1921


III

Thomas


El sonido de un tren lejano, la fugaz visión de una locomotora tricolor que salía de la neblina y pasaba de él, ignorándolo por completo. La sensación de que no importaba ya que él sabía habría otro y a ese le seguiría uno más antes de que dejaran de trasladar a los cientos de muchachos que, como él, quedaron varados en Francia.

Siempre comenzaba así. Sobre todo cuando escuchaba el tren salir de la estación de Euston* en Camden Town. En ocasiones y durante mucho tiempo, el último descargo - a las tres de la mañana- solía colarse en sus sueños y devolverlo a Francia, al invierno, al bombardeo. Más claramente a Amiens*, cuando él y su grupo se aprestaban a combatir en el Somme. Esa vez no hubieron trenes tricolores, solo una larga y agotadora caminata en medio del barro y el frío hasta encontrar el campamento de sus compatriotas. Un sargento más joven que él había quedado al mando cuando el teniente sucumbiera a las fiebres, era un muchacho valiente y algo estúpido en su opinión. Pero su opinión, siendo un simple soldado, no importaba.

"Idiotas"

A veces creía que ahí comenzó todo. Francia no habría sido lo mismo sin todo lo que ocurrió después. Pero cuando era honesto consigo mismo sabía que ahí es donde Alfred Somolons había sido enterrado y abandonado.

Sentado en su despacho a la luz de su lámpara, el tren que salía e Euston, con cuatro vagones cargados de pan lo inundó de los recuerdos que llevaron al más joven de los hijos de Ivan Solomons a Francia. No le gustaba caer en ese tipo de melancolía, cuando Anya estaba a su lado podía dejarlo pasar, ella sabía como aliviarlo. Ahora que se encontraba a solas, los recuerdos solo le estorbaban. Principalmente porque le afectaban, principalmente por que a Lady Sybil Crawley se le había ocurrido aparecer en ese preciso momento. Y él, incapaz de controlarse, se había evidenciado ante el maldito gitano. Tenía que controlarse y no dejar, por nada del mundo, que el hijo de puta de Thomas Shelby pudiera manipularlo con ello.

"Ya lo ha hecho estúpido judío ¿No recuerdas? 50 hombres y mil libras, 50 hombres y mil libras"

"Mucho menos de lo que pagaron por ti."

"Maldita seas, Sybil"

No le había visto desde ese día hace un par de semanas atrás, tampoco se involucró directamente en la ofensiva que los gitanos mantenían con Sabini, aunque si conocía los detalles entregados por sus hombres. Estaban con Shelby pero siempre le pertenecerían. Y afortunadamente ninguno de ellos había caído en aquella mísera guerra.

"Si Shelby fuera la mitad de listo le volaría la cabeza a Sabini, tal como lo hizo con Billy Kimber"

Pero él ya había hecho bastante al cederle parte de sus muchachos.

Ollie golpeó su puerta interrumpiendo sus ideas y Alfie le hizo un gesto para que entrara.

— ¿Café Alfie? — este asintió y el muchacho dio un par de pasos hasta él para servirle en una taza de porcelana azul con dibujos de animales por un lado y una pareja disfrutando el atardecer por el otro. Esta somnoliento y no escondió el bostezo cuando se acercó.

— A Silvia no le gusta que uses esta vajilla — Ollie se encogió de hombros. Silvia era su hermana.

— A Silvia no le gusta esta vajilla, dice que deberíamos deshacernos de ella. La cuida porque cree que Anya la observa — Alfie asintió.

— Tenía esa costumbre, bueno si le molesta nos lo hará saber ¿cierto cariño? — terminó preguntando al aire, él y Ollie se quedaron mirando a ver si es que alguna luz se encendía, o si algún papel se movía. Nada ocurrió — debe estar durmiendo — aseguró Alfie sacando una botella de ron y mezclando una pequeña cantidad con su café.

Le ofreció a Ollie y este se acercó extendiendo su taza para servirse.

— ¿Por que aún estás despierto? — le preguntó. A lo que Ollie negó.

— Estaba durmiendo, fue Silvia quién vio tu luz y me dijo que viniera — la buena Silvia. A veces pensaba que sería una excelente idea casarse con ella; ambos viudos, de edades similares, sin intención de tener hijos y, lo más práctico, era que ella entendía sobre su negocio. Algo que la pobre Anya jamás pudo conciliar con su vida de casados. Sabía que Ollie estaría feliz de ello, de hecho muchos lo estarían, hasta el rabino Goren -quién particularmente no aprobaba su estilo de vida- seria capaz de felicitarlo al rehacer su vida con una buena mujer judía.

Y de inmediato sus pensamientos lo llevaron a Sybil Crawley, la chica más británica que había conocido, la que bebía el té a las cuatro y era serena y cortes sin importar lo molesta o enojada que estuviera. No tardó en notar que a pesar de estar invocando a su fallecida esposa Anya y formando un futuro imaginario con Silvia había buscado evitarla, dejar de pensar en ella. Pero, desde que la viera era algo que le resultaba poco menos que imposible.

Cuando el tren sonaba y se despertaba a solas, lo agradecía. Cada noche desde ese día Sybil Crawley se había colado, al menos una vez, en sus sueños. Y era eso lo que le mantenía despierto hasta que amanecía, con la clara intención de soñar lo menos posible. Tenía que sacársela de la cabeza.

Aun recordaba como es que ese lunes, ella había desfilado frente a él ignorándolo por completo. Alfie había creído que su capacidad para obviar su presencia se debía a su madurez, al hecho de ser un hombre viudo. El cual, en algún momento había decidido continuar con su vida a sabiendas de que ella haría lo mismo. Solo que no contaba con que su cabeza le traicionara de una manera tan falaz. Que desde ese día se la mostrara a cada instante, mezclando los recuerdos de su cabeza con su presente y cambiando completamente el significado del tren que salia de Euston todos los días a cada hora.

Entonces la guerra volvía a fraguarse en su cabeza, los pasos que había dado y los chicos a los que había matado, sus hermanos muertos y compañeros asesinados. Todos y cada uno de ellos volvían a la vida cuando el pitido del tren anunciaba su partida.

Esos días habían sido agotadores, principalmente porque no quería ceder al influjo de aquellos recuerdos. Ya la había visto, sabia que estaba bien y mientras otra guerra se desarrollaba allá afuera, él prefería resguardarse ante la mínima posibilidad de que algunos de ellos creyera que podía involucrarlo más de lo que ya estaba. Así que Shelby ya tenía sus hombres y por fortuna no había fastidiado con nada más.

— ¿Ha habido algún avance sobre lo de Sabini?

— Con una mierda — contestó molesto y dejando sus papeles sobre el escritorio. Él, que tenía toda la intención de dejar de lado todo lo que involucrara a Shelby, Sabini y lady Sybil — no lo sé, Ollie — contestó sin mirarlo.

El muchacho solo asintió.

"Creo que es muy dulce que quiera protegerme"

Resonó en su cabeza, y a falta de una mejor catarsis para obviar aquél recuerdo. Lo centró en su silente asistente.

— ¿Te vas a quedar toda la puta noche ahí? — Ollie se le quedó mirando entre dolido y extrañado. Alfie sabía que su inestabilidad era reconocida y temida, pero también tenía muy en cuenta que desde que la viera esta se había vuelto aún más impredecible. Él que no tenía problemas con compartir con sus socios, se había tornado de la nada muy solitario y ya en un par de ocasiones dos de sus hombres de confianza le habían preguntado porque se mostraba tan pensativo. Él los aplacó indicando que le fastidiaba la guerra que se mantenía ahí afuera. Pero aquello solo sirvió para que le preguntaran el porque le había cedido hombres a Shelby, solo que en esa ocasión nadie volvió a cuestionarlo cuando harto les contestó que era su puto problema.

Después escuchó los rumores, y supo que no era solo su puto problema. Si no de todo su grupo. Él solo era líder debido a la lealtad de sus hombres, si los comenzaba a excluir de las desiciones como esa, se cuestionaría su capacidad como jefe. Eso sin mencionar el motivo por el cual Shelby había podido chantajearlo, aquello sin duda pondría en duda su fuerza. Esa que el hijo de puta de Thomas Shelby había franqueado, no solo esta vez.

La imagen de Sybil desfilando frente a él volvió a traicionarle.

"Lucía feliz ¿cierto?"

De nuevo ella... si Shelby no la tuviera en su poder. Era cuando la rabia arreciaba. Sus manos cogieron un tablón y los ojos inyectados de terror de aquél muchacho italiano se centraron fijamente en él. Suspiró. No tenía sentido alguno volver con todo ello.

Ollie, finalmente le hizo caso y sin decir nada más se levantó y retiró, no sin antes despedirse. Alfie volvió a sus documentos. Quizás con un poco más de suerte podría dejar de pensar en ella y en como se conocieron.

El tren volvió a pitar, lo que le pareció extraño considerando que ya había salido el de las tres y no debería haber más movimiento en Euston hasta, al menos, unas cuatro horas más cuando llegara el cargamento de las siete de la mañana.

Pero parecían ser las siete e incluso más tarde. Ya había luz; el cielo era de un gris claro y estaba frío. El sonido del tren se alejaba, de pronto los delantales blancos comenzaron a aparecer junto a las sombras grises, eran soldados como él.

Se adentró en una tienda. Ahí no hacía frío pero estaba oscuro, llevaba una lámpara de aceite como las que su madre tenía en Rusia y se vio a si mismo con una extensa corte bajando desde el lobulo de su oreja por la mejilla hasta casi el menton. Era un chiquillo, era el hijo del temido Ivan Solomons, pero un chiquillo al fin y al cabo.

Vio a ese chiquillo tocarse el rostro para saber las consecuencias de aquella herida.

Y él, que miraba todo recordó. Recordó el lodo, la trinchera, como es que ambos rodaron por ella para caer al agua ennegrecida mientras él trataba de despertar su aturdido cuerpo, mientras ella le pedía por favor que no se fuera, que recuperara sus fuerzas. Y el dolor, también recordó todo el dolor.

El chiquillo estaba sentado sobre una camilla de campaña en plena oscuridad y estaba molesto, estaba furioso.

"Soldado..."

Y aquello pareció aplacar toda su molestia. Entonces Alfie supo que ella también estaba en la habitación y lo que parecía un sueño, se estaba convirtiendo en un recuerdo. Porque su cabeza se lo aseguró, ambos habían estado en esa tienda.

"Me parece muy dulce que quiera protegerme"

"No te estoy protegiendo, me estoy protegiendo a mi"

Sybil se le había quedado mirando con una sonrisa incredula y llena de ternura. Siempre tenía ese gesto cuando la contradecía y eso lo sacaba de quicio, era como si se burlara de él. Como si evidenciara que no le creía, que sabía que él mentía.

"En mi mundo, el saber mentir te puede salvar la vida"

"Entonces debe ser la guerra la que le volvió honesto"

Y de nuevo el pitido del tren, cuando Alfie se incorporó tenía la boca seca y la barba mojada. El cansacio se lo había llevado con el, al mismo nivel en que la inconsiencia se apoderaba de los borrachos en las calles. Otra cosa por la cual sentirse fastidiado, muy fastidiado, no podía, no debía comportarse así exponiéndose a la debilidad o el cansancio.

"Maldita seas Sybil"

Era de día y era su oficina, no fue el tren quién le despertó esa vez sino el sonido de las puertas y las pisadas de sus hombres. Eran ellos quienes estaban comenzando el día. Y era hora de que él dejara de ser aquel crío que llegó y murió en la guerra. Debía, era su deber, como el jefe, comportarse como hombre.


― Usted debe ser el señor Thomas Shelby ― y de inmediato entendió porque la enfermera Crawley había deslumbrado a John a Esme y conseguido que Arthur se calmara.

Había algo indefinible en su forma de hablar y en su rostro que, de la nada, lo hacía sentirse… bien. Como si alguien, por primera vez en años, le trataran con cuidado, como una persona importante para alguien más. Y lo primero que se le vino a la cabeza con ello fue su madre. No tanto por como él la recordara, sino por como le habría gustado que fuera.

― ¿Cómo lo supo? ― preguntó, ya que recordaba perfectamente que jamás había tratado con ella.

― Katie tiene su nariz ― contestó la enfermera con seguridad y eso le descolocó.

Sinceramente, no sabía si es que su sobrina se parecía a él. De hecho, no lo sabía porque jamás había puesto atención a ninguno de sus sobrinos. Y algo le dijo que a él no le gustaría que fueran así con el hijo que Grace esperaba de él.

¿Habría sido así con Arthur? ¿Lo habría descolocado de esa manera?

Se la imaginó resistiendo el huracán que provocaba la ira de su hermano mayor, en aquellas habitaciones oscuras y húmedas que rentaba y como es que con aquél tono calmo y tranquilo más esos grandes ojos azules podía captar la atención de cualquier hombre.

― Katie tiene mi nariz… ― repitió, preguntándose qué características tendría su hijo, aunque si se parecía a Grace, estaba seguro, sería hermoso.

― Y los ojos de su padre.

― ¿Lo ha visto en el hospital? – Sybil asintió.

― La semana pasada fue con Esme y los niños por la neumonía de Jack. Nos llevaron leche y huevos frescos ― Thomas tampoco supo de eso, que uno de los pequeños tuviera neumonía.

De pronto la sorpresa se presentó en el rostro de la muchacha, el cual en silencio se transformó hasta que su boca se convirtió en una discreta o.

"John dijo que era linda"

― Lamento mis modales, por favor pase ― le dijo como si hubiera cometido la peor de las ofensas ― le ofrezco una taza de té o café si es que prefiere.

Thomas, que había almorzado muy temprano, se tentó ante la idea de aceptar. Y el olor a tarta le obligó a dar dos pasos dentro del apartamento.

Fue bienvenido por una habitación solitaria y amplia. Él sabía que había comprado el edificio más nunca lo había visitado y solo a instancias de Ada dejó que se rentara a una familia por departamento, lo convenció cuando aludió a que si deseaba hacer respetable su negocio tendría que actuar respetablemente.

Según sus averiguaciones, Sybil Crawley tenía un buen sueldo y era responsable con sus pagos. Las madres de los niños que atendía la adoraban y más de un doctor había tratado de conquistarla. Sin embargo, ella parecía inmutable ante la idea de dejarse impresionar.

Thomas lo entendía. Los oficios no impresionaban a la nobleza, lo consideraban algo de bajo rango. Lo que planteaba un sinfín de preguntas sobre ella y el porque se encontraba ahí.

Sybil se acercó a él extendiendo sus manos.

― Su chaqueta por favor, señor Shelby – se extrañó aún más. Era cierto que su trato hacia la nobleza británica era mínima pero durante la guerra en las ocasiones en que tuvo que tratar con algún chiquillo capitán hijo de algún Lord, con suerte le habían dirigido alguna mirada. Para ellos, él no existía.

Y la enfermera Crawley tenía en su trato una forma en la cual le había hecho sentirse aceptado y valorado de inmediato.

"Así es como los embelesa"

De todas maneras, guardaría el recuerdo; una duquesa, aún la tercera hija, había cogido su chaqueta tal cual lo hacian los mayordomos o valet´s con sus señores.

Con ese movimiento Thomas dejó su arma expuesta. Y notó cuando Sybil la vio, aunque actuó como si no importara. La muchacha dejó la chaqueta en un perchero y lo invitó a sentarse.

― ¿Puedo fumar? ― se sintió ridículo al preguntarlo. Era su edificio y jamás se tomaba aquella molestia con nadie.

― Por supuesto señor Shelby, este es su edificio.

― Ah, pero es su apartamento – contestó sacando un cigarrillo. De todas maneras Sybil se acercó a su ventanal y lo abrió lo suficiente para dejar que una corriente fresca ventilara el lugar.

Y algo extraño ocurrió en ese momento que lo dejó completamente en blanco; quiso agradarle. No lo entendía pero por alguna razón quería caerle bien. Incluso considerando el motivo por el cual había decidido visitarla. Además, era como si todo conspirara para ello, el aire, la luz... esa luz que le parecía excesiva pero que se sentía tan tibia y cálida. La imagen de su madre volvió a su cabeza y la recordó meciendo a John, ambos se esfumaron en medio de la tranquilidad de aquella habitación.

Él que había conocido todo tipo de lugares, desde los tugurios en las carboneras de Birmingham, la casa de Polly, Shelby House, la hacienda de May, el pequeño cuarto de Grace. Y solo en los brazos de esta última había sentido algo parecido a la paz. Solo que, fuera de eso, en aquél lugar sentía como es que la luz... esa luz, supuestamente molesta, realmente iluminaba.

Imagino que así se sentían los murcielagos fuera de su cueva. Perdidos y fuera de lugar.

Miró a la muchacha y esta solicita le sirvió una taza de té y un trozo de pastel. Era de frambuesa y la salsa, más rosa que carmín, bajaba con lentitud hacia el plato de la misma forma en que la sangre se movía por el suelo, cuando los cuerpos caían.

Era tan contradictorio pensar en ello, estando en semejante lugar y compañía.

― ¿En qué le puedo servir Señor Shelby?

"Abraceme, aunque sea una vez..."

― Hace un par de semanas mi hermano Arthur me habló de usted y como es que había comprado la deuda de George Callum ― Sybil asintió en silencio.

― Espero no haber ocasionado muchos problemas con ello, pero Teresa Callum necesitaba calma para su bebe ― Thomas asintió cuando se dio cuenta de que no tenía cenicero alguno cerca.

Sin decir nada Sybil sacó el platillo que sostenía su taza y con calma se lo extendió, Thomas dejó ahí la ceniza y volvió la vista a ella.

― De hecho, lo hizo ¿Sabe usted lo que somos? ― preguntó directo mirándole fijamente. Thomas sabía que podía sentise muy bien en semejante lugar y con semejante compañía, pero no se engañaba él era un Peaky Blinder. Era la rata en medio de las flores y las roería hasta la raíz porque era su naturaleza.

Por un segundo pareció que la enfermera había perdido el aliento. Aún asi Sybil no desvió la mirada y silenciosamente asintió.

― Quizás no le han explicado cómo debe de actuar frente a nosotros ― la muchacha boqueó y él se estiró apoyando su espalda en el respaldo de la silla.

― No sabía que existían reglas para ello ― Thomas ladeó la cabeza sintiéndose algo culpable. Ella no había cometido ningún crimen ni ofensa directa contra ellos, pero era cierto que en ese tipo de situaciones no podía permitir que terceros interfirieran.

La enfermera Crawley había tenido la suerte de que tanto John como Esme la conocían y la gitana parecía completamente enamorada de ella. Todo, sin mencionar la cuantiosa fortuna que había dejado a Arthur para evitar que Callum perdiera más que las piernas.

― George Callum está en prisión ahora ― dijo, sacándole un gesto de pesar a la muchacha ― atacó a un policía cerca en Snow Hill, en un caso como ese lo mejor habría sido que Arthur si le arrancara las piernas.

― ¿Sabe cuánto tiempo estará detenido?

― Un par de años, este ataque no es el único antecedente que Callum tiene en su contra.

― Pobre Teresa ― dijo por lo bajo ― ¿Se sabe algo del padre del bebe? ― Thomas negó. Quizás no debería decirle que Callum trabaja a su hermana desde que le habían salido tetas, y que de todos esos años era la primera vez que la chica quedaba embarazada.

― De todas maneras, señorita Crawley, quisiera advertirle sobre volver a interferir en nuestros asuntos.

La muchacha le miró por varios segundos, directo al rostro como si buscara algo más solo que no sabía que.

― Teresa me dijo que usted le había dado dinero para tratar a su pequeño con un médico particular ― Thomas asintió mientras daba otra calada a su cigarrillo para luego expulsar el humo, la chica siquiera pestañeó ante ello.

― Médico que usted recomendó, no sé qué tiene que ver una cosa con la otra.

― Muchas de las madres que veo le temen a usted y a sus hombres, la señora Hancox dice que por usted a su muchacho le cortaron el cuello en prisión. Y que su hermano Arthur mató a otro chico a golpes.

De nuevo se sentía descolocado. Recordó a Harold el vaquero, no había sido un niño pero como si lo fuera. Todos ellos, chicos con toda la vida por delante, la que para él pareció terminar en aquél túnel en Francia, la que había recuperado siglos después de la mano de Grace.

"De seguro siquiera habían follado..."

Sin embargo, entendía el punto de la muchacha.

― ¿Le parece una contradicción? ― preguntó dando el primer bocado a aquél pastel de sangre.

"Delicioso"

― Una muy grande, señor Shelby.

― Usted también lo es ¿no le parece extraño? ― Sybil sonrió, nuevamente, sin dejar de mirarle. Y Thomas vio en ella el primer gesto que le pareció calculado y frío.

Era solo una señal, un pequeño atisbo. Y no pudo evitar recordar a Grace cantando para él, cuando dijo que le rompería el corazón. Solía ocurrir y siempre que involucraba a chicas honestas, nada bueno salía de ello. Cuando ese mundo de tranquilidad y rutina se rompía para obligarlas a rozar la oscuridad, el mundo en el cual él se movía.

A veces eran muchachas de familia que se embarazaban y al no poder deshacerse de la verguenza que representaba un hijo bastardo, eran abandonadas por los suyos. Otras pasaban de la abundancia a la pobreza y solo les quedaba un camino: venderse. Y estaban las que como la enfermera Crawley, habían sobrevivido a la guerra tan o más dañadas que él.

― Debo asumir que sabe quién soy ― dijo, Thomas fijó la vista en su improvisado cenicero, era loza blanca, limpia y barata.

― Entenderá que no es común ver el tipo de joyas que usted le entregó a Arthur en un lugar como este. Menos para salvar a Callum ― Sybil asintió mientras cogía su taza de té.

― Ese fue mi error, no sabía que Arthur era su hermano, había escuchado de usted pero no lo asocie. Creí que quedaría solo en eso.

― Creer eso también fue su error ― Sybil dejó su taza en la mesa.

― ¿Hay algo más que me quiera advertir señor Shelby? ― preguntó, sin dejar de lado el tono cortes pero con un leve deje de molestia que para él no significó absolutamente nada. Negó.

― Supongo que ahora tendrá más cuidado ― declaró, comiendo otro trozo del pastel.

― Ahora trataré de evitarlos a usted y a sus hermanos. Aunque… ― Thomas alzó las cejas, no esperaba una condición. La idea era ser diplomático, si algo le ocurría a la hija de un conde en su territorio Thomas sabía que sería muy difícil el tratar de controlar semejante situación.

― Puede hablar con total libertad señorita Crawley ― Sybil suspiró.

― Si veo violencia no podré quedarme de manos cruzadas.

― Entonces tendrá que atenerse a las consecuencias de ello ― Sybil sonrió, de nuevo con el mismo gesto con el cual Grace le advirtió sobre su corazón.

― Me parece justo ― para Thomas no, las consecuencias de que en algún descuido algo pudiera ocurrirle serían desastrosas para su grupo.

― Creo que no lo entiende ― dijo, logrando que la muchacha cortara su gesto ― si algo le llega a ocurrir a usted, considerando quién es y aun cuando quiera ocultarlo, nada evitara que Lord Grantham aparezca acá con toda su influencia a enturbiar nuestras aguas.

― ¿No le parece que sus aguas ya están demasiado turbias? ― preguntó la muchacha.

"Si, una chica demasiado honesta"

― Así son las cosas en este lugar.

― Para su conveniencia Señor Shelby ― Thomas rio, una sola vez.

― Usted es libre de irse si así lo desea. Las puertas de Birmingham son amplias.

― Me gusta mi trabajo acá, señor ― replicó seria.

― Mi cuñada esta fascinada con usted ― interrumpió de pronto. Lo que provoco que Sybil volviera a sonreír, esta vez llena de nostalgia ― pero no dudara en decirle que se largue si es que así yo lo decido ― sin cambiar su gesto ella agregó:

― Siempre que hablaba de usted, Esme me decía que era un héroe de guerra, al igual que sus hermanos, supongo que todos ocultamos aquello que nos avergüenza.

― ¿Está tratando de decirme algo? ― preguntó mientras tragaba.

― Si ― respondió de inmediato ― que usted no se esconde para cometer crímenes, pero si le averguenza haber luchado por el rey y la patria ― la muchacha relajo su gesto y tono para continuar ― es solo otra contradicción ― Thomas bebió un poco de té para pasar el pastel y cogió su cigarrillo a medio terminar, dio una calada y expulso el humo.

― Por supuesto que me oculto para "cometer crímenes" o de otra forma tendría a toda la maldita policia sobre mí ― mintió.

― Por lo que sé, la polícia no hace nada si usted no lo autoriza.

― A las madres de esos chicos no les agrado, pero no debería creer todo lo que le dicen.

― No es por eso, es por la vehemencia de su cuñada. Supongo que era su forma de decirme que algo bueno había en usted. Debe ser díficil ser una mujer en la familia Shelby.

― No sea ingenua enfermera Crawley, ¿cree que soy un criminal porque mato en Birmingham pero no porque lo hice en Francia? ― volvió a darle otra calada a su cigarro y lo apago sobre el fondo blanco de aquella loza barata ― Acá o allá... la muerte es lo mismo. Usted estuvo ahí― la señaló ― usted debería saberlo. No soy bueno, jamás lo he sido. Maté para sobrevivir en la guerra y acá es lo mismo.

― No, no es lo mismo. El mundo no está en guerra. El chico al cual su hermano mató, el hijo de la señora Hancox no estaba en las trincheras, no tenían porque morir.

Thomas se quedó observándola, y ella hizo lo mismo. Había algo indescifrable en ella... y él no podía entender que. Guardaron silencio por un par de minutos hasta que decidió romperlo.

― No me ha dicho lo que le avergüenza a usted ― Sybil desvió la mirada hacia el ventanal en un gesto casual.

― Creí que lo sabría.

― Solo he averiguado cosas de usted señorita Crawley, no la conozco ― de nuevo, sin mirarle asintio en lo que le pareció una bandera de paz.

― Creí que habíamos establecido que ocultamos lo que nos averguenza ― finalizó, esta vez mirándole.

― Y ¿usted se averguenza de su procedencia? ― Sybil asintió, esta vez con todo el cuerpo. Como si estuviera balanceándose sobre la silla.

Y, de nuevo, Thomas se sintió desarmado.

Que lo admitiera con aquella tranquilidad no dejaba de impresionarle. Es como si él nuevamente ocultara su adicción al opio y que dormía con prostitutas, algo que solo él sabía, algo que no le interesaba ventilar porque claramente se avergonzaba de ello.

Notó entonces que, a pesar de todo si le había importado lo que el resto pensara o dijera de él. Incluso cuando actuaba como si toda esa mierda no fuera verdad.

"Es por que ahora soy un líder… es por ello que no debo tener vicios o debilidades"

Y Grace y May, y su hijo volvieron a su mente.

Pero, así como el olor de aquella tarta le hizo entrar en aquél luminoso departamento, y el hambre lo obligara a adentrarse y servirse un pedazo, su cabeza le conminó a continuar. A diferencia de él, incluso lo que le avergonzaba no generaba rechazo en los valores de la enfermera Crawley. ¿Cuál era la vergüenza de ser un noble? ¿Por qué se había sentido así?

― ¿Es por ello que fue a la guerra? ― Sybil dirigió su mirada hacia el ventanal abierto y asintió.

Afuera se escuchaban a las mujeres y a los niños y a los autos y a los pájaros, todos los sonidos primaverales que existían. Pero estaban afuera, ahí dentro solo había espacio para su respiración y sus palabras, nada más.

― Estaba enamorada ― contestó cansada. Thomas no dijo nada y volvió a comer de la tarta, se sentía ácida.

― ¿Dónde murió? ― preguntó.

― En el Somme.

Quizás lo había conocido.

― ¿Cómo se llamaba?

― Tom ― y él levanto la vista hacia ella ― solo Tom, Tom Branson.

Thomas dio otro sorbo a su té, mientras que Sybil le imitaba. Ambos habían desviado sus miradas, como si no soportaran la presencia del otro. Y ya, claramente, no había nada más que discutir.

Cuando se reitró la retuvo en la entrada.

― Se equivoca usted señorita Crawley, acá si hay una guerra y es igual de egoísta a la que enfrentamos entonces ― consiguió que ella no le respondiera. Pero aquél mísero triunfo lo dejó con gusto a nada.

Mientras dejaba atrás el edificio en Austen se sentía con cierta liviandad en sus miembros, algo que le tranquilizó como cuando era un muchacho no muy diferente a Harold Hancox. Era... era como si la guerra no hubiera pasado. Ese era el efecto que Sybil Crawley dejaba en los hermanos Shelby.

Esa tarde cuando llegó con Grace la sorprendió al abrazarla y declararle con toda sinceridad cuanto la amaba, esa noche poso su mano sobre el vientre de su mujer que dormía. Sintiéndose feliz de no haber muerto en el Somme, ni en la guerra de pandillas que había sostenido con Sabini.

La dejaría tranquila, si ella solo había querido intervenir por Callum, no necesitaba más y evitaría que sus hombres, en lo posible, la trataran. Se lo debía a la señora Hancox y a todas las madres de los que por él habían muerto en Birmingham.


El taller de Kieran Branson era pequeño y, como todos los talleres que tuvieran solo un dueño, estaba permanentemente desordenado. O al menos así lo creía Thomas, ya que en las tres ocasiones en que había llevado su auto, este había lucido exactamente igual. Señales claras de la no existencia de mujer o niños. Además, el tono brusco con el cual su dueño solía hablar lo delataba. El viejo Kieran jamás había amado y nadie lo había amado a él, excepto quizás sus padres y su hermano; Tom.

Era finales del otoño y llovía a cantaros. Los adoquines de Duke Street armonizan un agresivo ritmo que, a Thomas, le recordaba la batería pesada de una pieza de rag*. No le molestaba pero estaba lejos de ser algo normal para él. Generalmente ocurría en Birmingham, que cuando la lluvia caía había poco espacio para más actividades. La gente se refugiaba en sus hogares o trabajos y esos días, se volvían completamente aburridos.

Sin embargo, estando tan cerca de los puertos en Liverpool, la lluvia sincronizaba con los pasos de los camiones y carretas que a esa hora de la noche continuaban su tránsito por la ciudad y todos sus callejones cercanos al mar.

Dentro de lo poco que decía entender del socialismo. Thomas, no pudo evitar preguntarse si el haberse instalado en semejante lugar no era un auto castigo, puesto que día a día, el comercio de Liverpool no paraba y el mecánico veía de primera mano cómo es que muchos trabajaban hasta altas horas con tal de enriquecer a los que todo tenían. No sería el primero, muchos se sentían culpables de que mejores hombres hubieran muerto en la guerra.

"Tan buenos como Tom Branson…"

Sus pensamientos fueron enterrados cuando Kieran le extendió una taza metálica de café con whisky, la cual Thomas aceptó para beber con rapidez.

― Esos bastardos… ― dijo su anfitrión mientras daba un trago a su propia taza ― no solo se conformaron con enviarlo a la guerra, sino que también lo hicieron conmigo ― había sido una completa coincidencia. Pero como Thomas no creía en ellas, se había preocupado de ganarse la confianza de aquél hombre solitario y amargado.

Semanas atrás había cogido uno de los folletos laboristas que Ada solía leer, y le llamó la atención su autor. Principalmente porque exponía el problema de la división de clases como algo programado, sustentado en el tiempo por las elites que para evitar el ascenso de las clases más bajas bombardeaban sus mentes con la iglesia, el patriotismo y sistemas educacionales poco funcionales.

Kieran Branson como autor destilaba odio hacia los burgueses y eso incluía a la nobleza, el empresariado y al mismo rey. Mientras por otro lado alababa el sistema impuesto a sangre y fuego en Rusia y como es que aquella visión de igualdad se había convertido en el paraíso.

Ada no solía recomendarlo, argumentando que; si Rusia fuera ese edén del que Branson tanto se jactaba, no estaría arreglando autos en Liverpool. Además, había algo que chocaba a su hermana cuando se trataba de niños asesinados.

"Es normal, es madre… como todas las que me maldicen"

No hizo falta mucho para que Thomas lo relacionara con el muchacho que había muerto en el Somme; mismo apellido, ambos irlandeses, ambos con afán de escribir sobre el socialismo. Solo que observando al hombre frente a él no podía dejar de imaginarse su rostro sobre el del muchacho por quién la enfermera Crawley había perdido la cordura e ido a la guerra.

― No debió gustarles mucho lo que Tom hizo ― dijo distraído, mientras recordaba que el muchacho no había sido llamado a reclutamiento.

― ¿Hacer qué? ¿Te dijo algo? Solo era un maldito chofer ― negó Kieran mientras se ponía de pie para desaparecer tras una puerta metálica, el olor a huevos y tocino inundo el taller y con gestos agresivos el mecánico le sirvió un plato a Thomas.

El aroma le hizo rugir el estómago, por lo que lo aceptó de buena gana.

― ¿Y la chica?

― ¿Qué chica? ― Thomas fijó en él su mirada y Kieran no le desvió.

― No podían culparlo por enamorarse y si estaba enamorado jamás habría hecho algo que lo dejara mal con ella, era mentira, todos los cargos fueron mentira ― Thomas pensó en Sybil, y asumió que no. No era raro llegar a conocerla verdaderamente, enamorarse de ella y volverse un mejor hombre solo para ser digno.

Desde la última vez que la viera, solo John había tenido un lejano contacto con ella. Pues aún seguía atendiendo a sus niños en aquél hospital.

Esme, en un intento por familiarizarlos con ella trató de convencer a Grace de que atendiera a Charlie ahí, pero Thomas se negó. Tenían suficiente dinero como para traer un doctor a su casa cada vez que su hijo se enfermara. Además, tal cual lo decidiera, estaba determinado a no volver a cruzarse en su camino.

"Hasta que claro, Kieran apareció…"

― Además en cuanto pudo ella lo cambio por otro― esa era la versión que Thomas no conocía. Le pareció improbable ya que era por todos conocido que estaba sola. Sin embargo, si algo sabía él de la gente era que no debía esperar nada de nadie, nunca.

― ¿Ah sí?

― ¿No escuchaste de ello? ― Thomas negó. Había inventado toda una historia, la cual estaba enmarcada y cubierta por el caos que había significado el recobrar información de los muertos en el Somme. Nombres repetidos, lugares que ya no existían citados como parajes en donde se efectuó la batalla, y lo más importante, testigos que no querían recordar.

Solo por averiguar qué había ocurrido con él, Thomas pidió información a la oficina de guerra sobre Tom Branson, muerto en el Somme. Había sido después de leer los escritos de Kieran, y solo lo hizo para confirmar si es que existía alguna relación entre ellos.

Jamás pensó que algo que parecía totalmente normal, tomara ribetes tan interesantes.

Tom Branson había sido un joven irlandés socialista con dotes para el periodismo que viajó desde su natal Bray a Londres, con la intención de trabajar para The Guardian*, ahí se desempeñó ocho meses en los cuales alcanzó a escribir un par de artículos hasta que consiguió el empleo de conductor para la familia Crawley, bastante más lejos en Yorkshire, en donde estuvo cerca de un año y medio.

Un problema médico lo había alejado del reclutamiento, hasta que se le acusó de robo. Delito por el cual pasó tres meses en la cárcel antes de ser enviado a Francia, en donde se unió a la brigada número 25, de la octava división de fusileros irlandeses*. Kieran, su hermano mayor le siguió, bajo los mismos cargos, solo que fue destinado al frente oriental, para apoyar a los Rusos.

Thomas no podía evitar la lástima de saber que Branson había estado durante toda la batalla y que falleció tres días antes de que esta terminara, por un balazo que le dio justo en el enfermo corazón.

Viéndolo desde fuera, era algo que había ocurrido con muchos chicos. Con, literalmente, millones de ellos. Sin embargo, lo que volvía especial al pobre y socialista Tom, era quién le había buscado y seguido. Nadie jamás al leer aquél triste expediente podría decir que se conocían. Y parecía ser una cruel broma del destino que él, precisamente, conociera de aquella historia casi por coincidencia.

― Fue otro muchacho pobre y estúpido, quién también la siguió ― Thomas miró al resentido Kieran. Estaba en sus ojos, para él la culpable de todo era ella. Por enamorar a su hermano y a ese otro muchacho.

― ¿También era de la brigada 25? ― Kieran negó.

― Por lo que supe estaba con los chicos que vinieron con los tanques.

Oh, sí. Thomas recordaba. Desde las últimas horas del primer día escucharon el murmullo, los rumores que los llenaban de esperanza. Freddie, al menos, con toda su elocuencia socialista animaba a los chicos que se dirigian a la batalla, prometiendoles el cielo junto al armamento más moderno y eficaz, uno con el cual no atravesarían las filas alemanas, sino que caminarían por sobre ellas.

Aquello les hinchaba el pecho, recordaba haber visto a Danny, a Arthur y a Freddie y sonreído ante la perspectiva de una guerra rápida, de volver envuelto en gloria. Y no con las pesadillas que lo seguían de día, con su adicción al opio y las nulas ganas de vivir. Como es que Freddie se había vuelto indolente y la rabia que bullía en él cada vez que le recordaba cómo había salvado su vida. Con Danny completamente anulado para volver a tener una vida normal, asustando con sus ataques a sus hijos y esposa.

― Lo lamento ― dijo de pronto Tommy interrumpiendo sus pensamientos ― solo conocí a Tom las dos últimas semanas ― era parte de la historia que había inventado. Llegó un día al taller preguntando por casualidad sí que Kieran era conocido de un chico que conoció en la guerra, que por mera casualidad tenía su mismo apellido.

― Por lo que supe la 25 se había desbandado al tercer mes, a mi hermano lo destinaron a la 33 ― Thomas negó.

― Debe haber un error, él llegó con nosotros a la 179, éramos excavadores ― Kieran retrocedió y asintió asimilando la información.

― Sabían cómo estaba su corazón y aun así lo enviaron a ahogarse en los túneles ― Thomas sacó un cigarrillo y lo encendió.

― Jamás lo dijo, solo ahora me entero de eso. Era un buen muchacho.

― El mejor ― declaro el hombre.

― Él nos contó de ella, pero nunca la vimos. Lady Sybil Crawley ¿Es cierto que era una dama de la nobleza? ― Kieran asintió sin interés.

― Aún lo es ― dijo con tristeza ― esos son los peores de todos… nuestra vida nunca fue la misma una vez que él se involucró con ella y por lo que supe, al chico ese también le destruyeron la vida. Lo acusaron de secuestrarla y robarle.

― Es extraño pensar que alguien haría algo así con una enfermera.

― No pondré las manos al fuego por nadie― dijo el mecánico ― si fue capaz de ir a la guerra por mi hermano, la chica tiene valor. Eso no quita que fuera por su causa que el muriera cuando debería estar en casa, preocupado de su futuro ― fue en ese momento en el cual el hombre se quebró. Y todo el rencor que escupía se diluyera en pena.

Él estaba jugando con el dolor de aquél hombre al venderle una historia de algo que no existía. Pensó en Arthur, en John y en Finn, pensó en Ada y lo que le haría si alguien se atrevía a jugar con los recuerdos de sus hermanos de esa manera.

Por lo mismo cambió el tema centrándolo en su hogar y la lucha de clases, y su auto. Aquello pareció animar al hombre, quién dejando de lado su mal carácter y amargura, se volvió un excelente anfitrión. Al fin de cuentas, Thomas entendió que no era el odio social lo que motivaba al señor Branson, si no lo que le habían hecho a su hermano.

Supuso que no se podía esperar otra reacción de un irlandés.

Era claro que se trataba de una acusación falsa, de otra forma la enfermera Crawley no seguiría guardando el recuerdo de aquél muchacho. No sentiría vergüenza de su pasado lleno de comodidad y riqueza y, más claramente, no lo habría seguido a la guerra ni menos declarado con aquella tranquilidad que lo había amado.

Fue Johnny Dogs quién fue por él, ya que al menos su auto necesitaría un par de días más. Quizás le había agradado al hombre y por ello seguía reteniendolo. Él, que había causado la falla para accidentalmente llegar a ese taller, sabía lo que demoraba en repararse.

Cuando ya salía del pequeño taller a la noche lluviosa y fría de Liverpool, que su cabeza le pidió más datos. No sabría decir que fue lo que le llevó a preguntar, supuso que su intuición gitana.

― ¿Cómo se llamaba el otro muchacho? ¿El que siguió a la chica? ― Kieran bufó molesto. No le gustaba que se la recordaran.

― No me sé el nombre, pero sí sé que era un judío. La siguió hasta su casa y su padre lo envió a la cárcel como lo hizo con mi pobre Tom.

― ¿Era judío?

― Si, un pobre chico de Camdem Town, hijo de un refugiado Ruso ― el hombre siquiera había notado como es el rostro del Thomas se había petrificado en la más absoluta sorpresa, tampoco como es que no había notado aquella ironía, Kieran que había combatido en el frente oriental al lado de los rusos, tenia a su hermano muerto abandonado por otro ― Solomons… creo, si ese era su apellido.

― ¿Estás seguro? ― preguntó, aún sin poder creer lo que verdaderamente había llegado a sus manos.

― Si, la policía me interrogo si lo conocía, creyendo que yo le había dado el dato de como robar a los malditos Crawley en su puto castillo ― hizo memoria, completamente ajeno a la alteración de Thomas ― Alfred… sí, creo ese era el nombre Alfred Solomons.


Agradecimientos a todos los que siguen esta historia, que sé no son muchos. Supongo que a los fans de Donwton les chocaría la sordidez de los Peaky.

Si llegaron hasta acá, agradeceré enormemente un review.

Me haría bien saber que opinión les deja esta historia.

Saludos.

Brujhah.-

Euston: La estación aún existe y fue construida a finales de 1800, así que si, corresponde que Alfie la conozca y lógicamente que parte de sus negocios dependan de la misma.

Amiens: Cuando hago referencia, no es por la batalla ya que cronológicamente no es acorde a la historia. La batalla de Amiens fue en 1918, y el Somme fue de Abril a Noviembre de 1916. Pero el río Somme, cruza la ciudad de Amiens y en un último ataque la infantería británica llegó con los tanques a esa ciudad y desde ahí avanzaron hacia el frente. De todas maneras debo advertir que me pierdo respecto de la ubicación de las trincheras, pero también asumo que eso sería llenar líneas con información quizás no tan importante... o tal vez si. Bueno, la idea es que tenga coherencia. Por otro lado no sé si es que ahí se apertrechaban los soldados antes de ser conducidos a las trincheras, las páginas que hablan sobre el movimiento de tropas están en ingles y si bien puedo entender lo que dicen, cuando comienzan con las referencias es cuando dejo de entender.

The Guardian: Si, se trata del períodico socialista que aún circula en Inglaterra, su primera tirada salió a finales del 1800, así que concuerda con que Tom quisiera trabajar ahí.

Brigada número 25, de la octava división de fusileros irlandeses: Existieron, de hecho en Wikipedia hay una foto del grupo, siendo Tom Branson irlandés me pareció adecuado que lo incluyeran en aquél grupo. Sin embargo, lo que después cuento sobre la brigada 25 es invención mía.

Rag: El Rag era uno de los bailes populares en América y Europa en la década de los 20. Había pensado en el swin y el charleston, pero este ambos son del año 25 hacia arriba, por lo que no sería consistente con el entorno histórico.