IV

Alfie


Algo le empujaba desde el suelo. La tierra estaba tibia y mojada al mismo tiempo. Alguien lo llamaba y, a momentos, le parecía que eran su madre o su hermana, pero no le hablaban por su nombre. No llamaban a Alfred, o a Alfie.

― ¡Soldado, sol… ¡― alguien lo alzó bruscamente de las axilas y todo se tornó frío.

Las voces se volvieron más caóticas, y varios "sáquenlos de acá" y "ayuden a la enfermera" llegaron a su cabeza.

"Cierto, la chica"

Tenía la fugaz imagen de ella mezclada con la voz de su madre.

Sintió como entre dos lo cargaban y solo entonces pareció reaccionar. En esa ocasión, en vez de sentir la urgencia de acabar con todos a su alrededor lo hizo para ver que ocurría, para saber dónde estaba. Entre las nubes de la inconciencia podía entenderlo. Estaban con amigos y al parecer a salvo.

Abrió los ojos y su cabeza retumbó, había demasiada luz, demasiada. Arrastraba los pies porque siquiera era capaz de incorporarse y sostenerse. Y los hombres tenían dificultad para llevarlo. Alfie se sabía una persona grande y en vez de sentirse molesto por la debilidad, algo parecido a la empatía lo llenó:

"Están cansados, a penas comen, no han dormido"

Y en tanto, él lo único que quería era descansar, cerrar los ojos y olvidarse de Francia, del Somme, de las bombas y esa enfermera. Pero sabía que si lo hacía podía despedirse. Y eso no estaba dentro de sus planes. Su familia lo esperaba, su padre lo esperaba.

Además, siquiera había peleado, ¿Qué diría su padre; Ivan Solomons, cuando supiera que su hijo había muerto en un bombardeo sin dar con ningún maldito alemán, sin cumplir lo que se esperaba de él?

Aquellas ideas no alcanzaron a arraigarse en su cabeza cuando recuperó toda su conciencia, que lamentablemente, fue al mismo tiempo en que comenzaron a trabajar sobre él.

― ¡Soldado! ¡Soldado! ― lo llamó ella, Alfie alzó la vista para encontrarse con los mismos ojos azules que le habían despertado horas atrás. Solo que ahora, nada en su cabeza le dijo que la matara, sino que la agarrara, que se sostuviera de ella como pudiera. Si no lo hacía caería dormido y no despertaría jamás. Su padre moriría esperándolo y debía buscar a los Belgas, tenía que hacerlo. Trato de enfocarse en algún punto anexo, pero la luz era muy fuerte y le dañaba los ojos.

Ella le cogió con fuerza de las muñecas y supo que le dolería. De pronto no estaba entre aliados, ¿Qué tal si ella se había equivocado? ¿Qué tal si lo había arrastrado a las trincheras alemanas? Mierda, no recordaba haberlas visto. Estaban tan cerca de Amiens cuando los bombardearan.

Se concentró en algo que le diera una pista sobre lo que ocurría. Y luego se trató de estúpido. Cuando pidieran ayuda para ambos, al caer, habían hablado en inglés, un idioma que entendía. La compresión de ello se vio sacudida cuando sintió como rompían sus pantalones, fue cuando sus nervios de nuevo se dispararon. Notó, solo entonces, como es que algo le presionaba uno de sus muslos; aquél que no le había dejado caminar. Trato de incorporarse asustado, pero ella le empujó de los hombros, poniendo todo su peso sobre él. Y vino el dolor, no de manera fugaz en la cual iba y venía durante su inconciencia, sino que insistente y continuo, una oleada tras otra de ardor punzante, desde el muslo hacia abajo.

Aulló de dolor mientras trataba de liberarse, revolviéndose para quitarse de encima a la enfermera, supo que algo le sacaban de las piernas; había calor y más agujas.

Sin saber cómo, agarró del cuello a la muchacha y dos soldados se le fueron encima creyendo que la golpearía. Claro, que no era su intención. Aun así, no pudieron conseguir que la soltara.

― ¡¿Qué…qu…que mierdas me están haciendo?! ― le escupió a la cara tan cerca como pudo. Eran las primeras palabras que emitía, quizás desde cuándo. Lo supo porque su garganta ardió.

La mitad del rostro que le daba a él estaba enlodado y herido. Un fuerte olor a pus provenía desde su cabeza. O quizás era de él. No había forma de saberlo. Pudo si, ver la herida sucia tras su oreja y de la nada sintió ganas de morderla hasta arrancársela.

― Sus piernas soldado ― dijo de pronto ella con la voz quebrada, temblando bajo su agarre ―están sacando esquirlas de sus piernas.

Con el tiempo Alfie sabría qué durante el bombardeo, la explosión que debió matarlo había lanzado esquirlas de metal hacia él, de las cuales una se incrustó en la parte trasera de su muslo derecho, mientras que algunas otras solo lo hirieron y, por supuesto, estaban las encantadoras que se habían quedado alojadas ahí, infectándole a cada paso que la enfermera le obligó a dar.

Aun así, sus heridas más graves fueron aquellas que hirieron su cabeza y quebraron su muñeca izquierda. De todas maneras, todos, incluso el médico que le atendiera se lo dijeron varias veces.

"Es un milagro que sobreviviera"

Cuando despertó el dolor seguía, pero estaba relegado al espacio en el cual su cuerpo reaccionaba o sentía. Por lo tanto, no se movió. Miró hacia lo que parecía el tejado y pudo notar los apuntaladores que los excavadores habían dejado, al parecer, bastante firmes. Ya que afuera se desataba la guerra, pero solo era un sonido lejano casi arrullador y, en tanto, en aquella cueva las vigas apenas se movían.

Una sombra fugaz llamó la atención y giró con rapidez, gimiendo ante la punzada que se alojó en su costado, el rostro hacia ella. Era una mujer y por unos segundos creyó que se trataba de su enfermera, pero no. Cuando ella se acercó, pudo distinguir el cabello claro y sus facciones, las que no coincidían con lo recordaba de la otra. Quizás lo había soñado.

Ella lo notó y se le acercó solicita, con gestos suaves y una sonrisa cansada.

― ¿Recuerda su nombre? ― le preguntó en voz baja. Alfie asintió pero sentía la garganta demasiado seca como para hablar y con gestos pidió agua.

Su delantal era más gris que blanco y a luz de aquél lugar se veía raído y sucio.

"¿Dónde estará ella?

La mujer, que lucía bastante mayor que aquella otra chica, le acercó una cantimplora de acero. Y si bien deseó por un segundo que fuera ron o whisky lo que le servían, dio gracias a Dios cuando el agua llegó a su lengua y viajó a través de su garganta para aliviarle y producirle placer en partes iguales.

Volvió a caer en el sueño, en imágenes inconexas de sus primeros años en el blanco de Rusia y los últimos en el gris de Londres, vio a sus hermanas y a su hermano, a su padre, a su madre y a los chicos de Camden Town ¿Cuántos de los que se habían enlistado con él seguirían vivos?

Sentía el cuerpo caliente y las alertas de su cerebro le indicaron que estaba sufriendo de fiebre, pero aquello lejos de molestarle, le pareció casi placentero. Él sabía que afuera había frío y bombas y nieves, enemigos que habían buscado tragárselo. En cambio, ahí estaba bien, había calor y alguien le cuidaba.

"¿Será ella?"

Abrió los ojos con pesadez, para notar como es que esa enfermera algo hacia sobre su cabeza. La sensación le produjo cosquillas y la repentina sensación de querer alejarse.

Ella siquiera lo miró a los ojos cuando le dijo:

― Tranquilo, todo está bien ― Alfie volvió a sacudir la cabeza con la intención de que ella dejara de tocarlo, pero en su estado sus reflejos dejaban mucho que desear ― Todo estará bien ― volvió a decir ella con voz suave y profunda.

La garganta volvió a arderle cuando abrió la boca:

― A…agu ― ella no lo dejó terminar cuando deposito suavemente un frasco metálico sobre su boca.

Y entonces el líquido fluyó, la sensación de sequedad y calor parecieron apoderarse de su cuerpo y su cabeza, lo que le urgió a beber todo antes de que su cuerpo estallara como las bombas que le habían hecho volar por los aires.

Cogió la mano de la enfermera con la misma brusquedad con la cual quiso aplastarle el rostro cuando el infierno se desatara sobre ellos, solo que ahora era para urgirle a que presionara aquél borde helado y exquisito sobre su boca, seguro de que de la nada el agua brotaría hasta el fin de los tiempos del pequeño vaso para saciarlo hasta el día de su muerte.

"Que puede ser hoy"

Trato de incorporarse mientras se tragaba hasta la última gota, pero antes se le acabó el aire y como si le golpearan de pronto en el estómago, se dejó caer hacia atrás para finalmente recobrar la conciencia y mirar al tejado. Los sonidos se volvieron claros y la habitación que en un principio había creído el túnel de una trinchera, definió sus formas para decirle que no. Era una iglesia, con tejados altos y pilares de piedra.

Dio un profundo respiro.

― ¿Co…co… ― carraspeó ― cuan… donde? ― la chica volvió sus ojos hacia él. Y por un momento le parecieron lo más hermoso que viera en meses.

― Seguimos en Amiens, lleva dos días durmiendo, su pierna está recuperándose. Creíamos que tenía una costilla rota, pero el doctor lo ha descartado ― le sonrió llena de esperanza y Alfie tuvo el repentino deseo de abrazarla. Era la segunda cosa más hermosa que veía en semanas ― Ahí esta ― señaló hacia un costado y vio a un sujeto algo mayor que él; llevaba una bata blanca manchada con sangre, pero bajo ella Alfie pudo distinguir claramente el uniforme de un oficial francés, hablaba con una enfermera y uno de sus pacientes. No podía escuchar lo que decía.

Quiso incorporarse y cuando ella le ayudo, no pudo evitar recordar sus últimos pensamientos coherentes.

De pronto todo se hizo claro en su cabeza. Ella le había sacado de la tierra y le había pedido que no cayera en la inconciencia y se dejara arrastrar por la muerte. Se fijó tras su oreja y vio la venda, tenía el rostro limpio pero su uniforme estaba sucio. Y seguía sonriéndole como si desde su interior emanara la absoluta fe en que todo mejoraría, en que la guerra terminaría en ese preciso momento.

― ¿Recuerda su nombre? ― le preguntó esta vez con seriedad, le pareció entonces que no, que solo sabía que Ivan Solomons era su padre y que las voces de sus hermanas y madre guardaban repentino silencio cuando le llamaban. ¿Por qué era tan importante saberlo?

De todas maneras, asintió y ella se le quedó mirando como si esperara que se lo dijera.

― Solomons ― contestó finalmente. A lo que ella asintió.

Fue cuando el doctor llegó junto a ellos y comenzó a hablar. Lo hacía en francés y ella le traducía.

― Es el doctor Jean-Luc Bordeaux, llegó acá con la tercera compañía de fusileros hace dos semanas, estarán de relevo, al menos hasta finales de este mes. Es médico cirujano de la universidad de Paris ― la muchacha intercambiaba breves miradas con él y con el doctor siguiendo lo que sus labios decían, de pronto volvió a mirarlo con esos ojos grandes y llenos de fe ― pregunta cómo se siente.

Alfie suspiró cansado y solo contestó.

― Jodido hasta la mierda ― y la garganta le ardió, noto como es que la enfermera trataba de traducir aquello no tan contrariada como lo esperara.

Le patient dit qu´il se sent mal.

― Creo que fue más expresivo ― dijo finalmente el médico con acento francés. La enfermera sonrió tranquila, mientras que él no se mostró en lo absoluto sorprendido.

El médico se acercó a él y le pidió seguir su dedo.

― ¿Recuerda su nombre? ― preguntó y a Alfie le pareció que era una pregunta que venían haciéndole desde toda su vida.

― Solomons ― contestó después de carraspear.

― Un judío ― agregó el médico sin sorpresa alguna ― ¿Ingles? ― volvió a preguntar, esta vez revisando sus oídos.

Alfie asintió y trató de alejarse de las cosquillas que le provocaban la cercanía del médico sobre su oído, pero este le sujeto con firmeza.

Infirmière, une bougie s´il vous plaît

Médecin immédiatement

Alfie vio a la enfermera alejarse hasta confundirse con las demás que se encontraban en aquél lugar.

― ¿Tiene idea de lo que le ocurrió? ― preguntó. Él solo negó. Tenía una vaga idea, pero se mezclaba demasiado con los recuerdos de su madre y de Rusia. No estaba seguro. ― Pour trois días la aviación alemana atacó las reservas de comida sobre el Somme, muy cerca de Amiens. Infirmière Crawley perdió a gran parte de su grupo ahí. Que creo, fue donde le encontró a usted soldado Solomons.

Alfie negó.

― Estábamos en el mismo grupo.

¿Il est connu alors? ― el doctor Bordeaux negó ― quiero decir… ¿la conoce? ― nuevamente negó.

Sabía que ella había estado en su grupo por qué al llegar al pueblo en donde levantaran el hospital de campaña, antes de partir al frente, el capitán de su división se los había señalado y al grupo de enfermeras que los acompañarían para luego volver con el convoy que sacaría a los heridos del frente. Eso claro, antes de que los alemanes los volaran hasta el infierno.

"La había notado antes, no la reconocí en el bombardeo"

― Solo la vi después del ataque ― contestó recordando sus ojos espantados cuando la cogió del rostro dispuesto a matarla.

― ¿Sabe usted que ella lo salvó? ― Alfie asintió a medias avergonzado, a medias indiferente.

"Nadie se lo pidió"

― Cargo con usted kilometro y medio antes de llegar al primer refugio ― le habría gustado decirle que además le habló en todo momento, así como lo sacó de un agujero lleno de barro, nieve y muerte pero guardó silencio.

― Tenía una herida ― dijo de pronto carraspeando, adolorido movió su brazo para señalar tras de su oreja.

C´est comme ca ― asintió ― la limpié con alcohol y la quemé después, aquello le evitara posibles infecciones.

Alfie asintió conforme, lo cierto es que no le importaba más que su propio estado. Después de todo una bomba había estallado a su lado.

― ¿Cu… cuánto tardaré en recuperarme? ― el médico negó.

― Si fuera por mí, lo enviaría de inmediato de vuelta a su casa. Pero, por lo que he escuchado no tendremos movilización ni relevos hasta dans quelques semaines ― el doctor pareció leer su frustración ― ¿No alcanzaron a ser desplegados cierto? ― Alfie negó ― Il a été chanceux ― el médico se incorporó y suspiró ― ces salauds … no nos han dado ningún respiro y esta ha sido la batalla más infructuosa que viera ― le miró ― ¿no está de acuerdo? ― Alfie negó ¿Cómo podría saberlo? Siquiera había llegado al maldito frente.

Fue cuando Sybil se acercó llevando consigo un par de velas.

El resto fue solo examinar, aquél medico acercó la vela encendida hacia su oído y le movió la cabeza con toda la intención de ver más allá. Después le explicaría que estaba buscando lesiones en su cabeza, en aquel momento sintió como es que se chamuscaban sus cabellos más algo de calor pero eso fue todo.

Bonnes nouvelles, soldado Solomon, su cabeza parece intacta. Por lo que solicitaré que vuelva al Hospital que está en el pueblo. Nous espérons que vous puedas recuperarse lo suficientemente rápido para ir y morir en aquellas tranchées baise.

Sabía que debería estar agradecido por ello. Alfie más que un idealista siempre se había considerado pragmático. No estaba en la guerra para volver con gloria sino porque había que detener a los malditos alemanes, pero había un sabor y olor a mierda en caer sin pelear que le fastidiaba como nada.

"¿Cuántos de los chicos habrían muerto?"

¿Qué le diría a su padre?, de seguro Ivan Solomons esperaba, al menos, que hiciera algo por el país que los había acogido y mantenido seguros. Además, estaban sus otros negocios.

Una ráfaga de viento helado le distrajo, al buscar su procedencia casi huyó al ver cómo es que la nieve se colaba por los grandes ventanales, y como respuesta a ello por primera vez sintió el rostro – que debería arderle – helado. De nuevo su atención fue captada por el tejado y sus pilares de piedra y, más que ello, por los cristales de colores que aún se mantenían intactos aunque más de la mitad de los ventanales no tenía vidrios. Fue cuando su cabeza le dijo que se encontraba en un templo cristiano. Y que era la primera vez en su vida que eso ocurría.

Había tanta luz como fuera posible en un día de invierno helado. Su nombre volvió a su cabeza y recordó el último fin de semana que pasara junto a su familia. Había ayudado a su madre con el pan y acompañado a su padre en la oración del sabat. A medianoche había acompañado a unos muchachos de su padre y asaltaron un vagón con la recaudación de las casas de apuestas de los italianos. Era una maniobra de guerra, lo sabía, pero como mano derecha de su padre este le había apoyado seguro de que nada ocurriría. Cada vez había menos hombres para hacerse cargo de los negocios e Ivan Solomons sabía cómo aprovechar aquello, recordó a los muchachos italianos contra la pared y como es que los golpearon para dejarlos inconscientes.

El cielo se revolvió frente a sus ojos con diferentes colores y su cama se balanceó como si estuviera sobre un columpio gigantesco.

Otra enfermera, al verlo tan desorientado se acercó a él a preguntarle si necesitaba algo. Alfie solo volvió a pedir agua.


Alfie siempre se había sabido un muchacho robusto, o fuerte cuando menos. El escape de Rusia había obrado en él de la manera en que ningún niño podía hacerlo, forzándolo a volverse veloz y fuerte para proteger a los suyos, hostil y desconfiado. Era algo que no le molestaba, por el contrario, había sido necesario para el curso que tomó su vida una vez se instalaran en Londres. La llegada de la guerra cambió su entorno tranquilo, aunque nunca cómodo, a un escenario más combativo y rígido, algo con lo que claramente, no se llevaba. Tuvo problemas en su instrucción y con todos los sargentos, tenientes y capitanes con los cuales se topó. No era muy de su agrado que el inútil hijo de un lord le viniera a decir a él como tomar o disparar un arma, como atacar y golpear a un hombre.

Fue el capitán Gallaway quién viera en él, algo parecido a una máquina de matar. Gallaway lo conocía, Gallaway hacia negocios con su padre. Fue quién lo designó junto a otros judíos británicos, fue quién los usaba para contrabandear dentro del ejército. Y ya ahí como en la propia Londres, el problema eran los italianos. Algo que, extrañamente, su padre no había tomado en consideración y menos el capitán Eric Gallaway, o Lord Gallaway como la mayoría lo llamaba.

En aquel aspecto de su servicio, su padre había sido enfático. Que dejara que el Lord lo creyera tonto, un cabeza de chorlito que era problemático y puro musculo. Tanto Ivan, como él; Alfie. Sabían que no era así. Sin embargo, como muchas cosas, la imprevisibilidad de la guerra truncó sus planes, en algo que debería haberle reportado solo ganancias. Incluso a riesgo de su vida, algo a lo que él, como sub jefe de una de las pandillas más peligrosas de Londres, estaba más que acostumbrado.

En el bombardeo a la línea de aprovisionamiento desde Amiens hacia las trincheras del Somme, el capitán Gallaway había muerto después de agonizar durante tres días. A él como simple soldado no se le permitió verlo, y por ende consultar por el cargamento de carnes, té y cigarrillos que habían robado a los belgas cerca de la frontera.

Ese había sido el primer imprevisto, el segundo fue ella; Lady Sybil.

Ya desde el viaje en el convoy hasta el hospital más cercano, había escuchado los murmullos del resto de los soldados sobre la enfermera Crawley. La admiración que despertaba por su carácter dulce y como es que su trato los hacía sentir mejor. Como si alguien realmente se interesara en ellos. Eso sin mencionar aquellos más soeces que se centraban en las formas de la enfermera más que en su personalidad, él lo entendía. Muchos de ellos nunca habían tenido una mujer en su vida, y cualquier cosa con faldas los tentaba. Igualmente admitía que ella lo era, no tanto por lo que hiciera sino por aquello que no hacía.

Mentes perversas, como la propia había en todos lados.

En las pocas ocasiones que Alfie tuvo para volver a hablar con ella, un silencio hosco lo llenaba. Algo que no sabía porque ocurría, pero eran meras sílabas las que se escapaban de su boca para ella. Aun así, la enferma Crawley era atenta con él, tal cual como el resto. Jamás tocó el tema de su rescate y él tampoco se dio por aludido sobre ello.

Estaban los rumores claro, algunos chicos; quienes se atrevían solían preguntarle, en medio de algún juego de cartas si es que era verdad lo ocurrido. Y él solo guardaba silencio. No tenía compañeros o hermanos en ese lugar, era el único judío y si sobre alguien debía verter sus ideas o pensamientos, no sería en aquellos niños.

El tercer imprevisto fue la llegada de los hermanos Cortesi a Amiens. Jefes de una banda rival con quienes en ocasiones tenían serios problemas. No fue sorpresa la que se apoderó de los rostros de Gus y Enrico cuando lo reconocieron mientras él cumplía con los ejercicios que el doctor Bordeux le había ordenado para recuperar la movilidad de su pierna.

Sin embargo, algo parecido al pánico se apoderó de él cuando entendió que se encontraba en el peor escenario posible. Que los Cortesi lo vieran, le reconocieran y supieran que estaba herido lo dejaba en completa desventaja. Ambos hermanos eran peligrosos ya fueran con armas o sin ellas, eso sin mencionar que a diferencia de él físicamente se encontraban en perfectas condiciones.

Corría peligro y debía, cuanto antes, salir de ahí.


De nuevo llovía en Londres algo a lo que Alfie, claramente, estaba acostumbrado. Aun así, lamentaba como es que el agua arruinaría el impecable pulido de su nuevo auto. Su mecánico ya le había llamado la atención, a lo que él solo pudo alegar:

"― El maldito auto, costó una fortuna, debe ser capaz de tolerar la lluvia― "

Daniel solo se había encogido de hombros ante esa declaración, no sin antes decirle que él no sabía nada de autos. Alfie solía preguntarse ¿Qué más debía saber?

Dio un trago a la pequeña cantimplora de metal que siempre llevara consigo para entrar en calor. A pesar de ser de día, le parecía que estaba demasiado oscuro. Y a diferencia de la última y única vez en que había acudido a esa cita, en aquel momento se encontraba a solas por lo que no había ningún distractor que le evitara cuestionarse una y otra vez el por qué se encontraba ahí.

No, de hecho, lo sabía tan claramente como atrofiada estaba su cabeza en esos últimos días. Ya le había dicho su padre lo peligrosas que las ideas eran; se metían e incrustaban en su cabeza para echar raíces y crecer y crecer, tan silenciosas como los venenos.

¿Era eso Sybil Crawley en su cabeza? ¿Un veneno que se le había metido en la sangre y se negaba a desaparecer, aun cuando fuera purgado de todas las formas posibles?

Se recordó a si mismo recostado en la camilla que le correspondiera mientras estuviera en aquella iglesia cercana a Amiens, vomitando y tiritando cuando la fiebre se adueñara de él los primeros días.

Solo que en vez de ser la enfermera Crawley quién le atendiera, era su madre. Él solía ayudarle a arrastrar el cántaro con agua, puesto que por su muñon el movimiento de ella se volvía torpe y terminaba empapándolo más de lo necesario. Entonces con toda la habilidad que le era posible desplegar en ese momento lo volvía acostar para mojar un paño de algodón en el agua y colocárselo en la frente, a veces eran papas frías en la cabeza y cucharadas de miel con limón para su garganta.

Así había sido su madre, antes de que la gripe española se la llevara junto a su padre sin que él pudiera volver a verlos.

Eso era culpa de los Crawley. Había sido culpa de ella.

El cansancio se apoderó de él en cuanto llegara a estacionarse frente a la oficina de correos en King Cross, pero se dijo que lo mejor era evitarlo.

"O quizás debería volver a casa"

También era una buena idea a su gusto. Pero el resto ya lo estaba notando.

El principal problema de que Lady Sybil Crawley apareciera tan cerca, era que no había podido sacársela de la cabeza. Y el puto gitano de Thomas Shelby le había descubierto. Quería descansar y dormir sin que la imagen de ella se le apareciera en la cabeza, sin que esos ojos azules le miraran espantados o esa voz pronunciara su nombre, le hacía pensar cosas, tener ideas de un pasado que no fue y un futuro que no se habría torcido de haberla dejado ir, tal cual le aconsejaron los malditos italianos, sola y tranquila.

En aquel momento siquiera se sintió con la suficiente fuerza como sacudir el volante de su automóvil, solo sopor y el incontrolable deseo de caer dormido. Era un juego muy cruel a su gusto. Cerraba los ojos unos segundos y volvía a Francia, a Amiens, al Hospital de campaña. Si al menos, fuera Silvia lo agradecería, pero en ocasiones, cuando todo era más retorcido aún veía a una mujer recostada y semidesnuda sobre su cama y eran las sombras las que definían sus formas, las que definía el vientre hinchado que había visto en su esposa poco antes de morir. Solo que al mirarla al rostro veía sus ojos claros y la sonrisa complaciente que le decía que todo saldría bien.

Y despertó nuevamente, esta vez de golpe para darse cuenta de que había oscurecido. Que la oficina de correos seguía abierta, solo que una mujer estaba dando el último anuncio antes del cierre.

Estaba seguro de que habían sido horas y aun así seguía cansado. Era inútil, ceder a lo que deseaba si se detestaba a si mismo por ello. Pero sus hombres lo estaban notando y había pensado en probar, en sentir, en caer con toda la intención de abandonar e irse con tal de que sus noches fueran tranquilas y sus días volvieran a la normalidad.

"Hacer lo prohibido, para que ya no signifique nada"

Satisfacerse, al menos, con un saludo. Y así volver a avanzar.

"No seas un niñato de mierda, si quieres verla no será por un puto saluso, siquiera por un puto beso..."

Y entonces se concentraba en el exterior, no le gustaban las ideas que le venían a la cabeza cuando las dejaba fluir.

Había dejado de llover y la calle se había llenado de un silencio enmarcado por voces lejanas y alegres de los hombres que a esa hora bebían. No se veía gente y el suelo parecía una gran laguna negra que lanzaba destellos a sus ojos ahí en donde reflejaban las luces nocturnas.

― ¡Sybil espera! ― La orden resonó en medio de aquella oscuridad haciéndole reaccionar como si de un enemigo se tratara; uno que se adentraba mucho más allá del territorio que él le había demarcado, obligándole a estar en guardia giró su cuello con toda velocidad en cuanto aquellas palabras resonaron en la avenida como si se las gritaran al oído, luego los pasos apresurados en donde vio emerger dos figuras desde atrás de su automóvil, en una esquina escondida a sus ojos.

Ella, nuevamente, pasó frente a él sin siquiera percatarse de su existencia, sosteniendo una sombrilla y su falda con una mano, mientras que de la otra su bolsa danzaba al tiempo que sostenía su sombrero.

Él, en tanto, corría tras ella. Persiguiéndola como si de un juego se tratara.

"Tiene prometido"

Y el golpe que significó aquello en vez de dejarle sin aire, solo le tensionó el estómago cuando recordó cómo es que le habían enviado a prisión. De todas maneras se removió inquieto.

― ¡No puedo! ― contestó ella casi riendo. Mientras apresuraba sus piernas para cruzar la avenida, rauda al tiempo en que la mujer del correo ya daba por cerrada la oficina.

"Es su prometido"

¿Quién más podría ser? Era un sujeto de mediana estatura y cabellos claros, no podía diferenciar mucho con la luz, pero su voz sonaba… bien, agradable. No tenía un acento, y a todas luces se movía como un caballero.

"Finalmente alguien la aceptó…"

Ella estaba demasiado feliz, casi excitada diría él, cuando se acercó a la mujer del correo y le rogó que le diera un par de minutos más. Luego él se adelantó y mucho más tranquilo sacó una billetera. Alfie no llevaba sus gafas, pero reconoció bien el brillo que se escapó de su bolsillo interior; era un reloj de oro.

Parecían niños. Y Alfie, sin notarlo, apretó el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos y pálidos. Estaban felices y la repentina idea de entrar a aquel lugar y matarlos a todos le pareció tan lógica como consecuente.

Su padre le decía que las ideas eran peligrosas, y su madre que esa ira sería su perdición. Gus Cortesi era retenido por sus hombres en la trinchera, mientras él elegía una tabla para meterle un maldito clavo por la nariz hasta el cerebro.

Ella le había dicho que los egipcios limpiaban así sus cadáveres, desde la nariz se podía llegar al cerebro.

"Tengo que irme"

En vez de ello se quedó esperando. Y esperando. Y esperó.

Cuando lo notó ya había descendido del automóvil, con su mano dentro de su abrigo acariciando el metal de su Smith, estaba tibio pues le había acompañado toda la tarde. Su paso era seguro y su cabeza había borrado todas las ideas; excepto el recuerdo de los Cortesi. Y lo peligrosas que eran estas.

Una camioneta sonó en la cercanía y le lanzó su luz sobre la espalda en el momento exacto en el cual la puerta del correo se abrió. Alfie martilló el seguro de su arma, consciente de que debió volarle la cabeza a Thomas Shelby en el preciso momento en que dejó aquél par de aretes sobre su mesa.

En tanto la luz que debió cegar a Sybil, cuando salió a la avenida principal, habría funcionado para ocultarlo de testigos, si no fuera porque ella tenía los ojos y la sonrisa perdida en el caballero que le acompañaba. Y él, en vez de apuntar y disparar desapareció. Junto con la luz de esa camioneta se desvió hacia las sombras en el momento exacto en que la lluvia volvía a caer, escondiendo además el ruido de sus pasos mientras se internaba en las sombras.

Desde ahí pudo observarlos mejor.

El ruido del agua pronto volvió imposible de escuchar lo que se decían, pero fue claro cómo es que ella casi salto a sus brazos y como es que aquél sujeto la giró un par de veces antes de llevarla al suelo. Ella abrió su sombrilla y los resguardó a ambos bajo esta mientras le golpeteaba la espalda con un gesto cariñoso que había tenido con muchos soldados heridos en la guerra.

"Incluso conmigo"

Alfie respiro y soltó su arma. El ruido seco de esta al caer también se fundió en aquella calle, pero no le prestó atención, en vez de ello extendió ambas manos; tenían cicatrices y nunca sus anillos se le habían hecho tan molestos y de mal gusto. Se los sacó.

"Síguelos"

"Las ideas son peligrosas, hijo. No dejes que crezcan"

Lentamente recogió su arma y la guardó. Volvió a su automóvil decidido a regresar a Camdem Town y emborracharse hasta caer inconsciente, le serviría, al menos para descansar y con suerte no soñar.

Solo qué al llegar a la primera esquina, en vez de doblar y coger Belgrove St., continuó de largo. Estaba seguro de que era el camino que ambos habían tomado.


N/A:

No sé, ni he buscado sobre los pueblos cercanos a Amiens, pero si he revisado algunos mapas y series para poder entender mejor el trabajo de las enfermeras en el campo de Batalla.

La mayoría, efectivamente, eran enfermeras de carrera. Habían muchas que solo fueron civiles voluntarias con algunos cursos rápidos de como vendar heridas y colocar vacunas.

Pienso que Sybil, se haberse especializado habría sido una enfermera de carrera. Algo que ocurre en esta historia pues Tom esta muerto y no hay proyectos de familia para ella. La miniseria The Crimson Field, me ayudó bastante a entender como funcionaban muchas cosas. Tengo pendiente ver Anzac Girls que narra las peripecias de un grupo de enfermeras Australianas en Egipto, también durante la primera guerra.

En fin, nuevamente me queda agradecer a DianitaPea y a Clairemarie91, si, las vía a ambas.

Si alguién más de los lectores quiere expresar su opinión es bienvenido. Al no tener retro-alimentación, se me hace dificil saber si es que esto es bueno, mediocre o solo bah...

Sería una forma de mejorar.

Espero lo disfrutaran.

Saludos

Brujhah.