Disclaimer: Los personajes originales le pertenecen a Arthur Conan Doyle, esta versión le pertenece a Steven Moffatt y Mark Gatiss.
Nota de la Autora: Advertencia: Este capítulo contiene referencia a ideas suicidas y autolesión. Si esto es probable que te ocasione problemas, por favor, no lo leas.
Nota de la Traductora: Los dejé en un tremento Cliffhanger, lo siento mucho, bu! Acá la continuación! Contestaré reviews ahora mismo, perdonen la demora!
Capítulo 9: Trece
Otras personas bajan los hombros cuando se encuentran devastados. John Watson no es de esas personas.
Él se sienta, con su espalda erguida y tiesa como un palo, con la barbilla hacia arriba, y con sus antebrazos descansando sobre la mesa de la cocina del apartamento de Clara en Woolwich. A excepción de ser porque está sentado, es la misma postura que adoptaría frente a un pelotón de fusilamiento.
Hace diez minutos, apareció, gris y demacrado, en la puerta de la hermana de su ex esposa. Clara trató de dirigirlo hacia el cómodo sofá, pero pasó junto a él y se dirigió directamente hacia la silla de roble duro en la cocina. La comodidad sería un desperdicio ahora mismo en él. Además, los sofás le recordaban a una cabellera marrón oscura, dedos hábiles, conciertos de violín a la medianoche, y al cuerpo ya larguirucho de Sherlock de alguna manera expandiéndose aún más, ocupando cada átomo de su espacio.
Sofás, piensa John. No es mi lugar. Rara vez se sienta en el que está en el apartamento. Pocas veces hay espacio para él allí.
John mira a su alrededor y trata de encontrar algo que no le recuerde a Sherlock. ¿Cafetera? Negro, dos de azucar. ¿Refrigerador? La maldita cabeza. ¿Las cortinas de Clara? Algodón. Me tomó meses descubrir que la camisa púrpura era de algodón. Hay algo en el modo en el que él se mueve que hace que todo lo que se pone parezca de seda.
John mantiene los ojos cerrados por un momento y se pregunta cuando este hombre se convirtió en el mundo entero.
Clara coloca una mano en su hombro sano y desliza una taza de té frente a él. Se sirve té para ella misma, se sienta, y luego mueve su silla un poco más cerca.
—¿Quieres contarme sobre él? —pregunta ella. John mira el empapelado a cuadros de color amarillo. Apenas es consciente de que el pie izquierdo de ella, silenciosamente afable, descansa contra su rodilla derecha.
John mete la mano en su bolsillo y saca su móvil. Presiona un par de botones, y luego se lo muestra sin decir palabra alguna.
Está teniendo problema para tragar. Alza la mano para presionar con sus dedos su laringe, pero no encuentra nada médicamente mal. Después de veinte años de estudiar la anatomía, es sólo ahora que descubre que la pena vive en la garganta.
—Es impresionante —dice Clara, estudiando la fotografía de Sherlock—. Realmente guapo.
Le devuelve el móvil a John, y John lo voltea para no ver los ojos interrogantes, el cabello imposible, la boca improbable. No quiere ver tampoco el ícono que representa los mensajes de texto no leídos.
—Eso no es nada —dice John, en voz baja—. Deberías escucharlo hablar —John se encuentra a sí mismo alargando la última palabra y resaltando la R al final, imitando a su compañero de piso.
—¿Bonita voz? —pregunta Clara. Le da un golpecito a John con su pie, de una forma que se siente como simpatía.
Él le devuelve el gesto.
—Increíble. Pero eso no es ni la mitad. Es las cosas que dice.
—Inteligente, entonces.
—Muy.
—Me lo imaginaba. Quiero decir, sé que tienes un gusto por la inteligencia. Simplemente nunca me imaginé que te gustaban los hombres.
Él y Clara siempre habían compartido un gusto exclusivo en mujeres.
—Yo tampoco. Aún no estoy seguro de que me gusten. Es él, y "gustar" no lo cubre por completo
Lo quiero. Quiero su aire en mis pulmones, y su voz en mis oídos, y sus manos en mi cintura, y sus zapatos llenos de lodo en mi silla, y sus palabras arraigadas en mi cerebro. Pero no si él no me quiere. No si él no puede sentir lo que yo siento por él.
Clara está en el proceso de pasarle un bizcochuelo cubierto de chocolate a John, pero se detiene tan pronto como ve su rostro. Lo que está pasando John no se resolverá con un bizcochuelo.
—Lo amas.
—Sí.
—¿Él te ama?
John baja la mirada hacia el mantel.
—Él no es capaz de amar.
—¿Cómo sabes eso?
—Todo es un juego para él —John suspira—. Me dijo que era un sociópata. No le escuché.
—¿Te dijo eso?
—A mí no. Estaba hablando con otra persona.
—¿Alguien por quien se preocupa?
—No, alguien que lo molesta.
John recuerda a Anderson buscando a tientas en la cocina durante la fallida redada antidrogas, interrumpiendo los delicados experimentos de Sherlock, y generalmente, comportándose como un idiota. Tampoco es que se necesitara mucho cambio de su parte.
—¿Pudo haber sido un engaño? Ya sabes, ¿una amenaza? Porque eso es algo que hacen los hombres.
John está demasiado cansado para mencionar que su postura no es debido a su género.
—Tal vez. Pero incluso si no es un sociópata, hay otra cosa en él. En algunas cosas, la mayoría de las cosas, es un genio, pero en otras, es un niño. A veces lo miro a los ojos y veo a un niño de trece años mirándome.
—¿Lleno de inocente alegría?
John se estremece.
—No debes recordar cuando tenías trece años. Es más como… fuera de sí. Crudo. Impulsivo. Errático. Hay cosas que un hombre de treinta y cuatro años debería saber sobre las emociones, y él sabe quizás la mitad de ellas. Y eso puede hacerlo parecer algo cruel.
—Oh —dice Clara—. Como tu hermana.
John vuelve su cabeza con rapidez.
—¿A qué te refieres?
—Quiero decir, me contaron en Alanon que el desarrollo emocional de un alcohólico se detiene la primera vez que agarra una copa. Harry empezó a beber a los trece años, así que emocionalmente, tiene trece años. Sólo crecerá cuando deje de beber. Lo siento, cordero, pero así es como es. ¿Sherlock es de beber?
—Casi nunca. Tiene un historial de consumo de cocaína.
John piensa en la reserva oculta en el ojo de la lámpara en forma de cráneo.
—Puede ser la misma cosa.
John se muerde el labio inferior.
—Puede que hayan otras adicciones —admite.
—¿Cómo qué?
—Sexo. Tiene un cuaderno de laboratorio al lado de su cama. Es frío, clínico, y enumera todos los tipos con los que estuvo. Ha usado calibradores, cintas métricas, y frascos de Erlenmeyer, y no sé qué más. Hay 183 hombres allí.
Clara parpadea.
—¿Y tú eres el número 184?
—No. Sí. Tal vez. No hicimos… todo.ç
—Pero lo habrías hecho.
—Sí. ¿Antes de que encontrara el cuaderno? Absolutamente. Hubiera hecho cualquier cosa que él me dejara hacer.
John trata de determinar si es que está aliviado de que Sherlock no lo hubiera tomado por completo, o arrepentido.
¿Hubiera sido peor recordar cómo se sentía estar con él, sabiendo que nunca más lo tendría de nuevo? ¿O es peor ahora? John tiene problemas en imaginar algo peor que como están las cosas ahora, y ha pasado años en la zona de combate.
Clara dirige uno de sus dedos cuidadosamente sobre el borde de la taza de té.
—¿Usó calibradores contigo?
John niega con la cabeza?
—¿Entonces cómo sabes que él te ve como al número 184? Quizás siente algo por ti. Algo más allá del interés científico.
Aunque recuerda que Sherlock dijo algo similar, John sacude ese pensamiento fuera de su cabeza.
—¿Cuáles son las posibilidades de aquello? Ha estado con hombre increíbles, Clara. Tiene uno justo al sur de Hampstead Heath con una mansión y un sótano lleno de aparatos de tortura medieval, y tiene pómulos con los cuales podrías cortarte el pulgar. ¿Por qué me escogería a mí?
—Te olvidas: He visto su foto. Él ya tiene pómulos. No necesita más. A juzgar por sus ropas, tiene bastante dinero, así que no necesita a un hombre rico. Por todo lo que sabemos, también puede tener pedazos de piel de cocodrilo en la panera, pero incluso sin armas, ustedes dos se pueden herir el uno al otro bastante bien. ¿Por qué necesitaría al Sr. Hampstead Heath?
John mira a Clara fijamente, como si le acabaran de crecer otro par de cejas. Ella lo mira con fijeza hasta que él se ablanda.
—Está bien, quizás no necesite a Julien, pero ¿qué puedo ofrecerle yo? Tengo un hombro arruinado. Tengo mala piel y antecedentes de una pierna coja… psicológicamente coja, cabe recordarte, la cual, siendo yo un doctor, la hace aún más coja. Y soy bajo. A las mujeres no les importa porque usualmente son más pequeñas, pero a él puede que sí. No hay forma de que un hombre considere mi altura como término medio, ninguna, a menos de que me ponga tacones altos.
—Bueno, eso me gustaría verlo —dice Clara, dándole golpecitos en el brazo—, y seguramente él también. Pero estás olvidando algo. Un par de cosas, a decir verdad.
—¿Cómo qué?
—Eres leal. Eres cálido. Eres dulce… no me mires así, lo eres. Y eres gracioso. Eres un cirujano de primera clase. Irradias empatía, y las mujeres no se fijan en tu altura porque están demasiado ocupadas fijándose primero en tus grandes ojos azules. Eres ridículamente valiente, y no recibes la mierda de nadie. Aceptas a las personas como son. Si me gustaran los hombres, yo te tomaría, John. Así que, ¿por qué él no lo haría?
—Oh, lo haría. Definitivamente lo haría. Por todas las razones equivocadas.
Clara frunce el ceño.
—Eso no lo sabes.
—Eso no lo sé, pero lo siento. Y yo no seré eso para él, Clara. No seré algo con lo que se divierta mientras piensa nuevas formas de extraer el esperma humano. Es demasiado importante para mí. Ser solamente otro cuerpo para él, otro objeto en una losa de morgue, otra víctima de tortura medieval del montón… eso me destruiría.
—Claro. Y dejar las cosas como están no te está destruyendo para nada. Sinceramente. Difícilmente soy una experta en líos de chicos, pero tienes que ser tan… ¿hombre con esto? ¿No puedes simplemente hablar con él?
El celular de John se apaga.
—Es él —dice Clara—. Respóndele.
—No, no es él —dice John, levantando el aparato—. Él sólo manda mensajes. Te lo digo, ni siquiera Harry requiere tanto cuidado. ¿Hola?
—John —dice una voz de mujer. Su acento un poco elegante, pero no tanto como el de Sherlock.
—Es Sarah —dice John sin emitir sonido. Le da la espalda a Clara y ladea su cabeza contra el teléfono.
—Hola —dice—. No me esperaba tu llamada.
—Lo sé —dice Sarah—. Me estaba preguntando si podía pedirte un favor.
—Nunca está de más preguntar —dice John con voz gentil.
—Típico John —dice—. Te despido y aún no eres nada más que amable.
Su compañero de conversación frota una mano por su cara.
—Comprendo porqué tuviste que dejarme ir. No era fiable. No me presentaba a tiempo. No estaba durmiendo lo suficiente.
—Sí, y comprendo porqué no estabas descansando lo suficiente. Estabas… distraído. Y me dolió no ser la causa de tu distracción. Lo siento. No fue nada profesional de mi parte desquitarme contigo.
John se muerde el labio.
—Está bien, Sarah. De verdad. No hay problema.
—No está bien, pero eres un caballero por decirlo. Me preguntaba ¿si considerarías volver a la clínica? Ya sabes, hacer un poco de trabajo de médico suplente. Podríamos utilizar tu ayuda. Eres un excelente médico, y no permitiré que mis antiguos sentimientos te hagan las cosas complicadas.
Antiguos, piensa John. ¿Qué hay de los actuales?
—Podría serme útil el trabajo —admite John, pasando el pulgar por encima de su barbilla sin afeitar—. Estoy pensando en mudarme. Encontrar mi propio lugar.
—Oh.
—Sí —dice John. Es un hecho que lo que está pensando Sara es verdad. Las cosas no han funcionado entre Sherlock y él.
—Bueno —dice Sarah con alegría—. ¿Cuándo puedes empezar?
—¿Clara? ¿Puedes prestarme tu maquinilla de afeitar?
Clara se dirige hacia el baño y regresa con una curvilínea maquinillas de color rosa brillante, claramente destinada a afeitar piernas.
—Las cuchillas nuevas están en la alacena —dice.
—Gracias, amor —dice John—. No tiene sentido presentarme en el trabajo como si hubiera dormido debajo de un puente.
O debajo de Sherlock. Se estremece recordando el enredo en la cama de Sherlock.
—Supongo que es inútil decirte que la persona correcta llegará algún día. Que encontrarás…
John bufa.
—¿Encontrar qué? ¿A alguien como él? Tienes razón: no me ayudará. No hay nadie como él. Lo que sea que sea él, es único.
—Eso suena… solitario —dice Clara.
—No me hagas sentir mal por él —gime John—. Lo siguiente es que me encontrarás ofreciéndole sexo por compasión. Él no se lo merece; yo sí. Y no lo aceptaría.
—Mmm —dice Clara, estudiando su rostro—. Un chico tiene que tener normas.
—Muy bien.
—Y orgullo, incluso si ambos se ahogan en él. Cómo tú en estos momentos.
Y con eso, le da un pequeño empujón en la espalda para dirigirlo por el camino correcto.
Es un turno bastante típico. Una joven viajando por primera vez a Senegal necesitaba vacunas contra la Hepatitis A, tétano y fiebre amarilla. Un bebé presentándose con dolores nasales, deja de llorar tan pronto y como John revisa su fosa nasal izquierda con un par de pinzas y extrae un pequeño bombón de frambuesa. Un fanático de los videojuegos recibe una férula para el pulgar y una inyección de cortisona para el síndrome de De Quervain. Es bueno estar inmerso en el trabajo, y ayuda a que John ignore los mensajes de texto que sabe que se están apilando en su celular silenciado.
Fue el último paciente del día quien le da problemas. El chico tiene quince años, cabello oscuro, una expresión en blanco, y un historial familiar de depresión severa. Su madre lo ha traído. Sentado en la camilla de observación, enciende un cigarrillo. Tan pronto y se lo lleva a la boca, John lo intercepta. Lo apaga en una de los estribos de metal al final de la mesa, y luego lo tira en una papelera cercana.
—Pensé que se suponía que los doctores te hacían sentir mejor —dice el muchacho, lacónicamente. Su barbilla inclinada hacia arriba, desafiante.
—Error común —dice John—. Yo pensé que los chicos de quince años no fumaban.
—Error común —murmura el chico. Un rastro de cicatrices recorren su brazo izquierdo. Cada una es del diámetro de una colilla de cigarrillo.
—¿Auto inflingidas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Estaba aburrido.
—Escucho eso a menudo —dice John negando con la cabeza—. Tu madre dice que eres suicida. ¿Lo eres?
El chico dirige un resoplido de aire hacia arriba, y su flequillo flota bajo la brisa.
—¿Me veo tan estúpido como para querer vivir?
John inspira.
—Está bien, no quieres vivir. ¿Tienes un plan?
El muchacho estrecha sus ojos en reconocimiento.
—Siempre.
—¿Tienes los materiales para llevarlo a cabo?
—Por supuesto.
—¿Qué tienes?
—Vodka. Pastillas. Bolsa de Tesco.
John termina internándolo. Usualmente se necesitan dos doctores para admitir a alguien en el hospital en contra de su consentimiento, pero el chico es un peligro para sí mismo, y ha pasado el punto de tomarse la molestia en ocultarlo. Gritando por la traición, el chico maldice a John cuando los paramédicos se lo llevan, y el doctor tiene que recordarse a sí mismo que lo que dijo antes era verdad. Ahora mismo, no es la responsabilidad de John hacer que el chico se sienta mejor. Es su responsabilidad mantenerlo vivo.
—No es la mejor forma de acabar el día —dice Sara. Está de pie en la puerta de la oficina de John cuando termina el último de los trámites—. ¿Quieres ir por un trago? Sólo un trago, nada más.
John lo piensa.
Es bonita. Es inteligente. No tan inteligente como él, pero ni siquiera yo lo soy. Tampoco nadie. Podríamos estar bien juntos. Nada fuera de lo común, no habrían violines en la terraza a las tres de la mañana, pero bien. ¿No es eso suficiente? ¿No es eso lo que todos quieren?
John lentamente alza su cabeza.
—Será mejor que no —dice—. Tengo que ir a casa.
Sarah pasa una mano por su larga cabellera.
—Por supuesto —dice—. Gracias por venir. Buenas noches.
John toma el metro hacia la calle Baker. Los taxis son para gente que tiene compañeros de piso. Si va a conseguirse un apartamento para él, necesita ahorrar.
En camino, le da un vistazo a su teléfono y ve 183 mensajes sin leer. El último de ellos dice: "Te amo. SH". La fecha y hora muestra que fue enviado hace dos horas.
Con el estómago revuelto, John corre los escalones hacia el apartamento.
