Esta es una adaptación del Libro "Algo Prestado" de Emily Giffin, con los personajes de mi Saga favorita.

Todos los personajes son propiedad de Suzanne Collins.


Capítulo 11

—Aaah. Igual que el conejito en la olla de Atracción fatal —dice Finnick, cuando lo pongo al día el lunes por la mañana.

—¡No fue así en absoluto! —protesto, recordando que vi Atracción fatal con Delly y Finnick.

Delly discrepó de todo el argumento. No paraba de decir lo poco realista que era; ningún hombre engañaría a su esposa con una mujer mucho menos atractiva. Supongo que yo soy la prueba que refuta su teoría.

—¿Ah, no? —dice Finnick, con voz inexpresiva—. Bueno, tal vez sea una variante del tema. Más sutil. Tú solo ejerciste una ligera presión... y le hiciste saber que es inaceptable que continúe las relaciones con su prometida.

—Bueno, en todo caso... se acabó —digo, comprendiendo que estas dos palabras me meten en el mismo saco que un montón de mujeres ingenuas que dicen que se ha acabado, mientras rezan para que no sea verdad, buscando cualquier brizna de esperanza, insistiendo en que lo único que quieren es poner fin a la situación cuando lo que realmente quieren es una última conversación disfrazada de final, mientras actúan para mantener la puerta abierta y poder continuar.

Y la patética verdad es que sí que quiero más. Desearía poder eliminar el enfrentamiento en el Talkhouse. No tendría que haberle dicho nada a Peeta. Me duele pensar que va a dejar de verme por completo. Probablemente, decidirá que no vale la pena, que la situación es demasiado complicada.

—¿Se acabó, eh? —pregunta Finnick, dubitativo.

—Sí.

—Bravo —dice Finnick con su mejor acento inglés—. Así se sube al estrado, con decisión.

—Bien, pues ya está —digo, como si me resultara fácil dejar atrás a Peeta.

—Sí. Ya está. ¿Vas a venir a Londres la semana del cuatro? —pregunta.

Se lo había mencionado en un e-mail reciente, antes de que Peeta y yo fijáramos nuestra fecha. Ahora no quiero marcharme. Por si acaso las cosas no se han acabado del todo.

—Hum, lo dudo. Ya me he comprometido a ir a los Hamptons —digo.

—¿No estará Peeta allí?

—Sí, pero sigo queriendo sacar partido del dinero que he pagado.

—Bien. Hummm.

—No lo digas así.

—Ok... —dice, cambiando de tono—. Pero ¿vas a venir a verme alguna vez? También me dejaste colgado después de tu examen de ingreso en la abogacía.

—Vendré, te lo prometo. Quizá en septiembre.

—Bueno... Pero el cuatro habría sido estupendo.

—Pero si ahí ni siquiera es fiesta —digo.

—Cierto. Es extraño que los británicos no celebren que nos independizáramos de ellos... Pero es fiesta en mi corazón, Katniss.

Me río y le digo que miraré los vuelos para el otoño.

—De acuerdo. Te enviaré un e-mail con los fines de semana que tengo libres... con todos los dets.

Sabe que detesto la palabra «dets». Igual que odio a la gente que hace «roz» para cenar. O que te pide que los llames«ASAP».

Sonrío.

—Suena de fábula.

—Entonces, super.

Tan pronto cuelgo, el teléfono vuelve a sonar. El nombre de Marvel aparece en la pantalla. Sopeso la posibilidad de no cogerlo, pero he aprendido que las tácticas de evitación no dan buen resultado en un bufete de abogados. Solo hacen que los socios estén más irritables cuando, al final, tienes que hablar con ellos.

—¿Cómo entregaste los papeles de IXP? —Me ladra por teléfono casi antes de que pueda decir «diga».

Mrvel siempre se salta cualquier formula de cortesía.

—¿A qué te refieres?

—Tu modo de envío: ¿Por correo? ¿A mano?

Los clavé en la puerta de su cabaña, gilipollas, pienso, recordando el anticuado medio de notificación de la abogacía de Nueva York.

—Por correo —digo, mientras echo una ojeada a mi gastado ejemplar de las Normas de Procedimiento Civil de Nueva York.

—Genial. —dice con su habitual tono insidioso.

—¿Qué pasa?

—¿Qué? ¿Preguntas que qué? —grita por el teléfono. Me aparto el aparato de la oreja, pero ahora oigo su voz en estéreo, llenando el pasillo—. ¡La has jodido! ¡Eso es lo que has hecho! ¡Había que entregar los documentos a mano! ¿No te molestaste en leer la orden del Juzgado?

Reviso la carta del juez. Maldita sea, tiene razón.

—Tienes razón —digo, con tono solemne. Odia las excusas y, en todo caso, no tengo ninguna—. La he jodido.

—¿Qué eres, una maldita asociada de primer año?

Me quedo mirando la mesa. Sabe más que bien que es mi quinto año.

—Quiero decir, mierda, Katniss, esto es mala práctica —gruñe—. Vas a conseguir que demanden a la firma y que te echen si no sacas la cabeza del culo.

—Lo siento —digo, justo antes de recordar que él te odia más todavía cuando lo sientes.

—¡No lo sientas! ¡Arregla esa mierda! —Me cuelga.

No creo que Marvel haya acabado nunca una conversación con una despedida adecuada, incluso cuando está de un humor decente.

No, no estoy en primer año, imbecil. Así que tu invectiva no me hace efecto. Adelante, despídeme. ¿A quién le importa? Recuerdo cuando empecé a trabajar en el bufete. Un socio enarcaba las cejas y eso hacía que yo volviera a mi despacho con los ojos anegados en lágrimas, dominada por un miedo cada vez mayor por la seguridad de mi puesto o, como mínimo, por mi evaluación anual. Con los años me he endurecido un poco y, en este momento, no me importa en absoluto. Tengo problemas mayores que esta empresa y mi carrera como abogada.

Llamo al abogado de la otra parte, un asociado cuarentón y razonable con un ligero impedimento del habla al que seguramente, en su firma, han pasado por encima en los nombramientos como socio. Le digo que hemos entregado los documentos de forma incorrecta, que se los enviaría a mano, pero que llegarían un día tarde. Me interrumpe con una risita agradable y dice ceceando que no es problema, que por supuesto no va a recusar el modo de entrega. Apuesto a que odia su trabajo tanto como yo el mío.

Envío un e-mail a Marvel con una breve frase. «El abogado de la parte contraria dice que les parece bien que les entreguemos los documentos a mano hoy.» Eso le enseñará. Puedo ser tan seca como cualquiera.

Alrededor de la una y media, después de imprimir otro juego de documentos y habérselos dado a nuestro servicio de mensajería para su entrega.

Después del almuerzo, vuelvo a mi despacho para encontrarme con seis mensajes de voz, incluyendo uno de Marvel echando pestes. Fue mi última siesta, a menos que se cuenten las veces que vuelvo la silla de cara a la ventana y me pongo un papel encima de las rodillas. Es una técnica infalible; si alguien entra sin llamar, parece que estés leyendo. Me cuelgo el bolso del hombro cuando Kenny, nuestro mensajero interno, del departamento de correos, se asoma por la puerta entreabierta.

—Hola, Kenny, entra.

—Katniss —Dice mi nombre con acento francés—. Esto es para ti. —Hace una mueca y exhibe un jarrón de cristal lleno de rosas rojas. Muchas rosas. Más de una docena. Más cerca de las dos docenas, aunque no las cuento. Todavía.

—¿Dónde las pongo? —pregunta Kenny.

Despejo un sitio en la mesa y lo señalo.

—Aquí está bien.

Kenny sacude las muñecas, exagerando el peso del jarrón, silba y dice:

—Guaau, Katniss. Alguien te está tirando los tejos.

Le quito importancia con un gesto, pero no hay manera de negar que son de alguien con un interés romántico en mí. Si no fueran rosas rojas, podría achacarlas a alguna ocasión familiar, decir que es un día especial para mí o que mis padres saben el error que he cometido con el envío de documentos y tratan de consolarme. Pero no solamente son rosas; son rosas rojas. Y muchas. Y con toda seguridad no son de un pariente.

Kenny se va después de un último comentario sobre que a alguien le habrán costado un pastón.

Tengo miedo de leerla. Tienen que ser de Peeta y ¿qué hago si ha firmado la nota? Es demasiado arriesgado.

Sé que no podré evitar leer la tarjeta. Además, también yo me muero de ganas de saber qué dice. Saco el sobre blanco de la horquilla de plástico del jarrón, lo abro muy lentamente y leo las dos frases en silencio:

LO SIENTO MUCHÍSIMO. POR FAVOR, QUIERO VERTE ESTA NOCHE.

Está escrito con la letra, toda mayúsculas de Peeta, lo cual significa que fue al florista en persona. Mejor todavía. No firmó la nota, probablemente imaginando una situación como esta. El corazón me late desbocado, pero me esfuerzo por evitar exhibir una sonrisa de oreja a oreja. Las rosas me emocionan. La nota todavía más. Sé que no rechazaré su invitación. Lo veré esta noche, aunque tengo más miedo que nunca de salir herida. Me paso la lengua por los labios y trato de parecer tranquila.

Marvel irrumpe en mi despacho después del almuerzo para preguntarme sobre otro asunto del mismo cliente. Con los años, he averiguado que esta es su torpe manera de disculparse. Solo viene a mi despacho después de una bronca, como la de esta mañana.

Hago girar la silla y lo pongo al día.

—He comprobado todos los casos de Nueva York. También los federales.

—Bien. Pero recuerda que el modelo de los hechos es único. No estoy seguro de que al tribunal le importen mucho los precedentes.

—Lo sé. Pero, según mis informes, los precedentes en que nos apoyamos en la Sección Uno de nuestro expediente siguen siendo jurisprudencia, de todos modos. Así que es un buen primer paso.

Toma esa.

—Bueno, pero asegúrate de comprobar la jurisprudencia en otras jurisdicciones —dice—. Es preciso que nos anticipemos a sus argumentos.

—Bien —digo.

Cuando se vuelve para marcharse, dice por encima del hombro.

—Bonitas rosas.

Me quedo estupefacta. Marvel y yo no charlamos de banalidades y nunca había hecho ningún comentario sobre nada que no fuera el trabajo; ni siquiera un «¿Qué tal el fin de semana?», un lunes por la mañana, ni un «Vaya frío que hace hoy», cuando subimos en ascensor un día de nieve.

Tal vez dos docenas de rosas rojas me hacen parecer más interesante. Yo creo que soy más interesante. Esta aventura me ha dado una nueva dimensión.

Estoy cerrando el ordenador, a punto de dejar el trabajo, con planes para ver a Peeta. Todavía no hemos hablado, solo intercambiado una serie de mensajes conciliadores, incluyendo uno mío, dándole las gracias por las preciosas flores.

—Gracias por aceptar verme —dice Peeta, cuando abro la puerta. Lleva un traje oscuro y una camisa blanca. Se ha quitado la corbata y la ha guardado en el maletín, que deja en el suelo justo al lado de la puerta. Tiene los ojos cansados—. Pensaba que no querrías…

—Creo que no podría negarme jamás… —Se lo digo, aunque comprendo que reconocerlo puede socavar mi poder. No me importa. Es la verdad.

Los dos empezamos a pedir disculpas, avanzando el uno hacia el otro torpemente, muy conscientes de nosotros mismos. Me coge una mano y la aprieta con fuerza. El contacto con él es sosegador y electrizante al mismo tiempo.

—Perdóname por todo —dice, lentamente.

Me pregunto si también me pide perdón por lo de la playa, si eso está incluido en «todo». He revivido la escena una y otra vez, casi siempre en color sepia. Quiero que nos reconciliemos. Quiero seguir adelante.

—Yo también lo siento —digo.

Le cojo la otra mano, pero sigue habiendo demasiado espacio entre los dos. Suficiente para que quepa otra persona o dos.

—No hay razón para que lo sientas.

—Sí que la hay. No tenía derecho a ponerme furiosa contigo. Estaba fuera de lugar... No íbamos a hablar de nada hasta después del cuatro de julio. Era el trato...

—No es justo para ti —dijo Peeta—. Es un trato de mierda.

—Me parece bien tal como están las cosas —afirmo. No es verdad del todo, pero tengo miedo de perderlo, si le pido más. Por supuesto, también me aterra estar con él de verdad.

—Necesito contarte lo de aquella tarde con Delly —prosigue.

Sé que se refiere al episodio de la ducha y no puedo soportar oírlo. Los jugueteos en sepia de la playa son una cosa, la escena porno en primer plano y color, otra. No quiero que me cuente ni un detalle desde su punto de vista.

—No, por favor —ruego—. No tienes que explicarme nada.

—Es solo que... quiero que sepas que empezó ella... De verdad... Lo había estado evitando desde hacía tanto que no pude negarme. —Se le crispa la cara, convertida en una máscara de incomodidad culpable.

—No tienes que explicármelo —repito, con más firmeza—. Es tu prometida.

Asiente, con aire aliviado.

—Sabes, cuando estaban los dos en la playa… —empiezo en voz baja, sorprendiéndome de sacarlo a colación.

—Sí… —dice, sabiendo de qué hablo y luego baja la mirada—. Cuando volví a las toallas lo supe… Supe que estabas disgustada.

—¿Cómo lo supiste?

—Me oíste que te hablaba y no me hiciste ningún caso… Estabas muy fría. Como el hielo. Me hizo daño verte de este modo.

—Lo siento… Es solo que parecías tan feliz con ella. Y yo me sentía tan... tan… —Me esfuerzo por encontrar la palabra justa— Bueno, algo viejo, usado.

—No eres algo viejo, Katniss. Eres en lo único que pienso. Anoche no pude dormir. Hoy no he podido trabajar. Eres cualquier cosa menos algo viejo. —Había bajado la voz hasta convertirla en un susurro y habíamos adoptado la postura de quien baila un baile lento, con mis brazos rodeándole el cuello— Y debes de saber que no te estoy usando —me murmura al oído. Se me pone la carne de gallina.

—Lo sé —digo con la cara apoyada en su hombro—. Pero es tan extraño. Verte con ella… Creo que sería mejor que no volviera a los Hamptons con vosotros…

—Lo siento mucho —repite—. Lo entiendo... Es solo que quería pasar tiempo contigo…

Nos besamos una vez. Es un beso suave, con la boca cerrada y los labios rozándose apenas. No hay ninguna connotación de deseo, sexo, ni pasión. Es la otra cara de una relación amorosa, la parte que me gusta más.

Vamos hasta la cama. Él se sienta al borde y yo, con las piernas cruzadas, junto a él.

—Solo quiero que sepas —dice, mirándome intensamente a los ojos— que nunca haría esto si no te quisiera muchísimo.

—Lo sé.

—Y me... sabes... me tomo todo esto muy en serio.

—No hablemos de esto hasta después del cuatro de julio —digo rápidamente—. Es el trato que hicimos.

—¿Estás segura de ello? Porque podemos hablar ahora, si quieres.

—No, estoy segura...no del todo.

Y lo estoy. Tengo miedo de cualquier pista que pueda darme sobre nuestro futuro. No puedo soportar la idea de perderlo, pero todavía tengo que pensar en cómo sería perder a Delly. Hacer algo tan enorme y absoluto, algo tan malo y definitivo a mi mejor amiga.

Peeta me dice que le asusta lo mucho que significo para él, me pregunta si sé lo mucho que significo para él.

Asiento. Lo sé.

Me besa otra vez, ahora con más intensidad. Me agarra por la cintura, y arrastra su cuerpo contra el mío, sus labios cada vez son mas demandantes, así como sus manos, que se envolvieron con fuerza, de modo que nuestros cuerpos estuvieran pegados uno contra el otro.

Los labios de Peeta son cálidos y lentamente su lengua se entrelaza con la mía. Sin dejar de besarme desliza sus dedos por mi cabello, y me acaricia el rostro suavemente, como si tuviese miedo de lastimarme.

Y luego vivo mi primera reconciliación sexual, auténticamente increíble.

.

.

.

Pero al día siguiente, una persona más se entera de mi más oscuro secreto…

Aunque he imaginado varias veces que nos pillaban, siempre era Delly la que lo hacía. Porque, bien mirado, si dejas que tu mente divague, elige la peor situación, no algún nivel intermedio de catástrofe. Es como preocuparte de que tu novio tenga un accidente por conducir borracho; no piensas que se estrellará contra un buzón de correos y se partirá el labio. Te imaginas lirios junto a un ataúd abierto.

Así que he imaginado que Delly nos pillaba. No «cogidos en la cama, desnudos, en el acto de follar» —esto es demasiado rebuscado, en especial en un edificio con portero—, sino algo más sutil. Delly pasa a verme, inesperadamente, y José la deja subir, sin llamarme antes por el interfono (nota mental para mí misma: advertirle que no lo haga nunca). Abro la puerta, pensando que es el chico del chino que nos trae, a Peeta y a mí, sopa wonton y rollitos de primavera y estamos hambrientos, comprensiblemente, debido a nuestros retozos (nota mental para mí misma, número dos: mirar siempre por la mirilla antes de abrir). Y allí está ella, con sus grandes ojos viéndolo todo. Sin habla de tan horrorizada. Huye del lugar. Peeta se precipita al pasillo, vestido solo con sus boxers a cuadros, gritando su nombre.

Siguiente escena: Delly entre cajas de cartón, embalando sus discos compactos. Por lo menos, Peeta se quedará con todos los álbumes de Springsteen. La mayoría de libros también se los quedaría Peeta, ya que Delly había aportado muy pocos a la unión. Solo unos cuantos ejemplares lujosos, de gran tamaño, con muchas fotos.

En una ocasión leí —es irónico que fuera en una de las revistas de Delly— que deberíamos practicar este ejercicio de visualización cuando tenemos una aventura, que deberíamos imaginar que nos pillan y pensar en las nefastas consecuencias. Estas imágenes nos traerían de vuelta a la realidad, nos harían pensar como es debido, nos harían comprender qué nos estábamos perdiendo. Por supuesto, el artículo presuponía una aventura impulsada por el deseo y no iba dirigido al miembro del triángulo libre de compromisos, sino al que ya estaba comprometido. Además, el artículo daba por supuesto que la tercera parte no era la primera dama de honor en la inminente boda de las otras dos personas. Estaba claro que nuestras circunstancias no encajaban en el típico molde del adulterio.

En cualquier caso, no sé exactamente cómo me sentiría si Delly nos descubriera y mi amistad con ella se terminara. No puedo trasladarme allí mentalmente. La cuestión es que Delly no tiene ni la más remota idea y que ella y Peeta siguen estando absolutamente comprometidos. Y es muy probable que lo sigan estando; se casarán y ella nunca descubrirá la verdad de nuestra aventura.

Joanna es un asunto diferente.

—¿Y?

—¿Y, qué?

—¿Quién te las envió? —Señala las rosas.

—Gale

—No me jodas.

Trago saliva.

—Mira, no nací ayer. Te peleas con Peeta en el Talkhouse y los dos se quedan calladados como muertos cuando yo llego. Luego, al día siguiente a primera hora, te marchas de los Hamptons, con el ánimo por los suelos, con falsas afirmaciones de fechas límite inminentes. Y luego llegan las flores. —Señala las rosas, todavía en plena floración—. Dices que son de Gale, a quien prácticamente no hiciste ningún caso en todo el fin de semana. Lo cual es raro, incluso si habías decidido ser prudente. Luego me dices que tienes una cita con Gale y lo veo sin ti... con otra mujer —concluye su catálogo de pruebas con una sonrisa triunfal.

—¿Era guapa? —pregunto.

—¿La mujer?

—Sí. La cita de Gale.

—La verdad es que sí; era bastante atractiva. Como si te importara.

Tiene razón. No me importa.

—Ahora déjate de evasivas y responde a mi pregunta —dijo.

—¿Qué pregunta era?

—¡Katniss!

—La verdad es que tiene mal aspecto —digo, todavía reacia a contestar.

—Katniss. ¿A quién crees que se lo voy a contar? Soy tu amiga. No la de Delly. Joder, si ni siquiera me gusta demasiado...

Por alguna razón, me cuesta más esta confesión que la que le hice a Finnick. Tal vez, porque es cara a cara. Tal vez, porque su pasado no ha estado tan lleno de aventura como el de Finnick.

—De acuerdo. — Joanna vuelve a la carga—. Déjame que diga las palabras por ti y tú te limitas a asentir con la cabeza. ¿Ok?—Su voz es como la de una madre hablando a su hija pequeña.

Jugueteo nerviosa con la cinta adhesiva, enrollándomela en el dedo. Está a punto de decirlo en voz alta y tengo dos opciones: admitirlo o negarlo. Admitirlo sería un enorme alivio. Negarlo tendría que ir acompañado de una expresión adecuadamente indignada, acompañada de una descarga de «¿Cómo has podido pensar una cosa así? ¿Estás loca?», etcétera. No estoy de humor para una charada así.

—Peeta engaña a Delly —dice ella—. Contigo.

Redoble de tambores.

Levanto la barbilla y la miro. Luego asiento, con un gesto mínimo, moviendo apenas la cabeza.

—¡Lo sabía!

Considero la posibilidad de decirle que no quiero hablar de ello, pero la verdad es que sí que quiero. Quiero que me diga que no soy una persona horrible. Quiero que amplíe su declaración anterior, cuando dijo que soy más adecuada para él que Delly. Y sobre todo, quiero hablar de Peeta.

—¿Cuándo empezó todo?

—La noche de mi fiesta.

Fija la mirada en el techo unos segundos y asiente, como si ahora todo tuviera sentido.

—Vale, empecemos desde el principio. Cuéntamelo todo. —Se pone cómoda en el sillón y le da un bocado a la rosquilla.

—La primera vez que me acosté con él fue un accidente.

—¿La primera vez? ¿Te has acostado con él? ¿Múltiples veces?

La miro.

—Lo siento, sigue. ¡Es que no me lo puedo creer!

—Así que sí, la noche de mi fiesta, fuimos los últimos en marcharnos... fuimos a tomar algo, una cosa llevó a la otra y nos acostamos en mi casa. Fue un accidente. Quiero decir, los dos estábamos borrachos. Por lo menos yo lo estaba.

—Sí, ya me acuerdo. Estabas un poco ida aquella noche.

—Sí, es verdad. Pero, curiosamente, Peeta dice que él no estaba tan bebido. —Este detalle no solo hace recaer la responsabilidad en él, sino que hace que la génesis de la aventura tenga más sentido.

—¿Me estás diciendo que él, cómo diríamos, se aprovechó de ti?

—¡No! No quería sugerir que... Yo sabía lo que estaba haciendo.

—Vale. —Con un gesto, me dice que continúe.

Le hablo de cuando nos despertamos a la mañana siguiente, los frenéticos mensajes de Delly, nuestro pánico y de cómo Peeta utilizó a Gale como coartada.

—Y eso es todo —digo.

—¿Qué quieres decir con «eso es todo»? Está claro que no lo es —dice mirando hacia mis rosas significativamente.

—Quiero decir que fue todo durante un tiempo. Los dos estábamos arrepentidos y...

—¿Cómo de arrepentidos?

—¡Arrepentidos, Joanna! ¡Evidentemente! —Para mis adentros, recuerdo aquel primer día y mi absoluta falta de remordimientos—. Así que eso fue todo. En mi cabeza, se había acabado.

—Pero no en la suya, ¿verdad?

Elijo las palabras con mucho cuidado y le cuento la llamada de Peeta el lunes por la mañana y las cosas que me dijo. Y luego todo lo que pasó en los Hamptons. Y nuestro primer beso sobrios. El beso que lo cambió todo. Y la primera vez en que nos acostamos, de verdad.

Le da otro enorme bocado a la rosquilla.

—Entonces, ¿esto es... qué? ¿Algo puramente físico? ¿O te gusta de verdad?

—Me gusta de verdad —confieso. Digiere la información.

—¿Así que va a romper su compromiso?

—No hemos hablado de ello.

—¿Cómo podéis no haber hablado de ello? Espera... ¿Era por eso por lo que os peleabais en el Talkhouse?

Le digo que no nos peleábamos exactamente, pero que yo estaba dolida porque él lo había hecho con Delly. De ahí las rosas.

—Bien. Así que si lamenta haberse acostado con su prometida, eso parece indicar que va en la dirección de romper con ella, ¿no?

—No lo sé. En realidad, todavía no lo hemos discutido.

Parece perpleja.

—¿Y cuándo lo van a discutir?

—Dijimos que hablaríamos después del cuatro de julio.

—¿Por qué entonces?

—Fue una fecha arbitraria. No lo sé.

Bebe un largo trago de agua.

—Bueno, tú crees que va a dejarla, ¿no?

—No lo sé. Ni siquiera sé si eso es lo que quiero.

Me mira con aire desconcertado.

—Olvidas una parte importante de todo esto, Jo. Delly es mi amiga desde hace mucho tiempo, de toda la vida. Y soy su primera dama de honor.

—Nimiedades —dice, poniendo los ojos en blanco.

—Lo dices porque a ti no te cae bien.

—No es mi persona favorita en el mundo, pero Delly no es lo importante.

—Yo diría que es muy importante. Es mi amiga. Y además, aunque no lo fuera, aunque fuera cualquier otra mujer, ¿no crees que tendría que enfrentarme al mal karma de todo esto?

Me pregunto por qué estoy argumentando en mi contra.

Se sienta erguida en el sillón y habla lentamente.

—El mundo no es tan blanco y negro, Katniss. No hay absolutos morales. Si te acostaras con Peeta por el mero placer de hacerlo, entonces quizá me preocuparía de tu karma. Pero sientes algo por él. Así que no te convierte en una mala persona.

Procuro memorizar su discurso. No hay absolutos morales. Está bien.

—Si se cambiaran las tornas —continúa— Delly haría lo mismo sin pensárselo ni un segundo.

—¿Tú crees? —pregunto, sopesando lo que ha dicho.

—¿Tú no?

—Puede que tengas razón —digo.

Después de todo, Delly tiene un historial de quitar cosas. Yo doy, ella coge. Así ha sido siempre.

Hasta ahora.

Joanna sonríe y asiente.

—¿Sabes qué te digo? Que vayas a por todas.

Más o menos lo mismo que me dijo Finnick. Dos votos para mí, cero para Delly.

—Voy a seguir viéndolo tanto como pueda. Y ya veremos qué pasa —digo, y me doy cuenta de que «a ver qué pasa» es mi versión de «Vamos por todo».


HOlas! mil perdones por la tardanza... espero q les este gustando como va la historia, espero sus comentarios =D