Debi, tuve que sacarlo. Lo leí -una y otra vez- y lo encontraba demasiado empalagoso, sobre todo para nuestro muchacho Solomons, le quite algunas cursilerías y ciertas cosas que ya me molestaban antes.

Espero que sea más acorde ahora.

Saludos, a ustedes infames e ingratos.

Excepto tú Cornelia, tu eres un ángel y te adoro.


No tenía idea de que debería ocurrir después del re-encuentro de capítulo pasado. Y, finalmente, cedí a lo que yo esperaba, así como a lo que mi única lectora se merecía. Traté de ordenar el capítulo de una manera que abarcara a todos, pero después de re-leerlo un par de veces me resultó innecesario y era un adorno que entorpecía la vista, ya que, creo, después de esto, todo lo otro sería completamente olvidado.

Dedicado completamente Cornelia Rostova, si el resto comentara también les dedicaría capítulos, malditos ingratos. Pero, donde fueres...

Espero, querida, lo disfrutes.

PD: Mi recomendación para leerlo, y para cualquiera que quiera intentarlo.

(Con esta lista lo escribí, así que la música me inspiró mucho)

Homesick - The Cure

Capital of Nowhere - The Gathering

Unfurl - Katatonia

Feathers - A Perfect Circle

I Wanna Be Yours - Arctic Monkeys


1921

IX

Alfie S. & Sybil C.


La habitación de Sybil era bastante más pequeña de lo que él llegara a creer, sin embargo, al igual que el resto del departamento, incluso en aquella oscuridad a medias, le resultaba acogedora con sus pequeños detalles, el calor y los aromas podía diferenciarlo como un hogar y no solo un cubículo con paredes en donde ella viva. Mantenía un orden sencillo, enmarcado por la escasez de muebles decorativos. Habiendo visto Dowton, Alfie, más de alguna vez, creyó que para los señores los espacios siempre debían estar cubiertos con lo que fuera, era una forma de demostrar estatus, riqueza y poder, pero claro, Sybil nunca había actuado como alguien de esa clase.

Incluso entendía que, no solo al vivir ahí, sino que trabajar, algo considerado vergonzoso por su clase, y no ostentar nada más que su nombre sin el título que le correspondía, ella estaba actuando de una forma en la cual contradecía o, derechamente, abandonaba todo aquello que en algún momento fuera importante en su educación, incluso si eso era toda una vida.

Aquella idea, sin saber porque, le tranquilizaba. Sybil lejos de los suyos, de aquel mundo que los había separado y enviado a él a la cárcel, estaba más cerca que nunca.

"Hay que tener cojones para esto..."

Siendo exigente y claro, incluso para él sería imposible abandonar todo lo que le había formado como el hombre que era.

Miró el lugar y sus muebles, estos eran una obvia declaración de austera independencia. Había una cama baja de armazón de fierro con intrincados diseños, seguramente de segunda mano, completamente adecuada para una señorita. Un ventanal sobre la cabecera de esta, un closet discreto con espejo y dos pequeñas mesas. Sobre una de estas se distinguían geranios y al aguzar el olfato era perceptible el tenue aroma que estos esparcían por la habitación.

Tosió levemente y se llevó las manos a los bolsillos, al mismo tiempo en que apoyaba su cuerpo sobre el dintel de la puerta. La pierna le había ardido desde la pelea con Sybil y no se sentía con el ímpetu necesario para mostrarse fuerte o testarudo frente ella. En medio de las sombras dirigió, de nuevo, su atención a los geranios cuando el olor de estos pareció intensificarse, verlos ahí, dándole vida a un lugar tan austero le hizo pensar en bosques y pantanos, en su madre en un lejano día en Rusia, cortando caña para hacer un canasto.

De ahí su vista se fue al suelo de parque limpio, pero carente de brillo, una pequeña alfombra de colores burdeos y negros se perdía bajo la cama y una puerta café que daba a lo que parecía ser un baño cerraban el cuadro.

Comparado con Dowton, incluso a él le pareció miserable.

Sybil pasó por su lado con la misma tranquilidad que le había visto en medio de la guerra; sigilosa y callada, sus pasos eran suaves y ágiles como si temiera despertar a alguien, el ruido que hizo su falda al rozar parte de sus piernas resonó en medio del lugar dándole un vago indicio del calor que emanaba de ella. La sensación le había embargado años atrás mientras ella sostenía un estetoscopio sobre su pecho. Lo cerca y lejos que se habían mantenido sus dedos y como es que el aliento había ascendido en aquella tienda, hasta fundirse con el propio esas fría mañana.

Sutil como el aroma de los geranios y el calor proveniente de ella, el olor del café y las naranjas llegaron a sus fosas nasales, golpeándolo con el recuerdo de ella contra el muro, aprisionada por él y a lo que había sabido su boca cuando, finalmente, cedió al deseo de besarla.

Se había sentido tan aliviado cuando ella contesto.

Parpadeó para acostumbrar sus ojos a la oscuridad y volver en sí. La sombra blanca de la blusa de Sybil, había acaparado su atención al contrarrestar la oscuridad del lugar, la vio recoger algo del suelo y luego rodear la cama para guardarlo en el pequeño closet.

Nuevamente, Dowton vino a su cabeza, con toda su piedra pulcra y limpia, con sus ribetes decorativos, muebles finos y sirvientes numerosos. El enorme caserón que, fácilmente, habría refugiado a todos los judíos que huyeron de la vieja Rusia con él y su familia.

"Debió amar mucho a ese sujeto"

No podía imaginarlo, en su cabeza los besos de Lady Sybil Crawley siempre habían sido para él. Y solo saber que hubo alguien más, alguien tan importante como para convencerla de dejar toda aquella riqueza y tranquilidad atrás le causaba malestar.

"Tom…"

Alzó la vista y vio su reflejo en el espejo, le resultó lamentable que, a pesar de sus esfuerzos, luciera tan cansando como se sentía, no conforme con ello, la pelea le había dejado con un aspecto desordenado y aún en esa oscuridad le era posible ver sus oscuras ojeras. Suspiró.

No notó el momento en que Sybil se dirigió hasta la mesa de noche y solo cuando ésta encendió la pequeña lámpara el espectro de su visión se amplió para ver los detalles innecesarios de tan sencilla habitación. La iluminación tenue extendió la sombra de la muchacha por sobre la pared y Alfie vio la forma de su rostro como si fuera el perfil de alguna madonna italiana; el cabello desordenado, la frente amplia, los labios prominentes.

Ella se giró hacia él y decidida se le acercó, Alfie pareció despertar de su letargo y recordando lo que hacía ahí, se dejó capturar por el brillo en los ojos de la muchacha y ya dejados atrás los reproches y recriminaciones, con un gesto casual la cogió de la cintura para acercarla y besarla. Cerró los ojos solo cuando vio que ella lo hacía y el gesto cálido le impregnó cuando Sybil cruzó los brazos tras su cuello. El brazo y la pierna punzaron, pero, aun así, él apretó su abrazo y suspiró con fuerza para embriagarse con su olor.

"Podría acostumbrarme a esto"

Mucho menos tímida, Sybil profundizo el beso sin torpeza o timidez alguna y la sensación de su lengua tocándole le hizo lanzar lejos de su mente cualquier idea sobre su Downton y lo que debió ser su vida ahí. Todo se desvaneció para él y cuando ella soltó un pequeño gemido mezclado con un suspiro, le pareció más ligera y avezada. Sin saber, realmente, cómo actuar ante su osadía, Alfie deseó alzarla como primer arrebato, levantarla y apretarla para sentirla más. En cambio, solo pudo liberarla un poco para volver aprisionarla, esta vez con más intensidad.

Pasarían la noche juntos.

Y la expectativa le estaba haciendo actuar con demasiada intensidad. Y no quería lucir ansioso o desesperado. ¡Maldición! Él ya era un hombre de experiencia, no un chiquillo estúpido. Lo que ocurriera ahí, esa noche debía ser a su propio ritmo.

Sybil volvió a abrir la boca para invitarlo a introducir su lengua y supo que todo pensamiento, en ese momento, era falaz. Y como la confirmación física de ello el brazo le ardió nuevamente.

"Claro,5 es lo que necesito ahora"

Que su cuerpo le fallara o no respondiera. Testarudo no la soltó y agradeció que Sybil se mostrara encantada de seguir ahí. Se preguntó si es que ella fingía no haber besado a nadie todo ese tiempo, o si es que realmente, al igual que él, era ese su momento para hacerlo. ¿Lo había esperado? ¿Lo había deseado?

"Deja de pensar mierdas y disfruta mientras puedas..."

Fue él quien, a ciegas, dio el primer paso al interior de la habitación. Bajando sus brazos, ella no se opuso cuando buscó, tranquilo y sosegado, los broches que mantenían la falda en su lugar, ubicados en su cintura. Y, tampoco se mostró en desacuerdo cuando le atrapó el trasero con una de sus manos. Aunque si fue enfática al reducir los ritmos de sus besos. Consiente de la orden Alfie, en vez de apretarla, la acarició.

Estaba tanteando y que ella se mostrara segura y buscara apaciguarlo, aun cuando él mantuviera su mano ahí sin intención de sacarla, lo rendía, lo dejaba sin libertad de acción. Era mucho más fácil y agradable que ella dictara, sobre todo en la situación actual.

Desde que la conociera, desde que la deseara solo se habían besado y luego el mundo se había encargado de joderlos. Él no sabía que esperar de ella, y era probable que Sybil tuviera en ese momento las mismas dudas. Sin embargo, ya que ella no parecía dispuesta a retroceder, no sería él quién las expresara. Ahora el asunto, su asunto se centraba en la muchacha, en tocarla, respirarla y beberla, nada más.

Se toparon con el borde de la cama y cuando esta les estorbó, Sybil solo se dejó caer sentada sin dejar de mirarlo, su respiración estaba agitada y con un gesto elegante se llevó los dedos a los labios. Luego, tranquila, en un gesto que le removió el estómago, la muchacha alzó su brazo para soltar lo último de su cabello y como si estuviera cansada, lo sacudió.

Todo, sin desviarle la mirada.

Sus ojos se veían más oscuros de lo que eran y Alfie se quedó mirándola para beberse los detalles de su rostro. Extendió su mano y suavemente recorrió cada parte con la yema de sus dedos, para luego, con el reverso de estos, mimar cada espacio que tocaba. Acarició el mentón, los pómulos, la amplia frente y con especial énfasis se centró en la boca. Los labios de Sybil siempre le habían resultado deseables, más aún cuando el esfuerzo o el cansancio los entreabría, cuando, sin notarlo, ella se los humedecía. Tantas veces había deseado besarla antes de hablarle y muchas más después de esa noche en aquella cabaña.

Se inclinó sobre ella, cogiendo su rostro con ambas manos, para volver a besarla y en esa ocasión fue más tranquilo, le resultó obligatorio prestar atención a lo que hacía. Por lo mismo se obligó ir con lentitud. Había sido un día largo esperando esa noche.

Mientras su cabeza no funcionaba, había pensado en someterla y violarla, en ir, tomar lo que deseaba y después marcharse, todo eso antes de ser vencido por su reticencia. ¿Cómo se podía ser tan imbécil? Si las cosas se hubieran dado, dejándole a ella toda la planificación, este habría sido el resultado; sin aquella feroz pelea, sin su brazo ardiéndole y, desde luego, él luciría mucho mejor.

"Estúpido"

Sybil respondía a su ritmo y era gentil a cada respiro que daba, le daba la bienvenida al interior de su boca y lo ahogaba con su tranquilidad, ahí Alfie sintió el café y las naranjas. Su nariz se llenó con el aroma de su aliento y sintió como es que algo dentro de todo eso le estaba quitando, absorbiendo, buscando someterlo, dejarlo laxo, inútil… era Sybil y con ella se llevaba todo su enojo, frustración y molestia, incluso el cansancio que le siguiera durante todos esos días se esfumaba cada vez que ella se adentraba en su boca. Por lo que todo se desvaneció cuando pudo separarse de ella.

El pecho le subía y bajaba, excitado. Y Alfie supo que no se trataba de lujuria.

"Estoy jodido"

De todas maneras, cerró los ojos cuando apoyó su frente sobre la de ella. Le habría gustado decirle algo, cuanto había soñado con ella, o lo infeliz que había sido desde que la supo a merced de los malditos gitanos, pero la sombra en su interior, el líder de los asesinos de Camden Town se lo prohibió.

En vez de eso, solo suspiro y le besó los cabellos.

El aire a su alrededor se había vuelto tibio y más que nunca llegó a él, el olor de los geranios. La luz cálida y pequeña de la lámpara de noche parecía acompañar cada movimiento con un zumbido tenue y repetitivo, como el sonido de fondo de una orquesta, en la sinfonía que los besos, las caricias y la ropa tocaban para ellos mismos.

Cuando Sybil abrió los ojos, dando un respiro, para nuevamente sujetarlo, algo en su gesto resquebrajo su interior. Podía verlo, no era estúpido. En su experiencia como criminal y jefe de estos, Alfie había aprendido a leer los rostros de quién se le pusiera adelante. La suficiencia de Thomas solía esconder el vacío que la guerra le había dejado, su cinismo la pena que lo siguiera. El gesto interrogante de Ollie era la máscara de su enfado y su enojo estaba sembrado en capas y capas de miedo. Y así podría seguir con todos a quienes le rodearan.

Era solo que nunca había visto eso en el rostro de nadie. Al menos no en el mundo en el cual él se movía. Y sin embargo era tan familiar, como si alguna vez alguien se lo hubiera dedicado con aquella misma atención, con aquel desinterés. Esa mirada en Sybil no era una obligación, no era algo que se esperara de ella. Era único y se lo ofrecía libremente, con la sola intención de acogerlo y confortarlo, a él, dedicado exclusivamente a la figura de Alfred Solomons.

Y aquello le hizo sentirse como si algo le limpiara su interior, como si le aliviara en una herida escondida y profunda, algo que había nacido en él mucho antes de la guerra. Era… balsámico. Y la sensación, más la mirada de ella le hizo sentirse tranquilo, incluso… seguro.

La sonrisa se le escapó sin pretenderlo y cuando Sybil extendió la propia, supo que su tumba estaba cavada. Era así para los hombres como él cuando caían por alguien como esa muchacha. Y era imposible retroceder o huir, a cada movimiento de ella, cada vez que lo tocaba, con cada beso, el agujero de su tumba se hacía más y más profundo, y él se acercaba a este sin el menor atisbo de duda.

Sabía lo que le esperaba al final, y en ese momento la muerte le resultaba insignificante.

Se arrodilló frente a ella y con todo el tiempo del mundo haló de la falda, atento al movimiento de las caderas de Sybil que le permitieron despojarla de esta. La enagua, que le siguió, era de un blanco traslucido y las medias grises, planas y sencillas se amoldaban a sus piernas. Alfie, metódico –como nunca lo fuera- y concentrado, las sacó sin decir ni una sola palabra. Cuando alzó la vista, Sybil le miraba atenta con sus labios entreabiertos y el cabello desordenado sobre su frente. No notó cuando él se quedó fijo en ella y en cambio, mantuvo la vista perdida en lo que sus manos hacían, como si debiera aprender algún oficio de sus movimientos. Entonces centró la atención en las prendas que aún se mantenían en su lugar, miró la blusa casi advirtiéndole; ya se encargaría de ella.

Sybil lo ayudo a levantarse, cuando el brazo y la pierna le molestaron y le dio espacio sobre su cama cuando él se sentó, gentil lo impulso desde los hombros hasta que estuvo completamente recostado. En ese momento fue ella quien comenzó a desabotonar su maltrecha camisa mientras él fijaba la vista en el tejado pensado en todo y nada al mismo tiempo. Sintió a Sybil ir por los broches de los suspensores de sus pantalones y luego por los botones. De pronto sintió que debía detenerla, pero ella ya los había soltado y tranquila le urgía a levantar las caderas, siquiera notó cuando estos cayeron al suelo.

Con habilidad felina se acercó a él. Alfie se incorporó dejando su peso sobre los codos y la recibió para besarla, pero debió sentarse, cuando comenzó a deshacerse de los botones de la blusa y Sybil, que ya había avanzado en su parte, sencillamente tiró de su camisa hasta sacársela.

En aquel momento ya nada pudo detenerlo, extendió una gruesa mano para cogerla del rostro y besarla. Se impuso con su peso y ella cedió tranquila para terminar recostados uno al lado del otro, automáticamente Sybil paso su pierna por sobre la cadera de Alfie y como si la recibiera él la cogió desde la rodilla para extender su agarre hasta el muslo.

El cabello de ella le hacía cosquillas en el rostro y Alfie coló su mano bajo la enagua de la muchacha quién se crispo cuando él llegó al borde de su ropa interior.

El tiempo se detuvo, así como los besos y los ojos de Sybil fijos en él, justo en medio de la sorpresa y el miedo. Alfie se tomó unos segundos para pensar y antes de hacer nada, cerró los ojos y hundió el rostro en el pecho de ella, estaba tibio y su corazón latía con fuerza. Ahí el aroma era piel, perfume y sudor. Sybil respiraba con profundidad y la tela de la enagua le acariciaba las mejillas y la punta de la nariz, cada vez que entraban en contacto.

Quiso decirle que no le haría daño, pero sabía que era mentira. Quiso decirle que sería gentil y atento. Pero nada de eso, él sabía, ocurriría. Las palabras eran un fuerte para Alfie, armas para desarmar y atacar tan letales como las que siempre llevara con él. Y sabía que cuando se trataba de ellas, era el asesino de Camden Town quién tomaba el control.

Por lo que solo presionó su mano sobre ella y dejó atrás aquél limite, para subir por su espalda hasta el borde del brasier. Aquello pareció calmarla porque su respiración se regularizó, lo que le permitió, a través de la tela besar parte de su pecho. Ese gesto y la reacción de ella, le dio indicios sobre cómo proceder desde ese momento. Por sobre la ropa descendió y estampó besos sobre cada lugar que quiso, la curva del seno le pareció especialmente provocadora y no pudo evitar la sonrisa cuando al alzar la vista notó como es que la piel en los brazos de Sybil se erizaba, sentía el rebote de su aliento caliente sobre las ropas de la muchacha y cuando entendió que eso, realmente, le estaba haciendo perder el control de sus movimientos capturó un pezón y por sobre la enagua y el brasier comenzó a chuparlo, lo endurecido de este le recordó a la sensación de los dulces congelados que probara en Francia; solo que ahí el frío era una fantasía sin sentido, además la rigidez de aquel botón no hizo más que aumentar su propia excitación, amenazando, nuevamente con el descontrol.

En muchas ocasiones Alfie había tenido sexo, o conseguido placer sin siquiera desvestirse. Recordaba la noche en que Anya quedara embarazada y cómo el sexo, había sido tranquilo y respondió más a la necesidad de procrear que al verdadero deseo, o amor.

En cambio, al gemido que salió de los labios de Sybil, le respondieron años de anhelo silencioso y oscuro, años de olvido obligado y violenta frustración. Ella estaba ahí, en ese momento, entregándose. Que fácil sería matarla en ese momento, que fácil sería matarlo a él. Solo que, ahí, mientras ella extendía sus manos para acariciarlo y tocarlo, ya no importaba. No le importaba a él.

Se giró para quedar encima y acomodarse entre sus piernas, y cuando se vio en esa posición se incorporó y cogiéndola de los brazos también la incorporó a ella. No hubo miedos o dudas en su mirada y, en cuanto la tuvo frente a frente, tomo los bordes de la enagua y completamente consiente de lo que ocurría, Sybil alzó los brazos para facilitarle el movimiento y despojarla de lo que quedaba de su ropa.

Solo quedó el brasier sobre su pecho, pero no le importó. Nada importaba, realmente.

Se acercó y, en esa ocasión, los besos no fueron suaves o tranquilos. Ahora, cuando estrelló su boca a la de ella, fue Sybil quien le extrajo el aliento, buscando arrancarle todo el aire. Las lenguas chocaron en medio de ahogados suspiros y lucharon húmedas antes de separarse a recobrar el aliento. En aquel momento, fue él quien se despojó de su prenda, lanzando la camiseta de algodón lejos de él, como si le asqueara. Sybil extendió su brazo y le tocó las cicatrices del pecho con la misma suavidad que él recordara cuando le examinara, millones de años atrás. Aquello le hizo sentir cosquillas, pero no detuvo sus impulsos.

Ya despojados de la enagua, solo quedaba la frontera que delimitaba su ropa interior, y ella ya no parecía preocupada por esta, por lo que tranquila alzó las caderas cuando él cogió la prenda de sus bordes.

El monte de su vello era una sombra que se extendía sobre sus muslos al amparo de la limitada iluminación y contrastaba con su piel como lo hiciera la sangre en una herida. Y, por supuesto que no le importó cuando hundió el rostro ahí, por el contrario, ante él se extendieron una serie de aromas, ya casi olvidados, que endurecieron su erección a un punto doloroso. Sybil gimió con aún más fuerza cuando su lengua comenzó a recorrerla y, ya olvidada de toda timidez, alzó las caderas para que él la degustara a toda su profundidad, sintió los dedos de ella en su cabello y cómo es que tiraba de estos, confundiéndole; quizás quería más, con más fuerza, quizás lo quería con ella. No lo sabía, lo único que entendía en ese momento, era quería quedarse ahí, dormir ahí, vivir ahí. Comenzó a besarla como si se tratara de su boca, hasta que al igual que esta, le dejó sin aliento.

Entonces la sostuvo y recorrió todo su pubis con húmedos besos, hasta que no hubo más vello y la piel volvió a ser la textura en sus labios. Siguió el camino hasta el molesto brasier y acunó su pecho cuando lo sacó por sobre la tela, en esa ocasión nada se interpuso entre ambos y atrapó aquél botón endurecido con los dientes para luego succionarlo, cogió el tirante y lo deslizó para morder su hombro y ascender por su cuello. Besó el borde de su mandíbula y en medio de ello Sybil atrapó su boca.

La descarga que supuso, sobre su cuerpo, la intensidad y urgencia de Sybil le llenó de plenitud, como si en su interior, incluso el judío de Camden Town le dijera que era ahí, con ella, en medio de ella, donde siempre debió estar. Presionó una vez su entrepierna con el pubis de Sybil y a través de la tela que eran sus calzoncillos, sintió el calor y la humedad de esta, ella contestó de la misma forma, con el mismo gesto. El cual, para su propio deleite repitió un par de veces más.

Sin embargo, no era algo que pudiera hacer toda la noche y cuando retrocedió para despojarse de su última prenda. Fue áspero al alzar, desde la rodilla, una de las piernas de Sybil y recostarse sobre la muchacha, para finalmente cerrar los ojos y entrar en ella.

Sintió como es que la carne, apretada y suave se abría para cederle el paso y la sensación de calor lo golpeo con la fuerza de un fusil, punzadas de ardor le alertaron, pero no les prestó atención, dejándose llevar por su entorno y la necesidad de su cuerpo, buscó el rostro de la muchacha y solo cuando encontró su aliento se detuvo.

Apoyo su rostro en el de ella, y trato de acompasar su respiración. En tanto, la parte baja de su cuerpo era envuelto y consentido, se quedó unos momentos ahí, acostumbrándose a la sensación, concentrado en el calor. Sybil dio un respiro bajo él y cuando abrió los ojos, ella miraba al techo completamente ida.

Acarició su rostro con el propio y la besó suave en los labios. Ella no contestó y por unos segundos se quedó observando el azul de sus ojos perdidos, volvió a besarla e hizo el primer vaivén. Sybil cerró sus ojos junto a una bocanada de aire que, le pareció, pretendió aliviarla.

― ¿Estas bien, cariño? ― sin mirarlo ella asintió. Alfie la vio morderse suavemente los labios y repitió el movimiento de salir y entrar en ella.

Volvió a centrarse en sus sensaciones. Cerró los ojos y se vio a si mismo caminando en medio de la oscuridad, tranquilo y desapegado. Llevaba su uniforme del ejército y un revolver en la mano, un líquido suave comenzó a ascender desde el suelo, transparente, como aceite y cuando llegaba a sus heridas parecía besarlas para aliviarle y sanarlas, el líquido subió hasta su pecho y se adentró en las fisuras hasta cubrirlas completamente, dio un respiro y el aliento de Sybil le inundó la boca, movió la lengua y sintió como es que la de ella le respondía con el mismo tacto y suavidad. Sybil se apretó contra él y Alfie sintió la presión de sus manos en la espalda, urgiéndole a ir más adentro. El líquido le cubrió toda la cabeza y su sabor fue cítrico cuando abrió la boca para beberlo.

Apoyó su frente sobre la de Sybil mientras el ritmo de sus caderas se hacía más acompasado.

― Si ― susurró ella contra sus labios y volvió a besarlo, Alfie le alzó aún más la pierna ― si ― volvió a decir.

Los segundos se extendieron durante el lapso de una semana, de un mes, o lo suficiente como para querer prolongar todo lo posible aquel momento. Se sentía bien, tan bien. De pronto incluso su aliento comenzó a flaquear. Estaba ciego y abrigado, una intensa presión comenzaba a rodearlo, y aquel aceite transparente lo abrazaba y acogía, limpiándolo y protegiéndolo.

Entreabrió los ojos y notó que Sybil tenía el ceño fruncido, descansó su frente sobre la de ella, seguro de que así podría recobrar sus fuerzas y seguir como al principio. Entonces dio un paso hacia adelante al tiempo en que la embestía con mayor profundidad, ella alzó los brazos y a tientas capturó su rostro para volver a besarlo. Alfie se dejó caer y presionó tres veces más antes de cambiar el ritmo y cuando lo hizo, los besos de Sybil se intensificaron, a lo que él respondió de la misma manera.

Cada cuanto ella daba algún quejido, pero en general él los ahogaba con su boca. No quería apresurarse demasiado, puesto que aquello significaría terminar pronto y había pasado demasiados años cómodo y abrigado ahí, dentro de ella, era solo que la necesidad de llegar al clímax le estaba impulsando a seguir, a apresurarse pues todo terminaría y él se merecía un descanso, incluso del calor, de aquella sensación tan suave. Y la presión al interior de Sybil era señal inequívoca de que ella también se encontraba cerca de su límite.

Era solo que…

… Quería estar más tiempo ahí.

De pronto se vio atrapado en ella, no solo era su interior, sino que también sus muslos los que habían cedido hasta rodearle las caderas, ella estaba pegada, fija a él y cada cuanto sus rostros se rozaban, aunque de a poco su parte más animal, aquella tan conocida en Camden Town, comenzaba a adueñarse de sus movimientos. Ya no era tranquilo o suave, y sentía una mezcla de exasperación y deleite a cada movimiento de ella que demoraba su venida. Los besos comenzaron a mezclarse con mordiscos y las caricias con algo muy parecido a pellizcos, los embistes fueron más cortos y superficiales, el ruido aumento, comenzó a sentir la punta de las uñas de ella sobre su espalda y cómo es que parecía sostenerse de él, tensa y abrumada.

Él se había sujetado a ella de esa misma forma, años atrás, con su vida.

"Queda poco soldado…"

― Vamos cariño… ― dijo atragantado y respirando a medias ― queda poco… ― pero lo cierto es que deseaba que eso se extendiera por todas las horas y semanas que les quedaban ―… Queda poco ― volvió a repetir como una pulla, animándola a no ceder, a continuar.

Debió alzarse, levantar su torso de ella porque la respiración se le perdía y a ratos sentía que el corazón le estaba golpeando la cabeza. Burbujas comenzaron a ascender por el aquel líquido aceitoso y cuando reventaban se sentía como el Somme ese primer día.

Sybil había estado llorando quedamente en la cama a su lado. Y el nombre de Cortesi pasó fugazmente por su cabeza. Alfie se adentraba en la habitación de la muchacha, mientras ella estaba afuera recogiendo heridos en el campo, uno era él y lo arrastró hasta la trinchera más cercana, ahí cayeron al vacío y cuando despertó estaba en una iglesia y en una cueva. Cuando abría los ojos el mundo se le revolvía y la bilis le subía por la garganta.

"Lo mataré"

Repitió en medio del bosque y los ojos de Sybil lo miraron llenos de lágrimas. Anya lo abrazaba antes de dormirse.

"Lo mataré"

Y en esa ocasión mordió los labios de Sybil y no tuvo consideración alguna al apretarle el pecho como si fuera fruta madura, ahogo otro gemido con su boca, no sabía si de dolor o placer, cuando comenzó a presionar el pezón de la muchacha. En medio de aquella desesperación bajó su boca y lo besó y succionó como si de éste brotara agua.

Alguien le dio el líquido frío y sabía a naranjas. El vaivén de sus caderas de volvió más frenético y volvió a adelantarse, sentía que ella se escapaba y él no quería eso, no debía dejarla huir... ¡no podía aceptar eso!. La alzó contra si cuando notó que no podía adelantarse más, sabía que el respaldo de la cama se movía a su ritmo y ahí debió sostenerse, mientras aprisionaba a Sybil entre este y su polla. Ella le seguía quitando el aliento a cada embiste, como si la vida proviniera de él, sin dejarlo, obedeciéndo aun cuando él no le diera orden alguna.

Con el brazo libre, la rodeo por la espalda, sosteniéndola y presionándola de su hombro con toda la intención de retenerla y meterla en su cuerpo, fundirla con él y dejarla dentro de sí para siempre. La presión en su interior se hizo más intensa, y la oscuridad que le rodeara se vio libre de aquél aceite, transparente y tibio, la herida del brazo se abrió y Alfie lo supo, pero nuevamente, nada de eso le preocupó. En aquel momento Sabini podría haber entrado con toda su gente a aquél cuarto y a Alfie no podría haberle importado menos.

― Oh, Alfie ― dijo Sybil antes de callarla con un beso.

Cuando volvió con ella, Sybil le miraba con atención y los ojos completamente velados y brillantes, su boca estaba hinchada y la amplia frente perlada por el sudor.

― Sybil, querida ― fue lo único que pudo articular, antes de volver a presionarla, antes de buscar fundirla a su cuerpo de nuevo.

Entonces la presión se hizo demasiado y le pareció inútil el tratar de detenerlo. El tiempo había terminado para él.

Un estertor nació en su centro obligándole a liberarse y cuando las paredes de la muchacha se contrajeron, él sintió que se le daba la señal. Sybil se tensó y su respiración se detuvo en el preciso momento en que era ella, quién buscaba metérsele en el cuerpo, sus uñas parecían querer arrancar pedazos de su piel y sostenerse a él con todas sus fuerzas, entonces el impulso natural de respirar se sobrepuso y como respuesta a ello emitió un largo quejido cuando se vino.

Alfie, que era espectador de todo, decidió que sería muy egoísta de su parte no quitarle el aliento de una buena vez. Y en una última movida, mientras ella se contraía en su orgasmo, metió la mano en sus cabellos y volvió a presionarse contra ella, mientras se los halaba al son de un demandante y final beso.

Se vino con toda la frustración que le había seguido esos días y con una violencia muy propia de él. Nada era a medias para Alfred Solomons, y claramente no lo seria en ese momento, siquiera por consideración a ella. Aun así, debió hundir el rostro en su cuello, y morderse la lengua hasta hacerla sangrar o, estaba seguro, terminaría rugiendo como un maldito animal.

La liberación de su interior en ella: violenta y fuerte, fue recibida con la mayor de las benevolencias, y aquello lo venció. Sybil, como no lo hiciera nunca, lo dejaba arrasar y llevarse todo con él para no dejar rastro alguno de ella. Y Alfie lo sabía, lo entendía y no podía creer lo jodidamente bien que se sentía, él que se había hecho hombre cuando casi era un niño, sabía lo que era todo esto. Y, claro, ahora estaba completamente perdido, como el chiquillo estúpido que había sido antes de tomar el lugar de su padre, antes de la guerra.

Volvió a empujar con toda la intención de mantenerse en ese limbo, pero de a poco aquella sensación balsámica desaparecía del ambiente para hacerle ascender en sus niveles de conciencia.

Volvió a embestir y Sybil le siguió, una vez más. La luz se había extendido en toda la oscuridad y el aceite había desparecido, como si nunca lo hubiera envuelto, como si aquella sensación de sanación hubiera sido un espejismo.

La nubosidad del lugar comenzó a esfumarse y ante sus ojos se extendía el cortinaje de la habitación de la muchacha, y más allá de este los sonidos de un mundo silencioso y dormido; el brillo de la luna sobre la ventana y uno que otro aullido en la lejanía. Su mente quería recuperarlo y obligarlo a pensar en el exterior, en Shelby, Sabini y Camden Town. Pero él se negó. Beso el rostro de la muchacha quién seguía moviéndose con suavidad, mientras él recuperaba su aliento.

― Cariño ― susurró contra su rostro y solo entonces, Alfie notó que la tenía atrapada contra el respaldo de la cama, del cual él se sostenía como su fuera un salvavidas.

― ¿Humm? ― aquella aparente tranquilidad le causó gracia, siempre olvidaba lo joven que ella era. Entonces Sybil abrió los ojos y le dedicó una suave sonrisa ― ¿Estás bien? ― le preguntó, y a él le pareció que la respuesta era tan obvia como tonta la pregunta.

Pero se sentía bien, demasiado bien. Con el cuerpo y la cabeza livianos y despejados. Y, claramente, no tenía intención alguna de ser fastidioso, o desagradable con ella. Aun así, era imposible que se refiriera asimismo como feliz, por lo que solo asintió mientras se separaba de ella.

Le pareció que Sybil se derrumbó cuando dejó de tener su sostén, y la vio emitir un pequeño quejido cuando debió volver sus piernas a su posición natural. Si hubo vergüenza o arrepentimiento en sus gestos él no lo notó. Aún seguía recuperando el aliento y su cabeza comenzaba, de a poco, a ordenarse, a limpiarse y dejar de lado lo que le parecía inútil.

Aun así, lo traicionó cuando lo devolvió a las bodegas de Camden Town.

"¿Siquiera podía dejarlo follar tranquilo?"

Sabía que no y que era esa una de las principales razones por las cuales su vida personal era un desastre completamente conocido.

― ¿Quieres limpiarte? ― dijo ella, la pregunta lo sacó de sus devaneos interiores y le hizo parpadear para mirarla. Sybil se había recostado, completamente desnuda sobre el desorden que ambos dejaran en las almohadas y le miraba casi divertida, ella aún recuperaba el aliento y sus ojos brillaban con aquel gesto que le entregara a hace un rato, la piel de la muchacha se había erizado ante el aire nocturno y Alfie sintió el repentino deseo de abrigarla.

― ¿Qué? ― preguntó, sin haber entendido. Ella hizo un gesto hacia su miembro y lo bizarro de la situación le hizo recordar que, realmente, no la conocía.

― Si quieres limpiarte ― en ese momento fue él quien bajó la vista a su entrepierna para ver un triste espectáculo, habiendo terminado de la forma en la cual no hiciera su pene no tenía nada de notable o espectacular y aquello le causó vergüenza. Solo que no dejó que aquella sensación lo embargara y mirando a su alrededor cogió su camiseta de algodón, la cual había lanzado como si de basura se tratase, y se la llevó a la entrepierna. Se levantó y de pronto notó que ella no despegaba la vista de él.

― ¿Me miraras todo el tiempo, cariño? ― preguntó desafiante y Sybil asintió como una niña y, de nuevo, se dijo que esta no era la enfermera que recordaba, o que había imaginado. ¿La habría idealizado todos esos años? Y no sabía si eso le molestaba o no.

Bueno, él era un adulto y era lógico que ella, haciendo lo que hacía, no se extrañara ante un hombre desnudo. De hecho, solo la vio coger su enagua, con gestos cansados y tranquilos, tampoco él debería sorprenderse, había estado casado y follado con quién quisiera.

De todas maneras, fue hipnótico. Como es que se recogió el cabello y extendió los brazos para dejar caer la tela, cuando se levantó para que esta le cubriera el resto de su cuerpo y como, con una naturalidad sorprendente se dirigió al pequeño closet para sacar algo parecido a un pijama.

Alfie volvió la vista hacía la cama y lo que debió ser un desastre solo parecía un desorden menor, siquiera las cobijas se habían salido de su lugar, y la mitad de la cama mantenía su orden, solo las almohadas se veían aplastadas y ella fue rápida en sacarlas.

― Alfie ― lo llamó y él notó que llevaba todos esos segundos como un idiota desnudo en medio de la habitación, aun limpiándose la polla, aunque realmente sin hacer nada. Sybil abrió las mantas de la cama y se acostó en el lado ordenado, sin decirle nada.

Era evidente que ella esperaba que él tomara un lugar a su lado. Y le pareció estúpido negarse. El cansancio estaba escalando por sus piernas cuando dio los pasos hasta ella y se sentó, recogió sus calzoncillos y se los puso antes de recostarse, inmediatamente Sybil se apegó a él y apoyó el rostro en su pecho. El cabello de ella le dio cosquillas en el brazo y recordó que su herida se había abierto.

No importaba, nada de eso lo hacía.

Miró el techo un par de segundos y la respiración de Sybil comenzó a acunarlo. Extendió su mano y busco el interruptor de la lámpara. La oscuridad llenó la habitación y Alfie se quedó observando las sombras del exterior sobre el tejado, el aliento de la muchacha le rozaba el pecho y mucho antes de lo que él creyera, la respiración de Sybil se volvió profunda y pausada. Fue cuando los ojos comenzaron a pesarle, los cerró una vez, dos y no se dio cuenta, cuando finalmente cayó dormido.


N/A:

Bien, la idea de Alfie, haciendo el amor, se me hacia, casi descabellada. Es demasiado práctico para ello, razón por la cual agradezco el entorno que le he creado. De otra forma no me lo creería. Aun así, hubo pasajes en los cuales me pareció IC, si a ustedes les ocurrió lo mismo. Mis disculpas. Pero, era esto lo quería hacer. Es el primer intento, y espero que en el futuro sepa yo, capturar mejor al personaje.

Saludos a todos, incluso a los ingratos.

Atte.-

Brujhah