¡Muy buenas tardes a todas pequeñas mías! Lamento la tardanza en la actualización, pero he tenido un día ajetreado y bueno, ya saben, el tiempo vuelva. Pero aquí les traigo la actualización de la semana y espero que la disfruten mucho XD Eso sí, no es apto para cardíacos ni gente persinada, así que lean bajo su propio riesgo lol Y también aviso que cambiaré el raking de esta historia, por obvias razones O3O Sólo para que no se cuestionen después de por qué no les sale cuando la buscan.

Agradecimientos especiales a Apollymi Drakari y a SaM-nya por poner mi historia a favoritos; os lo agradezco enormemente y espero que sea de su agrado el capítulo de esta semana.

¡Sin más, tengan un lindo miércoles –o lo que queda de éste! Besos y abrazos :D ¡Y nos leemos la siguiente semana!

Capítulo 8

Sin regreso

Tras un par de horas de tendida charla, la chica se despidió al fin del moreno, dejándole con esa extraña sensación de tranquilidad y satisfacción personal. Por raro que pareciere, le había caído bastante bien hablar con aquella desconocida. Quizás en parte porque le escucho sin siquiera recriminarle por lo que había hecho o dicho; parecía que estaba más que acostumbrada a escuchar conversaciones de ese tipo.

Y aunque deseaba jugar aunque fuera un poco, notó que ya se le estaba haciendo tarde para reunirse con cierta chica, por lo que simplemente apresuró el paso.

Ese parque infantil le traía buenos recuerdos. Especialmente porque solía cenar sus deliciosas hamburguesas en compañía de un Tetsu obstinado por ascender a los titulares.

Sonrió de manera inherente.

—Aomine-kun, buenas tardes –la voz de Rei cortó la secuencia de episodios de su pasado de secundaria.

—Necesito hablar contigo –aclaró su garganta y enfocó su atención en la joven. Ella parecía estar deseando esa pregunta trascendental y él podía imaginárselo sin problema alguno-. No podemos seguir con esto, ¿entiendes? Lo que pasó el lunes, si bien fue agradable…no fue más que eso –esa clara mirada mostraba una decepción infinita y dolorosa. Mal momento para recordar las advertencias de Kai-. Lo que quiero decir es que…

—Sólo fui tu diversión…¿verdad? –se escuchaba peligrosamente calmada. Pero era imposible ocultar su reclamo.

—En primer momento fuiste tú la que me invitó y sugirió todo –le hizo ver su pequeña falta, haciendo que ella torciera el entrecejo-. Así que prácticamente la culpa no fue toda mía, sino de los dos.

—Pero creía que después de eso las cosas podrían ir por otro rumbo…En toda la semana platicamos mucho y nos llevamos de maravilla –argumentó.

—Sí, lo sé… Pero no te veo de esa misma manera –le indicó seriamente, sin despegar su atención en ella.

—¿Hay…alguien más? –por un mero acto reflejo Aomine se exaltó tenuemente ante la sola insinuación. Él sabía que existía una razón indeseable para su comportamiento arisco hacia las mujeres-. ¿De quién se trata?

—Eso es lo que menos importa ahora, ¿entiendes? Solamente deseo que dejemos las cosas como están.

Quedaba más que claro que esa chica estaba colérica y a punto de romper en el llanto. Su pequeño cuerpo temblaba de la frustración y coraje del que era víctima. Sencillamente no podía estar más allí, perdiendo el tiempo y humillándose ante un hombre como él.

Lo último que supo Daiki es que ese bolso debía contener piedras como para que le doliera tanto aquel golpe directo a su abdomen.

—…El estúpido tenía razón…-por algo sabe más el diablo por viejo que por diablo.

El problema no era que fuera domingo y le hubieran obligado a levantarse antes de que las diez de la mañana llegaran tras ese incesante retoque de timbre. Lo que realmente le causaba estupor al propietario de ese bonito departamento era la persona con la que se topó tras abrir la puerta.

Toda la somnolencia se le fue de las manos y sólo parpadeó un poco confuso por semejante visita inesperada.

—¿No te da vergüenza dormir en esos ridículas bermudas? –señaló vilmente apreciando el estampado de fresas que resaltaba en el fondo azul claro de su prenda.

—Sirven para lo mismo al igual que el resto –bostezó, revolviendo su ya caótica cabellera-. En verano duermo sin ropa, por si quieres venir a visitarme –soltó con picardía y claras intenciones de fastidiarle el humor al moreno.

—Bastardo –sólo porque no tenía nada que tirarle a la cara. Bueno, su móvil, pero era importante para él.

—Ya que has venido de tan lejos, ¿quieres pasar? –invitó. Aunque Aomine ya estaba más adentro que afuera.

—¿Por qué demonios no te pones una camisa encima? –y es que el blondo andaba por allí mostrando su espléndidamente bien trabajado abdomen como si no causara problemas a nadie.

—Toda la semana he usado suéteres de cuello alto porque alguien se emocionó mordiéndome el cuello y dejándome esos chupetones –argumentó con humor tras cerrar la puerta-. Soy libre de vestir como quiera estando en mi casa.

—Estúpido exhibicionista.

—¿Ya que estás aquí, quieres desayunar? Prepararé algo en poco tiempo.

—…Umm… Suena bien –agregó sin mucho interés. Si bien había desayunado algo ligero, nuevamente le dio hambre y nunca estaba mal la comida gratis.

Bueno, Aomine ya sabía que el hombre tenía buen sazón. Lo que le tomó por sorpresa es que parecía conocer varios platillos; algunos de ellos totalmente desconocidos para él y que sin embargo se veían y olían deliciosamente bien.

Sobre su plato se encontraban servidas numerosas crepas gruesas, crujientes por fuera pero suaves por dentro. Acompañadas de crema agria y frutas del bosque.

—¿Qué son? –las había probado y le sabían exquisitas.

—Se llaman oladi. Son una especie de crepas –mencionó ya dispuesto a comer.

—Te gusta la comida exótica.

—Tengo algunos amigos extranjeros que me han enseñado lo mejor de su gastronomía –habló casual mientras comía un par de moras.

—Presuntuoso.

A ninguno de los dos le incomodaba el silencio que se formó en cuanto se pusieron a llenar sus estómagos. De hecho, era una sensación placentera que disfrutaban de manera discreta y que agradecían sin siquiera mencionarlo.

Aunque eso significaba también que sus mentes estaban trabajando más que cuando sus bocas se encargaban de expresar lo que deseaban.

Admitiré que no fue tan mala idea venir hasta aquí. Al menos hubo comida gratis –Aomine al fin y al cabo era bastante troglodita y se le llegaba bien desde el estómago.

No supo en qué momento sus oscuras pupilas se deslizaron desde sus crepas hasta la pulcra y descubierta piel del blondo. Tampoco estaba seguro qué tenía de interesante esas remarcadas clavículas o la manera particular en que recargaba sus codos sobre la mesa y cada uno de sus músculos se tensaba tenuemente para llevar a cabo el simple acto de comer.

Todavía podían apreciarse las exiguas marcas que le hizo hace más de una semana atrás, decorándole escandalosamente el cuello. También se percataba que esa fachada descuidada y fresca le sentaba muy bien, intentara negárselo mil veces.

Pero el mayor de sus errores fue indudablemente el enfocar su atención en sus labios. El sólo verlos le hizo salivar de más y ansiar tomarlos allí mismo. Quizás, sólo quizás, esa boca podría hacer algo más que simplemente besarlo endemoniadamente bien.

—¿Quieres más? –Kai cortó sus pensamientos con esa pregunta. La cual iba acorde, ya que el plato de Aomine estaba totalmente vacío.

—No, ya estoy lleno –lo que él deseaba claramente no eran esa especie de panqueques.

—Y dime, ¿has arreglado las cosas con esa chica? –hizo su plato a un lado, entrelazando sus dedos de manera casi espontánea. Toda su atención estaba en él.

—Reaccionó mejor de lo que esperaba.

—Mientras no sea demasiada resentida, todo saldrá bien –si lo sabía él.

—Ayer me topé con esa chica…La que dijiste que era tu ex novia y que en realidad...resultó ser tu hermana menor…

—Lo sé, me lo contó todo después de que terminaron de hablar –estipuló sonriente-. Te dije que la gente siempre malinterpretaba todo.

—¿Por qué dijiste que era tu novia en primer lugar?

—Por ninguna razón en particular –confesó.

—Hueles a un mentiroso por excelencia –su sonrisa se deslizó lenta pero constante sobre sus labios. Incluso se cruzó de brazos, mirándolo fijamente-. ¿Y tú ya no eres acosado por esa mujer?

—Digamos que las cosas cambiaron y ahora me tiene en su lista de odiados. Probablemente si me ve cruzando la calle y lleva su coche, no dudaría en echarme el carro encima –su humor negro era sencillamente hilarante.

—Se nota que eres un cabrón de primeras a segundas.

—Mira quién lo dice –sus cejas se arquearon con comicidad-. Pero cambiando de tema, ¿qué quieres hacer? –más que la respuesta ansiaba contemplar la reacción facial del moreno. Sorprendiéndole de hallárselo patidifuso por unos breves segundos.

—¿Jugar un one-on-one? –sugirió en tono de broma. Kai por su lado sólo se limitó a sonreírle con aprobación absoluta.

El blondo se puso de pie, dirigiéndose indudablemente hacia el puesto del moreno con unas obvias intenciones de apropiarse de sus labios. Sin embargo, Aomine había anticipado eso y en esta ocasión no quería ser el sumiso que se encargara de que él llevara el ritmo.

Eso era cuestión de honor. Así que Tatsuhisa tendría que tolerar su naciente ímpetu de dominio.

Kai chasqueó la lengua en cuanto su espalda chocó abruptamente contra el frío pavimento de la pared. Después de todo no tenía prenda superior alguna; aunque poco interesaba ahora que tenía esas calientes manos deslizándose desde su cintura hasta sus pectorales, delineado digito por digito cada facción de su abdomen, subiendo su temperatura corporal con la velocidad en que esos labios optaban una vez más por marcarle como su innegable propiedad.

—Te dije que no volvieras a hacer eso, Daiki –espetó con notorio cabreo. Si continuaba así otra vez debería usar esas ridículas prendas.

—Es tu culpa por tener una piel tan blanca…y fácil de mancillar –Tatsuhisa podía sentir su sonrisa sobre el perímetro de su cuello; estaba disfrutando el molestarle con algo como eso.

—Guarda silencio, estudiante indisciplinado… Debo enseñarte un poco de cosas antes de que siquiera quieras tener el control de todo.

No era el hambre con la que se posesionó de sus labios o el agarre que tenía sobre su cabeza sólo para mantenerlo fijo e incapaz de realizar otro movimiento lo que estaba haciéndole la sangre hervir de pies a cabeza, sino más bien lo que su mano libre se encontraba haciendo sin titubeo alguno.

Mordió con fuerza su labio inferior en el preciso instante en que sintió que estaban demasiado cerca el uno del otro, en el momento en que sus centros se rozaron peligrosamente, desembocando en una corriente eléctrica que le hacía estremecerse.

El blondo les había pegado tanto como les era posible, sólo rodeándole de la cintura y cerrando el de por sí ya ridículo espacio que les separaba. Y lo único que el moreno pudo hacer ante su osadía fue llevar sus manos por debajo de la gruesa tela de sus bermudas, empujando aún más al rubio contra su caliente cuerpo.

Debían apartarse si deseaban recuperar el aliento y continuar demostrándose mutuamente lo buenos que eran en el arte de besar y dejar sin aliento al otro. Pero era una tarea que les resultaba demasiado difícil de llevar a cabo, especialmente porque la fricción continua que sus cuerpos vivían entre cada arranque de besos y autocontrol los llevaba lentamente y sin vuelta de retorno hacia algo parecido a un placer que sólo se volvía más enceguecedor entre más tiempo transcurriera.

Pronto su pantalón estaba resultándole una total molestia. Le sofocaba innecesariamente; aunque a la vez le proporcionaba un deleite inconmensurable cuando su hombría acariciaba tan violentamente la del blondo, resultándole imposible sofocar aquellos gemidos de complacencia absoluta.

En cuanto los labios del moreno lograron escaparse en aquel instante en que recuperaban un poco de aire, decidió dejarse controlar completamente por sus impulsos y esa lujuria que ese hombre le despertaba tras reaccionar de aquella manera a sus atenciones.

Besó aquellas clavículas y descendió lentamente, casi como si quisiera hacer que el blondo le gritara por ser más rápido y atrevido.

Le mordió sin delicadeza alguna, sólo para degustar meticulosamente el sabor de ese rosáceo pezón mientras su mano izquierda se encargaba de atender el otro que no había gozado de la suerte suficiente para sentir la calidez y humedad de su boca alrededor suyo.

Su bien entrenada lengua provocaba un cosquilleo delirantemente celestial mientras probaba sin pena alguna el maravillosamente ejercitado abdomen del blondo. Logrando estremecerle inconscientemente y volviendo las cosas aún más tensas bajo su llamativa prenda.

La curiosidad e intrepidez del moreno no tenían paragón. Kai lo supo en el instante en que sintió toda esa humedad de un solo golpe, obligándole a emitir esos vocablos casi escandalosos que eran lo más próximo a gemidos de placer y excitación.

¿Cómo podía hacer algo como eso y mirarle tan sensualmente?¿Qué placer podría encontrar en morder suavemente esa zona que ya estaba ardiendo y gritando por cumplir con la única función que allí importaba?

La manera en que esa gruesa lengua delineaba todo su miembro le provocaba unas ganas descontroladas de tumbarlo contra el piso y empezar a complacerse de una manera menos dócil y que le permitiera mostrarle cómo le estaba haciendo sentir en ese preciso momento.

Sus manos se aferraron contra la pared, sujetándose fielmente para no caer de rodillas ante los espasmos que le golpeaban cada vez que ese hombre usaba su habilidosa boca para engullir su masculinidad y darle una de las mejores felaciones que alguna vez alguien se haya molestado en ofrecerle.

Sabía que sí él continuaba así iba a darle la mayor de las satisfacciones e inflarle el ego como pocas veces en la vida.

—¿Quién está enseñándole a quién? –preguntó sumamente excitado, con esa mirada intensa, deleitándose del semblante del rubio. Estaba con un apenas perceptible sonrojo en las mejillas pero sus labios estaban entreabiertos, deseosos; y podía palpar que no le quedaba demasiado para tocar ese paradisiaco éxtasis.

—N-No lo haces nada mal… Empiezo a creer que no soy el primer hombre con el que tienes algo que ver…-mentalizar otro tipo de escenas y pensamientos era lo que le quedaba hacer si no deseaba correrse con el jugueteo del moreno.

Aomine debía de acostumbrarse a que las situaciones entre ese hombre y él nunca permanecerían fijas por demasiado tiempo. No cuando conocía lo autoritario que era y lo mucho que odiaba perder; era como él después de todo.

El gélido piso le recibió gustoso mientras esas pupilas celestes le miraban detenidamente, examinando con cuidado sus reacciones. Aunque poco importaba eso después de escuchar que su cinturón había sido hábilmente desabrochado y que el siguiente sonido replicante dentro de su oído fuera el de su cremallera cediendo sin objeción alguna.

Intentó invertir las posiciones inútilmente. El rubio tenía más fuerza de lo que esperaba y el que estuviera tan excitado contribuía enormemente a que se impusiera ante él quisiera o no.

—Mereces un castigo por querer fanfarronear frente a tu maestro, Daiki –su voz resopló en su oído derecho antes de que capturara sus labios contra todos sus deseos. Incluso sus manos intentaban alzarle y quitárselo de encima-. Quédate quieto un poco –sus manos aprisionaron sin dificultad alguna las muñecas del peli azul, alejándoles lo suficiente como para que no fueran más un problema.

Los ojos del moreno se abrieron de un solo golpe, y de su garganta escapó algo demasiado parecido a una exclamación de dolor y desconcierto.

El rubio además de rápido e ingenioso, había logrado lo que ansiaba desde el instante en que sus cuerpos estuvieron demasiado próximos. Y esa hazaña había implantado una sonrisa satisfactoria en sus bonitos labios.

Pero lo peor no había pasado aún. Todavía debía soportar lo que estaba a punto de venir y para lo que nadie en esa vida lo había preparado.

Exclamó tantas maldiciones como le fue factible articular y arqueó su espalda en un acto meramente reflejo que buscaba inútilmente librarle del punzante y creciente dolor que estaba martilleándole cada fibra sensitiva de su cuerpo.

Era insufrible, algo que nunca creyó posible experimentar. Pero no podía ser de otro modo, no cuando alguien había decidido penetrarle tan lentamente, ignorando el hecho de que el tamaño realmente importaba.

—¡Idiota, sácalo inmediatamente de mí! –gruñó el moreno, sintiendo pausadamente las suaves estocadas con las que ese hombre le embestía.

—…No voy a hacerlo… No cuando se siente tan bien…-le susurró tan pausadamente que el moreno casi enloquece intentando escuchar todo su comentario.

Sus brazos se tensaron, así como el resto de su cuerpo. Estaba luchando por resistirse tanto al dolor que le hacía vivir como al lento pero persistente deleite que le provocaba conforme incrementaba su ritmo y su intensidad.

Otra vez su respiración empezó a alterarse mientras nuevamente perdía el sentido de la lógica y el tiempo. Lo único de lo que estaba consciente es que había atrapado los labios de ese hombre y los mordía por intervalos, cuando lo sentía tan punzante y magníficamente dentro de sus entrañas, taladrándole y haciéndole entender que se había perdido de tan incomparable forma de placer carnal.

No era el único que se encontraba gimiendo de éxtasis. No era el único que estaba empapado de sudor. No era el único que clamaba por más. No era el único que estaba alcanzando peligrosamente el orgasmo.

Toda incomodidad se había ido, ahora solamente podía experimentar lo bien que ese hombre se movía y rogarle con la mirada que no cesara hasta que lograra complacerle totalmente, sin cohibiciones ni limitaciones.

Les fue imposible resistirse por más tiempo. El clímax simplemente fue alcanzado por ambos, casi simultáneamente.

—Alguien no podrá sentarse el día de mañana –el blondo deseaba admirar detenidamente los frutos de su trabajo y al mismo tiempo sentir ese cosquilleo que sólo le embargaba cuando lo miraba tan deseoso por continuar.

—Si serás cabrón… La próxima vez seré yo quien te la meta –bufó. Aunque el contemplar el rostro tenuemente corrompido por esa pegajosa y blancuzca sustancia le llenaba de enorme regocijo; había dejado algo como así como su marca personal impregnada en él.

—Aún no tienes mi permiso para hacer algo como eso –denunció con humor, soltándole y poniéndose de pie sin darle demasiada importancia al estado en que sus bermudas habían terminado. El cabrón ni siquiera se había quedado sin ropas y a él sólo le había bajado los boxers.

—No necesito tu jodido permiso. Lo haré quieras o no –sonrió provocativamente. Kai sabía que iba a buscar el modo de ponerlo abajo quisiera o no.

—Pues lamentablemente dudo que sea este día –se burló-. Al menos durante una hora ese amigo tuyo no va a responder como quieres –comentó, comiéndole con la mirada.

—Te sorprendería lo errado que puedes estar –él conocía mejor que nadie cómo reaccionaban ciertas partes de su cuerpo y podía apostar que sin demasiado esfuerzo estaría listo para el siguiente round.

—Eres algo ninfómana –esa sola insinuación parecía complacerlo, y Aomine lo notó de inmediato. Y ese simple gesto ya estaba poniéndole activamente receptivo.

—Pareces ser de tan buen apetito como yo –comunicó, poniéndose de pie. Ahora su ropa estaba empapada de la esencia del rubio.

—Tomemos una ducha y continuemos esta interesante plática después de ello –sugirió. Aomine sólo vio una clara oportunidad de vengarse y ponerlo a él bajo su merced.

Y si bien sus planes iban como viento en popa, aquella manera tan maniática de tocar el timbre hizo que el mundo de ideas que asolaban a ambos hombres se volcara de lleno. ¿Pero quién estaba tocando tan impulsivamente, queriendo arruinar el momento?

—Ignóralo –fue la respuesta sabia de Kai.

—¡Hermano idiota, más te vale que abras en este momento o tiraré la puerta en este preciso instante!

Las pupilas de ambos hombres vibraron ante esa voz tan familiar. Se miraron y se lamentaron tener tan mala suerte, justo cuando todo marchaba tan maravillosamente bien. Y si bien iban a ignorarla y pasar olímpicamente de su existencia, en cuanto se percataron del crujir de la puerta, lo pensaron mejor.

—¿Por qué demonios demoraste tanto en abrirme, eh? –recriminaba la castaña, casi asesinando al rubio con la mirada-. ¿Y por qué demonios traes esa toalla alrededor?

—Estaba teniendo sexo salvaje hasta que llegaste hermanita. Ni modo que saliera a recibirte sin nada puesto –comentó con una naturalidad que daba miedo.

—Estás mintiendo –refutó. Es que ya le había hecho una broma como ésa en el pasado.

—Claro que no. Esta vez es cierto... ¿Así que puedes darte prisa e irte? Quisiera continuar en lo que me quedé.

—¿Has abusado de ese niño, verdad?

—¿Niño? Va a cumplir la mayoría de edad este año.

—¡Ese no es el punto!

—De niño no tiene nada –se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa descarada-. No puedo quejarme de sus medidas.

—¡Kai Tatsuhisa, saca a ese niño de tu departamento ahora mismo!

Tras calmarse un poco las aguas, la mujer accedió al departamento, escuchando indudablemente el sonido de la regadera a toda presión y que la sala misma era un verdadero caos; los muebles estaban fuera de sitio.

Claramente se la habían pasado bastante bien hasta que llegó.

—Deduciré que es Aomine-kun el que está bañándose en este momento.

—Justamente –decía al tiempo que ingresaba a su cuarto. Necesitaba un pans o lo que fuere. Para cuando salió totalmente integro fue directo al refrigerador a tomar un poco de fresca leche.

—Y bueno, ya conseguiste lo que querías, así que imagino que lo dejarás en paz –objetó. Ella permanecía en medio de la sala, de pie.

—A saber.

—¡Kai!

Un cuarto de hora transcurrió antes de que los implicados estuvieran reunidos en una misma habitación.

Ambos muchachos se encontraban sentados en el sillón con al menos un metro de separación por petición de la chica. El moreno estaba con un cambio completo de ropa, secándose el pelo.

Claramente estaban mosqueados por la interrupción.

—Me sorprendo por la manera tan irresponsable y libertina en la que estás viviendo actualmente, Tatsuhisa Kai –regañaba la castaña a su querido hermanito.

—No estamos haciendo nada ilegal –agregaba el rubio, recargándose sobre el brazo del inmueble.

—Te aclaro que lo que estás haciendo es ilegal. Aomine-kun es menor de edad –señaló.

—Él no se queja, entonces no hay problema –volvió a hablar el blondo.

Justo tenía que suceder ahora…-porque el rostro del moreno era de aburrición total.

—¿Y entonces? –se le veía impaciente, parada frente a ellos, agitando la punta de su zapato contra el suelo.

—Pues espero a que te vayas y me dejes seguir con lo mío –mencionaba Kai muy descaradamente.

—¡A eso no me refería, hermano idiota! –le gritó cariñosamente-. Hablaba de ustedes dos. ¿Qué van a hacer? Haciendo a un lado que le sacas casi cinco años, está ese detalle de que es tu alumno –ciertamente había tocado el tema correcto.

—Seremos cuidadosos –dijo sólo para callar las insistencias de su hermana.

—Saben que si esto se hace público lo menos que pasará será que te despidan, Kai.

—Ya lo sé… -agregó con un tono áspero-. No soy estúpido y él tampoco.

—No es como si fuera a contárselo a todo mundo –habló por primera vez el moreno.

—Confiaré en ustedes dos –miró a cada uno, suspirando lánguidamente-. Y por esa razón pasaremos los tres un domingo de calidad –les sonrió resplandeciente, como un diamante. Ellos, ellos sólo querían que se largara de allí en ese justo momento.