Capítulo 10: Pulso
NdT: ¡Esta semana habrá capítulos seguidos en todos mis fics! Sé que demoré pero no cuento con beteo entonces soy más cuidadosa, un besito y disfruten.
Advertencias: referencias al suicidio.
El apartamento está oscuro. John busca a tientas el interruptor de la luz.
—¿Dónde estás? —grita. Después, esta pregunta sería la última cosa que recordará hacer de modo civilizado por algún tiempo.
Sombríamente, como si los vientos calientes del verano afgano estuvieran en su rostro y como si llevara botas pesadas en sus pies, empieza a buscar. Sala de estar: despejada. Cocina: despejada. Habitación de Sherlock: despejada. Baño: Oh, dulce y puto infierno.
El hombre está tumbado inmóvil en el baño, su cabeza completamente debajo del agua. Se ve como algo que ha quedado varado en una playa. Sus piernas están desparramadas a los lados de la bañera como madera a la deriva. Sus párpados de madreperla están curvados como una caracola, y está tan desnudo y autosuficiente como una piedra en el bolsillo de un hombre muerto.
El centro del mundo de John está ahora ubicado en el sumergido e indiferente cuerpo. Corre hacia él.
—¡Sherlock! —chilla, aunque no está del todo claro si aquel conjunto de miembros y rulos tiene aún uso para un nombre. John alza la cabeza del otro hombre fuera del agua y encuentra una protuberancia cerca de su tronco encefálico. El pulso en su arteria carótida es tan débil que podría ser el simple eco del suyo, pero no lo es, y el corazón de John se dispara al sentirlo.
Contusión en la parte posterior de la cabeza, compatible con haber estrellado su cabeza con un lado de la bañera. Por favor, Dios, permítele vivir. ¿Accidente? Vive, maldición. No respira. Retirar el agua de él.
Ha sido sólidamente verificado en los últimos meses que el hombro herido de John no levanta objetos pesados. Esto importaría si él estuviera en este momento consciente de poseer algo tan común y falible como partes del cuerpo humano. La realización de que Sherlock aún vive ha vaciado y reemplazado todos sus órganos con la fuerza de la voluntad.
Levanta a Sherlock de la bañera con manos firmes y brazos temblorosos. Mientras sostiene al hombre más alto contra él, siente dos ritmos cardiacos en la proximidad de su pecho… el suyo, fuerte, y el de Sherlock, desesperadamente débil. Es tan silencioso como el aleteo de una polilla de la col. No debe ser médicamente posible sentir una vibración tan ligera detenerse mientras se está moviendo al paciente a una posición para darle respiración boca a boca. Pero se detiene en seco, y el salvador lo siente.
John aprieta los dientes. Bastardo. Completo hijo de puta. Levántate en este instante para que pueda matarte yo mismo.
John vuelca de espaldas a su exasperante compañero de piso en el suelo del baño. Habrá tiempo para cariños después, ya sea en el apartamento o en el funeral, pero en este momento, sólo hay determinación. John coloca su mano izquierda con la palma hacia abajo en el medio de los pezones del otro hombre, coloca su mano derecha encima de ella, tensa sus brazos y empieza a golpear como un martillo neumático el corazón de mármol de Sherlock.
… 28, 29, 30.
John inclina la cabeza de Sherlock hacia atrás. Hay un momento de escalofríos y dejà vu cuando acerca su boca a la de su amante —sí, está bien, puedes pensar en él de esa forma, te hará trabajar con más esfuerzo— y respira dentro de él. John archiva el recuerdo como otra cosa por la que no puede esperar, y sigue trabajando.
El oxígeno de John se siente como en casa en la cavidad toráxica del otro hombre. Observa por el rabillo de sus ojos como los pulmones de Sherlock se levantan, y luego caen. El inusualmente silencioso hombre no está respirando por cuenta propia, pero al menos sus pulmones pueden sostener aire.
Creo que te dije que vivieras. John respira nuevamente dentro de él, y luego lo voltea de lado. El agua sale de la boca abierta de Sherlock.
Entonces es momento para otra ronda furiosa de compresiones torácicas. John alterna entre golpear a su compañero de piso y respirar por él. A eso de los dos minutos, Sherlock empieza a toser y lo golpea débilmente. John nunca se ha sentido tan feliz de ser golpeado en toda su vida.
—Suéltame —exige Sherlock. Su voz es débil, pero su actitud parece la misma de siempre.
—Idiota —dice John. Está llorando y riéndose al mismo tiempo—. Maldito idiota. ¿Qué hiciste?
John colapsa al lado de Sherlock y presiona su rostro contra el largo cuello del otro hombre.
—Me estás mojando —se queja Sherlock, limpiando una de las lágrimas de John—. Detente —dice, tentativamente pasando una mano temblorosa a través de la corta cabellera rubia oscura.
—Te lo mereces —John se limpia las lágrimas con el dorso de su mano, y luego revisa la simetría de las pupilas de Sherlock. Después de verlas de manera correcta, observa el suave ascenso y descenso del pecho de su compañero de piso. Lo toca para asegurarse de que el movimiento es real, después se sienta y busca en su bolsillo su celular. El tono del número 9 suena tres veces.
—No hay necesidad de llamar a emergencias.
Poco a poco, con cautela, Sherlock apoya su larguirucho cuerpo contra la pared del baño.
John agarra una toalla de un estante cercano y la lanza hacia él.
—Hola, necesito una ambulancia. Mi amigo se golpeó su cabeza en la bañera y casi se ahoga. Se ahogó, de hecho. Le di RCP.
—Estoy bien —dice Sherlock con voz rasposa, secándose con la toalla.
—No, no está jodidamente bien. Está sentado ahora, pero dejó de respirar y su corazón dejó de latir, y necesita una tomografía computada para determinar si se fracturó su duro y estúpido cráneo.
John le quita la toalla a Sherlock y empieza a secar sus hombros de manera agresiva.
—No voy a ir —dice Sherlock luchando contra el ataque de la toalla.
—Soy su doctor, y sí que va a ir. Lo pegaré con super pegamento a la camilla si es que tengo que hacerlo.
John frota la toalla hacia arriba y abajo en el pecho de Sherlock para enfatizar.
—Oh, eso te encantaría —gime Sherlock. John nota que los músculos que le permiten rodar los ojos están completamente funcionales.
—221B de la calle Baker. Gracias —John guarda el celular—. Eso está solucionado.
Es un alivio haberse hecho cargo de los aspectos médicos de la tarde, porque ahora puede dedicarse a que Sherlock lo suelte todo. Se cruza de brazos y se sienta en el borde de la bañera.
—Entonces —dice—. Tal vez ahora puedas decirme de qué se trata todo esto.
No es una petición.
Sherlock se esfuerza en ponerse de pie, agarra su bata que estaba encima de un radiador cercano y se envuelve en ella con todo el porte de un emperador romano. El efecto se arruina cuando se tambalea y tiene que volver a sentarse.
—¿Qué te hace pensar que se trata de algo? —demanda—. ¿No puede un hombre resbalarse en la bañera sin ser objeto de una investigación criminal?
La única señal que le da John para hacerle saber que lo ha escuchado es levantar su barbilla y cruzar sus brazos con un pelo más de fuerza.
—Bien —dice Sherlock—. Me golpeé la cabeza, sufrí una contusión y me desperté, encontrándome a ti golpeando mi pecho y llamandome un idiota. Nada nuevo ahí. ¿No hay otro lugar en el que deberías estar? ¿La casa de tu novia, por ejemplo?
—No estuve en el apartamento de Sarah, y ella no es mi novia.
La nariz de Sherlock se arruga.
—Hueles a ella.
—Huelo a trabajo. Y no estamos hablando sobre mí. Estamos hablando sobre ti. ¿Qué demonios pensabas hacer?
El enfoque de Sherlock no se desvía.
—Ya que estamos haciendo preguntas, ¿qué te hace pensar que no fue un accidente?
John respira profundamente.
—Sherlock, este no es mi primer día en el parque de diversiones. No te resbalaste. No hay moretones en tu espalda, piernas o trasero que no estaban ya allí esta mañana. Siempre empiezas con un baño caliente, puedo ver el vapor salir de aquí cuando te rehúsas a cerrar la puerta, lo cual significa que llenaste la bañera y luego te acostaste en ella por un largo rato, pensando si realmente querías morir o no. Aparentemente decidiste que sí, lo cual, por cierto, fue una maldita y terrible idea. De veras. La decisión de mantener gusanos en el cajón de la carne parece una idea genial en comparación.
Sherlock abre la boca, pero John continúa arrollándolo con sus palabras.
—Luego está la posición en la que te encontré. Tu espalda estaba acostada, y tus piernas estaban abiertas y dobladas en las rodillas. Esa es la forma en la que usualmente te bañas: primero, porque eres un implacable calientapollas, a quien le gusta gastar excesivamente mi presión arterial; y segundo, porque estás formado como una habichuela y no puedes estirarte en espacios pequeños. No era una posición en la que habrías caído al azar después de una caída. Estabas teniendo problemas para ahogarte, así que te acostaste y golpeaste la parte posterior de tu cabeza con fuerza contra los azulejos. Luego te desmayaste, y ahogarse se volvió mucho más fácil.
Sherlock lo mira fijamente.
—Eso fue asombroso.
—No, Sherlock, no lo fue. Fue jodidamente obvio. ¿Qué demonios estabas pensando? Podrías haber terminado como un vegetal. ¿Es eso lo que quieres?
—No lo comprenderías —dice Sherlock, desviando la mirada, como si de pronto se sintiera fascinado por los revestimientos de madera.
—No, tú no comprendes. Mírame.
Cuando Sherlock no vuelve la cabeza, John se abalanza contra él y sostiene su barbilla que está ligeramente sin afeitar.
—Yo no tengo el lujo de poder eliminar esto —dice John en voz baja—. Lo menos que puedes hacer es mirarme antes de hacerlo.
Sherlock lo fulmina con la mirada, sus labios se retuercen con furia.
—Nunca he eliminado nada sobre ti.
John suelta una risa breve y aguda.
—¿Nada? ¿De verdad? ¿Esto te suena familiar? "Hace mucho tiempo…"
—"En una galaxia muy, muy lejana. Es un periodo de guerra civil. Naves espaciales rebeldes…"
—Tienes que estar bromeando —dice John. Suelta un bufido de sorpresa—. Pensé que eliminaste eso.
—Quería. Lo dejé en mi papelera de reciclaje cerebral por 24 horas, luego lo restauré. Dios, John, es horrible. Si pasó hace mucho, mucho tiempo, ¿por qué utiliza el tiempo presente? ¿Por qué empieza toda la cosa con un fragmento de una oración? No puedo siquiera imaginarlo. Sólo lo guardé porque me recordaba a ti.
—¿Es por eso que guardaste los recuerdos de nuestra pelea esta mañana? ¿No podías simplemente haberlos eliminado y no, ya sabes, tratar de matarte en la bañera? Con éxito, debo añadir. Tu corazón se detuvo por completo, y estabas tendido allí, muerto en frente mío.
John se muerde el labio. El sentimiento de impotencia lo está golpeando recién ahora.
—No los eliminaré —dice Sherlock, obstinadamente—. No eliminaré nada sobre ti, John, yo te…
—No —dice John.
—No sabes lo que iba a decir.
—Sí, lo sé. Veo las palabras flotar sobre tu cabeza, y no tienes derecho a decirlas mientras tienes una conmoción cerebral. No tienes derecho a llenar tus pulmones con agua, morir en mis brazos, y luego revivir y decirme que me amas. No lo tienes, Sherlock.
—Pero…
John agarra la mano de Sherlock y la sostiene en su regazo.
—Escúchame, maldición. Eso no es amor. ¿Cómo creías que me sentiría después de encontrarte? Mira mi rostro. Toma un buen y largo vistazo. Ahora deduce que sería de mí si tú hubieras…
El rostro de John se rompe. Sus párpados caen y su cabeza se inclina hacia adelante. Sherlock suavemente libera su mano, acerca más el pequeño cuerpo hacia él y acaricia con su mejilla el lado mojado del rostro de su amigo.
—Lo siento —murmura—. John, lo siento tanto.
El tiempo pasa lentamente mientras Sherlock frota la temblorosa espalda de John.
—Maldito Mycroft —murmura John, limpiándose las lágrimas en el hombro de Sherlock—. ¿Cómo no se dio cuenta?
—Porque hice modificaciones en el equipo de vigilancia del piso.
—¿Apagaste los bichos? ¿Por qué?
John está sorprendido de encontrarse discutiendo sobre el derecho de que Mycroft los espie a ambos, pero ha sido una larga noche.
El aliento de Sherlock riza el pelo de John.
—Te deseaba —admite—. Estaba esperando que tú y yo nos pusiéramos íntimos. Quería hacerte el amor sin tener que exponerte a cualquier atención indeseada.
El rostro de John se suaviza.
—Eso es… dulce, en verdad. Bizarro, sí, pero viniendo de ti, es bastante…
Sherlock escucha las sirenas un segundo antes de que John lo haga, y John estira su cuello para captar el sonido. Cada vez más, John se encuentra reaccionando a cosas porque nota que Sherlock está reaccionando a ellas, no porque está consciente de ellas por sí mismo. Trata de no dejar que esto lo haga sentir asombrosamente co—dependiente.
—¿Irás tranquilamente?
John quiere saber.
—Depende. ¿Tendré compañía?
—Sí.
John se saca su suéter, el cual estaba empapado por la disputa con su compañero de piso, y suaviza su camisa abotonada. Luego se pone de pie y extiende la mano. Sherlock la toma.
Cuando llegan a la sala de estar, el detective consultor titubea. Las luces rojas que brillaban en la ventana, parpadean sobre su pie.
—¿John?
Un par de botas se escuchan subir por las escaleras.
—¿Qué? —John se queda mirando fijamente el par de ojos grises. Se ven elegantes y peligrosos, como los faros de un Bentley en sentido contrario.
La voz de Sherlock es aparentemente casual.
—¿Estás pensando en internarme?
