Esta es una adaptación del Libro "Algo Prestado" de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.

Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.


Capítulo 8

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Donde pienso mejor, siempre, es en la ducha. La noche es para preocuparse, rumiar las cosas, analizarlas. Pero por la mañana, bajo el agua caliente, veo las cosas Claramente. Así que mientras me enjabono el pelo, aspirando el olor a pomelo de mi champú, lo reduzco todo a la verdad esencial: lo que Peeta y yo estamos haciendo está mal.

Anoche nos besamos mucho rato y luego él me abrazó todavía más tiempo, sin que apenas intercambiáramos unas palabras. El corazón me latía con fuerza contra el suyo, mientras me decía que al no avanzar en la parte física, nos habíamos apuntado una especie de victoria. Pero esta mañana sé que igualmente estaba mal. Lisa y llanamente mal… Debo parar… Pararé… Empezando ahora.

Así que contaré hasta tres y me sacaré de encima la costumbre de Peeta. Seré otra vez una buena amiga. Lo borraré todo, lo arreglaré todo.

Cuento hasta tres lentamente y luego utilizo la técnica de visualización. Me concentro en mi amistad con Delly, en lugar de en mis sentimientos por Peeta. Hago un vídeo en mi cabeza, llenándolo con escenas de Delly y yo. Nos veo acurrucadas en su cama una noche que me quedé a dormir en su casa, cuando estábamos en primaria. Hablamos de nuestros planes para el futuro, de cuántos hijos tendremos y de cómo los llamaremos. Veo a Delly, con diez años, apoyada en los codos, los meñiques en la boca, explicando que si tienes tres hijos, el mediano debería ser de un sexo diferente que los otros, para que todos tuvieran algo especial. Como si se pudieran controlar estas cosas.

Nos veo en los pasillos de instituto, pasándonos notas entre clases. Sus notas, dobladas de formas intrincadas, como origami, que solo informaban de lo mucho que se aburría en clase.

Me aclaro el cabello y me acuerdo de algo más, un recuerdo que no había aflorado antes. Es como encontrar una fotografía tuya que no sabías que hubieran hecho.

Fue en primero, Delly y yo estamos junto a las taquillas, después de clase. Clove, una de las chicas más populares de último curso (pero no popular en un sentido agradable, sino más bien de la variedad mala, temida), pasó junto a nosotras con su novio. Con su barbilla prácticamente inexistente y sus labios demasiado finos, la verdad es que no era bonita en absoluto, aunque en aquella época se las arreglaba para convencer a muchos, entre ellos yo, de que sí que lo era. Así que cuando pasaron, yo los miré, porque eran alumnos de último y populares y yo estaba impresionada o, como mínimo, curiosa. Estoy segura de que quería oír de qué estaban hablando para poder captar algo de lo que significaba tener dieciocho años (tantos) y ser popular. Creo que solo fue una mirada rápida en su dirección, pero también puede ser que me quedara mirándolos fijamente.

En todo caso, Clove me devolvió una mirada fija y exagerada, con los ojos desorbitados, como si fueran de dibujos animados; la acompañó con una mueca estilo hiena, con los labios retraídos y dijo:

—¿Qué estás mirando?

Desde luego, yo estaba con la boca abierta. La cerré de golpe, humillada. Clove se rió, orgullosa de haber avergonzado a una de primero. Luego se pintó de nuevo los labios de color de rosa y me hizo una última mueca para rematar su actuación.

Delly estaba rebuscando entre sus libros en la taquilla, pero estaba claro que no se había perdido lo esencial del intercambio. Se dio media vuelta y miró a la pareja con desdén, una mirada que había practicado y dominaba. Luego imitó la risita chillona de Clove, inclinando el cuello hacia atrás, de forma poco natural, y poniendo los ojos en blanco hasta hacerlos invisibles.

Disimulé una sonrisa, mientras Clove se quedaba momentáneamente estupefacta. Luego se repuso, dio un paso hacia Delly y escupió la palabra «zorra».

Delly permaneció impávida y sin quitarle los ojos de encima al dúo dijo:

—Mejor eso que ser una zorra y, además, fea.

Ahora le tocó a Clove quedarse mirando, con la boca abierta, a su recién descubierta antagonista. Y antes de que pudiera pensar en una réplica, Delly le lanzó otro insulto de regalo.

—Por cierto, Clove, ese lápiz de labios que llevas... Es tan del año pasado.

La imagen de lo que pasó en aquellos momentos es muy vivida. Veo nuestra taquilla decorada por fotos de Patrick Swayze en Dirty dancing. Huelo el claro olor a almidón y carne de la cafetería cercana. Y oigo la voz de Delly, contundente y segura. Clove y su novio se marcharon a toda prisa y Delly reanudó la conversación que estábamos sosteniendo antes, como si Clove y Paul fueran absolutamente insignificantes. Que lo eran. Solo que no era nada fácil para darse cuenta con catorce años.

Cierro el agua, me envuelvo en una toalla y me envuelvo el pelo con otra. Llamaré a Peeta en cuanto llegue al trabajo. Le diré que esto tiene que acabar. Esta vez lo digo en serio. Se va a casar con Delly y yo soy la primera dama de honor. Los dos la queremos. Sí, tiene defectos. Puede ser malcriada, egocéntrica y mandona, pero también puede ser leal, cariñosa y divertidísima. Es lo más cercano a una hermana que tendré nunca.

Mientras voy al trabajo, practico lo que le diré a Peeta; en un momento dado, en el metro, incluso lo digo en voz alta. Cuando por fin llego al despacho, he memorizado hasta tal punto mi discurso que ya no parece preparado. He insertado las pausas adecuadas en mi Declaración de Manera de Pensar y Propósito Futuro. Estoy preparada.

Justo cuando voy a hacer la llamada, observo que tengo un e-mail de Peeta. Lo abro, esperando que haya llegado a la misma conclusión que yo. En «Asunto» ha escrito «Tú».

Asunto: "Tu"

Para: Katniss Everdeen

De: Peeta Mellark

Eres una persona asombrosa y no sé de dónde vienen los sentimientos que me produces. Lo que sí sé es que estoy completa y absolutamente enamorado de ti y que querría congelar el tiempo para poder estar contigo constantemente y no tener que pensar en nada más.

Me gusta, literalmente, todo en ti, incluyendo la manera en que tu cara muestra todo lo que piensas y, en especial, la expresión que tiene cuando estamos juntos y tienes el pelo hacia atrás, los ojos cerrados y los labios abiertos solo un poquito. Ya está. Esto es todo lo que quería decirte. Bórralo.

Me he quedado sin respiración, mareada. Nadie me había escrito nunca unas palabras así. Lo vuelvo a leer, absorbiendo cada palabra. Pienso: También a mí, me gusta literalmente todo en ti.

Y así, sin más, mi resolución ha vuelto a desaparecer. ¿Cómo puedo poner fin a algo que nunca había experimentado antes? ¿Algo que he estado esperando toda mi vida? Nadie antes de Peeta me había hecho sentir así. ¿Y si nunca más lo vuelvo a encontrar? ¿Y si esto es lo de verdad?

Suena el teléfono. Contesto pensando que podría ser Peeta y esperando que no sea Delly. No puedo hablar con ella ahora. No puedo pensar en ella ahora. La cabeza me da vueltas por mi carta de amor electrónica.

—Salud, guapa.

Es Finnick, que me llama desde Londres, donde vive desde hace dos años. Me hace muy feliz oír su voz. Tiene una voz sonriente, siempre suena como si estuviera a punto de echarse a reír. La mayoría de cosas relativas a Finnick son igual que eran en quinto curso. Sigue siendo comprensivo, sigue teniendo unas mejillas de querubín que se enrojecen cuando hace frío. Pero la voz es más nueva. Llegó en el instituto —con la pubertad— mucho después de que la amistad sustituyera mi enamoramiento infantil.

—¡Hola, Finnick!

—¿Qué dice la Ley de Prescripción respecto a felicitar el cumpleaños a alguien? —pregunta.

Desde que ingresé en la facultad de derecho, le encanta utilizar términos legales, con frecuencia jugando con ellos. «Responsabilidad fresa» es su favorito1.

Me río.

—No te preocupes. Solo era mi trigésimo cumpleaños.

—¿Me odias? Tendrías que haberme llamado para recordármelo. Me siento como un absoluto imbécil, después de dieciocho años de no olvidarme ni uno. Mierda. Se me va la cabeza y eso que aún no tengo los treinta... y no es que quiera restregártelo.

—También te olvidaste cuando cumplí los veintisiete —digo interrumpiéndolo.

—¿De verdad?

—Sí.

—No me lo creo.

—Sí... Estabas con Ann...

—Detente. No pronuncies ese nombre. Tienes razón. Olvidé tu veintisiete cumpleaños. En ese caso, esta infracción de ahora es un poco menos horrorosa, ¿verdad? No he roto una racha... Bueno, ¿y qué tal va? —Silba—. No puedo creerme que tengas treinta. Deberías seguir teniendo catorce. ¿Te sientes más vieja? ¿Más sabia? ¿Con más mundo? ¿Qué hiciste en la gran noche? —Dispara las preguntas con su estilo frenético, como si padeciera un trastorno por déficit de la atención.

—Todo igual. Soy la misma —miento—. No ha cambiado nada.

—¿De verdad? —dice. Es propio de él pedir que siga. Es como si supiera que me guardo algo.

Hago una pausa, mientras la cabeza me va a cien. ¿Se lo digo? ¿No se lo digo? ¿Qué pensará de mí? ¿Qué dirá? Finnick y yo hemos seguido estando muy unidos desde el instituto, aunque nuestro contacto sea esporádico. Pero siempre que hablamos, lo reanudamos donde lo dejamos. Sería un buen confidente para esta historia en ciernes. Finnick conoce a los principales personajes. Y lo más importante, sabe lo que significa joderla.

Todo empezó bien para él. Le fue bien en el examen de admisión, se graduó y pronunció el discurso de salutación en la entrega de diplomas de nuestra promoción; lo votaron como el que más probabilidades tenía de triunfar. Fue a Stanford y después de licenciarse entró a trabajar en un banco de inversiones, aunque se había especializado en historia del arte y no le interesaban en absoluto las finanzas. De inmediato, sintió un absoluto desprecio por todo lo relativo a la cultura bancaria. Decía que pasarse la noche en vela era antinatural y comprendió que prefería dormir a ganar dinero. Así que cambió los trajes por un polar y se pasó los años siguientes viajando arriba y abajo por la Costa Oeste, tomando fotos de lagos y árboles y haciendo amigos en todas partes. Tomó clases de escritura, de arte y de fotografía, financiadas con el dinero ganado trabajando como camarero de vez en cuando y, en verano, en las pesquerías de Alaska.

Allí fue donde conoció a Annie. Al cabo de unos meses de su idilio, Annie quedó embarazada (insistiendo en que le había tocado estar entre ese lamentable y desafortunado 0,5 por ciento de fallos de la pildora del control de natalidad, aunque yo tenía mis dudas). Dijo que ni hablar de abortar, así que Finnick hizo lo que pensaba que era justo y se casó con ella en el ayuntamiento de Seattle. Enviaron un anuncio de la boda, hecho en casa, con una foto en blanco y negro de los dos, mientras estaban de excursión.

Y aquel verano, Annie dio a luz a un niño... un niño esquimal adorable y sano, con unos ojos que se volvieron negros como el carbón casi de inmediato. Annie, con ojos verdes, igual que Finnick, le suplicó que la perdonara. Finnick hizo anular el matrimonio y Annie volvió a Alaska, probablemente para tratar de encontrar a su amante nativo.

Creo que Annie hizo que Finnick aborreciera vivir al aire libre, de lo que da la tierra. O tal vez quería algo nuevo, porque se trasladó a Londres, donde escribe para una revista y trabaja en un libro sobre arquitectura londinense, un interés que no adquirió hasta aterrizar en suelo británico. Pero Finnick es así. Se le ocurren las cosas sobre la marcha, siempre está dispuesto a dar marcha atrás y empezar de nuevo, sin inclinarse nunca ante las presiones de los demás o sus expectativas. Ojalá me pareciera más a él.

—Bueno, dime, ¿qué hiciste para tu cumpleaños? —pregunta Finnick.

Cierro la puerta del despacho y lo suelto.

—Delly me preparó una fiesta sorpresa y yo me enrollé con Peeta.

Supongo que esto es lo que pasa cuando no estás acostumbrada a tener secretos. No aprendes el arte de guardarlos. De hecho, me sorprende haber aguantado tanto. Oigo estática en la línea mientras la noticia viaja a través del Atlántico. Me entra el pánico; desearía poder hacer volver lo que acabo de admitir.

—¡Por favor! ¡Anda ya, no me jodas! Me estás tomando el pelo ¿verdad?

Mi silencio le dice que hablo en serio.

—Oooh, mieeerda. —Su voz sigue sonriendo.

—¿Qué? ¿Qué estás pensando? —Necesito saber si me juzga. Necesito saber qué piensa de mí.

—Espera. ¿Qué quieres decir con enrollarte? No te acostaste con él, ¿o sí?

—Hum. Sí. En realidad, sí.

Es un alivio oír que se ríe, aunque le digo que no tiene gracia, que es un asunto serio.

—Oh, sí que tiene gracia, créeme.

Me imagino el hoyuelo de su mejilla izquierda.

—¿Y exactamente qué es tan divertido?

—La niñita buena se ha tirado al novio de su amiga. Es pura comedia, de la mejor.

—¡Finnick!

Deja de reír el tiempo suficiente para preguntarme si puedo quedar embarazada.

—No, lo teníamos cubierto.

—¿Por así decir?

—Sí —respondo. Cualquier juego de palabras que yo haga es siempre por casualidad.

—Bueno, entonces no pasa nada. Fue un error. Esas cosas pasan. La gente se equivoca, en especial cuando está curda. Si no, mírame a mí.

—Supongo que sí, pero...

Finnick silba y dice algo obvio: que Delly fliparía si llegara a enterarse.

Suena mi otra línea.

—¿Tienes que contestar? —pregunta Finnick.

—No. Dejaré que pase al buzón de voz.

—¿Estás segura? Podría ser tu nuevo novio.

—¿Tú crees que me estás ayudando? —digo, aunque me siento aliviada de que no se haya puesto serio ni me sermonee.

No es el estilo de Finnick, pero nunca se sabe cuando alguien va a adoptar una actitud moralista. Y sin duda hay razones para hacerlo, sobre todo teniendo en cuenta que Delly es también amiga suya. No tan íntima como él y yo, pero hablan de vez en cuando.

—Perdona. Lo siento —dice con una risita—. Vale. Solo una pregunta sustantiva más.

—¿Qué?

—¿Estuvo bien?

—¡Venga, Finnick! —digo, como si no pensara en los detalles.

Mientras, una instantánea del Incidente me pasa por la cabeza; mis dedos apretando la espalda de Peetaa. Es una imagen perfecta, aerografiada. No hay nada de distorsión por la borrachera.

—¿Has hablado con él desde entonces?

Le cuento lo del fin de semana en los Hamptons y la cita con Gale.

—Un detalle guapo. Salir con su amigo. De esta manera, si te casas con Gale, pueden hacer cambios de pareja.

No le hago caso y continúo con el resto; el viaje hasta el autobús, anoche, un resumen del e-mail.

—Vaya. Mierda. Esto... ¿Tú también sientes algo por él?

—No lo sé —contesto, aunque sé que la respuesta es sí.

—¿Pero la boda sigue en pie?

—Que yo sepa, sí —digo.

—¿Que tú sepas?

—Sí, sigue en pie.

Silencio. Ya no se ríe, así que mi sentimiento de culpa vuelve con toda su fuerza.

—¿En qué estás pensando?

—Me preguntaba adónde quieres que vaya a parar todo esto —dice—. ¿Qué quieres sacar? ¿Es una aventura de una noche o quieres que cancele la boda?

Me encojo ante la palabra «aventura». No es eso en absoluto, pero al mismo tiempo, no quiero que Peeta cancele la boda. No me imagino hacerle una cosa así a Delly. Le digo a Finnick que no lo sé, que no estoy segura.

—Hummm... Bueno, ¿él ha hablado de su compromiso en algún momento?

—No. En realidad, no.

—Hummm.

—¿Qué? ¿Qué significa «hummm»?

—Quiere decir que, en mi opinión, tendría que cancelar la mierda esa de la boda.

—¿Por mí? —Se me hace un nudo en el estómago al pensar en ser responsable de que se cancele la boda de Delly—. ¿Puede que solo le haya entrado miedo?

Oigo como mi voz se eleva llena de esperanza ante la idea de que le haya entrado miedo. ¿Por qué una parte de mí quiere que todo sea tan sencillo? ¿Y cómo puedo sentirme tan ilusionada por estar cerca de Peeta, tan profundamente emocionada por su e-mail yseguir queriendo, en cierto modo, que se case con Delly?

—Kat...

—Finnick, ya sé qué vas a decir.

No sé exactamente qué va a decir, pero tengo una corazonada, por su tono de voz, que tiene algo que ver con dónde va a acabar todo si no ceso en mi conducta. Que va a estallar de una manera u otra. Que alguien —probablemente yo— va a resultar herido. Pero no quiero oírle decir ninguna de estas cosas.

—Ok. Solo ten cuidado. Que no te pillen. Joder.

Oigo como se ríe de nuevo.

—¿Qué pasa?

—Solo estaba pensando en Delly... Es como... satisfactorio.

—¿Satisfactorio?

—Oh, por favor. No me digas que a una parte de ti no le gusta un poquito devolverle la pelota. Hay algo de justicia poética en esto. Delly lleva años tratándote a baqueta.

—¿Pero qué dices? —pregunto, sinceramente sorprendida de oírle describir nuestra amistad de esta manera.

Sé que, últimamente, me he sentido más irritada con ella y sé que no siempre ha sido la más generosa de las amigas, pero nunca he pensado que me tratara a baqueta.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—No. Nunca me ha tratado así —dijo con más firmeza.

No estoy segura de a quién defiendo, a mí o a Delly. Sí, hubo aquel asunto contigo, Finnick. Pero tú no te enteraste.

—Venga, por favor. ¿Te acuerdas de Notre-Dame? ¿De las pruebas de ingreso?

Recuerdo el día en que todos recibimos los resultados de las pruebas, dentro de sobres blancos sellados, enviados por el Departamento de Orientación.

Nadie soltaba prenda, pero nos moríamos de ganas de saber qué habían sacado los demás. Finalmente, a la hora de almorzar, Delly dijo:

—Vale, ¿y qué más da? Digamos qué resultado hemos tenido. ¿Katniss?

—¿Por qué tengo que ser la primera? —pregunté.

Estaba satisfecha con mi resultado, pero de todos modos, no quería ser la primera.

—No seas cría. Dínoslo —insistió Delly.

—De acuerdo. Mil trescientos —contesté.

—¿Qué tuviste en el oral? —preguntó.

Le dije que seiscientos ochenta.

—Bien —dijo—. Enhorabuena.

Finnick fue el siguiente. Mil cuatrocientos diez. No era una sorpresa.

—¿Y tú? —pregunté, mirando a Delly.

—Ah, vale. He sacado mil trescientos cinco.

Supe enseguida que no tenía 1305. El examen de admisión no se puntúa de cinco en cinco. Finnick también lo sabía, porque me dio una patada por debajo de la mesa y disimuló una sonrisa con su sandwich de jamón.

No me importaba que mintiera. Era una fabuladora conocida. Pero el hecho de que mintiera para tener cinco puntos más que yo, esa parte sí que contaba. Pero no la pusimos en evidencia. No valía la pena.

Pero luego dijo:

—Bueno, a lo mejor las dos entramos en Notre-Dame.

Era una repetición de la jugada que me había hecho con Finnick en quinto curso.

Al igual que muchos chicos del Medio Oeste, mi sueño al hacerme mayor era ir a Notre-Dame. Cuando tenía ocho años, había querido estudiar allí. Para mí era todo lo que una universidad debe ser; majestuosos edificios de piedra, extensiones de césped cuidadísimas, mucha tradición. Quería ser parte de aquello. Delly no había mostrado nunca el menor interés por Notre-Dame y me irritaba que estuviera violando mi territorio. Sin embargo, no me preocupaba demasiado que pudiera cogerme el sitio. Mis notas eran más altas, los resultados del examen de admisión probablemente también y, además, cada año entraba más de un estudiante de nuestro instituto en Notre-Dame.

Aquella primavera, las cartas de admisión y rechazo iban llegando con cuentagotas. Yo miraba el buzón cada día, angustiada. Delly recibió su carta antes que yo. Estaba con ella cuando llegó el correo, aunque no quiso abrir el sobre delante de mí. Me fui a casa, esperando, culpablemente, que hubiera recibido malas noticias.

Me llamó una hora más tarde, en éxtasis:

—¡No lo puedo creer! ¡Lo he conseguido! ¿Te lo puedes creer?

En una palabra, no. No podía. Logré darle la enhorabuena, pero estaba hecha polvo. Sus noticias podían significar dos cosas: que me había cogido el sitio o que las dos iríamos a Notre-Dame y que me eclipsaría durante otros cuatro años. Por mucho que supiera que echaría de menos a Delly cuando me fuera, estaba absolutamente convencida de que necesitaba establecerme, separada de ella. Una vez que ella entrara, ya no podría haber una solución perfecta.

Sin embargo, quería que me aceptaran más de lo que nunca había deseado algo. Y, además, mi orgullo estaba en juego. Esperé, recé, incluso pensé en llamar a la oficina de admisiones para suplicar. Una horrible semana más tarde, llegó mi carta. Tenía el mismo aspecto que la de Delly. Entré corriendo en casa, con el corazón latiéndome con fuerza mientras abría el sobre, desdoblaba el papel donde estaba escrito mi destino. Cerca... está muy cualificada... pero no hay premio.

Quedé destrozada y, al día siguiente, en la escuela, apenas pude hablar con mis amigos, en especial con Delly. Durante el almuerzo, mientras yo luchaba por controlar las lágrimas, mi amiga me informó de que, en cualquier caso, iría a Indiana. Que no quería tener nada que ver con una universidad que me rechazaba. Su caridad me disgustó más si cabe. Por una vez, Finnick dijo lo que pensaba:

—¿Le has cogido el sitio a Katniss y ni siquiera querías ir a Notre-Dame?

—Bueno, fue mi primera elección. He cambiado de opinión. ¿Cómo iba a imaginar que sucedería algo así? —dijo—. Supuse que la admitirían. Solo la superé por pocos puntos en el examen.

Finnick ya había tenido bastante.

—No conseguiste los malditos mil trescientos cinco puntos, Delly. El examen se puntúa de diez en diez.

—¿Quién ha dicho que saqué mil trescientos cinco?

—Tú —respondimos Finnick y yo al unísono.

—No es verdad. Dije mil trescientos diez.

Discutimos durante el resto de la hora del almuerzo sobre lo que Delly había dicho y sobre por qué había solicitado entrar en Notre-Dame, si no quería ir. Las dos acabamos llorando y Delly se marchó de la escuela temprano, diciéndole a la enfermera que tenía calambres. Todo pasó cuando entré en Duke y me convencí de sentirme contenta con aquel resultado. Duke tenía un aspecto y un ambiente parecidos a Notre-Dame: edificios de piedra, un campus impecable, prestigio. Era igual de bueno que Notre-Dame y quizá era mejor ensanchar mis horizontes y marcharme de Indiana.

Pero hasta hoy me pregunto por qué Notre-Dame eligió a Delly antes que a mí. Tal vez a un miembro joven del tribunal de admisiones le gustó su foto. Tal vez fue solo la típica buena suerte de Delly.

En cualquier caso, me alegro de que Finnick me haya refrescado la memoria sobre Notre-Dame. Sustituye al plante con Clove en mi mente. Sí, Delly podía ser una buena amiga —por lo general lo era, pero también me había jodido en algunos momentos fundamentales de mi vida: el primer amor, el sueño de la universidad. No eran asuntos baladíes.

—De acuerdo —le digo a Finnick—. Pero me parece que estás exagerando un poco. Yo no usaría el término «a baqueta».

—Vale, pero ya sabes qué quiero decir. Hay una corriente subterránea de competencia.

—Supongo que sí. Tal vez —digo, pensando que no hay mucha competencia cuando uno de los competidores siempre pierde.

—Bien, en todo caso, mantenme informado, por favor. Es un material de primera.

Le digo que lo haré.

—Ah, otra cosa —añade—. ¿Cuándo vas a venir a verme?

—Pronto.

—Eso es lo que siempre dices.

—Lo sé. Pero ya sabes lo que pasa. Siempre tengo un trabajo demencial... Sin embargo, vendré pronto. Este año, seguro.

—Está bien —dice Finnick—. Te echo en falta, de veras.

—Yo también a ti.

—Además —añade—. Es posible que necesites unas vacaciones cuando hayas acabado con todo esto.

Después de colgar, me doy cuenta, con satisfacción, de que Finnick no me ha dicho en ningún momento que lo deje. Solo me ha dicho que tenga cuidado. Y lo haré. Tendré cuidado la próxima vez que vea a Peeta.


Holas! las tengo un poco abandonadas, por la razones q ya saben... pero me di un tiempito para actualizar. Gracias por leer, por dejar sus comentarios y por su apoyo!

Tengo muchas ganas de responder a cada uno, pero hoy no creo q pueda, tal vez mañana si me bien en el examen de hoy.

Espero que esten Super Bien! Besos y aBrashos! =D