Disclaimer: Los personajes originales le pertenecen a Arthur Conan Doyle, esta versión le pertenece a Steven Moffatt y Mark Gatiss.


Nota de la Autora: Advertencias: Ideas suicidas, autolesiones y referencia a drogas. Por favor, no leas este contenido si puede causarte problemas. Y también, si eres propenso a tener ideas suicidas, por favor busca ayuda. Empieza a hablar con alguien en quien confíes o contacta a una organización como los Samaritans. Ellos ofrecen soporte por teléfono, correo y mensajería de texto y son de fácil acceder mediante google. Para parafrasear a Dan Savage, se vuelve mucho mejor, pero sólo si vives lo suficiente para descubrirlo.

Nota de la Traductora: Capítulo medio jodido de traducir, aún no tiene beteo, disfruten!


Capítulo 8: En el fondo

Mucho más tarde, cuando Sherlock hace un resumen de todas las cosas que fueron mal el dia que John lo abandonó, recuerda que ha perdido tiempo valioso de búsqueda… ¿dos segundos? ¿dos días?... parado allí en el descanso, mirando la puerta que daba a la calle.

Esto es lo que el amor te hace. Te hace estúpido. Ralentiza tu tiempo de reacción, de tal forma que lo único que puedes hacer es ver fijamente el lugar en el que la otra persona estaba, pensando: "En cualquier minuto regresará."

Pero el hombre que Moriarty correctamente había diagnosticado como el corazón de Sherlock, no regresa; y la Sra. Hudson está abriendo la perilla del apartamento de abajo, y quizás sería mejor si el mejor detective consultor del mundo no fuera descubierto desnudo, angustiado y obsesionado con la puerta en el piso de eventos sólo resultarían en pérdida de más tiempo que podría haber sido gastado en buscar a John.

Sherlock corre de vuelta al apartamento e inmediatamente comete otro error. En vez de dirigirse directamente hacia la ventana, la cual es su mejor esperanza de adquirir inteligencia visual sobre su amante (Designación dudosa. Probablemente piensa en sí mismo como ¿mi que? Oh, Dios: mi víctima), se dirige hacia el dormitorio y se pone los pantalones. Sólo entonces corre hacia la ventana. Y aunque en el pasado esta le ha proporcionado vistas espectaculares de un John molesto y frustrado dirigiéndose a casa de Sara, en aquel momento, no le revela nada.

No, completamente nada no. Para bien o para mal, nunca es completamente nada para Sherlock. Un Jaguar con la ventana del lado del conductor estrellado: fraude de seguros. Lápiz labial durazno en el collar de una mujer casada: aventura clandestina con una señorita joven de Marketing. Envoltorio abandonado de una barra de caramelo crujiente tirada en la alcantarilla en frente de Speedy: hombre; divorciado; ella lo instigó; él no puede animarse a comer nada más que los bocadillos que a ella le gustaban; oh Dios, John.

Ninguna de las cosas que ve son importantes, sólo porque no hay nadie en Baker Street con aire militar. Nadie que es rubio oscuro. Nadie con manos que se vuelven más firmes cuando la situación es estresante; manos que estarían lo suficientemente estables para realizar una cirugía óptica en un abrir y cerrar de ojos ahora, si sólo Sherlock supiera dónde encontrarlo.

Sus manos. Sus manos en mi cuerpo. Sherlock siempre extraña algo, y en este instante, es eso. Ni siquiera es por el abrumador placer que le ocasionan cuando lo tocan; es su dureza, su calidez. Sintiéndose extrañamente viudo, Sherlock pone sus brazos dentro de su abrigo y baja las escaleras saltando dos y tres escalones de una sola vez. Descalzo, corre hacia la calle.

Una vez afuera, echa su cabeza hacia atrás e inhala profundamente, buscando la esencia del otro hombre. No le hace bien. Aparentemente ha habido un cambio por la noche en el universo, y todos sus contenidos ahora huelen como Earl Grey, manzanilla, ozono y lana; la dulzura de la piel de John, la sal de su sudor, la amargura de su almizcle, y el oscuro sabor a tierra de su cabello. Mientras que su visión no encuentra nada de John, su olfato encuentra demasiado, y al final el resultado es el mismo: nada con que poder continuar. El aroma de la ausencia del hombre está en todas partes.

Por supuesto que lo está. Vivía aquí. Vive. Vive aquí.

Sherlock se sorprende al darse cuenta que lo que huele más fuerte a John, es él.

Nieve, lodo, polvo: cualquiera de estas mostraría las pisadas de John, pero ha llovido recientemente y el pavimento está limpio. Sherlock piensa en qué era lo que su compañero de piso llevaba puesto en el momento de su desaparición.

Lo ideal hubiera sido que llevara puesto el suéter tejido en punto ochos. Bota lana en todos lado. Encontraría rastros en el sofá, en la escalera, en mi cabello. Pero no, era el suéter negro el que llevó a lo de Julien la noche anterior: un regalo de Harry, buena calidad, exasperantemente intacto.

No hay caso. El pedazo de pelusa de color avena ensartado en el rosal cercano había estado allí desde el miércoles. No es un rastro de migas de pan. No lo guiará de forma grande y moda folclórica hacia John.

Sherlock corre a toda velocidad hacia la parte sur del metro de la calle Baker. Cuando no encuentra lo que estaba buscando, se da la vuelta y se dirige hacia el norte del parque Regent. Entonces, con Speedy como su epicentro, corre en círculos cada vez más amplios hasta que está a punto de perder el conocimiento. Corre como un perro desenfrenado.

Moriarty tenía razón, piensa. Uno de ellos es la mascota; el otro, el amo. El único error de Moriarty fue pensar que la mascota era John.

Eventualmente, Sherlock cojea de regreso a su hogar, o al menos hacia su piso, dado que su hogar se ha envuelto en un suéter de color negro y salido hacia un lugar desconocido. Sus pulmones están explotando con aire que John no ha exhalado. Necesita acoger las moléculas… nitrógeno, oxígeno, argón, dióxido de carbono… que han pasado por los tubos bronquiales de John. Tomaría arsénico y gas mostaza si esto es todo lo que hay.

No se limpia la grava de sus pies. En cambio, se pasea por el apartamento hasta que se cae. Y entonces, agarra su celular.

John: Regresa al apartamento de una vez. SH

Algo sobre eso no le suena correcto. ¿Demasiado imperativo? Sherlock mantiene presionada la tecla de borrar.

John: Dime donde estás. SH [Enviar]

Debería ser capaz de deducir dónde estás, pero no puedo. SH [Enviar]

Mi cerebro no está funcionando de manera óptima. SH [Enviar]

Dime donde estás e iré por ti. SH [Enviar]

Por favor. SH [Enviar]

Había media hora de espera entre cada mensaje que enviaba.

Me has arruinado por completo. SH [Enviar]

Pasaron otros diez minutos, sin ni una respuesta del otro hombre.

John, te amo. Por favor regresa a casa. [Borrar] [Borrar] [Borrar] [Por el amor de dios: Borrar]

Sherlock deambula hacia las escaleras que van al cuarto de John y se sienta en la cama. Dobla sus rodillas hacia su pecho y descansa su quijada en ellas.

¿Por qué John tuvo una reacción tan adversa al cuaderno de laboratorio? Las primeras emociones que mostró después de descubrirlo fueron celos y desconfianza. ¿Pero por qué celos? Sexualmente hablando, han habido otros, pero románticamente, sólo está él. Nunca ha habido nadie más que él. Seguramente debió haber sentido eso. ¿Y por qué desconfianza? Nunca mentí. Cuando les dije a los otros que el sexo no significaría nada, era verdad. Y cuando te dije a John que no era un experimento, y que quería darle placer, eso también fue verdad. Humillante, en retrospectiva, pero verdad.

Sherlock se pregunta por un momento si John se ve a sí mismo como el número 184 en la novela "Personas con las que Sherlock ha dormido por la ciencia".

Él no es es uno de esos. Nunca podría serlo. Al contrario, es el primero y único en varias listas, incluyendo "Personas con las que pierdo la cordura si no están".

Para Sherlock no tiene sentido que John esté celoso de, por ejemplo, Sebastián Wilkes. Es como si una tierra rara estuviera celosa de uno de los menos interesantes metaloides –el acertadamente llamado boro, por ejemplo– por tener un número menor de átomos.¿Por qué John se ve a sí mismo dentro del contexto de toda la tabla periódica cuando claramente es la tierra rara más rara? Sin embargo, la metáfora no encaja por completo, porque las tierras raras terminan en el número atómico 71, y hay docenas de elementos después de ellas.

Sherlock se siente bastante convencido de que no habrán nuevos elementos después de John.


En este punto, Sherlock empieza a intentar nuevas maneras de acercarse.

Primero, deduce la última contraseña de John (Gladstone), busca la información de contacto de su hermana, y le manda un mensaje.

Vete a la mierda, responde Harriet.

No está en su casa, se da cuenta Sherlock, si lo estuviera ella hubiera estado tan encantada de alejarlo de mí que no iba a tener más remedio que regodearse descaradamente. Está en otro lado.

Le manda un mensaje a Mike Stamford.

Ni idea, responde Mike, y Mike es un tipo tan honesto y directo que Sherlock se siente seguro de que es verdad.

Le manda un mensaje a Lestrade.

Te avisaré si lo veo, dice el detective inspector.

Tiene una orden por comportamiento antisocial, responde Sherlock, la policía metropolitana haría bien en tener a las personas antisociales de la comunidad bajo mejor vigilancia. SH.

Tendré eso en cuenta, responde Lestrade.

Sherlock considera mandarle un mensaje a su hermano, pero rechaza la idea por completo. Necesita a John de regreso. Lo que no necesita es a Mycroft tomando a John como rehén para poder preguntarle una lista de preguntas estúpidas en uno de los estacionamientos subterráneos de Gran Bretaña. En algún momento John regresará por voluntad propia. Tiene que hacerlo.

Si solamente le hubiera implantado un recopilador de GPS cuando tuve oportunidad. El Chianti le hace perder el conocimiento, y una cicatriz más en su hombro no atraería la atención.

Se le ocurre a Sherlock que estos pensamientos quizás no son buenos.

Agarra su celular y comienza otro mensaje.

Si cela convient ou pas, viens ici. J'ai besoin de toi. SH

(Si es apropiado o no, ven. Te necesito. SH)

Mira el cursor titilando, indeciso de si presiona el botón de enviar o no. Por un lado, necesita dopamina, serotonina, y todo los transmisores de placer que Julien –el racional, práctico y hedonista de Julien– puede darle. Por el otro lado, la idea de las manos de cualquier otro que no fuera John en su cuerpo lo hace sentir, ahora mismo, inexplicablemente enfermo.

Sherlock mantiene presionada la tecla de borrar. Luego se dirige hacia la sala de estar y mira al cráneo.

Predecible, le dice a ella. Es la misma cosa que le pasó a John. Bajó su guardia porque se preocupó por alguien más, y fue entonces cuando le dispararon. Ahora me está pasando a mí, y puedo verlo venir, pero no puedo detenerlo.

El cráneo no dice nada. Sin duda alguna está del lado de John.

El saber que la atracción romántica no tiene base, es arbitraria e innecesariamente distractora, no es suficiente para prevenir que Sherlock, literalmente, golpee su cabeza contra la pared de la sala de estar.


Para una persona que acaba de perder a un amante, algunas líneas de actuación no son recomendables. Jamás, vuelva o no el amante en cuestión.

Primero, está el enviarle a la persona ausente 183 mensajes, uno por cada uno de los compañeros sexuales que quería que olvidara.

Segundo, está el buscar la cocaína que solía estar escondida en el ojo derecho del cráneo, incluso si es entonces que descubre que el ausente doctor militar la encontró y se deshizo de ella.

Está también el plantarse en la cama de su amante, aferrando una de las camisas que usa en el trabajo a su cara, moviéndose hacia adelante y atrás durante una hora como un metrónomo.

Y lo peor de todo está en dirigirse hacia el baño, abrir la llave de la bañera y pensar en cómo hacer que parezca un accidente.

¿Con una cuchilla? Obviamente no. La sangre es melodramática y es probable que le cause un trastorno por estrés postraumático a John. Ahogarse es más limpio.

En ese momento, le parece perfectamente lógico. Sherlock no quiere ver a su compañero de piso dejarlo para siempre, y su compañero de piso aparentemente no quiere verlo, y punto final. De esta forma, nadie vería a nadie. La locura le dice que es una situación en la que todos ganan.

¿Desnudo o vestido? Desnudo. Ser encontrado vestido no respaldaría en nada la hipótesis de que fue un accidente.

Sherlock se desnuda y se agacha. Se echa boca abajo en la bañera con sus rodillas dobladas y sus pies en el aire porque su cuerpo no encaja por completo en la bañera. Abre la llave con el talón de su pie derecho. Con su cara sumergida, trata de convencerse a sí mismo de dejar de volver a la superficie, pero sus pulmones siguen impulsandolo hacia fuera del agua para respirar el aire de John.

El tronco encefálico no está dispuesto a rendirse sin pelear. Será mejor inducir un trauma directo al cráneo, consecuente de golpear mi cabeza contra un lado de la bañera y luego caer de cara al agua.

Ahogado fue como el padre de Sherlock murió. De niño, Sherlock dedujo correctamente que Mami estaba siendo infiel. Papi le agradeció por la información, y luego caminó hacia dentro del Thames con los bolsillos de su abrigo llenos de piedra.

Si Sherlock hubiera sabido que el cuaderno de laboratorio iba a afectar a John de la forma en que lo hizo, lo hubiera destruido. Es demasiado tarde para destruirlo. No es demasiado tarde para destruirse.

Cabe repetir que para una persona que acaba de perder a un amante, algunas líneas de actuación no son recomendables. Jamás, vuelva o no el amante en cuestión.

Sherlock hizo cada una de ellas, una por una.