VI
Alfie
Fue el frío lo que le despertó. El pequeño lodazal en la cual quedó su cabeza se había cristalizado y cuando la temperatura bajó la lluvia terminó dando paso a la nieve. En medio de la oscuridad enfocó con dificultad a los copos que perezosos caían frente a él. Eso era muy diferente a los nevazones de su natal hogar, pero las prefería.
Cuando llegaran a Inglaterra a su padre le había parecido una nación de débiles. Su madre le había dicho que la razón por la cual los hombres Rusos eran tan propensos al enojo era por el clima, en comparación las lluvias primaverales o de otoño de Londres eran casi relajantes y el frío por mucho inferior. Cuando se embarcó a Francia imaginó que sería lo mismo. Que idiota. Se sentía completamente entumecido, como si el frío emanara de sus huesos en vez del exterior. Cuando su cuerpo comenzó a responderle la mitad ya estaba dormido y el solo incorporarse le resultó una tarea casi titánica.
Se había creído solo en medio de aquel bosque. Había olvidado por completo a la enfermera Crawley, de la nada el hielo que congeló sus recuerdos se derritió dándole paso a sus últimas horas de conciencia. Entonces su corazón se disparó volviendo bombear whisky y cocaína a todos sus miembros.
No fue difícil encontrarla, bastó dar un par de pasos para ver el bulto en el cual la enfermera Crawley se había convertido. Corrió hacia ella todo lo que sus piernas le permitieron en completo silencio: la muchacha tiritaba acostada sobre el lodo congelado en medio de los árboles y una fina capa de nieve había comenzado a cubrirla. Cuando se inclinó, ella, instintivamente se arrebujo como si tratara de alejarse de él, como si a pesar de sus intenciones de ayudarla ella solo sintiera que un peligro se acercaba. No reaccionaba y parecía sumida en una pesadilla, quiso tocarla, pero no fue capaz siquiera de llamarla por su nombre.
― ¡Enfermera…! ― dijo con la suficiente fuerza y ella abrió los ojos completamente ida. Lo miró como si no lo reconociera y trató de incorporarse, fue cuando Alfie notó que su uniforme estaba roto en toda la parte superior del cuerpo y solo la cubría una delgada enagua adornada con manchas de sangre, tenía mordeduras en los hombros y en el cuello. Trato, completamente aturdida, de cubrirse el pecho, pero las piernas le fallaron y cayó de bruces frente a él, como si estuviera ebria.
Se veía tan joven, ahí en el suelo Alfie la vio cruzarse de brazos y hundir el rostro entre ellos, creyó que lloraría, pero en vez de eso solo se cubrió. Su cabeza le dijo que la abrigara, que incluso al volver al campamento ella no merecía aparecer casi desnuda, le había salvado la vida ya dos veces, nada le costaba el cubrirla. Se sacó su chaqueta regular y la envolvió, fue cuando ella se sujetó de su brazo y trato de ponerse de pie consiguiéndolo a penas. En ese momento no dudó en asistirla; los movimientos de Sybil eran pausados y lentos y cada vez que se quejó mientras él le ayudaba con su chaqueta, ralentizó y suavizó sus movimientos, la vistió como lo hiciera con su hermana menor, como si fuera un bebe.
― ¿Sabe usted quienes eran los que acompañaban a Gus Cortesi? ― le preguntó mientras se apoyaba en él. Su voz no sonaba quebrada o temerosa, de hecho, le recordó el tono que usó con él hace un par de días atrás cuando le tocó su examen semanal con ella. Si no fuera por el barro, las heridas y la sangre, habría sido el trato que se daban siempre que él lo permitía.
Solo sus ojos se mantenían ajenos a todo, no lo miraba a él, tampoco al bosque. Estaban perdidos en la nada.
Y para él no fue posible sacarle la vista de encima. Jamás se había imaginado en tal escenario con ella. Ya sabía él que eran demasiado diferentes para que algo pasara entre ellos después de la guerra. Él conocía su lugar y estaba entre los de su pueblo, entre las mujeres de su pueblo. Y para más entre las mujeres que habían crecido con él, aquellas que sabían cuál era el negocio de Ivan Solomons y su familia, mucho más allá de la panadería.
Pero, aun así, cuando ya fuera por aburrimiento, o cansancio dejaba a su cabeza vagar por ideas y si era sincero consigo mismo sabía que ella era valerosa, podía ser un poco ingenua, pero si bien no le había dicho nada a nadie, agradecía sinceramente que ella lo salvara, tanto porque estaba con vida, así como por conocerla. Si la cabeza de Alfie lo traicionaba mostrándole un futuro inexistente cuando bajaba la guardia era porque en ese futuro era igual de valiente, igual de aguerrida, igual de gentil y cortes, en donde bastaba una sola mirada de ella para saber que todo estaría bien.
Ahora no había nada de eso, sus ojos estaban apagados y Alfie no pudo dejar de extrañarse ante su propia pasividad. Se supone que esa muchacha, sin quererlo y sin pretenderlo le había cautivado hasta el fondo mismo de su interior. Por mucho menos ya habría corrido a buscar a Cortesi para sacarle los ojos o reventarle las bolas; la habían violado y la ira que debió haber sentido no estaba.
¿Sería muy hijo de puta de su parte si se alegraba por la primera evidencia de que tal vez no estaba "enamorado" de ella?
Pero ¿Cómo podía no estarlo? llevaba varios minutos de pie frente a ella, sosteniéndola casi sin tocarla, sin saber que hacer mientras se perdía en sus facciones magulladas. No, debía actuar, lo mejor era hacer algo que no lo tuviera como idiota frente a ella, incluso si es que Sybil apenas notaba su presencia.
Fue cuando se trató de tonto al notar que la había cubierto con una chaqueta completamente mojada, y que los temblores de la enfermera Crawley aumentaron, cuando se llevó ambas manos a la boca para darles calor.
Solo entonces ella le miró, directamente a los ojos. Recordó que le debía una respuesta. Algo le había preguntado ella sobre los hombres de Cortesi, no lo sabía así que negó, no los había visto antes en el campamento y era posible que llegaran precisamente el día anterior.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sin querer habló.
― ¿C…como se siente? ― que estúpido, ¿Cómo debía sentirse?, quizás debería seguir con su política de no abrir la boca frente a ella.
― Entumecida ― contestó ella, quién instintivamente cortó todos los centímetros que los separaban para pasarle su brazo tras el cuello, mientras que esa vez, era él quien, sin objeción alguna, le sujetaba para que no cayera.
No sabía cuánto se había alejado del campamento, había perdido su ubicación cuando corriera tras Cortesi y si bien le parecieron segundos, estaba seguro de que fueron varios minutos antes de encontrarlo. De todas maneras, el avance era lento y cada cierta cantidad de pasos Sybil tropezaba con alguna raíz o por debilidad y lo arrastraba al suelo.
Ninguno estaba en su mejor forma, una fuerte puntada le recordaba una y otra vez que lo habían apuñalado en su ya herida pierna.
Más pronto de lo que imaginaba, aunque también podía ser una jugarreta del tiempo, el cielo se aclaró lo suficiente para dar a un claro, los árboles dejaron de oscurecer, aún más, su entorno y el bosque dio paso a un amplio camino que Alfie reconoció como el de los camiones que abastecían el campamento. No debatieron en qué dirección seguir, Alfie suponía que era un mejor explorador razón por la cual, sin decirle nada la guío y ella, demasiado débil para objetar nada, solo se dejó llevar.
Cuando volvió a tropezar, le costó mucho más levantarla.
― Lo lamento ― fue lo único que ella dijo antes de impulsarse nuevamente hacia él, Alfie alcanzó a sostenerla con firmeza y en el primer gesto humano que tuviera hacia ella, la alzó en andas mientras ella, impulsada por su movimiento se aferró a su cuello como si fuera una tabla salvadora en medio del mar.
Se sintió incómodo, pero no dijo nada.
Entonces la sintió llorar, en absoluto silencio y una rata gigantesca comenzó a roerle el estómago, a cada paso que daba el maldito se habría paso entre sus intestinos y carnes con toda la intención de salir por su boca.
Fue cuando entendió qué si antes no había sentido nada, es porque la pena de ella lo había inundado y sobrepasado. Pensó en lo buena que ella siempre había sido y que Dios y los hombres, así como él, eran los depravados, pensó en su madre siendo tratada con injusticia y pensó en qué si alguien le hiciera algo así a sus hermanos, o a quienes él estimaba no viviría para contarlo nuevamente. Se dijo así mismo que eso ocurría todos los días, a todos y que ella no debería ser especial.
Pero no era así, no lo era porque le había dado esperanza, en plena guerra y con la muerte rodeándolo, le había hecho creer que había algo más que su propio egoísmo. Y a cada pensamiento la rata crecía y se hacía más grande y ya no tenía el espacio suficiente como para moverse, respirar y vivir, la sentía comerse sus pulmones y avanzar hasta su garganta.
Debía dejarlo salir, de alguna forma, cualquiera. Llegaba a ser doloroso el siquiera pensar en mantenerla ahí, encerrada. Él no era así. Alfie Solomons, al igual que su padre, escupía ratas y demonios. Solo que ahora no podía dejarla con libertad sin que realmente valiera la pena, seria cruel con alguien que no lo merecía, con alguien que había arriesgado su vida sin conocerle por salvarle. Entonces se detuvo, no podía seguir, la pierna le ardía y a su cabeza había vuelto el dolor. Casi dejó caer a Sybil al suelo, pero no la apartó. Ella incapaz de continuar solo se dejó caer y él, tal cual todas las veces en que ella tropezó se dejó arrastrar. El llanto subió en decibeles hasta mezclarse con el viento y las hojas, un gemido largo y penoso recorrió el bosque y la rata le desgarró los músculos que separaban su caja toráxica de la piel, presionando el puño de sangre bulboso que bombeaba whisky y cocaína a su cerebro.
Fue cuando se atrevió a tocarla, esta vez con todo lo que él; Alfie Solomons era, sin cuidado alguno le apartó el cabello y la arcada se hizo tangible en su interior, los ojos de la rata se asomaron por su garganta a través de la rendija que formaban sus dientes, el aroma a libertad era tan tentador que Alfie dejó de resistirse y cedió.
Cogió a la enfermera del rostro y se obligó a no consolarla, tenía algo más importante que hacer. Sus ojos casi la desafiaron cuando finalmente ella lo miró; las lágrimas se mezclaban con el barro y la sangre y sus ojos brillantes lo miraron por primera vez completamente derrotados.
Seguían siendo lo más hermoso que viera en mucho tiempo.
― Voy a matarlo ― sentenció, ella no reaccionó a nada y solo se cubrió el rostro con ambas manos, para sollozar ahí. Fue cuando él, esta vez, cortó todos los centímetros que los separaban y la abrazo. No sabía si para contenerla a ella o a él ― Voy a matarlo ― repitió.
— ¿Cómo conociste a Solomons? — Darby Sabini se llevó un pañuelo a los nudillos ensangrentados y miró a Thomas con la fijeza de quién le desea la muerte a su peor enemigo. Sus finos cabellos, empapados de sangre y sudor, caían por sobre su frente, sus ojos oscuros masacraron el golpeado rostro de Thomas Shelby una y otra vez.
Su frente también estaba amoratada, pero definitivamente, era el diente suelto en su boca lo que más lamentaba de su pelea con el líder de los Peaky Blinders.
— ¿Que mierdas importa eso ahora?
— A mí me importa... — contestó Thomas, mientras se buscaba en las ropas algún cigarrillo. Sus gestos eran cansados y lentos.
Estaba aprovechando que los hombres de Alfie controlaban las afueras de la casona de apuestas del italiano, para marcar la obvia diferencia que existía entre los dos. Sabini, que siempre se había jactado de su "amistad" con Alfie, se vio de pronto sorprendido y muy, muy cabreado, al ver cómo es que los malditos judíos, se quedaron de brazos cruzados y solo miraron mientras a él, los putos gitanos, le partían la cara.
Para Thomas fue una grata sorpresa saber que tan buenos habían resultado esos chicos a la hora de pelear, incluso Arthur admiraba su resistencia, aunque no se les acercó en ningún momento. Aun así, Tommy no dudaría en apostar contra ellos sin dudarlo, así como ellos no dudarían en volarle la cabeza al solo cambio del viento, que era más o menos como Alfie solía conducirse. Sin embargo, no podía evitar felicitarse, encontrar a la chica había sido una jugada que solo la suerte pudo haber colocado en su camino.
Jeremiah, el líder de esos muchachos parecía de todo menos el que estaba a cargo. Sus hombres eran el doble de altos y fuertes aun así no discutían sus órdenes y se plegaban ante él con una disciplina que a Thomas le recordó al ejército. Pero ya lo había adivinado, en cuanto lo vio. Jeremiah, con su rostro de niño impoluto también había estado en la guerra y era el más inteligente de todos, así como probablemente el más leal a Alfie. Y no dudaba que le pasaba todos los detalles de las redadas a su jefe.
Por lo mismo lo mantenía alejado de las reuniones, por lo mismo era importante que ninguno de sus chicos escuchara lo que ahí se diría. Thomas ya había tenido suficiente de la imprevisibilidad de Solomons. El judío se había dado el gusto de no actuar como él esperaba -una vez más-. Y según sus informantes una vez que viera a Lady Sybil no buscó ponerse en contacto con ella, pero él lo sabía, ¡oh si lo vio con sus propios ojos! La reacción primaria de Alfie lo delató por completo. Conocía a Lady Sybil, y claramente guardaba sentimientos hacia ella. Era solo que no había podido descifrar cuales.
Conociendo a Alfie, lo poco que lo conocía, dudaba seriamente de que ese hombre fuera capaz de sentir algo parecido al amor. ¿Le gustaban las chicas? Claro, sabía que había tenido esposa y que de vez en cuando acudía a burdeles. Pero desde hace más de tres años que nada se sabía de una chica para Alfie, él sabía que su estilo de vida no lo permitía, pero en ocasiones había cosas más fuertes que el temor a la muerte.
Y a esa idea se unía constantemente la sensación de que al lado de Alfie Solomons, él solo era un principiante: osado y con cojones, pero principiante, al fin y al cabo. ¿Cuánto tardó en aceptar a Grace cuando supo de ella? ¿Cuánto tardó en volver a sus brazos? la respuesta era que muy poco. Y actualmente la idea de ser feliz a su lado, de transparentar todos sus sucios negocios ganaba la batalla a cada movimiento que le decía que fuera con más cuidado, que se tranquilizara.
¿Porque tendría que tranquilizarse? estaba ganando, los tenía a todos con el cuchillo en la garganta. A Solomons y ahora al maldito de Sabini.
Thomas miró a Arthur que tras Sabini y con las manos cruzadas sobre la entrepierna esperaba. Le hizo una señal y este le ordenó a uno de los chicos que le trajera un vaso con alcohol. Thomas, en vez de servírselo, se lo extendió al italiano. Sabini lo cogió con desconfianza y lentitud, le producía cierto placer el actuar con así cuando el maldito gitano esperaba que lo hiciera con rapidez, lo revolvió unos segundos y dio un pequeño sorbo, casi como si degustara el sabor, aunque en su boca se preocupaba de pasar el alcohol una y otra vez por el agujero que había dejado su diente suelto. Habían peleado si, se habían partido la cara, pero Shelby aún era joven, algo que él, de a poco estaba dejando atrás. Además, considerando que técnicamente había perdido debería temer, debería estar asustado. Claro que lo estaba, pero no por ello lo demostraría.
Lo que era claro, sin embargo, es que tendría que buscar a mejores hombres. Entre los judíos y los gitanos lo habían dejado sin un ejército de valor. Quizás debería buscar entre los chicos perdidos de Billy Kimber.
Shelby no lo mataría, de querer hacerlo ya habría ocurrido. Quería sus licencias, las que tanto le había costado recuperar, pero eso era algo en lo cual tampoco le daría el gusto. Como él lo veía, las negociaciones recién estaban comenzando.
Suspiró. A pesar de todo, se sentía cansado y adolorido.
"¿Que habrá cocinado Isabella?"
— En la escuela, pero solo éramos unos niñatos de mierda. Realmente conocí a Solomons cuando se hizo cargo del negocio. Ellos habían cedido terreno a la muerte del jefe y nosotros lo aprovechamos — extendió su brazo y uno de sus chicos, mucho más golpeado que él y con el rostro ensangrentado le extendió un puro.
Dejó de lado el vaso y soltó una maldición cuando noto que el puro estaba húmedo por la sangre, de un veloz movimiento sacó una navaja y la respuesta fue inmediata. Tanto Thomas como Arthur y dos muchachos más sacaron sus armas y le apuntaron. Darby Sabini miró a su alrededor y sonrió; lento y soberbio, alzo la navaja y con aún mayor lentitud cortó la parte húmeda de su puro. Luego la dejó caer y la pateó lejos de su alcance.
Miró a Thomas, quién dejó su arma sobre la mesa y con un gesto le pidió fuego. Thomas alzó las cejas cansados, pero asintió, sacó una caja de fósforos y se la extendió a Sabini. Con aún mayor lentitud Darby encendió su puro. Dio una profunda calada y se detuvo unos segundos para observar como este se encendía.
— ¿Qué es lo que quieres entonces? — preguntó observando a Thomas.
— Epsom, y para detener todo esto, creo que me conformaría con cuatro de tus agencias en Londres — Sabini sonrió.
— Una agencia y dividimos Epsom, si el jodido judío puede compartir contigo, yo también. Donde caben dos caben tres — Thomas negó.
— No, cinco de tus agencias en Londres, no aparecerás tu puto culo de italiano en Epsom y te retiraras al oeste, al menos por tres años — el gesto cínico de Sabini desapareció.
— Entonces esto seguirá — dijo, pero en cuanto trató de levantarse de su asiento fue impulsado hacia este por Arthur.
— Por supuesto que no — Thomas hizo un gesto y esta vez fue John quién se adelantó. Con pasos lentos y tranquilos, cogió la navaja que Sabini había y se la entregó a Thomas, que con movimientos lentos y casuales la guardo en su bolsillo.
Cuando John estuvo frente al italiano le arrancó el puro de la boca luego, sin ceremonia alguna, sacó su arma y le apuntó a la cabeza. Sabini escuchó el martilleo y fijó la vista en Thomas lleno de rabia.
— Deberás entender, Sabini. Que te equivocas al creer que puedes negociar. Estaba dispuesto a hacerlo, pero entre más te niegues a ceder peor serán mis ofertas. Y es muy claro que a mi favor se encuentra lo que ahora vez — Thomas extendió sus manos como dando a entender el escenario en el cual se encontraba. Los gitanos de pie, los italianos en el suelo. Y él con un arma en la cabeza. Thomas apunto con los dedos a su cabeza e hizo el gesto como si disparara — Esto puede ser muy fácil para mí.
Se quedaron mirando largos segundos, hasta que harto Thomas hizo un gesto a John. Sabini no alcanzó a levantar las manos para decirle que esperara cuando el disparo de John resonó en toda la habitación. Todos voltearon y vieron a Darby Sabini caer de su silla junto al latigazo de sangre que se esparció por el suelo, confundiéndose con la que ya se encontraba ahí.
— ¡Tú! ¡tú! ¡Maldito gitano hijo de perra! — exclamó el italiano mientras se cogía la cabeza. Con los ojos inyectados de furia se alzó hacia Thomas, todo lo que su cuerpo le permitió.
— La próxima bala irá directo a tu cabeza — sentenció Thomas sin siquiera mirarlo.
El tono tranquilo y calmo de Shelby solía asustar mucho más que la ira de Arthur. Y él que siquiera le mirara le decía a Sabini que no tendría problema alguno en efectivamente volarle la tapa de los sesos. No podía contar con las familias pues estas se inclinarían por el más fuerte. Y ahora, con la ayuda de los judíos, Thomas Shelby lo era. Debía aceptar la derrota. Al menos, esta vez. Aun así, John debió martillar de nuevo su arma para que Sabini alzara su mano.
— ¡Espera, espera! ¡Está bien! — escupió. Solo entonces Thomas fijó la vista en él.
— ¿Está bien qué?
— ¡Toda la maldita cosa! ¡Todo! ¡¿Entiendes?! — Sabini se limpió con la manga ya sucia, la sangre que salía de su cabeza. Aunque esta no se detuvo con ello.
Si hubo algún gesto de victoria, Thomas no lo evidencio a diferencia de sus hermanos que sonrieron satisfechos e intercambiaron una mirada cómplice.
— Bien — dijo poniéndose de pie — desármenlos chicos y déjenlos ir — Sabini lo vio abandonar el cuarto fumándose un cigarrillo, como si nada hubiera ocurrido, como si él no le hubiera partido la cara.
Justo antes de salir se volteó y lo miró como un rey a un señor caído en desgracia y se despidió.
Las puertas se cerraron tras él y se sintió desfallecer, le temblaban las piernas y el mentón. Sabini podría ser un viejo, pero había acertado en cada puto golpe que le diera. Sentía los molares internos sueltos seguro de que había sido cuando el viejo cayera sobre él pateándole directamente en la cabeza.
Johnny Dogs se acercó y lo sostuvo con gesto casual, con toda la intención de no evidenciar la debilidad que se apoderaba de él. Era el extraño caso de Thomas Shelby, el chiquillo más escuálido y pequeño que hubiera conocido, él era un adolescente cuando naciera y al igual que muchos niños de su época había enfermado de neumonía, recordaba haberlo visto pasar inviernos completos en cama por su débil organismo, hasta que creció y fue a la guerra, fue eso y nada más lo que endureció a Tommy, lo que lo mató en vida.
Thomas cerró los ojos un momento, lo suficiente como para recobrar el control de su cuerpo y poder caminar solo, resultó gratificante notar que nadie le había prestado atención. Si dirigió hacia Johnny, quién atento escuchó y dio su orden.
— Dile a John que se encargue de limpiar todo esto — Tommy avanzó, ya mucho más seguro en medio de sus hombres que recogían mesas, sillas, armas y a hombres caídos. Ya John le llevaría una lista de sobrevivientes y muertos por lo que se preocuparía después. Le pareció que sus pasos sonaban firmes sobre la duela del lugar, incluso con mayor fuerza que los lamentos de los hombres heridos y los gritos de sus chicos, que les ordenaban levantarse. Dio una profunda calada a su puro y cuando le abrieron la puerta principal sintió todo el alivio caer sobre él con una fuerza liberadora comparable a la onda expansiva de la bala de un cañón; el viento era helado y los restos que había dejado la lluvia le refrescaron los miembros. A su cabeza vino el recuerdo del túnel y de cómo es que se habría comido el aire que le inundó los pulmones y el cerebro al escapar del derrumbe. Ahí, en donde él, Danny y Freddie, avanzaron en medio del barro y los cuerpos que se ahogaron ahí.
Se sintió, por unos segundos, vivo de nuevo.
Jeremiah, asintió escuetamente cuando se dirigió hacia el auto de Thomas y le abrió la puerta trasera. Tommy no sintió nada, solo escuchó, como las muchas veces que antes ya le había pasado lo mismo; pasos rápidos, a alguien que cruzó un charco de agua con velocidad y algo que lo empujó desde atrás. Su cerebro le dijo que reclamara, que dijera a sus hombres que no lo trataran así, sobre todo después de la pelea con Sabini, pero al mismo tiempo le advirtió que no mostrara debilidad, que no eran sus hombres los que en ese segundo le rodeaban, quiso voltear, era un reflejo, quería saber que era lo que ocurría, fue cuando un par de manos lo cogieron de la cabeza para lanzarlo como un saco dentro del automóvil. Sintió golpes y un par de patadas que en nada se comparaban a las ya recibidas, sintió como las ruedas del auto chillaron sobre el pavimento y lo brusco de su movimiento le indicó que iban a toda velocidad.
Era obvio, los judíos lo habían traicionado. Quizás que pasaba por la cabeza de Alfie en ese momento, la primera idea que se le vino fue que se había hartado y que iría por la enfermera Crawley.
Fue cuando su voz se alzó por sobre todas.
— Basta, basta — dijo Solomons casi paternalmente, con suavidad lo cogió de los hombros y lo ayudó a levantarse — Tommy, aquí — dijo cuándo, finalmente pudo incorporarse y ver a su alrededor — es un aliado, un amigo, no un puto saco de entrenamiento ¿entendido? — Jeremiah no le sacó la vista de encima y su mirada era tan asesina como la de Sabini en la casa de apuestas.
Internamente Thomas se dijo que lo mataría.
—¡¿Entendido?! — exclamó Solomons, tanto Jeremiah como el otro sujeto, a quién Thomas no reconoció asintieron. Alfie alzó su bastón y golpeó el cristal que daba al conductor, este se detuvo — Ahora, jódanse — finalizó sin siquiera mirarlos, ambos bajaron del automóvil. Y Thomas se percató de que los dos chicos volvieron sobre sus pasos y ninguno subió de nuevo.
Fue cuando se sintió en confianza para hablar.
— ¡¿Qué carajos fue eso Alfie?! — el auto se echó a andar y Tommy vio como Solomons rebuscaba entre sus ropas.
Quiso hacer lo mismo y buscar su arma, para luego recordar que la había dejado…
"¿Dónde?¡La navaja!"
En cambio, Alfie solo le extendió la mano empuñada y de inmediato supo a qué se refería. Fijó la vista en su acompañante. El judío no lucía para nada contento o tranquilo. Las luces que, a destellos, iluminaban el interior del automóvil al pasar le daban, en ocasiones, reflejos que hacían parecer sus ojos mucho más oscuros de lo que eran.
Algo le dijo a Thomas que se relajara y conjuntamente con ello estiró el cuello y se acomodó en el asiento frente a Alfie. Fue cuando notó que no estaba en su auto, ni en ninguno que él tuviera.
— He venido a terminar negocios contigo Tommy boy — Thomas solo asintió con gesto cansado, de seguro para Alfie eran evidentes las heridas de su rostro, quizás le serviría de mensaje, o eso esperaba.
— Bien, este ha sido un día para ello… — Alfie solo suspiró a lo que Thomas respondió extendiendo su brazo para recibir lo que el puño de Alfie guardaba.
— Hace un par de horas me había prometido que te los metería por el culo compa — Thomas no se mostró sorprendido, revisó el saquito de tela en el cual los guardaba, ahí estaban ambos.
— Bueno, compa — dijo buscando entre sus ropas algún cigarrillo que encender — aquí me tienes, no iré a ningún lado — Alfie río incrédulo mientras desviaba la vista hacia el exterior.
— Sabini te dejó casi inválido — contestó — ¿Crees que no sé lo duro que puede llegar a ser ese puto italiano? — Thomas se rindió de encontrar algún cigarrillo, y extendió las cejas como si no le importara en lo absoluto la historia de Sabini y Solomons.
— ¿Así que...? — preguntó, mientras Alfie lo miraba con atención, de pies a cabeza.
— Cierto — agregó Solomons — mis condiciones — Thomas volvió la vista hacia él — obviamente la mitad de lo que has conseguido y mis mil libras más un interés del… — divago mirando hacia la techumbre del automóvil, como si realmente lo estuviera meditando — …setenta y cinco por ciento — el líder de los Peaky Blinders asintió lentamente calibrando al judío.
Claramente, a diferencia suya, nadie le había partido la cara y había obtenido toda la información sobre dónde encontrarlo, probablemente de sus hombres.
"Era obvio, joder, obvio"
— ¿Por qué debería darte la mitad? — Alfie abrió los ojos, mostrándose sorprendido, quizás exageradamente.
Thomas ya sabía la respuesta, si no le daba la mitad Alfie amenazaría con matarlo, o tal vez, lo haría. Siquiera sabía porque lo provocaba, como socios sería más fácil solo llegar y ceder. Pero era precisamente la forma en la cual lo habían secuestrado lo que le hacía dudar de todas las intenciones de Alfie Solomons, quizás le preguntaba solo por mera curiosidad, para tener una vaga idea -si es que Alfie le hablaba con la verdad- sobre a que se enfrentaba.
— Porque somos socios, porqué nada me cuesta matarte ahora compa — en ese momento fue Alfie quién se sacó un puro del bolsillo y se lo extendió. Thomas se encogió de hombros y lo aceptó, miró a través de las ventanas mientras Solomons le acercaba fuego para encenderlo, dio una calada que le supo a gloria y habló.
— En honor a nuestra sociedad, te devolveré tus mil libras y a tus hombres, más un interés del… — hizo el mismo gesto de Alfie y divago un par de segundos — 35 por ciento.
— ¡Jodete, no! — Alfie clavó su bastón en medio del piso y se acercó todo lo que su espacio le permitió a Thomas — esta vez Tommy boy, será el 75 — y su tono era diferente, como si realmente nunca lo hubiera escuchado.
Fue cuando entendió que Alfie, no estaba ahí por el dinero. Estaba ahí por él, iba por él y era muy posible que, de no ceder, realmente lo mataría.
Era cuando recordaba que había muerto en el Somme, sepultado bajo toneladas de tierra y barro, con Freddie y Danny.
— ¡Vete al diablo, Alfie! — contestó — Puedo darte hasta el 40, mil cuatrocientas libras y será menos de lo que gaste en tus hombres.
Alfie se le quedó mirando inexpresivo, en completo silencio. Analizándolo a tal punto que logró, como pocas personas, hacerle sentir incómodo.
— El 55 por ciento y me llevaras con ella.
En esa ocasión fue Thomas quién se le quedó mirando en absoluto silencio. Así que al final se reducía a la enfermera Crawley, a una mujer.
¿Quién era él para decirle nada a Solomons? ¿Podría culparlo por eso? Fuera lo que fuera que ataba a Alfie a esa chica no era de su incumbencia. ¿Cierto?
Pero además podía verlo, Solomons se odiaba por ceder. Estaba en su rostro apretado y tieso, en la forma en la cual cogía su bastón y como es que sus nudillos, aún en la oscuridad matinal palidecían dentro del automóvil. Thomas vio entonces todo el cuadro. Y si antes había considerado que no le interesaba, eso era un escenario que había cambiado dramáticamente.
— Grace — dijo, esta vez mirando al exterior, viendo cómo es que el cielo clareaba mostrando en donde las nubes se separaban — llegó a mi como espía de Chester Campbell, el agente al que Polly dio muerte en Epsom. En cuanto la vi supe que nada bueno pasaría entre nosotros — dio una calada a su puro — quise alejarla y se la ofrecí a Billy Kimber como una prostituta, mi cabeza me decía que ella no importaba más que los negocios pero… — expulso el humo — cuando pasó por mi cabeza la imagen de ella siendo desnudada por ese animal, algo mayor se apoderó de mí y mande mis ideas a la mierda — el gesto de Solomons había cambiado a uno de completa extrañeza.
— ¿Por qué mierdas estoy escuchando esto Tommy? Es cuando das esos putos rodeos que me dan ganas de volarte la cabeza.
Thomas solo fijó la vista en Alfie y preguntó.
— ¿Cómo conociste a la enfermera Crawley? — Alfie alzó el rostro. Ahora entendía la estrategia de Thomas, de haber estado más frío podría haberlo visto del principio. En vez de eso había bloqueado su cabeza a cualquier cosa que no fueran las metas que se había puesto para ese encuentro.
Solo que no había cumplido con ninguna.
A él no le agradaba hablar de cosas íntimas o familiares, a menos que el rencor lo sobrepasara. Pero cuando Thomas le preguntara sintió, por primera vez en años, la sensación de hablar en absoluta confianza. Shelby había expuesto su propia debilidad, quizás en un intercambio lleno de morbo, pero ¿Importaba eso, a esas alturas? Thomas había ganado, él tendría a sus hombres de vuelta y si la veía…
Si la veía…
Realmente no sabía que ocurriría. Pero era un paso, uno que fuera a la tranquilidad mental.
Dejó escapar el aire, aunque habría querido suspirar. Pero no se podía permitir mostrarse cansado frente a Thomas, quién a todas luces había sobrevivido a una última batalla contra Darby Sabini.
Por lo tanto, solo se rascó el mentón casualmente y miro al exterior.
— Me sacó de un agujero en Francia, me arrastró por más de medio kilómetro hasta la trinchera más cercana — Thomas abrió los ojos sorprendido, la enfermera Crawley tenía una estatura y complexión que él tacharía de promedio ¿podría con él como paciente? Desde luego ¿con Alfie? Lo dudaba. Lo que era claro, es que no podía dejar de sorprenderle.
— ¿Y los aretes? — preguntó Thomas, consiguiendo esta vez una mezcla de reacciones en el rostro de su interlocutor.
Aquél silencio duró mucho más que cualquiera que hubieran compartido. El sol comenzó a asomarse sobre los campos verdes y amarillos, el reflejo de los rayos de sol sobre las partículas de agua que se alzaban sobre el suelo; despertaron cientos de miles de mini-arcoíris, los cuales el automóvil que los llevaba cortaba con su velocidad.
— Se los dio — contestó cuando Thomas ya creyó la conversación acabada — a uno de los Cortesi con tal de que no me matara — Thomas los conocía, no tenía negocios con ellos, pero sabía que manejaban el juego, cocaína, opio y varios burdeles al sur de Londres, donde no alcanzaba la influencia de Alfie, Sabini o la propia.
— No sabía que serviste junto a Cortesi en la guerra.
— No compartí con él, simplemente quisimos matarnos — Thomas frunció el cejo recordando cierta historia sobre las trincheras, un italiano y Alfie.
Quiso preguntar, pero se controló. De pronto se había sentido cansado y le pareció que todo era un sinsentido.
— ¿Vamos a Birmingham? — preguntó finalmente, Alfie asintió sin mirarlo. Thomas dio otra calada a su puro y se recostó a todo lo largo que daba el asiento.
Sybil estaba recostada en un camilla dandole la espalda. Miró su silueta una vez más antes de volver a centrarse en el tejado. Una pequeña lámpara de keroseno era la frontera entre ambos, y tal cual la noche anterior se había quedado dormida en medio de sollozos y llantos apagados. Él mantenía su vista fija en el círculo de luz que se reflejaba en las viejas maderas, la lluvia de los últimos dos días hacía crujir la cabaña del general Davenport, recordándole su hogar de niño, ahí cada vez que sintió miedo su padre lo cogió en brazos para alzarlo sobre la ventana más cercana y enseñarle lo que era el poder de Dios.
Dio un respiro dificultoso, algo que llamó la atención de la enfermera que atendía a Sybil. Esta acarició el pelo de la muchacha con ternura por última vez y se volteó hacia él dirigiéndole una mirada que pretendió ser tranquilizadora.
— ¿Necesita algo soldado Solomons? — sentía hambre y sed pero negó.
Le habían golpeado tanto que necesito una fuerte dosis de morfina para palear el dolor de su rostro, la que a su vez le mantenía mareado y le hacía vomitar todo lo que se llevara a la boca. Y a esas alturas, seguía sintiéndose muy cansado como para tener que levantarse cada vez que su estómago no aguantara. Eso sería mucho más fácil si estuviera en algún pabellón de soldados, de todas maneras no se quejaba. En la cabaña había calor y la tranquilidad suficiente como para, por fin, no preocuparse más que por el presente. Por otro lado, ella estaba ahí y él podía seguir su recuperación. Fuera del revuelo inicial de su llegada, poco y nada pudieron decirse. No es que él, además, fuera un gran comunicador.
Pero esto era lo que sabía: un crimen se había cometido, una situación que, por el azar, los había unido ambos. Lo que les obligaba a mantenerse en la cabaña del general de brigada, quién a su vez oficiaba de Doctor en Jefe de aquél hospital, siendo ambos los únicos testigos. Alfie no confiaba en la policía, en Londres él los conocía de otra manera, tampoco habría creído que se iniciara una investigación sobre lo ocurrido. Como usualmente pasaba, se haría lo posible por devolver a la enfermera Crawley a su hogar, se le quitaría la responsabilidad al ejército y, una vez más, él tendría que iniciar algún tipo de recuperación. Incluso era posible que pasara toda la guerra sin cruzar en ningún momento hacia las trincheras, pensamiento que contrariamente le resultó terriblemente incómodo.
Quiso bufar, pero prefirió cerrar el único ojo que podía abrir, buscando el esquivo descanso. En vez de eso tuvo una vuelta en el aire y la sensación de que a su cama las patas le habían crecido hasta el cielo. Con más dolor que nada volvió a abrirlo, sentía el rostro tenso e hinchado, comer, beber o incluso respirar le causaba dolor. Jamás imaginó lo que le habían hecho, ya que no fue hasta que pudo ver su rostro que entendió lo grave de sus heridas, por alguna razón durante todo el trayecto de vuelta al campamento su cuerpo no le había dicho lo mal que Cortesi le había dejado, pero en cuanto tuvo una visión del mismo, las puntadas de dolor se dispararon a su cabeza, sintió debilidad y por sobre todo un fuerte mareo. Todo el mundo le había dado vuelta antes de que un enfermero pudiera sostenerlo, de otra forma se habría golpeado en el suelo de nuevo, de la misma forma en que los boxeadores caen cuando los noquean.
Fue el general Davenport quién le atendió personalmente cuando llegara casi desfallecido al campamento, y encargó a la jefa de sus enfermeras tratar a la muchacha, así como guardar el máximo sigilo respecto de lo que había ocurrido. Alfie jamás había cruzado palabra con él, pero le resultaba diferente a todos los que conociera antes. Era el tipo de hombre que conseguía el respeto de sus subordinados sin levantar la voz una sola vez.
Sin embargo, y en contra de todo pronostico en cuanto el general se presentó frente a ellos entendió que las cosas serían diferentes.
Se había cometido un crimen, nada más ni nada menos contra una condesa. Mentiría si dijera que esa información le había sorprendido; la enfermera Crawley era la menor de las hijas de Lord Grantham, señor de Dowton Abbey, en Yorkshire. Lo que explicaba mucho sobre ella, Alfie recordó el fino reloj de pulsera y las joyas que le había dado a Cortesi. Ahora lo entendía. Ella era demasiado joven para ser enfermera de profesión y aún así ostentaba el rango, ahora era claro el por que.
Y toda la sorpresa que debió sentir se hundió en su indiferencia. Él solo había querido dormir o ahogarse en morfina, todo con tal de no sentir el ruido que se colaba en su cabeza; esas miles de botas marchando sobre tablones, como el ruido que hacía el tren de Camden Town cuando se acoplaba la locomotora con los vagones con la notable diferencia de que ocurría en todas las milésimas de segundos, en todos los lugares, en todos los espacios, incluso el silencio los traía consigo.
Resultaba desesperante.
En cuanto al exterior, sabía que se había instalado un toque de queda en el campamento y esa mañana un teniente de la policía Francesa, así como el Comandante del décimo escuadrón había acudido al interrogatorio.
Lady Sybil.
"Si, ahora es Lady"
Lady Sybil había sido clara y enfática, y a Alfie le sorprendió que alguien que le pareciera tan gentil fuera capaz de silenciar a todos aquellos hombres. Había tenido una forma de conducirse y expresarse que si no fuera por el rostro maltratado y el hecho de que aún llevara sus ropas con lodo, fácilmente se podría haber tratado de la legitima dueña de toda la maldita Inglaterra.
"Casi como lo fuera..."
Se había mostrado digna y orgullosa, aún con el cabello desordenado, el ojo enrojecido por la sangre, los moretones de su cara y el labio partido.
Habló sin verguenza sobre el ataque, y narró casi con precisión diría él, como es que se había internado en el bosque curiosa por la forma en la cual habían llevado al Soldado Solomons, dijo que de sus atacantes solo conocía a Cortesi, que no los había visto antes en el campamento. Que amenazó a Cortesi con denunciarlo si es que no detenía la golpiza en su contra y que en respuesta este le había abofeteado, que luego había querido cogerla pero que ella contestó a su ataque defendiéndose. Cuando le preguntaron por que no se quedó en el campamento, alegó que como enfermera no podía permitir que dañaran a nadie. Luego sacaron a colación el hecho de que ella lo salvara en el bombardeo. Y no lo negó, Alfie diría que incluso se mostró orgullosa de ello. Fue cuando lo acosaron, sospechando que existía algún tipo de relación entre ambos. Y, en vez de guardar silencio, o sentirse atacada por el absurdo, nuevamente Lady Sybil lo desarmó;
"¿Acaso esa sería la única razón por la cual una mujer actúa? ¿Que parte de mi uniforme usted no entiende para saber a que me dedico y salir con semejante teoría?" ellos habían querido contestar, visiblemente contrariados pero Lady Sybil no los dejó "Incluso si ese fuera el caso y yo y el soldado Solomons fuéramos amantes, eso no es impedimiento para actuar de la forma en que lo hice y menos excusa a mis atacantes para actuar así"
El policía Francés, que era el menos impresionado, contratacó:
"¿Está sugiriendo que si existe una relación entre usted y el soldado Solomons?"
Y todo se hablaba frente a él como si no existiera.
"Yo no sugiero nada, lo que hablo lo hago directamente y sin rodeos mounsier. ¿Quiere usted saber si él me importa? Por supuesto que lo hace, yo lo salvé"
Luego trataron de interrogarlo a él pero a esas alturas la morfina ya había hecho efecto casi tumbándolo. El sueño se apoderó de él y cuando despertó una de las enfermeras atendía a Lady Sybil en la camilla a su lado.
Algo parecido a un murmullo salió de su garganta y la sensación de sequedad le hizo recordar sus primeros días como convalenciente. ¿Cuando iría realmente a pelear? y vio de nuevo a Sybil en el suelo mientras Cortesi trataba de golpearla. Volvió a su cuerpo la sensación que lo embargó cuando lo embistió.
Una sirena sonó, y la enfermera se puso de pie dirigiéndose hacia la puerta, la entre abrió un poco y volvió hacia ellos. Algo les dijo pero él no entendió bien que, luego sus pisadas y solo se quedó el sonido de la sirena, Alfie la reconoció, un convoy había llegado y, de seguro, era numeroso.
Trató de incorporarse, pero un líquido tibio subió por su garganta quemándole el esófago. Violentamente se giró sobre si, con todo el dolor que aquello significó, y dejó escapar el aroma agrio por la boca, solo era líquido; tibio y amargo. No pudo alejarse lo suficiente de su cama y la ensució así como la ropa que llevaba, sin embargo, el alivio que le siguió fue sencillamente un regalo, se quedaría así hasta que la enfermera volviera.
— ¿Esta bien soldado Solomons? — irrumpió en medio de su cabeza con exasperante tranquilidad. Cuando alzo la vista los ojos claros de la enfermera Crawley lo observaban fijos y preocupados. Con la poca luz del lugar, aquél ojo que había quedado oscuro por la sangre y los golpes se veía casi negro si no fuera por el azul brillante de su retina.
Negó, no por que quisiera su atención o preocupación sino por que le fastidiaba enormemente que aún, a pesar de todo, ella siguiera pendiente de él. Quiso hacerle un gesto con el brazo para indicarle que si, que estaba bien, malditamente bien, que no necesitaba su ayuda, que se alejara pero, le resultó imposible.
Las sábanas de su litera quedaron arrugadas ahí frente a él cuando ella ya estaba inclinada para ayudarle. Notó que ya no llevaba su chaqueta y que incluso su rostro lucía mucho mejor. No recordaba cuanto tiempo había pasado, solo el dolor. Había estado seguro que todo ocurrió de noche; su llegada, los interrogatorios, sencillamente no podía establecer cuando el sol había salido. Era cuando su cabeza le decía que debía agradecer a Dios por seguir con vida. Que su cabeza no funcionara correctamente era lo de menos.
— Déjeme ayudarle — pidió ella con suavidad, con aquél tono, ese que le decía que todo terminaría luego.
Negó, primero con la cabeza lento y torpe, pero lo hizo. Ella, acostumbrada a lidiar con pacientes testarudos, sencillamente no le prestó atención, se volvió a plantar en el suelo firme y segura. Y Alfie pensó que no, que sencillamente no debería, tendría que seguir llorando, tendría que estar desesperada y enojada. En cambio, como pudo lo alzó y gruñó cuando pudo incorporarlo sentado sobre la litera, con su espalda contra la pared.
Era demasiado. En esa ocasión si pudo empujarla.
—¡No! ¡Basta, es suficiente! — el gesto la dejó congelada frente a él, podía verlo; estaba extrañada, dolida y si, también ofendida.
— Soldado... ¿Se... se siente...
—¡Como la mierda! — debería estar agradeciéndole, se lo había prometido así mismo, le agradecería por volver a salvar su vida.
— Debe comer algo... — fue lo único que ella atinó a decir, y de nuevo Alfie volvía a sentir como es que sus defensas bajaban. La escuchó ir hacia el escritorio del general Davenport. La vio coger una bandeja y llenarla con galletas. Estaba descalza y por unos segundos Alfie se la imaginó caminando hacia él, hacía el lecho juntos que la vida le había negado.
Y, fue ese, el único gesto que salió de él.
— Coma — le pidió ella extendiendo la bandeja. Se sentía cansado y harto, y en cuanto la tuvo a su alcance golpeó la bandeja con todas las fuerzas que le quedaban, ebrio cogió a la enfermera Crawley, o Lady Sybil de la muñeca y la haló hacia él. Asustada, Lady Sybil no alcanzó a reaccionar en nada, de pronto estaba sobre su regazo, recostada en el pequeño espacio que había quedado en su cama con él inclinado sobre ella; una mano la sujetaba de su muñeca y mientras que su otro brazo la sostenía y retenía en partes iguales, como si fuera el puto príncipe a punto de despertar a la bella durmiente.
— Deja de hacerlo — fue lo único que pudo decirle antes de que sus ojos comenzaran a recorrer todo el rostro de Lady Sybil, quiso inclinarse más para besarla, pero en vez de ello se la quedó mirando — Debes parar — ella también parecía completamente perdida en él y por unos segundos pensó en que él le gustaba, que lo quería de la misma forma en que él lo hacía con ella. Que no era solo coincidencia y que por ello lo había salvado todas las veces en que lo hizo.
Fue cuando la boca de ella hizo esa mueca, era un puchero y aquello le recordó a Alfie lo joven que era ella.
— No puedo — contestó y Alfie soltó su muñeca, Lady Sybil dejó escapar una lágrima mientras se llevaba su mano libre a la frente herida y cerraba los ojos en un gesto de dolor que nada tenía de físico — Lo lamento — dijo cansada, Alfie notó que sus dedos se habían entretenido jugando con su cabello y sin poder, ni querer evitarlo se inclinó más sobre ella, hasta que sus frente se toparon. Estaba frío y Alfie supo que tenía fiebre, quizás sería su excusa para cuando debiera mirarla al día siguiente, entonces la mano de ella le acarició la mejilla y la sintió tensarse.
Sin embargo, fue su cuerpo el que tembló cuando notó como es que ella presionaba sus labios contra su rostro, fue un beso tranquilo y sosegado, ella respiró y se alejó, cuando volvió a alzarse para repetir el gesto fue cuando Alfie movió su rostro, los centímetros exactos para recibirla con su boca; era él más toda su voluntad. No había más vueltas que darle, simplemente también la besó. Tanto por que lo había deseado desde el principio como por el miedo de no poder hacerlo nunca, Lady Sybil no se resistió, se incorporó aún más y ya no solo era su mano acariciándole la mejilla, sino todo su cuerpo impidiendo que se separan.
Alfie entre abrió los ojos, al mismo tiempo en que la lámpara se apagó, la abrazó y volvió a cerrarlos.
N/A:
Este ha sido el más largo que he escrito. Espero lo disfrutaran. Dejen reviews.
Atte.-
Brujhah
