Esta es una adaptación del Libro de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.

Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.


Capítulo 3

Cuando me desperté al día siguiente, la chica displicente que se bebe sin pestañear un batido de leche ha desaparecido, hundida en la culpa y en treinta años de obedecer las reglas. Ya no puedo racionalizar lo que hice. Cometí un acto incalificable contra una amiga, infringí un principio fundamental de la solidaridad entre mujeres. No tengo justificación.

Así que pasemos al plan B… Fingiré que no ha sucedido nada. Mi transgresión fue tan grande que no me queda otra salida que desear que todo el asunto se desvanezca. Y al seguir con mis asuntos como de costumbre y entregarme a mi rutina del lunes por la mañana, esto es lo que quiero conseguir.

Me ducho, me seco el pelo, me pongo mi traje negro más cómodo y zapatos de tacón bajo, cojo el metro hasta Grand Central, compro mi café en Starbucks, cojo el New York Times en el kiosco. Cada parte de esta rutina representa estar un paso más lejos de Peeta y el Incidente.

Llego al despacho a las ocho y veinte, muy temprano para lo habitual en los bufetes de abogados. Los pasillos están en silencio. Todavía no han llegado ni siquiera las secretarias. Estoy a punto de pasar a la sección del periódico dedicada a la metrópoli cuando veo cómo parpadea la luz roja del teléfono, avisándome de que tengo un mensaje; por lo general es un aviso de que me espera más trabajo. Algún socio idiota debe de haberme llamado el único fin de semana reciente que puedo recordar en que no he comprobado los mensajes. Apuesto a que es Marvel, el hombre dominante en mi vida y el socio más insoportable en seis pisos llenos de ellos. Tecleo mi contraseña, espero...

«Tienes un mensaje de una llamada exterior. Recibida HOY a las 7:42 de la mañana... —me dice la grabación. Detesto a esa mujer automatizada… Siempre es portadora de malas noticias y las da con una voz de lo más animada.

¿Qué será esta vez? —me pregunto, mientras pulso «play».

«Hola, Rachel... Soy yo... Peeta... Quería llamarte ayer para hablar del sábado por la noche, pero no pude... Creo que tendríamos que hablar, ¿no te parece?... Llámame cuando puedas…. Ehmm… Estaré por aquí todo el día.»

Se me cae el alma a los pies. ¿Por qué no puede adoptar alguna de esas buenas y anticuadas técnicas de evitación y dejarlo de lado, no volver a hablar de ello nunca más? Esta era mi estrategia de juego. Cojo un lápiz y doy golpecitos contra el borde de la mesa. La mujer me exige que tome una decisión respecto al mensaje: tengo que volver a escucharlo, guardarlo o borrarlo.

¿De qué quiere hablar? ¿Qué podemos decir? Vuelvo a escuchar el mensaje, confiando en que las respuestas me lleguen en el sonido de su voz, en su cadencia. Pero no revelan nada. Vuelvo a escucharlo hasta que la voz empieza a sonar distorsionada, igual que cambia una palabra cuando la repites lo suficiente. Huevo, huevo, huevo, huevo. Era mi favorita. La decía una y otra vez hasta que parecía que tenía una palabra totalmente equivocada para describir la sustancia amarilla que estaba a punto de comer para desayunar.

Escucho a Peeta una última vez antes de borrarlo. Su voz suena, definitivamente, diferente. Tiene sentido, porque en cierto modo, es diferente. Los dos lo somos. Porque, aunque trate de no pensar en lo que ha pasado, aunque Peeta deje de lado el Incidente, después de una breve e incómoda llamada telefónica, estaremos para siempre en la Lista del otro; esa lista que todos tenemos, anotada en un cuaderno de espiral secreto o memorizada en el fondo de nuestra mente. Puede ser larga o corta. Puede estar organizada en orden de resultados, importancia o cronología. Puede ser completa, con nombre y dos apellidos o tener una mera descripción física, como la lista de Delly: «Delta Sigma con deltoides de muerte...»

Peeta está en mi lista para siempre. Sin querer, de repente pienso en los dos, en la cama, juntos. En aquellos breves momentos, fue solo Peeta, independiente de Delly. Algo que no era desde hacía mucho tiempo. Algo que no era desde que yo los presenté…

Conocí a Peeta en nuestro primer año en la facultad de derecho de la Universidad de Nueva York. A diferencia de la mayoría de estudiantes de leyes, que ingresan directamente cuando no se les ocurre nada mejor que hacer con sus brillantes expedientes académicos, Peeta Mellark era mayor y tenía experiencia de la vida real. Había trabajado como analista en Goldman Sachs, lo cual hizo trizas mis prácticas de verano de nueve a cinco y mis trabajos de oficina archivando y contestando al teléfono. Era un hombre seguro de sí mismo, relajado y tan atractivo que era difícil apartar los ojos de él. No podía fallar, apenas llevábamos una semana de clases cuando empezaron los rumores sobre Peeta; las mujeres especulaban sobre su situación personal, observando que no llevaba anillo o, alternativamente, preocupándose porque iba demasiado bien vestido y era demasiado guapo para ser hetero.

Pero yo descarté a Peeta de inmediato, convenciéndome de que su perfección exterior era aburrida. Fue una decisión afortunada, porque también sabía que él estaba fuera de mi alcance. (Detesto esta expresión y el supuesto de que la gente elige pareja basándose sobre todo en el aspecto físico, pero es difícil negar este principio cuando miras alrededor; las parejas suelen compartir el mismo nivel de atractivo y, cuando no es así, es algo digno de mención.) Además, no había pedido un préstamo de treinta mil dólares al año para encontrar novio.

De hecho, es probable que hubiera pasado tres años sin hablar con él, pero por casualidad acabamos sentados uno al lado del otro en Responsabilidad Civil, una clase con asientos asignados, impartida por el sarcástico profesor Hatmitch Abernathy. Aunque muchos profesores de la UNY utilizaban el método socrático, solo Abernathy lo usaba como herramienta para humillar y torturar a los estudiantes. Peeta y yo nos unimos en nuestro odio hacia nuestro mezquino profesor. Yo le tenía un miedo que llegaba a lo irracional, mientras que la reacción de Peeta tenía más que ver con la indignación.

—Vaya idiota —gruñía al acabar la clase, con frecuencia después de que Abernathy hubiera sumido en llanto a una compañera—. Me gustaría borrar esa sonrisa sarcástica de su presuntuosa cara.

Gradualmente, nuestras quejas llevaron a conversaciones más largas en la sala de estudio o mientras paseábamos por Washington Square Park. Empezamos a estudiar juntos en la hora antes de la clase, preparándonos para lo inevitable: el día en que Abernathy nos preguntaría a nosotros. Me aterraba que llegara mi turno, porque sabía que sería una sangrienta matanza, pero secretamente tenía muchas ganas de que llamara a Peeta. Abernathy se alimentaba de los débiles y confusos y Peeta no era ninguna de las dos cosas. Estaba segura de que no caería sin luchar.

Lo recuerdo muy bien. Abernathy de pie en el estrado, examinando su gráfico de los asientos, un esquema con nuestras caras recortadas del anuario de primer año, prácticamente babeando mientras elegía a su víctima. Miró por encima de sus gafas, en nuestra dirección y dijo:

—Señor Mel larks.

Pronunció el nombre mal.

—Es Mellark —dijo Peeta, sin inmutarse.

Respiré hondo; nadie corregía a Abernathy. A Peeta le esperaba una buena.

—Vaya, discúlpeme señor "Mellark" —dijo Abernathy, con una pequeña inclinación muy poco sincera— Análisis del Caso Palsgraf.

Peeta permaneció sentado tranquilamente, con el libro cerrado, mientras el resto de la clase pasaba rápidamente las páginas para buscar el caso que nos habían dicho que preparáramos la noche antes.

El caso tenía que ver con un accidente de ferrocarril. Mientras corría para subirse a un tren, un empleado del ferrocarril hizo caer un paquete de dinamita de las manos de un pasajero, causando heridas a la señora Palsgraf. El juez Cardozo, recogiendo un veredicto por mayoría, sostuvo que la señora Palsgraf no era una «demandante previsible» y que, como tal, no podía obtener una indemnización de la compañía del ferrocarril. El tribunal explicó que, tal vez, los empleados del ferrocarril deberían haber previsto los daños a la persona que llevaba el paquete, pero no los causados a la señora Palsgraf.

—¿Debió concederse una indemnización? —le preguntó Abernathy a Peeta.

Peeta no dijo nada. Durante un segundo, me entró el pánico pensando que se había quedado en blanco, como otros antes que él. «Di que no —pensé, enviándole intensas ondas mentales—. Sigue el veredicto mayoritario.»

Pero cuando le vi la cara y la manera en que cruzaba los brazos sobre el pecho, supe que solo se estaba tomando su tiempo, actuando de una manera claramente diferente a como la mayoría de estudiantes de primero farfullaban una respuesta rápida, nerviosa, indefendible, como si la brevedad del tiempo de reacción pudiera compensar la falta de comprensión.

—¿Según mi opinión? —preguntó Peeta.

—Me dirijo a usted, señor Mellark. Así que sí, le estoy pidiendo su opinión.

—Diría que sí, debió concedérsele una indemnización a la demandante. Estoy de acuerdo con el voto en contra del juez Andrew.

—Aaah, ¿realmente? —La voz de Abernathy era aguda y nasal.

—Sí, realmente.

Me quedé sorprendida por su respuesta, porque justo antes de la clase me había dicho que no sabía que ya se consumiera crack en 1928, pero que seguro que el juez Andrews debía de haberse chutado algo cuando hizo constar su desacuerdo. Me sorprendió todavía más el descarado «realmente» de Peeta, añadido al final de su respuesta, como para provocar a Abernathy.

El descarnado pecho del profesor se hinchó visiblemente.

—¿Así que usted cree que el guardia debía haber previsto que el inofensivo paquete de cuarenta centímetros de largo, envuelto en papel de periódico, contenía explosivos y causaría heridas a la demandante?

—Ciertamente, era una posibilidad.

—¿Debía de haber previsto que el paquete podía causar daños a cualquier persona en el mundo?—preguntó Abernathy, con un sarcasmo creciente.

—Yo no he dicho a «cualquier persona en el mundo». He dicho «la demandante». En mi opinión, la señora Palgraf estaba en la zona de peligro.

Abernathy se acercó a nuestra fila, muy erguido, y dejó caer el Wall Street Journal encima del libro de texto cerrado de Peeta.

—¿Le importa devolverme el periódico?

—Preferiría no hacerlo —dijo Peeta.

Se podía palpar la conmoción en la sala. Todos los demás habríamos seguido el juego y le habríamos devuelto el periódico, como meros figurantes que éramos en el interrogatorio de Abernathy.

—¿Preferiría no hacerlo? —repitió Abernathy, ladeando la cabeza.

—Exacto. Podría haber dinamita dentro.

La mitad de la clase soltó una exclamación ahogada, mientras que el resto se reía por lo bajo. Estaba claro que Abernathy tenía alguna carta en la manga, alguna manera de poner los hechos en contra de Peeta. Pero Peeta no cayó en la trampa. Abernathy estaba visiblemente frustrado.

—Bien, supongamos que sí que decidió devolverme el periódico, que sí que hubiera un cartucho de dinamita dentro y que sí que causara daños a su persona. ¿Qué pasaría entonces, señor Mellark?

—Entonces lo demandaría y es probable que ganara.

—¿Y su indemnización sería coherente con la argumentación del juez Cardoso en el veredicto por mayoría?

—No, no lo sería.

—¿Ah, realmente? ¿Y por qué no?

—Porque lo demandaría por daños intencionados y Cardozo hablaba de negligencia, ¿no es cierto? —Peeta elevó la voz para igualarla a la de Abernathy.

Me parece que dejé de respirar cuando Abernathy unió las manos y se las acercó al pecho, como si estuviera rezando.

—Soy yo quien hace las preguntas en esta clase. Si no tiene inconveniente, señor Mellark.

Peeta se encogió de hombros como diciendo: «Como usted quiera, a mí me da igual».

—Bien, supongamos que, sin querer, dejara caer el periódico encima de su mesa, usted me lo devolviera y resultara herido. ¿El juez Cardozo le concedería una indemnización completa?

—Claro.

—¿Y por qué?

Peeta suspiró para demostrar que aquel ejercicio lo aburría y luego dijo con rapidez y claridad:

—Porque era totalmente previsible que la dinamita podía causarme daños. Que usted dejara caer el periódico conteniendo dinamita dentro de mi espacio personal violaba mi interés protegido legalmente. Su acto negligente causaba un riesgo visible a ojos de una vigilancia ordinaria.

Miré las partes subrayadas de mi libro. Peeta citaba secciones de la opinión de Cardozo palabra por palabra, sin siquiera echar una ojeada a su libro ni a sus notas. Toda la clase estaba cautivada; nadie hacía esto bien y mucho menos con Abernathy alzándose imponente a su lado.

—Y si la señora Myers demandaba —dijo Abernathy, señalando a una Julie Myers temblorosa, su víctima del día antes, sentada al otro extremo de la clase—. ¿Tendría derecho a indemnización?

—¿Según el dictamen de Cardozo o el desacuerdo del juez Andrews?

—El segundo, ya que es la opinión que usted comparte.

—Sí. Todos tenemos con el mundo en general el deber de abstenernos de actos que amenacen de forma irrazonable la seguridad de otros —dijo Peeta, otra cita literal del desacuerdo.

Siguió así durante el resto de la hora, Peeta distinguiendo matices en modelos de actuación diferentes, sin vacilar ni un momento, respondiendo siempre con decisión.

Al final de la hora, Abernathy dijo:

—Muy bien, señor Mellark.- Era la primera vez que felicitaba a un estudiante.

Salí de clase sintiéndome llena de júbilo. Peeta se había impuesto, en nombre de todos.

—¿Quieres ir por unos cafés, Kat? – Dijo mientras atravesábamos los pasillos dirijiendonos a los jardines de la Universidad.

- ¡Wow! ¿Peeta, no sé cómo lo haces?- alzo un ceja, mostrándome un rostro de confusión total— No entiendo cómo se te ocurrió esa estrategia de confrontación contra Abernathy. ¿Pensaste en las consecuencias de tus palabras?

- La verdad, hacía mucho tiempo que esperaba que me preguntara algo, digo ya sabes, para darle algo de su propia medicina, ¿Confrontación, eh?- - Soltó carcajada sonora- no fue una confrontación como tal, creo que fue mas una prueba para mí mismo.

Sonríe ante su respuesta, era clásico de él no buscar pelea. O al menos le gustaba disimularla muy bien con sus habilidades de habla, ese era Peeta.

- ¿Cafes? – Pregunto nuevamente – Ya sabes, para celebrar del triunfo – Al terminar la frase me guiño un ojo.

- Ok, vamos por esos cafés, pero a mí se me antoja un helado, ¿Puedo acompañarte con un Capuchino Helado? De esos que saben a Triunfo.

- Me encanta la idea. Ven, creo que conozco el lugar adecuado.

Caminamos por un par de calles, hablando de la clase de Abernathy y de sus futuros planes, nos reíamos de las reacciones que tuvieron todos los compañeros de la clase. Peeta no creía mi loca idea de que ahora seria admirado y venerado por todos, solo por responder como él creía adecuado al Sr. Abernathy. Que Modesto.

Llegamos a un Café Bar, un lugar muy tranquilo, uno de esos lugares que puedes sentarte y observar por la ventana durante horas, era muy acogedor, incluso la decoración le daba un toque de delicadeza. Podría decirse incluso que era romántico…

Escoge una mesa mientras yo hago el pedido, y por favor, Kat, déjame a mí la cuenta.

- No creo que sea necesario, si quieres…

- Por favor, Kat. Solo hoy, digo estamos celebrando mi triunfo, ¿No?

- Y por eso, yo debería pagar, ¿No crees?

- Ok, la siguiente pagas tú, hoy me toca a mí. ¿entramos en consenso?

- ¿Siguiente? Oh, Por Dios Peeta – Suspiro ante su falta de modestia - Supongo que habrá muchas celebraciones.

- Perfecto.

Peeta es un buen negociador, era difícil discutir con él y ganar una batalla. Mientras me acomodo en la mesa, una cerca de la ventana, veo como la chica pelirroja sentada en la barra se lo devora con la mirada. Clásico de Peeta. Suspiro y sonrio ante su reacción, era difícil por alto a un hombre como Peeta.

Cuando se acerca a nuestra mesa con nuestros pedidos, observo por el rabillo a la pelirroja. Oh, Dios. Si las miradas mataran, ya estaría tres pies bajo tierra. Creo que sin muchas molestias me gane una enemiga. Genial. Ni siquiera la conozco.

- Un Capuchino Helado, para la señorita – dice mientras me acerca mi pedido.

- Y para el Triunfador, o sea yo, un Espresso – se sienta en la única silla que queda delante de mi – bueno, no podemos brindar, pero ¡Salud!

Se me escapa una carcajada. Mientras disimulo un gesto de brindis, mi mirada choca con una abrasadora mirada, la pelirroja no me quita la vista de encima. Seguro está confundida pensado como alguien como Peeta puede estar con alguien como yo.

- ¡Salud!... ¿Te han dicho alguna vez que tienes un don innato para cautivar a las chicas?

- Oh, Katniss, haces que me sonroje – dice mientras apoya su cabeza en su mano, y sus dedos tratan de tapar la sonrisa que intenta filtrase por sus labios – la verdad es que tu eres la primera. Felicidades.

- Me siento alagada, ¿Supongo? – digo mientras trato de luchar por la risa apenada que se escapa inevitablemente de mi garganta – pero es la verdad, ¿Viste a la pelirroja de la barra? – se voltea sigilosamente para ver a la mujer – Creo que ahí tiene otra una victoria asegurada, Señor Mellark.

- No me había dado cuenta, ni siquiera la vi. Pero hoy ya tengo dosis de victoria necesaria para vivir, así que paso. Tal vez mañana.

- Bueno, creo que la verdad, ella está confundida – le digo en n susurro – por su mirada, puedo suponer que pensado "Como alguien como ÉL puede estar con alguien como ELLA"

- ¿Te incomoda? Creo que puedo aclarar las cosas.

- No… no… por favor disfrutemos del los cafés.

- ¡Hey, disculpa! – dice dirigiéndose a la pelirroja – creo que estas incomodando a mi novia.

NO podía creer lo que estaba escuchando, ¿Esa era su manera de aclarar las cosas? ¿O era un indirecta?... inmediatamente descarte la segunda idea, porque no creo que Peeta, se fije en mi, nada más allá que vaya con una buena amistad. Él merecía algo mejor, algo más a su estilo. Y yo no encajo en sus opciones.

La pelirroja inmediatamente nos observa plasmada y me devuelve una mirada de incomodidad. Cancela su cuenta y se retira rápidamente del Café Bar.

- ¿Mejor? – pregunta Peeta, sin temor alguno a mi reacción.

- Creo que eso no era necesario, pero gracias.

- Descuida. Ahora por favor disfrutemos de esta dosis de cafeína, ¿te parece?

- Apruebo el alegato – respondo con una sonrisa – pero creo que exageraste un poco, ahora ya no hay victoria para mañana, la dejaste escapar – me observa pensativo – parecía un buen partido.

- No, no era mi tipo. Además puede ser que ya tenga planes.

- Entiendo, una agenda apretada, ¿No? – se me escapo un risita incomoda – pero ¿Novia? Nadie se tragaría ese cuento…

- ¿Por qué no?

- Simple, las personas como tú no salen con personas como yo.

- ¿Y que estamos haciendo ahora?

- Celebrando tu victoria por supuesto. Pero no creo que…

- Entonces celebremos por favor…

Durante las próximas horas nos pusimos a hablar de cosas sin sentido, de viajes y de lugares que queríamos visitar, de libros, de películas. Era muy divertido hablar con Peeta, porque aparte de conocer muy bien las leyes y todo eso, era una persona muy inteligente, y con un toque de sarcasmo, muy útil para los momentos graciosos de la tarde. Al terminar mi segundo capuchino, me levante y le agradecí por los "Cafes". Me despedí rápidamente, y aunque insistió en acompañarme a mi departamento, pero me excuse diciendo que tenía que hacer otras cosas todavía antes de irme a casa.

La historia de la clase de Abernathy corrió por todo el primer curso, ganándole más puntos con las chicas, que hacía tiempo habían llegado a la conclusión de que estaba totalmente disponible.

Yo se lo conté también a Delly. Se había trasladado a Nueva York casi al mismo tiempo que yo, solo que en unas circunstancias muy diferentes. Yo estaba allí para convertirme en abogada; ella vino sin trabajo, sin planes y con poco dinero. La dejé que durmiera en mi habitación de la residencia hasta que encontró unas compañeras de piso; tres azafatas de vuelo de American Airlines que querían meter un cuarto cuerpo en su muy compartido estudio. Pidió dinero prestado a sus padres para pagar el alquiler mientras buscaba trabajo y, finalmente, encontró un puesto en la barra del Monkey Bar. Por primera vez en nuestra amistad, me sentía feliz con mi vida en comparación con la suya. Era igual de pobre que ella, pero por lo menos tenía un plan. Las perspectivas de Delly no parecían brillantes con solo una B baja de media en la Universidad de Indiana.

—Tienes tanta suerte —decía, quejumbrosa, mientras yo trataba de estudiar.

No, suerte es lo que tú tienes, pensaba yo. Suerte es comprar un billete de lotería junto con tu batido de chocolate y que te toque el primer premio. Nada en mi vida es suerte; todo es trabajo duro, todo es cuesta arriba. Pero, claro, nunca se lo dije.

Unas dos semanas después, entró un hombre en el Monkey Bar, pidió un whisky solo y empezó a charlar con Delly. Antes de acabarse la bebida, le había prometido un trabajo en una de las principales firmas de relaciones públicas de Manhattan. Le dijo que fuera para una entrevista, pero con un guiño añadió que él se aseguraría de que consiguiera el puesto. Delly cogió su tarjeta, me hizo revisar su curriculum, fue a la entrevista y le hicieron una oferta en el acto. Su salario inicial era de setenta mil dólares. Más una cuenta de gastos. Prácticamente lo mismo que yo ingresaría, si me iba lo bastante bien en la escuela como para conseguir un trabajo en un bufete de Nueva York.

Así que, mientras yo sudaba y acumulaba deudas, Delly empezaba su glamurosa carrera de relaciones públicas. Planificaba fiestas, promocionaba las últimas tendencias de la moda, conseguía muchas cosas gratis y salía con una sucesión de hombres guapos.

Delly intentó incluirme en su estilo de vida vertiginoso, aunque yo casi nunca tenía tiempo para ir a sus fiestas o acudir a sus citas a ciegas con hombres que juraba que eran «absolutamente geniales», pero yo sabía que eran los que ella había desechado.

Y esto me trae de vuelta a Peeta. Lo ponía por las nubes, contándoles maravillas de él a Delly, le decía lo increíble que era; inteligente, guapo, divertido. Pensándolo ahora, no estoy segura de por qué lo hacía. En parte porque era verdad. Pero quizá también estaba un poco celosa de la vida glamurosa que llevaban y quería darle un poco de sabor a la mía. Peeta era lo mejor que tenía en mi arsenal.

—Entonces ¿por qué no te gusta? —preguntaba Delly.

—No es mi tipo —respondía yo—. Solo somos amigos.

Lo cual era verdad. Claro que había momentos en que sentía una chispa de interés o una aceleración del pulso cuando estaba sentada junto a Peeta. Pero permanecía alerta para no enamorarme de él, recordándome que los hombres como Peeta solo salen con chicas como Delly.

No fue hasta el siguiente semestre cuando los dos se conocieron. Un grupo de la escuela, que incluía a Peeta, planeó una salida improvisada un jueves por la noche. Delly llevaba semanas pidiéndome que le presentara a Peeta, así que le dije que planifique un encuentro entre ambos, pero Peeta no llegaba.

Delly consideraba que toda la salida era un esfuerzo malgastado, quejándose de que estaba harta de esos cutres bares para universitarios (que le entusiasmaban solo unos meses antes), que el grupo apestaba y que, por favor, nos marcháramos y fuéramos a otro sitio más agradable, donde la gente valorara la buena presencia.

En aquel momento, entró Peeta tranquilamente, con una chaqueta negra de cuero y un suéter precioso de color crudo. Vino directamente hasta mí y me besó en la mejilla, algo a lo que yo todavía no estaba acostumbrada.

Le presenté a Delly y ella puso en marcha su encanto, riendo y jugando con el pelo y asintiendo enfáticamente a todo lo que él decía. Peeta fue amable con ella, pero no parecía demasiado interesado y, en un momento dado, cuando ella dejaba caer nombres Goldman. —¿Conoces a fulano o a mengano?— me dio la impresión de que Peeta ahogaba un bostezo. Se marchó antes que los demás, con un gesto de adiós dirigido al grupo y diciéndole a Delly que había sido un placer conocerla.

Mientras volvíamos a mi habitación, le pregunté qué pensaba de él.

—Es… simpático —dijo Delly, dándole un aprobado justo.

Su reacción poco entusiasta me irritó. No era capaz de elogiarlo porque él no había quedado deslumbrado ante ella. Delly esperaba que le fueran detrás. Y yo también había acabado esperándolo.

Al día siguiente, mientras Peeta y yo tomábamos café, esperaba que él mencionaría a Delly. Estaba segura de que lo haría, pero no lo hizo. Una parte pequeña —vale, grande— de mí se alegró de decirle a Delly que su nombre no había salido en la conversación. Por una vez, alguien no se volvía loco por estar con ella.

Debería haber sido un poco más inteligente. Debi haber leído entre líneas.

Alrededor de casi un mes, después de los exámenes, de la nada, Peeta me preguntó qué había con mi amiga.

—¿Qué amiga? —pregunté, haciéndome la tonta.

—Ya sabes, la del pelo rubio.

—Ah, Delly —dije, y luego fui directa al grano—. ¿Quieres su teléfono?

—¿Tiene pareja? – pregunto Peeta con un tono de duda, pero con convicción.

Por la noche, le di la noticia a Delly. Sonrió coqueta.

—La verdad es que es muy mono. Saldré con él.

Peeta tardó otras dos semanas en llamarla. Si lo hizo a propósito, la estrategia obró maravillas. Ella estaba histérica cuando la llevó al Union Square. Evidentemente la cita fue bien porque a la mañana siguiente fueron a tomar un brunch al Village. Poco después, ni Delly ni Peeta estaban ya en el mercado.

Al principio, su romance fue turbulento. Yo sabía que a Delly le encantaba pelearse con sus novios —no era divertido si no había algo de drama—, pero consideraba que, en tanto que persona tranquila y lógica, Peeta estaba por encima de las refriegas. Puede que fuera así antes, con otras chicas, pero Delly lo absorbió dentro de su mundo caótico y lleno de pasión. Encontraba un número de teléfono en uno de los cuadernos de la Facultad de Derecho (era una fisgona confesa), lo investigaba, le seguía la pista hasta una ex novia de Peeta y dejaba de hablarle. Un día Peeta llegó a Responsabilidad Civil con aire avergonzado y un corte en la frente, justo encima del ojo derecho. Delly le había tirado un colgador a la cabeza en medio de un ataque de celos.

Y también funcionaba en el sentido contrario. Salíamos todos y Delly empezaba a coquetear en el bar con otro hombre. Yo veía cómo Peeta lanzaba miradas de vez en cuando en su dirección, hasta que no podía soportarlo más. Se levantaba, la iba a buscar, con aire enfadado, pero controlado, y yo oía cómo ella justificaba sus coqueteos hablando de alguna lejana relación con aquel tipo.

—Pero oye, si solo estábamos hablando de nuestros hermanos y de que estaban en la misma estúpida fraternidad. ¡Por Dios, Peeta! ¡No tienes por qué reaccionar así!

Pero finalmente su relación se estabilizó, las peleas se hicieron menos intensas y más infrecuentes y ella se mudó al piso de Peeta.

Luego, el invierno anterior, Peeta le pidió que se casaran.

Eligieron un fin de semana de septiembre y ella me escogió para que fuera su DAMA DE HONOR.


=O ¿Dama de Honor? sep, asi es la vida... la historia va a ponerse buena de aca en adelante, ahi muchas cosas q se tienen q aclarar, y otras q nos van a confundir mas... ;) a este cap le agrege pequeños detalles, ¿Se noto?

ErandiGuz Seep, hay una peli, es muy buena la verda, y estoy tratando de adaptar la peli con el libro, es una cosa muy extraña, lo sé, pero creo q hay detallitos de la peli que me gustaría resaltar... ;D

Everllarkglee4ever Tengo listos algunos capítulos, pero los estoy modificando un toque, y prontito sorpresa.. (si, SORPRESA) para entender mejor lo que paso. Don't cry, please! =D

krystal-esmeralda no, JLo no es la protagonista, pero te cuento q si hay peli. Es muy graciosa!

Giuly O' Shea Weasley Cullen Sí, que si… supongo q no eres la única q se cocho con una de esas personas, lo bueno es q abriste los ojos a tiempo, =D

Everllarkglee4ever Gracias por el Review!

Y gracias a todas las personas q se dan tiempito para leer esta historia.

Gracias por sus favoritos, y sus follow… (Tanto dar gracias voy a quedar desgraciada xD jejeje)

Posiblemente actualice el fin de semana, o cada lunes… Besos y apapachos!

Alguien vio la entrevista de Sam, donde se le escapa algo sobre el trailer?... es tan tiernoso! I Love HIM