Antes de que lean esto, si, ustedes ingratos que no me dejan review alguno, hay escenas explicitas de violencia y agresión sexual, así que están advertidos


V

Sybil


"¡Por supuesto, maldición por supuesto! ¡Mierda!"

Esa era la única idea que se cruzaba por su cabeza cuando llegó a destino siguiendo al par de enamorados. Debió haberlo sospechado cuando cruzaron las avenidas que daban a Kensington Gardens y los vio descender del taxi que habían cogido; una mansión que parecía construida por ángeles: blanca, impoluta, hermosa los esperaba. Y hacia ella se habían dirigido los tortolos, con la naturalidad de quienes saben lo han tenido todo, en ese escenario le resultaba extraño pensar en que ella pasaría ahí la noche, arriesgando su honor, no era una actitud muy propia de una dama.

"Si, se supone que sigue siendo una dama… al menos para el mundo"

Se dijo lleno de amargura, recordando Francia, a los Cortesi y Amiens. De todas maneras, una vaga satisfacción lo llenó cuando se dio cuenta de que él la conocía mucho más que aquél aparecido. Consciente de elloy a la luz de toda aquella belleza le pareció que lady Sybil ya no pertenecía ahí, que estaba fuera de lugar; con la oscura falda de lana basta y su abrigo sencillo tan raído como sus zapatos, y seguramente cargaba en el rostro aquel gesto cansado que le había visto después de trabajar durante horas. Mientras que su prometido lucía todo lo erguido y elegante que un gentil caballero podía lucir, además se veía orgulloso, sus gestos hacia ella lo eran.

"Quizás yo no era el único…"

"Podría partirle la cara en un segundo"

Los observo un par de segundos más hasta que un muchacho, que a todas luces era del servicio, les abrió la puerta principal. Entonces se dio cuenta de lo ridículo que todo eso era; con él ahí siguiéndolos y espiándolos, pero sin el valor para enfrentarlos. Había pensado en matarlos, pero las palabras de su padre pudieron más y no se dejaba engañar, ya incluso cubierta de barro y con manchas de sangre en su uniforme Lady Sybil tenía un modo y forma de hacer las cosas que la diferenciaban del resto de las enfermeras; exudaba clase, modales y refinamiento, todos lo veían y no había sido sorpresa para nadie saber que la chica que le arrancó de las garras de la muerte era la hija de un conde.

Era él quien siempre buscó minimizar su figura, encontrarla ridícula y vana, hacerle el vacío con la esperanza de que ese halo de bondad desapareciera y la volviera más terrenal.

Habría preferido mil veces a una prostituta de chinatown, o alguna de las zorras que se movían entre generales y caballeros, en serio que sí. Pero no, desde que ella le despertara y él casi la matara, cuando le llamó una y otra vez para que no se dejara arrastrar a la muerte y cuando sus ojos le dijeron que todo estaría bien, había caído irremediablemente ante ella. Y lo sabía, lo había sabido desde el principio. Y se odió por ello, así como la odió a ella. Por lo mismo jamás le habló a menos que fuera con monosílabos o gruñidos. La quería lo más lejos posible ya que tenía muy claro el peligro que corría junto a ella.

"¡Maldición era la guerra!"

Y lo que menos debió haberle preocupado eran las mujeres y todos los problemas que traían, todos los problemas que ella le llevó a él.

"Incluso ahora…"

Pero no pudo, era instintivo casi primigenio. Despertar cada día que pasó en el campamento y esperar verla para ignorarla, para desviar la mirada de ella, para huir de sus palabras y sus ojos. Lo hacía deliberadamente con la intención de generarle antipatía, pero no lo consiguió. Lady Sybil, sencillamente, se hizo la desentendida o, realmente, no notaba sus desaires. Eso solo le decía que era una chiquilla tonta ya que aun así le sonreía sin falta, lo hizo todas las veces en las cuales se topó con él, cuando ayudaba en las curaciones de su pierna o a las voluntarias con las camas, cuando se lo topaba en el campamento, lo miraba y le sonreía, como si fuera un día normal en Londres como si el mundo no estuviera desmoronándose, como si él fuera un buen hombre, uno honesto y ejemplar.

Y eso lo desarmaba, hacía que se le aligerara el pecho y toda la ansiedad y frustración que le causaba estar ahí sin combatir desaparecía, bastaba aquél gesto y él se tranquilizaba.

"¿Cómo era posible que solo con eso pudiera cambiar mi ánimo?"

Era demasiado, aquella desconocida andaba por ahí, sin saber el poder que sobre él ejercía. Y en el peor de los casos, sin siquiera saber o entender quién era Alfred Solomons, a que se dedicaba y como era su vida. Que era un criminal y que prontamente esperaba ascender en el negocio que su padre, el temible Iván Solomons lideraba.

Era así de simple. Lady Sybil era una bomba de tiempo para él y debía desactivarla con la mayor premura. Como no podía matarla, había negado su existencia, se obliga a hacer como si no hubiera existido nunca, treta que también utilizó las pocas semanas que aguantó sin volver a verla. Pero como en aquella ocasión fue su cabeza quién terminó traicionándole.

De noche y en la oscuridad, justo cuando creía que su cerebro había vencido a sus recuerdos, comenzaba aquel festín de imágenes de su rostro, de sus manos cuando lo tocara y si no lo hacía del recuerdo de las mismas, de sus ojos, de la sonrisa que le dedicara, a él o a cualquiera, de cómo su cabello castaño se escapaba de la cofia blanca con la cual se lo sujetara, que lo tenía ondulado, su frente amplia y los labios absolutamente deseables.

"Las ideas son peligrosas, hijo"

Nunca esas palabras le habían parecido tan ciertas. Y por más que trato de buscarle defectos, no los encontró. No porque no los tuviera, sino porque era incapaz de verlos. Y ahora que quería verla como una chica normal, una chica independiente y trabajadora que había llegado, aún no sabía cómo, a las garras de Thomas Shelby, se volvía a desvanecer para convertirse en la dama de sociedad que siempre debió ser. Ella que le había dado poder sobre él a ese puto gitano.

¿Cómo es que aún podía hacerle eso a él?

Era tan injusto. Principalmente por quién era él, porque nadie jamás podía ignorarlo, no a él. Debería temerle, odiarle o amarlo. Todo eso debería sentir ella, no debería estar tranquila y feliz, no debería sentirse completa o satisfecha. Siquiera debería estar pensando en un futuro que no lo involucrara.

Negó cansado. Hace años que nada de eso debería importarle.

Todo habría sido más fácil si le hubiera volado la cabeza a Tommy. Mucho más fácil. No habría perdido dinero, no habría tenido que ceder a parte de sus hombres, no habrían vuelto a él los recuerdos de Francia y no estaría ahí, como el imbécil en el cual ella, sin saber además, lo había convertido.

Era tan injusto, tan injusto.

Miró sus manos presionando el volante y la sensación de impotencia arremetió contra él de la misma forma en que lo hiciera en Amiens, solo que ahora la lluvia no era acompañada por el llanto de la muchacha que fuera.

Fue cuando las súplicas de ella le golpearon en el pecho con la misma fuerza de aquella vez. Él jamás pudo mirarla como si todo fuera a estar bien, como si su mundo no se hubiera desmoronado. ¿Por qué todo volvía ahora, en ese momento?

"Porque quieres verla y hablarle, quieres estrangularla por lo que te hicieron y besarla hasta el final de tus días para ser feliz"

No, Alfie sabía, muy conscientemente que dejó que la felicidad lo olvidara cuando su esposa y su hijo murieron. Había sido su última oportunidad y Dios había dicho otra cosa.

Apoyó la cabeza contra el volante.

― Mierda… ― el sueño volvió a golpearlo, pero en vez de ceder echó a andar su auto; llevaba los aretes con él.

"Basta…"

Tenía formas de corregir lo que ocurría. Era solo que no había considerado las correctas. Estaba actuando como el muchacho idiota que fue durante la guerra, era hora de cortar con todo eso. Se llevó la mano al bolsillo interior de su abrigo y palpo las muestras de su desgracia, estaban tibios como su arma lo estuviera, los sacó y observó algunos segundos obligándose a suprimir todas las emociones que le embargaran al verlos, era su obligación el terminar con todo de una vez y ya. Lo sabía, no podía ser aquel esperpento frente a sus hombres, estar llenándose la cabeza de pensamiento de autocompasión.

No, ese no era él. Las cosas se cortaban de una vez cuando se volvían peligrosas. Apretó en su puño los aretes. Él lo arreglaría todo, pero antes, se los haría tragar a Shelby de eso estaba seguro.


Me ha dicho el doctor Mason que regresará a casa el 7 de Diciembre ― y Alfie se le quedó mirando, molesto y asombrado de que ella le dirigiera la palabra más que para solo saludarle.

Esa mañana mientras hacia la fila para su revisión semanal, se había sentido tranquilo de no verla en las tiendas del hospital, en ocasiones otras actividades ocupaban a las enfermeras y ese parecía ser un día de suerte, se había felicitado así mismo cuando al entrar en la tienda vio a la enfermera Collins realizando los exámenes de la vista y el corazón. Era una de las pocas que se había casado y tenido hijos, uno de los cuales peleaba en Verdún, por lo que solía tratarlos a todos a ellos como los canallas y holgazanes que eran.

Ella no le molestaba, y era lo suficientemente ingeniosa y ruda paras devolver cualquier palabrota, insulto o chiste que los muchachos hicieran. Era el tipo de mujer que le recordaba a su madre por lo razón por la cual su cabeza solía llenarse de recuerdos de casa y esa era una barrera que la enfermera Crawley aún no cruzaba con éxito.

Además, desde que los Cortesi llegaran se había preocupado muy bien de rodearse de los cabos de mayor antigüedad, quienes a su vez lo acogían dentro del grupo, así como no le fastidiaban.

Enrico Cortesi se había acercado dos veces a hablar sobre "negocios" pero Alfie le había dejado claro que su negocio era la guerra. Enrico se había alejado riéndose puesto que por lo que él veía su negocio solo estaba en recuperarse. Después de eso el italiano debió marchar al Somme y solo Gus quedó en el Hospital. Habría preguntado el porqué de ello, pero sin nadie que pudiera darle información prefirió mantenerse en un bajo perfil. Muchas preguntas podrían llamar la atención.

Fue precisamente Gus quién entró a la tienda para avisarle a la enfermera Collins, que la necesitaban en el pabellón donde esa mañana atendieran a un coronel.

Tras él venía ella. Y el relevó se realizó generando cierta incomodidad entre los soldados más jóvenes. A todos les llamaba la atención la enfermera Crawley. Y cuando ella le agradeció a Gus Cortesi y este se despidió de ella con un gesto de los más galante, sintió como es que el estómago se le encogía. Gus pasó por su lado al salir y le sonrió casi cordial. No sabía si a él o a todos quienes se le quedaron observando.

No importaba, ya lo sabía. Perfectamente podría salir de aquella fila sin evidenciarse y sencillamente ignorarla. O eso se dijo, solo que cuando lo notó ya estaba frente a ella, quién hacía las anotaciones sobre una tabla de los resultados del anterior muchacho.

Sonó tan natural cuando le pidió que se desvistiera, y para no parecer un idiota solo hizo lo que hacía en cada examen. Sacarse su chaqueta y descubrirse el pecho.

Fue cuando ella alzó la vista hacia él y le sonrió, de esa manera que le decía que la guerra terminaría ese mismo día.

Soldado Solomos ― le saludó. Y el solo asintió en algo parecido a una respuesta.

No dijo nada más, pero sintió como es que el corazón comenzó a acelerarse cuando ella se acercó a él con el estetoscopio en su mano. La misma adrenalina que se apoderó de él cuando enfrentó a los mastines que los persiguieran en la nieve. Era como si empuñara un arma contra él, una ante la cual no podía defenderse.

Sintió el frío sobre su pecho mezclada con la calidez de sus dedos que se mantuvieron todo el tiempo lejos de él. La enfermera Crawley le miró extrañada al notar, seguramente, que su corazón lo había traicionado al dispararse. Se obligó a pensar en otras cosas, en su madre, su padre, en su hogar y poco a poco sintió como es que comenzaba a tranquilizarse. La enfermera volvió la vista hacia él y esta vez su gesto fue cortes y tímido. Mientras que él se mantenía en absoluto silencio. Siquiera movió el rostro hacia ella y solo permitió a sus ojos contemplarla.

Ella, siguiendo con su trabajo, y como siempre lo ignoró para fijar la vista en un delicado reloj de pulsera.

A la vista de cualquiera podía pasar como plata, lo que ya era valioso para una enfermera. Pero Alfie vio oro blanco y incrustaciones de platino.

Aquello le dio la vaga idea de que la enfermera Crawley, era mucho más que eso. Buscó algún detalle más y no vio nada, tenía perforaciones en las orejas, pero no aretes, no había marca de anillos o sortijas que pudieran dar alguna pista adicional.

Fue cuando ella le habló sobre el 7 de Diciembre. Y él no supo si es que debía contestar o guardar silencio.

Estaban tan cerca, los muchachos siquiera les prestaban atención. El aroma de su jabón le inundaba las fosas nasales intoxicándolo, mientras que sus ojos bajaban de la frente de la muchacha hacia sus ojos, pómulos y mejillas, rodeaba con sus ojos el borde de su boca y veía cómo es que el vaho la abandonaba.

Le embargó la sensación de abrazarla y decirle que le creía, que si ella se lo decía él podía creer que esa guerra terminaría. Abrió la boca para hablar.

Respire profundamente ― ordenó ella con suavidad. Y aprovechó de soltarlo todo; silencioso, tenso y paciente.

Recuperó el control de sus ideas, junto a su madre siendo lanzada al suelo por el mastín que saltó sobre la espalda y la hundió en la nieve. Sus ojos siguieron los pasos de la enfermera y guardó silencio hasta el final de la revisión.


El bebé tenía los ojos azules de su padre, algo que sabía, no le haría gracia a Mary. Sin embargo, pensó en qué en ocasiones, al crecer y muy seguido los varones terminaban adquiriendo los rasgos de sus madres y las niñas a sus padres, ella sabía que su frente y su mentón pertenecían a Lord Grantham, mientras que los ojos y la nariz eran de la herencia norteamericana de su madre.

El pequeño George dormitaba tranquilo entre sus brazos, mientras que Mary descansaba de todo el trabajo que había significado un parto adelantado. Ella, sin embargo, había estado exultante.

― No has comido en horas Sybil, ¿No te gustaría un café y un sándwich? ― Matthew había despedido al doctor Velliani, una vez ambos llegaran del correo y cuando esté declaró, en acuerdo con ella, que el bebé, a pesar de ser prematuro, se encontraba en perfectas condiciones.

Sybil asintió sin dejar de mecerse junto al pequeño, casi ausente.

No sentía hambre, pero sabía que pronto su cuerpo se resentiría ante su descuido. Luego tendría que pedir que la dejaran en la estación para ir a su trabajo, ya que afortunadamente su turno le había permitido estar en el sorpresivo parto de su hermana. Y si bien George se había adelantado cuatro semanas completas, tenía el peso perfecto y la estatura ideal.

Imagino que bajo esas circunstancias era imposible que algún bebé, incluso los que nacían con problemas físicos, fueran menos que la perfección hecha carne y solo cuando el café llegó cedió al pequeño a los brazos de su padre. Matthew lucía cansado, pero aun así se mantenía despierto y atento. Pero, por sobre todo, estaba orgulloso.

Sybil dio un sorbo a su bebida, mientras se sentaba. Las largas horas de los turnos en el hospital infantil le habían acostumbrado a cenar de pie, aun así, sus miembros agradecieron el momentáneo descanso y el hormigueo de sus piernas paso a segundo plano cuando sintió como es que el calor de la bebida bajaba por su garganta para insuflarle el pecho con los ánimos suficientes para dar inicio a nuevo día. Extendió su mano y acarició la cabeza del pequeño.

― Pobre ― dijo suavemente, luego miró al padre ― sé que Mary no tendrá muchos problemas para dejar que las cosas sean como… usualmente son en Dowton, pero quisiera que para él fuera diferente.

― ¿Lo dices por las niñeras? ― Sybil asintió.

― En el hospital recomendamos que los padres estén en todas las actividades de los hijos, la mayor cantidad de tiempo posible. Sé que tú estarás ocupado con la administración de las propiedades y que Mary querrá ayudarte con ello, pero… y quizás la prima Isabel lo entienda, me gustaría conminar a que te involucres todo lo que puedas, que no sean los recuerdos de su niñez el verte solo una hora al día ― Matthew le dedicó una sonrisa tierna a su hijo.

― No recuerdo jamás haber tenido una tutora o una niñera. Y no creo que sea algo que cause shock en Downton, al fin de cuentas estoy casado con una condesa ― Sybil sonrió ― todo sería mucho más fácil si unieras tu voz a la mía. Estoy seguro de que mi madre apoyaría todo lo que dijeras.

Sybil dio otro sorbo a su café.

― Dowton ya no es lugar para mí. Sé que es una vida más difícil acá afuera, pero me gusta. Y no deseo cambiarla.

― Al menos si le dijeras a tus padres donde te encuentras.

― No veo el motivo de ello. Siempre son bienvenidos a escribirme y, tal vez, podríamos reunirnos en Londres cuando mi horario me lo permita― su tono era córtes pero seco, Sybil miró a Matthew y su gesto se relajó ― sé que es parte de mí y mi vida. Pero es una parte que quiero dejar atrás.

― Les guardas rencor ― aseguro su cuñado. Sybil se mantuvo impasible.

― Me gustaría decir que no ―suspiró― pero gran parte de lo que ocurrió con Tom fue culpa de ellos. Y cuando creí que todo había pasado e hice mi vida como yo lo decidí, bajo su amparo… ― volvió a suspirar ― ahora solo busco estar en paz con ello. Quiero dejar de sentir rencor, pero es solo que son demasiados recuerdos ― suspiró y volvió a beber su café.

En aquel momento entró Anna para avisarles que Mary había despertado. Ambos acompañaron al bebé y lo dejaron en los brazos de su madre.

Sin que nadie se lo pidiera tanto Matthew como Anna dejaron a solas a ambas hermanas.

― No entiendo el porqué, si puedo evitarme esto, debo hacerlo ― dijo Mary mientras Sybil extendía un fino pañuelo sobre el regazo de su hermana para, además cubrir al bebe.

― Yo no entiendo, como es que luces tan bien después de tu parto.

― Querida, llevo despierta casi dos horas. Anna jamás permitiría que yo luciera desarreglada ― Sybil solo acarició el cabello de su hermana.

― Según el doctor Martin, es importante generar el apego entre madre e hijo. Hace un par de años escribió un informe para el Servicio de Salud Británico y es una política que se está implementando en todo el país.

Sybil volvió a acariciar a su hermana cuando el gesto de dolor en ella se hizo visible.

― Pequeño sádico ― regaño Mary a su primogénito, para luego guiñarle a su hermana y esconder otra mueca de dolor ― esto es terrible.

Sybil sonrió.

― Te acostumbraras ― fue cuando el gesto de Mary cambio.

― ¿Tú lo hiciste? ― Sybil asintió sin mostrarse afectada. Y entendía cuando todos le hablaban sobre ese tema con aquel tono lleno de vergüenza y lástima. Ya no le molestaba.

Mary volvió a su hijo para verlo mamar de su pecho.

― Puedo ver que esto es hermoso, pero siento que se me ha criado de tal forma en la cual lo sigo encontrando innecesario, todo este dolor… ― Sybil se arrodilló y apoyó el rostro sobre la cama.

― Yo no creo que sea coincidencia, si Dios ha hecho el trabajo de manera perfecta lo lógico es que él bebe se alimente de su madre ― Mary volvió a silenciar otro gesto de dolor, a lo que Sybil le miró ― Siquiera es tan terrible como el parto.

― Puedes decir lo que quieras querida Sybil, pero creo que Dios es un psicópata. ¿Cuánto más debo aguantar esto? ― Sybil miró su reloj de pulsera.

― Dios sabe que podemos aguantar más… Solo diez minutos ― guardaron silencio algunos momentos antes de que Sybil hablara nuevamente ― Mary, si no me dices lo que está en tu cabeza tanto Matthew como Anna se sentirá decepcionados ― la mayor de las hermanas Crawley siquiera se inmutó ante tal acusación.

― Es papá, por supuesto, no alcanzamos a decírtelo porque bueno... ― Mary señaló a su hijo ― pero quiere que vuelvas, quiere que lo perdones, dice que podrás trabajar con el doctor Clarkson, y la prima Isabel está impulsando un proyecto de ayuda a jóvenes caídas en desgracia.

Sybil negó.

― Me alegró por la prima Isabel, pero no tengo intenciones de volver a Yorkshire, me gusta mi vida acá. Y sé que para ustedes es incomprensible pero finalmente me siento útil. Y no porque le deban algún favor a mi padre o a la familia, sino que todo lo que tengo acá, que puede ser pequeño en comparación a lo que tenía antes, lo he conseguido por mí misma.

― Cariño… por supuesto que te entiendo. Es solo que, para nuestro padre siempre serás la menor de nosotras, huiste a la guerra y cuando finalmente volviste a salvo ― en aquel momento Sybil intensificó su mirada sobre Mary, algo que no detuvo a su hermana ― ya no eras nuestra Sybil.

― Mary, no soy un objeto.

― ¿Crees que no lo sé? ― Mary suspiró ― siempre creí que mi relación con Edith era la complicada…― Sybil volvió a inclinarse y esta vez sujetó la mano de su hermana.

― Lamento haber causado todos esos problemas ― Mary negó.

― No, está bien, en ese momento te envidiaba. Ojalá yo hubiera tenido el valor de ir por Matthew cuando estaba desaparecido, o herido, creí que si no lo volvía a ver me volvería loca ― entonces centró la vista en su hermana ― Nadie nunca deseo lo que le pasó a Tom y menos lo que te ocurrió a ti ― declaró a una impávida Sybil, Mary lo sabía, lo sabía todo ― Y ese hombre… ― terminó con desprecio.

― Por favor, no hables en ese tono de Alfred.

― Querida ¿Sigues ciega por él?

― Nunca he estado ciega por él, o por Tom o por nadie.

― ¿Sigues defendiéndolo? ― Sybil sonrió tranquila.

― Siempre lo haré, él lo haría por mí ― en aquel momento Mary ladeó su cabeza en un gesto que Sybil sabía, había aprendido de la abuela ― papá cree que huiste por él. Para buscarlo.

Sybil suspiró.

― Quise hacerlo ― se sinceró ― pero sentí demasiada vergüenza, después de lo ocurrido con Tom buscar a Alfred era lo correcto, pero ¿Qué le diría? ¿Qué lamentaba que fuera a la cárcel por algo que no hizo? Además, siquiera sé si volvió después de la guerra, lo único que Matthew pudo averiguar es que estaba vivo ― finalizó cabizbaja ― prefiero que sea así, si llegara a encontrarlo podría enfadar aún más a papá.

― Bueno, no ha sido fácil para él ― defendió su hermana.

― No creo que nada de esto fuera fácil para nadie Mary. Pero si en algún momento lo odié o sentí que lo odié… estoy, estoy tratando de dejar esos sentimientos atrás, cuando ayudo a alguna mujer con su hijo, o a algún niño siento que parte de mi recupera el valor, así como la capacidad para perdonar. Pero también siento que todo es demasiado pronto, nada de lo queda en Downton... no, no extraño nada de eso.

― ¿Siquiera a mí?

― Bueno ― sonrió ― a todos ustedes sí, pero nada de la vida que solía llevar ahí.

Sybil acompañó a su hermana un par de horas más, y la ayudó enseñándole el método que se usaba para sacar los eructos del bebe, algo que entretuvo a Mary un par de horas más antes de caer por el cansancio. Una vez su hermana su durmiera Sybil llamó a Anna, y Matthew, quién había descansado un par de horas se vistió en cuanto supo que ella se retiraría.

― Porque no esperas hasta que amanezca para ir.

― Podría hacerlo ― afirmó ella ― sin embargo, si tomo el tren de las siete ya llegaría tarde a mi turno, si a tu chofer no le molesta podría dejarme en la estación de Camden Town, hay un tren que saldrá a las seis.

― Ni hablar ― declaró Matthew ― dejaré a Roger para que valla por tus padres que estarán a primera hora acá. Soy buen conductor y lo menos que mereces por toda tu ayuda es que te deje en casa. Tres horas hasta Birmingham ¿Cierto? ― Sybil miró a Matthew llena de recelo ― prometo no decirle nada a tu padre hasta que tú me autorices ― dicho eso con el índice hizo una cruz sobre el corazón, en un gesto que Sybil solía hacer a los niños para que le prometieran que tomarían sus medicinas.

Fue cuando ella asintió.

No era una noche especialmente helada, aunque las lluvias del final de la primavera los acompañaron gran parte del viaje. Se permitieron hablar sobre el pasado en Downton y algunos recuerdos fugaces sobre la guerra. Matthew le habló sobre el futuro compromiso entre Edith y Sir Anthony algo que parecía llenar de recelos a la abuela.

― A veces creo que tu llegada fue la que cambió las cosas en casa, mucho más que la guerra ― Matthew sonrió sin despegar los ojos del camino.

― Me das demasiado crédito querida, no creo que sustancialmente Downton cambiara. En el fondo sigue siendo un símbolo para la gente de Yorkshire.

― No lo creo, además pienso que el crédito es merecido. Si la abuela no se muestra de acuerdo con el compromiso entre Edith y Sir Anthony, es porque ha dejado de pensar que el amor es irrelevante a lo que se consideraría una unión ventajosa. Antes de que llegaras eso habría sido imposible e impensable.

― ¿Y qué me dices de ti? Huir a una guerra solo por un muchacho ― Sybil bajó la vista llenando su cabeza de recuerdos.

― Tom no era solo un muchacho, pero me pareció lo correcto. Nunca entendí porque papá fue capaz de hacer algo así, acusarlo de robo. Tom jamás habría hecho algo así.

― No conocí bien a Tom, pero vi las pruebas ― Matthew esa vez dirigió la vista hacia Sybil, seria y fija ― yo soy abogado, y Tom si había robado. No quiero ensuciar la memoria de un hombre que murió defendiendo al rey y a la patria, pero todo estaba entre sus ropas.

― Entonces alguien más lo hizo ― negó ella testaruda ― ¿Qué hombre roba y mantiene el botín entre sus pertenencias? Es… demasiado estúpido.

― No negaré que he sabido de ese tipo de cosas, cuando las relaciones entre los sirvientes son tensas, pero ¿Quién habría querido hacerle daño a Tom? Era el chofer, no competía en puesto con nadie más del servicio. Si tu padre cometió un error, fue un error honesto.

― Estaba enfadado con él porque sabía que me gustaba, creía que me había seducido.

Matthew guardó silencio, aunque la pregunta quedó rondando en su cabeza. Y Sybil no pareció muy dispuesta a seguir con el tema.

― ¿Han visitado su tumba? ― Matthew se sintió golpeado cuando ella le hizo semejante pregunta, de todos modos, contestó;

― Tu madre va, al menos, una tres veces a la semana. Mi madre suele acompañarla, a veces Edith y Mary también lo hacen. No te preocupes, siempre hay flores frescas ahí ― Sybil sonrió.

― Gracias.

El resto del camino fue en absoluto silencio. En medio de la campiña vieron como el sol comenzó a salir de entre las nubes cargadas de agua, dando reflejos dorados allá y acá, sobre el pasto verde y en ocasiones sobre campos sembrados, las alondras comenzaron con su canto a llenar el vacío que se hizo entre ambos. Y poco a poco comenzaron a ver gente que daba inicio a su día.

Cuando Matthew volvió a mirar a su cuñada, Sybil ya había caído dormida.


Ya casi no cojeaba, quizás la idea de volver a Inglaterra le había insuflado las energías necesarias como para sentirse recuperado, su caminar era firme y rápido. Tal vez era porque Gus Cortesi iba delante a unos pasos de él y no quería parecer débil. Incluso si era uno solo frente a tres italianos Alfie se sabía fuerte y pelear era algo casi innato para él. Al menos se llevaría a dos y Cortesi, claramente, era su prioridad.

Era de noche y la nieve de los últimos días había dado paso a una lluvia fina, más propia del otoño, no era comparable al frío de la vieja Russia, pero si lo suficiente como para darle escalofríos una y otra vez.

¿Cuánto más quieres alejarme del puto campamento Gus? ¿No es suficiente acá? ¿Eh? Entre más lejos vayamos, más difícil será para ti volver cuando te parta la jodida cara. ¿Lo habías pensado?

Siempre me dijeron que eras un bocón ― fue toda la respuesta que recibió. Quiso detenerse, pero uno de los muchachos de Cortesi lo empujó.

Alfie analizó sus opciones. No conocía a los soldados que seguían a Gus y sabía que, al menos, uno de ellos llevaba un arma, esa con la que le habían apuntado cuando lo encontraron a solas en los baños, subiéndose los pantalones justo después de cagar.

Ahora vamos a hablar de negocios Alfie ― le había dicho segundos antes de que los dos muchachos que le acompañaran aparecieran con uno de ellos apuntándole.

Sopesó, además, que lógicamente uno de ellos llevaría algún arma cortopunzante, quizás si lograba que uno lo atacara y mostrara donde la escondía podría aspirar a algún plan. Pero antes de elucubrar cualquier idea se detuvieron; siquiera llegaron a algún terreno llano que les permitiera enfrentarse sin que nada les estorbara. Estaban ahí encerrados en medio de un bosque a los suficientes metros del campamento como para que nadie escuchara como lo molían a palos.

Esto de parte de Lucio ― escuchó antes de sentir como es que le golpeaban la cabeza. Si, sería una molida de palos lo que tendría antes de "negociar" si es que realmente era eso lo que querían.

Supuso que Lucio era una de los chicos Italianos con los que se había enfrentado antes de embarcarse a Amiens. Era una idiotez, solo recordaba que cuando detuvieron el camión y les robaron los golpearon para dejarlos inconscientes, no para dejarlos imbéciles.

Pero, en fin, los malditos como los Cortesi o el puto Sabini eran animales.

Se levantó en cuanto se lo permitieron, y a si mismo se dijo que debería sobrevivir. Aún no daba muerte a ningún maldito alemán y siquiera había visto el asunto con los Belgas.

"¿Sería eso? ¿Son esos los negocios?"

Le parecía que no, le parecía que todo había sido una excusa para que él no se resistiera. Que estúpido, no lo había creído en ese momento y tampoco lo creía ahora. Corrió lo que pudo hasta el árbol más grueso que encontró y se puso de espaldas a él. Los secuaces de Gus Cortesi lo seguían mientras que él era mero espectador.

No era venganza, solo una muestra de poder. Quizás el maldito Lucio siquiera existía y Cortesi había convencido a ambos chicos con mentiras. No importaba, sobreviviría y los mataría a todos. Esto no era nada. Si de niño pudo con un maldito mastín treinta kilos más grande que él. Esto no sería nada.

Se tocó la nuca y había sangre.

Bien malditos sodomitas ¡vengan! ― desafió, no debió ordenarlo más fuerte para que ambos chicos fueran hacia él. Uno de ellos llevaba una roca la cual esquivó por poco, entre todos los movimientos su pierna comenzó a arderle, pero él sabía que si se dejaba por aquel dolor no saldría de ahí. Sintió golpes en el cuerpo y el propino un par más directo al mentón del más grande, el sujeto siquiera se movió y Alfie aprovecho el momento para estrellarle la cabeza en el rostro, su contrincante retrocedió mientras se llevaba las manos a la nariz, si tenía suerte lo cegaría un par de segundos.

Alguien más llegó, pero Alfie no pudo descifrar quién, solo vio las siluetas y la locura del momento le decía que se trataba de una falda.

Fue la bofetada que Cortesi lanzó y que resonó dentro de su cabeza, aún superior al ruido de su propia pelea, lo que le detuvo. No solo a él, sino que a sus dos atacantes.

La enfermera Crawley se sostenía la mejilla con la sorpresa de quién nunca ha sido golpeada y con la vista fija en Gus. Los tres miraron a ambos.

¿Acaso cree que puede ordenarme algo? ― sonrió Cortesi con aquél gesto galante que tanto le había fastidiado.

Solo entonces la enfermera Crawley le miró. Y en su rostro había decisión y desafío. Le devolvió la bofetada a Gus y lo empujo cuando este quiso cogerla. Con una agilidad de la cual no le creería capaz, la vio coger un grueso tronco quizás uno de los mismos con el cual le golpearan y estrellarlo en el rostro de Cortesi con una fuerza que lo llevó al suelo y le hizo sangrar.

En cuanto eso ocurrió, Alfie la vio huir hacia el campamento. Y se sintió agradecido de ello. Ella daría el aviso y él viviría, en esta ocasión si debería agradecerle que lo salvara.

"¿Qué hacía ahí de todas maneras?"

Sin embargo, sus esperanzas se esfumaron en cuanto Cortesi se puso de pie y corrió tras ella. Era lógico que él fuera más veloz y que no tardaría en capturarla. De ser ese el caso, él sabría lo que le harían.

¡Sigan ustedes idiotas! ― gritó mientras se perdía en la oscuridad del bosque.

Y algo se activó dentro de él con la misma urgencia que le obligó a salir en defensa de su madre de los malditos mastines. Tenía, debía detener a Cortesi. Esquivo a uno de sus atacantes y con toda la fuerza que su estado le permitía embistió al más alto.

Siquiera notó el grito que lanzo cuando lo sujeto de las piernas y lo levanto del suelo para dejarlo caer por su espalda. Si este se levantó o no, realmente no le importó esperaba que se hubiera golepado la cabeza pero su pensamiento se alejó de ello en cuanto se adentró en el bosque, ahí consiente de que su vista se había adaptado a la oscuridad del lugar, corrió buscándolos mientras sentía como si la cabeza estuviera a punto de estallarle. Estaba forzando a todos sus miembros a mantenerse atentos y despiertos.

Comenzó a llover con mayor fuerza y el ruido ocultó cualquier pista de donde se podrían haber dirigido la enfermera Crawley y Gus Cortesi. El aire frío entraba y salía de su boca con la velocidad de una locomotora y el corazón le bombeaba whisky mezclado con cocaína a todo el cuerpo.

Fue el pañuelo blanco lo que le dio una pista después de haber corrido por cientos de años, era la cofia blanca de su cabeza que estaba tirada en medio de la nada, y poco más allá pudo verlos a ambos. Gus Cortesi trataba de controlar a la enfermera Crawley nada menos que sentándose sobre ella. Mientras que la muchacha se revolvía y le lanzaba bofetadas.

El frío que sintiera despareció en cuanto el puto italiano la sujetó del cabello y le lanzó un puñetazo directo en el rostro. Sybil chilló y trato de levantarse, antes de que Alfie embistiera a Cortesi la vio enterrarle las uñas en el rostro y rasgarle la cara con la suficiente fuerza como para que este lanzara un grito de dolor. Entonces le cayó encima. Ambos rodaron lejos del cuerpo de la enfermera Crawley, y se levantaron tan rápido como pudieron para quedar frente a frente, Alfie no espero y de inmediato se le lanzó al ataque.

Escuchó a la enfermera Crawley llamarle y de reojo la vio coger una gran piedra con toda la intención de golpear a Cortesi. Las heridas del rostro de Gus no le dejaban ver bien, ventaja que él aprovecho. En cuanto Cortesi sacó una navaja lo atacó con velocidad, sin embargo, él le esquivo y Gus tardó unos segundos en seguirle. Alfie le sujetó de la muñeca y forcejearon por la navaja. Sin preocuparse por protocolos u honor y aprovechando la cercanía el judío abrió la boca y le mordió justo en el cuello, Cortesi aulló de dolor, pero Solomons no le dio respiro; en cuanto escupió el pellejo arrancado lo golpeo en el rostro con su cabeza dos y hasta tres veces. Solo entonces el puto italiano soltó su navaja, la cual Sybil corrió a recoger.

Se separaron los suficientes segundos y metros como para recuperar el aire. Cortesi estaba vencido y Sybil fue a coger a Alfie, quién milagrosamente solo tenía las heridas de la golpiza anterior.

¡Soldado Solomons! ― pero él la empujo antes de dejarse caer contra un árbol.

¡¿Qué carajos hacia usted acá?! ― fue lo único que se le ocurrió preguntar, sin recordar que era la primera vez que él, por voluntad propia le hablaba.

Ella, si bien parecía alterada, no retrocedió y rasgó uno de sus grandes bolsillos para usarlo de compresa en su cabeza.

Alfie quiso evitar que se le acercara, pero la resistencia del último minuto despareció para recordarle que su cuerpo había sido duramente maltratado antes de que ella llegara. Como consecuencia de ello el dolor llegó de golpe, repentino e inmisericorde. Sybil presiono la tela contra su cabeza y Alfie sintió como es que su corazón volvía a bombear sangre.

Los vi con usted ― contestó ella ― me pareció sospechoso porque ustedes no se hablan ― Alfie se dejó caer al suelo mientras ella le seguía, la sujetó del brazo con la intención de ponerse pie, pero no pudo, en cambio ella se plantó fuerte en el suelo y lo impulso hacia arriba como cuando lo sacó de aquél agujero.

¿Dio aviso a alguien? ― preguntó tratando de caminar. Pero al levantarse con tanta rapidez se sintió mareado. Ella negó.

Si nada malo ocurría no quería quedar como una fisgona ― contestó llena de culpa y vergüenza. Solo entonces Alfie pudo notar lo joven que era, en su mundo las mujeres crecían antes pero ella parecía tan pequeña como las niñas que recordara. No debía pasar de los veinte años. Un hilo de sangre le corría desde la mitad del labio y ella se lo mordió limpiándose.

La habría besado.

En cambio, solo escuchó su gritó cuando algo la haló lejos de él. Al girarse vio a Cortesi de pie, despeinado y con gruesas marcas de sangre en el rostro apuntando hacia él. El golpe vino desde atrás, como siempre, esta vez con la suficiente fuerza como para tumbarlo al suelo.

Escuchó el grito de "No" de Sybil y él trato de incorporarse, el más alto de todos la había cogido del cabello y la inclino de tal forma que terminó arrastrándola al suelo. El uniforme de enfermera se manchó de barro y Alfie sintió como es que una serpiente le mordía la pierna herida. Cuando volvió la vista vio al otro sujeto, este sacaba LA cuchilla de su muslo para volver a apuñalarlo y él solo pudo sostenerlo de la muñeca. No se sentía ni con las fuerzas ni agilidad como para contrarrestar su ataque y cuando quiso golpearlo este le esquivo con un gesto casual.

¡Basta! ― gritó Sybil, mientras era sacudida de un lado a otro por aquél mastín ― ¡Por favor basta! ― el sujeto la levantó dispuesto a bofetearla, pero ella alcanzó a sujetar su mano y retrocedió con tal fuerza que su agresor quedo con gruesos mechones en su mano.

Alfie que había caído bajo los golpes de Cortesi y uno de sus muchachos, quiso gritarle que huyera al campamento, que diera aviso. Pero le pareció que no la dejarían.

¡Basta! ― volvió a gritar con voz quebrada ― ¡Tengo dinero! ¡Déjenos ir! ― aquello los detuvo. Cortesi se acercó a ambos cojeando. Y cogió a Sybil del cuello.

¿Cuánto tienes puta? ― le escupió, ante lo cual ella se soltó y retrocedió lo suficiente como para ponerse entre él y sus atacantes.

Hubo un silencio de pocos minutos, en los cuales solo se escuchaba la lluvia caer, a Alfie le pareció un regalo. Un descanso de toda esa mierda. La cabeza le ardía, pero el suelo estaba frío y la lluvia caía sobre él con gentil y continua.

Cuando pudo incorporarse la vio sacando algo del interior del cinturón blanco de su uniforme y extendérselo a sus captores.

Tome esto y márchese, nada tiene que hacer acá ― Gus Cortesi cogió lo que ella le entregaba y Alfie lo vio acercarse su mano al rostro, seguramente no sabía que era, él imagino que se trataba del reloj de oro blanco y platino que le había visto.

¿Qué mierdas es esto? ― pregunto.

Son joyas ― contestó ella temblando.

¡Sé que son joyas! ¡Y sé que también son falsas! ― y sin darle tiempo de nada, abofeteó a la enfermera Crawley con la suficiente fuerza para devolverla al suelo. ― ¡Puta estúpida! ¡¿Creíste que podías engañarme?! ― en esa ocasión fue Gus quién arrastró a Sybil del cabello más allá de donde él podía seguirlos ― ¡ya te enseñaré! ― gritó, aunque su cerebro no le dijo que se levantara hasta que escuchó los gritos de ella y el rasgar de sus ropas.

Se puso de pie, y aprovechando el descuido de los secuaces de Gus atacó al más pequeño golpeándolo contra el tronco más cercano que encontró. El sujeto cayó pero le pareció a Alfie que volvería a levantarse.

Los gritos de Sybil se debatían en llantos y negativas, escuchó como Gus la golpeo y cuando quiso hacer algo su cabeza volvió a retumbar para ser lanzado al suelo. El más grande de los sujetos le puso el pie el cuello y le ordenó aguardar silencio, trató de sacarse la bota de encima pero como si se tratara de una maldita pelota de golf su atacante hizo primero el ademán y luego le volvió a romper la cabeza con el mismo maldito tronco.

Los llantos de la enfermera Crawley se mezclaban con la lluvia y los gruñidos de Cortesi. Y Alfie solo sintió deseos de llorar, veía como el mastín le arrancaba el brazo a su madre ante su mirada fija y atenta, era lo mismo lo que se retorcia en su estómago y a él solo le quedo apretar los labios y enmudecer.


N/A:

Saludos a todos ustedes, ingratos, sé que es un capítulo algo chocante pero no soy buena con las escenas traumaticas, además que son tan impropias de Downton y sus personajes. Aunque no de Peaky Blinders. Pobre Sybil.

Espero que quienes siguen esta historia, disfruten el capítulo.

Si no fuera por que sueño con ellos casi todas las noches, ya habría dejado de escribir esto. Pero tengo que sacarmelo de la cabeza.

Si han llegado hasta acá, un review será más que agradecido.

Saludos,

Brujhah.-