Capítulo 12: La oferta
Advertencias: Aún hay referencias a autolesiones. Pero también, hombres yendo al grano.
NdT: Taraaaaaa, nuevo capítulo, y creo que demoré menos esta vez, vamos mejorando, jaja, disfruten!
No es la primera vez que John se despierta con alguien encima suyo. Es sólo la primera vez que esa persona es Sherlock.
Que la persona que lo está presionando contra el colchón es el único detective consultor del mundo es algo que John sospecha incluso antes de abrir sus ojos. Por un lado, parece que hay mucha pierna, muchísima más pierna que cualquier amiga mujer que John ha tenido, presionando firmemente el estrecho espacio entre los fémures del doctor. Por otro lado, la lengua tanteando y explorando dentro de la oreja de John es tan puntiaguda y lista como el ingenio, y la mano en el cabello de John parece estar tocando algo de Bach. Es también insinuante el hecho de que un pómulo asesino despertó a John hace un momento, al revolverse contra un lado de su rostro.
En general, hay un gran cantidad de evidencia corroborada que indica que la persona encima de John es su compañero de piso, notable por su elegante complexión y dominante estructura ósea. La prueba, sin embargo, viene en forma de una larga, delgada y muy insistente erección imponiéndose sobre la cadera del doctor.
—Shlock —murmura John—. ¿Qué estás haciendo?
El sueño ha dejado su cerebro de una manera tan suave y lanosa como su vestuario.
La voz de Sherlock es un expreso mezclado con azúcar mascabado: suculenta, fuerte, y oscura.
—Estoy iniciando el coito —dice—. Prefieres que hayan juegos previos, ¿no es así?
Los ojos de John se abren de golpe.
—Sherlock.
—No te preocupes; te daré tiempo para sacarte la ropa.
—Mira, ¿podemos…?
—Sí, John, podemos. Todo eso. Me prepararé para recibirte, y entonces podremos empezar. A menos que quieras prepararme tú.
A veces Sherlock dice cosas que hace que John se sienta como si hubiera tragado medio litro de su misma saliva en un instante. Ahora es uno de esos momentos, y tose sin poder contenerse contra el hombro de Sherlock por un buen minuto y medio. Una vez que se ha detenido, el detective se apoya en ambos codo y estudia su cara de incredulidad.
—Ah —suspira Sherlock—. Estás pensando que no es momento. Eso es una lástima, John. El éxito de la actividad requiere absolutamente el interés de ambas partes. No es como acurrucarse en el sofá juntos para ver al Sr. Who, donde uno de nosotros puede estar aburrido sin ser una distracción para el otro y más.
John se ha dado por vencido en corregirlo sobre temas de cultura popular.
—Sherlock. Mírame.
—Te estoy mirando. Estás interesado. Más bien, tu cuerpo lo está.
Aún encima de su compañero de piso, Sherlock embiste sus caderas una vez para rozar la impresionante longitud que está sintiendo en el estómago.
—¿Bien? —pregunta—. He notado la diferencia. Quiero decir. No es el tipo de matiz al que mi sociopatía se presta.
—Un… tanto bien, sí —dice John—. Aunque me estoy empezando a preguntar si realmente eres un sociópata, o si sólo lo dijiste para molestar a Anderson. Clara dice…
—Que los dos estados no son mutuamente excluyentes —señala Sherlock—. Está bien. Hagamos a un lado las referencias a Anderson, estoy decidido a disfrutar esta mañana. Si no vas a consentir mi interés por la penetración, puede que consientas mi interés por la deducción.
John no está seguro de qué es más peculiar: que Sherlock vea la deducción como un substituto a los juegos previos o que él lo acepte incondicionalmente.
Sherlock pone su rostro de deducción. Se trata de un ligero ceño fruncido rodeado de pómulos como respaldo.
—Antes de que encontraras el cuaderno de laboratorio, tomaste precauciones que nos permitirían copular.
Al escuchar esto, John empieza a babear de nuevo.
—Así que no encuentras la idea de tener sexo con un hombre innatamente repulsiva. En este momento estás duro, así que incluso después de las cosas que pasaron este último par de días, no encuentras la idea de tener sexo conmigo repulsiva. De hecho, la verdad es que quieres hacerlo, por eso es que salivas tanto y te atragantas. Algo inusual, pero es así. ¿Qué tal voy?
—No te equivocaste en nada —dice en voz ronca John. Sherlock se cierne sobre él como un ángel de Caravaggio desquiciado vistiendo un traje de Harvey Nichols.
—Así que, quieres follarme, pero tienes algo que te lo impide. ¿Fidelidad hacia una pareja? Obviamente no. No hay otro hombre en tu vida, y nunca lo hubo, y apenas hubieron un par de mujeres. La atracción que sientes por Sarah es débil, lo que es una suerte, por como terminas las noches en su casa. Saliste con ella en gran parte porque expresó interés en ti. Estabas frustrado sexualmente… me imagino que tuve algo que ver con eso. Y también te sentiste halagado. Sin embargo, dado que ayer tuviste la opción de escoger pasar el rato con ella después del trabajo o venir a verme a mí, me elegiste a mí, porque te preocupas por mí, incluso cuando estás enfadado.
—¿No estás celoso de Sara?
John alza sus cejas, asombrado por la madurez emocional recién descubierta de Sherlock. Es como si hubiera resuelto todo el asunto de "no estar celoso" por él mismo.
—¿En este punto? ¿Dónde estaría la lógica si lo estuviera? Me elegiste a mí. Tus necesidades primarias en una relación son sexo, amor y peligro. Yo puedo ofrecerte las tres cosas de una forma que nadie más puede, y menos Sarah. Además, si nos comparas, yo tengo mejor cabello y un mejor… ¿cómo lo llamaste?... culo ridículamente pomposo.
Las cejas de John se reconfiguran en un profundo gesto de amargura.
—Arrogante de mierda.
—Sería atinado de mierda, capitán.
—Ambos —admite John.
—Entonces, te atraigo físicamente, te preocupas por mí, no estás interesado en nadie más, y antes estuviste ansioso por practicar la sodomía. Deja de retorcerte, John, vas a ocasionarte otro ataque de tos. Todavía no he tomado en cuenta que tu primer instinto fue que yo fuera quien dominara, lo que aún puede suceder, es dejar que tu seas el activo. ¿Aceptarías si te ofreciera cambiar de posición?
Sherlock parece estar escaneando las retinas de John en busca de información.
—Me parecía que no.
—Sí —dice John—. Estoy interesado, en verdad lo estoy, pero…
Sherlock coloca un dedo sobre los labios de John.
—Shhhh. No me lo digas; ya casi estoy allí. Hmmm. No es sólo los celos que tuviste por el cuaderno de laboratorio. Algo cambió después de que me encontraras en el baño, y no estás dispuesto a follarme por ello. Deja de ahogarte en saliva cada vez que digo "follar"; me distrae, y no sé hacer RCP. Muy bien. ¿Qué causa que John Watson se desvíe bruscamente de algo que ya había pensado hacer?
Sherlock piensa esto en silencio durante cinco segundos, y luego exhala con fuerza.
—John.
—¿Qué?
—Eso es… eso es muy dulce.
John gruñe.
—¿Qué estás deduciendo ahora, insufrible?
—Lo que te está deteniendo ahora es la misma cosa que te hizo esperar antes de dispararle al taxista. Tus sólidos principios morales. Estás preocupado de que me sienta obligado a dormir contigo para darte las gracias por salvarme la vida. Oh, John.
Sherlock entierra su rostro en la corta cabellera de su compañero de piso y aspira su esencia.
—¿No puedo ocultarte nada?
John quiere saber.
—Es probable que no —dice Sherlock—. Sé que no te tengo que proporcionar coito por rescatarme; si eso fuera cierto, ya me hubieras tenido hace mucho. Escucha. Sé que soy difícil. Cuando te di mi lista de defectos no te dije que me iba a enamorar de ti y tratar de matarme en la bañera. Te expongo a secuestros. Te mantengo despierto a todas horas. No puedo darte hijos. No siempre te doy placer fuera de cama, así que déjame darte placer en ella.
John acaricia la espalda de Sherlock.
—Tú… me regocijas —dice—. Fuera y dentro de la cama. Pero eres tan vulnerable que me aterrorizas. Sé que aún no has tenido mucha práctica en el lado romántico de las relaciones, pero la idea de que la muerte te parece una respuesta razonable por haberme ido donde Clara… me duele, Sherlock. No puedo estar sin ti, por lo que es aterrador darme cuenta que emocionalmente eres veintiún años más joven de lo que pareces.
—Ah. Sí que es por tus sólidos principios morales. Mi reciente volatilidad te aterroriza, y no quieres hacer nada que pueda empujarme del borde.
—Sí. Tener sexo por completo sería un gran paso para nosotros, y no es un paso que quiero tomar mientras estés en crisis. No puedo aprovecharme de ti de esa manera.
John le da un beso en la mejilla Sherlock.
—Necesito saber que estás sólido como una roca antes de hacer ese tipo de cambio drástico e íntimo. Si llegaramos a tener sexo, y aquello ocasionara que te hicieras daño, eso me destruiría.
—Hemos esperado, John. No soy un hombre paciente, y te he esperado por meses.
—Lo sé. Yo también. Vales la espera.
Y entonces, Sherlock besa la nariz de John, su mejilla, su garganta, su pecho cubierto por la camiseta. John hace un ruido estrangulado, pero Sherlock lo hace callar.
—Déjame —dice—. No haré nada que no quieras hacer… en todo sentido, no sólo con tu cuerpo. Haremos las mismas cosas que ya hemos hecho. No habrá cambios drásticos. Sólo déjame cuidar de ti.
John respira profundamente y lo deja.
—Hermoso —murmura.
Sherlock masajea las sienes de su compañero con sus hábiles y fuertes manos hasta que John se relaja bajo su toque. John alza la cabeza, y Sherlock dibuja una larga franja desde su garganta hasta la barbilla con su lengua. Pasa una mano por debajo de la camiseta color aceituna de John y suavemente roza su hombro bueno. John siente a su cuerpo cobrar vida donde Sherlock lo toca.
—Me has dicho eso antes —dice, acariciando el cabello de Sherlock—. Es un poco difícil acostumbrarse.
—Lo dije en serio antes, y lo continuaré haciendo. Eres tan hermoso para mí, John.
Sherlock respira con suavidad contra la oreja de John. John gime y vuelve la cabeza para besarlo. El beso empieza casto y con ambas bocas cerradas, pero no se queda por mucho de esa forma. John quiere algo más profundo, y Sherlock abre sus labios y deja que John entre.
Oh, Dios. Estoy hecho. Todo lo que hace sugiere que está abierto para mí… abrir sus labios; desabotonar su camisa; extender sus muslos; dejar la maldita puerta de la refrigeradora abierta es probable que también… me vuelve medio ciego por el deseo.
John usa su lengua para demostrarle a Sherlock lo que le gustaría hacerle, pero Sherlock ya lo sabe.
—Nada de eso —dice Sherlock juguetonamente, rompiendo el beso—. Esto es como cuando chupaste mis pezones, ¿verdad? Ya comprendo tus metáforas.
—Tu boca —dice John—. Devuelvemela.
Agarra la cara de Sherlock con ambas manos y la mantiene quieta mientras la embiste con la lengua. Sherlock gime. Es un sonido primitivo, sexual, y llena el cuerpo de John como el oxígeno. Siente como vibra contra sus propias amígdalas, y lo traga como si fuera aire.
Sin previo aviso, Sherlock se baja de encima de John y se acomoda a un lado de la cama, mirando a su compañero. Cuando John gruñe en forma de protesta, Sherlock lo toma por la cintura, lo acerca, y continúa el beso. Envuelve una larga y posesiva pierna alrededor de las caderas y culo de John, como para evitar que se fuera a alguna parte.
—Siénteme —murmura Sherlock—. Siente lo mucho que te deseo.
John afloja el lazo de la bata de Sherlock y tira de la tela, exponiéndolo. Baja la mirada a donde su amante está duro, retorciéndose y desnudo, para luego frotar su pulgar por encima de la hinchada cabeza. Sherlock gime con fuerza.
John ahora se arrepiente de no haberse sacado antes su camiseta y pantalón. Su pene está completamente erecto para su amante, y lucha contra la jaula de tela.
—Levántate —ordena Sherlock, y cuando John lo hace, Sherlock baja sus pantalones sólo lo suficiente para revelar su miembro y sus bolas. John se siente liberado y atrapado a la misma vez. Va a ser difícil mover sus piernas estando así.
—Así —dice Sherlock. Su voz suena a sexo y a oscuras travesuras—. Te tengo donde quiero. Más o menos.
Estira la mano y alcanza el primer cajón de la mesita de noche, de donde retira el lubricante. Luego lo distribuye generosamente sobre la polla de John, asegurándose de tocar a John en todos lados.
—O-oh, Dios —balbucea John.
—¿Por qué rezas? —pregunta Sherlock, trabajando con su ágil pulgar hacia arriba y abajo en las partes sensibles de John.
John jadea y embiste.
—Por que sigas haciendo eso —gime.
—¿Te gusta? —pregunta Sherlock.
—Oh, sí.
—Bien —dice Sherlock. Agacha su cabeza para lamer el pezón de John a través de su camiseta. Cuando se endurece, se clava en él, succionándolo. Nunca dejando de darle placer a John con su mano.
—Sherlock… ¿piensas que…
—Todo el tiempo, John.
Sherlock desliza su propio pene contra el de su amante, y luego sostiene a los dos en un puño suelo. Se embiste contra John, proporcionandole una fricción que es enloquecedora y perfecta.
—¿Es esto lo que querías?
Lo que quiero, piensa John, es estar hasta mis bolas dentro de ti. Quiero apoyarte contra el mostrador de la cocina y tomarte, y luego follarte en cada superficie horizontal de toda esta calle. Y luego volver a ir a esos lugares contigo y dejar que tú me folles.
Sherlock arquea una ceja ante el pensamiento no expresado de John.
—Ya veo. ¿Si hacemos eso no se sorprenderán los que van a almorzar a Speedy?
—Oh, por favor, por favor, joder.
Se embiste dentro del puño de Sherlock.
—Puedo hacer que te vengas así —dice Sherlock, cuando la visión de John empieza a volverse borrosa en los bordes—. Tengo habilidades para hacerte terminar quieras o no. Pero no voy a forzarte. ¿Me das tu consentimiento?
—Sí —jadea John—. Hazlo. Quiero. Te quiero.
Sherlock golpea con sus caderas, estableciendo un ritmo. El pene de John está resbaladiza por el lubricante y líquido preseminal, y su respiración es solamente jadeos calientes.
—Se siente tan bien —balbucea John. Tira su cabeza hacia atrás y cierra sus ojos—. Te sientes tan jodidamente bien contra mí. ¿Cómo lograste excitarme tanto? Quiero estar contigo, Sherlock, siempre, quiero encontrar mil maneras de estar contigo.
—Las encontrarás —dice Sherlock.
John siente la cabeza del pene de su amante frotarse contra la suya; siente cada curva, cada línea de su miembro; siente su suave piel y la dureza y calor que emana. Es como estar en el cielo, si es que el cielo estuviera hecho de placer y calor. Sintiendo a Sherlock, los nervios de John crepitan y cantan.
—Cuando te vengas —instruye Sherlock—, abre tus ojos. Quiero mirarte. Quiero que veas lo que te estoy ofreciendo.
Embistiendo frenéticamente contra la prisión de piel que Sherlock ha hecho para él, John asiente.
—Estoy cerca. Estoy muy cerca. No puedo…
—No —coincide Sherlock—, no puedes. Es más fuerte que tú. Voy a hacerte sentir, John. Me haces sentir tantas cosas, y ahora voy a hacertelas sentir a ti.
Aún sosteniendo ambos penes juntos con su mano dominante, Sherlock usa su otra mano para sujetar las frenéticas muñecas de John contra la almohada.
—Vente para mí.
Y John lo hace.
Todas sus moléculas son invadidas por un cálido e incesante placer. No, no invadidas… reemplazadas. En carne viva y temblando, abre los ojos. Bajo las caricias de Sherlock, se está volviendo algo distinto de lo que es, en algo hecho de sexo, luz y energía. La última cosa que ve antes de que el mundo se disipe a su alrededor es un par de ojos color plata. Lo observan con cariño, con dulzura, con un amor incuestionable. John tiene tiempo de jadear una sola vez: "Sherlock", antes de vibrar, temblar, y derramarse en la mano de su amado. Sherlock gime y murmura el nombre de John, y entonces él también se derrama, viniendose rápido y con fuerza en el espacio donde sus cuerpos se encontraban.
Más tarde, Sherlock limpia a los dos en un ataque inusual de domesticidad y vuelve a los brazos de John.
—¿Sabes lo que es querer a alguien? —pregunta Sherlock, mirando al techo.
—Sí. Creo que todo el mundo que ha pasado la edad de la pubertad lo sabe.
—No algo. Alguien. No al sexo, sino a una persona específica.
—Sí.
John se acomoda al lado de Sherlock.
—Es… abrumante. En verdad, lo es. No tenía idea de cómo era. El sexo es nada en comparación. Puedo suministrarme orgasmos a mí mismo; en general no lo hago, pero puedo. No puedo suministrarme a mí mismo de ti. Sólo hay uno como tú, y tú eres todo para mí. Esa cosa que no me dejas decir —continúa—. La siento. La siento todo el tiempo. El martilleo en mi corazón, el nudo en mi garganta, el cosquilleo en mi piel, mi cerebro acelerándose, el dorso de mis muslos encendiéndose, la falta de respiración, la incapacidad para concentrarme. Me dijiste que te lo haga saber cuando sepa cuales son mis sentimientos por ti, pero ahora no quieres que te lo diga, porque no confías que lo digo en serio. Me tomará un buen tiempo demostrarte que ya no soy un suicida, que no estoy con una contusión cerebral, y que no soy un niño.
—Entonces, ¿dónde nos deja eso mientras tanto? —pregunta John, descansando su cabeza en el hombro de su compañero de piso.
Sherlock suelta un resoplido de determinación.
—Si no me dejas decirte lo que siento por ti, te lo demostraré. Acabo de hacerlo. Continuaré demostrándolo hasta que sea suficiente. Hasta que te quede claro.
—¿Y después de que me quede claro?
John quiere saber.
Sherlock le regala a John una de sus raras y verdaderas sonrisas.
—Entonces podrás demostrármelo a mí.
