SEIYA


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"Harto de los ecos de un pasado que aparece cada vez

y los miedos que tengo me arañan por dentro.

Y tú no ayudas a encontrar el porqué del silencio, la derrota

y de la rabia que en la boca te dejé". PA.

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Aletargado, mis parpados hinchados comenzaron a buscar indicios del lugar en el que me hallaba. De la noche anterior sólo podía recordar sus benditos ojos enrojecidos por la rabia, por el dolor y el último toque de su piel con la mía. Ni en mis más terribles pesadillas lejos de su calor llegué a imaginar un final como ese.

Con dificultad y la boca seca, caí en cuenta de la decoración minimalista de mi habitación, desconociendo por completo el cómo había llegado ahí. Las mismas ropas del día anterior, un espantoso aroma a licores que creí jamás iba probar y un profundo malestar martilleándome la cabeza eran lo único cierto en esas cuatro paredes.

Aquel cuadro de decadencia y resaca no podía ser peor que la evocación imborrable de sus labios cerrándose y su mano apartándome de su cuerpo, poco comparado con lo que le había hecho. Yo… yo le había roto el corazón.

Días habían pasado desde que mis ojos se hubiesen reflejado en los suyos y el cerrojo de mi alma al fin encontrase la llave faltante. Días en los que no hacía otra cosa más que soñarla despierto, dormido. Serena se había convertido en mi tema favorito de conversación. Cinco años había callado su nombre y su mote para que no doliese, dedicándome a susurrárselo únicamente al viento y escribiéndolo una y otra vez en las profundidades de mi ser, ahí en donde la verdad del hombre no puede ser camuflada.

¡Qué libre me sentía! ¡Qué pleno y feliz!, en la seguridad de sus promesas de amor y el recuerdo de sus labios afrutados bebiendo cada uno de mis te amo. Podía jurar que sabiendo aquello, era capaz de esperarla una eternidad más.

Así fue como gustoso le di su espacio, quizá sólo indagando un poco a través de Reiko, pero sin sobrepasar la línea de respeto que yo mismo había instaurado como una necesidad de hacerla vivir una relación basada en la confianza. Yo no tenía que dudar nada, su amor me había sido palpable, y aunque tenía que reconocer que no me era del todo grato el saberla cerca de él, entendía aquello como una necesidad muy de ella, de ellos.

Cada que mis ansias de volver a sentir su menudo cuerpecito entre mis brazos y la necesidad de sus besos tiernos y arrebatados consumían mis ardores nocturnos, andaba en sigilo por entre las calles hasta llegar a su casa, me conformaba con ver la lucecilla de su cuarto prendida. Imaginándola en las labores antes de dormir, ataviada en algún pijama cursi como solía ser ella, y con sus maravillosos cabellos atados en listones a juego. El sólo saberla cerca, y de cierta manera muy mía; me relajaba de tal manera, que bastaba cerrar los ojos para alertar mis sentidos permitiéndome aspirar su aroma.

Fue una de esas noches en que me encontraba a escasos metros de su entrada principal, recargado en mi auto porque el calor de junio comenzaba a hacer estragos, que lo vi llegar. Todo mi cuerpo se paralizó cuando lo advertí al igual que yo al pie del balcón de Bombón. Su mirada reparaba ansiosa en la luz que se entreveía en los cortinajes haciéndole saber que seguía despierta. Tal vez quería hablar con ella, ¿acaso Darién Chiba era tan osado como yo como para seguir luchando?

Quise acercarme, decirle que no tenía ya nada que hacer ahí, pero viéndolo así, tan derrotado no pude más que reflejarme en él, porque ese que estaba ahí suplicando un milagro, el milagro de la correspondencia Tsukino, había sido yo mismo en otro tiempo que ahora se me hacía tan lejano. No podía, ni tenía el derecho de sentirme superior cuando durante años fui yo el derrotado.

Intentando hacer el menor ruido posible para evitar una confrontación pronta e innecesaria entre los dos, abrí la portezuela del piloto para retirarme, de no haber sido porque en la calle perpendicular el matraqueo de un camión escandaloso del escape me delató, juro que jamás se hubiese dado cuenta de mi presencia.

—Kou —logré escuchar saliendo de sus labios.

Con la mano todavía en la puerta, bien pude haber ignorado su llamado, pero aquello no me pareció propio de un caballero y sin más me di la vuelta para encararlo. Chiba ya había avanzado hacía mí. Repasando rápidamente su rostro pude advertir una ligera sorpresa y hasta una especie de alegría por haberme encontrado, era una mezcla extraña de gestos y posturas confundiéndome.

—Darién…

Quise expresar más, pero ¡qué iba yo a decirle!

—Pensé que sería más difícil dar contigo —dijo con una mueca de lado—. Pero ya veo que eres tan predecible como yo, después de todo, el necesitarla resume lo que nos atrae aquí como imanes, ¿no es verdad?

—Creo que… será mejor que me vaya, y tú deberías hacer lo mismo.

—¿Irme? ¿Por qué habría de irme de la casa de mi novia?

Mis puños se cerraron, y estuve a punto de perder los estribos cuando lo escuché decir aquello, pero sabía que tenía que ser más inteligente que sus provocaciones y confiar, qué más podía hacer sino creer en mi Bombón. Tal vez todavía no le decía nada, quizá Serena había estado evadiendo a Darién y por eso él se refería así de ella, como fuese, suficiente presión era para Serena dejarlo todo por mí, como para ponerme a pelear por aquellas nimiedades comparadas con saberla enamorada y conmigo.

—Buenas noches —zanjé para dar por finiquitada aquella conversación, si es que así podía nombrarla.

Abrí al fin la puerta del auto, pero antes de que pudiese introducirme en él, la fuerte mano de mi rival me detuvo.

—No te vayas, creo que… es necesario hablar.

—¿Hablar? Lo siento, Darién, pero si alguien tiene que hablar contigo es ella, nadie más que ella.

—Es que ya lo ha hecho.

Mis piernas flaquearon y mil suposiciones corrieron vertiginosas por mi cabeza.

—Creo que este no es el lugar para lo que tengas que decirme.

—No, no lo es. Te espero en veinte minutos en las inmediaciones de la Tokyo Tower.

No medié más palabras e ingresé en mi auto aun con la adrenalina latente. Encendí el motor echando un último vistazo al balcón, la luz estaba apagada y de alguna forma me sentí aliviado al saberla tan ajena a lo que estaba por pasar.

La Tokyo Tower no estaba muy lejos de ahí, tuve entonces, tiempo suficiente para estacionarme cerca y tranquilizarme. La realidad era que poco o nada sabía de Chiba, aquel sentimiento de aversión hacia su persona venía más que nada aderezado con las lágrimas derramadas por la mujer que amaba y su incapacidad para hacerla feliz. Después de la Batalla contra Galaxia, había decidido que de corazón esperaba que al fin pudiese hacerla sonreír y curar con su amor todo lo que Bombón había sufrido en su ausencia, pero ahora las cosas eran distintas. Yo no estaba dispuesto a hacerme a un lado, ella me amaba, yo la amaba y Darién tenía que salir de nuestras vidas le gustase o no.

Cinco minutos antes de lo pactado estaba ya con la imponente torre sobre mi cabeza, más uno que otro transeúnte y turista despistado pasando por el lugar.

El calor vivido en la tarde-noche auguraba una llovizna veraniega y aunque mis ropas eran ligeras, sabía que no tendría necesidad de más. Tal vez era mi forma de decirme a mí mismo que aquello no tendría que durar y que antes de que la primera gota intentase mojar mi hombro, yo debería encontrarme ya, en calma sobre mi cama.

—Eres muy puntual.

Giré sobre mi eje para encontrarme de nuevo con esos ojos azules que ahora centelleaban con algo más que sorpresa.

—¿De qué quieres hablar? —dije sin miramientos, aquello no era una cita.

—Quiero saber ¿qué pretendes inmiscuyéndote en la vida de Serena y en la mía?

—Bueno, propiamente en la tuya no tengo ningún interés —reconvine con ironía.

Darién sonrió con una socarronería mayor a la mía.

—Es que eso es lo que no entiendes, Kou, que mi vida y la de Serena son una misma. Estamos unidos por el destino, son siglos los que nos preceden y un futuro por delante que ni el brillo intenso de una estrella puede desequilibrar.

—Si es cierto que hablaste con Serena, sabrás entonces que el brillo de la estrella que mencionas no sólo ha logrado iluminarla sino también, ha tocado su corazón.

—Vas demasiado rápido —musitó con la mirada clavada en la mía—. Más que iluminarla la ha cegado, y entonces me pregunto cómo es que alguien como tú… que se jacta de ser tan compasivo puede quitarle a Serena lo que más ama en la vida.

Me resultaba incompresible semejante arrogancia de su parte, pensarse lo más amado por ella me era "entendible" hasta hace unos días, pero no ahora.

—Dime de una vez por todas si ya sabes la verdad.

No quería entorpecer el manejo de Bombón con respecto a él, pero alguien tenía que reiterarle, por si acaso las palabras de Serena no habían sido claras, que yo estaba ahí para quedarme.

—¿La verdad? —inquirió—. ¿Con cuál verdad quieres que empecemos? ¿Con la tuya?, ¿con la mía?, ¿o con la de Serena?

—Con la única que existe —respondí.

Darién dio unos pasos lejos de mí, dándome la espalda comenzó a hablar de lo que nunca esperé quisiera decirme.

—Sabes, en mis años como investigador he aprendido que las verdades absolutas no existen y que es necesario conocer todos y cada uno de los factores a nuestro alrededor para llegar a comprender medianamente algo. Hasta ahora, de eso que tanto he analizado, comprendo que mi más grande error fue subirme a ese avión, conoces la historia, no puedes negar que Fighter y tú son lo mismo, así es que me ahorraré los detalles.

Supuse que iba a utilizar el recurso de mi dualidad para hacerme frente, aun sin verle la cara podía advertir la burla en su tono y casi sin pensarlo comencé a escucharlo cada vez más lejano. Los detalles extras, el sarcasmo implícito tan sólo eran paja, y no estaba dispuesto a perturbarme con tan poco, yo sabía quién era, no él.

—Como decía —continúo—. En mi ausencia apareciste tú, y sé bien los estragos que tu conducta… encantadora y tu posición de cantante inalcanzable lograron en Serena. Hace años, ella no era la mujer que es ahora, su forma infantil de comportarse eclipsaba cualquier intento mío o de sus seres queridos por hacerla madurar.

—Tal vez es porque no necesitaba sus intentos —interrumpí con enojo. Si algo me molestaba de verdad era que la subestimaran de esa manera.

—No te alteres, permíteme terminar. Serena es el ser más puro de la Galaxia, eso lo sabes bien, su bondad puede ser aprovechada malamente y eso es lo que siempre me preocupó de ella. Jamás podría permitirme que saliese lastimada. Ahora que lo pienso —dijo regresando su mirada hacia mí—. Tú me recuerdas mucho al Darién de hace mucho tiempo, un tipo arrogante, que sabiéndose buen mozo e inteligente podía tener el mundo a sus pies. Así fue como la conocí, una torpe coincidencia del destino que se empeñaba en reunirnos. Endymion y Serenity, en otra época, con otros nombres, pero con la esencia del amor reencarnado intacto. Tú no puedes saber cuántas batallas libré a su lado, ni cómo nuestro amor creció cuando apareció ella.

—¿Ella? —susurré dubitativo, ¿a quién se refería?

—Esto es precisamente de lo que quería hablarte. Tu ser ha cegado a mi Serena, la Serena que está absolutamente enamorada, no de mí, sino de su hija.

—Yo… yo no entiendo…

—Y no me sorprende, pero déjame explicarte. Antes de que yo partiera a Estados Unidos, y por supuesto antes de que tú llegaras a mi planeta, Serena y yo conocimos a nuestra hija proveniente del futuro, la pobrecita venía buscando la ayuda de Sailor Moon, pues su madre, es decir la Serena del futuro y Reina de Tokio de Cristal había caído en una terrible oscuridad a causa de la Familia Black Moon, enemigos que afortunadamente logramos derrotar.

—Una hija…

—Sí, Seiya, una hija hermosa, la viva imagen de Serena. Una niña inocente fruto de nuestro amor. ¿Lo ves?, ¡te das cuenta de lo que tu presencia significa! No sólo estás echando por la borda la futura paz de la Galaxia, sino que además le estás robando a quien dices amar, lo más preciado que tiene. ¡¿Qué puede ser comparado con el amor de una madre para con su hija?! ¡¿Qué derecho tienes tú de arrebatarnos el derecho de tener a Rini?! ¡¿Cómo puedes siquiera pensar en despojarle la vida a una niña a cambio de tu felicidad?!

—Rini… —susurré.

Podía sentir su voz grave invadiéndome, venciendo a pasos agigantados las barreras que construí para sus argumentos. Y entonces, sin saber cómo, le permití la entrada a lo que mis oídos necios se negaban a escuchar y el corazón a entender.

El reino de los tontos es para quienes construyen castillos en el aire y se alimentan de ilusiones, pensé. Y a él… a él le bastó un solo nombre, desconocido hasta ese momento por mí, para trastocarme por siempre. ¡Quién era yo para fungir como verdugo, ¿quién?!

—Pero… es que yo no…

—No sabías nada —completó—. De eso me doy cuenta, pero tienes que saber que Serena ha perdido la razón por ti, por esas ilusiones que seguramente le has prometido, pero dime Seiya, ¿acaso tú podrás regresarle a la Rini que yo anhelaba darle?

Agaché la cabeza sin saber cómo reaccionar. Bombón jamás me había contado sobre ese futuro, sobre esa niña. Dioses, ¡cómo debió sufrir para tomar semejante decisión!

—No dirás nada, lo suponía.

Y no, las palabras se atoraban en mi garganta y en mi mente las ideas chocaban unas con otras. Como si no fuese suficiente aquel despliegue de información, Darién sacó de dentro de su saco una fotografía que extendió en mi dirección.

Era como Serena, pero sin serlo, había algo en su mirada totalmente diferente a la dulzura de Bombón, hasta Chibi Chibi se parecía más a ella, sin embargo, la imagen de los tres como una verdadera familia terminó por romper cualquier dejo de ilusión que mi alma guardase.

—Es preciosa, ¿no lo crees?

—Por favor… no sigas —supliqué.

—Yo también esperé que no siguieras, pero las cosas se salieron de control. Ahora, por favor Seiya, déjame que sea yo quien te suplique a ti. ¡No me quites a mi hija!, ¡no nos la quites!

No quería seguir ahí, me sentía tan afectado que no sé ni como pude aguantar el llanto agolpándose en mis ojos hasta poder retirarme.

Lloré durante todo el trayecto a casa sintiéndome monstruoso. ¡Rini! ¡Rini! No podía dejar de repetir su nombre mientras mi memoria se llenaba de sus ojos como rubíes y la sonrisa perfecta y feliz de mi Serena a su lado.

Mi amor, mi Bombón, ¿cómo pude ser capaz de orillarla a algo así? Oh, ¡Serena, si tan sólo yo lo hubiese sabido antes!

Mis hermanos intentaron durante días sacarme de mi habitación, no quería hablar con nadie, me negaba a saber del mundo hasta que pudiese procesar todo. Agradecía hasta cierto punto que Bombón no me hubiese llamado, poco me duró el gusto al ver su nombre sobre la pantalla de mi móvil. Estuve tentado a no contestar, a hacerme el desentendido, pero aquello era prolongar de más una agonía que juré jamás volvería a experimentar.

Mi nombre en sus labios nunca me sonó más tierno ni más doloroso. Se le escuchaba emocionada, y mi mente traicionera se sonrojó junto con ella.

—¿Seiya? —volvió a preguntar haciéndome ver que no había hablado.

Dijo extrañarme, y yo sentí mi mundo derrumbarse. No pude hacer más que interrumpirla, cortarle las alas que yo mismo acaricié con vehemencia. Temeroso de flaquear si es que aquello se extendía más y consciente de lo que sabía, tenía que ser firme, si como había dicho él, yo realmente me jactaba de amarla.

Sabía que al regresar me había jurado no volver a hacerme a un lado, luchar, pero aquello era totalmente distinto, cómo no hacerme a un lado por la felicidad de mi Serena junto a su hija. Yo ni siquiera estaba seguro de poder regalarle la dicha de ser madre.

—Serena, tenemos que hablar.

Pude sentir su extrañeza, yo rara vez la llamaba por su nombre, y esta vez más que para ponerme serio era para sonar distante, y sé que lo entendió así.

La llamada no duró más que lo necesario para planear encontrarnos, el lugar fue lo de menos, cualquier sitio que me permitiese hablar y a ella retirarse cuando le diese la gana.

No puedo ni siquiera expresar lo que me fue verla al fin bajando del autobús. Se veía realmente preciosa, como si su belleza fuese una detractora de mis intenciones.

No corrió hacia mí, caminó a paso lento, quizá presagiando lo que mi cara descompuesta le gritaba.

—Seiya…

—Serena…

De nuevo mi sequedad que en persona me era todavía más amarga porque podía apreciar de primera mano su sorpresa e incomodidad.

—¿Pa-pasa algo? —preguntó—. Sé que me he tardado mucho en contactarte, pero es que yo no estuve muy bien y…

—No te preocupes —la interrumpí porque no podía seguir escuchándola más sin desear cubrirla con mis besos y perderme entre sus cabellos.

—Estás raro, bueno… tú nunca me dices Serena a menos que…

—Sea algo importante.

—Sí, justamente.

Suspiré intentado oxigenar mi cerebro y llenar de valentía mis pulmones.

—Verás, yo… Yo también te he extrañado mucho, no te lo dije y lo siento, pero hay algo importante que debemos tratar.

—Seiya, me estás asustando —musitó llevándose ambas manos al pecho.

Tenía que decírselo ya.

—Serena, no me preguntes cómo, ni quién fue, pero… me enteré de la existencia de Rini y…

Sus celestes se abrieron como platos y las manos que otrora tuviera sobre el pecho fueron a parar a sus labios ahogando un gemido. Después, esos bellos ojos que tanto amaba comenzaron a llover.

—No… no llores, respeto que no me lo hayas dicho, pero comprende que me siento mal por haberte orillado a que renunciaras a ella.

—Es que… Rini, no…

—No digas nada, Serena. Yo jamás podría vivir sabiendo que te quité lo más preciado, no podría. Perdóname, de verdad perdóname. Ahora comprendo tantas cosas que me siento el peor hombre por no saberlo antes.

No decía ni una sola palabra, nada, lo único que me decía que seguí ahí eran los dos ríos que silenciosos corrían por sus mejillas.

—Serena, no puedo prometerte que me iré y te dejaré hacer tu vida, porque renuncié a todo por regresar y ahora no tengo más hogar que este, pero sí puedo asegurarte de que me alejaré lo más que pueda y que no tendrás que preocuparte por mí, yo no volveré a…

—¡¿Vas a dejarme?!

—Bombón, es que yo…

—No, no me digas... —tartamudeó—. No vuelvas a llamarme así, ya lo dejaste muy claro, soy Serena.

—Es que no quería que fuese más difícil… no me malentiendas...

—¡Basta, Seiya Kou! ¡Basta!

No pude contenerme más y me arrojé en su dirección rodeándola con mis brazos, pude sentir la humedad de su rostro calándome el pecho y las lágrimas emergieron de igual forma de mis ojos.

—No sabes lo que es esto para mí, me estoy desgarrando el alma, me duele, duele mucho.

Desconozco cuánto tiempo pasó con ella envuelta en mi abrazo, pero el que hubiese sido fue absolutamente corto para la eternidad que tenía planeada para ambos.

—No mientas —bufó separándose de mí—. ¡No mientas! Sé lo que debes estar pensado, que soy una desalmada por no pensar en mi hija… en Rini, pero yo…

—Bombón, nunca pensaría algo así de ti, al contrario, soy yo el que no debió…

—Ya… ya déjalo así. Es evidente que aquí los dos cometimos un error.

La vi darse la vuelta y mi corazón se comprimió tanto que lo sentí desaparecer.

—Déjame llevarte a casa, o a donde quieras.

—No soy tonta, Seiya, es evidente porque escogiste este lugar, ahora por favor vete.

Cómo quise tomarla sin decir nada, besarla, aunque fuese una última vez que creo, fueron mis deseos con voluntad propia los que me condujeron a abrazarla hasta hacerla voltear. Tenía que verla por última ocasión, tenía que reflejarme en la profundidad de sus ojos de cielo y rozar sus labios antes de perderla para siempre.

Apenas pude sentir su boca sobre la mía y el estremecimiento de sus extremidades cuando la decepción que no le conocía para conmigo, me alejó definitivamente de ella.

Una de sus manecitas fue a detener mi beso, y la otra me apartó con fuerza de su cuerpo, mientras dolorosas frases que no quiero mencionar salieron de su roto corazón.

—¡Vete! ¡Vete! —pedía una y otra vez.

Y aunque todo mi cuerpo me impedía hacer lo que me suplicaba, mi razón me arrastró de ahí. Antes de doblar la esquina la vi correr en dirección contraria.

Lo que pasó después fue una serie de escenas borrosas que no recuerdo del todo, ni quiero recordar. Ahora sólo sé que estoy en casa.

La puerta de mi habitación se ha abierto sin previo aviso, han entrado inmediatamente después mis dos ceñudos hermanos, uno cargando lo que parece ser un vaso de jugo y el otro una caja de medicamentos.

—Ten —dice Yaten, mientras avienta hacía mí los analgésicos.

—Seiya, por favor, ¿qué pasó?

Taiki se ve menos molesto que Yaten... ¡Yaten!, y entonces lo recordé.

Ahogado hasta más no poder y recargado sobre la barra de un lugar del cual no sé ni la ubicación ni el nombre; estuve a punto de liarme a golpes con otro borracho que impertinente osó preguntarme alguna trivialidad. La excusa más tonta del universo, pero algo en mí me obligaba a sacar de alguna forma la frustración que me permeaba. Fue entonces que alguien llegó para detenerme y casi a rastras me llevó de ahí.

Ese alguien había sido Yaten.

—Pasó que nuestro hermanito no puede dejar de ser un imbécil. Eso pasó.

—¡Yaten!

—No, déjalo tiene razón, pero como es que tú sabías que…

—Fui yo —dijo Taiki—. Perdóname, pero estabas actuando tan erráticamente que tuve que poner a alguien siguiéndote los pasos sin que te dieras cuenta. Afortunadamente no usaste tu auto y nadie te reconoció porque hubiese sido catastrófico un escándalo a nada de anunciar nuestro regreso.

—No habrá regreso.

—¡¿Qué dices?!

—Lo que escuchaste, Yaten. Perdónenme, el grupo puede continuar con ustedes, pero yo me voy.

—Seiya… ¿acaso no confías en nosotros? —la mirada comprensiva de Taiki hizo aguarme los ojos una vez más.

—La he perdido, para siempre…

—Pero si tú dijiste que…

—Sé lo que dije —interrumpo llevándome ambas manos a la cara.

No quiero hablar más, no ahora que siento que todo lo que soy está roto, que aquella felicidad que canté se me escurrió como agua entre los dedos y por primera vez desde que escuché aquella verdad desconocida de manos de Darién, me pregunto si acaso he cometido el peor error de mi vida, el dejarla escapar.

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"Hazme sentir que lo bueno está por llegar, que esto también pasará.

Hazme sentir que compartimos un mismo latir, haz que me acuerde de ti como el mejor despertar que he podido vivir". PA.

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OMFG! No saben cómo me ha costado escribir esto, no sé, me cuesta tanto hacerlo sufrir, hacerlos sufrir.

Debo contarles que la primera vez que los leí discutiendo lloré como dos días, y sí, fue de la mano de mi adorada y maravillosa Sol Levine, cada cosa que escribía en su encuentro, les juro que me venía a la mente aquella escena (en otros términos) pero igualmente desgarradora. :(

Pero, díganme que es el amor sin no hay un poco de drama. (?)

Quiero pedir una disculpa por ausentarme tanto, pero entre trabajo, el final de Celos de Sangre y que me fui de vacaciones (súper merecidas), me había sido imposible darle forma al borrador que tenía desde hace mucho.

Darién, Darién, qué haremos con él. :(

Aquí quiero hacer una observación sobre el porqué decidí este quiebre entre nuestra pareja protagonista.

Casi siempre, o al menos lo que yo he leído, es Serena la que deja a nuestro Seiya, la que duda, la que no se arriesga. Me pareció un poco reivindicante que en esta ocasión fuese Seiya el que terminara con ella, pero no podía hacerlo por celos, o por cualquier otra cosa estúpida, tenía que haber algo que tocase su noble corazón, así fue como surgió la idea del chantaje usando a Rini. :/ No me odien, pero realmente creo que Seiya es tan bueno que le pudo demasiado el saber que Serena había pasado por ese proceso de decisión entre él y su "hija", luego súmenle lo frágil de nuestra rubia, que evidentemente no quería una decepción más. Todo un embrollo, que no os preocupeis de a poco irá por mejor camino.

Los quiero mucho, agradezco sus reviews, sus visitas anónimas, sus follows y favs, en fin todo el amor que me regalan.

¡Un abrazo enorme!

WRITE LIKE A MAGICAL GIRL!