Disclaimer: Los personajes originales le pertenecen a Arthur Conan Doyle, esta versión le pertenece a Steven Moffatt y Mark Gatiss.
NdT: Sé que demoré, pero se me complicó bastante traducir este capítulo, va desde la perspectiva de Sherlock! Gracias Runa por el beteo, disfruten :3!
Capítulo 5: El archivo
NdA: Todos los capítulos anteriores han sido escritos desde el punto de vista de John. Este de aquí es del de Sherlock. Oh, y de dos hombres extraordinarios, un poco borrachos y calientes finalmente entrando en acción.
Contrario a las oscuras especulaciones de algunos de sus colegas en el Yard, Sherlock tenía un poco de familiaridad con las emociones. Ira, sí… Mycroft puede ser testigo de aquello. Aburrimiento, definitivamente. Excitación, por supuesto, siempre y cuando hubiera un homicidio particularmente sinuoso en el cual trabajar, o mejor aún, un montón de ellos. Recientemente, sin embargo, Sherlock ha estado sintiendo algo más, algo que sólo sucede cuando John Watson está presente. Sea lo que sea, involucra una boca seca, ritmo cardíaco elevado, sudoración no relacionada a la temperatura ambiental, ligera desorientación, una inhabilidad de quedarse quieto, y un deseo de destrozar sus propias uñas, sí, hasta hacerlas moléculas. Y esto es un problema, porque desde que Sarah lo deja salir de la clínica, John está a su alrededor casi todo el tiempo, sonriendo y discutiendo con Sherlock, arreglando cosas, haciendo té, y amenazando a todo aquel que mirara a Sherlock con los ojos bizcos y oliera algo absolutamente brillante.
Durante la primera semana que John vivió con él, Sherlock supuso que lo que estaba experimentando era ansiedad. Aproximadamente a la cuarta semana, Sherlock empezó a deliberar la perturbadora posibilidad de que podía ser amor. A la séptima semana, había llegado a la conclusión de que se trataba de ambas, y de que, por lo tanto, estaba bien y totalmente jodido, sólo que no en el sentido que preferiría estarlo.
Hablando históricamente, Sherlock nunca había sentido ningún tipo de ansiedad por el sexo. Lo disfruta. El sexo se trata de otras personas deseándolo. El sexo se trata de mantenerse independiente y superior mientras su mente inferior pierde la cabeza... y es pura caridad de parte de Sherlock dignificar el contenido craneal de otras personas con su nombre… sobre su cuerpo. El sexo se trata de manipular. Cuanto más físicamente accesible se haga él mismo, lo menos mentalmente accesible se convierte, y sus oponentes casi nunca se dan cuenta. El sexo no se trata de placer; se trata de poder y estrategia. El sexo es un juego, y Sherlock, es muy, muy bueno en él.
Pero lo que siente por John es… diferente. Estos días, cuando nota el estado poco respetable de las rodillas de Sally Donovan, se encuentra preguntándose qué se sentiría poner su propio placer a un lado para proporcionarle placer a otra persona. Le toma por sorpresa darse cuenta una noche, en medio de una operación de vigilancia en un callejón, que le encantaría ponerse de rodillas para John, y también poner los brazos hacia abajo, si John así lo quería. Esto quizás tendría sentido táctico si Sherlock sólo buscaba una manera de atraer al otro hombre o de hacerlo enamorarse de él, pero no se trata de eso. Sherlock quiere satisfacer a John porque John es valiente, amable, gracioso, fuerte, descuidado, increíble, huele delicioso, y merece sentirse bien.
Y es ahí de donde proviene el miedo. Porque Sherlock está empezando a sospechar que, de los casi siete mil millones de personas en la tierra, John es el único que se merece sentirse no sólo bien, sino permanentemente eufórico, y compartir la vivienda con Sherlock no es un acceso directo para aquel estado de merecida felicidad. El detective no está solamente al tanto de las deficiencias de su propia humanidad… sino que las cultiva. Su lengua es irascible, sus estados de ánimo son volubles, y sus exigencias son aristocráticas. Ninguna de estas características son conductoras a la producción de éxtasis en otros. Por lo tanto, lógicamente hablando, lo que Sherlock debería hacer es dejar a John Watson solo. Pero no puede. No puede hacerlo, y aunque es bastante hábil en esconder sus emociones, las cosas que siente por su compañero de piso están haciendo aquello pedazos.
—Dime —insiste Sherlock cuando John empieza a sacarle la camisa púrpura de sus hombros.
—¿Decirte qué? —dice John. Tira la camisa de Sherlock a una silla y empieza a sacarse la suya. Su piel es dorada, y sus músculos, gracias a un régimen matutino de abdominales y sentadillas, están aún militarmente firmes, aunque nunca son notables debajo de sus gigantescos suéteres. A menos que uno sea un experto en la deducción y esté específicamente buscándolos.
—Dime cómo hacerte llegar al órgasmo. Por favor, John. Necesito saber como suenas, como hueles, como sabes. Quiero darte mis manos, mi boca, todo. Quiero hacerte eyacular.
John le regala a Sherlock una sonrisa intensa y vertiginosa, y luego manda a la camisa N°2 a volar por los aires.
—Oh, jódeme —se maravilla—. Es como estar conversando con Masters y Johnson (1). No, no frunzas el ceño. Me gusta. De todas formas, ¿quién dice que tú vas a empezar? Puede que yo quiera poner mis manos… o boca… en ti primero.
—Permíteme —dice Sherlock—. Lo necesito.
En el momento, es el argumento más coherente que se le puede ocurrir.
John considera esto, luego pone sus brazos alrededor de la cintura de su amigo. Tentativamente, Sherlock coloca sus manos alrededor de los omóplatos desnudos de John, y los dos hombres se abrazan.
Cálido. John es tan cálido. Es cálido y está descansando su cabeza contra mi cuello y huele como el Earl Grey y a la manzanilla de su shampoo, a almizcle, y al ozono en la atmósfera justo antes de que llueva.
—Hagamos esto lentamente —murmura John, su boca contra la piel de Sherlock—. No hay necesidad de hacer todo a la vez. Tenemos un montón de tiempo.
Sherlock asiente. Explora los hombros del hombre más pequeño con sus manos. El izquierdo tiene una cicatriz. Sherlock pasa sus dedos sobre la forma de destello elevada que marca donde la bala talibanés entró al cuerpo de John. Es como una pequeña réplica de la supernova de Van Buren.
—¿Quién era? —Sherlock quería saber.
—¿El francotirador?
—El paciente. Al que estabas tratando cuando te dispararon.
Obvio.
La forma y tamaño de la cicatriz de John son compatibles con una herida causada por una bala de 7.62x39 mm disparada de una AK-47 Rusa. El relativamente pequeño diámetro de la cicatriz sugiere que la herida no fue causada a corta distancia. No hay herida de salida en el pecho de John, porque la bala, a pesar de haber sido diseñada para penetrar aproximadamente 25 cm de tejido suave, chocó con su omóplato izquierdo, lo destrozó, y se detuvo. El ángulo de penetración, como indica la cicatriz, puede significar que el francotirador estaba acostado en el suelo mientras que John estaba de pie, pero sólo si el francotirador estaba disparando a corta distancia. Esto no es compatible con el diámetro de la cicatriz. Conclusión: John estaba de rodillas cuando el francotirador le disparó desde arriba.
¿Por qué John estaba de rodillas? Pudo haber sido por miedo, pero John es valiente más que a menudo, así que no. Pudo haberle disparado las piernas desde abajo primero, pero eso era poco probable, dado que nunca mostró ningún síntoma de una herida grave más allá de la herida de bala en su hombro y la cojera en la pierna, la cual fue puramente psicosomática. John era un cirujano de guerra. ¿Por qué los cirujanos de guerra se arrodillan? Porque están atendiendo a los camaradas caídos. Escenario más probable: los sentidos agudos de John fueron silenciados porque se permitió sumergirse en proveer cuidado intensivo a un paciente herido, y le dispararon.
—No lo sé —dice John. No le pregunta a Sherlock como dedujo lo que sucedió—. No estaba en mi escuadrón. Sólo estaba de paso. Un americano, creo. Pasó por encima de un artefacto explosivo en medio del camino. Después de que me dispararon, perdí el conocimiento, y algunos de mis compañeros me sacaron de encima de él. Poco después de eso, quedé inválido en casa. No sé si sobrevivió.
—Tú sí —dice Sherlock, trazando la cicatriz.
—SÍ.
—Me… alegra —dice, alzando su mano para acariciar el cabello de John.
Suave. Su cabello es tan suave.
—Yo también —dice John—. No me hubiera gustado perder… —hace gestos vagamente hacia sus cuerpos semidesnudos y presionados juntos—. Esto. Lo que sea que es esto. Nosotros.
No está claro quién empieza, pero de repente se están besando y la lengua de John está en la boca de Sherlock, y Sherlock está en llamas, está ardiendo, está encendido como cinco tipos de anillos apocalípticos con letreros de neón que dicen: "Tómame, John", en la parte superior de un árbol de navidad. La lengua de John lo está violando. Sólo tenerla dentro suyo se siente como si fuera una promesa, y hace que el cuerpo de Sherlock prometa cosas a cambio. Permite que su boca se moje y ceda, y sea suave para John, deseando que John se sienta bienvenido allí, y John se siente así, si sus gemidos entusiastas son una indicación de esto. Ahora el médico militar está dirigiendo a ambos hacia atrás, hacia la cama, y cuando su mano encuentra contenedores plásticos de luminol, agua destilada, y peróxido de hidrógeno, no se detiene, no se inmuta, sólo los tira al suelo y colapsa en el espacio que ha hecho y atrae a Sherlock encima suyo.
—Oh, joder, Sherlock, me estás matando —gime John cuando el detective hace una lenta embestida contra él—. Más, sí. Uhng. Así. ¿Cómo conseguiste ponerme tan duro? No es justo; sabes que no…
La diferencia de altura es casi una pierna, así que cuando se acuestan hay una devastadora sincronización entre sus bocas y caderas. Tener a John duro, necesitado, y retorciéndose debajo suyo hace que Sherlock se sienta caliente, y echa su cabeza hacia atrás con placer desorientado. John toma la oportunidad para trabajar con su lengua en la hendidura supraesternal en la base de la garganta de Sherlock… oh, demonios, ¿cómo es eso una parte erógena? debo tomar notas para después… y luego lo muerde en el cuello. Se asegura de dejarle una marca.
—¿Qué es lo que tienes con mi garganta? —demanda Sherlock, agarrando a John de las muñecas y sujetándolo contra la cama. Ha visto a John observar su cuello antes, como si evaluara su comestibilidad, y siempre se ha estremecido por ello.
—Es tan largo, esbelto y elegante. Es como un perfecto… nghh… microcosmo del resto de ti —John deja que sus manos queden fuera de servicio, dado que quiere follar a Sherlock, no pelear con él, pero sus labios aún son libres, y están moviéndose contra Sherlock con una deliberación impresionante—. Sácate el resto de tus ropas. Tengo que verte. Muéstrame. Muéstrame donde más eres largo, esbelto y elegante…
—Realmente, John. No hay… gah… razón para asumir que soy así en todas partes. No soy un fractal.
—Sí, lo eres, maldita sea, lo eres. Puedo… oh Dios, puedo sentirte. Estás presionado contra mi muslo. Por favor, te necesito desnudo. Ahora.
¿Qué puede Sherlock responder a eso? No mucho. Se apresura en sacarse los pantalones y calzoncillos, mientras que John levanta sus caderas y hace lo mismo. Luego John empuja a Sherlock sobre su espalda y se sube encima de él. Hacen un inventario el uno del otro, las manos mirando por encima de la piel. John tiene vello en lugares que Sherlock no, y es de un color oro oscuro y cálido al tacto.
—Hermoso —jadea Sherlock, mirando los ojos de su pareja—. Eres precioso, John.
John le da a su compañero de piso una sonrisa inusualmente tímida.
—Me alegra que pienses eso.
—No me vengas con eso —dice Sherlock—. Puedo escuchar las comillas alrededor de "pienses". Yo no "pienso". Yo sé.
Recorre una mano investigadora sobre el pene de su compañero. La cabeza es púrpura oscuro, prácticamente del color de la camisa abandonada de Sherlock, y ya está expuesta y brillante con líquido preseminal. Sherlock frota suavemente el prepucio de John, una punzada de deseo lo atraviesa cuando se retuerce en respuesta a su toque.
John se estremece y gime.
—Estoy unido a eso, ¿sabes? No es una entidad… separada con la que necesitas entrar en acuerdo.
—Sí, eso es lo que me gusta de esto. Eso y lo grande que es. ¿Por qué no me dijiste que era enorme? Lo sospeché, pero no podía estar seguro por toda la ropa holgada en la que te ocultas.
—Probablemente por la misma razón que nunca me dijiste que eras de tamaño delirante. Simplemente el tema nunca salió.
—Magnífico. Sabía que eras aproximadamente de 15 centímetros. Simplemente no sabía en qué consistía tu pene —acaricia a John y luego pasa su pulgar sobre la hendidura que goteaba—. Espléndido, una polla maravillosa —específica.
John da una sacudida involuntaria a sus caderas.
—Guh. Estás exagerando.
—No lo creo.
—Sherlock, ¿podrías por favor dejar de hablar y… —Sherlock nota con interés que todo el cabello de la cabeza de John estaba con la piel de gallina.
—¿Y qué? Haré cualquier cosa. Sólo dime que es lo que quieres —Sherlock está seguro de que puede deducirlo, pero prefiere escucharlo de esa boca exquisita.
—¿Cualquier cosa? Joder —John se ve ligeramente desesperado, como un apostador al que se le ha entregado un cheque en blanco en papel inflamable. Es como si la oferta de Sherlock pudiera hacerse humo en cualquier momento—. ¿Me la mamarías?
—Ohhhh, sí —Sherlock se mueve rápidamente hacia atrás en la cama, se incorpora sobre las almohadas y lame sus labios, invitándolo. John aún está encima de su compañero, se tambalea hacia adelante sobre sus rodillas hasta que su polla está a centímetros del rostro de Sherlock. Apoya sus brazos contra la pared y descansa su cabeza en ellos.
—Estoy limpio —dice John. Su rostro está sonrojado y está tomando grandes bocanadas de aire—. Sólo para que lo sepas. He sido analizado.
Sherlock bufa de impaciencia.
—Sé que estás limpio.
La idea de que John hiciera algo a propósito para dañarlo es ridícula.
Sherlock agarra la oferta de su compañero firme con una mano, y luego lengüetea delicadamente el hinchado glande, obsequiando a sí mismo el deseo que estaba allí. Sabe que su amante lo está viendo hacerlo, y la realización, en breve, lo hace jadear. Es increíblemente íntimo, saborear a John por primera vez. Sabe oscuro, como clavos de olor, café, chocolate y a humano macho adulto, y Sherlock está medio loco, deseándolo.
—Mierda —ruega John—. Dame más, necesito sentirte. Más. Pon toda tu boca en mí.
Típicamente, Sherlock es difícil y desafiante, pero lo que ambos ocupantes en la cama están descubriendo es que el detective consultor, quien está siendo presionado contra la cama por su compañero de piso, es la última palabra en complacer con gusto. Como antes, durante el beso, hace su boca se moje, ceda y sea suave y abierta para John, a quien parece gustarle eso, a juzgar por los gimoteos que hace. Por otro lado, cuando Sherlock hace su boca demandante, ambiciosa e insistente, a John le gusta incluso más.
—Sherlock —gime John—. Por favor, Sherlock. Sí, más, chúpame más fuerte. Oh, Dios, tu boca, ¿dónde conseguiste esta maldita boca? Prométeme que nunca la sacarás de mí, prométemelo…
Sherlock envuelve un brazo alrededor del firme trasero de John, acercándolo más. Deja que su garganta se relaje para que John pueda ir más profundo.
—¿Qué estás haciendo? —dice John, y Sherlock está complacido de notar que suena casi desquiciado—. Oh, Dios, no permitas que te hiera. Sherlock, no puedes meterlo tan adentro, no, no puedes…
John trata de echarse hacia atrás, claramente dividido entre sus sentimientos de protección hacia su amante y el deseo de venirse en su garganta. En respuesta, Sherlock usa su brazo alrededor para forzar a su compañero hacia adelante. Tomado por sorpresa, John pierde su equilibrio y se hunde hasta los cojones dentro de la boca de Sherlock.
Oh, sí, absolutamente, sí a eso; alistame para una magnífica porción grande de John Watson.
Por debajo de su oscuro flequillo, Sherlock alza la mirada hacia el hombre cuya esencia, sabor y carne lo están llenando. Mientras se miran a los ojos, Sherlock quiere que John lo use, que lo penetre y adquiera placer de él y no se detenga.
No me estás hiriendo, e incluso si lo hicieras, me gustaría.
—Sí —jadea John—. Joder, sí, está bien.
Habían estado besuqueándose como locos toda la noche, y ahora John está temblando de necesidad. Con un grito gutural, se rinde y empieza a follar la cara de Sherlock en serio. Sherlock ruge con satisfacción y hace pequeños movimientos de deglución con su garganta, para que John se sintiera estimulado donde más quiere.
—Sherlock. Ayúdame. Maldita sea, ayúdame. No puedo. Por favor. Es demasiado bueno.
John está clavando las uñas en los hombros de Sherlock, y Sherlock inmediatamente tiene que reorganizar su cerebro. Toma este momento con John y lo archiva, lo pone en algún lugar seguro, justo en el centro de su red neuronal, para poder reproducirlo nuevamente, sílaba por sílaba, aliento por aliento, súplica por súplica, por todo el tiempo que viviera. Es algo que solamente ha perfeccionado en la última semana. Le ha tomado cerca de un mes de experimentación para desarrollar la técnica, pero valió la pena, porque ahora que está con John, hay cosas que nunca quiere olvidar. Necesita que este momento se tiña con él con más permanencia que la boca de John le pueda ofrecer; lo necesita escrito dentro de su cuerpo tan indeleble como su propio ADN.
Aún succionando. Sherlock le muestra a su compañero misericordia. La misericordia tiene muchas formas, y aquí hay una que es inesperada: el dedo largo y talentoso de Sherlock insinuándose entre las curvas del culo de John, buscando su entrada, suavemente dando vueltas en ella, y luego introduciéndose.
John grita cuando se viene, y Sherlock archiva eso también. Las rodillas de John ceden e inunda la boca de su amante con su olor y esencia, y Sherlock tiene que sostenerlo con ambos brazos hasta que para de temblar y de bombear y de prácticamente lloriquear el nombre de Sherlock. Es tan caliente, y Sherlock lo bebe como un gran colibrí, tragando todo como si por fin hubiera encontrado una fuente de calorías que valiera la pena ser ingerida. Quiere encontrar un millar de nuevas formas para fusionarse con John, para mantenerlo dentro suyo, y esto es sólo un segundo.
Después, John deja que su compañero lo agarre y lo acueste en la cama, completamente gastado. Aturdido y saciado, sin embargo, se las arregla para poner sus brazos alrededor de su alto y diligente amante.
—Y te preguntas —croa—. ¿Por qué me gusta tu garganta?
