Esta es una adaptación del Libro de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.

Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.


Capítulo 5

Faltan días para el inicio oficial del verano y de lo único que Delly puede hablar es de los Hamptons. Me llama y me envía e-mails constantemente, pasándome información sobre fiestas, reservas en restaurantes y rebajas de ropa de muestrario, donde podemos encontrar la ropa de verano más mona del mundo. Por supuesto, estoy absolutamente aterrada por lo que se avecina. Igual que los cuatro veranos anteriores, comparto una casa con Delly y Peeta. Este año también estarán Gale y Joanna.

—¿Crees que tendríamos que haber cogido un alquiler completo? —pregunta Delly por vigésima vez, por lo menos.

No he conocido a nadie que cambie tantas veces de opinión sobre las cosas. Siente el remordimiento del comprador hasta cuando sale de una tienda de helados Baskin-Robbins.

—No, la mitad es suficiente. Al final, nunca se usa el alquiler completo —digo, sujetando el teléfono con la cara, mientras continúo revisando el memorando en el que resumo las diferencias que hay en las leyes de seguros en exceso de Florida y Nueva York.

—¿Estás escribiendo? —exige Delly, que siempre da por sentado que le prestaré toda mi atención.

—No —miento, y sigo tecleando más silenciosamente.

—Más te vale...

—No estoy escribiendo.

—Bueno, supongo que tienes razón, la mitad es mejor... Y además tenemos muchas cosas que hacer para la boda aquí, en la ciudad.

La boda es el único tema que quiero evitar más que los Hamptons.

—Ajá…

—Entonces ¿vas a venir en coche con nosotros o cogerás el tren?

—El tren. No sé si podré salir de aquí a una hora decente —digo, pensando que no quiero estar atrapada dentro de un coche con ella y Peeta. No he visto a Peeta desde que se fue de mi piso. No he visto a Delly desde la traición.

—¿De verdad? Porque estaba pensando que era mejor, definitivamente mejor, ir en coche... ¿No preferirías tener el coche el primer fin de semana? Ya sabes, en especial porque va a ser un fin de semana largo. No queremos depender de taxis y todo eso... ¡Vamos Kat, ven con nosotros!

—Ya veremos —digo, igual que una madre le dice a su hijo pequeño, para que el niño se calle.

—Nada de «ya veremos». Vendrás con nosotros.

Suspiro y le digo que tengo que volver al trabajo.

—Vale, vale. Te dejo que vuelvas a ese trabajo tuyo tan importante... ¿Sigue en pie lo de esta tarde?

—¿Qué pasa esta tarde?

—Hola, ¿hay alguien ahí? Señora Olvidadiza. No me digas que tienes que trabajar hasta tarde... Me lo habías prometido. Biquinis. ¿Te suena de algo?

—Ah, es verdad —digo. Me había olvidado por completo de que le había prometido ir a comprar trajes de baño con ella. Una de las tareas menos agradables del mundo. A la misma altura que fregar el baño y que te hagan una endodoncia— Sí, claro. Sí que puedo ir.

—Estupendo. Quedamos en la sección de yogures. Ya sabes, junto a la ropa para gordas. A las siete en punto.

Llego a la estación de la calle Cincuenta y nueve quince minutos después de la hora en que habíamos quedado y entro corriendo, preocupada por que Delly esté enojada. No me siento con ánimos de mimarla para que se ponga de buen humor. Pero parece contenta, sentada a la barra con un yogur helado de fresa. Sonríe y me saluda con el brazo. Respiro hondo, recordándome que no llevo una letra escarlata en el pecho.

—Hola, Dell.

—Hola. Oh, Dios mío. ¡Voy a estar hinchada al probarme los trajes! —Se señala el estómago con la cuchara de plástico— Pero da igual. Estoy acostumbrada a ser gordita.

—No estás gorda —dijo, poniendo los ojos en blanco.

Cada año, cuando llega la temporada de comprar trajes de baño, pasamos por lo mismo. Demonios, pasamos por esto prácticamente cada día. El peso de Delly es una fuente constante de energía y debate. Ella me dice cuánto pesa; siempre entre cincuenta y cinco y cincuenta y siete kilos; siempre demasiado gorda para sus rigurosos estándares. Su meta es cincuenta y cuatro kilos, un peso que yo sostengo es demasiado poco para su estatura de un metro setenta y cinco. Me envía e-mails mientras se come una bolsa de patatas:

—¡Haz que pare! ¡Ayúdame! ¡Llámame enseguida!

Si la llamo, me pregunta:

—¿Quince gramos de grasa es mucho?

O su clásico…

—¿Cuántos gramos de grasa hay en una libra?

Sin embargo, lo que me irrita es que mide casi ocho centímetros más que yo, pero yo solo peso unos dos kilos y medio menos. Cuando se lo digo, siempre contesta:

—Sí, pero tienes unas tetas más grandes.

—Pero no pesan dos kilos y medio más —digo.

—No importa —insiste—. Estás perfecta tal como estás.

Volvemos a mí.

Estoy lejos de estar gorda, pero que me use como caja de resonancia en este tema es como si yo me quejara a una mujer ciega porque tengo que llevar lentillas.

—Estoy muy gorda. ¡Lo estoy de verdad! Y me he puesto morada en el almuerzo. Pero bueno... Mientras no esté como una foca vestida de novia... —dice, acabándose la última cucharada de yogur y tirándola a la basura—. Solo dime que tengo tiempo de sobra para perder peso antes de la boda.

—Tienes tiempo de sobra —digo.

Y yo tengo tiempo de sobra antes de la boda para dejar de pensar en el hecho de que me he acostado con tu futuro marido.

—Será mejor que eche el freno, sabes, o tendré que comprar ahí —Delly señala la sección de tallas grandes, sin mirar si hay alguna mujer grande que pueda oírla.

Le digo que no sea ridícula.

—Joanna me decía que nos vamos haciendo demasiado mayores para llevar biquini. Que los trajes de baño enteros tienen más clase. ¿Tú qué opinas? —Su expresión y el tono de voz dejan claro lo que piensa de la opinión de Joa sobre la ropa de baño.

—No creo que haya un límite de edad preciso para los biquinis —digo.

Joanna está llena de normas agotadoras; una vez me dijo que la tinta negra solo se tendría que usar para escribir notas de pésame.

—¡Exaaacto! Lo mismo le dije yo... Además, es probable que solo lo diga porque ella no resulta muy bien con biquini, ¿no te parece?

Asiento. Joa hace ejercicio religiosamente y no ha probado nada frito desde hace años. No obstante, la redime un cuidado impecable y una ropa cara. Aparece en la playa con un traje de baño entero de trescientos dólares y un sarong a juego, un sombrero muy chic, gafas de diseño y todo eso ayuda.

Recorremos la planta, buscando algo aceptable en los exhibidores. En un momento dado, veo que las dos hemos elegido un biquini Anne Klein negro. Si las dos acabamos queriéndolo, Delly insistirá en que ella lo ha visto primero o dirá que podemos quedarnos el mismo. Y luego, todo el verano, se las arreglará para que le siente mejor a ella. No, gracias.

Disimuladamente, devuelvo el traje de Anne Klein a su sitio mientras nos dirigimos a la larga cola que hay delante de los probadores. Cuando se vacía uno, Delly decide que lo compartamos para ahorrar tiempo. Se quita la ropa y se queda con su tanga negro y sujetador de encaje a juego, pensando en cuál de los trajes se probará primero. La miro a hurtadillas en el espejo. Su cuerpo está todavía mejor que el verano pasado. Sus largas piernas están perfectamente tonificadas por los ejercicios de gimnasia que hace de cara a la boda y ya tiene la piel bronceada por las habituales aplicaciones de crema bronceadora y algún viaje a las cabinas de rayos UVA.

Pienso en Peeta. Seguramente, comparó nuestros cuerpos después de nuestra noche juntos (o incluso durante, dado que «no estaba borracho»). El mío no está tan bien ni de lejos. Soy más baja y más blanca. Y aunque tengo los pechos más grandes, los suyos son mejores.

—¡Deja de mirar mis grasas! —gime Delly, al ver por el espejo que la estoy mirando.

Ahora me veo obligada a halagarla.

—No tienes grasa, Delly. Tienes un aspecto de fábula. Se nota que has hecho ejercicio.

—¿Se nota? ¿Qué parte del cuerpo ha mejorado? —A Delly le gusta que los elogios sean específicos.

—En todas partes. Tus piernas se ven esbeltas, muy bien. —Y esto es todo lo que va a sacar de mí.

Se estudia las piernas, frunciendo el ceño ante la imagen del espejo.

Me desvisto, consciente de mi ropa interior de algodón y mi sujetador, también de algodón, que no hace conjunto y que está un poco deslucido. Rápidamente me pruebo el primer traje de baño, un dos piezas azul marino y blanco, que deja al descubierto cinco centímetros en la cintura.

—¡Oh, Dios mío! ¡Te queda de muerte! Te lo tienes que comprar —dice Delly—. ¿Te lo vas a quedar?

—Me parece que sí —digo.

Sé que no me queda de muerte, pero no está mal. A lo largo de los años, he estudiado suficientes artículos de revista sobre los trajes de baño y los defectos del cuerpo para saber qué me sentará razonablemente bien. Este traje se gana el aprobado.

Delly se pone un biquini negro diminuto, con una parte de arriba triangular y apenas nada en la parte inferior. Está de miedo.

—¿Te gusta?

—Sí —digo, pensando en que a Peeta le encantará.

—¿Me lo compro?

Le digo que se pruebe los otros antes de tomar una decisión. Obedece y coge otro del colgador. Por supuesto, todos le sientan de maravilla. No entra en ninguna de las categorías de defectos corporales de que hablan las revistas. Después de mucho hablar, yo me decido por el dos piezas y Delly por tres biquinis diminutos; uno rojo, uno negro y otro de color crudo que, a una cierta distancia, hará que parezca desnuda.

Mientras vamos a pagar los trajes, Delly me coge por el brazo.

—¡Oh, mierda! Casi me olvidaba de decírtelo.

—¿Qué? —preguntó, asustada por su súbito estallido, aunque sé que no va a decirme: «Me olvidaba de decirte que sé que te has acostado con Peeta».

—¡A Gale le gustas! —Casi podríamos estar en décimo curso, por su tono de voz y el uso de la palabra «gustas».

Me muestro intencionadamente obtusa.

—A mí también me cae bien —digo—. Es un tipo agradable. —Y un mujeriego innato.

—No, tonta. Quiero decir que le «gustas». Debes de haber hecho un buen trabajo en la fiesta porque ha llamado a Peeta y le ha pedido tu número de teléfono. Me parece que te va a pedir que salgan este fin de semana. Por supuesto, yo quería que fuera una cita doble, pero él ha dicho que no, que no quería testigos. —Deja los biquinis en el mostrador y revuelve en el bolso en busca de la cartera.

—¿Peeta le dio mi teléfono? —pregunto, pensando que es todo un acontecimiento.

—Sí. Estaba muy incomodo cuando me lo contó. Estaba... —Levanta la vista, buscando la palabra adecuada—. Como si tuviera una actitud protectora hacia ti.

—¿Qué quieres decir «protectora»? —pregunto, más interesada en el papel de Peeta que en las intenciones de Gale.

—Bueno, le dio el número a Gale, pero cuando colgó el teléfono me hizo un montón de preguntas, que si te veías con alguien y si creía que te gustaría Gale. Y ya sabes, si era lo bastante inteligente para ti. Cosas así. Fue un encanto, de verdad.

Digiero esta información mientras el cajero marca los biquinis de Delly.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que estabas totalmente soltera y que, por supuesto, te interesaría Gale. Es un tesoro. ¿No te parece?

Me encojo de hombros. Gale ha venido a Nueva York desde San Francisco hace solo unos meses. Sé muy poco sobre él, salvo que Peeta y él se hicieron amigos en Georgetown, cuando el intento de Gale por alcanzar la fama pasaba por graduarse en el último lugar de su promoción. Al parecer, nunca iba a clase y siempre estaba colocado. Su peor historia es que se quedó dormido el día de su examen final de estadística; se presentó veinte minutos tarde, solo para descubrir que, en lugar de la calculadora, había metido el mando a distancia en la mochila. Todavía no he decidido si es un espíritu libre o un bufón.

—Bueno, ¿estás mentalizada? Si sales con él antes de que empiecen las vacaciones, te habrás adelantado a Joanna.

Me echo a reír y hago un gesto negativo con la cabeza.

—En serio. —Delly firma el recibo y le lanza una sonrisa al empleado—. A Joanna le encantaría echarle mano.

—¿Quién dice que saldré con él?

—Oh, vamos. No empieces con esa mierda. Vas a ir porque a) es un encanto y b), Katniss, no te ofendas, pero no puedes permitirte ser tan quisquillosa, señora No He Pegado Un Polvo en... ¿cuánto? ¿Más de un año?

El dependiente me mira compasivo. Fulmino con la mirada a Delly mientras deslizo las dos piezas por el mostrador. Sí, ya, eso será... un año.

Salimos de la galería y buscamos un taxi en la Tercera Avenida.

—Entonces, ¿saldrás con Gale?

—Supongo que sí.

—¿Lo prometes? —insiste, sacando el móvil del bolso. —¿Quieres que te lo jure por mi vida? Sí, iré —digo—. ¿A quién llamas?

—A Peeta. Apostó 100 dólares a que no irías.

Delly no se equivoca; no tengo nada en marcha. Pero la verdadera razón de que le diga que sí a Gale cuando llama es que Peeta dijo que no iría. Y solo por si acaso piensa que me ha lanzado alguna especie de hechizo y que iba a rechazar a su amigo porque estaba obsesionada por el Incidente, saldré con Gale.

Pero en cuanto digo que sí, empiezo a preocuparme por lo que Gale puede saber. ¿Peeta le ha contado algo? Decido que tengo que llamar a Peeta y averiguarlo. Cuelgo tres veces antes de conseguir marcar todo el número. Tengo un nudo en el estómago cuando él contesta al primer timbrazo.

—Peeta Mellark.

—Dime, ¿qué sabe Gale sobre lo que pasó el sábado? —le suelto directamente, con el corazón desbocado.

—Wow, hola Kat —dice.

Me ablando un poco.

—Hola, Peeta.

—¿El sábado? ¿Qué pasó el sábado? Refréscame la memoria.

—Hablo en serio. ¿Qué le dijiste? —Me horrorizo al darme cuenta de que estoy hablando con el tono infantil y quejoso que Delly ha llevado a la perfección.

—¿Qué crees que le dije?

—¡Peeta, dímelo!

—Oye, relájate —dice, todavía con una voz divertida—. No le conté nada... ¿Dónde crees que estamos? ¿En el instituto? ¿Por qué iba a contarle a nadie nuestro asunto?

Nuestro asunto. Nuestro. Nosotros.

—Me preguntaba qué sabía. Bueno, tú le dijiste a Delly que habías estado con él aquella noche...

—Sí. Le dije: «Gale, estuve contigo anoche y hemos desayunado juntos esta mañana, ¿vale?». Y ya está. Ya sé que no es así como funciona entre… ustedes, las chicas... mujeres.

—¿Qué se supone que quieres decir con eso?

—Quiero decir que Delly y tú comparten hasta el más mínimo detalle. Como lo que comiste en un día dado y la marca de champú que pensáis comprar.

—¿Como que te acuestas con el prometido de la otra? ¿Esa clase de detalles?

Peeta se ríe.

—Sí, ese sería otro ejemplo.

—¿O como que apostaste a que le diría que no a Gale?

Se ríe otra vez; sabe que lo he pillado.

—Te lo dijo ella, ¿verdad?

—Sí, me lo dijo ella.

—¿Y te molestó?

Me doy cuenta de que estoy empezando a relajarme, de que casi disfruto de la conversación.

—No... pero hizo que le dijera que sí a Gale.

—¡Vaya! —dice riendo—. Ya veo cómo funciona. ¿Me estas diciendo que si ella no te hubiera contado lo de la apuesta, habrías rechazado a mi amigo?

—Quieres que te diga… —digo, coqueteando; casi no me reconozco.

—Sí que me gustaría. Por favor, ilústrame.

—No estoy segura... ¿Por qué pensabas que le diría que no?

—Quieres que te diga... —replica.

Sonrío. Es un coqueteo con todas las de la ley.

—Ok. Pensaba que le dirías que no porque no me parece que Gale sea tu tipo —dice, finalmente.

—¿Y quién es mi tipo? —pregunto y, al instante, me arrepiento.

Flirtear de esta manera no es el camino a la redención. No es la manera de enderezar mi error. Esto es lo que me dice mi cabeza, pero el corazón me va al galope mientras espero su respuesta.

—No lo sé. Llevó unos siete años tratando de averiguarlo…

Me gustaría saber qué quiere decir. Doy vueltas al cordón alrededor de los dedos y no se me ocurre nada que decir en respuesta. Tendríamos que colgar ahora. Esto va por mal camino.

—¿Kat? —Su voz es queda e íntima.

Me quedo sin aliento al oírle pronunciar mi nombre así. La única sílaba es familiar, cálida.

—¿Sí?

—¿Sigues ahí? —susurra.

Consigo decir:

—Sí, sigo aquí.

—¿En qué estás pensando?

—En nada —miento.

Tengo que mentir. Porque lo que estoy pensando es: Puede que mi tipo seas tú, más de lo que pensaba...


Si, eso pasa cuando no nos arriesgamos... Hola, ¿como andan? yo aprovechando este tiempito para actualizar el fic, la cosas se ponen mejor, aunque un poco mas confusas...

Como dije antes, esta es mi primera experiencia, siempre escribi historias, pero no las publique ni comparti con nadie... hasta ahora ;) Me gusta escribirm lo malo es que son manuscritos, y es dificil transcribir, pero ya tengo los primeros capitulos de me nueva historia, espero poder publicarla prontito, para ver como me va...

Espero que esten Super Bien! Besos y apapachos! =D