Declaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen.

Advertencia: Au y contiene lenguaje obsceno.


Amante de Sangre

8. El ataque de mamá

Mikoto Uchiha no era una persona a la que pudieras darte el lujo de subestimar. Era una mujer de temer, no podías tomártela a la ligera, porque te jodía, y mucho. Ella lo sabía, conocía cuáles eran sus facultades y las explotaba al máximo. Como vampira por sus venas corría sangre poderosa, pero al contrario de cualquier otra, no era su única fuente de poder. Era inteligente, perspicaz, tan fría como el mismo hielo y tan cálida como una hoguera. Sí, Mikoto Uchiha no era alguien fácil de tratar, y Sakura había aprendido esa lección muy bien a lo largo de esa terrorífica semana.

La madre de Sasuke había concentrado toda su atención en ella, solo en ella. Para otro hubiera sido un privilegio, y de verdad hubiera sido un honor para la Haruno, sino es por el simple hecho de que era juzgada por cada acción o cada palabra en cualquier momento o lugar, humillándola, haciéndola sentir como una escoria insignificante. Sip, eso no era agradable, era malditamente desagradable, y ella estaba comenzando a hartarse de toda esa mierda de situación.

Sakura no tenía paciencia, era impulsiva y normalmente su lengua iba más rápido que su mente, pero en este caso se había controlado. De verdad que sí. La lengua se quedó dentro de su boca y soportó con el mentón alto cada humillación de la elegante Uchiha. Pero estaba llegando a su límite. La actitud dócil que había adoptado no iba con ella, podía aceptar las críticas de los demás cuando sabía que no actuaba bien, pero no toleraba la degradación.

Mikoto Uchiha no solo la corregía cuando hacía algo mal, impropio o incorrecto, sino que le recordaba quién era ella y quién era su hijo, remarcándole a cada segundo que ella no se merecía estar allí, porque Sakura no era una señorita adecuada para ser la amante de sangre de su hijo. Su ataque era mortal, frío, calculador, palabras envenenadas salían de sus labios sonrosados, con voz dulce y maternal, mientras sonreía tan tiernamente que le helaba la sangre y le encogía el corazón. Prefería que la apuñalara, sería más rápido y más indoloro. Pero suponía que esa no era precisamente la intención de la mujer.

–Sakura, debes soportarlo. Recuerda que no puedes contestarle a una señora como Mikoto Uchiha. –le advirtió su madre.

Sí, lo sabía. No podías contestarle de manera altanera a una dama como ella. Era una sangre pura de una familia antigua y respetada, intentar rebatirla y tratar de ponerse a su altura sería una ofensa, y eso no solo podía perjudicar a Sakura, sino también a su familia. Hablar de la señora Uchiha era hablar con palabras mayores. Sasuke en cambio, era su Señor, el que la eligió para ser su amante, no era como si él no supiera que Sakura no era precisamente la típica jovencita de sociedad. Su madre era otra historia, con ella debía andar con pies de plomo y mente cuerda.

–Lo sé mamá, pero es molesto y me hace sentir…–dudó durante un instante, buscando la palabra. –pequeña.

Suzume observó a su hija y asintió, comprendiéndola. Le acarició los cabellos rosas a su cerezo y deseó que Mikoto pudiera ver más allá de la apariencia y los protocolos y descubriera la verdadera naturaleza de Sakura. Si no, temía que esto podía acabar terriblemente mal, y no creía que la perjudicada fuera la señora Uchiha.

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Sakura se sentía observada, jodidamente observada. Se estaba comenzando a poner malditamente nerviosa y en sus manos la frágil copa tembló por un mísero instante. La dejó en la mesa y centró su mirada en la vajilla delante de ella y que había tratado de colocar de una manera correcta. Se suponía que debía saber para qué servía cada plato, cuchillo y tenedor y cómo colocarlos, porque no era lo mismo el cuchillo del pescado que el de la carne, ni el de la mantequilla. Pero nunca prestó atención a las indicaciones de su madre, porque para ella un cuchillo siempre sería un cuchillo y no importaba si era para el pecado, la carne o la mantequilla. Es más si podía se escapaba a jugar al jardín, llenándose de barro y saltando cual cabra, y ahora se maldecía por ello.

Reprimió un resoplido poco femenino, a sabiendas que eso solo lograría que la aguda mirada sobre ella se entrecerrara aun más e hiciera quizás algún comentario acerca de su poca gracia. Como si no fuera evidente ya que Mikoto pensaba eso de ella. Justo después de llegar de visitar a su madre, no acababa de poner un pie dentro de la gran casa cuando la señora Uchiha apareció de la nada y la arrastró con una enternecedora sonrisa al comedor de la vivienda, pidiéndole con su voz dulzona que le mostrara sus habilidades para colocar la mesa. Le estaba haciendo otro de sus exámenes. Otro examen que terminaba con la humillación de Sakura.

–Querida, los tenedores se colocan a la izquierda del plato, esa es tu derecha. –le explicó Mikoto, haciéndola sentir estúpida.

El tono de la mujer fue el que se utilizaría para explicarle a un niño el por qué de cualquier pregunta tonta, y Sakura no era tonta, sabía dónde mierda iban los tenedores, pero no sabía distinguirlos.

–Sí–dijo, pero seguía sin saber qué hacer.

Mikoto vio su indecisión y sonrió enigmáticamente, moviendo su melena negra al compás.

–Supongo que nunca aprendiste como colocar la mesa ¿no es así, querida?

Siempre usaba ese jodido tono amable, falso.

–Así es, señora. –Sakura se sonrojó sin quererlo y se maldijo. Esa mujer tenía la capacidad de regañarla sin levantar la voz, de intimidarla sin mostrar un gesto hostil.

–Claro, no necesitabas saberlo. –comentó con aire despectivo, infravalorándola.

Porque ella no era de alta alcurnia y no iba a tantas fiestas elegantes como para necesitar saber cual tenedor usar, ¿no? Una vez más, Sakura se mordió la lengua y Mikoto sonrió mordaz, notando la incomodidad de la muchacha, sabiendo que hería su orgullo. Era como si probara hasta donde iba a ser capaz de aguantar su humillación, para después restregarle su falta de educación hacía sus superiores. La señora Uchiha jugaba con ella y disfrutaba con ello. Y a Sakura nunca le gustó ser una puta marioneta.

Mikoto se movió, colocándose a su lado, tomando entre sus finas y suaves manos la servilleta que ella no pudo lograr doblar como se debía y que ella, en tan solo unos cuantos segundos, dobló sin tan siquiera una imperfección. Sakura sin embargo, no prestó atención al trabajo realizado, sino a las manos de la mujer: delicadas. Recordó las de su propia madre, que pese a ser una gran señora, una dama elegante y educada, tenía manos con cayos, heridas que se quedaron allí, estropeando su piel. Suzume una vez trabajó de costurera, rebajándose como vampira de buena familia, pero haciendo lo imposible por cuidar de los suyos. Mikoto nunca había trabajado, no sabía qué era la humillación. Y sintió rabia.

La señora Uchiha miró de reojo a la joven a su lado. Los ojos concentrados en su labor, sin verlo en realidad. Percibió el cambio en su estado anímico, podía sentirlo, Sakura era demasiado expresiva, demasiado sentimental, todas sus reacciones se veían en su rostro, en cada gesto, cada partícula de ella denotaba su actitud, sus emociones la desbordaban y la hacían más débil sin tan siquiera ella notarlo.

– ¿Y cocinar? –preguntó una vez más la mujer.

Sakura negó con la cabeza, manteniéndose serena, pero sabiendo que esto no la ayudaba. Prácticamente era una inútil en las tareas de la casa, no tenía una educación de una jovencita de sociedad, para lo único que si valía era para curar. Le apasionaba la medicina. Su abuela le enseñó mientras estuvo viva, el manejo de las plantas medicinales. Más tarde, su tía Tsunade la ayudó a completar su formación, con técnicas más avanzadas. Porque los vampiros eran longevos, y difíciles de matar, pero no inmortales. ¿Pero eso qué valor tendría para la exigente señora Uchiha? Ninguno. Ella quería una dama para su hijo, no una mujer rebelde que solo sabe tratar con enfermos y no cómo cuidar una casa.

–Por qué no me sorprende. –dijo con ironía y la mueca graciosa seguía en su bello rostro, contrayéndole las tripas a Sakura.

Lo que no llegaba a comprender era el por qué de la obsesión de Mikoto en humillarla de esa manera. Comprendía que no la viera adecuada para ser la amante de sangre de su hijo, pero dentro de las obligaciones de una amante de sangre no estaba el saber cuidar de una casa. Las elegidas estaban para complacer el hombre, su señor, en sus deseos de sed y de placer, no para eso. Las esposas se encargaban de eso. Sí, de acuerdo, cualquier mujer podía ser elegida como amante, y luego ser liberada por su Señor y casarse con otro hombre. Pero Mikoto hacía todo aquello para demostrar lo poco adecuada que era para el puesto, y Sasuke no la eligió como esposa, solo como amante. No lo entendía.

–Disculpe, señora–Mikoto la observó con mirada zagas, casi retándola. – ¿Por qué me hace todas estas pruebas?

– ¿Pruebas? –rió cantarina, inocente. –No te estoy probando, querida. No te sientas así. Solo quería conocerte mejor. –mintió la mujer.

Mikoto se giró para salir del comedor. Sakura no pudo aguantar más su hipocresía.

–Señora–la detuvo con su tono firme. –No soy estúpida, sé que me ha estado probando, humillándome con cada una de sus palabras solo para echarme en cara que no soy una joven de sociedad perfecta, pero ¿por qué? –Guardó silencio, mientras se daba la vuelta muy lentamente, desesperando a Sakura, que cada vez se iba alterando más–Soy la amante de sangre de su hijo, señora, no su esposa. No tengo por qué saber qué puto cuchillo usar en una mesa elegante, porque ese no es mi jodido lugar.

–Veo que comienzas a mostrar tu verdadera naturaleza conmigo, Sakura. –sonrió la mujer. –No solo no tienes ni idea de los protocolos en sociedad, sino que además eres una mal hablada.

Y Sakura comenzaba a olvidar que debía morderse la lengua.

– ¿Y qué? ¿Qué importa que no sepa comportarme en sociedad o que sea una maleducada? Soy solamente un objeto, señora. Me usan para satisfacer su sed y sus deseos y luego me desechan. Con poner el cuello y abrir mis piernas tengo de sobra.

Los ojos de Mikoto brillaron con astucia, francamente divertida de la explosión de la joven. Sakura respiraba irregularmente, consciente de sus palabras, y de que cada vez estaba siendo más grosera.

–Incluso si solo eres un objeto, los objetos también se exhiben Sakura. Y si mi hijo te lleva a una cena importante para mostrar a su amante de sangre, ¿tú qué harás? –hizo una pausa, Sakura enmudeció y todo el aire se le fue por la boca, sabiendo la respuesta. –Lo dejarás en ridículo.

Ambas se miraron. Mikoto con altanería, cada fibra de su ser reflejaba su orgullo, con el porte de una dama educada que no se vale de insultos para defenderse, ella es más lista que eso y sus palabras envenenadas causan más dolor que unas simples blasfemias malintencionadas. Sakura perdiendo fuerzas, sintiéndose como una estúpida, una niña regañada y escaldada que no sabía nada acerca de la vida y que quiso hacerse la mayor y falló.

–Mi hijo es un sangre pura, Sakura, y no voy a permitir que una joven como tú, lo ponga en vergüenza. –el tono de la mujer se endureció, hablaba en serio. –Pero claro, ¿qué se podía esperar de alguien de tu clase? ¿Qué tipo de educación podría darle una mujer rechazada por su propia familia a su hija? –Mikoto dibujó una sonrisa cruel en sus labios finos–De tal madre tal hija.

Sakura apretó con fuerza sus puños, dejando sus nudillos blancos, clavándose las uñas en las palmas y atravesando a la mujer con su mirada. La señora Uchiha observó divertida a la joven, sus ojos jades brillando con su dolor y su rabia hacía ella y sus palabras ácidas. Tks. Otro error. Demostrar tan fácil sus sentimientos, enojarse por tan poco, siendo tan patética. Esto no era lo peor que ella podía decirle, no era lo peor que podía escuchar. Y sin embargo, allí estaba la muchacha, de pie en su comedor, haciéndose daño en las manos y frunciendo el ceño como un animal herido.

–No vuelva a hablar así de mi madre. –el tono de Sakura bajó, su voz temblaba por la rabia.

– ¿O si no qué? –la retó. –Dije la verdad Sakura, no me voy a disculpar por decir la verdad. –hizo un gesto altanero, moviendo su nariz desconforme. –Además, esta es mi casa, y puedo decir lo que quiera. Tú eres la que debe seguir mis normas, querida.

–Yo soy la imperfecta, no se meta con mi madre. Ella trató de enseñarme a ser una buena dama de su casa, pero fui yo la que no la escuché. –la justificó Sakura, desesperada.

–Pero no lo consiguió. No cumplió su deber como madre. –sonrió cínica. –Pero ¿qué podría enseñar alguien cómo ella?

– ¡Basta! ¡Cállese de una maldita vez! –exclamó Sakura. –¿Se cree que es mejor que mi madre por ser una Uchiha, por tener la sangre más pura o pertenecer a una familia más antigua?

–No, soy mejor que tu madre porque yo si supe educar a mis hijos. –dijo de manera despectiva, una vez más juzgándola, censurando sus actos.

– ¿Y de verdad cree que lo ha hecho bien? Sus hijos no son más que dos hombres de pocas palabras, que solo piensan en sí mismos y en su orgullo, señora. Ni siquiera confían en usted como para decirle que tomó a una amante de sangre.

–Al menos yo no crié a una mocosa malcriada y débil.

Las dos mujeres se retaron con la mirada, cada vez más cerca la una de la otra. Mikoto seguía mostrando su porte elegante, perfecto, de dama de sociedad. Sakura se veía como una chiquilla que había perdido todo control, por mucho que sus últimas palabras si hubieran herido a la señora Uchiha, no era suficiente, porque ella sabía ocultarlo, sabía mantener el orgullo, ella no.

–Madre ¿ocurre algo?

Mikoto se giró encontrándose con Itachi en el marco de la puerta, observándola con perspicacia. Estaba segura de que él había escuchado toda la conversación, desde la primera palabra hasta la última, y ahora decidía entrar porque la mocosa Haruno se veía a punto de llorar, solo que aún conservaba algo de dignidad y se negaba a derramar sus lágrimas delante de ella. Patética.

–No, hijo. Sakura y yo estábamos teniendo una agradable conversación ¿no es así, querida? –la miró con diversión, Sakura tuvo ganas de gritar.

–Váyase al infierno.

La muchacha salió apresuradamente del comedor, con todo el cuerpo tembloroso y sintiendo las pequeñas gotas de sangre resbalar por sus dedos, debido a la presión ejercida por sus uñas. Se encontraba visiblemente perturbada por todo lo que acababa de pasar, pero no lo suficiente como para no percibir las miradas reprobadoras de las empleadas mientras se dirigía a la entrada de la gran mansión Uchiha. Salió al exterior dando un portazo que resonó por todo el vestíbulo, y con la sensación de vacío en su estómago.

– ¿De verdad es necesario hacerla pasar por esto, madre? –preguntó Itachi, mirándola inquisitivo.

–No es la adecuada, Itachi. Sasuke se merece a alguien mejor que ella.

–Ella no fue la que tomó esa decisión, madre. ¿Por qué la haces pagar por algo que ella no eligió?

Mikoto por primera vez en toda la tarde se quedó muda.

Itachi solo había sido un mero espectador de todo aquel juego retorcido que su madre había montado, y decidió no intervenir, hasta ahora. No era como si quisiera hacerlo, pero no podía permitir tampoco que su madre siguiera culpando a alguien que no lo merecía. Siempre fue demasiado flexible con su hijo menor y buscaba un culpable que no fuera Sasuke para justificarlo. Y dado que su estúpido hermano no tenía la intención de defender a su amante de sangre, Itachi no podía seguir viviendo en ese ambiente. Puede que su madre no quisiera responsabilizar a Sasuke, pero él era su hermano mayor, su deber era guiarlo y enseñarle qué estaba bien y qué mal, aunque a él no le gustara.

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La indignación se extendió por el cuerpo de Suzume como la pólvora, quemando sus venas e hirviendo su sangre cuando vio entrar a su hija por la puerta de su salón totalmente angustiada, alterada y llorosa. Entre hipido y sollozo logró sacarle lo ocurrido con Mikoto Uchiha. Y quizás lo más que la cabreó no fueron las palabras despectivas de la fría mujer hacía ella o su pequeña, sino que Sakura aun seguía preocupada por las consecuencias que sus actos podrían causarle a su familia. Apretó la mandíbula y frunció el ceño, conteniéndose, mordiéndose la lengua para no comenzar a maldecir como cualquier vampira vulgar, y acarició con gesto maternal las mejillas sonrojadas de Sakura, limpiando los restos de sus lágrimas, acunándola en sus brazos y apretándola contra su pecho hasta que se dejó dormir cual bebé mecido por una nana.

–Todo estará bien, Sakura. –le susurró tiernamente. Ella haría que estuviera bien.

Dejó a Sakura en su habitación y cerró con suavidad la puerta, apoyándose en la madera y resoplando con poca gracia, como solía hacerlo su hija. Dio gracias a que Tsunade no hubiera decidido venir precisamente hoy a visitarla a la hora del té, porque si no, posiblemente la rubia mujer se habría vuelto loca de la rabia y no solo alguna de sus sillas o mesas habrían acabado rotas, sino también el cuello de Mikoto Uchiha.

–Saori, voy a salir. –informó a la joven empleada. Ella asintió con respeto hacía la señora Haruno. –Encárgate de Sakura si despierta, dile que fui a comprar algunas unas cosas que necesitaba.

–Sí, señora. –hizo una reverencia y se retiró.

Suzume no perdió el tiempo, cambió su vestido azul suelto por una falda hasta la rodilla gris, que resaltaba su figura aun estilizada, y una blusa blanca de botones, algo suelta, pero que le terminaba de dar ese toque de mujer elegante que tanto le gustaba reafirmar. Se colocó correctamente algunos mechones de su cabello recogido en un fino rosquete y tomó su cartera negra. La decisión iba marcada en el rictus de su rostro y sus ojos verdes estaban teñidos de una suave capa de fuego helado.

Mikoto Uchiha nunca debió meterse con su hija, por muy malcriada que esta fuera. Ella no era la culpable de nada, fue elegida y tomada, así era la tradición. Si Sasuke Uchiha tenía una madre para defenderlo, Sakura Haruno también.

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Ambas mujeres se miraban entre sí sin decir una sola palabra, esperando a que la otra realizara el primer movimiento, analizándose tras sus dulces miradas y gestos afables. Mikoto y Suzume se encontraban sentadas, una enfrente de la otra, en el salón de la mansión Uchiha, tomando el té amenamente, o esa era la impresión que causaban.

La señora Uchiha debía de reconocer que se sorprendió un poco al encontrarse con que su visita no era otra más que la madre de Sakura. Y también debía admitir, aunque no le gustara, que Suzume, pese al parecido físico con la joven, era totalmente opuesta a ella. Educada, refinada, una dama de familia, elegante y con porte, nadie diría que ella estaba marcada por la desgracia de ser rechazada. Además, sabía jugar. No llegó a su casa a insultarla como cualquier vampira del montón. No. Suzume se presentó amablemente, eligió adecuadamente sus palabras y le sonrió tal dulcemente como ella lo haría. Todo hipocresía, pero una hipocresía bien realizada.

–Y bien señora Haruno ¿Cuál es el motivo de su encantadora visita? –preguntó Mikoto, haciendo su primer movimiento.

Suzume tomó un sorbo de su té con cortesía y suavidad, tomándose su tiempo.

–Quería dejar algunas cosas claras con usted, señora Uchiha. –le respondió con amabilidad.

A Mikoto cada vez le parecía más interesante aquella mujer. Por fin una rival digna.

–Usted dirá, señora Haruno.

Suzume dejó la cara taza de té sobre la mesita de cristal con lentitud, cuidando de no emitir ni un solo ruido. Se recolocó en el sillón espumoso y alisó las falsas arrugas de su falda. Centró la mirada verde, tan parecida a la de Sakura, pero tan diferente a la vez, y sonrió con tanta amabilidad que parecía que podía iluminar toda la habitación con ese simple gesto.

–Mi hija no es indigna o defectuosa, señora Uchiha.

–Jamás dije tal cosa. –respondió Mikoto con inocencia en su voz. Suzume la ignoró, irritando así a la Uchiha, aunque no lo denotó.

–Siempre intenté enseñarle a ser una joven de sociedad, educada, buena madre, buena esposa, pero ella nunca quiso escucharme. Peleábamos mucho debido a esto, Sakura quería ser alguien por sí misma, no aceptaba el hecho de que los demás tomaran una decisión por ella y por eso se negaba a educarse en el ámbito familiar. –hizo una pausa, observando esta vez a Mikoto con frío reproche. –Puede que mi hija no sea el ideal de jovencita que usted hubiera elegido para su hijo, señora Uchiha, pero le recuerdo que fue el mismo Sasuke el que la eligió a Sakura.

–Mi hijo eligió a su hija porque lo estaban presionando el consejo de ancianos, no por otra cosa. –lo justificó Mikoto.

–No me interesa el por qué de su decisión, señora Uchiha. El caso es que Sasuke eligió como amante de sangre a Sakura, mi hija, y eso es un hecho, una realidad. Si usted no está conforme con ello, lo comprendo, tendrá sus razones, pero Sakura no tiene la culpa de ello.

–Su hija es una…

–Piense bien lo que va a decir de mi hija, Mikoto Uchiha. –la cortó Sazume con voz poderosa, pero a la vez suave, observándola con una mirada nunca antes mostrada ante ella, una que le erizó cada cabello de su nuca. –El protocolo dice que es el varón el que elige a su amante de sangre y que la mujer no puede negarse. Al igual que también dice que es el varón el que debe dejar libre a su amante de sangre, no su madre ¿verdad, señora Uchiha?

Mikoto apretó los labios, formando una línea recta tensa. Suzume se volvió a alisar las falsas arrugas de su falsa, sonriendo enigmática.

–Si no está de acuerdo con la elección de su hijo, dígaselo a él, pero a mi hija déjela en paz. Sakura es la amante de sangre de su hijo, hasta que este diga lo contrario, señora Uchiha.

–Sasuke pronto se cansará de su hija. –dijo con voz forzada y contenida.

–Si así es, lo aceptaré, porque así lo dice el protocolo, pero hasta entonces, no odie a mi hija por no besar el suelo que pisa su mimado hijo.

Una fina ceja se alzó en rostro de la Uchiha. – ¿Cómo dice?

–Usted no ve digna a Sakura porque no sepa cocinar o distinguir los cubiertos de una mesa elegante. No la ve adecuada para Sasuke porque ella piensa, y lo hace de manera diferente a usted o a mí. –Mikoto chasqueó la lengua, desagradada, no encontrando nada bueno qué decir. Suzume continúo. –Sakura al contrario que otras jovencitas tiene ideales, no se siente honrada por ser la amante de sangre de Sasuke Uchiha y usted como percibe eso, no la quiere cerca de él, es más, apuesto a que le desagrada y le molesta que no sea así. Tiene a su hijo puesto en un pedestal, y el hecho de que Sakura no lo vea como un dios, le irrita.

Mikoto apretó los dientes. Esa mujer sabía ser tan irónica como ella y a la Uchiha no le gustaba perder, debía haber algo que sacara de sus casillas a Haruno, un punto débil.

– ¿No se ha puesto a pensar que quizás lo que atrajo a Sasuke de Sakura fue precisamente lo que usted llama imperfección?

–Mi hijo es un sangre pura, no es un vampiro cualquiera, señora Haruno.

–Lo sé, pero un hombre siempre será un hombre, sea sangre pura o no.

–Su hija solo será el entrenamiento de Sasuke. Como bien dijo ella solo servirá para poner el cuello y abrir las piernas. –lanzó mordaz.

Y logró lo que quería. En los ojos de Suzume un brillo de furia se encendió, llamas anaranjadas crepitaron entre la verdura y por un momento creyó que la mujer perdería la compostura, y se lanzaría contra su cuello. Pero eso solo duró un instante, lo que duró la puerta de entrada en abrirse y cerrarse, dando paso a Sasuke.

Que oportunos eran sus hijos, pensó Mikoto. Y el susodicho hijo menor entró en el salón, percibiendo una presencia desconocida dentro de su casa. La señora Haruno se levantó de su sitio, dándole la bienvenida con una reverencia. Sasuke la observó, reconociéndola y haciendo un leve gesto cortes con la cabeza. Algo dentro de él le dijo que las cosas no estaban bien y que ocurrió algo dentro de su salón y de su casa, algo malo y que tenía que ver con su madre.

–Bueno, yo ya me retiro, gracias por su hospitalidad y esta agradable conversación, señora Uchiha. –le sonrió amablemente.

–Fue un placer, gracias por venir.

Sasuke observó a ambas mujeres, notando la tensión cortada como un cuchillo entre ambas y se concentró en percibir todas las presencias de la casa, no encontrando la que buscaba. Frunció el ceño, ¿qué mierda…?

– ¿Dónde está Sakura? –preguntó con hostilidad, dirigiendo su mirada primero a una y después a otra.

–En mi casa, por supuesto. –le respondió Suzume.

– ¿Por qué? –gruñó el varón, hastiado de toda esa situación.

Se iba a trabajar y cuando regresaba le decían que Sakura no estaba, que su amante de sangre no estaba. Joder, la chica ya tenía de por sí sola mal carácter, y no era precisamente fácil tratar con ella, pero es suya.

–Eso deberías preguntárselo a tu madre.

Y en ese momento, Mikoto tuvo ganas de arrancarle la lengua a Suzume Haruno.


Antes que nada, siento mucho no haber actualizado durante tanto tiempo. Pero como ya he comentado por ahí, necesitaba tiempo para escribir otras cosas, me había cansado momentáneamente de mis fics y no sentía ganas de continuarlos. Me gusta escribir por diversión, porque me gusta sacar mis ideas de mi mente y plasmarlas como quiero, no por obligación. Realmente me siento muy apenada por todas aquellas persona que leen este fic y las dejé en espera, sobre todo me sentía mal cuando me llegaban sus comentarios pidiéndome que siguiera, porque no estaba preparada para hacerlo. No quiero escribir un capítulo basura y dejarlos con ese amargo sabor de que escribí solo por hacerlo.

Como pasó un tiempo sin tomar el fic, hoy tuve que releerlo y creo que si se lee el capítulo anterior y después este se nota un cambio en mi redacción, creo que no es tan malo el cambio, o no sé, eso pienso xD Espero que el capítulo les guste, me inspiré y lo logré acabar hoy. Sinceramente me gustó mucho Mikoto y Suzume, espero que nadie odie a Mikoto, yo amo ese personaje y ella es clasista en este fic y tiene otra clase de pensamiento, sean comprensivos xD

No sé cuando actualice, espero que no sea después de tanto tiempo como pasó con este capítulo.

Nos leemos ^^