Esta es una adaptación del Libro "Algo Prestado" de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.
Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.
Capítulo 7
.
.
.
—¿Qué hay entre Gale y tú? —pregunta Joanna a la mañana siguiente mientras rebusca entre el montón de ropa que ya se ha acumulado al lado de su cama.
Me resisto al impulso de doblársela.
—En realidad, no hay nada. —Me levanto y enseguida pongo manos a la obra.
—¿Potencial? —Se pone un pantalón de chándal y se anuda el cordón sujetándolo al nivel de las caderas.
—Tal vez.
—¿Potencial veraniego o potencial a largo plazo? —me pregunta, alisándose el pelo, corto y pelirrojo, con las manos.
—No lo sé. Puede que potencial a largo plazo.
—La verdad es que anoche parecíais una pareja total —dice—. Allí, bailando.
—¿Sí? —pregunto, pensando que si parecíamos pareja, Peetaa debe de saber que no pienso demasiado en él.
—Sí... Los dos estaban allí, susurrando y riendo. Pensaba que seguro que en la noche pasaría algo más.
—Siento haberte decepcionado —replico riendo.
—Más lo decepcionaste a él.
—No. Solo me dijo buenas noches cuando llegamos a casa. Ni siquiera me dio un beso.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Me parece que los dos vamos con tiento. Tendremos mucho contacto entre ahora y septiembre... Ya sabes, él también está invitado a la boda. Si sacamos las cosas de quicio, puede ser un mal asunto.
Me mira, como si sopesara lo que he dicho. Por un segundo, me siento tentada a contarle lo de Peeta. Confío en ella. Pero no lo hago, razonando que siempre estoy a tiempo de decírselo, pero no puedo «desdecírselo» y borrar la información de su mente. Cuando estemos todos juntos, me sentiría más incómoda, pensando constantemente que ella está dandole vueltas a lo que le he contado. Y de todos modos... se ha acabado. En realidad, no hay nada que contar.
Bajamos. Nuestros compañeros ya están reunidos alrededor de la mesa de la cocina.
—Hace un tiempo de puta madre —dice Delly, levantándose, estirándose y exhibiendo su estómago liso, bajo la camiseta ceñida. —Un tiempo perfecto para la playa.
—Un tiempo perfecto para el golf —dice Joanna, mirando a Peeta y Gale—. ¿Interesados?
—Hum, puede —dice Peeta, levantando los ojos de la página deportiva—. ¿Quieres que llame y vea si podemos conseguir una hora?
Delly golpea con las cartas sobre la mesa y mira alrededor, desafiante.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡Nada de golf! —Delly golpea de nuevo la mesa, esta vez con el puño—. ¡No el primer día! ¡Tenemos que estar juntos! Todos. ¿Verdad, Katniss?
—Supongo que esto significa que hoy no hay golf —dice Peetaa, antes de que me vea obligada a participar en el gran debate del golf—. Órdenes de Delly.
—Solo quiero que estemos todos juntos en la playa —dice Delly, dándole un giro generoso a su egoísmo.
—Y haces que la perspectiva parezca muy agradable —Peeta se levanta, va al fregadero y empieza a preparar café.
—¿Qué problema tienes, cascarrabias? —pregunta Delly, como si fuera él el que ha dictado cómo pasar el día—. Eres un pedazo de malaspulgas. Jooder.
—¿Qué es un malaspulgas? —pregunta Gale, rascandose la oreja. Es su primera aportación a la conversación de la mañana. Todavía parece medio dormido—. No conozco esta expresión.
—Tienes uno delante de ti —dice Delly, señalando a Peeta—. Está de mal humor desde que llegamos.
—No es verdad —replica Peetaa.
Me gustaría que se diera la vuelta para ver la cara que pone.
—Sí que es verdad. ¿No creen? —Delly exige una respuesta de todos nosotros, mirándome a mí en particular. Ser amiga de Delly me ha enseñado el arte de suavizar las cosas. Pero acostarme con su prometido ha embotado mis instintos. No estoy de humor para intervenir. Y nadie más quiere verse envuelto en lo que tendría que ser una disputa privada de ellos dos. Todos nos encogemos de hombros o miramos para otro lado.
Sin embargo, para ser sincera, Peetaa sí que ha estado un tanto apagado. Me pregunto si tengo algo que ver con su humor. Tal vez le moleste verme con Gale. Nada de celos desatados, solo la ansiedad territorial que yo también experimentaba. O tal vez, solo esté pensando en Delly, viéndola tal como es, una mujer controladora. Yo siempre he sido consciente de las exigencias de Delly —no se pueden pasar por alto—, pero últimamente me cuesta más tolerárselas. Estoy harta de que siempre se salga con la suya. Es posible que Peeta sienta lo mismo.
—¿Qué hacemos para el desayuno? —pregunta Gale, bostezando ruidosamente.
Discutimos nuestras opciones y decidimos pasar del a ver nuestras opciones en las alacenas.
—¿Alguien encontró los cereales? —pregunta Gale.
—Aquí tenéis —Joanna pone cuencos, cucharas y una caja de Rice Krispies en la mesa—. ¡Disfrutaden!
Gale abre la caja y se sirve una ración en su bol. Me mira.
—¿Quieres?
Asiento y me prepara mi cuenco. No le pregunta a nadie más si quiere cereales, solo pasa la caja a lo largo de la mesa.
—¿Plátano? —me pregunta.
—Sí, gracias.
Pela el plátano y lo corta en rodajas, repartiéndolo entre su bol y el mío, alternando cada pocas rodajas. Se queda la parte magullada para él. Estamos compartiendo un plátano. Esto significa algo. Peetaa me lanza una mirada rápida, mientras Gale deja caer el último cilindro en mi cuenco, dejando el feo trozo final en la piel, donde pertenece.
Varias horas más tarde, estamos listos para ir a la playa. Joanna y Delly emergen de sus habitaciones con sus elegantes bolsas de lona llenas a desbordar de nuevas y suaves toallas de playa, revistas, lociones, termos, móviles y maquillaje. Yo estoy con una toalla de playa, mi Ipody una botella de agua. Atravesamos el aparcamiento de la playa y subimos a la duna, vacilando durante un segundo para absorber nuestra primera visión colectiva del océano. La vista es emocionante. Casi me hace olvidar que me he acostado con Peetaa.
Peetaa encabeza la marcha por la abarrotada playa y nos encuentra un lugar a medio camino entre las dunas y el mar, donde la arena todavía es blanda, pero lo bastante lisa como para extender las toallas. Gale pone su toalla junto a la mía; Delly está a mi otro lado y Peetaa junto a ella. Joanna se instala delante de nosotros. El sol es brillante, pero no caliente en exceso. Joanna nos advierte sobre los rayos ultravioleta, dice que en días como este es cuando más cuidado hay que tener.
—El sol te puede hacer daño de verdad, sin que ni siquiera te des cuenta hasta que es demasiado tarde —dice.
Gale se ofrece para ponerme loción bronceadora en la espalda.
—No, gracias —digo.
Pero cuando hago esfuerzos para llegar a la mitad de la espalda, me coge la botella y me aplica la loción, maniobrando meticulosamente por los bordes del traje de baño.
—Ponme tú a mí, Peetaa —dice Delly alegremente, quitándose los shorts blancos y acuclillándose delante de Peeta con su biquini negro—. Toma. Usa el aceite de coco, por favor.
Joanna se lamenta de la falta de FPS en el aceite, dice que somos demasiado viejos para seguir bronceándonos y que Delly lo sentirá cuando aparezcan las arrugas. Delly pone los ojos en blanco y dice que no le importan las arrugas, que vive en el momento. Sé que luego Delly me dará la vara, diciéndome que lo que le pasa a Joanna es que está celosa porque su piel Joanna pasa directamente del blanco al rojo.
—Lo sentirás cuando llegues a los cuarenta—insiste Joanna, con la cara protegida bajo un enorme sombrero de paja.
—No, no lo sentiré. Me haré un tratamiento de láser.
Delly se ajusta la parte de arriba del biquini y luego se extiende más aceite por las pantorrillas, con movimientos rápidos y eficaces. La he visto embadurnarse con aceite durante más de quince años. Cada verano, su meta es conseguir un bronceado salvaje. Tengo la piel tan pálida como la de Joanna, así que cada día Delly me tomaba más delantera.
Joanna comenta que la cirugía estética no cura el cáncer de piel.
—¡Oh, por todos los santos! —dice Delly—. ¡Pues entonces no salgas de debajo de tu maldito sombrero!
Joanna abre la boca y luego la cierra rápidamente, con aire ofendido.
—Solo intentaba ayudar.
Delly le lanza una sonrisa conciliadora.
—Lo sé, cariño. No quería bufarte.
Peetaa me mira y hace una mueca, como para decir que desearía que las dos cerraran la boca. Me permito sonreírle. Una gloriosa expresión de felicidad le inunda la cara. Es tan atractivo que hace daño. Es como mirar al sol. Se levanta un momento, para poner bien su toalla que el viento ha doblado. Le miro la espalda y luego las pantorrillas, sintiendo una oleada de recuerdos. Ha estado en mi cama. No es que quiera repetir la experiencia. Pero… tiene un cuerpo magnífico; esbelto… No me interesan los cuerpos, pero aprecio uno perfecto. Se vuelve a sentar justo cuando yo aparto la mirada.
Gale pregunta si alguien quiere jugar al Frisbee. Yo digo que no, que estoy demasiado cansada, pero lo que pienso es que lo último que quiero hacer es correr arriba y abajo con mi estómago blando y blanco asomando por entre las dos piezas de mi traje de baño. Luego se retira para unirse con otras personas que están en pleno partido de volley.
—Pásame la camiseta —le dice Delly a Peeta.
—¿Por favor?
—El «por favor» se da por supuesto —replica Delly.
—Dilo —insiste él, metiéndose un Altoid de canela en la boca.
Delly le da un puñetazo en el estómago.
— Ouch! —exclama él, sin énfasis, para indicar que no le ha dolido lo más mínimo.
Ella toma impulso para volver a pegarle, pero él le coge la muñeca.
—Trata de comportarte. Eres una cría —le dice afectuosamente.
Su irritación de la mañana ha desaparecido.
—No es verdad —responde ella, deslizándose hasta su toalla. Le presiona el pecho con los dedos, preparada para un beso.
Me pongo las gafas de sol y miro hacia otro sitio. Decir que lo que siento no son celos, es enmascarar la realidad.
Por la noche vamos todos a una fiesta en Bridgehampton. La casa es enorme y tiene una preciosa piscina en forma de L, rodeada por un jardín maravilloso y, por lo menos, veinte antorchas tiki. Paso revista a las invitadas que hay en el jardín de atrás y observo todos los vestidos y faldas púrpura, rosa encendido y naranja. Parece que todas las mujeres han leído el mismo artículo que yo, donde decía «los colores vivos están in; el negro está out». Yo he seguido el consejo y me he comprado un vestido de tirantes de color verde lima que es demasiado vivo y digno de ser recordado como para volver a ponérmelo antes de agosto. Pero estoy contenta con mi elección hasta que veo el mismo vestido, unas dos tallas más pequeño, en una rubia esbelta. Es mucho más alta que yo, así que el vestido le queda más corto y deja al descubierto un trozo interminable de muslo bronceado. Me esfuerzo, conscientemente, por permanecer en el lado opuesto de la piscina al que está ella.
De repente, Gale aparece a mi lado.
—¿Te estás divirtiendo?
—Supongo que sí. ¿Y tú?
Se encoge de hombros.
—Todos estos tipos se toman a sí mismos muy en serio, ¿verdad?
—Así son los Hamptons.
Recorro la muchedumbre con la mirada. Está muy lejos de las barbacoas de vecinos, que hacíamos allá en Indiana. Una parte de mí se siente satisfecha por haber ampliado mis horizontes. Pero otra parte mayor se siente incómoda cada vez que voy a una fiesta como esta. Soy toda pose, alguien que trata de mezclarse con personas que piensan que Indiana es solo un lugar que se sobrevuela; un territorio que hay que atravesar cuando vas a Aspen o Los Ángeles. Miro a Delly haciendo la ronda, con Peetaa al lado. No quedan trazas de Indy en ella; al verla dirías que se crió en Park Avenue. Seguro que sus hijos crecen en Manhattan. Cuando tenga hijos, si es que los tengo, pienso trasladarme a las afueras. Miro a Gale, tratando de imaginarlo arrastrando la Big Wheel de nuestro hijo fuera de la calle. Mira a nuestro pequeño, que lleva la cara manchada con Popsicle reseco, y le dice que no baje de la acera. El niño tiene las cejas cortas de Gale, inclinadas hacia arriba y la una hacia la otra, como si formaran una V invertida.
—Vamos —dice Gale—. Vayamos a por algo de beber.
—Vamos —digo, sin quitarle ojo a la rubia que lleva mi vestido.
Después de esta fiesta, vamos a otra, y luego hacemos nuestra habitual parada final en el Talkhouse, donde bailo otra vez con Gale. Alrededor de las tres, nos amontonamos en el coche y nos vamos a casa. Joanna se va directamente a la cama, mientras las dos parejas se quedan en la sala. Delly y Peetaa hacen manitas en un confidente; Gale y yo nos sentamos juntos en otro sofá, pero sin tocarnos.
—Bueno, chicos. Es más que hora de que me vaya a dormir —dice Delly, poniéndose de pie de repente—. ¿Vienes?
Mis ojos se encuentran con los de Peetaa. Los dos miramos hacia otro lado a la vez.
—Sí —responde—. Subo dentro de un momento.
Los tres hablamos unos minutos más hasta que oímos a Delly que llama a Peetaa desde el piso de arriba.
—¡Venga, Peetaa! ¡Quieren estar solos!
Gale hace una mueca y yo estudio atentamente una peca que tengo en el brazo.
Peetaa carraspea y tose. Tiene una cara muy seria.
—Bueno, pues, supongo que será mejor que suba. Buenas noches.
—Hasta mañana —dice Gale.
Yo me limito a murmurar un «buenas noches»; estoy demasiado incómoda para levantar la vista mientras Peetaa se marcha.
—Por fin —exclama Gale—. Al fin solos.
Siento un inesperado anhelo de Peetaa y sonrío a Gale.
Se me acerca y me besa, sin preguntarlo primero. Es un beso bastante agradable, quizá incluso más que el primero. Por alguna razón, pienso en el episodio de La tribu de los Brady cuando Bobby ve fuegos artificiales después de besar a Millicent (que, algo que Bobby ignora, tiene paperas). La primera vez que vi el episodio yo tenía más o menos la edad de Bobby, de forma que el beso me pareció algo serio. Recuerdo que pensé: «Algún día yo también veré fuegos artificiales». Hasta la fecha, no he visto ninguno. Pero Gale se acerca más que nadie antes que él.
Nuestro beso sube al siguiente nivel y luego yo digo:
—Me parece que deberíamos irnos a la cama.
—¿Juntos? —pregunta. Está claro que bromea.
—¡Muy gracioso! —respondo—Buenas noches, Gale.
Lo beso una vez más antes de irme a mi habitación, pasando por delante de la puerta cerrada de Peetaa y Delly.
A la mañana siguiente, compruebo mi buzón de voz. Marvel me ha dejado tres mensajes. Dice que quiere «revisar unas cuantas cosas mañana, a primera hora de la tarde». Sé que es vago a propósito, y no deja una hora o instrucciones específicas para reunirme con él o llamar al despacho. De esta manera, se asegura de partirme por la mitad mi Memorial Day. Gale dice que lo bloquee con otro mensaje diciéndole que «vaya a hacerse una paja; que es una fiesta nacional». Pero, por supuesto, yo miro, como es mi deber, los horarios de trenes y autobuses y decido marcharme esta tarde para evitar el tráfico. En mi interior, sé que el trabajo es solo una excusa para marcharme; ya he tenido bastante de esta dinámica tan absurda. Me gusta Gale, pero es agotador estar cerca de un hombre que, como «es potencial». Y todavía lo es más evitar a Peetaa. Lo evito cuando está solo y lo evito cuando está con Delly. Evito pensar en él y en el Incidente.
—De verdad, tengo que volver —digo suspirando, como si fuera lo último que quisiera hacer.
—¡No puedes marcharte! —protesta Delly.
—Tengo que hacerlo.
Cuando se enfurruña, me gustaría señalar que el 90 por ciento del tiempo que estamos en los Hamptons ella está absolutamente distraída en su función de mariposa social. Pero me limito a repetir que tengo que marcharme.
—¡Eres toda una esclava del teléfono!
—No puede evitar tener que trabajar, Delly —dice Peetaa.
Tal vez lo dice porque, con frecuencia, ella lo llama esclavo del teléfono también a él. Pero igual es que solo quiera que me vaya, por las mismas razones por las que yo quiero irme.
Después del almuerzo, hago la maleta y bajo a la sala, donde todos están holgazaneando, viendo la tele.
—¿Alguien me puede llevar hasta el autobús? —pregunto, esperando que Delly o Gale se ofrezcan.
Pero Peetaa reacciona primero.
—Yo te llevo —dice—. Quiero pasar por la tienda.
Me despido de todos, y Gale me da un apretón en el hombro y me dice que me llamará la semana que viene.
Luego Peetaa y yo nos vamos. Estaremos solos durante seis kilómetros.
—¿Lo has pasado bien este fin de semana? —me pregunta, mientras salimos marcha atrás.
No queda ni rastro de las bromas que surgieron justo después del Incidente. Y él, igual que Delly, ha dejado de interrogarme sobre Gale, tal vez porque es bastante evidente que nos hemos convertido en una especie de pareja.
—Sí, ha estado bien —digo—. ¿Y tú?
—Claro —responde—. Muy bien.
Después de un breve silencio, hablamos del trabajo y de amigos mutuos de la facultad, de esas cosas de las que hablábamos antes del Incidente. Todo parece normal de nuevo o tan normal como puede serlo después de un error como el nuestro.
Llegamos a la parada del autobús temprano. Peetaa aparca en el aparcamiento, se vuelve en el asiento y me estudia con sus ojos azules de una manera que me obliga a apartar la mirada. Me pregunta qué hago el martes por la noche.
Me parece saber qué me pregunta, pero no estoy segura, así que farfullo:
—Trabajar. Como de costumbre. Tengo una deposición el viernes y ni siquiera he empezado a prepararla. Lo único que tengo en mi esquema es: «¿Puede deletrear su apellido para que conste?». Y «¿Está tomando alguna medicación que pudiera obstaculizar su capacidad para responder a las preguntas en esta deposición?». —Me echo a reír, nerviosa.
Sigue serio. Está claro que no le interesa para nada mi deposición.
—Oye, quiero verte, Katniss. Pasaré a las ocho. El martes.
Y la forma en que lo dice —una afirmación, en lugar de una pregunta— hace que me duela el estómago.
No es exactamente el dolor de estómago que tengo antes de una cita a ciegas. No es el nerviosismo de antes de un examen final.
No es la sensación de «Me las voy a cargar por algo».
Y no es esa especie de mareo que te acompaña cuando te has enamorado de un tío y él, con una sonrisa o un hola despreocupado, reconoce que es consciente de tu presencia.
Es otra cosa.
Es un dolor conocido, pero no sé definirlo.
Mi sonrisa desaparece para estar a la par de su cara seria. Me gustaría decirle que su petición me sorprende, que me ha pillado desprevenida, pero creo que parte de mí lo esperaba, incluso lo deseaba, cuando Peetaa se ofreció a acompañarme. No le pregunto por qué quiere verme ni de qué quiere hablarme. No le digo que tengo que trabajar y que no es buena idea. Solo asiento con la cabeza.
—De acuerdo.
Me digo que la única razón de haber aceptado verlo es que tenemos que acabar de aclarar lo que pasó entre nosotros. Y que, por lo tanto, no hago nada malo contra Delly; solo estoy tratando de reparar el daño ya hecho. Y me digo que si, en realidad, quiero ver a Peetaa por otros motivos, es únicamente porque echo de menos al amigo. Pienso en mi cumpleaños, en el rato que pasamos en 7B antes de liarnos, recuerdo lo mucho que disfruté de su compañía en solitario, lo mucho que disfruté de Peetaa libre de las exigencias de Delly. Echo de menos su amistad. Solo quiero hablar con él. Eso es todo.
Llega el autobús y la gente empieza a subir. Salgo del coche, sin que se cruce ninguna otra palabra entre nosotros.
Mientras me acomodo en un asiento de ventanilla, detrás de una rubia pizpireta que habla, demasiado alto, por el móvil, de repente comprendo qué le pasa a mi estómago. Es una mezcla de auténtico sentimiento por otra persona y miedo. Miedo a perder algo. Sé que en este momento, al permitir que Peetaa venga a verme, arriesgo algo. Arriesgo nuestra amistad, arriesgo mi corazón.
La chica sigue hablando, abusando de las palabras «increíble» y «asombroso» para describir su fin de semana «lamentablemente breve». Informa que tiene una «migraña rabiosa» debida a una «juerga espectacular» en la «fiesta fabulosa». Me gustaría decirle que si baja el volumen un poco es posible que se le pase el dolor de cabeza. Cierro los ojos, esperando que al teléfono le quede poca batería. Pero sé que incluso si deja de charlar como una cotorra, a todo volumen, de ninguna manera voy a poder dormir con esta sensación, que cada vez. se hace mayor, en mi interior. Es buena y mala al mismo tiempo, como beber demasiado café de Starbucks. Excita y asusta, a la vez, como cuando esperas que una ola rompa sobre tu cabeza.
Algo se avecina y no hago nada para impedirlo.
Es martes por la noche, veinte minutos antes de las ocho. Estoy en casa. No he sabido nada de Peeta en todo el día, así que supongo que la cita sigue en firme. Me paso la seda dental y me cepillo los dientes. Enciendo una vela en la cocina por si queda algo de olor de la comida tailandesa que encargué la noche antes para mi cena solitaria del Memorial Day. Me quito el traje, me pongo ropa interior negra de encaje —aunque sé, sé, sé que no va a pasar nada—, tejanos y una camiseta. Me doy un toque de color en las mejillas y brillo de labios. Tengo un aspecto natural y cómodo, justo lo contrario de cómo me siento.
Exactamente a las ocho, Eddie, el sustituto de José, me llama por el interfono:
—Tiene compañía —aulla.
—Gracias, Eddie. Dile que suba.
Unos segundos más tarde, Peeta aparece a mi puerta, vestido con un traje oscuro con finas rayas gris claro, camisa azul y corbata gris.
—Tu portero me miraba con una sonrisita burlona —dice, mientras entra en el piso y mira alrededor, vacilante, como si fuera su primera visita.
—Imposible —digo— Son imaginaciones tuyas.
—No son imaginaciones. Conozco una sonrisa cómplice cuando la veo.
—No es José. Te equivocas de portero. Eddie solo está aquí esta noche. Tienes una conciencia culpable.
—Ya te lo he dicho. No me siento muy culpable por lo que hicimos —Me mira fijamente a los ojos.
Siento que su mirada me absorbe, que pierdo mi resolución de ser una buena persona, una buena amiga. Aparto los ojos, nerviosa, y le pregunto si quiere tomar algo. Dice que un vaso de agua. Sin hielo. Lleno un vaso para cada uno y me siento a su lado en el sofá.
Toma varios sorbos grandes y luego deja el vaso encima de un posavasos en la mesita. Yo tomo un sorbo de mi vaso. Noto que me está mirando, pero no lo miro a mi vez. Mantengo los ojos fijos hacia delante, hacia donde está la cama; la escena del Incidente. Tengo que conseguir un piso de un dormitorio, como es debido, o por lo menos un biombo para separar mi zona de dormir del resto del apartamento.
—Katniss —dice—. Mírame.
Lo miro y luego desvío la mirada a la mesita.
Me coge la barbilla y me hace volver la cara hacia él.
Noto que me sonrojo, pero no me aparto.
— ¿Qué? —pregunto con una risa nerviosa.
Él no cambia de expresión.
—Katniss.
—¿Qué?
—Tenemos un problema.
—¿Ah, sí?
—Un problema importante.
Se inclina hacia delante, con el brazo apoyado en el respaldo del sofá. Me besa primero suavemente y luego con más apremio. Noto el sabor a canela. Pienso en la lata de Altoids de canela que ha llevado encima todo el fin de semana. Respondo a su beso.
Y si pensaba que Gale besaba bien, o cualquier otro, me equivocaba. En comparación, todos los demás eran simplemente competentes. El beso de Peeta hace que la habitación dé vueltas. Y esta vez no es debido al alcohol. Este beso es como el beso sobre el que he leído un millón de veces, el que he visto en el cine. El que no estaba segura de que existiera en la vida real. Nunca me había sentido así antes. Fuegos artificiales incluidos.
Nos besamos mucho, mucho rato. Sin separarnos ni un momento. Sin ni siquiera cambiar de postura en el sofá, aunque estamos a una distancia poco natural para un beso tan intenso. No puedo hablar por él, pero sé por qué yo no me muevo. No quiero que se acabe, no quiero que llegue la siguiente y embarazosa etapa, cuando quizá nos preguntemos qué estamos haciendo. No quiero hablar de Delly; ni siquiera oír su nombre. No tiene nada que ver con este momento. Nada. Este beso es independiente. Está lejos de su boda en septiembre. Esto es lo que trato de decirme. Cuando, finalmente, Peeta se aparta, es solo para acercarse más a mí, rodearme con sus brazos y susurrarme al oído:
—No puedo dejar de pensar en ti, Kat…
Yo tampoco en ti.
Pero puedo controlar lo que hago. Está la emoción y luego está lo que tú haces al respecto. Me alejo, pero no mucho y hago un gesto negativo con la cabeza.
—¿Qué? —me pregunta con ternura, todavía rodeándome con el brazo.
—No deberíamos estar haciendo esto —digo en un susurro.
Es una protesta aguada, pero por lo menos es algo.
Delly puede ser irritante, controladora y exasperante, pero es mi amiga. Yo soy una buena amiga. Una buena persona. Esta no soy yo. Debo parar. No sabré quién soy si no paro.
Sin embargo, no me muevo. En cambio, espero que me convenza, confío en que me dé razones para persuadirme. Y claro, dice:
—Sí que deberíamos. —Las palabras de Peeta son seguras. Nada de vacilaciones, dudas o preocupaciones. Me coge la cara entre las manos y me mira intensamente a los ojos—. Tenemos que hacerlo…
No hay nada tramposo en sus palabras, solo sinceridad. Es mi amigo, el amigo que conocía y al que quería, antes de que Delly lo conociera. ¿Por qué no he reconocido mis sentimientos antes? ¿Por qué puse el interés de Delly por encima del mío? Peeta se inclina y me besa de nuevo, suavemente, pero con una absoluta certidumbre y firmeza.
Pero está mal, protesto en silencio, sabiendo que es demasiado tarde, que ya me he rendido. Hemos cruzado una línea juntos. Porque aunque ya nos hemos acostado, aquello no contó realmente. Estábamos bebidos, éramos insensatos.
Nada había pasado de verdad hasta este beso de hoy. Nada que no pudiéramos encerrar en un armario, confundir con un sueño, quizá olvidar por completo.
Todo eso ha cambiado. Para bien o para mal...
Holas! con este capitulo empieza la verdadera historia, espero q les guste!
Talvez la siguiente semana no pueda actualizar, pero prometo que tendran noticias de mi pronto!
=D
Espero que esten Super Bien! Besos y aBrashos! =D
