Esta es una adaptación del Libro "Algo Prestado" de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.
Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.
Capítulo 6
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Es posible que yo no tenga un tipo de hombre. Cuando pienso en mis relaciones del pasado no surge un retrato robot. Claro que no es una muestra representativa. Creo que solo he tenido tres novios.
Doy un repaso a mis tres novios, los tres hombres con los que me he acostado entre los veinte y los treinta años, buscando algo en común entre ellos. Nada. Ni los rasgos de la cara ni el color de la piel ni la estatura ni la personalidad. Pero sí que aparece un tema: los tres me eligieron. Y los tres me dejaron. Yo representé un papel pasivo. Esperando a Hunter y luego conformándome con Joey. Esperando sentir algo más por Nate. Y luego esperando sentir menos. Esperando que Alec se fuera y me dejara en paz.
Y ahora Peeta. Mi número cuatro. Y sigo esperando.
A que todo esto estalle.
A su boda en septiembre.
A que aparezca alguien que, al mirarlo, mientras duerme en mi cama un domingo por la mañana, me haga sentir la misma sensación de cosquilleo que Peeta.
Alguien que no esté comprometido con mi mejor amiga.
El sábado por la noche, cojo un taxi hasta el Gotham Bar and Grill, con mente abierta y una actitud positiva —media batalla ganada antes de cualquier cita— pensando que quizá Gale sea ese alguien que ando buscando.
Entro en el restaurante y lo veo enseguida, sentado a la barra, vestido con unos tejanos holgados y ligeramente arrugados y una camisa azul, de cuadros escoceses, con las mangas arremangadas descuidadamente.
—Siento el retraso —digo, cuando se levanta para saludarme— Me ha costado un poco encontrar un taxi.
—No pasa nada —dice, ofreciéndome un taburete junto al suyo.
Me siento. Sonríe, descubriendo dos hileras de dientes rectos y muy blancos. Posiblemente su mejor rasgo. Ese o el hoyuelo de la cuadrada barbilla.
—¿Qué quieres tomar? —pregunta.
—¿Tú que estás tomando?
—Gin-tonic.
—Tomaré lo mismo.
Mira hacia el camarero, tendiendo un billete de veinte hacia él y luego me vuelve a mirar a mí.
—Tienes un aspecto estupendo, Katniss.
Le doy las gracias. Hace mucho tiempo que no recibía un cumplido como es debido de un hombre. Se me ocurre que Peeta y yo no llegamos a la etapa de los cumplidos.
Finalmente, Gale consigue que el camarero le preste atención y pide un Bombay Sapphire con tónica para mí. Luego dice:
—Bueno, la última vez que te vi todos estábamos bastante bebidos... Fue una noche bárbara.
—Sí. Yo no me enteré de la mitad —dije, confiando en que Peetaa me hubiera dicho la verdad sobre ocultarle lo sucedido a Gale—. Pero, por lo menos, conseguí llegar a casa antes de que saliera el sol. Delly me dijo que Peeta y tú se fueron a dormir hasta muy tarde.
—Sí. Nos quedamos por ahí un buen rato —dice Gale, sin mirarme. Es buena señal. Está encubriendo a su amigo, pero le cuesta mentir. Coge el cambio que le da el camarero, deja dos billetes y algunas monedas en la barra y me alarga mi bebida—. Aquí tienes.
—Gracias. —Sonrío, remuevo la bebida y tomo un sorbo por la delgada pajita.
Una escuálida chica asiática, con pantalones de cuero y demasiado lápiz de labios le da un golpecito a Gale en el brazo y le dice que nuestra mesa está lista. Cogemos las bebidas y la seguimos a la zona de restaurante. Cuando nos sentamos, nos entrega dos cartas de gran tamaño y una lista de vinos aparte.
—Su camarera estará con ustedes enseguida —dice, antes de echarse el pelo, largo y negro, hacia atrás y desaparecer.
Gale mira la lista de vinos y me pregunta si quiero pedir una botella.
—Claro —digo.
—¿Blanco o tinto?
—Cualquiera de los dos.
—¿Vas a tomar pescado? —Mira el menú.
—Es posible. Pero no me importa tomar tinto con el pescado.
—No soy muy bueno eligiendo vinos —dice, haciendo crujir los dedos debajo de la mesa—. ¿Por qué no les echas una ojeada?
—No pasa nada. Elige tú. Lo que decidas está bien.
—De acuerdo. Me arriesgaré —dice, exhibiendo su sonrisa.
Estudiamos la carta, discutiendo sobre lo que tiene buen aspecto. Gale acerca más la silla a la mesa y noto su rodilla contra la mía.
—Estuve a punto de no pedirte para salir, porque compartiremos casa este verano y todo eso —dice Gale, que sigue escudriñando la carta—. Peeta me dijo que esta es una de las normas fundamentales. Nada de relaciones con alguien de la casa. Por lo menos, no hasta agosto.
Se echa a reír y yo me guardo este dato para analizarlo más tarde: Peetaa desalentó nuestra cita.
—Pero luego pensé, sabes, ¡qué demonios! Katniss me gusta, así que voy a llamarla. Quiero decir, he estado pensando en pedirte que saliéramos desde que Peeta nos presentó. Justo cuando me trasladé aquí. Pero todavía estaba saliendo con una chica de San Francisco y pensaba que tenía que ponerle fin antes de llamarte. Ya sabes, solo para que todo fuera limpio y legal... Y aquí estamos. —Se pasa la mano por la frente, como si se sintiera aliviado después de haber hecho esta confesión.
—Creo que tomaste una buena decisión.
—¿La de esperar?
—No, la de llamarme —Le ofrezco mi sonrisa más seductora, recordando fugazmente a Delly.
No tiene la exclusiva del mercado del atractivo femenino —me digo—. No siempre tengo que ser la seria y aburrida.
Nuestra camarera nos interrumpe un momento.
—Hola. ¿Qué tal están esta noche?
—Muy bien —dice Gale alegremente y luego baja la voz—. Para ser una primera cita.
Me río, pero la camarera solo consigue sonreír rígidamente, con los labios apretados.
—¿Puedo decirles cuáles son las especialidades del día?
—Adelante —dice Gale.
La camarera fija la mirada en el vacío, por encima de nuestras cabezas, y suelta la lista de platos especiales, diciendo que todo está «muy bueno»: «Una lubina muy buena», «Un risotto muy bueno», y así sucesivamente. Asiento y escucho solo a medias mientras pienso en Peeta diciéndole a Gale que no me llamara y me pregunto qué quiere decir esto.
—¿Quieren empezar con la bebida?
—Sí... Me parece que vamos a pedir una botella de tinto. ¿Qué nos recomienda? —pregunta Gale, mirando la carta con los ojos entrecerrados.
—El pinot noir Marjorie es soberbio —responde, señalando la lista de vinos.
—Bien. Pues ese. Perfecto.
La camarera sonríe de nuevo, estirada, mirándome.
—¿Ya saben qué van a tomar?
—Sí, me parece que sí —digo y pido la ensalada verde con atún fresco.
—¿Cómo quiere el atún?
—Al punto —contesto.
Gale pide la sopa de guisantes y el cordero.
—Unas elecciones excelentes —dice la camarera, con una afectada inclinación de la cabeza.
Recoge las cartas y da media vuelta.
—¿Dónde estábamos...? Ah, sí, los Hamptons.
—Exacto.
—Pues Peeta dice que no es una buena idea salir con alguien de tu propia casa. Y yo digo «Venga, hombre, yo no juego con vuestras tontas reglas de la Costa Este». Si acabamos odiándonos, pues acabamos odiándonos.
—No creo que nos odiemos —digo.
Vuelve la camarera con el vino, descorcha la botella y le sirve un poco en su copa. Gale toma un buen sorbo y dice que es estupendo, saltándose la habitual ceremonia pretenciosa. Se puede saber mucho de un hombre viendo cómo toma ese primer sorbo de vino. No es buena señal cuando hace todo eso de darle vueltas al vino, enterrar la nariz en la copa, tomar un sorbo lento y meditado, hacer una pausa con el ceño fruncido, seguida de un ligero gesto de asentimiento, para no parecer demasiado entusiasta, como diciendo, no está mal, pero he tomado otros mejores. Si es un verdadero entendido en vino, está bien. Pero suele ser solo puro exhibicionismo, penoso de ver.
Mientras la camarera me sirve el vino a mí, le pregunto a Gale si sabe lo de la apuesta.
—¿Qué apuesta? —pregunta, negando con la cabeza.
Espero hasta que volvemos a estar solos; ya es bastante malo que la camarera sepa que es nuestra primera cita.
—Peetaa y Delly apostaron sobre si yo diría que sí cuando me invitaras a salir.
—Wow —Se queda boquiabierto, para aumentar el efecto—. ¿Cuál de ellos pensaba que vendrías y cuál que me enviarías a paseo?
—Oh, no me acuerdo. —Finjo estar confusa—. Pero eso no es lo importante. Lo importante es...
—¡Que se crean con derecho a meterse en nuestros asuntos! —Niega con la cabeza— ¿Qué les pasa?
—Lo sé.
Levanta la copa.
—Por escaparnos de Peetaa y Delly. No les contaremos ni un detalle de esta noche a esos capullos entrometidos.
Me echo a reír.
—¡Por fantástica, o mala, que sea nuestra cita!
Chocamos las copas y bebemos al unísono.
—Esta cita no va a ser mala. Te lo digo yo. Confía en mí.
—Confío en ti —digo, sonriendo.
Sí que confío en él, pienso. Hay algo que desarma en su sentido del humor y en su estilo relajado del Medio Oeste. Y no está comprometido con Delly. Una ventaja adicional muy agradable.
Luego, como si me leyera el pensamiento, Gale me pregunta cuánto hace que conozco a Delly.
—Algo más de veinte años. La primera vez que la vi iba muy elegante con su vestidito de tirantes y yo llevaba aquella porquería de pantalones cortos de Winnie-the-Pooh. Pensé, vaya, esa sí que es una niña con estilo.
Gale se ríe.
—Apuesto a que estabas guapísima con tus pantalones de Pooh.
—No mucho...
—Y fuiste tú quien presentaste a Delly y Peetaa, ¿verdad? Me dijo que eran amigos de la facultad de derecho.
Exacto. Mi buen amigo Peeta. La última persona con la que me he acostado.
—Sip. Lo conocí el primer semestre en la facultad. Enseguida me di cuenta de que Delly y él harían buena pareja —digo.
Una pequeña exageración, pero quiero dejar muy claro que nunca pensé en Peeta para mí. Y no lo hice. Y no lo hago.
—Incluso se parecen... No hay ningún enigma en cómo serán sus hijos.
—Sí. Serán muy guapos. —Siento una opresión inexplicable en el pecho, al imaginar a Peeta y Delly acunando a su hijo recién nacido. Por alguna razón, nunca había pensado más allá de la boda en septiembre.
—¿Qué pasa? —pregunta Gale; es evidente que ha visto mi expresión. Lo cual no significa necesariamente que sea perceptivo, sino más bien que mi cara no es precisamente inescrutable. Es una maldición.
—Nada —digo. Luego sonrío y me siento un poco más erguida. Es hora de una transición—. Bueno, basta ya de Peeta y Delly.
—Sí —responde—. De acuerdo.
Empezamos la típica conversación de una primera cita y hablamos de nuestros trabajos, nuestras familias y nuestros antecedentes en general. Comemos, hablamos y pedimos otra botella de vino. Hay más risas que silencio. Me siento lo bastante cómoda como para probar un trozo de su cordero cuando me lo ofrece.
Después de cenar, Gale paga la cuenta. Siempre es un momento incómodo para mí, aunque ofrecerme a pagar (tanto si es sinceramente como si solo finjo que busco el monedero) es mucho más violento. Le doy las gracias y salimos a la calle, donde decidimos ir a tomar otra copa.
—Tú eliges —dice Gale.
Elijo un bar nuevo, que acaba de abrir cerca de casa. Cogemos un taxi y charlamos durante todo el trayecto. Luego nos sentamos a la barra y seguimos hablando.
Después de dos copas más, miro la hora y digo que se está haciendo tarde.
—Vale. ¿Te acompaño?
—Claro.
Vamos paseando hasta la Tercera Avenida y nos detenemos al llegar delante de mi casa.
—Bueno, buenas noches, Gale. Muchas gracias por la cena. Lo he pasado muy bien —digo, y lo digo de verdad.
—Yo también. Ha estado bien. —Se lame los labios rápidamente. Sé que viene a continuación—. Y me alegro de que compartamos casa este verano.
—Yo también.
Luego me pregunta si me puede besar. Es una pregunta que, por lo general, no me gusta. Hazlo y ya está, pienso siempre. Pero por alguna razón viniendo de Gale no me molesta.
Asiento y él se inclina y me da un beso medio-largo.
Nos separamos. No me palpita el corazón de emoción, pero estoy contenta.
—¿Crees que Delly y Peetaa han apostado sobre esto? —pregunta.
Me echo a reír porque yo estaba pensando en lo mismo.
—¿Qué tal fue? —inquiere Delly por teléfono, a voz en grito, al día siguiente.
Acabo de salir de la ducha y estoy chorreando.
—¿Dónde estás?
—En el coche con Peetaa. Estamos volviendo a la ciudad —dice—. Hemos ido por ahí en busca de antigüedades. ¿Te acuerdas?
—Sí —respondo—, me acuerdo.
—¿Qué tal fue? —insiste, mordiendo ruidosamente el chicle. Ni siquiera puede esperar a llegar a casa para que le dé la primicia de mi cita.
No contesto.
—¿Y?
—Tenemos una mala conexión. Tu móvil se pierde —dije—. No puedo oírte.
—Buen intento. Suéltalo ya.
—¿Qué tengo que soltar?
—¡Katniss! No te hagas la tonta conmigo. ¡Cuéntame lo de tu cita! Nos morimos por saberlo.
Oigo a Peetaa, al fondo, haciéndole eco.
—¡Nos morimos de verdad!
—Fue una noche estupenda —digo, mientras trato de envolverme la cabeza con la toalla, sin dejar caer el teléfono.
—¡Sí! —chilla Delly—. Lo sabía. ¡Venga, detalles! ¡Detalles!
Le digo que fuimos a un Bar y luego a otro, que yo pedí atún y él cordero…
—¡Katniss! ¡Al grano! ¿Hubo acción?
—Eso no puedo decírtelo.
—¿Por qué no?
—Tengo mis razones.
—Eso quiere decir que lo hicieron —afirma—. De lo contrario, dirías que no.
—Piensa lo que quieras.
—¡Venga ya, Katniss!
Le digo que de ninguna manera. No voy a ser su entretenimiento para el viaje. Le repite mis palabras a Peeta y oigo que él dice:
—Bruce es nuestro entretenimiento para el viaje. Díselo. Al fondo suena Tunnel of Love.
—Dile a Peetaa que ese es el peor álbum de Bruce.
—Todos son malos. Springsteen apesta —dijo Delly.
—¿Ha dicho que este álbum es malo? —oigo que Peetaa le pregunta.
Delly dice que sí y unos segundos después suena Thunder Road a todo volumen. Delly le grita que lo baje. Sonrío.
—Bueno —persiste Delly—, ¿vas a decírnoslo o no?
—No.
—¿Y si prometo no contárselo a Peeta?
—No.
Delly emite un ruidito de exasperación. Luego me dice que, de una manera o de otra, lo averiguará y cuelga.
La siguiente vez que tengo noticias de Peeta es el jueves por la noche, el día anterior del programado para irnos a los Hamptons.
—¿Quieres que te llevemos? Tenemos sitio para uno más —dice—. Joanna viene con nosotros. Y tu novio también.
—Bueno, en ese caso, encantada —digo, esforzándome por sonar alegre y despreocupada. Tengo que demostrarle que lo nuestro ha quedado atrás. Que lo he dejado atrás.
Al día siguiente, a las cinco, estamos en el coche de Peetaa, esperando adelantarnos al tráfico. Pero las carreteras están atascadas. Nos lleva una hora pasar por el Midtown Tunnel y casi cuatro recorrer los ciento ochenta kilómetros hasta East Hampton. Voy sentada en el asiento de atrás, entre Joanna y Gale. Delly está de un humor hiperactivo y alocado. Se pasa la mayor parte del viaje vuelta hacia nosotros, hablando de temas varios, haciendo preguntas y llevando la conversación. Hace que cualquier cosa parezca una celebración; su buen humor es contagioso, del mismo modo que su mal humor lo contamina todo. Gale es el segundo más hablador del grupo. Durante un tramo de cincuenta kilómetros, Delly y él son como una comedia en marcha, burlándose el uno del otro. Ella lo llama perezoso; él dice que ella es cara de mantener. Joanna y yo intervenimos de vez en cuando. Peeta no dice prácticamente nada. Está tan callado que en un momento dado, Delly le chilla que deje de ser tan aburrido.
—Estoy conduciendo —responde él—. Necesito concentrarme.
Luego me mira por el retrovisor. Me pregunto qué está pensando. Sus ojos no delatan nada.
Está oscureciendo cuando nos detenemos a comer algo y tomar unas cervezas en una gasolinera en la carretera 27. Joanna se pone a mi lado delante de las patatas fritas, me coge del brazo y dice:
—Se nota que le gustas —Por un segundo me sobresalto, pensando que se refiere a Peeta. Luego comprendo que habla de Gale.
—Gale y yo solo somos amigos —digo, cogiendo una lata de cerveza.
—Oh, vamos. Delly me ha contado lo de tu cita —dice.
Joanna siempre está enterada de todo; de la última tendencia, de la inauguración del nuevo bar de moda, de la próxima gran fiesta…
—Solo hemos tenido una cita —digo, feliz de que Delly no haya podido averiguar qué ha pasado con Gale, pese a someterme a un fuego graneado de preguntas. Incluso lo sondeó a él, enviándole un e-mail, que él me reenvió con «Cabrones chismosos» como «Asunto».
—Bueno, el verano es largo —dice Joanna, sabiamente—. Haces bien en no comprometerte hasta ver qué más hay por ahí.
Llegamos a la casa de veraneo, un pequeño cottage con un encanto limitado. Joanna lo encontró cuando vino sola a mediados de febrero, indignada con nosotros por no sacrificar un fin de semana y dedicarlo a buscar una casa. Lo organizó todo, incluyendo la otra mitad del alquiler. Mientras recorremos la casa, se disculpa de nuevo porque no hay piscina y se lamenta de que las zonas comunes no son lo bastante grandes para dar buenas fiestas. La tranquilizamos diciendo que el enorme jardín trasero, con su barbacoa, lo compensa con creces. Además, estamos lo bastante cerca de la playa para ir andando, lo cual, en mi opinión, es lo más importante en una casa de veraneo.
Descargamos el coche y buscamos nuestras habitaciones. Delly y Peetaa se quedan con la de la cama extragrande. Gale tiene su propia habitación, lo cual puede ser útil. Joanna también tiene una habitación para ella sola, en pago a sus esfuerzos. Y yo me quedo con la más pequeña pero acogedora.
Luego, como ya me esperaba, Delly y Joanna insisten en cambiarse de ropa. Y Gale, que todavía lleva la ropa de trabajo, también va a cambiarse. Así que Peeta y yo nos quedamos solos en la sala, sentados uno delante del otro, esperando. Tiene el mando a distancia en la mano, pero no pone en marcha la tele. Es la primera vez que estamos solos después del Incidente. Soy consciente de que se me va acumulando sudor en las axilas. ¿Por qué estoy nerviosa? Lo sucedido ha quedado atrás. Se acabó. Debo relajarme. Actuar de forma natural.
—¿No te vas a arreglar para tu NOVIO? —pregunta Peeta, en voz baja, sin mirarme.
—Muy gracioso.—Incluso el simple intercambio de palabras parece algo ilícito.
—Bueno, ¿no vas?
—Estoy bien tal como estoy —digo mirando mis tejanos favoritos y mi blusa negra de punto.
Lo que él no sabe es lo mucho que me costó decidirme por este conjunto cuando me cambié después del trabajo.
—Gale y tú hacen una pareja estupenda —dice, mirando furtivamente hacia las escaleras.
—Gracias. Lo mismo digo de Delly y tú.
Intercambiamos una mirada lenta, demasiado cargada de posibles sentidos para empezar a interpretarla. Y entonces, antes de que él pueda reaccionar, Delly baja las escaleras, embutida en un vestido ajustado, de color rojo, que resalta todas sus curvas. Le tiende unas tijeras a Peeta y se acurruca a sus pies, levantándose el pelo:
—¿Puedes cortar la etiqueta, por favor?
Él la corta y ella se levanta y gira sobre sí misma.
—Bueno, ¿qué tal estoy?
—Guapa —dice y luego me mira, avergonzado, como si esa única palabra de cumplido para su prometida pudiera disgustarme.
—Estás de muerte —digo, para demostrarle que no es así. Ni por asomo.
Pagamos la consumición mínima para entrar al bar y nos abrimos paso entre la apretada multitud de Stephen's Talkhouse, nuestro bar favorito en Amagansett.
Para empezar la noche por todo lo alto y pedimos, por sugerencia de Gale una ronda de chupitos. Nos los va pasando y formamos un apretado círculo, listos para beber juntos.
—¡Por el mejor verano de todos! —dice Delly, echando hacia atrás su larga melena que huele a coco.
Lo dice al principio de cada verano. Siempre tiene unas expectativas desmesuradamente altas, que yo nunca comparto. Pero quizá este verano acierte.
Todos nos echamos al coleto los chupitos, que saben a vodka puro. Luego Peetaa paga otra ronda y cuando me pasa mi cerveza, sus dedos rozan los míos. Me pregunto si lo ha hecho a propósito.
—Gracias —digo.
—Para servirte…—murmura, mirándome a los ojos como hizo en el coche.
Cuento hasta tres en silencio y luego miro hacia otro sitio.
Según transcurre la noche, me doy cuenta de que estoy observando cómo interactúan Delly y Peetaa. Me sorprende la angustia territorial que siento cuando los veo juntos. No son exactamente celos, sino algo relacionado con ellos. Me doy cuenta de pequeñas cosas que antes no percibía. Como una vez en que ella desliza cuatro dedos dentro de sus tejanos, en la cintura. Y otra vez, cuando él está de pie detrás de ella y le coge todo el pelo con una mano y se lo levanta hacia arriba, como haciéndole una cola de caballo, antes de dejarlo caer de nuevo sobre sus hombros.
Justo ahora, se inclina hacia ella para decirle algo. Ella asiente y sonríe. Imagino que le ha dicho «Te quiero esta noche» o algo parecido. Me pregunto si lo han hecho desde que él y yo estuvimos juntos. Seguro que sí. Y me molesta de una manera extraña. Tal vez sucede cada vez que ves a alguien de tu «lista» con otra persona. Me digo que no tengo derecho a estar celosa. Que, para empezar, no tenía ningún derecho a añadirlo a mi lista.
Procuro concentrarme en Gale. Me quedo junto a él, hablo con él, le río los chistes. Cuando me invita a bailar, le digo que sí, sin vacilar. Lo sigo hasta la atestada pista. Acabamos sudando a chorros, bailando y riendo. Me doy cuenta de que, aunque no hay una gran química entre nosotros, me lo estoy pasando bien. ¿Quién sabe? Quizá esto conduzca a algo.
—Se mueren de ganas de saber qué pasó en nuestra cita —me dice Gale al oído.
—¿Por qué lo dices? —pregunto.
—Delly me ha vuelto a interrogar.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Esta noche. Justo después de llegar.
Vacilo y luego pregunto:
—¿Peetaa dijo algo?
—No, pero estaba a su lado y parecía más que interesado.
—Vaya digo, riendo.
—Y que lo digas, esos cabrones chismosos... Y no mires, pero no nos quitan la vista de encima. —Su cara roza la mía y sus patillas me rascan la mejilla.
Le echo los brazos al cuello y me aprieto contra él.
—Muy bien —digo—. Pues vamos a darles algo que mirar.
GRACIAS! Nunca me voy a cansar de agredecer por todo su apoyo! ... Me di un tiempito entre examenes y trabajos, esta semana va a ser MI semana (llena de examenes y cosas de la Uni), para actualizar... espero que les guste
Espero que esten Super Bien! Besos y apapachos! =D
