Disclaimer: Los personajes originales le pertenecen a Arthur Conan Doyle, esta versión le pertenece a Steven Moffatt y Mark Gatiss.


NdT: Acá el tercero, me alegro por la acogida que está teniendo este fic x3... yo encantada de leerles y responderles, así que no duden deja review, muock


Capítulo 3: De sexo y trajes hechos a medida


Hombres en corbatas negras y mujeres con lentes de Château Lafite se arremolinan alrededor de John y Sherlock, mientras que el detective, ajeno, guarda su teléfono nuevamente en el bolsillo de su abrigo.

—Idiotas —dice—. Victoria Robinson no está desaparecida, ha sido víctima de homicidio. Además, tiene mal gusto en hombres. Especialmente, el amante cama—adentro.

—¿Cómo sabes eso? —Se queja John—. ¿Y hay alguna manera de que pudieras haber sido más explícito que "ponte algo más adecuado"?

Están en la mansión de Julien en Hampstead, y están hasta sus manzanas de Adam en balaustradas al estilo Rococó y mármol italiano. Todos están vestidos más elegantes que John, incluyendo a los ayudantes, pero eso no es por lo que está molesto. No, está molesto porque él y Sherlock, el único consultor reina del drama del mundo, habían tenido una discusión en el taxi.

Habían estado llevándose de las mil maravillas hasta que se le ocurrió a John sospechar sobre que clase de cosas le gustaba eliminar a Sherlock.


—Esa canción que estabas tarareando hoy —señaló John—. Has dejado de tararearla.

Cuando Sherlock no hizo ninguna señal de reconocimiento, John tarareó un par de compases de la Marcha Imperial.

Sherlock miró fuera de la ventana del taxi.

—No tengo idea de qué estás hablando.

—Sherlock, ¿borraste la película que te mostré?

—No —respondió secamente Sherlock.

—Bien.

—Bueno, aún no —murmuró el detective.

John lo fulminó con la mirada.

—¿Qué? —espetó Sherlock—. John, sé que todo el mundo ha visto esa cosa, pero yo no soy todo el mundo. ¿Que alegría podrías posiblemente recibir de obstruir mis redes neuronales con basura?

John apretó la mandíbula.

—¿Qué hay de malo con esa película?

—¡No! ¡Detente! ¡Estás empujándola incluso más profundamente en mi cerebro con sólo de hablar de ella!

—Pero...

—¡Auuuughh! —Frotando los dedos de ambas manos en sus sienes, Sherlock se dobló en posición fetal en el asiento y gimoteó, claramente en dolor—. El guión deplorable, la franca... actuación disecada, el agudo quejido del convertidor de energía...

—Está bien —siseó John, cuando el taxista se aclaró la garganta—. Entiendo.

—¡Los ruidos desintegradores en la ausencia de una atmósfera! Eso es imposible, completamente imposible. En el espacio...

—Si, lo sé —dijo John, sus músculos faciales tensos. Sherlock había estado en una pataleta espacial desde el falso Vermeer—. Pero lo que necesitas entender es que esa película fue lo más memorable de mi infancia.

Sherlock gruñó.

No me hagas sentir lástima por ti —suplicó.

—Si ayuda, Han disparó primero.

—¡Arrrrgh! ¿Cómo es posible? ¡No puede!

Viajaron en un silencio tenso el resto del camino.


—Tan pronto como un camarero pasa a su alcance, John agarra un vodka tonic de su bandeja de ébano y empieza a caminar más lento.

—John —dice Sherlock, secuestrando el rango de visión de su compañero de piso con un dedo largo y ondulante—. Por favor, trata de mantener el ritmo. Han encontrado el MPV de la Sra. Robinson en el aparcamiento de Torrington.

—¿Y? —John se pregunta ociosamente donde estarán los baños. Se imagina urinarios bañados en oro, cada uno con su propia barandilla pequeña de mármol.

—¿Alguna vez has estado en ese aparcamiento?

—Claro.

—Descríbemelo.

—No lo sé; al parecer he eliminado todo detalle relevante. —John nota con satisfacción que su escándaloparece estar provocando que su interlocutor frunza el ceño. Te lo mereces por ser un imbécil, piensa—. Bien, entonces —dice John, cruzando los brazos—. Gris. Hecho de concreto. Lleno de coches.

—Estás haciendo esto específicamente para provocarme —acusa Sherlock.

—No tengo que hacer nada. Ya estabas así cuando te conocí. Junto a la catatonia; es tu estado natural.

—El lugar es viejo, John. Los espacios son estrechos... quizás son 43 cm más estrechos que los espacios promedio. Hechos para alojar cómodamente un Mini del 63, pero no mucho más.

—Lo siento, sigo sin seguirte.

—Además, el edificio está en espiral.

—Así es.

—Entonces —resopla Sherlock—, ella era adicta a la benzodiacepina, y la había dejado de golpe en los últimos cinco días.

—Ah —la formación médica de John entra en acción, y se muerde el labio inferior con sus dientes—, Síndrome de abstinencia. Ha debido de estar cansada, ansiosa, deprimida, impulsiva. Tal vez suicida. Nada de esto refuerza un caso de homicidio. En todo caso, esto abre la pregunta de si ella se quitó la vida o no.

—John. Deja de hojear mentalmente tus libros de medicina y piensa. ¿Cuando fue la última vez que viste a alguien necesitando una dosis de benzo?

—Quizás hace dos años.

—Descríbeme a esta persona.

—Dave —dice John—. Era un amigo mío del ejército. Nos enviaron a Afganistán y su distribuidor no vino con nosotros. Dios, pasó un infierno. Vértigo. Náuseas. Estaba tan mareado que se caía sólo al caminar alrededor de la tienda. Cefáleas brutales, espasmos oculares, acatisia. Le lancé mi casco una vez y le cayó encima. Era un genio en el cricket antes, pero todo ese verano su coordinación ojo/mano se fue a la mierda.

Sherlock le dispara a John una mirada triunfal.

—¿Te suena eso a una persona que pueda aparcar un Fiat Multipla en un espacio más pequeño de lo normal en el sexto piso de un aparcamiento en espiral que induce vértigo? ¿Con el arranque hacia adentro?

—No —dice John, cuando la comprensión lo inunda—. Tienes razón. Victoria no aparcó esa cosa. Alguien más lo aparcó por ella.

—Sí. El novio. Él la mató, arrojó su cuerpo a un lado de su yate en un área frecuentada por tiburones, luego dejó su Fiat en el aparcamiento.

—Brillante —dice John, ligeramente sin aliento y mirándolo fijamente.

—Ni siquiera te conté cómo sé lo de los tiburones.

—No importa. Aún así es jodidamente brillante.

Labios rojos se arquearon en una sonrisa, Sherlock irradia alegría. Hay una incomodidad en ella, como si la cara que lleva puesta era recién salida de una caja y no tiene idea de como hacerla funcionar.

Es tan hermoso. Joder, míralo. La figura larguirucha de Sherlock está enfundada en uno de sus ceñidos trajes negros. Probablemente no es coincidencia que esté usando la misma camisa apretada de color púrpura que John había alabado en el apartamento. Está abierta en el cuello, peligrosamente, y muestra su cuerpo. John nunca había estado sexualmente atraído hacia el esternón de alguien antes, pero lo está ahora.

Hay un hermoso lunar al lado derecho de la laringe de Sherlock, y una constelación de ellos en la parte baja del lado izquierdo de su garganta. John se pregunta dónde estarán el resto de los lunares de Sherlock. Quiere encontrarlos todos y lamerlos, poco a poco, en el elaborado piso de parquet de la mansión de Julien. Su compañero de piso, sin embargo, tiene otras ideas.


—Oh, es navidad —gime Sherlock.

—Sally Donovan tiene razón —dice John, frotándose una mano con su barbilla—. Te exitas con estas cosas.

Atormentado por la absorción mental y la codicia, Sherlock no responde. Sus ojos brillan y su respiración es lenta. Antes de que pueda responderle a John, tiene que literalmente, sacudirse. Se ve como un galgo afgano emergiendo de un lago.

—¿Qué? ¿Dijiste algo?

—Nada. Por favor, continúa.

Continuar es el punto fuerte de Sherlock.

Encorvado, el aficionado al homicidio frota inquisitivamente una mejilla contra una vitrina cerrada llena de libros. Si las etiquetas que la acompañan son correctas, todos ellos están encuadernados en piel humana del siglo XVIII o XIX.

—La mayoría de estas subastas de asesinos privadas son increíblemente decepcionantes —dice Sherlock—. No las de Julien. Julien tiene las cosas más maravillosas.

—Mm —dice John—. Bueno, tienes razón en hacer tus compras navideñas temprano. Evita las prisas, siempre digo.

Un par de ojos color plata alzaron la mirada socarronamente.

—Broma —dice John. A pesar de que nunca han hablado de ello, está bastante seguro que Sherlock no hace compras navideñas. No está del todo claro que Sherlock sepa cuando es Navidad.

No tiene que preocuparse por la respuesta del otro hombre, porque las orejas del detective ya se han apagado nuevamente.

—Magnífico —gime Sherlock, señalando un pequeño volumengrisáceo. Parece estar encuadernado en una gamuza especial de grano fino—. La autobiografía de un salteador de caminos, encuadernado en su propia piel después de ser ejecutado. Imagínate lo que podrías aprender de esto. Su ADN aún está allí, John.

—Mm. Y pensar que nuestra mesita de café ha sobrevivido tanto tiempo sin él.

—Las cosas que usualmente ves en estos eventos son tan horteras y baratas —señala Sherlock, su voz llena de desprecio—. Una vez fui a una donde estaban subastando el traje de payaso de John Wayne Gacy. Realmente, John. ¿Qué puedes aprender de eso?

—¿Cómo tenerle miedo a los payasos?

—Y junto a eso, estaban mostrando un par de bragas autografiadas y una vez usadas por esa mujer que apaleó a muerte a su marido con un hierro número 9 —Sherlock se estremece, no por empatía sino por disgusto. La ropa interior femenina, al igual que sus dueñas, no es su área.

—Pero las cosas de Julien —continúa en una rica voz de barítono—, son elegantes. Una vez puso sus manos en la pica usada para mostrar la cabeza de Oliver Cromwell —Sherlock da un par de zancadas, avanza varios metros, y luego se pone de rodillas en sus pantalones de algodón frente a otro gabinete—. ¡John, John, mira esto!

John mira por encima del hombro ligeramente musculoso de su amigo. El gabinete es oscuro, y sostiene lo que parece ser sólo un cuaderno andrajoso sobre un cojín. La cubierta de cuero es de color rojo sangre. Y aunque la etiqueta que lo acompaña está oscurecida, John puede leer la palabra "Holmes" en la primera línea.

—¿Más piel humana? —pregunta John.

—Mejor que eso —ronronea Sherlock, su aliento empañando el cristal.

Mientras Sherlock trabaja en un mini—orgasmo por el cuaderno, John se toma un momento en apreciar la vista de Sherlock en rodillas. Su ensimismamiento es interrumpido por una voz baja y entrecortada a unos 12 cm por encima de su oreja derecha. Se vuelve para ver a un hombre francés alto y delgado con cabello negro, piel morena y penetrantes ojos verdes.

Mierda. Se ve como el sexo y huele como trajes hechos a medida. Exactamente el tipo de persona que me imaginaría junto a Sherlock, si es que tuviera que imaginármelo junto a alguien.

—Sherloque —murmura el intruso—. C'est si bon de te revoir.

—Julien —dice Sherlock, cayendo sobre sus talones—. Me alegro de verte también.

Para horror de John, Julien se arrodilla en el piso, al lado de Sherlock, toma su barbilla en su mano y lo besa de modo gálico, deteniéndose primero en la mejilla derecha, y luego en la izquierda. Desde su punto de vista, John no puede decir si Sherlock le está devolviendo el beso. Entonces, Julien toma a Sherlock de las muñecas y lo ayuda a ponerse de pie.

La sangre de John corre fría, y después, caliente. ¿Desde cuando permite que otro hombre lo toque de esa forma? Yo no lo he tocado así.

La adrenalina corriendo a través del cuerpo de John le suplica que empiece a lanzar puñetazos, cuando de pronto, Sherlock se mueve al lado de John. John está un poco sorprendido de encontrarlo allí.

Julien mira al hombre más pequeño de arriba abajo. John no puede decir si la curvatura de su labio significa diversión o desprecio.

—¿Este es tu...?

—John. Este es John —Sherlock tiene ligeras marcas rojas en casa mejilla sólo por la presión de Julien besándolo,

Por supuesto que las tiene. Dios. Su piel es tan blanca y fina que todo le deja marcas. El hombre es un maldito Telesketch.

John presiona sus pulgares en las cuencas de sus ojos. Realmente no quiere pensar lo fácil que sería traerle color al pálido de cuerpo de Sherlock en este momento.

—Tu... John —respira Julien—. Charmant —pausa para susurrar en el oído de Sherlock.

—No en ese sentido —dice Sherlock con brusquedad.

John frunce el ceño. El mensaje que el ex—médico de ejército está tratando de enviar a Julien con su rostro es: "Lo que sea que hayas acabado de decir, más te vale creer que es exactamente en ese sentido."

—Por supuesto que no —dice Julien—. Error mío. Aún así, es un placer verte contento. Por favor, has como si estuvieras en casa. Espero que estés encontrando todo a tu gusto.

—Enormemente —dice Sherlock, y John quiere tomar el lote #146, el pico de hielo usado en el triple homicidio de Torquay, y plantarlo justo en el medio de los veloces ojos grises.

—Sabes —dice Julien—, tengo más artículos arriba. El arma del asesino del caso del Diablo Devonshire, par exemple. Además, sabías que el estrangulador de Boston hacía bisutería?

—Soy consciente de que Albert DeSalvo hacía bisutería —dice Sherlock—. Puedo asegurarte que la persona que realmente cometió los homicidios por los que fue encarcelado, no los hizo.

¡Te detuvieron el ligue! El rostro de John se ilumina con una alegría impropia de un oficial.

—Oh, sí, el caso es un tanto polémico, ¿no es así? —Julien es persistente—. Pero tal vez te gustaría ver algo mejor. Es la joya de mi colección. La he mantenido bien escondida en mi dormitorio principal. Pocas personas la han visto.

—¿Qué cosa es? —pregunta Sherlock.

—Es una tabaquera.

—Suena excelente —murmura John.

—Tiene una procedencia muy... especial —dice Julien.

Sherlock jadea.

—¿Tienes la tabaquera de Jack el Destripador?

Julien asiente.

Listo. Es suficiente.

Aunque no está muy acostumbrado a maltratar a su compañero de piso. John lanza su brazo izquierdo bruscamente alrededor de la cintura cónica de Sherlock y tira de él hasta que sus costados chocan. El prisionero deja de mirar a Julien y mira con la boca abierta al hombre que lo tiene sujeto.

Nos encantaría verla —dice el médico, su barbilla alzada al máximo—. ¿Verdad que sí, cariño? No te molestaría enseñarnos el dormitorio principal ahora mismo, ¿verdad, Julien?

Extrañamente sin palabras, Sherlock mira fijamente del posesivo brazo de John a su rostro una y otra vez.

—Oh vaya, mira la hora que es —dice Julien, claramente re—evaluando la situación—. Lo siento terriblemente, pero debo buscar al sumiller. Ya sabes como es. Si no abre el Château d'Yquem ahora, nadie lo beberá.

—Que lastima —dice John, aún sosteniendo a Sherlock. Ambos hacen una extraña pareja de siameses, con la cadera de John fusionada al fémur de Sherlock—. En alguna otra ocasión, tal vez.

—Tal vez —dice Julien. Hace una pausa para retirar de una caricia un rizo de la cara de Sherlock—. Toujours les cheveux en bataille —dice—. Nunca cambias, chéri.

—Oh, creo que he cambiado sólo en estos dos últimos meses —dice Sherlock. Su voz no es gentil, pero tampoco es cruel—. Adiós, Julien.

Julien le da a Sherlock una mirada divertida.

—Hasta que nos volvamos a encontrar.

John le da a Julien una leve inclinación de cabeza y lleva a Sherlock a una tranquila esquina debajo de una escalera de caracol. Estira el cuello de tal forma que pueda susurrar directamente en el oído de Sherlock.

—Repasa esto conmigo nuevamente —dice—. ¿Estás completamente seguro de que no tienes un novio?