Disclaimer: Los personajes originales le pertenecen a Arthur Conan Doyle, esta versión le pertenece a Steven Moffatt y Mark Gatiss.
NdT: Demorona, demorona :(... Sin beteo aún! Disfruten
Capítulo 6: Respira
Aunque aún se está recuperando estrago de la boca de Sherlock, John mueve su cuerpo hasta estar encima del hombre, y luego colapsa allí. Dos años en la zona de combate no son suficientes para prevenir que suelte una risita de una manera muy poco militar.
—¿John? ¿Hay algo divertido?
John se incorpora sobre sus codos y estudia al hombre debajo suyo. Sherlock está desnudo y aún duro contra el muslo de John, devastadoramente hermoso. En esta luz, no es hermoso como una mujer, sino es como una tormenta de hielo, como cuando los troncos de los árboles están cubiertos de dureza.
John sonríe.
—No. Es sólo que... eres extraordinario. ¿Acabas de meter un dedo en mi trasero? ¿De manera experta? ¿En nuestra primera cita?
—Sí, bueno. La evidencia indica que lo disfrutaste.
—Jodeme, sí que lo hice. Mucho —John se estremece, pensando en la forma en que Sherlock lo bebió sólo hace un par de minutos—. Es sólo que... eres aterrorizante. La forma en que me hiciste pedazos justo ahora, cuando apenas nos habíamos besamos. No tienes límites ni concepto de lo que es el espacio personal, y si no fuera por tu disposición a ser tocado, diría que sufres de Asperger. Eres imparable.
—¿Y eso te asusta, capitán?
La boca de Sherlock se inclina hacia la derecha. Ha estado llamando últimamente a John por rangos de vez en cuando, y John no puede evitar pensar que su compañero de piso está desarrollando un fetiche por lo militar.
—Vas a tener que intentar mucho más que eso, civil. Me encantó.
—Mmm. Me suena a peligro...
—Sí. Y aquí estoy.
John embiste su cadera contra el cuerpo desnudo de su amante para demostrarlo.
—Sí, soy perfectamente consciente de dónde estás, John —dice John, embistiendo en respuesta—. En todo caso, esta no fue nuestra primera cita. Nuestra primera cita fue en el restaurante de Angelo.
—¿Esto nuevamente? Eso no fue una cita, fue un estudio para bloquear un ligue. Además de que mantuvimos vigilado a un taxista homicida. A quien más tarde esa noche terminé disparando, muchísimas gracias, para que el Gran Londres continúe regocijándose de tu muy glorioso culo.
Sherlock gruñe.
— John. Tu vocabulario es trágico. Si esto es lo que cinco años de estudios de medicina y casi una vida entera de televisión basura logran hacer en los conocimientos de términos básicos anatómicos de una persona, pierdo las esperanzas. Además, la línea dibujaba entre cita y vigilancia es arbitraria. A ti te gusta el peligro, a mí me gusta el peligro: ¿cuál es la diferencia?
—Yo te mostraré la maldita diferencia —dice John entre dientes. Lame un camino desde la base de la garganta de Sherlock hacia la marca que sus dientes dejaron en la tarde—. Vamos. ¿Cómo me quieres?
Sherlock da golpecitos en la cama a un brazo de distancia.
—Abajo.
John se congela, y luego se baja.
—Lo siento. ¿No quieres nada para ti?
Oh, Dios. Debí saber que esto sucedería. Está dispuesto a hacerme acabar, pero ¿es un problema que yo quiera corresponderle? ¿Quiso tocarme desde un principio?
Sherlock debió haber descifrado la mirada horrorizada de su amante, porque rodó los ojos.
—No lo tomes de esa manera. Sólo siéntate.
—Está bien.
John no tiene certeza de en que se ha metido, pero está dispuesto a darle una oportunidad. Se tambalea hacia el final de la cama de rodillas y se acuesta mirando a su compañero. Sherlock se desliza hacia él, y John piensa, no por primera vez, en todas las cosas felinas y predadoras.
—Piernas estiradas —específica Sherlock. Cuando John lo hace, Sherlock desliza una mano impaciente entre sus muslos—. Separadas.
John le da a Sherlock lo que espera que sea una mirada irónica y sabionda, y luego, se inclina hacia atrás sobre sus manos, lenta y deliberadamente abriendo sus piernas.
Es mejor mostrarle un poco de actitud, o sólo Dios sabe que libertades tomará. Quiero decir, las tomará de todas formas, pero…
—Relajate —dice Sherlock. Su expresión es la de un hombre que no se deja engañar de ninguna manera—. Te puedo asegurar que esto no se tratará de un masaje prostático.
John farfulla.
—Acabas de aprender el sistema solar, ¿y ya estás familiarizado con prácticas sexuales oscuras? ¿Cómo conoces siquiera las palabras "masaje prostático"?
Shelock lo estudia.
—En alguna parte de tu mente, crees que soy virgen.
John lo intenta nuevamente.
—Es sólo que, hasta hoy día, pensaba que eras… no lo sé, ¿asexual? Aún estoy haciendome la idea del hecho que ya has tenido un novio.
Me pregunto si Julien le enseñó mamar una polla de esa manera. Porque alguien lo hizo. Por primera vez, John se siente en buenos términos con Julien.
—El término que estás buscando no es "novio" es "compañero sexual". ¿Y cómo evaluarías mis intereses ahora? ¿Te parezco asexual?
Sherlock se dirige al espacio que John ha creado, y estira sus largas piernas sobre las de John. Los dos están sentados mirándose el uno al otro, más cerca que a un brazo de distancia, sus miembros entrelazados. Sherlock, quien aún no ha terminado, está completamente duro. No hay sentido en sacar a relucir el cliché de que está feliz de ver a John o no. Claramente, está encantado.
—Te ves… impresionante —dice John con devoción—. Y delicioso. Y magnífico. Y demente.
La lengua de John se abre paso entre sus labios. Varias circunstancias hacen que el doctor esté así de lingual: Sherlock acostado en el sofá; Sherlock usando jeans apretados; Sherlock mirando un tubo de ensayo o empujando algo en la nevera, por el amor de Dios. No es una sorpresa que Sherlock, desnudo, dispuesto, excitado y listo, provoque que su lengua salude con pasión. La lengua de John está prácticamente erecta para él.
El detective estira uno de sus brazos y, sin voltearse a mirar, abre el primer cajón de la mesita de noche detrás de él. Saca una pequeña botella que contiene un líquido incoloro y viscoso.
John lo mira con escepticismo.
—Conociéndote, eso probablemente es nitroglicerina.
—Lubricante —corrige Sherlock—. Cualquier combustibilidad de su parte es puramente figurativa —agarra a su amante de la muñeca y vierte un poco en su palma cautiva.
—Tocame John —dice, y el mundo se ralentiza, como si estas palabras fueran un disparo.
Nngh. Su voz. Su jodida voz. Es como masturbarse contra una pieza de terciopelo. ¿Cómo se supone que voy a continuar respirando cuando esta se trata de su voz normal?
La sangre de John no sabe a que parte inundar más fuerte con calor, su rostro o su polla ya bien cuidada. Con el único detective consultor del mundo sobre él, arrullandolo como en un sueño húmedo, es algo que nadie sabe a que extremo la circulación de John llegará primero. Respira profundamente, frota sus palmas juntas, se estira hacia la entrepierna de Sherlock y se desliza. Es la primera vez que toca a otro hombre de esta manera. Sherlock gime, y el sonido pasa a través de John como un rayo a través de un roble seco.
—Oh Dios —dice John—. Sherlock…
Sherlock no dice nada, sólo extiende más sus muslos para permitirle más acceso a John. Es abrumadoramente precioso de esta forma. El deseo ha convertido su cuerpo en un mármol rosa, blanco como la leche y teñido de color rosa en todos los lugares que añoran y tienen necesidad: pezones, labios y pene. Su pulso martillea un staccato en su cuello, magullado al lado de chupetón. John lo acaricia, suavemente, y pasa un pulgar juguetonamente sobre su prepucio. No sabe que le gusta a Sherlock, así que hace las cosas que él mismo disfruta y lo observa para ver su reacción. Aparentemente todo lo que hace se siente bien, porque Sherlock lo mira con tanto deseo al desnudo que todo lo que John puede hacer es no acostarlo y empalarse en su dureza.
En condiciones normales, los ojos de Sherlock son un rompecabezas. Sus iris son atravesadas con una iridiscencia mercurial, como vainas de turmalina y lunaria, y las brillantes alas de los insectos en verano. John nunca se tomó la molestia de expresar una opinión de que color son, porque son típicamente muchos colores a la vez. La excitación se hace cargo de ello. Irises pálidas como la luna creciente en la nada, dejando solamente una oscuridad indiscutible. Está completamente transformado, y hace que la respiración de John se atore en su garganta.
—¿Por qué tú estás jadeando? —jadea Sherlock—. Yo soy quien... guh... tiene una mano talentosa e insistente en su pene.
—¿Por qué crees? —gime John—. Me excitas, ese es el porqué. Neuronas espejo. Las tengo, y me hacen sentir lo que tu sientes. Así que el hecho que estés duro como una roca y jadeando y que yo finalmente pueda realmente tocarte es... está excitandome tanto que duele.
Y realmente duele, aunque también lo llena con placer. Tocando a Sherlock los nervios de John duelen y cantan.
Sherlock mira a su amante con una mezcla de curiosidad y lujuria.
—¿Sientes lo que yo siento?
Por supuesto. Aunque le presta atención al funcionamiento de su cerebro, está enfocado en el manejo de su disco duro, no en la empatía. Su neurología principiante sólo llega hasta allí.
—Sí —dice John, frotando su pulgar contra la sensitiva parte inferior del glande de Sherlock—. Estoy bastante seguro de que lo hago. Sí.
—Bueno, entonces —Sherlock le da a John una sonrisa aturdida—. Será mejor que me hagas terminar, ¿no crees?
—Ohhhh, sí.
John acaricia el hinchado sexo de Sherlock con su mano izquierda. A tocado a su compañero tan seguidamente en sus sueños que el tamaño de Sherlock se siente natural, bien y adecuado contra sus dedos, su pulgar, su palma. Aún acariciándolo, usa su otra mano para acariciar el puntiagudo lado de un pómulo, luego la mueve hacia abajo para explorar la piel sobre su arteria carótida. No está acostumbrado a tener una pareja que tenga el pecho plano, pero está pensando que se puede acostumbrar muy rápido, si rápido significa ahora mismo. Baja su cabeza para lamer un pezón de Sherlock, y es recompensado con una dureza instantánea contra su lengua.
—Hay algo que te gusta al hacer... eso —dice Sherlock con su respiración acelerándose.
John se da cuenta por el tono de su voz que no está siendo pícaro; está diciendo un hecho.
—Sí, es rosa oscuro y se erecta cuando lo toco, así que me recuerda a otra cosa —John le da un tirón fuerte al firme pene de Sherlock para demostrarlo.
Sherlock se traga un gemido.
—Interesante. Lo encuentras... metafórico. Te éstas excitando por una metáfora.
—Me estoy excitando por ti, hombreridiculamente sexy —John tira un pezón de Sherlock con su pulgar y dedo índice, y Sherlock grita y baja su cabeza hasta descansar la sobre el hombro de John.
—Sherlock, estás... oh, jodeeeeer, lo estás haciendo, ¿verdad? Estás viendo como te toco. Oh, Dios, Dios. Eso es...
John descansa su cabeza en el hombro de Sherlock, para poder ver también. Ahora sus cuerpos sentados están juntos como un par de manos, y ambos están mirando donde Sherlock está duro y retorciéndose en el puño John.
Sherlock mintió; es un fractal. Todo es delgado y fino... Su garganta, sus dedos, sus piernas, sus brazos, y ahora esto, su supurante polla.
Y sin embargo, si John alza su cabeza y mira la blanca espalda de Sherlock, puede ver un enredo de cicatrices con relieve.
Las líneas son profundas y claras. ¿Marcas de una garra? No van en paralelo, así que no. Demasiado precisas y delgadas para ser heridas hechas por un cuchillo. ¿Hechas con una cuchilla de afeitar? Sí. Uniformemente distribuidas, no sólo en el hombro izquierdo, donde su brazo dominante puede alcanzar, así que no son autoinflingidas, a diferencia del sendero de marcas en la parte interior de su codo izquierdo. El color pálido de las cicatrices indica que esto sucedió hace mucho tiempo. Mierda. ¿Quién le hizo esto?
—John —dice Sherlock—. Quedate conmigo.
Así que John sale de su ensimismamiento, deja las cicatrices a un lado, y sólo siente. Toca a su amante y lo encuentra resbaladizo, terso, suave y firme, como seda mojada y estirada sobre un tambor.
—Oh, Dios —murmura JJohn—. Eres tan... oh, joder, eres exquisito. ¿Cómo puedes ser así de hermoso? Te...
No. No le diré que lo amo ahora mismo. Mierda, lo amo; realmente lo amo. No puedo dejar que lo sepa. Lo asustaría y no puedo perderlo; no puedo no estar con él.
Pone ambas manos sobre el pene de Sherlock ahora. Usa la mano que está arriba para tirar ligeramente del prepucio de su compañero, para frotarla contra la brillante cabeza expuesta. Instantáneamente, la respiración de Sherlock se vuelve superficial. Sus manos vuelan a los hombros de John y se anclan allí.
Sherlock está gimiendo y balbuceando ahora.
—John. Johnny. Mi. Dulce John; no pares, sigue, no pares.
John mira dentro de sus ojos los colores de la lluvia y la noche, y ve cosas que no esta acostumbrado a ver. Vulnerabilidad. Desesperación. El miembro de Sherlock está duro y apretado contra su cuerpo, y no debe estar lejos de terminar. John usa su mano de abajo para acunar las bolas de su compañero, mientras la de arriba le hace el amor a su prepucio
—Por favor —suplica Sherlock—. Oh...
Las manos de John están ágiles y seguras.
—¿Qué quieres? Te daré cualquier cosa. Sólo dilo.
Sherlock se muerde el labio inferior.
—Respira dentro mío.
—¿Qué? ¿Cómo? Lo haré, sólo dime cómo.
—Tu boca. Respira por tu nariz y... joder... exhala por tu boca. Respira dentro mío. Quiero respirar tu aliento.
¿Qué? ¿Es esto una cosa? ¿Es una práctica sexual? Tal vez sólo es besarse. A la mierda, lo que sea que quiera, lo va a conseguir. Sí, esperame, estoy aquí para to, lo haré, sí, permiteme.
John se acerca a los labios de su compañero, y entonces hace exactamente lo que Sherlock le pidió. Exhala en la boca de su compañero, y Sherlock lo traga. John siente el torrente de el aire salir cuando su amante succiona su aliento hacia su cuerpo. Está dejando que el dióxido de carbono lo haga sentir mareado, dejando que la falta de oxígeno penetre sus tejidos, y el conocimiento de esto está haciendo que John se ponga tan loco como cuando siente la lengua de Sherlock en su boca, frenética en la boca de John. Sus manos están arañando los hombros de John, y ahora se está embistiendo contra las manos de John, derramándose en ellas como una catarata cuando el orgasmo lo toma, suplicando.
—John, oh John, John.
John traga sus palabras como vino, y se vuelven parte de él, inexorables, innegables, mientras su amante se deshace en sus manos.
