Esta es una adaptación del Libro "Algo Prestado" de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.

Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.


Capítulo 9

Evito a Delly durante tres días, algo muy difícil de lograr. Nunca pasa tanto tiempo sin que hablemos. Cuando al final consigue hablar conmigo, le echo la culpa de mi ausencia al trabajo, le digo que he estado increíblemente desbordada —lo cual es verdad—, aunque también es verdad que he encontrado mucho tiempo para soñar despierta con Peeta, llamar a Peeta, enviar e-mails a Peeta. Me pregunta si estoy libre para el almuerzodel domingo. Le digo que sí, decidiendo que más vale que resuelva el encuentro cara a cara de una vez. Quedamos en encontrarnos en EJ's Luncheonette, cerca de mi casa.

El domingo por la mañana, llego la primera a EJ's y noto con alivio que está lleno de niños. Su alegre clamor proporciona una distracción y hace que me sienta un poco menos nerviosa. Pero todavía estoy hecha un manojo de nervios ante la idea de pasar un rato con Delly. He conseguido capear mi sentimiento de culpa evitando pensar en ella, fingiendo que Peeta está soltero y que hemos vuelto a la facultad, antes de que se me ocurriera la gran idea de presentárselo a Delly.

Pero esta táctica no funcionará esta tarde. Y tengo miedo de que el tiempo que pase con ella me obligue a cortar con Peeta, algo que no deseo hacer.

Un momento después, Delly entra a toda marcha, con su enorme bolso negro de Kate Spade, el que usa cuando tiene muchos recados que hacer, en especial de la variedad boda. Por supuesto, veo que por la parte de arriba del bolso asoma la conocida carpeta de color naranja, llena a desbordar de recortes de revistas de novias. Se me encoge el estómago. Me había preparado para Delly, pero no para la boda.

Me saluda, besándome en las dos mejillas, al estilo europeo mientras yo sonrío, esforzándome por actuar de forma natural. Y empieza a contarme sobre la cita de Joanna.

—Es que es demasiado exigente —dice Delly, mientras nos acompañan a nuestra mesa—. Es como si buscara cosas que no le gustan, ¿sabes?

—No hay nada malo en ser exigente —contesto—. Pero ella tiene unos criterios muy estrechos.

—Y tu… ¿Has tenido noticias de Gale últimamente?

—Unas cuantas veces. Sobre todo por e-mail.

—¿Llamadas?

—Todavía no.

—Joder, Katniss. No te duermas —Se saca el chicle de la boca y lo mete dentro de una servilleta—. Quiero decir, no la jodas esta vez. No vas a encontrar nada mejor.

Estudio el menú y siento cómo la rabia y la indignación crecen en mi interior. ¡Qué cosa tan grosera de decir! No es que piense que hay algo malo en Gale, pero ¿por qué no puedo encontrar nada mejor? ¿Qué se supone que quiere decir esto? Durante toda nuestra amistad, hemos entendido, tácitamente, que Delly es la guapa, la afortunada, la de la buena estrella. Pero un entendimiento implícito es una cosa y otra muy diferente decirlo así: No puedes encontrar nada mejor. Su desfachatez me quita el aliento. Formulo posibles réplicas, pero me las trago. No sabe lo maligno que es su comentario; solo brota de su innata falta de consideración. Y además, la verdad es que no tengo derecho a ponerme furiosa con ella, después de todo.

Aparto la vista del menú y miro a Delly, preocupada porque pueda verlo todo en mi cara. Pero no se da cuenta de nada. Mi madre siempre dice que llevo mis emociones en la mano, pero a menos que Delly quiera saber qué color de esmalte llevo en las uñas, no ve nada.

Viene el camarero y escucha lo que le pedimos sin anotarlo, algo que siempre me impresiona. Delly pide una tostada sin mantequilla y un capuchino y yo, una tortilla a la griega, con queso cheddar en lugar de feta y patatas fritas. Que la delgada sea ella.

Delly saca la carpeta naranja y empieza a marcar con tildes varias de sus listas.

—Bien. Tenemos mucho más que hacer de lo que pensaba. Mi madre me llamó anoche y todo era «¿Has hecho esto? ¿Has hecho lo otro?», y empecé a alucinar.

Le digo que tenemos tiempo de sobra. Desearía que tuviéramos más.

—Mira, Kat, solo faltan tres meses. Lo tendremos encima antes de darnos cuenta.

Se me encoge el estómago al preguntarme cuántas veces más veré a Peeta en esos tres meses. ¿En qué punto nos detendremos? Sería mejor que lo hiciéramos antes que después. Sería mejor hacerlo ya.

Observo a Delly mientras continúa revisando su carpeta, tomando notas en los márgenes hasta que el camarero nos trae la comida. Compruebo el interior de la tortilla; queso cheddar. Lo ha entendido bien. Empiezo a comer mientras Delly parlotea sobre la diadema.

Asiento, escuchando solo a medias, todavía herida por sus groseras palabras.

—¿Me estás escuchando? —pregunta finalmente.

—Sí.

—A ver, dime, ¿qué acabo de decir?

—Que no tienes ni idea de dónde encontrar una diadema.

Le da un mordisco a la tostada, con aire dubitativo.

—Vale. O sea que me has oído.

—Ya te lo he dicho —respondo, añadiendo sal a las patatas.

—¿Sabes dónde podemos encontrar diademas?

—Bueno, vimos algunas en Vera Wang, en la vitrina de la primera planta, ¿no? Y estoy bastante segura de que también las hay en Bergdorf.

Pienso en los primeros días del compromiso de Delly, cuando participaba, al menos en parte, de su entusiasmo. Aunque sentía celos de que su vida se organizara tan limpiamente, me sentía feliz por ella y era una dama de honor diligente. Recuerdo la larga búsqueda del traje de novia. Seguramente vimos todos los vestidos de Nueva York.

Pero Delly nunca tenía esa sensación que se supone que tienes que sentir, eso que sientes cuando te abruma la emoción y rompes a llorar en los probadores. Finalmente supe cuál era el problema. Era el mismo que Delly tiene cuando se prueba trajes de baño. Tiene un aspecto increíble con todos. Los trajes tubo, ajustados al cuerpo, destacaban sus esbeltas caderas y su estatura. Los trajes amplios, de baile, estilo princesa ponían de relieve su minúscula cintura. Cuantos más vestidos se probaba, más confusas estábamos. Así que finalmente, al final de un largo y cansado sábado, cuando llegamos a nuestro último destino, decidí que aquella iba a ser nuestra última parada. La dependienta, de aspecto lozano, todavía no ajada por la vida y el amor, le preguntó a Delly en qué pensaba para su día especial. Delly se encogió de hombros, con un gesto de impotencia y me miró para que yo respondiera.

—Se casa en la ciudad —empecé.

—Me encantan las bodas en Manhattan.

—Sí. Y es a principios de septiembre. Así que contamos con que no hará frío... Y creo que Delly prefiere los trajes sencillos, sin demasiados adornos.

—Pero no demasiado aburridos —interrumpió Delly.

—Bien. Nada demasiado poco atractivo —dije. Dios no lo quiera.

La chica se llevó la mano a la sien, se marchó apresuradamente y volvió con cuatro vestidos de línea trapecio, prácticamente indistinguibles el uno del otro. Y fue entonces cuando tomé la decisión de escoger uno, para que fuera el «elegido». Cuando Delly se probó el segundo, de raso de un blanco marfil, con el talle bajo y perlas en el escote, exclamé:

—Oh, Delly. Te queda maravillosamente —dije (y era verdad, claro)—. ¡Lo hemos encontrado!

—¿Tú crees? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Estás segura?

—Absolutmente —le aseguré—. Este es el que tienes que comprarte.

Unos momentos después, estábamos encargando el vestido y hablando de las pruebas. Delly y yo éramos amigas desde siempre, pero creo que fue la primera vez que me di cuenta de la influencia que tengo sobre ella. Elegí su vestido de novia, la prenda más importante que llevará en su vida.

—Entonces, ¿no te importa ir de recados conmigo hoy? —me pregunta ahora—. Lo único que quiero dejar solucionado son los zapatos. Los necesito para la próxima prueba. Puedes venir conmigo, ¿verdad?

Sumerjo una porción de la tortilla en ketchup.

—Claro... Pero tengo que ir a trabajar —miento.

—¡Siempre tienes que trabajar! No sé quién es peor, si tú o Peeta —dice—. Últimamente está trabajando en un gran proyecto. Nunca está en casa.

Mantengo la vista baja, escudriñando mi plato para encontrar la mejor patata frita que queda.

—¿Ah, sí? —digo, pensando en las recientes noches en que Peeta y yo nos hemos quedado hasta muy tarde en el trabajo, hablando por teléfono—. Es un asco.

—Y que lo digas. Nunca está disponible para ayudarme con la boda. Está empezando a cabrearme, de verdad.

Después del almuerzo y de hablar más sobre la boda, nos dirigimos a la tienda. Cuando entramos en la tienda, Delly admira una docena de sandalias y me dice que el corte es perfecto para sus pies estrechos y de talones pequeños. Finalmente, conseguimos llegar a los zapatos de novia, de satén, que hay al fondo. Examina atentamente cada uno y elige cuatro pares para probarse. La miro mientras camina, con garbo, por la tienda, como si desfilara por la pasarela, antes de decidirse por el par que tiene los tacones más altos. Estoy a punto de preguntarle si está segura de que son cómodos, pero me callo. Cuanto antes tome una decisión, antes quedaré libre. Pero Delly no ha acabado conmigo.

—Ya que estamos aquí, ¿podemos ir a Elizabeth Arden para echar una ojeada a los lápices de labios? —pregunta, mientras paga los zapatos.

Acepto a regañadientes. Vamos hasta la Quinta, mientras soporto su cháchara sobre la máscara a prueba de agua y sobre que tengo que recordarle que la compre para el día de la boda, porque de ningún modo será capaz de llegar al final de la ceremonia sin llorar.

—Claro. Te lo recordaré.

Me digo que tengo que ver estas tareas con una mirada objetiva, tan indiferente como un coordinador de bodas que apenas conoce a la novia, en lugar de como su amiga más antigua pero más desleal. Después de todo, si le soy especialmente útil, quizá disminuya mi sentimiento de culpa. Me imagino que Delly descubre mis fechorías y yo le digo: «Sí, todo eso es verdad. Me has atrapado. Pero te recuerdo que ¡NUNCA, NI UNA SOLA VEZ, ABANDONÉ MIS DEBERES DE PRIMERA DAMA DE HONOR!».

—¿En qué puedo ayudarlas? —pregunta la dependienta del mostrador de Elizabeth Arden.

—Pues, estamos buscando un lápiz de labios rosa. Un rosa vivo, pero suave e inocente, para una novia —dice Delly.

—¿Es usted la novia?

—Sí, lo soy —Delly lanza una de sus falsas sonrisas de relaciones públicas.

La mujer le devuelve la sonrisa y hace sus decisivas recomendaciones, sacando rápidamente cinco tubos y poniéndolos en el mostrador delante de nosotras.

—Aquí tiene. Perfectos.

Delly le dice que yo necesitaré un matiz complementario, porque soy la dama de honor.

—Qué bonito. ¿Hermanas? —La mujer sonríe.

Sus dientes grandes y cuadrados me recuerdan las pastillas de Chiclets, de Cadbury.

—No —contesto.

—Pero es como si fuera mi hermana —dice Delly, simple y sinceramente.

Me siento hundida. Me imagino en el programa de Ricki Lake y el título del episodio es «Mi mejor amiga trató de robarme a mi futuro esposo». El público me abuchea y silba mientras yo farfullo mis disculpas y excusas. Explico que no tenía intención de hacer ningún daño, que no pude evitarlo. Solía preguntarme cómo encontraban gente que hubiera cometido unos actos tan despreciables de deslealtad (por no hablar de cómo conseguían que los confesaran por televisión).

Esto tiene que acabar. Ahora mismo. En este mismo segundo. Todavía no me he acostado con Peeta, estando consciente, sobria. ¿Que nos hemos vuelto a besar? Solo fue un beso. El momento decisivo será la elección del lápiz de labios para la boda. Justo ahora. Uno, dos, tres... ¡Ya!

Entonces pienso en el pelo suave y los labios de canela de Peeta y en sus palabras: Me gusta, literalmente, todo en ti. Todavía no me puedo creer que Peeta sienta esto por mí. Y el hecho de que yo sienta lo mismo por él es demasiado para no prestarle atención. Tal vez tenía que pasar. Palabras como «destino» y «almas gemelas» me dan vueltas por la cabeza, palabras que despertaban mis burlas cuando tenía veinte años. Observo la ironía; ¿no se supone que te vuelves más cínica con los años?

—¿Te gusta este? —pregunta Delly, volviéndose hacia mí, haciendo un mohín.

—Está bien —digo.

—¿No es demasiado vivo?

—Creo que no. No. Es bonito.

—Me parece que quizá es demasiado vivo. Recuerda que voy a ir de blanco. Eso cambia las cosas. Quiero estar guapa, pero también tener un aspecto dulce. Ya sabes, como una virgen. Pero sexy de todos modos.

De repente, inesperadamente, estoy al borde de las lágrimas. No puedo soportar seguir hablando de la boda ni un segundo más.

—Dell, de verdad tengo que marcharme a trabajar. Lo siento mucho.

Hace un puchero.

—Solo un poquito más. ¡No puedo hacerlo sin ti! —A continuación le dice a la dependienta—. Sin querer ofenderla.

La chica sonríe como si lo entendiera, no se ha ofendido. Reconoce la verdad de lo que Delly está diciendo y probablemente se pregunta qué clase de dama de honor deja a la novia en un momento tan crucial.

Respiro hondo y le digo que puedo quedarme unos minutos más. Elige más tubos, limpiándose los labios con una loción desmaquilladora entre un matiz de rosa y otro.

—¿Qué tal este?

—Bonito —sonrío con entusiasmo.

—Bueno, ¡bonito no es suficiente! —dice con brusquedad—. Tiene que ser perfecto. ¡Tengo que estar perfecta!

Cuando estudio sus labios amohinados, manchados de color fresa, hinchados como si le hubiera picado una abeja, desaparece cualquier rastro de remordimiento. Lo único que siento es un resentimiento total y absoluto.

¿Por qué todo tiene que ser perfecto para ti? ¿Qué has hecho para merecer a Peeta? Yo lo conocí primero. Yo te lo presenté. Tendría que haber ido yo a por él. ¿Por qué no lo hice? Sí, claro, porque pensaba que no era lo bastante buena para él. Pues estaba equivocada. Es evidente que juzgué mal la situación. Puede suceder... especialmente cuando se tiene una amiga como tú, una amiga que da por sentado que tiene derecho a lo mejor de todo, una amiga que es tan implacable en su intento de eclipsarte que tú misma empiezas a subestimarte, a aspirar a menos. Todo esto es culpa tuya, Delly, por coger lo que debería haber sido mío desde el principio.

Estoy muy nerviosa y absolutamente desesperada por alejarme de ella. Miro la hora y suspiro, casi convencida de que de verdad tengo que ir a trabajar y que Delly está siento desconsiderada, como siempre, abusando de mi tiempo. Creo que mi trabajo es un poco más importante que tu lápiz de labios para un acontecimiento que todavía tardará meses en llegar.

—Lo siento, Dell... no es culpa mía que tenga que trabajar.

—Muy bien.

—No es culpa mía —repito.

No es culpa mía.

Lo que siento por Peeta no es culpa mía.

Y lo que él siente por mí —y sé que es algo real— no es culpa suya.

—Adiós —le digo—. ¿Te llamo más tarde?

—Claro. Como quieras. Adiós.

Cuando me doy la vuelta para marcharme, emite una última advertencia.

—Si no vas con cuidado, voy a degradarte a simple dama y darle a Joanna tu puesto de honor.

Se acabó lo de ser como hermanas.

Llamo al móvil de Peeta en cuanto desaparezco de su vista. Es una jugaba baja, hacer la llamada mientras Delly hace recados para la boda, pero ardo de indignación. Esto es lo que pasa por ser tan exigente, dominante y egocéntrica.

—¿Dónde estás? —le pregunto, después de decirnos hola.

—En casa.

—Oh.

—Y tú, ¿dónde estás? Pensaba que estabas de compras.

—Sí. Pero he dicho que tenía que volver al trabajo.

Me doy cuenta de que los dos evitamos mencionar directamente a Delly.

—¿Y es verdad que tienes que trabajar? —pregunta, tanteando el terreno.

—En realidad, no.

—Bien. Yo tampoco. ¿Podemos vernos?

—Estaré en casa dentro de veinte minutos.

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Peeta llega antes que yo a mi casa y me está esperando en el vestíbulo, charlando con José sobre los Met. Sonrío y saludo, preguntándome si José reconoce a Peeta de otras visitas anteriores con Delly. Espero que no. No solo quiero contar con la aprobación de mis padres. Quiero que me apruebe incluso el portero.

Peeta y yo subimos en ascensor y recorremos el pasillo hasta mi piso. Estoy temblando de expectación, ansiosa de sus caricias. Nos sentamos en el sofá. Me coge de las manos y empezamos a besarnos con un apremio tal, que parece que tengamos una aventura. Es una palabra seria, una palabra que asusta. Conjura imágenes de la escuela dominical y de los Diez Mandamientos. Pero no es adulterio… Nadie está casado… Todavía… Borro la idea de mi cabeza cuando beso a Peeta. No habrá más sentimiento de culpa, no en esta parcela de tiempo.

De repente, parece ridículo que nos quedemos en el sofá. No tiene por qué pasar nada más solo por estar en una cama. Es una idea de adolescentes. Soy una mujer adulta con experiencia de la vida (aunque limitada) y puedo controlarme en mi propia cama. Me levanto y lo llevo al otro lado del estudio. Me sigue, sin soltarme la mano. Nos sentamos a los pies de la cama. Peeta se quita los mocasines. No lleva calcetines. Mueve los grandes dedos arriba y abajo y luego se frota un pie contra otro. Tiene un empeine alto, elegante, y unos tobillos esbeltos.

—Ven —dice, atrayéndome hacia él y a los dos en dirección a las almohadas.

Es fuerte y su piel, cálida. Ahora estamos echados de lado, con nuestros cuerpos apretados uno contra otro. Me besa otra vez y nos caemos en su dirección. De golpe deja de besarme, carraspea y dice:

—Es tan extraño. Estar contigo así. Y sin embargo, también parece algo muy natural. Tal vez porque somos amigos desde hace tanto tiempo.

—Sé exactamente lo que quieres decir…

Pienso en la facultad. No éramos los amigos más íntimos entonces, pero sí que estábamos lo bastante unidos como para saber mucho el uno del otro, cosas que surgen incluso cuando estás concentrado en la negligencia contributoria y los medios para rescindir un contrato. Mentalmente, catalogo lo que averigüé de Peeta en los días antes de Delly. Que creció en Westchester. Que es católico. Que jugó al baloncesto en el instituto. Que tiene una hermana mayor llamada Tessa que fue a Cornell y ahora enseña inglés en un instituto de Buffalo. Que sus padres se divorciaron cuando él era pequeño. Que su padre volvió a casarse. Que su madre superó un cáncer de mama.

Y luego está todo lo que he sabido a través de Delly, detalles de su vida personal que he evocado y ponderado estos últimos días. Que está de mal humor por la mañana. Que hace por lo menos cincuenta flexiones antes de irse a dormir cada noche y que nunca deja platos sucios en la encimera. Que se desmoronó cuando murió su abuelo, la única vez que ella lo ha visto llorar. Que tuvo dos novias en serio antes de Delly y que la llamada Suzanne, que trabajaba como analista de investigaciones en Goldman Sachs, lo dejó y le rompió el corazón.

Cuando lo sumo todo, sé mucho. Pero quiero más.

—Cuéntamelo todo de ti —digo, como si tuviera dieciocho años.

Peeta me acaricia la cara y luego me dibuja una línea imaginaria a lo largo de la nariz y alrededor de la boca, deteniéndose en la barbilla.

—Tú primero. Tú eres la misteriosa.

Me echo a reír.

—No creo —digo, pensando que confunde ser tímida con ser misteriosa.

—Sí que lo eres. En la facultad eras un libro cerrado. Reservada, sin querer salir con nadie, pese a los muchos tipos que lo intentaban... Nunca pude sacarte mucho.

Me río de nuevo.

—¿Qué se supone que significa eso? Te conté muchas cosas en la facultad.

—¿Como cuáles?

Le suelto algunos detalles autobiográficos.

—No hablo de cosas así —dice—. Hablo de las cosas importantes. De lo que sientes sobre las cosas.

—Odiaba a Abernathy —ofrezco, con voz débil.

—Lo sé. El miedo te dominaba. Pero lo hiciste muy bien cuando al final te preguntó.

—No es verdad —digo, recordando cómo fui respondiendo, a trompicones, a su largo y doloroso interrogatorio.

—Sí que es verdad. Lo único es que no pensabas que lo hacías bien. No te ves tal como eres.

Aparto los ojos y los fijo en una mancha de tinta que hay en el edredón.

—Te ves como vulgar y corriente —continúa—. Y no hay nada corriente en ti, Katniss.

No puedo mirarlo. Me arde la cara.

—Y sé que te sonrojas cuando te sientes incómoda —añade, sonriendo.

—¡No me sonrojo! —Me tapo la cara con una mano y pongo los ojos en blanco.

—Sí que te sonrojas… Eres adorable. Y sin embargo, no tienes ni idea, y eso es tu parte más adorable…

Nadie, ni siquiera mi madre, me ha dicho nunca que fuera adorable.

—Y eres preciosa… Absoluta y asombrosamente hermosa de la forma más fresca y natural. Absolutamente natural.

Le pido que pare. Aunque me encanta lo que acaba de decirme.

—Es verdad.

Quiero creerlo.

Me besa en el cuello, con la mano izquierda apoyada en mi cadera.

—Peeta.

—¿Hummm?

—¿Quién dice que yo no quería salir con nadie en la facultad?

—Bueno, no querías, ¿no? Estabas allí para aprender, no para ligar. Estaba claro.

—Yo estuve a punto de pedírtelo, ¿lo sabes?

Me echo a reír.

—Es verdad —dice y parece un poco dolido.

Lo miro dubitativa.

—¿Te acuerdas de aquella vez que celebramos mi victoria con Abernathy?

Obviamente que lo recuerdo, es como si hubiera sido ayer. Lo miro expectante.

—Sabes exactamente de qué estoy hablando, ¿verdad?

Noto la cara ardiendo y asiento.

—Creo que sí. Sí.

—Y cuando te pregunté si te acompañaba, dijiste que no. Me diste un buen corte.

—No te di un corte.

—Solo te importaba el trabajo.

—No es verdad. Es solo que en aquel momento no pensé... —Mi voz se va apagando.

—Sí, y luego me presentaste a Delly… Entonces supe que no te interesaba lo más mínimo.

—Es que no pensé... No sabía que me veías de aquella manera.

—Me encantaba pasar el tiempo contigo —dice Peeta—. Todavía me gusta —Me mira sin parpadear.

Le digo que parpadea menos que nadie que haya conocido nunca. Sonríe y dice que nunca ha perdido un combate de miradas. Lo desafío y abro los ojos tanto como él. Veo que tiene un punto oscuro en el iris izquierdo, como una peca en el ojo.

Unos segundos después parpadeo. Sonríe, con una sonrisa rápida y jubilosa, y luego vuelve a besarme. Cambia la intensidad y la presión y la cantidad de lengua, esos ideales del besar que se abandonan con tanta frecuencia en una relación a largo plazo. Besar a Peeta nunca se volvería aburrido. Nunca dejaría de besarme así.

—Háblame de Suzanne —digo, cuando finalmente nos separamos—. Y de tu novia del instituto.

—¿Alice? —Se ríe y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Qué pasa con ella? Es una historia antigua.

Todo el mundo sabe que no se habla de los ex cuando estás iniciando una relación. Aunque te mueras por conocer los detalles desde el mismo principio, eso es algo que sacas a relucir mucho más avanzado el juego. Empezar a salir con alguien es un nuevo principio para los dos. No puede resultar nada bueno de remover unas relaciones pasadas, y por definición fracasadas. Pero comparado con el hecho de que está comprometido, las ex novias son un tema inocuo. No hay necesidad de elaborar estrategias aquí, en mi seguro estudio. Las normas no son aplicables. Quizá sea la única ventaja de nuestra situación.

—¿Estabas enamorado de ellas? —Por alguna razón, necesito saberlo.

Se tumba de espalda y fija la mirada en el techo, concentrándose. Me gusta que piense en mis preguntas, igual que hacía durante los exámenes de la facultad. Recuerdo que se quedaba mirando al aire durante los primeros tres cuartos de hora de un examen. Sin escribir ni una palabra en su cuaderno azul hasta que había pensado por completo en la respuesta. Carraspea.

—No de Alice. Pero sí de Suzanne.

No es extraño que Suzanne siempre le haya molestado tanto a Delly. Quiere ser la única que él ha querido.

—¿Por qué no a Alice? —pregunto.

Prefiero que me hable primero de la que no quiso.

—No lo sé. Era una chica muy dulce. Dulce donde las haya. No sé por qué no la quería. Es algo que no se puede controlar.

Peeta tiene razón. No tiene nada que ver con la valía intrínseca de la persona, la suma de sus buenos atributos. Es algo que no te puedes obligar a sentir. O a no sentir. Aunque yo no lo he hecho nada mal durante todos estos años. Como ejemplo, Joey. Salimos durante dos años y nunca sentí ni una fracción de lo que siento ahora.

—Claro que solo era el instituto —continúa—. ¿Cómo de serio puedes ser a esa edad?

Asiento. Luego le pregunto a Peeta por Susanne.

—¿A ella la querías?

—Sí. Pero a la larga no podía funcionar. Es judía y fue muy franca respecto a lo que esperaba de mí. Quería que me convirtiera, que educara a nuestros hijos en el judaismo, al cien por cien. Y quizá lo habría hecho... no soy muy religioso... pero no podía aceptar el hecho de que le diera el carácter de norma inamovible. Vi toda una vida con ella intimidándome hasta convertirme en mierda. Igual que su madre hace con su padre. Además, éramos demasiado jóvenes para comprometernos... De todos modos, cuando se marchó quedé hecho polvo.

—¿Se ha casado?

—Es curioso que lo preguntes. En realidad, hace poco me enteré por un amigo común de que se había prometido. Como un mes después... —Se calla, con aire incómodo.

—¿Después que tú?

—Sí —susurra.

Me atrae hacia él y me besa con fuerza, borrando todo pensamiento de Delly. Lentamente empieza a quitarme la ropa, y yo hago lo mismo con la suya, mientras me acaricia dice:

—Estás fría

—Estoy fría cuando estoy nerviosa.

—¿Por qué estás nerviosa? No lo estés.

—Peeta —digo con la cara oculta en su cuello.

—¿Qué, Kat?

—Nada.

Su cuerpo cubre el mío. Ya no tengo frío.

Nos besamos largo rato, acariciándonos por todas partes.

No sé qué hora es, pero se está haciendo de noche.

Estoy a punto de detenerlo, por razones obvias. Pero también porque creo que deberíamos esperar hasta poder pasar la noche juntos. Pero bien mirado, puede que eso no suceda nunca. Y es probable que nunca me duche con él, ni vea cómo se afeita por la mañana. O cómo lee el Times del domingo mientras toma café, matando el tiempo. Nunca pasearemos cogidos de la mano por Central Park ni nos acurrucaremos encima de una manta de cuadros. Pero puedo tenerlo ahora. Nada nos detiene en este momento.

Solo veo una parte de Peeta mientras nos movemos juntos, su fuerte hombro, el lóbulo de su oreja. Le acaricio la clavícula con la punta de los dedos y luego me cojo a él con más fuerza.


;) un BONUS!