¡Hola muchachonas! Como ya estamos a nada de Navidad, decidí adelantar el capítulo para que tuvieran algo dulce con lo que pasar este 25 XD Créanme, no las defraudaré jojojo. Quiero agradecer a Tsubasa Kuroko y a Daiiki Uchiha por ser las primeras en comentar y darle una oportunidad a esta historia y bueno, me alegra saber que aun cuando leen Addicted to U se animaron con esta locura LOL. No lo mencioné anteriormente, pero la actualización será cada semana y la historia posiblemente no exceda los 20 capítulos –sí, ésta será cortita lol-.

Ahora sí, ¡FELIZ NAVIDAD! Para todas las que me lean :D Pasenla muy bonita, coman cosas deliciosas y desvélense en familia, entre amigos o lo que sea que les motiven estas fechas. Un fuerte abrazo y nos estamos leyendo la siguiente semana. Matta ne!

Capítulo 2

Sabor a tentación

Su cuestionamiento así como la respuesta que tanto ansiaba hallar, deberían de esperar. La voz de un tercero irrumpió el amistoso duelo que poseían, rompiendo toda la tensión existente en un parpadeo.

Se trataba de un maestro, mismo que ya venía a cerrar el gimnasio. Por lo visto era más tarde de lo que pensaban.

—En un momento saldremos -decía el blondo con educación. Cogió su saco y corbata listo para irse-. Arreglemos nuestro duelo después.

—Hmp...La próxima vez no te irá tan bien -estipuló secamente. Ya había tomado sus cosas y se disponía a irse.

Ambos abandonaron el edificio y simplemente se dirigieron hacia la salida del colegio.

Y mientras el moreno dejaba el sitio por la entrada principal. Kai había dirigido sus pasos al estacionamiento de la escuela. De camino a casa el moreno simplemente miró de reojo hacia la calle; allí estaba ese bonito jepp patriot negro de vidrios polarizados.

Torció el entrecejo en cuanto se percató de quién era el conductor.

Maldito presuntuoso -optó por ignorar al blondo y apresuró el paso; seguramente su padre se la armaba de lío al notar que llegaba pasaban de las 9 y no había avisado que llegaría tarde.

A partir de esa noche su vida se tornaría un verdadero infierno viviente, tanto por el hecho de que debía quedarse hasta tarde practicando como por las tareas excesivas que le dejaba el rubio.

Captaba que quería que la clase estuviera dentro del promedio. Pero casi juraba que se ensañaba únicamente con él.

Lo peor del asunto es que el temido y ansiado viernes había llegado, significando una sola cosa: práctica oral de inglés. No obstante, no iba a quedarse a ello. Aprovecharía en que ese día su última materia era otra y que Tatsuhisa demoraría al menos unos cinco minutos en llegar hasta su salón.

Y aunque Satsuki quiso persuadirlo, al final logró salirse con la suya.

—Al fin puedo estar en santa paz...-su lugar de confort por excelencia era la azotea de la academia.

—...Cada uno de ellos son un fastidio tras otro...-comentó una segunda voz. Misma que alertó al moreno, haciendo que se sentara de golpe y posara su atención hacia abajo-.

Pero si es... Espero que no me haya escuchado...

En su intento de escapar del dictador y estricto profesor había terminado llegando al mismo sitio en el que permanecía y admiraba la panorámica de la escuela mientras fumaba tranquilamente. Maldita mala suerte que se cargaba esa semana.

—Si tan sólo no fuera tan idiota, las cosas serían más fáciles -continuó disfrutando del sabor de su cigarro mentolado. Todavía le quedaba trabajo por hacer y quería relajarse.

El cabrón no estará hablando de mí...¿o sí? Bueno, sería capaz... Que todos crean que es un buen sujeto es caso aparte -en aquel one-on-one y su explotador modo de exigir deberes a toda la clase, quedaba entre vista su malicia.

—Sólo porque es el As del equipo y el director quiere que participe en todos los partidos me obliga a mí a hacer un milagro... Tsk... Es un fastidio... -se abstuvo de sacar otro cigarrillo. La nicotina debía de esperar para otro momento.

¡Soy yo el que piensa que tú eres un fastidio! -miró con odio puro al hombre que estaba de espaldas frente a él.

—¿Ya piensas dirigirte al salón de clases, Aomine-kun? -ese profesor era un verdadero cabrón que había fingido no haber escuchado al moreno acceder a la azotea y subirse en aquella pequeña zona de observación.

—¿Así que estabas fingiendo demencia, eh? -pues si a esas iban.

—Creía que serías un buen alumno y dirías que estabas aquí -se dio media vuelta, clavando su atención en el moreno que se negaba a bajar.

—No se puede ser buen alumno si tu maestro es alguien que recrimina a sus estudiantes -porque también podía hacer comentarios acertados.

—Si ciertos alumnos no fueran tan tontos y cabezas duras para reprobar un examen tan simple, quizás el profesor fuera amigable y nada demandante -no eran sus palabras las que le incordiaban, sino esa ridícula sonrisa de comercial que acompañó el sermón. Odiaba esa falsa sonrisa.

—Te pagan para enseñar, no te quejes -agregó burlón y cínico a más no poder.

—No me pagan lo suficiente para tratar con casos tan "especiales" -soltó fresco, agudizando su vista-. Entre más rápido mejores, menos tiempo tendremos que soportarnos. Usa eso de motivación.

—Suena bastante bien. Ya suficiente tengo con ver a los maestros tantas horas al día -refutó con agravio. Ahora sí que tenía una motivación de peso para ponerse al corriente.

Dicho esto, ambos se dirigieron hacia el salón de clases con la idea en mente en que entre más rápido lograran su objetivo menos tiempo tendrían que tolerarse mutuamente.

En cuanto entraron al salón, la conversación grupal dio comienzo, comandada en primer lugar por el rubio, quien permanecía en medio de aquella pequeña mesa redonda.

En ese momento entendió que la única chica allí presente había reprobado a propósito sólo para tener atención particular del rubio; ya que tenía una buena fluidez y parecía enterarse de todo lo que el profesor decía. El resto junto con él de verdad eran un asco en inglés.

Si no quiero seguir soportando sus extra clase debo ponerme al día y así dejara de fastidiarme la existencia -Tatsuhisa no había sido el primer profesor en obligarle a tomar clases extras, pero si era el primero en tomárselo tan personalmente, como si fuera una guerra que se negaba a perder.

Como bien pudo gesticuló una oración simple y precisa. Y aunque no era lo que esperaba el rubio, era mejor que nada.

Esto ha sido todo por hoy. Así que pueden retirarse -expresó con cordialidad el profesor-. Disfruten su fin de semana, chicos.

¡¿Quién va a disfrutar el fin de semana con esas treinta hojas de ejercicios que dejó?! -se limitó a apretar el bonche de hojas entre sus manos.

—¿Ves? Si te lo propones puedes hacerlo mejor -para cuando Daiki salió de su momento de maldiciones e injurias hacia el blondo, ya sólo estaban ellos dos en el salón.

—Nadie tendrá un buen fin de semana con todo esto -habló intentando no sonar demasiado hostil por si el rubio resultaba un soplón y le acusaba de mal comportamiento.

—Solamente así estarán al día en un mes...-ya había limpiado el pizarrón e incluso su portafolio descansaba al lado del escritorio, listo para ser tomado-. Además, tu compañera parecía feliz.

—Eso es porque claramente está detrás tuyo -no es como si en su escuela hubieran chicas interesadas en los profesores, principalmente porque eran viejos y nada atractivos, pero al menos esperaba una reacción de su parte. Al final nada.

—No me lo parece así -se cruzó de brazos y suspiró-. Pero de igual manera no es como si fuera a cortejar a una chica de su edad.

—¡Pues es lo que parece! -exclamó-. Más bien parece que estás seduciendo a todas las mujeres que hay aquí.

—Las mujeres confunden muchas veces la amabilidad con el flirteo -denotó firmemente, sin su sonrisilla-. No es mi culpa que piensen otra cosa.

—Pues hágaselos saber. Son muy irritantes mientras creen que es algo como un gigoló...-ya había guardado sus cosas y ahora se disponía a irse.

—¿Gigoló? -esbozó un gesto parecido a una sonrisa-. Eso ha sido más sorpresivo que lo anterior -tomó su portafolio y abandonó el salón en compañía del moreno.

—¿Tatsuhisa-sensei, cree que podría echarnos una mano?

—¿Qué es lo que pasa, Shinomiya-san? -interrogó a la castaña-.

—Pues verá, necesitamos ayuda para mover algunas cosas del viejo Club de Teatro a la sala de Usos Múltiples -agregó una segunda profesora, una de cabello largo y negro-.

—Ya veo, Ono-san. Con gusto les ayudaré. Sólo dejen que lleve esto a la sala de maestros.

Aomine no le creía un bledo con respecto a que no buscaba seducir a cualquier chica que se cruzara en su camino. No podía hacerlo cuando estaba viéndolo en acción a pocos metros de él.

Ese aire de buen sujeto, esa sonrisa barata que por alguna razón les fascinaba a esas mujeres y ese tono amable, era lo único que Tatsuhisa Kai requería para que todas lo vieran con aprobación. Y claro, también le valía ser apuesto y joven.

—¿Aomine-kun, ya que estás libre, podrías ayudarle a Tatsuhisa-sensei? -no había escapado a tiempo y ahora la pelinegra quería ponerlo de cargador.

No sólo iba a llegar tarde a su susodicha práctica a solas, sino también debía acompañar al ilustre maestro para ayudarle el mundo de cosas que seguramente debían de mover.

Simplemente suspiró y continuó. Entre más rápido lo hiciera era mejor.

—Parece que no han limpiado en mucho tiempo –agregaba el rubio, tapándose la nariz. En cuanto abrió el susodicho edificio en el que permanecían las cosas a mover una gran cortina de polvo se alzó.

—Eso es porque el Club de Teatro está en otro lado y no han terminado de trasladar todo –comentaba el moreno. Con lo que odiaba que los maestros lo usaran de arriero.

—Pues en verdad que son perezosos –estipuló con desgano-. Pues a hacerlo…

—¡Oye, ¿pero qué demonios estás haciendo?! –criticó en cuanto vio que el joven se había desprendido no sólo de su saco y corbata, sino también de su camisa formal, quedándose únicamente en la playera que llevaba abajo.

—Estas cosas están empolvadas y seguramente, mohosas. Así que es mejor de este modo.

Aomine no era ingenuo ni por asomo y tal vez estaba arriesgándose a concluir que esas dos maestras pusieron al blondo a trabajar, sabiendo de antemano lo que él haría en cuanto contemplara el estado de las cajas a trasladar. Pero estaba seguro de que tenían otras intenciones tras todo ello.

Sus celestes y profundos ojos analizaron casi de inmediato el físico expuesto por el rubio. Percatándose de que estaba claro que continuaba practicando basquetbol ocasionalmente así como que manejaba cierto régimen de ejercicio. No sólo sus brazos estaban bien trabajados, sino también sus bíceps y tríceps.

Podría lucir ligeramente esbelto pero tenía musculatura suficiente para que las mujeres lo miraran con buenos ojos.

¡Sean más discretas, maldita sea! –exclamó en la protección de sus pensamientos en cuanto logró visualizar a aquel par de maestras que se paseaban por los alrededores, fingiendo que sólo iban por allí por casualidad.

—¿No piensas ayudarme? Deja de mirar lascivamente a tus maestras –comentaba casual Tatsuhisa. Y antes de que el peli azul repelara, ya le había puesto un par de pesadas cajas encima.

—¡Son ellas las que te ve de esa manera, no yo! –aclaraba con una venita exaltada.

—Solamente date prisa y lleva todo eso a donde esas dos maestras han pedido –Daiki torció el entrecejo, pero sus ánimos se calmaron en cuanto vio que el rubio también llevaba un buen bulto de cosas.

—Maldito mandón –masculló con un tono apuradamente audible.

—Te voy a descontar décimas por cada insulto a tu profesor. Respétame, crío fastidioso –soltó con un humor mordaz.

—Si esas mujeres supieran cómo eres, no estarían así de locas por ti.

—Hmm…¿Así que insinúas que sabes cómo soy en verdad? –era un timbre desafiante el que escapó de sus labios, al mismo tiempo que denotaba interés por la conclusión a la que le moreno había llegado-. Te sorprendería que hay cosas que no estarían dentro de tu serie de premisas.

—Oh, él es el nuevo maestro del que todos hablan, ¿no?

—Sí, sí, pero sé más discreta.

—Es mucho más apuesto de lo que me dijiste –porque para cuando iban llegando al salón de audiovisuales todavía se podían apreciar algunas alumnas, terminando de guardar las cosas de sus clubs y claramente, apreciando las maravillosas cosas que la vida les ofrecía.

—¿Ves? –apenas llevaba una semana en la escuela y ya había escuchado a prácticamente todas idolatrando al apuesto rubio.

—No es mi culpa haber nacido con este rostro –estipuló muy dignamente, sonriendo angelicalmente.

—Olvidaste lo modesto –rechinaba el otro los dientes ante el narcisismo del hombre.

—Mira, ya llegamos.

—¡Deja de cambiarme el tema!

No tenía caso contar los viajes de ida y vuelta que fueron necesarios para traspasar todo de un lugar a otro. Lo único claro es que ya había atardecido por completo y que ambos estaban igual o más sucios que los materiales que habían movido.

—Bonita manera de terminar mi viernes –suspiraba el moreno, tumbado sobre el piso y estampando su espalda contra la pared del gimnasio en el que practicaba a solas.

—Podría ser peor. Podrías tener muchos deberes que realizar y que seguramente deberías empezarlos desde hoy para tenerlos a tiempo –el rubio le hacía compañía por el simple hecho de que le había comprado una bebida al pobre alumno al que arrastraron esas maestras sólo porque se les dio la gana.

—¡Los tengo gracias a ti! –objetó con enorme malhumor, apretando la pobre lata vacía que tenía en manos.

—De todos modos se nota que no sales a divertirte ni a socializar, por lo que dudo que te afecte –era cínico a no más poder. Pero lo que más le podía al moreno era la mala leche con lo que le hacía semejante comentario.

—Pues tú tampoco parece de los que se divierten mucho –mencionó socarrón, con esa sonrisa de oreja a oreja, clavándole su linda mirada encima.

—Todos tenemos conceptos diferentes de diversión –señaló, cruzándose de brazos-. Yo por ejemplo frecuento alguna buena cafetería y leo un poco. En ocasiones el cine también funciona.

—Suenas como un viejo empedernido que hace lo mismo que mis padres los fines de semana –se burló ampliamente en su linda cara.

—Entonces, ¿qué es lo que tú haces? –curioseó altivamente.

—Salgo a jugar –bueno, no es como si el blondo esperara otro tipo de respuesta.

—Parece que sólo tienes en la cabeza el basquetbol -¿eso era un intento de risa fallido?¿Estaba burlándose de su efímero itinerario de fines de semana?-. Creía que hacías cosas más interesantes…y menos predecibles.

—¡No eres quién para juzgarme!

—Bueno, con tu reputación, creía que al menos tendrías una novia con quien entretenerte los fines de semana –le observó, apreciando su semblante de sorpresa y al mismo tiempo, interrogándose sobre cuál de todos los maestros habría ido con el chisme-. A tu edad debe ser normal.

—Está empezando a tocarme las narices.

—Tampoco es para que te culpe. Algunas profesoras son atractivas y tienen buenos atributos –comentó con normalidad, como si fuera un tema que no merecía demasiada conmoción.

—Hasta que te escucho decir algo decente.

—Pero no son mi tipo, así que no importa –Daiki no sabía si clasificarlo como alguien excéntrico, extraño o jodidamente pretencioso que nada le complacía.

—Umm…Entonces tus anteriores parejas debieron haber sido verdaderas bellezas…-arqueó su ceja derecha con incredulidad total.

—No realmente –había sacado su teléfono móvil, uno de gran pantalla y totalmente touch-. Pero tengo a mi favorita –porque estaba claro que iba a mostrársela.

Aceptaba que no tenía la copa que él tanto amaba, pero tenía buen cuerpo, un rostro agradable y que estaba a su altura. Incluso su larga cabellera era de un tono más fuerte de rubio.

Claramente se notaba por qué razón era su favorita. El resto parecían muy ordinarias a su lado.

—Estoy seguro de que si se lograran conocer se llevarían bien –dictaminaba Kai, guardando su aparato de comunicación.

—Lo dudo.

—Tienen la misma edad que tú –esa simple confesión logró que se le atorara la saliva a Daiki, complicándole la tarea de no ahogarse.

—¡Eres un jodido asaltacunas!

—Cumplirá 18 a finales del año…

—¡Ese no es el punto!

—Te preocupas por cosas sin importancia, Aomine-kun –sonrió a medias-. Pero en fin, ¿no tienes que practicar?

—Me largaré a casa. Ya es tarde y estoy todo mugriento por TU culpa, así que paso este día.

—Eres demasiado delicado –sermoneaba felizmente-. Andando, te llevaré a casa como pago por haberme ayudado en contra de tu voluntad.

No habrían de demorar más de quince minutos en llegar hasta el domicilio del moreno, por lo que pronto la puerta del jeep se abrió, permitiéndole el chico acercarse al enrejado que conducía hacia su morada. Aunque para la extrañeza de ambos, los padres del peli azul se encontraban de salida.

Los padres saludaron cordialmente al rubio en cuanto lo notaron, razón por la que tuvo que descender y devolverles el gesto adecuadamente.

—No seas descortés e invítale una bebida –regañaba la madre a su primogénito.

—Ya que te ha traído hasta aquí es lo mínimo que puedes hacer –secundaba el padre. Estaba claro que era el más severo de los dos.

—No, de verdad no es necesario. Su hijo me ayudó moviendo inmobiliario del Club de Teatro y le agradecía trayéndole a casa.

Sin importar cuánto intentó desistir a esos padres, todo fue inútil. Para cuando se percató ya estaba adentro de la casa, esperando a que el moreno le trajera una bebida a regañadientes.

—Gracias –esbozó burlonamente el rubio en cuanto le trajeron esa bebida carbonatada envuelta en una toalla de papel-. Tus padres son algo…difíciles de manejar –si no tomaba asiento en la sala era porque estaba con las ropas sucias.

—¿Por qué no sigues practicando basquetbol? –vaya cambio radical de tema. Él por su lado optó por beber agua simple bien fría.

—No puedo jugarlo por mucho tiempo o mi brazo derecho me mata, literalmente –mencionó con seriedad, palpando con su mano izquierda desde su antebrazo opuesto hasta su codo-. Una vieja lesión de preparatoria de la que no me recuperé por completo.

—Pues vaya desperdicio entonces –mofó.

—En definitiva lo es, pero no hay nada que pueda hacer al respecto –estipuló, mirándole fijamente.

Posiblemente era efecto del cansancio acumulado, el estrés del inglés, que no pudo practicar este día o que sus padres le obligaran a ser servicial con ese maestro que tanto le irritaba, pero estaba completamente seguro de que esos celestes ojos le miraban con enorme interés.

Tragó saliva instintivamente en cuanto sus oscuros ojos husmearon más allá de su mirada. ¿Por qué tendría que estar apreciando con detalle la curvada línea que habían adquirido sus labios?¿Qué diferencia existía entre esa sonrisa y las que usaba con el resto de la gente que no podía ver a través de su piel de cordero?

Sacudió mentalmente la idea. Era estúpido que estuviera tan observador y más con un hombre. Él era heterosexual después de todo y no podía estar experimentando esa clase de sensaciones desagradables y nada atractivas para su persona.

—¿Sucede algo? –cuestionó, jugueteando la lata con su mano derecha-. Pareces algo extrañado.

—En lo absoluto –respondió rápidamente, evadiendo su miradilla-. Joder, ¿por qué debo estar mirando cosas como ésas?

—Gracias por la bebida –expresó, tomando dirección hacia la cocina para depositar la lata en el bote de basura. Aunque fue interceptado por Aomine.

—Yo lo hago –extendió su mano, indicándole que le cediera la lata.

—No, deja que me encargue. No soy un inútil –soltó ciertamente ofendido.

—Sólo dámela y ya –pedía con cero amabilidad, torciéndole el ceño.

—Eres muy obstinado –sonrió tenuemente, poniendo la lata sobre la mano del chico.

—Ahora, suéltala –porque el condenado rubio no daba su brazo a torcer y estaba sujetando la lata desde la parte superior mientras él la alaba desde abajo.

—Pídemelo en inglés –maldito cabrón que estaba fastidiándole hasta en su propia casa con algo tan simple. Aunque lo peor es que no quería ceder y estaba luchando fieramente por el dominio del metálico.

—You're such a dumbass –quizás no haya pronunciado adecuadamente cada palabra, pero el significado era claro y conciso para Tatsuhisa; y esto sólo hizo que esa sonrisa torcida adornara los labios del blondo, junto con esa mirada cargada de cierto malhumor.

—No sé si sentirme feliz de que estés usando el inglés o cabreado por tu claro insulto hacia mi persona –apretó con mayor fuerza la lata, no iba a dejársela, incluso si eso significaba que la distancia entre ambos estuviera cerrándose ante una competencia tan intrascendental.

—No vas a ganar, Tatsuhisa.

—Eso está por verse, Aomine-kun –el que ambos fueran competitivos a ese nivel no era bueno, mucho menos si consideraban que lo que tenían entre manos era esa frágil lata que le restaba nada para ser completamente aplastada por el ímpetu de esos dos hombres.

No es que Aomine Daiki no tuviera fuerza, sino más bien que el blondo parecía tener esa misma energía bruta que él, dificultándole el deseo de ganar y restregarle en su cara que era mejor que él.

Incluso ahora las puntas de sus zapatos chocaban las unas con las otras mientras que sus miradas solamente se intensificaban conforme el tiempo transcurría y ninguno de los dos cedía ante el capricho del otro.

Maldita competitividad y sus consecuencias.

—Ríndete, Aomine-kun. No tienes oportunidad contra mí –allí estaba esa sonrisa, irritándole y causándole que lo que menos quisiera fuera cederle la jodida lata.

—De ninguna manera. Vas a perder –sentenció con ese tono hosco y reduciendo aún más la distancia entre ambos por su férrea intención de adueñarse por completo de lo que quedaba de la lata.

Había soltado aquella deformada lata sin objeción alguna, por inercia, como si toda la fuerza y persistencia se le hubieran escapado abruptamente de todo su ser. Como si la movilidad de sus extremidades superiores hubiera sido cortada de llena.

Su cabeza no procesaba ni un solo pensamiento lógico o que le pudieran responder lo que en su mundo exterior estaba acaeciendo. Tampoco tenía nada que decir, ya que ni siquiera sabía cómo reaccionar. Había sido tomado por sorpresa en más de un sentido.

Esas oscuras y celestes pupilas se dilataron hasta donde su capacidad se lo permitía. Vibraban y al mismo tiempo sólo tenían una cosa enfocada, una que no dejaban de apreciar aunque fuera lo menos que deseaba.

Húmedos. Era así como sentía sus labios en ese instante. Unos que se negaban a permanecer estáticos y dejarse dominar sin importar bajo qué circunstancias se encontraran.

Cálido. Así era como sentía su respiración sobre cada poro de su rostro. Era algo así como un cosquilleo innecesario pero gratificante.

¿Por qué había optado por bajar con una lentitud cardiaca sus párpados y olvidarse por completo de la vista que estaba a una distancia milimétrica?¿Qué estaba orillándole a hacer algo que nunca concibió, ni siquiera como una vil broma?¿Por qué se apilaban los cuestionamientos inútilmente mientras cedía ante algo que ni siquiera podía definir o aceptar plenamente?

Lo que había empezado siendo pasivo y lento se tornó vehemente y de lo más movido. Dentro de aquella cavidad bocal se estaba desatando una guerra sin cuartel, una odisea que lo único que buscaba era un dominante, un ganador.

Podía sentir su socarrona sonrisa bajo la presión de sus labios, enfadándole. Podía experimentar aquellos dígitos sobre su mejilla derecha, imponiéndose con suavidad y manteniendo la nula distancia entre ambas partes. El blondo por su lado debía tolerar el duro amague que el moreno ejercía sobre aquella mano curiosa que había ido explotar piel ajena.

Jamás una disputa terminó de esa manera.