Esta es una adaptación del Libro de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.

Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.


Capítulo 4

Yo lo conocí primero, me digo para mis adentros. No es más blindado que la defensa de Finnick, pero me aferró a ello por un momento. Me imagino a mi jurado comprensiva, inclinándose hacia delante para absorber esta revelación. Incluso lo saca a colación durante las deliberaciones. «De no haber sido por Katniss, Peeta y Delly no se hubieran conocido. Así que, en cierto sentido, Katniss se merecía esta única vez con él.» Los otros jurados la miran, incrédulos, y la del traje de Chanel le dice que no sea ridícula, que eso no tiene nada que ver. «De hecho, se podría ver al contrario —contraataca—. Katniss tuvo su oportunidad con Peeta, pero no la aprovecho, ni siquiera lo intento. Y ahora es la dama de honor. ¡La dama de honor! ¡Es la traición definitiva!».

Trabajo hasta bien entrada la noche, retrasando devolverle la llamada a Peeta. Incluso considero la posibilidad de esperar hasta mañana por la mañana o hasta media semana o no llamarlo en absoluto. Pero cuanto más espere, más violento será cuando lo vea, algo que es inevitable. Así que me obligo a sentarme y marcar el número. Espero que salga el buzón de voz. Son las diez y media. Con suerte, se habrá ido a casa con Delly.

—Peeta Mellark —contesta, con tono profesional.

Suspiro profundamente ante la sorpresa de su voz. Y decido saludarlo antes que se note mi nerviosismo.

—¡Katniss! —Suena sinceramente contento de oírme, aunque un poco nervioso; su voz es un poco demasiado alta—. Gracias por llamar. Empezaba a pensar que no lo ibas a hacer.

—Quería llamarte. Es solo que... he estado terriblemente ocupada... Un día de locos —tartamudeo.

Tengo la boca absolutamente seca.

—Sí, aquí también hemos un poco ajetreados y tensos. Un lunes típico —dice, y suena un poco más relajado.

—Sí...

Se produce una pausa incómoda; bueno a mí me parece incómoda. ¿Esperará que saque yo el tema del Incidente?

—¿Cómo te encuentras? —pregunta en voz más baja.

—¿Que cómo me encuentro? —Me arde la cara y estoy sudando. No puedo descartar la posibilidad de regurgitar el sushi que he tomado para comer.

—Quiero decir, ¿qué piensas de lo del sábado? —Su voz es todavía más baja. Puede que solo esté siendo discreto, asegurándose de que no lo oiga nadie de la oficina, pero el volumen transmite una sensación de intimidad.

—No sé qué me estás preguntando...

—¿Te sientes culpable?

—Pues claro que me siento culpable – contesto en un susurro – ¿Tú no? —Miro por la ventana hacia las luces de Manhattan, en dirección a su oficina del centro.

—Bueno… ehmm… sí —dice, sinceramente— Claro. No tendría que haber sucedido… y no quiero que pienses, sabes, que es algo típico en mí. Nunca había engañado a Delly antes… Nunca... Me crees, ¿verdad?

Le digo que por supuesto que lo creo. Quiero creerlo.

Otro silencio.

—Así que, sí, fue la primera vez que lo hacía —dice.

Más silencio. Lo imagino con los pies apoyados en la mesa, el cuello abierto, y la corbata por encima del hombro. Está guapo con traje. Bueno, está guapo con cualquier cosa. Y sin nada.

—Ajá—digo.

Tengo el teléfono agarrado con tanta fuerza que me duelen los dedos. Cambio de mano y me seco la palma sudorosa en la falda.

—Me siento muy mal porque Delly y tú son amigas desde siempre, y lo que pasó entre nosotros... te pone en una situación… realmente espantosa… —Carraspea y continúa—Pero, al mismo tiempo, no sé...

¿Qué es lo que no sabes? —pregunto, en contra de mi buen sentido que me pide que corte la conversación, que cuelgue el teléfono, que elija el instinto de huida que tan buenos servicios me ha prestado.

—No sé. Es que... bueno… ehmm… en cierto sentido... bueno, hablando objetivamente, sé que lo que hice estuvo mal. Pero no me siento culpable. ¿No es horrible...? – una leve esperanza crece al escuchar sus palabras – ¿Supongo que ahora tienes una opinión peor de mí ahora?

No tengo ni idea de cómo contestar esta pregunta. «Sí», parece mezquino y enjuiciador. «No», podría abrir las puertas de par en par. Busco un terreno medio, seguro.

—No puedo juzgar a nadie, ¿verdad? Yo estaba allí... Yo también lo hice.

—Lo sé, Katniss. Pero fue culpa mía.

Pienso en el ascensor, en la sensación de su pelo entre mis dedos.

—Los dos hicimos mal... Debieron de ser los tequilas; me hicieron mucho efecto, sin que me diera cuenta y apenas había comido esa noche… —divago, esperando que ya casi hayamos acabado.

Peeta me interrumpe:

—Yo no estaba borracho —afirma tajante, casi desafiante.

¿No estabas borracho? Como si me leyera el pensamiento, continúa:

—Quiero decir, sí, había tomado unas cuantas copas —ciertamente, mis inhibiciones habían disminuido—, pero sabía qué estaba haciendo y, a cierto nivel, creo que quería que sucediera – mi pulso se acelera – Bueno, supongo que es una afirmación bastante obvia... Pero lo que quiero decir es que creo que quería, conscientemente, que pasara. No es que fuera premeditado. Pero me había pasado por la cabeza varias veces antes...

¿Varias veces? ¿Cuándo? ¿En Derecho? ¿Antes o después de conocer a Delly?

De repente, recuerdo una ocasión, antes de Delly, cuando Peeta y yo estábamos preparando el examen de Responsabilidad Civil en la biblioteca. Era tarde y los dos estábamos cansados, casi delirábamos por la falta de sueño y el exceso de cafeína. Peeta empezó a imitar a Abernathy, citando algunas de sus frases favoritas y yo me reía tanto que se me saltaron las lágrimas. Cuando, finalmente, conseguí controlarme, él se inclinó a través de la estrecha mesa y me secó una lágrima con el pulgar. Igual que una escena de película, solo que en el cine suelen ser lágrimas tristes. Nos quedamos mirándonos a los ojos.

Yo los aparté primero, devolviéndolos al libro, aunque las palabras daban saltos por toda la página. Ni aunque me hubiera ido la vida en ello, no logré concentrarme en la negligencia ni en la causa próxima. Solo notaba la sensación de su pulgar en la cara.

Más tarde, Peeta se ofreció para acompañarme hasta la residencia. Rehusé cortésmente, diciéndole que podía ir sola, que estaría bien.

Por la noche, mientras me iba quedando dormida, decidí que me había imaginado sus intenciones y que Peeta nunca se interesaría por mí, más que como amiga. Solo estaba siendo amable.

Sin embargo, algunas veces, me pregunté qué habría pasado si yo no hubiera sido tan reservada. Si hubiera aceptado su ofrecimiento aquella noche. Y ahora me lo pregunto mucho más.

Peeta sigue hablando…

—Por supuesto, comprendo que no puede volver a pasar, nunca… —dice con convicción— ¿Verdad? —La última palabra es apasionada, casi vulnerable.

—Verdad. Nunca, nunca jamás —digo y lamento de inmediato mi juvenil elección de la frase— Fue un error.

—Pero no lo lamento. Debería, pero es así —dice.

Es tan extraño, pienso, pero no digo nada. Solo sigo sentada, atontada, esperando que él vuelva a hablar.

—De todos modos, Katniss, siento haberte puesto en esta situación. Pero pensaba que tenías que saber lo que sentía… —acaba y luego se ríe, nerviosamente.

Le digo que está bien, que ahora lo sé y que supongo que podemos seguir adelante y dejar lo sucedido atrás y todas las otras cosas que pensaba que Peeta llamaba para decirme. Nos despedimos, cuelgo y me quedo mirando por la ventana, aturdida. Se suponía que la llamada iba a cerrar lo sucedido, pero solo ha traído más inquietud. Y una ligera agitación en mi interior, una emoción que tomo la resolución de sofocar.

Me levanto, apago la luz del despacho y camino hasta el metro, tratando de quitarme a Peeta de la cabeza. Pero mientras espero en el andén, mis pensamientos vuelven al beso en el ascensor. A la sensación de su pelo al tocarlo, sus caricias por todo mi cuerpo, la manera delicada con la que acariciaba mis labios con los suyos, y la manera sutil de cómo esos besos se transformaban en más exigentes y demandantes, como si fueran agua en el desierto. Y al aspecto que tenía, dormido en mi cama, tapado a medias con mis sábanas. Son las imágenes que más recuerdo. Son como esas fotografías de antiguos novios que te mueres de ganas de tirar a la basura, pero de las que no consigues deshacerte. Así que las guardas en una caja de zapatos, al fondo del armario, imaginando que no hace ningún daño conservarlas.

Solo por si acaso quieres abrir la caja y recordar algunos de los buenos momentos.


EStoy super feliz! me fue bien en una defensa de trabajo ! (me costo terminarlo) ... y por eso me anime a subir este capi... es un poco cortito, pero creo q muy sustancial... ¿Q les pareció?

Mil Gracias! por todo!