí no era otra cosa que el dar por finiquitada mi relación y que tenía el camino libre para intentar recomponer el corazón que estaba yo por destrozar. En cambio a eso, le sonreí de la mejor forma que mi ser pudo darle y seguí mi camino dejando a una Saori estupefacta con nuestro encuentro después de tantos años.
Entré directo al sector número cuatro de la Facultad de Medicina, aquel sitio según me había contado él; albergaba el segundo Centro de Investigaciones en Genética Humana del país, el primero estaba en Kioto, manejado por quien fuese el Sensei de Darién y quien lo había incitado a dejar las salas de hospital para verter de lleno el talento que poseía en la investigación del futuro, el Doctor Shinya Yamanaka. Yo bien presumía que aquellas arduas horas que ambos pasaban enclaustrados en un laboratorio, se debían en parte a la obsesión que sentía mi ex amado por conseguir la fórmula que nos daría a los futuros habitantes de Tokio de Cristal la vida eterna. Ahora era que pensaba lo horrible y triste que hubiese sido aquello, si bien la modernidad nos había arrastrado a un estado en el que el físico y la juventud eran sinónimo de éxito, encontraba que no había nada más bello que poder vivir las etapas naturales de la vida al lado de los seres queridos, y entender a la muerte como un paso necesario e irremediable por el que todos debiésemos pasar algún día.
Una vez que estuve al fin frente al imponente edificio, repasé las notas mentales que practiqué sin mucho éxito en el trayecto de mi casa a la Universidad. Sabiendo, que una vez teniendo de frente a Darién mi mente no sería capaz de hacerme recordar una frase siquiera coherente, pero, aun así, consideré no estaba de más el que me sintiese un poco preparada.
Ingresé a paso firme para que no se notase que estaba hecha un manojo de nervios, y entre miradas indiscretas a mi aniñado peinado, di con el lugar de Kaori, asistente de Darién luego de su regreso a Japón; aquella mujerona tendría tal vez unos 29 años y yo estaba casi segura de los litros de baba que derramaba diariamente por su jefe, aun con todo eso, le pedí amablemente que avisase a Darién que me encontraba ahí. No sabía bien porqué, pero parecía que aquel día, quería darle a entender a todas mis supuestas rivales que el camino estaba libre, tal vez, era mi forma inconsciente de creer que a Darién no le faltarían brazos que lo consolasen.
—En un momento le aviso a Darién… perdón, al Doctor Chiba que usted está aquí —me dijo con cierta hosquedad natural en la quien se supone derrotada.
—Gracias —fue todo lo que dije mientras buscaba un asiento para esperarlo.
Había pasado menos de un minuto cuando Darién apareció al fondo de pasillo, su rostro lucía descompuesto, y supe en el acto que estaba enfadado. Pero de pronto, al advertirme ya de pie, sus ojos pasaron de la molestia al asombro y con paso más rápido se acercó hasta mí asiéndome por los brazos.
—Se-Serena, amor, no me dijiste que venías —masculló dirigiendo una mirada amenazante a Kaori, como si ésta no le hubiese dicho que era yo quien lo buscaba.
—Eh, sí, lo que sucede es que me gustaría hablar contigo.
Su cara palideció, y me temí que ya supiese que Seiya había regresado. Después de todo, los reporteros acosadores parecían tener una vena de cazadores para oler ese tipo de cosas y el que los idols más amados del país regresasen era algo que seguramente ya estaría rondando en las bocas de medio Japón.
No así, su preocupación encontró cabida en algo que jamás llegué a comprender del todo.
—Acaso… ¿viste a Saori?
"¿Saori?", pensé, qué tenía que ver ella en todo, fue entonces cuando creí que Darién suponía que yo estaba ahí para hacerle una escena de celos al saberla en la ciudad.
—Ah, Saori, tropecé con ella hace un par de minutos, pero no hubo tiempo de hablar. Me alegra que haya vuelto, la creía en Estados Unidos.
—Oh, sí, sí, pero es temporal creo, ya no somos tan amigos —dijo mientras me tomaba de la mano para salir del edificio.
Una vez fuera, caminamos sin palabras hasta una de las bancas empotradas bajo un árbol de cerezo, tan común en aquella Universidad.
—Y bien, ¿de qué quieres hablarme? —dijo cortando el silencio que enturbiaba el ambiente—. Serena, si quieres pelear por lo de la llamada del otro día, sólo diré que lo siento y que fue un error de mi parte haberme tomado la libertad de responder la llamada, pero no era nada —añadió como intentando ser él quien orquestase la plática.
"Bribón", "descarado", pensé con un poco de rabia ahora que sabía había sido Seiya el autor de aquel telefonazo. Pero haciendo acopio de mi paciencia, entendí que no era momento de reproches, suficiente sería el hacer de su conocimiento que no deseaba estar más a su lado.
—No, no tiene nada que ver con eso —interrumpí antes de que siguiera apoderándose de mi charla.
—¿Entonces?, ¡no me digas! Seguro ya te has decidido por la fecha de la boda. Oh, Serena, ¡qué dichoso me haces!
—¡Basta, Darién! —casi grité—. No sigas por favor, tienes que escucharme —supliqué.
—¿Escucharte? ¡¿Ahora qué pasa?!
Mis manos comenzaron a temblar y las lágrimas que no podían negar mi condición de llorona consagrada salieron rebeldes a hacer más notoria mi dificultad para hablarle con la verdad.
Suspiré en un par de ocasiones debatiéndome mentalmente entre sí mentirle o causarle gran dolor con la verdad de mi alma, no me fue difícil decidirme por la segunda opción cuando entendí que Seiya no se merecía un amor basado en mentiras, era momento de actuar en favor de ambos y aquello debía ser bajo una absoluta sinceridad.
Con ojos suplicantes de perdón narré el cómo me había enamorado de alguien más en su ausencia, y en cómo mi corazón y mente se habían batido a duelo en innumerables ocasiones al saberme enamorada de dos personas a la vez. Conté también, que nunca fue mi intención llegar a aquello y que precisamente por eso había intentado con todas mis fuerzas el suprimir aquellos sentimientos que consideraba indignos para dedicarme a salvar nuestra relación. El rostro furioso de Darién me hacía saber a cada instante que nada de lo que yo pudiese haber dicho en aquel momento aliviaba el tormentoso ego masculino herido. Me lo dijeron también, las palabras punzantes y acusadoras que posó sobre mí como un felino devorando a su presa.
—¡Ese tipo tiene meses, aquí! —vociferó con lágrimas ardientes contenidas—. Por eso tu comportamiento, por eso tus rechazos. ¿A qué querías jugar, Serena? ¿Acaso querías probar un poco de ambos?
—¡Cállate!, las cosas no son así. Seiya acaba de regresar, lo nuestro ya estaba mal desde mucho antes.
—¡Claro que estaba mal! ¡Tal vez estuvo mal desde que mientras yo estaba muerto tú estabas haciendo 'quiénsabequé' con esa mujer!
Mi cuerpo sintió incendiarse con sus palabras y casi como una acción inconsciente y de protección hacia lo amado, mi palma abierta fue a parar sobre la mejilla infame calada por el llanto lleno de furia. Me dolía que Darién pensase eso de mí, como si después de tantos años juntos jamás hubiese llegado a conocerme realmente y, además, la burla implícita en sus palabras despectivas hacia Seiya era algo que no podía tolerar.
—¡Serena! —dijo mientras se llevaba la mano propia a la creciente hinchazón que mi golpe había provocado.
—Las cosas no fueron así —farfullé furibunda—. Y déjame decirte que Seiya sea hombre o mujer es la persona que amo, así es que está demás cualquier comentario. Perdóname Darién, no quería ser así de ruda, pero tú haces que saque lo peor de mí.
—Deja de mencionarlo, por favor —susurró cambiando radicalmente las inflexiones rabiosas de su voz.
Su mirada acuosa buscó la mía como último recurso anhelante y desesperado por salvar lo insalvable.
Fue entonces, que Darién utilizó su último As bajo la manga, el asunto que yo ya tenía previsto saliese de su boca como un intento final por frenar mis impulsos de dejarlo y con eso dar carpetazo final al asunto de Tokio de Cristal.
Rini.
La voz de Darién pareció quebrarse cuando entre sollozos que me partieron el alma me pidió no quitarle a Rini, sus lamentos me calaron en el fondo de mi ser destruido en aquellos momentos. Acaso no veía que también a mí me dolía como a nada perderla, pero prefería eso mil veces a condenarla a una vida miserable al lado de unos padres que sólo se soportaban por conveniencia.
—No sigas, Darién, he tomado una decisión.
—¡Eres cruel, Serena! —maldijo entre dientes.
Aquellos minutos me habían parecido el más agonizante de los tiempos. Darién, mi querido Darién me odiaba y yo no podía hacer nada.
El tiempo de hacer mi retirada había llegado, seguir alargando aquel sufrimiento era inhumano.
—Perdóname —fue todo lo que dije mientras emprendía la carrera hacia cualquier dirección que me alejase de ese hombre.
Darién me alcanzó en menos que nada. Sus manos rodeándome y sus sollozos sobre mi nuca fueron flechas llameantes atravesando mi corazón, pero lo hecho, hecho estaba y yo, a pesar de sus suplicas había tomado una decisión.
—¡No me dejes, por favor! ¡Yo te amo!
—Darién… algún día lo entenderás. Por favor, déjame irme.
Me separé lo más rápido que mi tacto me dijo que hiciese y dando media vuelta lo encaré por última vez. Así, de pie y con el rostro congestionado, Darién Chiba ya no parecía el imponente médico, ni el arrogante muchacho del que me había enamorado hacía ya tantos años, era tan sólo el chiquillo indefenso con los padres muertos y la memoria olvidada.
Pero lástima, era lo último que ese hombre merecía de mí, así es que, aunque me doliese más que nada, era momento de dejarlo ir para siempre.
—Cuídate…
Mis piernas iniciaron de nueva cuenta la huida mientras sentía como el viento arrebataba de mis mejillas los gotones que se desprendían sin parar de mis ojos llenos de su visión destrozada.
A pesar de que toda aquella escena se había suscitado apenas un par de días después de mi encuentro con Seiya, realmente me había sido imposible contactarlo antes, aún me sentía afectada y algo dentro de mí me decía que debía cerrar por completo la herida llamada Chiba para ahora sí dejarme caer libremente en el amor que sabía me esperaba en Seiya.
Así fue que, después de varios días recluida en mi habitación y con el teléfono a tope de mensajes de las chicas y cenas que no tocaba jamás dejadas por mi doliente madre, me desperté con el ánimo renovado sabiendo que todas las lágrimas que había tenido que derramar en vida por Darién al fin habían terminado.
La ansiedad de saber que pronto podría verlo nuevamente, y que ahora sería siendo yo una mujer libre de ataduras me tenía expectante. Había escrito un par de mensajes que nunca envié anunciándole que el tema de mi relación era cosa del pasado y que deseaba verlo y sentirme confortada entre sus brazos, pero al igual que tal vez le había pasado a él, era su voz lo que necesitaba escuchar con desespero.
Sonrojada como si fuese una travesura, nuevamente tomo el móvil entre mis manos y llego al contacto anhelado. Mis dedos temblorosos aprietan la tecla de llamado antes de que siquiera me sienta lista de hacerlo. Siento como mi corazón emprende una carrera furiosa y carraspeo un poco para aclarar mi voz chillona que extrañamente él encuentra bonita.
Uno, dos, tres, cuatro tonos y estoy a punto de colgar pensando que debe estar ocupado cuando su cadenciosa voz irrumpe en mis tímpanos como una bella melodía de enamorados.
—¡Seiya! —pronuncio su nombre como si fueran las dos sílabas más preciosas jamás dichas, y es que realmente creo que es así.
El repentino silencio que abate mi alegría de saberlo al otro lado de la línea hace que piense que mi cacharro se ha descompuesto.
—¿Seiya? —vuelvo a interrogar mientras doy pequeños golpecitos a la bocina.
—Aquí estoy —susurra apaciguando mis ganas de aventar por los aires el teléfono.
—Yo… te he extrañado y…
—Serena, tenemos que hablar.
El mundo parece paralizarse con el simple hecho de su insignificante oración que para mí lo es todo. ¡Serena! ¡Me ha llamado Serena!
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Sé que pude quedarme más tiempo, pero algo me dijo que era tarde, y que aunque usara yo mi empeño, el final ya era inevitable.
Y duele por que fuiste todo lo que deseé un día, pero si no hay amor sé que el deseo ya no bastaría.
Sufriendo por todo el recuerdo, viviendo de remordimiento". KG.
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Mis amados lectores, qué abandonados los he tenido, pero hoy he preferido quedarme en casa y regalarles este capítulo, que espero sea de su agrado.
Les confesaré que sentía el kokoro punzante con cada línea que sólo los Dioses saben porqué, iban saliendo de mis dedos a velocidad impresionante.
Agradezco cada review, malamente sigo sin contestarlos, pero prometo que todos serán respondidos en cuanto encuentre un espacio en mi abrumadora agenda.
¡Muchas gracias por sus muestras de cariño!
Espero que estén pasando estos días con su familia, y descansando un poco de la ajetreada vida normal.
Un beso grande.
PS. No me maten por el final. *inserte meme de: ¿Acaso yo te dije que me leyeras? Já, pequeña bromita, saben que los amo.
