Comenzaré con los agradecimientos de siempre, y pues ya sé que había dicho que no tenía tiempo. No obstante, necesitaba un descanso de la edición de vídeo de un corto para taller de cine, y como me salvé de hacer examen de gramática española, entonces vi que tenía algo de tiempo libre para poder escribir un capítulo de este fanfic. Espero que sea de su agrado, y pues igual lo hice algo rápido. Perdón por las faltas de ortografía presentadas, y que tengan un buen inicio de noviembre.

Capítulo 5: Sincretismo de avatares.

Sé que tiene mucho tiempo desde que dejé de escribirte, aunque en cada uno de mis pensamientos antes de ir a dormir estás, tal como lo están mi madre, mi padre y mi hermano. Sokka tiene cerca de unos meses desde que ya partió, y es probable que pronto se encuentren para volver a hacer un montón de bromas. Mientras escribo esto, trato de recordar cuándo fue la última vez que te escribí, y ahora que lo recuerdo fue cuando la pequeña Korra nació.

Han pasado cuatro años aproximadamente; Sokka partió, y ha sido una pérdida dolorosa, aunque me pidió que fuera fuerte, tal como lo hice con mi madre. Le prometí que estaría bien, pese a que me sigue doliendo su partida. La casa ha estado muy sola desde su ausencia, y he estado tratando de acostumbrarme a la idea de que la mayoría de mis amigos ya han muerto.

Realmente el pretexto para escribir era Sokka. Sin embargo, también debo informarte lo que sucedió hace dos días, lo que en realidad ha sido la causa de mi mudanza al refugio que la Orden de Loto blanco comenzó a construir en las afueras de la tribu agua.

Justo después de que Sokka muriera, uno de los enviados de la Orden de Loto pasó por este lugar, dándome las condolencias por ello, además de preguntarme si entre mis estudiantes existía un prodigioso maestro agua. Les comenté que algunos no eran mis alumnos, pero que aún así debían serlo. Llevaban buscando al nuevo avatar varios meses, y en ese entonces la Orden se encontraba buscando al nuevo avatar en el polo norte. No había rastro de él aún, pero esperaban que pronto saliera a la luz tu reencarnación.

Esa noche me dirigí a casa de Tonraq y Senna para cenar, tal como lo hacemos una vez por semana. Llevé algunos fideos, los cuales parecen ser su comida favorita, y la comida de la pequeña Korra. Resultó ser una prodigiosa maestra agua, incluso podría decir que tiene potencial para ser más poderosa que sus padres, aunque su problema es que parece ser una niña demasiado rebelde; toda la noche estuvimos hablando sobre Sokka, el entrenamiento de Korra, y cómo les hubiera gustado darle un hermanito a Korra, y recordé que tiempo después de que ella nació, fueron con unos doctores especialistas a Ciudad República, los cuales les dijeron que no podrían tener más hijos.

Mientras nosotros conversábamos, Korra jugaba con algunos de sus juguetes, cuando de repente uno de ellos se descompuso; seguimos conversando durante un largo rato, mas después la pequeña se enojó tanto por no poder reparar su juguete que de sus palmas emanó fuego. ¡Fuego! ¿Cómo era que podía salir fuego de las palmas de una maestra agua? Tanto sus padres como yo nos quedamos atónitos. Tonraq miró a Senna, en tanto aquél miraba a ésta. No sabían la explicación de aquello, e incluso Tonraq le lanzó una mirada de desdén a su esposa.

-¿Qué pasó, pequeña? – me acerqué a ella.

-Mi peluche de perro-oso polar se ha roto – respondió, casi a punto de llorar de rabia.

-Dime ¿Puedes volver a hacer eso nuevamente?

-¿Romperlo?

-No… lo que hiciste con el fuego.

-¿esto?

Korra juntó sus manitas para sacar de ellas una pequeña flama; brillante, viva y tan inocente como ella misma.

-¿Puedes levantar esta roca? – le pregunté, en tanto tomaba una de las rocas con las cuales jugaba la niña. No detuvo el fuego en sus manos, y con la derecha levantó la piedrecilla que en mi mano se encontraba. Al ver esto, le pedí que me diera su muñeco de perro-oso polar, y le pedí a una absorta Senna un poco de hilo y aguja.

El sueño le ganó a Korra, y dejé el juguete en su regazo en cuanto acabé de zurcirlo, seguido de una manta. La miré dormir, y en su dormir pude ver al pequeño niño de doce años que encontré en el iceberg, que no sabía lo que le deparaba a partir de ese momento.

-Entonces… - comentó Tonraq, quien abrazaba a su esposa.

-Entonces, me parece que nadie más en el mundo puede dominar los elementos, por más pequeñas muestras que tenga en frente – respondí -. Tonraq…no pienses mal de tu esposa, porque te aseguro que ella te ama mucho, y tener una hija contigo era una de las cosas que más quería de alguien como tú, muchacho. Ustedes dos tienen una hija excepcional, y un tanto rebelde; me recuerda mucho a mí misma cuando era joven. A veces no logramos medir nuestro actuar y nuestros sentimientos hacia lo que amamos. Korra es una niña poderosa, y lo supe desde el día en que nació.

-¿Lo sabía? ¿Cómo? – dijo Senna, algo acelerada.

-Porque no todos tenemos el privilegio de conocer a dos avatares en una sola vida. Algunos no sabemos de principio que el avatar está ante nosotros, pero cuando encontré a Aang en el témpano de hielo hace años, sabía que en su ser existía mucha sabiduría, y algo completamente excepcional, mas yo no sabía que ese niño tatuado podría ser la esperanza del mundo, y mi propia esperanza. Cuando Korra nació, ella hizo exactamente lo que Aang; darle una chispa a mi mundo, y dejar de caerme en cualquier momento en que no creía poder salir adelante.

-¿Usted piensa que ella es el avatar?

-No lo pienso; lo sé.

Volteamos a ver a la dormilona pequeña, yendo tal vez entre sueños a verte, o a conocer mundos diferentes al nuestro. No lo sabíamos, pero a sus padres no les cabía en la cabeza cómo es que una niña tan frágil, juguetona y rebelde podría ser el avatar, y más porque su actitud no parecía ser la de un sabio avatar:

-para llegar a ser sabio y espiritual, debes ser estúpido y mundano – finalicé.

Dejé la casa de Tonraq y Senna, deseándoles buena suerte, y pidiéndoles que llamaran a la Orden de Loto Blanco en cuanto pudieran.

Era tarde cuando me fui de allí, y al recordar tristemente que no había alguien esperándome en casa, viré hacia la ladera que, si más no recuerdo, te comenté que era uno de mis lugares favoritos en toda la Tribu Agua. El desasosiego de los pingüinos no era algo sorprendente, ya que yo me sentía igual o peor que los pobres.

Me senté, y al poco rato se me acercó un pingüino.

-Debes estar preocupado. Pronto llegará la hora de las luces – susurré, acariciando su cabeza enseguida.

No dijimos nada, ni nos miramos por un momento que al menos a mí me pareció eterno. Esperábamos sin esperar algo en realidad, salvo la aurora boreal que se presentó a los pocos minutos.

-Si pudieras ver la magia de estas formas – pensé, y tal vez lo hice tan ruidosamente que, el pingüino comenzó a aletear y a hacer ruido cuando terminé la frase en mi mente.

Durante cuatro años había venido a esta ladera, y nunca me había sucedido esto. ¿Qué era lo que había pasado? No lo sé, pero sé que estarás feliz de saber que has reencarnado en una pequeña niña, que si bien es bastante diferente a ti, algo me dice que será un excelente avatar, y no decepcionará al mundo. En cuanto la Orden de Loto venga a atestiguar el caso de Korra, Tenzin sabrá la noticia, y cuando eso suceda, tal vez él esté por aquí. Tiene mucho desde que no lo veo, y aunque lo niega, yo sé muy bien que te extraña. También Kya y Bumi, aunque Bumi parezca un tanto loco, terco e incluso un hombre no serio, muy en lo profundo necesita de su padre. Kya me ha escrito algunas cartas, y Tenzin sabe que no tiene sentido estar en Ciudad República sin ti, y es por ello que nos hemos distanciado y hemos mantenido cierta discreción. Han sido cuatro años, y es como si tu voz aquí siguiera, y seguirá.

Creo entender lo que sucedió con el pingüino, y con las luces en el cielo, pese a que aún no me queda tan claro qué es lo que viene ahora que Korra es tu reencarnación.

¿Qué estás tratando de decirme con todo esto, cariño?

Katara.